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Polis (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-6568

Polis vol.10 no.30 Santiago dic. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682011000300008 

Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 10, N°30 , 2011, p. 163-184

LENTE DE APROXIMACIÓN

 

Politización del malestar, movilización social y transformación ideológica: el caso "Chile 2011"*

Politicization of discomfort, social mobilization and ideological transformation: the case "Chile 2011"

Politização da mobilização desconforto, social e transformação ideológica: o caso “Chile 2011”

 

Alberto Mayol Miranda* y Carla Azócar Rosenkranz**

*Universidad de Chile, Santiago, Chile, Email: amayol@uchile.cl

**Universidad de Chile, Santiago, Chile, Email: contacto@ciesmilenio.cl

 


Resumen: Entre 1990 y 2011 se constituyó una subjetividad que toleró un incremento significativo de malestar sin mayores expresiones políticas del mismo. Una sociedad despolitizada privatizó los problemas públicos y los asumió a nivel individual. En ese marco, el disenso de los ciudadanos con el orden político al cual debían responder, no sólo no tuvo nunca representación institucional, sino que más bien fue la institucionalidad su principal obstáculo. Las instituciones funcionaron como dique de contención del malestar y protegieron así a la clase política. La latencia del malestar tuvo su final, o al menos una suspensión significativa, durante 2011, a partir de un proceso de movilización social de gran envergadura que ancló la energía del malestar en los problemas de la educación chilena. La ilegitimidad anterior de la protesta pública invirtió su signo y el acto de protesta pasó a ser parte fundamental del modo en que las demandas ciudadanas lograron, legítimamente, escalar hacia las autoridades, mientras éstas reducían su ya menguada aprobación. El presente artículo expone el carácter transformador de la mera posibilidad de procesar politizadamente el malestar, constituyéndose este hecho en condición suficiente para incrementar el grado de deliberación social sobre los problemas públicos, reconfigurando la textura del espacio público e incluso modificando radicalmente las condiciones hegemónicas imperantes.

Palabras clave: malestar, politización, despolitización, movilizaciones


Abstract: Between 1990 and 2011 raised a subjectivity that allowed a significant increase in discomfort without a corresponding political expression. A depoliticized society privatized public problems and processed them at individual level. In this context, the dissent of citizens with the political order to which they should respond, not only never had an institutional representation, but rather institutionality was their main obstacle. Institutions stood as a retaining wall for discomfort and thus protected the political class. The latency of discomfort came to an end, or at least to a significant suspension, in 2011, by ways of a significant social mobilization process that anchor the discomfort energy in Chilean education. The former illegitimacy of public protest reversed its sign and protest became a fundamental part of the way citizen demands managed, legitimately, a climbing up to the authorities consideration, while the last saw reduced their already scarce citizens approval. This article discusses the transformative nature of the mere possibility of processing discomfort in a politicized manner, becoming this a sufficient condition to increase the degree of societal deliberation on public issues, reconfiguring the public space's texture and even radically modifying the prevailing hegemonic conditions.

Key words: discomfort, politicization, depoliticization, mobilization


Resumo: Entre 1990 e 2011 tem surgido uma subjetividade que permitiu um aumento significativo de desconforto sem maiores expressões políticas do mesmo. Uma sociedade despolitizada privatizou os problemas públicos e tomou o nível individual. Neste contexto, a dissidência dos cidadãos com a ordem política, a quem debitaram responder, não apenas teve já a representação institucional, mas foi as instituições o principal obstáculo. Instituições funcionam como muro de contenção do desconforto e assim protegem a classe política. A latência de desconforto chegou ao fim, ou pelo menos a uma suspensão significativo, em 2011, a partir de um processo de grande mobilização social para ancorar a energia da agitação na educação chilena. A anterior ilegitimidade clamor público inverteu seu sinal eo protesto se tornou uma parte fundamental de como eles conseguiram demandas do cidadão, legitimamente, subindo para as autoridades, reduzindo a sua aprovação já reduzida. Este artigo discute a natureza transformadora da possibilidade de processar politicamente o desconforto, tornando-se este em condição suficiente para aumentar o grau de deliberação da sociedade sobre questões públicas, a reconfiguração da textura do espaço público, e até mesmo mudando radicalmente as condições hegemonicas em vigor.

Palavras-chave: mal-estar, politização, despolitização, a mobilização


 

Malestar y Politización

En toda la historia de la humanidad, la liberación del malestar ha sido uno de los ejes articuladores de los proyectos de sociedad y de la conciencia política. Desde la felicidad aristotélica hasta los Estados de bienestar, desde la obsesión por la calidad de vida de las sociedades "postmateriales" hasta las transformaciones en la valoración del cambio social, inestabilizador y molesto en la Esparta de la Grecia clásica, motivante y rutilante en la Francia revolucionaria; en todos esos casos y en tantos otros más, la expropiación de territorio al malestar es una búsqueda decisiva, a ratos salvífica (sea o no religiosa la creencia), de las sociedades. Liberarse del malestar es un bien de salvación2.

La política y la liberación del malestar tienen una relación de todo y parte. Si la primera es la coordinación de acciones en el marco de un proyecto de sociedad y el segundo es uno de los objetivos universales que las sociedades han asignado a su existencia, no cabe duda que el malestar se debe asumir incorporado en el sitio de la politicidad. Sin embargo, la liberación del malestar articula además otra condición: habitando el malestar en la subjetividad y anclado en procesos que bien pueden ser catalogados de psicológicos al menos en algún punto, la problemática parece recorrer una ruta bastante completa, que si se trata de instalarle una denominación técnica, va desde los residuos hasta las derivaciones3.

La problematización del malestar supone reflexionar sobre el problema del dolor y la política. Si entendemos los valores como una estabilización conceptual de energías como los intereses materiales o las emociones (en una lectura que tiene provisión nietzscheana, pero goza de ciertos riesgos), es pensable que toda articulación ideológica, tanto como proyecto político, como fantasía o como falsa conciencia, sea de alguna manera un procesamiento de una energía socialmente intensa como es la del malestar.

