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Revista de filosofía

versión On-line ISSN 0718-4360

Rev. filos. v.62  Santiago  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602006000100003 

 

Revista de Filosofía Volumen 62, (2006) 41-58

ENSAYOS

 

Teoría Kantiana de la actividad mental: Algunos problemas desde la ciencia cognitiva

 

The Kantian theory of mental activity: some problems from the standpoint of cognitive science

 

Ives Benzi Zenteno y Cristián Soto Herrera

Universidad de Chile Santiago, Chile
Ibenzi@uchile.cl - cssotto@gmail.com


Resumen

Las teorías de la mente sostenidas por los filósofos de la época moderna han sido consideradas desde un nuevo punto de vista por la Ciencia Cognitiva contemporánea. La teoría kantiana de la actividad mental, incluyendo sus diversas facultades y los respectivos elementos de estas, ha sido estudiada como una de las propuestas más atractivas, considerando su afinidad con tópicos recientes de dicha disciplina y de la Filosofía de la Mente, tales como la modularidad de las facultades, la intencionalidad de las representaciones, la estructura conceptual y, en especial, la teoría representacional de la mente. En el presente trabajo revisamos algunas propuestas contemporáneas relevantes (Hatfield 1992, Kitcher 1990, Meerbote 1991, Moya 2003, Redding 2001, Strawson 1966) referentes a estos tópicos y, teniendo en vista la teoría de Kant de la actividad mental, señalamos algunas dificultades que el pensamiento contemporáneo tendría que enfrentar a este respecto.

Palabras clave: Kant, ciencia cognitiva, teoría de la mente, modularidad, intencionalidad, teoría representacional de la mente, esquematismo, idealismo trascendental.


Abstract

The theories of mind held by modern philosophers have been considered from a new point of view by the contemporary Cognitive Science. The kantian theory of mental activity, included his several faculties and the respective elements of these, have been studied as one of the more attractive proposal, considering his affinity with recent topics in Cognitive Science and the Philosophy of Mind, such as the modularity of faculties, the intentionality of mental representation, conceptual structure, and the representational theory of the mind. In this paper we review some relevant contemporary proposals on these topics (Hatfield 1992, Kitcher 1990 Meerbote 1991, Moya 2003, Redding 2001, Strawson 1966), and having in view Kant's theory about the mental, we point out some of the difficulties that contemporary thought at this respect may have to face.

Keywords: Kant, cognitive science, theory of mind, modularity, intentionality, representational theory of mind, schematismus, transcendental idealism.


 

1. Introducción: Kant y la ciencia cognitiva

El desarrollo de la ciencia cognitiva ha tenido en los últimos años no solo fuertes repercusiones filosóficas en el debate contemporáneo en torno al funcionamiento de lo mental, sino que también ha suscitado un renovado interés por las teorías más tradicionales que a este respecto la historia de la filosofía tiene para ofrecer. Así, junto a un continuo refinamiento de las concepciones que se han llegado a sustentar, algunos teóricos de dicha disciplina se han interesado por volverse hacia otras doctrinas que, si bien no son tan específicas en sus preocupaciones, dejan traslucir igualmente el interés de ellas por los problemas que hoy son propios de las ciencias de la cognición. Sin ir más lejos, no pocos filósofos de la época moderna, contando al menos desde Bacon y Descartes hasta Kant, estuvieron seriamente preocupados por responder a cuestiones acerca de cuánto, cómo y qué podemos conocer. Son diversos los resultados entonces obtenidos, pero en todos ellos resalta el claro interés por descubrir la capacidad y los límites de la mente humana. Hoy, dichos intentos recobran fertilidad cuando los mismos problemas son retomados con mayor fuerza. No es ninguna casualidad que los trabajos de Patricia Kitcher (1990) y Jerry Fodor (2003) hayan intentado rescatar las propuestas de Kant y Hume, respectivamente, sometiendo a nueva evaluación sus teorías y retomando de ellas lo que aún resulte atractivo para el estudio de la cognición. Pero no solo con Kant y Hume es llevadera la relación; o, al menos, eso es lo que muestran los diversos artículos reunidos bajo el sugerente título de Fundamentos Históricos de la Ciencia Cognitiva (Smith, J. C., editor, 1991), en los que también son estudiados, entre otros, Ockham, Spinoza y Leibniz, junto al trabajo de Bennett (1994) acerca de la filosofía de la mente en Locke.

No obstante, la necesidad de preguntarse por la relación que pueda existir entre los problemas de las ciencias cognitivas y las discusiones de la filosofía moderna no es una que se base solamente en alcances históricos. La coincidencia no es fortuita ni es meramente terminológica. Es decir, entre ambas corrientes filosóficas, separadas por poco más de dos siglos y por lenguajes que difícilmente se dejan compatibilizar, hay también una relación fundamental que sacar a la vista y cuyo contenido es propiamente teórico. Esto último es lo que a continuación examinaremos, centrándonos en la teoría kantiana de la actividad mental, la cual, una vez descritos en el apartado 2 sus constituyentes y su funcionamiento, permitirá establecer algunas relevantes consideraciones respecto de los puntos que ella efectivamente comparte con las discusiones más actuales, pero también respecto de los puntos en los que ella revela supuestos y preocupaciones propias de su tiempo y que ya no pueden tener sino solo interés histórico.

Que, en principio, pueden ser trazadas tales comparaciones, esto es, que las teorías de Kant ofrecen aún propuestas de interés para las ciencias de la cognición, es algo que se deja esperar si se toma en cuenta una de las tesis fundamentales de la filosofía crítica: el giro copernicano. Tal vez en este nombre se concentre uno de los movimientos cruciales de la filosofía kantiana (y de la moderna en general, podría decirse), en la medida en que él involucra una reorientación radical de las cuestiones filosóficas: ya claramente desde Kant, no se pregunta primera e inmediatamente qué sea esto o aquello, sino cómo y cuánto puede conocer uno a partir del ejercicio de sus propias capacidades. Y este giro, desde luego, aún es compartido por los cientistas cognitivos, quienes se preocupan antes que nada de conocer tales capacidades mentales, cuáles sean su alcance y su funcionamiento. Siendo esto así, cabe esperar que la teoría kantiana de la actividad mental pueda ofrecer alguna propuesta filosófica interesante, que vaya más allá del mero alcance histórico, y que establezca una clara conexión teórica con la discusión actual.

