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Revista de filosofía

versión On-line ISSN 0718-4360

Rev. filos. v.63  Santiago  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602007000100015 

 

Revista de Filosofía Volumen 63, (2007) 197-209

Reseñas

Humberto Giannini, La razón heroica: Sócrates y el oráculo de Delfos. Santiago de Chile: Editorial Catalonia, 2006.102 págs.


 

Con Humberto me une tanto un lazo discipular como de amistad. Pero, más que eso todavía, me une a él el aprecio y la admiración. Para mí él no es solamente un filósofo, sino también un ser humano ejemplar de aquellos con los que uno escasamente se topa en esta existencia.

A Humberto lo conocí personalmente, después de haber leído alguno de sus libros -El mito de la autenticidad- por aquellos duros años de la dictadura, entre 1974 y milnovecientos setenta y algo. Humberto estaba entonces en la Sede Norte del Departamento de Filosofía, en el Hospital del J J. Aguirre. Para llegar hasta allá había que pasar por una secuela de delantales médicos y paramédicos, atravesando interminables pasillos, en medio de hígados, corazones, vesículas, intestinos, páncreas. Esto daba la impresión como sí para acercarse a la filosofía hubiera que ser primero vivisectado. Pues bien, finalmente uno entraba a una sala que estaba colmada de estudiantes sentados hasta en el suelo y que escuchaban a Humberto con un altísimo grado de atención. Se trataba entonces acerca de la concepción del tiempo en Aristóteles.

En sus clases, verdaderamente uno tenía la experiencia de sumergirse en los íntimos pliegues del pensar filosófico. Y ciertamente que se percibía allí como ése lograba ser, gracias a él, un genuino espacio filosófico.

Años más tarde, cuando volvía a Chile tras el doctorado en Friburgo, comenzamos a hacernos amigos en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile, allá arriba en Larraín, rasguñando la Cordillera, donde nos había enviado el dictador. Pues bien, desde la oficina contigua a la de Humberto que yo ocupaba, solía sorprenderme y distraerme en medio de algunas lecturas en que me encontraba sumido, un aria de alguna ópera italiana que Humberto cantaba a voz en cuello.

Ese es y siempre ha sido Humberto, un filósofo capaz de penetrar en las profundidades, mas jamás perdiendo el sentido del humor y la ironía, un filósofo que como todo buen filósofo, se ríe de sí mismo, de sus ocurrencias y locuacidades, y de cómo con ellas puede envolver a otros.

En los anales del Departamento de Filosofía quedará la anécdota de la granada. En plena dictadura, a través de un estudiante que era apodado "Cristo", por su semejanza física con el Maestro, Humberto hizo llegar la noticia al Decanato de que habría un paquete con una granada en medio del jardín central. Se desató entonces la alarma, pronto llegó el "Gope", la fuerza especializada de Carabineros, y procedieron a abrir el paquete, con estudiantes y profesores viendo esta operación a una distancia prudente. Y cuando acabaron de abrir el paquete, efectivamente se encontraron con una granada, mas era el fruto, que se veía pletórico y sabroso.

Y ¿qué tenemos ahora a la vista de su vasta producción? El libro La razón heroica: Sócrates y el oráculo de Delfos.

A propósito de esto, justo recién este año tuve la ocasión de visitar por primera vez Delfos, donde se encuentra el ombligo del mundo. Impresiona encontrarse allí con ese omphalos, ese ombligo, que se ubica justo entre un par de rocas, donde se encontraba la Pitia, la pitonisa, el oráculo, para hacer sus vaticinios.

Humberto nos aclara de entrada que esta obra ya es de larga data, y por ello dice:

"Intenté hace algunos años, y con una verdadera obstinación, representar la rutina argumentativa de Sócrates, trasladarla, por decirlo así, desde Atenas a las calles de nuestras ciudades. Adecuar el estilo socrático a los grandes temas que agobian la experiencia moral de nuestro tiempo. Encarnar, en fin, en un Sócrates contemporáneo aquella voluntad de justicia y de bien que ayer como hoy puede conducir -y de hecho ha conducido- a muchos seres humanos a la muerte. / Si Sócrates sólo hubiese sido aquel apasionado defensor de la racionalidad frente al instinto o al reino de 'lo consabido', el defensor de la norma social, pero comprendida y aceptada frente al arbitrio; el defensor del conocimiento frente a la ignorancia; si sólo en tales enfrentamientos se hubiese gestado su tragedia, entonces sí, 'la historia de Sócrates' podría ser re-presentada, re-actualizada, por personajes 'semejantes' de cualquier tiempo y latitud" (p. 5).

Pues bien, respecto de Sócrates comenzaría por decir: Sócrates, el filósofo par excellence, el filósofo que definirá la filosofía de una vez y para siempre como "amor a la sabiduría", el filósofo que nos mostrará que ante todo vale el asombro, la pregunta y el camino asociado con ello, que no hay puerto de llegada, que no hay respuesta última, definitiva y absoluta en las preguntas filosóficas en torno a lo más esencial, el filósofo que, al decir de Heidegger supo permanecer incólume y denodadamente en el vendaval del retiro del ser, y que no optó por caer en la respuesta fácil y cómoda, y justo por ello, no escribió nada, ya que la letra era para él, letra muerta.