Lo cierto es que las rutas teóricas son tortuosas al respecto. El trabajo de sistematización teórico, por parte de los autores, quedará necesariamente en deuda. Y es que el presente artículo asume las dificultades conceptuales, pero se hace cargo de ellas mediante el esfuerzo por iluminar (afrontar) el caso chileno en el año 2011, dado que el malestar se expresó intensamente y tuvo su cristalización (aunque no únicamente) en las movilizaciones sociales en torno a la educación. Se asume que ante la exigencia interpretativa que ha supuesto la actual coyuntura, hay una oportunidad de examen de rutas teóricas de comprensión. Y se asume, además, que es ese un camino largo en el cual este análisis es simplemente un insumo.

Algunos señalan que detrás de la permanencia del malestar está la incomprensión y brecha de posturas entre movilizados y políticos (De la Cuadra, 2008), o que las causas de los estallidos de manifestación radican en el abandono progresivo del Estado de su rol (Gerter y Ramos, 2008). A nuestro parecer estas razones por si solas no permiten comprender el proceso de movilizaciones de 2011. Se expone que en la experiencia de este caso, resultan evidentes un conjunto de operaciones y articulaciones entre política y malestar.

Al respecto, se pretende demostrar que la existencia de un proceso largo de acumulación de malestar, con escasos espasmos expresivos de él4, tuvo su estallido cuando la clase política fue incapaz de sostener procesos de legitimación de las instituciones que operaban como dique de contención de la expresión del malestar. Este primer punto ya ha sido trabajado de modo más extenso en otro sitio5. La incapacidad de mantener el status quo que, con eficacia, había sido conservado y perfeccionado durante los últimos años, dio espacio para la expresión del malestar ante la falta de esperanza en una protección institucional frente a la desnudez de la existencia en un espacio social debilitado en certezas y bienestar. De modo doble, la protesta fue síntoma y operación productora de una opción de disidencia, de la construcción de discursos contra-hegemónicos. La energía desplegada en las marchas, concentraciones, performances, obras audiovisuales, intervenciones urbanas, fue capaz de convertirse en un capital político significativo. En una sociedad despolitizada, el capital político es una entidad extraña e incomprensible. La respuesta de las autoridades fue el esfuerzo despolitizador. Sin embargo, la fuerza de las movilizaciones sociales fue capaz de politizar la sociedad chilena, modificando el escenario valorativo y la visión hegemónica de la sociedad. La debilidad de la energía desplegada, sin espacios apropiados para su conservación (instituciones articuladoras de la disidencia social), quedó en evidencia cuando una tragedia de alto impacto mediático produjo la regresión a una forma básica de comunidad carente de politización. Esta tragedia involucró una ruptura en la tendencia a acumular energía y del movimiento social, que plantea la inquietud por el destino del proceso de politización: se puede regresar a la tendencia anterior (despolitizante) o se puede reconstituir el tejido de las voluntades e intereses (politización). En el primer caso, las movilizaciones de 2011 habrían sido un espasmo, aunque de gran envergadura. En el segundo caso, las condiciones estructurales que hoy se detectan supondrían un proceso de transformación muy significativo de la relación entre los grupos que concentran poder (las elites económicas y políticas) y la ciudadanía.

La acumulación del malestar y la despolitización: 1990 - 2011

Que el malestar en Chile muestra un proceso de acumulación intenso en los últimos años, es una realidad que es posible acreditar y caracterizar. El arribo de la democracia o, al menos, del proceso de transición hacia ella, supuso que la sociedad chilena asumiera su orden político y social como voluntario. La adaptación acrítica en un momento dictatorial tiene suficientes justificaciones, pues nadie está obligado a ser héroe. Pero el proceso posterior, donde se observa un trauma con el conflicto y la disidencia que es heredado del golpe militar, no es suficientemente justificable para los ciudadanos y su conducta evasiva de dicha responsabilidad tiende a convertirse en problemática. La construcción de una evanescente fantasmagoría de repetición del trauma no fue suficientemente verosímil para explicar el proceso de adaptación acrítico a la nueva realidad. Se configuró una adaptación en lo conductual y se construyó un discurso de malestar y resignación. En el Centro de Investigación en Estructura Social (CIES) de la Universidad de Chile se rotuló esto como una subjetividad rebelde adaptativa. En la construcción de diversos índices que se realizaron a partir de una encuesta en la Región Metropolitana y complementando con los datos cualitativos, es posible señalar la existencia de alta disconformidad con el orden existente, pero baja tolerancia al conflicto y baja politización, que redundan en la ausencia de operaciones en torno al malestar producido por el orden que desagrada. Es decir, el malestar se experimenta, pero no existe un repertorio para producir transformaciones sobre lo que molesta. A esto se suma la existencia de un alto estatismo, que añadido a una sociedad sin politización, supone más bien una irrupción más bien mesiánica del Estado como aparato de procesamiento del dolor individual, como zona de protección y rescate que queda desanclada del espacio público. Si a esto se agrega un alto individualismo (que desmoviliza) y una fuerte visión de ausencia de armonía de intereses entre las distintas clases, condición que aumenta el malestar, queda bastante clara la configuración de la sociedad chilena de los últimos veinte años.

 

Gráfica 1
Índices CIES
Fuente: Encuesta Metropolitana 20096

 

Como se señaló, el trabajo cualitativo fue enfático en revelar al Estado como aparato de operación de ciertas funciones culturalmente asumidas: por ejemplo, se le asume como el gestor del dolor en la sociedad, debiendo producir analgesia allí donde es justo hacerlo y estando obligando a generar dolor a quienes les corresponde (delincuentes). Además, el Estado cumple una función mesiánica, estando llamado a resolver todos los problemas y a recibir una sociedad injusta, donde los intereses entre las clases son contradictorios, pero donde no es legítimo expresar el debate por la vía del conflicto. El Estado debe trasmutar conflicto en orden, injusticia en justicia, dolor en analgesia.