Ahora bien, el hecho de establecer tal relación teórica entre la propuesta kantiana de la actividad mental y la de la ciencia cognitiva, no es algo que para cumplir con su propósito tenga que llevar las comparaciones más allá de lo que es permitido por la naturaleza de ambas partes. Aun cuando pueda mostrarse que haya una coincidencia de preocupaciones respecto de los procesos cognitivos, todavía hay que cuestionarse: ¿es lícito suponer que las preguntas en ambas vertientes se refieren a lo mismo? ¿Qué nos asegura que el objeto de investigación no es esencialmente diferente? A esto intentaremos responder en dos direcciones: primero, en el apartado 3 describiremos y compararemos algunas características de las teorías en cuestión, considerando en qué manifiestan una coincidencia temática y, más precisamente, evaluando en qué medida la teoría kantiana permanece aún viva para responder a las cuestiones hoy planteadas. Y, segundo, en el apartado 4 observaremos algunos puntos que parte de la literatura ya existente a este respecto comparte en sus directrices generales y que en algunos casos parecen pasar por alto ciertas consideraciones que no tienen que ser obviadas (pensamos en Strawson 1966, Kitcher 1990, Meerbote 1991, Hatfield 1992, Redding 2001 y Moya 2003, a quienes luego nos referiremos). La moraleja será: ni Kant necesita que a sus teorías se le sonsaque a la fuerza nuevas aplicaciones, ni la ciencia cognitiva necesita para sobrevivir que se le allegue agua de otras épocas. Sin embargo, como intentaremos ponerlo a la vista, ambas doctrinas resultan beneficiadas si los estudios que se llevan a cabo en esta dirección no distorsionan el interés fundamental de cada vertiente.

2. Elementos de la arquitectura cognitiva kantiana

No es a primera vista evidente qué de la doctrina kantiana de las facultades pueda contar como una teoría de la actividad mental del tipo de las que se sugieren en la ciencia cognitiva. Lo que hoy los cientistas cognitivos denominan mente (mind), investigando su naturaleza y tratando de constituir una ciencia acerca de la misma, no encuentra tan fácilmente un correlato directo en la terminología de Kant. La palabra que más se le acerca del vocabulario crítico es Gemüt. No obstante, dicho término, que conviene traducir al español más bien por ánimo que por mente, hace referencia en la doctrina de Kant al conjunto de las facultades del ánimo, esto es, a la facultad superior de conocer, a la facultad superior de desear y a la facultad de agrado y desagrado, que son tratadas, respectivamente, por la Crítica de la razón pura, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del Juicio1. Ahora, es sabido que las dos últimas obras, y, por lo mismo, las dos facultades del ánimo que ellas tienen por objeto de estudio, no están orientadas a la cognición (en el sentido que este término tiene en las actuales investigaciones), a cuyo efecto no nos queda sino afirmar que la mente, tal cual la conciben los cientistas cognitivos, no es equivalente al Gemüt kantiano. Cabe preguntar, por consiguiente: ¿qué de la teoría kantiana de las facultades del ánimo se asemeja a las actuales teorías de la ciencia cognitiva? A nuestro parecer, la facultad superior de conocimiento puede ser considerada como una teoría de la actividad mental al modo en que hoy las discusiones a este respecto son desarrolladas. En ella, Kant pone de relieve los problemas principales que entraña la cognición, diciendo algo tanto acerca de los mecanismos como acerca del tipo de funcionamiento allí considerados. De tal manera que es a estas cuestiones surgidas dentro de una de las facultades del ánimo, a saber, la de conocimiento, a las que nos referiremos en adelante con el nombre de teoría kantiana de la actividad mental.

Situándonos, ahora, dentro de la sola facultad superior de conocer, encontramos en ella el despliegue de las facultades internas, que son la sensibilidad, la imaginación, el entendimiento y la razón, en vistas del interés teórico especulativo. La naturaleza de dichas facultades pone a la vista la constitución anímica que sirve de sustrato a la cognición, por lo cual uno de los propósitos centrales para Kant es examinar cuál es, en realidad, el lugar que ocupan dentro de la tarea teórico especulativa y cuál es el rol que tienen que cumplir. Como es sabido, tal propósito le cuesta a Kant poco más de 700 de las casi 900 páginas que conforman la primera Crítica, dentro de las cuales se encuentra la Estética Trascendental (como ciencia de los principios a priori de la sensibilidad), la Analítica Trascendental (como ciencia de los conceptos y de los principios a priori del entendimiento) y la Dialéctica Trascendental (como ciencia de los razonamientos ilusorios de la razón)2.

Pues bien, limitado de esa manera el conjunto de preocupaciones que constituye lo que aquí llamamos teoría kantiana de la actividad mental, conviene especificar aún más cuáles son los elementos que tales facultades ofrecen y cuáles son los procesos cognitivos en los que participan. En cuanto a lo primero, dentro de la Estética Trascendental, Kant nos presenta la concepción crítica de la sensibilidad, que la concibe como sustento de las intuiciones. Así es que el espacio y el tiempo, en cuanto formas puras de la receptividad, residen en dicha facultad. De la misma manera, en la Analítica Trascendental, al llevar a cabo la descomposición de la capacidad del entendimiento, Kant nos presenta, desde las funciones y de la tabla de los juicios, los conceptos como formas puras y espontáneas del pensar. En diversas ocasiones, el filósofo afirma que la sensibilidad y el entendimiento constituyen las dos fuentes de las que surge el conocimiento, afirmación que, desde luego, hemos de entender en tanto que ella involucra la relación entre dichas facultades y, aún más, la relación entre los elementos que ellas proveen: las intuiciones, los conceptos y los juicios.