Y lo que no deja de ser algo pasmoso, anonadante, es que precisamente en ello haya consistido a su vez su tragedia. Así lo muestra precisamente Humberto en su libro en comento.

A mí en particular, aparte de todas las impresiones que me provoca Sócrates con su arte mayéutica de hacer parir la verdad, pasando por la conmoción del interlocutor, y de hacerla parir en comunión con el otro, resultando además que aquello que se da a luz no es, en estricto rigor, la verdad, sino tan solo una aproximación iniciática a ella, quiero destacar al menos dos de esas impresiones:

1. Que por ligarse tan íntimamente la filosofía con su sentencia de que "sólo sé que nada sé", ello al modo de la "docta ignorantia" haya pasado a ser el camino de la teología negativa, la via negativa para acercarse al supuesto verdadero Dios y no a un ídolo, una construcción racional, un imaginario o una ilusión. De docta ignorantiae va a ser precisamente la obra principal de uno de los representantes de la teología negativa -Nicolás de Cusa. Respecto de Dios se cumple que tenemos que abandonar, si no nuestra casa, ante todo nuestras representaciones, imágenes e ideas que tenemos de él, y mientras no lo hagamos, estaremos siempre de cara a un ídolo.

2. Que por tratarse del saber y del reconocimiento de la propia ignorancia, que es el primer paso del saber, y que mientras estemos creyendo que sabemos o que incluso somos sabios (sophos, sophistes) estaremos a nivel de la mera apariencia y en medio del juego de las opiniones. En el saber está lo trágico, de acuerdo con la interpretación que Karl Jaspers ha desarrollado de la tragedia. Hay tragedia solo en tanto Edipo llega a saber, incluso ofendiendo a Tiresias, que no le quiere decir la verdad, y diciéndole que él, Edipo, ha descifrado el enigma de la esfinge y ello sobre la base del saber y no de la interpretación del vuelo de los pájaros, como lo hacen los adivinos. Y como el oráculo le había vaticinado a Edipo que asesinaría a su padre, se traslada incluso de región para que aquello no suceda, más en esa otra región habrá de suceder. Pero, incluso asesinando a su padre y casándose con su madre, no hay todavía tragedia. Ella se desencadena solo en tanto Edipo sabe, ya que Tiresias finalmente le dice la verdad.

Ahora bien, este punto fundamental se conecta íntimamente con la obra de teatro filosófica (que es justo llamarla así) que hoy nos presenta Humberto Giannini. Él muestra en ella con acierto y de modo dramático que la tragedia de Sócrates comienza cuando Querofonte (y no Sócrates) que ha ido a Delfos y le ha consultado al oráculo acerca de quién es el hombre más sabio de Atenas, respondiendo éste que es Sócrates. Pues bien, como el filósofo ateniense sorprendido comienza a inquirir en lo que sigue la razón por la cual el oráculo, la Pitia (cuyo nombre alude a la sabiduría de la serpiente, la Pitón) habría dicho tal cosa, es en ello -cual Edipo- que se inicia el camino de su tragedia ejemplar. Y ello se debe a que desde entonces le pregunta a distintos atenienses sobre esto o lo otro, sobre la justicia al juez, sobre la valentía al general, y otros. Sucede de esta laya que desde ese momento en adelante intentará constatar paso a paso, en definitiva, la supuesta verdad oracular. Y bien, en cada caso no podrá sino corroborar que cada cual cree saber de esto o lo otro, de su tema específico, respecto del cual se supone que sería especialista, mas no lo sabe. De este modo, al fin y al cabo, habrá de llegar a la conclusión de que, como decía el oráculo, él sería el más sabio, ya que al menos reconoce no saber nada.

Paul Ricoeur, muy cercano filosóficamente a Humberto, y ambos a su vez se hicieron amigos, plantea, a mi juicio, de manera muy lúcida que es muy significativo lo que la filosofía le debe a la religión órfica, entre otros, porque en ella está enjuego una catarsis del alma. Ello se expresa nítidamente en el lema de la Academia platónica "conócete a ti mismo". Sin esta introversión no habría surgido la filosofía. En la obra teatral de Humberto, que aquí comentamos, esto se hace presente en particular en los últimos momentos de la venida del carcelero con la copa de la cicuta. A propósito de su decisión absolutamente voluntaria de retirarse de este mundo, ya que los amigos que le acompañan le ofrecen la posibilidad de salvarse, los amigos inquieren acerca de las razones de esa decisión, que significa abandonarlos a ellos, a su mujer y a sus hijos, Sócrates dice -en las palabras de Humberto:

Queridos amigos: ¿Quién no estará de acuerdo en que si queremos saber verdaderamente alguna cosa debemos desatender, aunque sea por poco tiempo -sólo el tiempo que dura la investigación-, afanes y necesidades del cuerpo, a fin de examinar lo que queremos conocer, por decirlo así, a solas con el alma? ¿Quién no estará de acuerdo en que sólo en ese abandono alcanzamos un poco de sabiduría? ¿Es que tampoco has oído hablar de esto, Fedón? ¿Del conocimiento como purificación? (p. 86).