Considerando la presencia del estatismo y a la vez la despolitización, parece indispensable preguntarse por la ruptura de la relación entre sujeto y construcción de historia. El índice de politización que se construyó no es electoralista, sino que está orientado por nociones de integración política y participación en proyectos políticos, por lo que la profundidad de la despolitización se revela intensa al tratarse de un concepto más amplio de politicidad. No sólo estos datos, sincrónicos, nos muestran una relación problemática entre la aceptación o no del orden social y la constitución de los individuos y colectivos bajo el principio de politización. También otros datos, evolutivos, muestran los mismos rasgos y nos añaden además la evolución despolitizante también a nivel electoral. El siguiente gráfico muestra las tendencias muy coherentes entre sí, tanto entre estatismo y apoliticismo, como también en relación al malestar social en Chile que muestra incrementos significativos.

 

Gráfica 2

Líneas de tendencia (1989 a 2010) de Despolitización, No Inscritos, Malestar y Estatismo7

 

Malestar, estatismo y despolitización se mueven en evoluciones semejantes en los últimos 20 años. Si se continúa añadiendo elementos descriptivos, se detecta en este período una fuerte promoción del vínculo del sujeto con las instituciones8, pero no un vínculo sólido con la política o entre los ciudadanos9. Debemos sumar la completamente conflictiva relación con el otro (cualquiera sea) (Mayol, et. al., 2011a)10, el que es visto, ya sea como el superior divinizado o como el inferior animalizado. Finalmente, se diagnostica la existencia de un claro desajuste entre los valores y marcos normativos que configuran el repertorio de sentido de la sociedad chilena y la existencia material de la misma, que demanda interpretaciones para condiciones de existencia muy distintas. Para ser exactos, la vida económica, complejizada y operacionalmente mucho más sofisticada que treinta años atrás, es leída en un código estrictamente moral, que hace inaprehensible la comprensión por parte del sujeto de las operaciones que ejecuta. También la política, desprovista de sentido de conflicto y de legitimidad en la expresión de sus contenidos, se ve castrada y no es una dimensión legítima de existencia cultural. Retraído a una moralización banalizante, el sujeto parece carecer de las condiciones para comprender su propia existencia (Mayol, et. al., 2011b).

No estaría consolidada esta descripción sin un rasgo decisivo de la configuración de la cultura política del Chile 1990-2011: la injusticia y el abuso como pilar de las relaciones sociales. La injusticia es el atributo más reiterado de esta sociedad. Se interpreta desde tres visiones: el determinismo histórico de ciertas injusticias (la dimensión atávica), la clausura o falsedad de las oportunidades basadas en el mérito (el diagnóstico del acceso como relato sin trasfondo) y finalmente el abuso. La primera refiere al rasgo inveterado y por tanto irresoluble de la injusticia (siempre ha sido así, siempre hay alguien arriba y siempre son los mismos). La segunda refiere a la pérdida dolorosa de la ruta educativa como alternativa cierta, pues se asume que la educación, canal legítimo de movilidad social y lugar de despliegue del mérito, esperanza de justicia por recibir y por producir, es en realidad una ficción que en rigor tiene tantas determinaciones como las históricas (pues también está en función de lo económico)11. Finalmente, el abuso se constituye como la relación que define el vínculo entre el poderoso y el que no lo es, pasándose de la versión marcadamente negativa de opresión a la aún peor de abuso, donde la metáfora de fondo parece ser la sexual12.

Gran parte de la sensación de abuso radica en la visión de una realidad fluida en las clases altas y en el mundo de las empresas, que contrasta con el estancamiento del resto de las clases. Una clase superior habita la postmodernidad, con sus lujos, su desarraigo y vértigo (Lipovetsky, 2007 y Bauman, 2001). Bajo este escenario, dice el discurso instalado como principal, los obstáculos están puestos sobre los débiles y se plantea así una oportunidad para hacer uso de esas ventajas de posición por quienes ocupan los espacios más elevados. Y lo hacen, se afirma. Esto permite, dice el discurso recogido, una manipulación o control de la propia voluntad por parte de quienes ostentan más poder (Mayol et. al., 2011b).

Por supuesto, la base fundamental de esta injusticia radica en la desigualdad como símbolo de dicha problemática y como base operacional de los problemas de la mayoría de los chilenos. He aquí un problema que ha sido visitado por la clase dirigente de Chile como un asunto de pobreza, omitiendo la comprensión del problema de la desigualdad como tal, que es por cierto una visión constante, pero que es además un problema real, como se revela en el siguiente gráfico.

 

Gráfica 3

Ingreso hogar en Chile según percentiles13

Fuente: Elaboración propia a partir de CASEN, 2009

 

Una sociedad desigual a este extremo es necesariamente una sociedad donde el proceso de integración social se encuentra dañado. Más aún si se aprecia que los procesos de integración política son débiles y que la incorporación a la cultura política es frágil, como también revelan los datos del CIES. La forma fundamental de integración radica en el consumo, aun cuando hay una disociación en dicho acto, pues el momento monetario del consumo se maneja en códigos completamente diferentes al momento objetual del consumo14. Ahora bien, la integración social vía consumo tiene no sólo los problemas conceptuales que el consumo supone, como la virtualidad y el carácter manipulador (Baudrillard, 2009), sino además un problema operacional. Y es que hay parte importante de la sociedad que no está en condiciones de incorporarse a la sociedad vía consumo, o al menos no puede hacerlo sin tomar una política de riesgo extrema. En este marco se genera una integración intensa a los criterios de lo deseable (los objetos que la sociedad de consumo considera fundamentales para estar incluido), con exclusión de los medios para procurarse la satisfacción del deseo o al menos con clara distancia en las condiciones de unos y otros para hacer no problemática esa satisfacción (Baudrillard, 2009). Por lo demás, la construcción de subjetividad frente al consumo se ha configurado asumiendo, por parte de los consumidores, una naturaleza incontinente e insaciable, que sólo puede operar responsablemente vía represión. La integración vía consumo opera en rigor en la esfera del deseo, pero sus rendimientos sociales tienen más relación con un proceso de seducción-privación-frustración-dolor. No es una historia de finales felices y es por tanto un permanente esfuerzo por iniciar de nuevo el camino, pues de ese modo se podrá dar cierta persistencia a los momentos de efímero bienestar.