En cuanto a los procesos cognitivos en los que se relacionan los elementos de las facultades, ellos corresponden en la teoría kantiana a las actividades mediante las que se lleva a cabo la síntesis. Esta última "es el acto de reunir diferentes representaciones y de entender su variedad en un único conocimiento" (A 77-B 103), y la dificultad que ella conlleva surge por el hecho de que las diversas representaciones que han de ser unificadas son aquellas que están dadas por las intuiciones (puras o empíricas) de la sensibilidad, y esto gracias a la unidad ofrecida por los conceptos del entendimiento. Y Kant mismo es el que se encarga de separar la sensibilidad y el entendimiento como dos facultades de naturaleza diferente; entonces, en términos de facultades cabe preguntar: ¿cómo poner en relación sensibilidad y entendimiento? O, en términos de sus elementos, ¿cómo inteligibilizar las intuiciones y cómo sensibilizar los conceptos? La respuesta que Kant dio, finalmente, a estas preguntas requirió varios años de meditación, pues su resolución conllevó la introducción de la imaginación en la modelación de la arquitectura cognitiva y la asignación a ella de una función indispensable para la cognición: la de la síntesis, ya que, como dice Kant, ésta es "un mero efecto de la imaginación, una función anímica ciega, pero indispensable, sin la cual no tendríamos conocimiento alguno y de la cual, sin embargo, raras veces somos conscientes" (A 78-B103).

Ya que el proceso de síntesis será de principal importancia a la hora de querer decir algo acerca de algunos problemas de la ciencia cognitiva desde un punto de vista kantiano, conviene precisar algo más respecto de su funcionamiento. Dentro de la primera versión de la Crítica de la razón pura, la síntesis ocupa las dos últimas secciones (II y III) de las tres que conforman la deducción trascendental, de lo cual se desprende que la prueba de la legalidad (quid juris) de la referencia a priori de los conceptos a lo dado por las intuiciones depende de la elucidación del proceso de síntesis, de manera tal que probar que la quid juris puede ser respondida y mostrar que el proceso de síntesis se lleva a cabo son una y la misma cosa, aunque vista desde distintos lados. Ahora, que en la segunda versión de la Crítica aparezca modificada (al menos en su forma) la exposición de la síntesis, no quiere decir que decaiga su importancia en vistas de la quid juris enfrentada por la deducción trascendental. A pesar de estas dificultades, puede describirse brevemente el proceso de síntesis, no tanto con el propósito de juzgar si la versión de 1781 y la de 1787 difieren esencialmente, sino con el de poner en evidencia que la síntesis es un proceso complejo que consta de distintos pasos y que involucra el funcionamiento y la relación de las facultades cognitivas y de sus elementos.

De hecho, esto último salta a la vista en la denominación que en un comienzo Kant da a este proceso: triple síntesis, señalando así que un proceso único puede ser considerado haciendo hincapié en los distintos momentos que lo constituyen. Pues bien, tales momentos ponen en juego la participación de alguna de las capacidades del ánimo llamadas subjetivas: la intuición, la imaginación y la apercepción, que tienen por fuente la espontaneidad y que, al decir de Kant, constituyen el entendimiento (A 97). Los momentos de cada una llevan los siguientes nombres: síntesis de la aprehensión en la intuición, síntesis de la reproducción en la imaginación y síntesis del reconocimiento en el concepto.

El proceso sintético en su conjunto está sujeto, como cada uno de los elementos que involucra, a la distinción entre lo empírico y lo puro: la síntesis será empírica en el caso de que la intuición, afectada en la experiencia, contenga materia de la sensación, de lo cual se sigue que la reproducción en la imaginación es también un trabajo realizado sobre una diversidad empírica y que el reconocimiento de tal reproducción ofrecerá a modo de resultado una unidad representada por un concepto empírico. El resultado general de la síntesis empírica es, pues, el conocimiento empírico. En cambio, en el caso de que la diversidad dada en la intuición sea pura, es decir, sin nada de sensación, la reproducción3 de la misma en la imaginación será un trabajo de naturaleza pura y, asimismo, el reconocimiento de dicha reproducción ofrecerá a modo de resultado un concepto puro del entendimiento que, en cuanto conocimiento puro y a priori, corresponde al reconocimiento de espacio y tiempo por las categorías. Lo que es común a ambas síntesis es la relación final que hay entre las intuiciones y los conceptos mediante el trabajo de la imaginación. Y, aunque el lenguaje mismo de Kant sea bastante ambiguo en los apartados a los que nos referimos, lo que llevamos dicho pone de relieve el funcionamiento de este proceso sintético que, en su complejidad, constituye la actividad cognitiva primordial de la teoría kantiana de la mente.

La relevancia de la síntesis en la adquisición de conocimiento se destaca también en la concepción de Kant respecto de la unidad de conciencia o apercepción, puesto que solo gracias a esta unificación de lo diverso de la intuición en el concepto mediante la imaginación es posible llevar el conocimiento a una única unidad de conciencia, representada por el Yo Pienso, que es la originaria unidad de apercepción pura, cuando se refiere al resultado de la síntesis pura y que posibilita la apercepción empírica, que se refiere al resultado de la síntesis empírica.