Podríamos decir que en ello tematiza Giannini el propio memento morí de la persona de Sócrates, no ya el memento morí, el melete tanatou (¡Prepárate a morir!) para toda la humanidad.

Y poco más adelante cuando pregunta entonces Simmias:

¿Quieres decir que la sabiduría está forzosamente ligada a la muerte?,

a lo que Sócrates responde, siempre en palabras de Humberto:

Algo así como eso...Y agregaría: no sin la ayuda de los Dioses. Y esto es lo que me viene sucediendo, amigos míos: desde hace algún tiempo siento que el alma se inclina sin resistencia alguna por la pendiente final...¡Es extraño! Sucede como si recién empezara a ver, a ver de verdad y desde mí mismo. No, Cebes: Sócrates no abandona a los Dioses. Todo lo contrario: se abandona a ellos. Y es este abandono el que debe buscar el filósofo, llenándolo de una dulce esperanza... Ésta es su sabiduría (p. 87).

El título de esta obra teatral de Humberto es muy apropiado -"La razón heroica"- puesto que ante todo Sócrates es eso. La comparación que hace Sócrates de las leyes con los muros que protegen la polis es reveladora al respecto. Hay que respetarlas, aunque signifique ello que te condenan a morir. Pero ¿muere con ello la razón? De ninguna manera. Es justo lo contrario, es la razón, la razón que de este modo es heroica hasta las últimas consecuencias, la que triunfa, y agregaría que triunfa para siempre y se vuelve así inmortal.

Por su parte, Hegel presenta a Sócrates como una figura hecha de un solo trazo, de una sola idea que habrá de seguir hasta el final, sin que nada se interponga. Lo compara con la gran obra de arte y con otras figuras como Pericles que, cual modelos clásicos de humanidad, siguen su derrotero hasta el final. Sin duda también en ello está señalada su tragedia.

Mas, con ello también queda señalado el camino no solo de la filosofía, sino el camino del hombre. Éste no podrá ser sino un camino racional. Y como éste será el camino que habrá de seguir desde entonces el eslabón perdido, el "animal racional", ello va aparej ado con la que sin duda es la transformación más grande que ha tenido el ser humano: el tránsito del mito al logos, a la razón, lo que ejemplarmente sucedió en Grecia.

Es cierto que es mucho, tal vez demasiado, lo que habrá que sacrificar con ello. Por de pronto, ello traerá consigo un proceso inconmensurable de desacralización del mundo, del cosmos. Al decir de muchos autores, huirán las náyades, los tritones, las ondinas, los sátiros.

Y tal vez con ello se irá paulatinamente incoando una crisis que con la modernidad se acrecentará, y al final de este proceso asistiremos a una cosificación de los fenómenos, de todo lo que nos rodea y de nosotros mismos. Como acertadamente lo vieron Jaspers, Heidegger, Max Weber, la Escuela de Frankfurt -en curiosa coincidencia- la razón misma se habrá de instrumentalizar, desvirtuándose ésta, para quedar relegada al servicio de poderes fácticos, no solamente de distintas ideologías, sino de la economía, de la tecnociencia y de la globalización.

Mas, en cierto modo, en Sócrates, como punto de partida, asistimos todavía a un momento de transición que la obra de Giannini muestra de manera dramática y magnífica, ya que el designio, el sino de Sócrates es la palabra del oráculo, en lo que sigue todavía viviendo el mito.

Se me ocurre que Sócrates puede ser concebido también al modo de cómo Kierkegaard pensara lo heroico. El héroe es siempre "héroe del instante". El héroe es aquél que es capaz en un solo instante decisivo de ponerlo todo en juego. Y así observamos en los pasajes finales de la obra teatral de Humberto como no bastan las rogativas de Critón, Cebes, Fedón, y por cierto también de Jantipa, su mujer, y sus hij os, y tampoco basta el ofrecimiento del hombre rico que era Simmias, como para que el filósofo escapara. Nada es suficiente para Sócrates, cuya espera del momento final de beber la copa de la cicuta se ha alargado ya que la nave que ha partido a Délos demora envolver a causa de temporales en el Egeo, lo que correspondía al ritual como agradecimiento al Dios que practicaban los atenienses por haber liberado a las víctimas del Minotauro, que en tiempos inmemoriales habían viajado con Teseo a Creta.

Cuando años más tarde, debido a la muerte prematura de Alejandro Magno, los macedonios caen en descrédito, comenzó (por razones políticas, que se repiten a lo largo de toda la historia) una persecución de los macedonios en Atenas, y entonces esto afectó también a Aristóteles que había sido maestro del j oven príncipe Alej andró. Mas, antes de que cayera sobre él el edicto de ostracismo, Aristóteles decidió retirarse a la gran isla de Eubea, donde poseía alguna tierra, y en palabras de él, hizo esto con el fin de impedir que los atenienses volvieran a hacerse culpables con la filosofía, como ya lo habían hecho con Sócrates.

Cristóbal Holzapfel
Universidad de Chile
hcristob@yahoo.com