Cuando la mitigación del dolor y de la frustración es parte decisiva de la operación cultural de la integración política (el Estado a cargo del dolor, la conversión de éste en un problema central, la incapacidad de construir conceptos más complejos para la operación en la sociedad) se está en presencia de una sociedad de malestar. Cuando los datos indican que la tasa de suicidios aumentó radicalmente desde 199015 y que el consumo de antidepresivos hizo lo propio en una tendencia parecida16. Es cierto, también lo dicen los datos, que en el mismo período crecía la economía, el ingreso, el desarrollo humano, la felicidad y la satisfacción. ¿Cómo se puede ser feliz e infeliz a la vez? Para que esto fuese posible, la operación despolitizante parece resultar fundamental. La expectativa personal aparece desproporcionada a las señales de la realidad. En promedio, como resultado de la Encuesta Metropolitana 2010, se piensa que en diez años se llegará a tener una posición social del doble de la actual. Esto se radicaliza en los sectores medios-bajos, aun cuando los datos de movilidad no respaldan la proyección y aun cuando los indicadores de calidad educativa en esos grupos son muy malos y no reflejan la aparición de los espacios y condiciones de crecimiento (Mayol et. al., 2011a). De este modo, es la fantasía una de las fuentes de mitigación del malestar, la esperanza tan energética como improbable en un futuro radicalmente mejor (en rigor, la esperanza en otra vida en la misma vida). Otras fuentes de mitigación serán la analgesia ("el colegio de mis hijos no es tan malo, al menos tiene valores") y la adaptación ("yo puedo estar en desacuerdo, pero debo adaptarme") (Mayol et. al., 2011). Todas pueden ir juntas, en cualquier caso, su operación no es excluyente, sino más bien lo contrario. Pues bien, el asunto es que un sujeto despolitizado está al mismo tiempo arrojado a su suerte en el mundo tanto para bien como para mal. Es libre para emprender y quizás pueda llegar muy lejos. Está, sin embargo, tan libre como solo. La despolitización es fundamentalmente la pérdida de referentes en la horizontalidad, la incapacidad de reconocer voluntad e intereses como partes constitutivas de la sociedad y su organización.

El fin de la latencia del malestar y la politización de la sociedad

El procesamiento del malestar puede ser teóricamente descrito mediante el siguiente esquema.

 

Esquema 1

Rutas de
Procesamiento del Malestar

 

La vinculación existente entre malestar y politización ha estado interrumpida de forma decisiva en Chile por una referencia al Estado de corte mesiánico. Toda demanda por mejoras en la situación malestar se viabilizan en entidades ajenas a la ciudadanía, como las instituciones, donde el estado emerge como la institución central. Por cierto, esto no es un problema en sí mismo. Lo es cuando la sociedad está despolitizada, ya que un estatismo fuerte sin política tiende fuertes componentes autoritarios. Alejado el Estado de la política, queda ésta como una esfera caída y moralizada que se vincula de forma directa con un tipo de poder cubierto de connotaciones negativas, los políticos. Entendidos estos como uno de los símbolos más importantes del abuso del poder, su característica fundamental radica en la lógica de la quienes hacen promesas incumplidas, visible entonces como falta moral, como abuso de la confianza de los más débiles y como ilusión manipuladora construida falsamente por parte de los poderosos. La promesa fundamental es la solución del malestar y al fallar duele dos veces: primero porque no acontece la solución, segundo porque es una palabra sin valor.

Lo cierto es que en medio del escenario descrito, el año 2011 involucró la aparición de las protestas y su legitimación, mucho más allá de lo esperable y predecible a comienzos del mismo año.

Gráfica 4

Evolución de la aprobación de las protestas desde 2009 a 201117

 

Como se aprecia en el gráfico 4, la legitimidad de las manifestaciones públicas y protestas era baja antes de estos acontecimientos. El año 2009 el CIES, mediante su Encuesta Metropolitana, mostró un 60% de rechazo a las protestas como modo de plantear descontento. En agosto de 2011, la encuesta mensual de Adimark GFK mostró que el 52% aprobaba el modo en que los estudiantes han llevado a cabo sus movilizaciones18. Entendiendo que fundamentalmente el método de movilización fueron la protesta callejera, la performance en los espacios públicos, el paro de actividades docentes y la toma de establecimientos educacionales; se puede asumir que el dato representa un cambio significativo en la visión sobre la expresión pública del desacuerdo y la reivindicación de derechos.

Es probable que las movilizaciones sociales de 2011 hayan sido, al menos en parte, reactivas a la incapacidad de las autoridades de manejar la liturgia propia de todo proceso político. En cualquier caso, no es la única causa. Lo fundamental ha sido la caída del cobijo simbólico de los ciudadanos en las instituciones. Estas han ido sistemáticamente cayendo desde 2007 hasta 2009 y aunque no hay datos sobre ellas disponibles hoy, es evidente que la situación ha de ser mucho peor por el déficit institucional expresado en el terremoto, los crecientes problemas de las instituciones religiosas por las denuncias de abusos sexuales; además de las significaciones sobre las instituciones económicas ante la significación del abuso cometido19.

 

Gráfica 5

Valor de marca de instituciones públicas20

Fuente: Estudio de marcas BAV 2009, Consultora TheLab Y&R

 

Es así como el Chile de 2011 ha sido escenario de movilizaciones sociales y protestas, al tiempo que se derrumbaban los indicadores de la clase política y de los interpretados como "poderosos"21. La energética expresión del malestar sorprendió a ciudadanos, medios de comunicación, autoridades y expertos en el 2011.

 

Gráfica 6

Manifestaciones públicas semanales cubiertas por la prensa (abril-agosto 2011)

 

La persistencia de las protestas y otras manifestaciones desplegando su energía durante alrededor de 16 semanas se expresa no sólo en la cantidad de eventos, sino además en la cantidad de concurrentes, como se aprecia en el siguiente gráfico, donde vemos que los procesos de mitigación energética se producen siempre en momentos donde la sociedad gira hacia temas despolitizados, como Copa América de fútbol a inicios de julio y el desplome sin recuperación del accidente aéreo de Juan Fernández que ya será analizado. Además, queda en evidencia la diferencia radical entre el ciclo de las convocatorias y el ciclo de las concurrencias, pues aun cuando hay similitudes en las cimas, los momentos de baja energía se detectan en la concurrencia y no en las convocatorias.