3. Algunos problemas cognitivos actuales para la teoría kantiana de la actividad mental

La exposición exhaustiva de las distintas direcciones de investigación que se han desplegado dentro de la ciencia cognitiva excede los marcos del presente trabajo. Cabe recordar que dicha ciencia incluye dentro de sí "a la filosofía _específicamente, los desarrollos actuales en filosofía de la mente, filosofía del lenguaje, lógica y semántica formal_, a la psicología del procesamiento de la información o psicología cognitiva, a la inteligencia artificial (como subdisciplina de la ciencia de la computación), a la neurociencia y, aunque para algunos con ciertas reservas, a la antropología" (Vallejos, 1998). De tales direcciones de investigación más específicas, la filosofía de la mente y la teoría de conceptos (que está ligada tanto a la filosofía del lenguaje como a la de la mente) resultan de principal importancia para evaluar la propuesta kantiana. Así, a continuación haremos hincapié especialmente en estas discusiones filosóficas y dejaremos a un lado las herramientas que ofrecen las otras disciplinas antes mencionadas. La discusión que a continuación será establecida entre algunos de los problemas de la filosofía de la mente y de la teoría de conceptos, enfrentadas a las posibles respuestas que se podrían avanzar desde la propuesta de Kant, justificará la decisión de considerar solo dos de las orientaciones filosóficas que se siguen en la ciencia cognitiva. Asimismo, el alcance que haremos respecto del idealismo trascendental considerado desde la epistemología contemporánea servirá para obtener una visión de conjunto de la posición de Kant respecto de la disputa, prácticamente transversal a gran parte de la filosofía contemporánea, entre las posturas pragmatistas y realistas.

3.1. Desde la filosofía de la mente y la teoría de conceptos

Por un lado, la filosofía de la mente se preocupa, entre otras cosas, de los procesos mentales cognitivos y de los mecanismos que los operan. Lo dicho hace mención de dos asuntos que nos indican de inmediato algunos puntos de contacto entre la filosofía de la mente y la teoría kantiana de la actividad mental. El primero es que el estudio de la mente concierne a sus procesos, esto es, que en la mente se lleva a cabo un funcionamiento tal que, presumiblemente, obedece a ciertas reglas que, si son descubiertas, permitirían explicarlo. Y el segundo es que dicho funcionamiento es considerado en vistas de su capacidad para adquirir conocimiento, siendo, por consiguiente, solo su actividad cognitiva la que presta interés en esta consideración. Ambos asuntos (que no pretenden ninguna exhaustividad) son asumidos tanto por la investigación actual acerca de la cognición como por la teoría kantiana de la actividad mental que venimos desarrollando. Y, por otro lado, la teoría de conceptos trata el problema filosófico de la naturaleza de los conceptos, que se mueve entre la filosofía de la mente y la filosofía del lenguaje, a cuyo efecto cruza en las diversas respuestas que ha recibido los temas del funcionamiento de lo mental y de la semántica filosófica. Los diversos puntos desde los que se puede enfrentar el problema de la naturaleza de los conceptos se ven reflejados en las distintas condiciones de adecuación que tienen que ser satisfechas si se quiere formular una respuesta satisfactoria al problema planteado. Tales condiciones apuntan a la individuación, a la posesión y a la individuación de propiedades semánticas, las cuales, a la vez, se corresponden, respectivamente, con las siguientes preguntas: ¿qué es un concepto?, ¿qué es tener un concepto? y ¿en virtud de qué un concepto significa lo que significa? A continuación nos serviremos de algunos problemas propios de estas disciplinas para establecer nuestras consideraciones.

3.1.1. La tesis de la modularidad de las facultades

La modularidad de las facultades es una de las propuestas más discutidas y fértiles en las últimas décadas en filosofía de la mente. En la exposición de Fodor (1983), dicha tesis postula que la arquitectura cognitiva consta de dos facultades principales, que son los sistemas de entrada y los procesadores centrales, más los transductores que mediarían el paso de la información desde el mundo a los sistemas de entrada. En su conjunto, la taxonomía de los procesos psicológicos que así se obtiene es considerada desde un punto de vista funcional, es decir, en referencia a la tarea que cumple cada facultad dentro de los procesos cognitivos. En cuanto a los sistemas de entrada, el cumplimiento de sus tareas es asegurado por la caracterización que de ellos se hace en la presente propuesta; entre otros rasgos, de ellos se dice que, en calidad de sistemas modulares, (i) son específicos de dominio (cada módulo corresponde a cierto dominio estimular), (ii) su funcionamiento es obligatorio y rápido, (iii) se hallan informacionalmente encapsulados y (iv) están asociados a una arquitectura neural fija. En el antiguo lenguaje del frenólogo Gall, esto muestra que los sistemas de entrada modulares conforman una arquitectura de facultades verticales, en las que existe prioridad del funcionamiento de unas por sobre otras respecto de ciertos dominios. Ahora, en cuanto a los procesadores centrales o fijadores de creencias, la arquitectura de las facultades es horizontal, esto es, no hay prioridad de unas facultades por sobre otras, a cuyo efecto la caracterización de ellos da con dos rasgos definitorios: (i) el hecho de que sean isotrópicos (lo que, en términos de confirmación científica, quiere decir que para la verificación o falsación de una hipótesis o creencia puede tomarse cualquier área del universo de verdades empíricas que se tengan) y (ii) el hecho de que sean quineanos (lo que, también en términos de confirmación científica, quiere decir que el grado de confirmación es sensible a las propiedades globales del sistema total de creencias acerca del mundo). En resumen, desde la postura de Fodor obtenemos una arquitectura cognitiva mixta, que es vertical en los sistemas de entrada modulares y que es horizontal en los procesadores centrales que fijan las creencias.

A primera vista puede parecer sorprendente querer comparar la arquitectura cognitiva kantiana con la tesis de la modularidad fodoriana. Sin embargo, esto ya ha sido recientemente intentado por Moya (2003), quien busca no solo encontrar ciertas coincidencias en ambos planteamientos, sino que también intenta ofrecer una lectura naturalizada de la razón kantiana, oponiéndola a la "tradicional interpretación trascendental" (2003, p. 36), que sin duda es la más cercana a las palabras del propio Kant. Acerca de lo último no nos pronunciaremos. Sin embargo, lo primero también a nosotros nos parece plausible llevarlo a cabo, ya que, aunque Kant no hable de sistemas de entrada y procesadores centrales, él establece una diferenciación entre dos facultades fundamentales para el resto de su arquitectura cognitiva: la sensibilidad y el entendimiento. A continuación estableceremos algunas comparaciones a este respecto.

