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Revista de filosofía

versión On-line ISSN 0718-4360

Rev. filos. vol.67  Santiago  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602011000100018 

Revista de Filosofía Volumen 67, (2011) 293 - 295

RESEÑAS

Pamela Chávez Aguilar. San Agustín. Apuntes para un diálogo con la ética actual. Editorial Universitaria. 2010. 204 pp.


Ya el título es un anuncio del espíritu que impregna el libro de Pamela Chávez; por un lado, la autora no se propone solamente exponer en profundidad el pensamiento de San Agustín, sino también ponerlo en diálogo con la ética actual. Por otro, al resultado de este esfuerzo -con una modestia que impregna toda la exposición- ella le da el nombre de "apuntes".

El libro consta de un Prefacio de Humberto Giannini, una Presentación de la autora, siete capítulos y un Epílogo.

En la Presentación se describen algunas características de la sociedad contemporánea y de la actual filosofía moral, con las cuales podría entablarse el diálogo y se enuncia la hipótesis de trabajo: "En el pensamiento agustiniano se encuentran importantes intuiciones antropológicas y morales que pueden contribuir fecundamente a la reflexión ética contemporánea en la dimensión de la comprensión del sí mismo y de su télos".

Cada uno de los capítulos, dedicado a un aspecto específico del pensamiento del filósofo, incluye un apartado que analiza sus posibles aportes en ese aspecto.

A lo largo del libro y en pro de la verificación de su hipótesis, la autora va poniendo metódicamente en relación los diversos aspectos de la obra agustiniana con la de destacados filósofos contemporáneos, tales como Heidegger, en lo que respecta a la temporalidad y Arendt, en relación con su concepto de "natalidad"; con textos de Cortina, en lo referente, por ejemplo, a la conveniencia de integrar al pensamiento filosófico contemporáneo categorías tales como las de "misterio", en reconocimiento de los insalvables límites de la razón; con obras de Ricoeur, en los temas de la "identidad narrativa" y el problema del mal; con respecto a este último y en relación con la libertad, la autora establece también interesantes relaciones con algunos aspectos de la obra de Humberto Giannini.

Revisaremos algunos de los momentos más sobresalientes de este recorrido para ejemplificar como la autora -a pesar de la enorme distancia en el tiempo y en las concepciones del mundo- aproxima ciertos aspectos del pensamiento agustiniano y el de destacados representantes de la ética contemporánea.

En el primer capítulo, la exposición destaca la vocación de verdad que Agustín descubre en el hombre y la armoniosa relación que él postula entre razón y fe, la que la autora considera que dentro del marco de lo que Alasdair MacIntyre llama el "fracaso del proyecto ilustrado", podría inspirar un diálogo fecundo para el logro de la paz entre diversas culturas y miradas a la realidad.

En el segundo capítulo tiene especial interés la revisión de la anticipación agustiniana del cogito cartesiano, y de su concepción tripartita de la temporalidad como parte esencial del ser del hombre. En esta última ve la autora un antecedente del indispensable recurso a la historia narrada de la vida, planteado por Hannah Arendt y por Paul Ricoeur, cuando se quiere dar respuesta a la pregunta de quién es el hombre.

En el tercer capítulo, la autora ve en el carácter teleológico del pensamiento agustiniano un valioso aporte para los intentos de rehabilitación de esa perspectiva; en el caso de MacIntyre, por ejemplo, en relación con la pérdida de sentido que habría sufrido la ética a raíz de un enfoque exclusivamente deontológico y en el de Habermas, en su planteamiento referente a la necesidad de un aporte desde la teleología a la ética dialógica en el ámbito de la motivación.

En el capítulo cuarto merece destacarse la reflexión agustiniana sobre la experiencia humana del mal que se hace y el mal que se sufre, íntimamente relacionados entre sí, ya que el primero -posibilitado por la libertad del ser racional- es causa del mal sufrido. La libertad, sin embargo, aparece como un bien en sí misma y esta contradicción entre la bondad de la libertad y su condición de origen del mal sitúan a éste dentro de la categoría del "misterio". Este reconocimiento del mal como misterio aparece también en Ricoeur quien -a partir de ese reconocimiento afirma la necesidad de abandonar la reflexión puramente especulativa en torno al origen del mal, para encararlo en sus consecuencias -tal como aconsejara hacerlo Agustín- a través de la acción moral y política y de un esfuerzo educacional tendiente a la transformación de los sentimientos.

En el capítulo quinto merece especial atención el análisis agustiniano del deseo caracterizado como un "tender hacia" derivado de la originaria menesterosidad del ser del hombre, que se diversifica en cupiditas, o amor desmedido de sí mismo, y caritas, que conduce al goce de Dios del que brota el amor al prójimo y a sí mismo. En lo que respecta a los posibles aportes, se destaca la ubicación del amor en el centro de la vida moral que -nos dice la autora- podría ser iluminador para la reflexión ética actual que a menudo privilegia exclusivamente el papel de la racionalidad; por otra parte, la intencionalidad que aparece en el deseo pone de manifiesto la orientación teleológica propia de la existencia humana, que desaconseja la exclusión de la pregunta por la felicidad del ámbito de la ética.

En el sexto capítulo destaca especialmente el esfuerzo agustiniano por mostrar la realidad de la libertad y de los límites que la definen como "autodeterminación de la criatura" y su concepción de la voluntad que sitúa en el sujeto la responsabilidad por sus acciones. Con respecto a los aportes, la autora considera que la gran novedad en este aspecto es que la sabiduría práctica no requiere solo de la reflexión teórica sobre principios morales y consecuencias, sino también una adhesión amorosa de la voluntad. Se tiende, así, a superar la fría exigencia del deber kantiano, que -según MacIntyre- ha llegado a constituir un obstáculo para la motivación moral. Por otra parte, el reconocimiento de los límites de la libertad hacen recordar al hombre que no solo no es creador de sí mismo, sino tampoco del mundo circundante, lo que podría inducirlo a mantener una relación respetuosa con lo que no es su obra y a "trabajar y custodiar" lo que se le ha confiado. Se abre, así, una visión alternativa al apetito de dominio propio de algunas tendencias de la modernidad.

El capítulo séptimo se centra en la descripción de las dos ciudades que se desarrollan mezcladas en la historia, aunque diversificadas por sus metas respectivas. Sin embargo, como la paz terrena le interesa a ambas, se da entre ellas la posibilidad de una colaboración. Por otra parte, se destaca cómo la rotunda afirmación del carácter lineal del tiempo permite la radical novedad de acontecimientos tales como el sacrificio de Cristo, que ocurre una sola vez en la historia. Con respecto a los posibles aportes, se destaca la reapertura de la pregunta por el sentido de la historia, posibilitada por la concepción lineal de la temporalidad.

El Epílogo revisa y sintetiza los principales aportes de Agustín a la reflexión moral contemporánea analizados en cada capítulo.

En síntesis, creo que es especialmente acertado lo que Humberto Giannini afirma en el Prólogo en relación con el libro de Pamela Chávez: "la reflexión es, ante todo, experiencia de lo que viene de fuera, de lo otro" y "la reflexión moral es radicalmente experiencia del Otro; en este caso, la eventual apertura de nuestra experiencia a la experiencia testimonial de San Agustín".

En otras palabras, lo fundamental en este ámbito parece ser el diálogo entre los diferentes y en este pequeño libro la autora abre la posibilidad para que ese diálogo se establezca entre dos mundos -la reflexión moral de los siglos IV y XXI- que parecerían ser totalmente extraños entre sí.

Ana Escríbar Wicks
Universidad de Chile
escribar@terra.cl