 

Gráfica 7

Cantidad de asistentes a manifestaciones públicas por semana (abril-agosto 2011)22

 

El gráfico 8 es un reflejo contundente de la cantidad de energía que las movilizaciones de 2011 fueron capaces de desplegar. Y aunque la energía es informe, la articulación compleja y fértil del movimiento social, sus reuniones, análisis, diagnósticos, derivó en nuevas convicciones, en formas de conciencia antes desconocidas. La ciudadanía supo informaciones que no estaban disponibles y los medios de comunicación comenzaron a informar comparaciones con otros países que otrora carecían de interés. En resumidas cuentas, se modificó el sentido común. Más aún, la dimensión intelectual tuvo un punto de encuentro con la dimensión moral, generando una situación de contra-hegemonía, de disputa en el terreno ideológico dominante. Los intereses de los dominantes se habían hecho universales y nacionales, pero en un breve plazo pasaron a la etapa del cuestionamiento23. Fue un proceso de cuatro meses donde los cambios fueron rotundos. La forma en que dicho proceso fue posible puede ser legible desde la perspectiva que entiende la tematización del malestar como una constitución de espacio público, pero no por producción del espacio24, sino más bien por exceso de contenidos puestos en juego. La emergencia de antecedentes que hacían dudar de las verdades instaladas (por ejemplo, sentencias como "la educación no puede ser gratuita", "sólo puede ser buena la educación cuando es privada", "todos los bienes tienen su precio") generaron una necesidad de revisión que produjo, al menos coyun-turalmente, un espacio público más denso. Considerando que es esta dimensión, la del espacio público, una de las más débiles en la historia de la configuración moderna de la política en Chile, no es extraño que la configuración circunstancial de un espacio público haya dotado de un nivel de politización rara vez presenciado.

Luego del estallido expresivo del malestar, el movimiento social se articuló suficientemente como para dar forma a un discurso político que se cristalizó en la explicitación del signo negativo de este malestar contra el orden social existente, impugnándolo de un modo radical, generando críticas relevantes a la distribución de la riqueza, la educación, el sistema financiero, el orden constitucional y el sistema impositivo. La problemática de la justicia fue el trasfondo de la crítica, pero también de las demandas. En este marco, dejó de sonar ridículo el esfuerzo por hablar de cambios institucionales relevantes, en la constitución, en los sistemas de representación y en las políticas públicas. La forma de la sociedad pudo ser pensada desde la sociedad. No sólo estaba permitido, sino que se veía como relevante y como viable. Mientras tanto, la elite política parecía incapaz de comprender en absoluto el sentido y la energía de las manifestaciones. Un efecto de "desrealización" les era imputable, semejante al que Chartier (2003) describe en el caso de la monarquía de la Francia prerrevolucionaria25.

Entonces, la intensidad de las manifestaciones, su volumen, el fuerte componente expresivo de las protestas y el amplio uso de redes sociales e instancias de reunión para compartir información; fueron evidente fuente de transformación del escenario, generando politización y ciudadanización.

La importancia del factor energético de base emotiva demostró ser esencial en el movimiento y su legitimidad. La causa logró sedimentación, pero hay gran evidencia de la importancia de los factores ambientales y afectivos. Esto se acredita con el hecho siguiente: la suspensión abrupta de las capacidades de operación social del movimiento estudiantil se produjo en el instante que una tragedia aérea de alto impacto, por la muerte de un animador de televisión, se tomó la agenda. Se avanzará más al respecto a continuación.

Energía y transformación ideológica

El despliegue conceptual redundó en una configuración contra-hegemónica, de denso contenido diagnóstico y con incipientes orientaciones de reconstrucción deliberativa de las operaciones institucionales del país.

Sin embargo, cuando el malestar se expresó y rebasó las fronteras del dique institucional que protegía a la clase política, el carácter hegemó-nico de los planteamientos de esa clase se rompió radicalmente (Mayol, 2011). En cuatro meses cambió el orden de lo verosímil. Esto plantea un problema mayor: ¿es la ruta de explicitación del malestar una vía, por sí sola, para la modificación de las correlaciones de fuerza en el plano ideológico? Planteado del modo inverso: ¿son las simples obstrucciones al plano expresivo del malestar suficientes para conservar una ficción ideológica? De ser así, en el espacio público y en el procesamiento del malestar, se juegan la mayor parte de los procesos de construcción de hegemonía y es por tanto una ruta relevante.

Nuestra tesis es que el excedente de energía movilizada el que produjo la destrucción de las formas institucionalizadas de discurso. Desbaratado el sostén conservador de una visión hegemónica, emerge la construcción utópica y con ella se abre el horizonte de la política26.

El malestar expresado es siempre un exceso para el procesamiento de él en un entorno conservador. La exigencia de transformación supone un proceso de inversión: si antes se privatizaba lo público, durante las movilizaciones se politizó lo privado. El ejemplo de exceso de transformación está en la marcha de los habitantes de un edificio exigiendo la existencia de una institución que supervise los ascensores. El clima social politizaba todo27. Hasta el absurdo y el humor a él asociado eran, en sí mismos, performances capaces de hacer sentido sobre las demandas. Los ciclistas desnudos se llamaron quienes protestaron por la falta de conciencia de los automovilistas respecto a los ciclistas: "nos sentimos desnudos ante el tráfico por la falta de respeto de los conductores y la desidia de los gobernantes. Con la desnudez hacemos visible la fragilidad de nuestras carrocerías". El sinsentido era una forma de reconstruir el sentido. Es decir, lo impertinente también era político. ¿Qué implica re-hacer thriller de Michael Jackson frente al Palacio de La Moneda? ¿Y qué implica reiterar el motivo con Lady Gaga? Aparentemente, la impugnación de los códigos existentes en el orden anterior se ejecutó retorciendo los mismos códigos: la televisión abundó en programas de baile durante el año 2010 y 2011, convirtiéndolo en motivo símbolo del orden televisivo, a su vez símbolo en Chile de los poderosos y su tutela constante de los medios de comunicación. Pues bien, la impugnación de los estudiantes fue subvertir dicha simbólica y usar los mismos medios para los opuestos fines. Como en todo acto de transformación, la energía del orden dominante fue usada para su impugnación, que en rigor es la única manera de lograrlo.