Como es sabido, para Kant la sensibilidad es la facultad de recibir representaciones en la intuición. Las intuiciones sensibles son dos: espacio y tiempo, que pueden, además, caracterizarse por su referencia inmediata y singular al objeto, es decir, por ponernos en contacto con lo que es dado en el mundo. En un primer paso, cabe pensar que tales intuiciones cumplen con (i) la especificidad de dominio de los sistemas de entrada, aunque solo en alguna medida, por cuanto Kant no habría hecho mayores distinciones entre módulos específicos de la audición, la visión, el lenguaje y otros. Esta investigación, a la luz del propósito kantiano, es de carácter empírico y tenía que ser abandonada a la psicología empírica. Sin embargo, las intuiciones de espacio y tiempo tienen, al menos, esta especificidad de dominio: el ser la forma pura del sentido externo, en el caso del espacio, y el ser la forma pura del sentido interno, en el caso del tiempo. Ahora bien, sí es más fácil aceptar que tales intuiciones cumplan con (ii) la obligatoriedad y la rapidez que caracteriza al funcionamiento de los sistemas de entrada, sobre todo teniendo en cuenta que las intuiciones son las que nos ponen inmediatamente en contacto con lo que es dado en el mundo. Respecto de (iii) la encapsulación de los sistemas de entrada es difícil hallarla en la caracterización kantiana de la sensibilidad; no obstante, a favor de una posible correlación puede decirse que si por encapsulación se entiende que los sistemas de entrada funcionan totalmente aislados del influjo de los procesadores centrales, entonces esto también se encuentra en la arquitectura cognitiva kantiana, en la medida en que la sensibilidad es una facultad diferente del entendimiento y su labor y productos son diferentes también de las funciones y productos del mismo entendimiento. Una última cuestión que cabe proponer es (iv) si acaso para Kant las intuiciones estaban asociadas a una arquitectura neural fija; en este punto, ya que la Crítica no ofrece mayores luces, queda solamente examinar en qué medida puede pensarse que la sensibilidad, tal como es presentada en la Estética Trascendental y entendida al modo de los sistemas de entrada fodorianos, radica en una base neural fija a partir de la que surge epigenéticamente y en base a la cual también se deteriora paulatinamente. Esto quizás pueda llegar a decidirse adoptando alguna suposición que sirva de asiento a una interpretación particular. Sin embargo, el mismo Kant no parece ofrecer criterios definitivos para ello, y sus reflexiones se orientan, más bien, en dirección a no estudiar el espacio y el tiempo desde la fisiología y ni siquiera desde la psicología empírica.

Ahora bien, no es tan fácil llevar a cabo la comparación entre el entendimiento, presentado en la Analítica Trascendental, y los procesadores centrales fodorianos, ya que al intentarlo nos encontramos con que ambos elementos difieren notablemente en la manera en que son caracterizados. El carácter de isotrópicos y quineanos, propio de los sistemas fijadores de creencias, no halla en la concepción kantiana del entendimiento algunas notas que se le asemejen. Kant sostiene, por ejemplo, que "para conocer el objeto se utiliza, en vez de una representación inmediata [es decir, una intuición], otra superior, que comprende en sí la anterior y otras más" (A 69-B 94. La cursiva es nuestra). Pero, aunque esto indique que en el conocimiento que ofrece el entendimiento se relacionan diversas representaciones (y esto también, naturalmente, en el conocimiento empírico), ello no quiere decir que Kant sostenga que el conocimiento mediante conceptos esté en cada caso sujeto a la influencia de la totalidad de conocimientos o creencias restantes que ya se tengan. Por este lado, entonces, la comparación exhaustiva de la tesis de la modularidad de la mente con la teoría kantiana parece no tener una clara conexión.

3.1.2. La Teoría Representacional de la Mente

Otra de las discusiones centrales en filosofía de la mente es el modelo de los procesos mentales ofrecido por la Teoría Representacional de la Mente (en adelante TRM). Para Fodor (1987), el corazón de la TRM está constituido por la postulación de un lenguaje del pensamiento, es decir, un conjunto (metafísicamente) infinito de representaciones mentales que funcionan como los objetos inmediatos de las actitudes proposicionales. Las representaciones mentales cuentan, en esta postura, como los conceptos (Agua, Planeta, Carburador, etc., usualmente escritos en mayúsculas), mientras que las actitudes proposicionales expresan una cierta relación por parte de un organismo hacia el objeto representado por dichos conceptos (desear agua, creer algo acerca del planeta, etc.). A partir de ello, la TRM sostiene que los procesos mentales son secuencias causales entre instancias de representaciones mentales, tal como cuando pensar Agua induce a pensar Mojado.

En una primera aproximación, lo que nos interesa destacar de la TRM es que ella ofrece un informe de los procesos del pensamiento en términos de relaciones causales. Ahora, si nos volvemos hacia la actividad primordial del pensamiento en la arquitectura cognitiva kantiana, cabe preguntar: ¿es la síntesis un informe acerca del pensamiento en términos de relaciones causales? Sabemos que en la teoría kantiana las intuiciones y los conceptos cumplen el papel de lo que en las actuales teorías se denomina genéricamente `conceptos'; de hecho, el mismo Kant llama también a las ideas de la razón `conceptos', y además deja claramente establecido que de las intuiciones puras puede hacerse `conceptos'4, de manera que lo que preguntamos es: ¿hay alguna relación causal entre intuiciones y conceptos, o entre dos o más intuiciones, o entre dos o más conceptos? Kant afirma que "la intuición y los conceptos constituyen, pues, los elementos de todo nuestro conocimiento, de modo que ni los conceptos pueden suministrar conocimientos prescindiendo de la intuición que les corresponda de alguna forma, ni tampoco puede hacerlo la intuición sin conceptos" (A 50-B 74); con ello se pone en evidencia que para la consecución de conocimiento se requiere de la relación entre intuiciones y conceptos, por lo cual si ahora recordamos que Kant reemplaza la asociación (tomada de Hume y que nombra un proceso causal basado en la experiencia) por la afinidad trascendental (un proceso causal, pero universal y necesario, independiente de la experiencia), entonces no resulta descabellado entender el proceso de síntesis como uno que se lleva a cabo mediante la relación causal trascendental que las facultades establecen entre intuiciones y conceptos (o entre dos y más intuiciones, o entre dos o más conceptos).