El gobierno se mantuvo siempre conservando un orden que representaba la injusticia y el abuso. Su descenso en los indicadores fue sistemático desde el origen del conflicto. Pero la caída en rigor fue de toda la clase política, que en la práctica llegó a obtener resultados de estado agónico.

 

Gráfica 8

Evolución de la aprobación de coaliciones políticas y gobierno

Fuente: Adimark GFK

 

La fuerza de la politización desarticuló por completo las coaliciones políticas. Esto habla de un rasgo decisivo de la democracia chilena post-Pinochet: el control político de las coaliciones de partidos ha sido despolitizante. Ellas se sienten incómodas en procesos de deliberación. Se celebra la ausencia de debate y la importancia de los acuerdos, que en rigor no son más que el mantener a-problemáticos los rasgos decisivos del orden político construido.

La energía desplegada en las marchas, concentraciones, performances, obras audiovisuales, intervenciones urbanas, fue capaz de convertirse en una acumulación de politicidad significativa. La fragilidad de la energía desplegada durante las movilizaciones, ante la ausencia de espacios de conservación de ella (instituciones capaces de articular la disidencia social), quedó en evidencia cuando una tragedia de alto impacto en los medios de comunicación produjo la regresión a la comunidad del dolor, forma básica de comunidad carente de politización y en cuyo seno hay encuentro fraterno por la disyuntiva vida/muerte, pero no problematización de la dualidad bienestar/malestar, ni menos politización sobre cómo evitar o generar uno u otro. Esta tragedia involucró una ruptura en el flujo de acumulación de energía y del poder simbólico del movimiento social de los estudiantes. El movimiento estudiantil experimentó la dificultad de mantenerse como tal (movimiento) y pretender incidir en el orden político. La conversión de un ente social a un ente político fracasó por dilación. Antes que ello se consumara, de acaso haberse logrado, el flujo de energía fue conducido a otro sitio por el accidente en la isla de Juan Fernández28. Y la energía despolitizante retornó. Como se declaró en una columna de opinión de Luis Larraín en el periódico El Mercurio del sábado 17 de septiembre de 2011: "(con el movimiento estudiantil) algunos se entusiasmaron y pidieron una suerte de rendición incondicional del Gobierno: nacionalización de nuestras riquezas básicas; plebiscito para dirimir las diferencias en materia educacional; reforma constitucional, asamblea constituyente, y otras linduras por el estilo. Todas las loas a la ejemplar transición chilena quedaron en el olvido para sumarse a esta suerte de orgía jacobina"29. Este escrito, negando la posibilidad de revisar la configuración política e institucional de Chile, marcando una clara tutela sobre la forma del país por parte de una clase dirigente que considera jacobino sumar a la ciudadanía al proceso político, marca la pauta de lo que ha estado en juego durante el año 2011 en Chile. Y deja una interrogante relevante sobre el destino del proceso de politización, pues se puede regresar a la tendencia anterior (despolitizante y en muchos aspectos autoritaria) o se puede reconstituir el tejido de las voluntades e intereses (politización con resultados emancipatorios). En el primer caso, las movilizaciones de 2011 habrían sido un espasmo, aunque de gran envergadura. En el segundo caso, las condiciones estructurales que hoy se detectan supondrían un proceso de transformación muy significativo de la relación entre los grupos que concentran poder (las elites económicas y políticas) y la ciudadanía.

El malestar en Chile se anudó en el problema de la educación como símbolo de un descontento con las precariedades de los sujetos frente al "sistema". La educación se politizó e hizo sentido respecto al sistema financiero, respecto a los abusos del empresariado y la clase política, respecto a las propias dificultades de existencia. La voluntad transformadora se consagró porque encontró una zona de visibilidad, como es la educación. Y aunque la mayoría coincidió claramente con las demandas y las movilizaciones (ver gráfica 10), no es menos cierto que el retorno a la despolitización no tiene ninguna relación con el acuerdo con las demandas, sino con su grado de verosimilitud y la relevancia de participar en la reflexión sobre la sociedad.

 

Gráfica 9

Simpatía del hogar con los movimientos de protesta y con las demandas estudiantiles

 

Siendo la disyuntiva histórica entre politización y despolitización, el posible retorno a la segunda implica el retorno a la ausencia de interés emancipatorio y voluntad de transformación. La sociedad de la resignación es un camino posible dado el desplome de la energía del movimiento estudiantil. Posiblemente, de ocurrir esto, la capacidad de subsistencia de la despolitización chilena habrá dado un golpe fundamental al proceso de politización que habría vivido algo semejante a su canto del cisne. Si se percibe que una apuesta tan fuerte como la realizada no tuvo efecto alguno, la probabilidad de volver a movilizar la sociedad se habrá sencillamente reducido. Por el contrario, es posible que el desarrollo de las actividades en el marco de las movilizaciones haya construido una escena no espasmódica, donde se pueden configurar visiones politizadoras. Es ante esta disyuntiva que se plantea el escenario. A favor de la despolitización pesa el hecho de ser la condición previa, por tanto hay una posible regresión al habitus30. A favor de la politización, está la desconfianza con las instituciones, que son relevantes para depositar en ellas el proceso de politización que se deja de lado en la ciudadanía. Este factor puede obligar a los ciudadanos a ser responsables de su destino.

 

Notas

* Este artículo ha sido en parte redactado con base en material empírico producido en el marco del proyecto P07S-030-F de Iniciativa Científica Milenio, finalizado en 2011. El procesamiento de datos sobre las movilizaciones ha sido realizado por los autores en el marco de sus investigaciones elaboradas en torno al malestar social.