En la versión de Fodor (1998), la TRM sirve de paso entre las cuestiones propias de la filosofía de la mente y las de la teoría de conceptos. El problema de la última, por consiguiente, es uno que ya se deja ver en la TRM, que es su teoría filosófica de fondo. En dicha versión, el autor caracteriza la TRM con las siguientes tesis (véase Fodor 1998, cap. 1): (i) la explicación psicológica es típicamente nómica y es completamente intencional; (ii) las representaciones mentales son las portadoras primitivas del contenido intencional; (iii) el pensamiento es computación; (iv) el significado es (más o menos) información y (v) sea lo que fuere lo que distinga conceptos coextensivos, está ipso facto en la cabeza. De las cinco tesis, solo la (i) y la (iii) se refieren precisamente a los procesos de pensamiento, en tanto que la (ii), la (iv) y la (v) se refieren, más bien, a las representaciones mentales; y como aquí la cuestión a examinar es si el proceso de síntesis coincide en algo con el proceso de pensamiento propuesto por la TRM, cabe hacer hincapié en dos puntos: el primero tiene relación con (i) el hecho de que para Kant la explicación psicológica también es nómica, ya que el proceso sintético está basado no solo en una regla de asociación empírica entre distintas representaciones, sino también en una ley de afinidad trascendental que permite ligar diversas representaciones bajo un solo conocimiento. Mediante el segundo punto, en cambio, relacionado con la tesis (iii), nos permitimos sugerir que para la doctrina de Kant tampoco habría problema en asumir que el pensamiento puede ser implementado en modelos computacionales, siempre y cuando se dieran las siguientes condiciones: por un lado, que la computación fuera solo relación causal entre símbolos; y que, por otro, la afinidad trascendental fuera un tipo de relación causal entre tales símbolos (o representaciones mentales). Pensarlo así, de todos modos, conlleva otras dificultades (de las que la principal es que los símbolos son, por definición, materiales en la postura fodoriana, cuestión que difícilmente compatibiliza con los supuestos de la filosofía trascendental).

3.1.3. Intencionalidad y conceptos

Los problemas que pueden plantearse para la concepción kantiana de los conceptos desde la actual investigación en teoría de conceptos son, en realidad, demasiados como para pretender enumerar aquí sus distintos alcances. Entre otros, por el momento cabe mencionar: si, acaso, para Kant los conceptos son particulares mentales (en el sentido en que Fodor defiende esto, es decir, en cuanto que pueden ser causas proximales y materiales de nuestro pensamiento) o si son, en cambio, sentidos (a la manera en que Frege defiende esta postura, es decir, entidades extramentales a las que nuestro pensamiento accede por algún medio epistémico); también puede preguntarse si acaso para Kant los conceptos son los conceptos léxicos y si son simples o complejos, innatos o adquiridos, etc. Esto simplemente lo nombramos, y sin pretender exhaustividad, sino buscando tan solo señalar un campo de investigación que todavía, hasta donde sabemos, no ha sido abordado por los estudiosos de Kant.

Ahora, el problema de la intencionalidad, que es una de las cuestiones principales para la filosofía de la mente, en tanto que busca dar cuenta de la capacidad de nuestros estados mentales para ser estados acerca de, es decir, estar en referencia a algo en el mundo, también puede ser analizado en términos de conceptos, en la medida en que se asume que estos son representaciones mentales que participan en los procesos de pensamiento.

En la teoría kantiana, dicha cuestión halla un tratamiento en la dificultad que surge al examinar la posibilidad de formular juicios sintéticos a priori, ante la cual se pregunta: ¿cómo es posible la referencia de un concepto a otro (posiblemente una intuición) que se encuentra completamente fuera del primero? El problema de la intencionalidad apunta a esta relación que se da entre un concepto y algo del mundo; es decir, se discute acerca del carácter de ser acerca de (aboutness o, para Kant, in Beziehung auf o en referencia a).

En cuanto mero juicio, la relación entre un sujeto y un predicado que se halla fuera de él no arroja mucha luz. No obstante, en cuanto que dicha relación implica que haya un concepto que otorgue unidad a lo dado por la intuición, surge allí una manera de pensar este acto de unificación en términos de una relación referencial del concepto a algo en el mundo, al menos en el caso de las intuiciones empíricas; ya que eso es, precisamente, lo que sucede en la consecución del conocimiento empírico: se relaciona un concepto con una intuición llena de sensación, caso en el cual, además de pensarse la inclusión del contenido de la intuición en el concepto, se piensa también la referencia de éste a aquella. La demostración (deducción trascendental) de la posibilidad de esta referencia justifica, a la vez, la intencionalidad del pensamiento, para Kant fundada en los conceptos. Asimismo, salta a la vista la intencionalidad de nuestras intuiciones en tanto que ellas permiten la referencia directa a los objetos, siendo, por lo mismo, las mediadoras de la referencia indirecta de los conceptos del entendimiento

3.1.4. El Esquematismo Trascendental como teoría de la estructura conceptual: información y significado

Dentro de la teoría de conceptos se plantea el problema de la estructura conceptual, en vistas del cual se ha sostenido, entre otras cosas, que la última es una estructura definicional o prototípica o estereotípica5. La postura que se tome a este respecto resulta importante, ya que ella afecta en algunos casos incluso al significado de los conceptos. Ahora, lo que sugerimos es que, dentro de la teoría kantiana, puede considerarse la doctrina del Esquematismo Trascendental como una teoría de la estructura conceptual. Kant distingue entre imagen y esquema (A 141/2-B 181), atribuyendo al último los caracteres de universalidad y necesidad que permiten en cada caso poner en relación un concepto con lo dado en la intuición, en este caso el tiempo. La caracterización del esquema como estructura conceptual involucra, desde luego, las notas propias de la filosofía trascendental: el esquema es un producto de la imaginación productiva y, por ende, no es formado experiencialmente; siendo el medio entre la intuición y el concepto, el esquema es indispensable para la relación que se dé entre aquellos. Pero no cualquier esquema sirve para cualquier concepto; al contrario, hay un esquema propio para cada concepto.