2 En la teoría weberiana un bien de salvación es cualquier posesión material o simbólica que es señal o causa de bienestar trascendente. Sobre métodos y bienes de salvación, véase Weber, Max (1996) página 425 y siguientes.

3 En la teoría social de Vilfredo Pareto (1985) se argumenta que el fundamento de la acción humana reside en los sentimientos, aun cuando la tendencia es a cubrir de un manto lógico la conducta que no lo es. Los primeros son teorizados como residuos, el segundo es entendido como derivaciones o sistemas de justificación producidos intelectualmente. Esta referencia no pretende articular el método de trabajo de este artículo, sólo sirve para describir metafóricamente el esfuerzo que se emprende.

4 Incluimos dentro de este tipo de eventos a la "Revolución de los pingüinos" del 2006, pues prese a su intensidad no se traduce en una modificación de las formas de la política chilena.

5 Véase Mayol, 2011a.

6 Se establecieron puntajes entre 0 y 100 en diversas variables de la encuesta, donde 0 es la ausencia del atributo (politización por ejemplo) y 100 es su versión más intensa. La media de diversas variables respaldadas por la teoría y luego por una revisión posterior que permitió depurar, dio los puntajes para cada dimensión. Los autores agradecen la elaboración de este gráfico a Carlos Azócar Ortiz, miembro también del equipo del CIES.

7 El Índice malestar que se presenta se elaboró considerando el promedio de tasas de suicidio y consumo de antidepresivos. Se trata de una construcción propia con Base de datos de defunciones Ministerio de Salud y estudio de Marcela Jirón, Márcio Machado, Inés Ruiz. (2008) El Índice de No inscritos corresponde al porcentaje de personas no inscritas y en edad de votar, construcción propia en base datos SERVEL e INE. El Índice de Apoliticismo integral corresponde a la suma de no inscritos, abstenciones, y votos nulos y blancos, también construcción propia en base datos SERVEL e INE. Finalmente, el Índice de Estatismo se construyó en base al porcentaje de respuesta que consideran que el Estado puede resolver "todos, la mayoría o bastantes problemas", Construcción propia en base a datos del Latinobarómetro, análisis en línea 1995-2009. Todos los datos están presentados en función de su tendencia lineal considerando los datos disponibles para cada uno de los indicadores. Todos estos fueron llevados a base 100, para su comparación. Considerando 100 como el máximo histórico del indicador. La elaboración de esta gráfica fue obra de Carlos Azócar Ortiz.

8 Como muestran los análisis del CIES, los chilenos consideran que el proceso de desarrollo en Chile tiene la ventaja que otorga el respaldo de instituciones fuertes, a diferencia de otros países de América Latina. Esto también se ve confirmado por la Encuesta de Cohesión Social en América Latina, en donde el Chile resulta ser el país dentro de la región con mayor confianza en sus instituciones, publicados en formato electrónico en: www.ecosocialsurvey.org/, revisado Mayo 2011. De cualquier modo, como se observará más adelante el sostén institucional al orden social se suspenderá en 2011 en plena horadación de la legitimidad de ellas.

9 Según los datos disponibles del Servel desde el plebiscito de 1988, en que 88% de los ciudadanos mayores de 18 años concurrió a votar hasta el día de hoy un largo proceso de despolitización medido por la declinación en la participación electoral, hasta llegar a un 63% de votantes efectivos sobre el potencial de eventuales votantes en la elección presidencial de 2005 y un 57,4% en la elección municipal de 2008 (Baño, 2010). Es decir, que en veinte años se ha perdido aproximadamente un tercio de los votantes. En relación el tema del miedo al otro, la principal referencia es el Informe del PNUD de 1998, sin embargo esto se ha visto confirmado con la Encuesta de Cohesión Social en Latino América.

10 Para más antecedentes es posible solicitar el escrito (Mayol, Alberto et al., 2011b). Se puede ver el resumen y elevar solicitud en www.ciesmilenio.cl

11 Larotonda (2007) considera que la idea que la calidad de la educación no es buena fue sacada a la luz en la movilización de secundarios de 2006 y radica precisamente en que la convicción de que la educación cumple su función como medio de obtención de status y promoción social ha perdido solidez y el mito de la meritocracia ha sido cuestionado, por lo que la educación ha perdido sentido.

12 La sensación de vulnerabilidad, de ser víctima de abusos constantes, la insatisfacción con la situación del país, con el modelo económico y con la desigualdad; la convicción de habitar una serie de contradicciones y paradojas que hacen de los movimientos de cada biografía una especie de tránsito a la aporía, cuando no a la tragedia; la sensación de estar siendo atacados y extinguidos (las clases medias diciendo que son sistemáticamente violentadas, los pobres señalando que son la clase abusada), la percepción de habitar una especie de prisión, la sensación del otro como enemigo activo y poderoso; constituyen constantes evidentes en los discursos y expresiones de los datos cualitativos.

13 Elaboración propia en base a los datos de la encuesta CASEN 2009.

14 En el CIES la línea de trabajo sobre la cultura del consumo no ha finalizado su proceso de análisis. Esta observación es todavía inicial y probablemente requerirá nuevos matices.

15 En rigor se ha duplicado (Rojas, 2008)

16 Entre 1990 y 2004 el consumo de antidepresivos creció en un 470,2% en Chile (Jirón et. al, 2008: 1147-1154)

17 No existen indicadores idénticos para realizar esta medición. Los datos expresados en estos gráficos resultan, en opinión de los investigadores, útiles para realizar el análisis en curso. Su validez no está en juego, sí en cambio su alcance y precisión. De cualquier modo, la evolución parece irrefutable.

18 La presentación del estudio está disponible en PDF en el siguiente sitio web: http://www.adimark.cl/es/estudios/documentos/08_ev_gob_agos_2011.pdf

19 El viernes 10 de junio de 2011 los medios de comunicación informaron que la cadena de multitiendas "La Polar", empresa orientada a los segmentos de bajas rentas, había entregado un informe oficial a la Superintendencia de Valores y Seguros sobre la detección de malas prácticas en su división de crédito, involucrando la necesidad de provisiones por hasta US$420 millones. Este evento, derivado de la repactación automática de créditos y la reducción nominal del riesgo de la cartera crediticia, implicó una crisis de legitimidad relevante para el retail. El evento indudablemente entregó energía al movimiento estudiantil, que tenía entre sus banderas una crítica al entronque entre educación y sistema financiero. El endeudamiento de las familias, lacerante para ellas y conveniente para los agentes crediticios, supuso una convergencia de intereses entre los endeudados en general y los endeudados en el mundo estudiantil.