Ahora, que el esquema se presta para ser considerado como un modelo de estructura conceptual, se constata al observar que hacerlo así permite realizar otra importante precisión respecto de la teoría de conceptos de Kant: aquella que se traza entre la información y el significado (véase al respecto Fodor 1998, cap. 1). Para Kant, al igual que para Fodor, el significado no se reduce a la información; en términos del filósofo de Königsberg, la información que portan los conceptos es la que ellos reciben mediante las intuiciones que, en el caso de las empíricas, se refieren inmediatamente a algo en el mundo, mientras que el significado, además de la información, requiere de un elemento adicional, que aquí es llamado esquema. Sin la participación del esquema no es posible determinar la referencia del concepto, y no se conseguiría fijar la referencia de este a la intuición. Así, aunque la analogía necesita ser establecida con mayor precisión, el esquema funciona a la manera de los modos de presentación, sobre todo en la versión que de ellos ofrece Fodor (1998, cap. 1).

3.2. Desde la epistemología

Una última observación general que conviene hacer, debido a las relevantes implicaciones que tiene para la postura filosófica que se adopte ante los diversos problemas que involucra la teoría de la actividad mental, es una que se refiere a la oposición en la discusión contemporánea entre las vertientes pragmatista y realista. Dicha oposición ha cobrado interés no solo en filosofía de la mente y teoría de conceptos, sino también, y principalmente, en epistemología. En las dos primeras disciplinas tiene repercusiones en vistas de la respuesta que se dé al problema semántico, es decir, en vistas de la concepción que se tenga, primero, de la naturaleza de lo mental y de los conceptos y, acto seguido, de la naturaleza de aquello a lo que se refieren los conceptos en cuanto representaciones mentales; en ambos casos la discusión que se plantea es una de carácter ontológico. Pero, la misma oposición tiene repercusiones también para la epistemología en vistas del problema de la justificación (entendida como verificación o falsación de teorías), procedimiento que deja en evidencia si acaso se sostiene que aquello que da contenido a nuestras teorías acerca del mundo es independiente de las mismas o si, en cambio, se sostiene que está constituido, al menos en parte, por ellas. En la epistemología, por consiguiente, la cuestión también llega a ser una de carácter ontológico. Preguntamos, entonces, ¿es Kant un pragmatista o es, en cambio, un realista? Para responder a ello, a continuación revisaremos qué entendió Kant por idealismo trascendental, y si acaso esta postura puede contar como una tercera alternativa a la oposición en cuestión.

3.2.1. Idealismo Trascendental, Instrumentalismo y Realismo

En el fenomenismo kantiano podría querer encontrarse un precedente del instrumentalismo: al quedarnos con la mera apariencia de las cosas, se sostendría que lo relevante para el conocimiento es solo la conexión y el orden que surja entre nuestras representaciones, sin importar si ellas logran dar cuenta de la naturaleza de aquello del mundo que representan. De algún modo, el fenomenismo (visto parcialmente) da paso a estas conclusiones de orden instrumentalista. Sin embargo, Kant discutió el idealismo problemático de Descartes y el idealismo dogmático de Berkeley, manifestándose en desacuerdo con la idea de desentenderse del problema de qué sean en realidad las cosas, que es lo que involucraría el idealismo asumido como un escepticismo respecto de la materia. En este sentido, el conocimiento no es solo una cuestión de dicto, sino también de re, en lo cual la doctrina de Kant da paso a conclusiones de orden realista. A primera vista, pues, el idealismo trascendental parece aproximarse a ambos.

Ahora bien, el idealismo trascendental kantiano propone que "todos los fenómenos son conocidos como meras representaciones, y no como cosas en sí mismas" (A 369). Pero tal doctrina va ligada al realismo empírico, "que puede admitir la existencia de la materia sin salir de la mera autoconciencia y asumir algo más que la certeza de sus propias representaciones" (A 370). En este sentido, si bien se sostiene que el idealismo trascendental no acepta el conocimiento de las cosas sino en cuanto fenómenos (sujetos a nuestra intuición espacio temporal y a la unidad representacional de nuestros conceptos), ello hay que hacerlo coincidir con la afirmación del realismo empírico, que "concede a la materia, en cuanto fenómeno, una realidad que no hay que deducir, sino que es inmediatamente percibida" (A 371).

Las definiciones que recordamos muestran, a nuestro parecer, que el idealismo trascendental ligado al realismo empírico no equivale ni al instrumentalismo ni al realismo. Asumir el realismo empírico es suficiente para separar el idealismo trascendental del instrumentalismo; ahora, tal idealismo trascendental, a pesar de que esté ligado al realismo empírico, no tiene el alcance de las afirmaciones realistas que encontramos en representantes de esta última postura, como Peirce o Fodor6. Y la diferencia principal la encontramos en que para estos últimos el realismo es una tesis que involucra incluso el ámbito de nuestras representaciones mentales o de aquello que en nuestro pensamiento hace referencia a las cosas del mundo. Para Kant, el idealismo trascendental es la nota definitoria de nuestras representaciones (intuiciones, conceptos, juicios, esquemas) y de los procesos mentales en los que participan (síntesis, esquematismo), todos los cuales no tienen en la filosofía crítica la característica de contar como particulares mentales materiales o como procesos sujetos a legalidad natural. A esto no llega el idealismo trascendental, ni siquiera con su realismo empírico de la mano. Lo que nos interesa mostrar, sin embargo, es que la postura kantiana cuenta como una tercera opción ante la oposición tradicionalmente debatida.