20 Elaboración propia a partir de datos puestos a disposición en La Tercera Reportajes, 2 de agosto de 2009, Nacional, página 10.

21 La caída abismante de la Iglesia católica es muy relevante dado que operaba como instancia de resolución de conflictos políticos. Cada vez que la clase política chilena tenía problemas por un tema de alta energía, la Iglesia operaba como mediadora. La pérdida de legitimidad en esta ocasión impidió ello, pues la Iglesia se propuso para ello y fue rechazada por los estudiantes.

22 La cifra de asistentes a manifestaciones públicas (marchas, concentraciones, eventos de todo tipo) es siempre confusa por las diferentes versiones entregadas por las autoridades, los medios de comunicación y los convocantes. Los medios de comunicación, que podrían emerger como parte desinteresada, no sólo muestran cierta tendencia a suscribir la tesis de las autoridades en algunos casos, sino que además consuman su imprecisión ubicando cifras diferentes en los titulares respecto al cuerpo del texto. No obstante lo dudoso de los datos, los gráficos sobre manifestaciones se han construido a partir de las versiones más favorables de los medios de comunicación y específicamente de la red periodística "El Mercurio" (esta incluye a los 19 medios impresos locales agrupados por soychile.cl). La utilidad del recuento de manifestaciones (que tiene alrededor de treinta páginas y puede ser solicitado a los autores) radica en la comprensión de su variedad expresiva y, ante todo, en la posibilidad de apreciar la evolución del proceso de acumulación de energía del movimiento estudiantil.

23 El problema que está aquí en juego es más complejo y dice relación con la problemática del sentido común, la construcción de conceptos intelectuales y de ciencia. Al respecto una revisión relevante se encontrará en Gramsci (2004: 367 y ss).

24 Normalmente se entiende que el espacio público crece en la medida de sus condiciones materiales de existencia, ya sea por el desarrollo de la imprenta o de cualquier soporte que ayudase a la multiplicación de medios de comunicación. Ver Chartier (2003) "El recurso de la prensa..." capítulo 3. En el caso actual se ha otorgado ese rol a las redes sociales y es probable que ello sea un factor relevante, dado que las tecnologías de comunicación recientes siempre resultan relativamente incontrolables para los poderes instalados y mientras ellos no toman su timón, emergen posibilidades de uso emancipatorio.

25 No hay ninguna pretensión a partir de esta cita de generar un paralelo en los alcances, sólo se pretende mostrar que las operaciones de las clases dominantes suelen ser semejantes. Sin ir más lejos, la jornada del 4 de agosto de 2011, donde la prohibición de usar la Alameda para marchar llegó desde el Palacio de la Moneda, también se asemeja a la privación de la locación que la monarquía francesa hace veinte días antes de la revolución y que terminó en el "Juramento del Juego de Pelota".

26 Esto parece ser característico de los movimientos sociales. Como ha sido destacado por quienes han elaborado bases conceptuales sobre dicho asunto (especialmente Touraine, 1991), los movimientos sociales tienen dos vertientes: una utópica y una ideológica. En su vertiente utópica, el actor se identifica con los derechos del sujeto, mientras en su vertiente ideológica, el actor se concentra en su lucha contra un adversario social. La versión utópica la cumplió aquí el derecho a la educación gratuita; la ideológica, el abuso de la clase política y la elite económica, que comandan un sistema injusto en su beneficio (Riechmann y Fernández, 1994).

27 Se puede hacer referencia al 4 de agosto, día conocido como el jueves negro por la violencia de las manifestaciones derivadas del impedimento del gobierno para permitir la marcha por la Alameda, principal avenida de Santiago. En ese día, dos automóviles fueron quemados por manifestantes. Un canal de televisión se acercó al propietario de uno de los vehículos, cuando llegaba al lugar y veía los daños que le habían ocasionado. El periodista intentó, en vano, obtener un juicio sobre el evento acontecido, pues la víctima de la quema de su automóvil insistía que aun cuando era un hecho reprochable, el tema de fondo eran los problemas en la educación. La suspensión casi total de los problemas privados y el fin de la privatización cognitiva, en este caso extrema, refleja un cambio de clima social particularmente intenso por entonces.

28 El accidente en la Isla Juan Fernández se produjo el 2 de septiembre de 2011. Al día siguiente estaba programada la cita de los líderes del movimiento estudiantil con el Presidente de la República Sebastián Piñera. El mismo día del accidente había tenido que dimitir el General de Carabineros de Chile Eduardo Gordon, máxima autoridad de la policía uniformada chilena, por un caso de tráfico de influencias, aun cuando la denuncia repercutió significativamente no por la denuncia en sí (el caso había acontecido hacía un año), sino por una debilitada imagen de su gestión por la muerte del joven manifestante Manuel Gutiérrez, de 16 años, el día jueves 25 de agosto, en el marco de la convocatoria a movilizaciones que realizara la Central Única de Trabajadores junto a los estudiantes. Como se aprecia, hasta el día del accidente en Juan Fernández los efectos del movimiento estudiantil se habían diversificado en expresiones y habían escalado en energía.

29 La columna "¿El fin del modelo?" de Felipe Larraín está disponible en: http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2011/09/17/el-fin-del-modelo.asp

30 Fenómeno conocido en las crisis políticas, como la que vivió el gobierno, que se caracteriza como un final donde simplemente, en medio de la plasticidad y complejidad del escenario, prima el deseo conservador de volver a la condición originaria ante la incertidumbre establecida. El concepto proviene de la obra "Sociología de las Crisis Políticas" de Michel Dobry y tiene una raíz bourdoniana, no sólo en el concepto de habitus.

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Recibido: 20.09.2011 Aceptado: 23.11.2011