4. Conclusiones: algunas observaciones sobre la literatura reciente acerca del tema

Los temas que en los apartados anteriores hemos mencionado no acaban la multitud de puntos en los que la teoría kantiana de la actividad mental comparte preocupaciones con la actual ciencia cognitiva. Con lo mencionado, sin embargo, resulta suficiente para mostrar cuán filosóficamente interesante resulta poner en relación ambas propuestas. Y esto mismo es lo que nos señala la abundante literatura filosófica que se ha producido en los últimos años, intentando abordar desde diferentes perspectivas los problemas que allí tienen que ser enfrentados.

Por nuestra parte, teniendo en cuenta dicha situación, creemos pertinente distinguir entre el interés filosófico propiamente histórico y el interés filosófico propiamente teórico que puede rescatarse desde la doctrina de Kant. Así, por un lado, lo históricamente interesante que encontramos en ella, a pesar de tener importancia para la comprensión del sistema kantiano, no siempre parece servir como perspectiva para considerar las actuales cuestiones que nos plantea la ciencia cognitiva; y entre estas partes de la teoría de Kant cabe mencionar su doctrina de las facultades, que él hereda, en gran parte, de la tradición metafísica que le precede y que le sirve de guía para organizar los frutos de su propio pensamiento; asimismo, tal vez ciertas notas características de su concepción del a priori y de la naturaleza trascendental de la razón podrían ser contadas entre aquellas, en la medida en que difícilmente encuentran un lugar en las actuales discusiones. Pero, por otro lado, lo teóricamente interesante que encontramos en la doctrina de Kant es aquello que, además de formar parte principal de los planteamientos del filósofo, sirve también de fértil perspectiva para examinar las cuestiones actuales acerca de la cognición, entre las cuales encontramos su concepción de la síntesis, su teoría de conceptos y la ligazón del idealismo trascendental y el realismo empírico.

Creemos que distinguir entre lo histórica y lo teóricamente interesante es pertinente, porque hacerlo así nos sirve, por un lado, para no apreciar erradamente las doctrinas de Kant a la luz de las discusiones de nuestras disciplinas más refinadas acerca de la cognición y, por otro lado, para no desvirtuar tampoco el alcance de las cuestiones que hoy se discuten en la filosofía de la mente y la teoría de conceptos, por ejemplo, que muchas veces parten de supuestos y aspiran a objetivos que son completamente ajenos a la postura de Kant. Basta mirar algunos de los trabajos que se han escrito a este respecto para hallar que en no pocos casos ocurre una de estas dos cosas: o pierde Kant o pierde la ciencia cognitiva, y ello solo debido a la apreciación errada de una de las dos doctrinas. La discusión que Patricia Kitcher (1990) sostuvo con Strawson (1966) acerca de la posibilidad de la psicología trascendental es una que, a nuestro parecer, refleja en parte lo que venimos diciendo, ya que, mientras Strawson parte de la negación tajante de dicha posibilidad por ser inadecuada la concepción kantiana de las facultades y de la síntesis (1966, pp. 15-16, 19, 32), Kitcher comienza asumiendo sin mayor discusión que lo que hay en Kant es psicología trascendental; y aunque pueda ser así, en caso de que se delimite lo que se quiere decir con ello, tal proyecto parece desvirtuar el interés histórico de la propuesta de Kant que, como es sabido, surge de la lucha en contra de la psicología racional y, luego, de la distinción entre la psicología empírica y su propio cometido en la deducción trascendental. Con consecuencias similares, Moya (2003) lleva las comparaciones un poco más lejos y no solo trata de ofrecer una lectura modularista de la doctrina de las facultades de la Crítica, sino que también intenta llevar a cabo una naturalización de la razón trascendental y unitaria en la que se asienta el edificio crítico; las intenciones quineanas de Moya no dejan de ser atractivas, pero, en vista de la recta comprensión de ambos proyectos filosóficos, tal vez conviene diferenciar cuándo se está leyendo a Kant y cuándo uno está simplemente sirviéndose del lenguaje kantiano para ofrecer una doctrina nueva. Es seguro que ni Quine habría aceptado una transliteración del naturalismo al kantismo, ni Kant habría aceptado (sobre todo en vistas de la racionalidad práctica) teñir la razón trascendental de un rudo naturalismo. Y no se trata de que hacerlo así sea equívoco, sino solo de que no hay que confundir el interés teórico y el histórico de una doctrina.

El propósito de relacionar la teoría kantiana de la actividad mental con la ciencia cognitiva no tiene que pasar por alto el marco general en el que se desenvuelve cada disciplina. Como ya lo hemos dicho, ni Kant necesita que se le sonsaque actualidad a la fuerza, ni la ciencia cognitiva necesita que se le allegue agua de otros lados para hacer andar su molino. Por nuestra parte, hemos intentado establecer algunos puntos de contacto entre ambas propuestas, desarrollando las implicancias teóricas que ello pueda tener (aunque no hemos desarrollado exhaustivamente cada problema), pero sin olvidar los rasgos propios de cada una. Habremos cumplido con nuestro objetivo general si, tras lo que llevamos dicho, el lector asiente a la afirmación de que Kant efectivamente tuvo una teoría de la actividad mental del tipo de las que hoy se discuten en ciencias cognitivas.

NOTAS

1 El mismo Kant ofrece en diversas ocasiones un resumen de su doctrina de las facultades, haciendo mención de sus respectivos principios y productos. Véase, al respecto, la Erste Einleitung (Kant 1942, pp. 145-6) o la versión española de la obra anteriormente mencionada, Primera Introducción (Kant 1989, pp. 109-110). También Kritik der Urtheilskraft (Kant 1968c, p. 198).

2 Resulta sugerente que en esta correspondencia que se deja ver entre las divisiones de la primera Crítica y las facultades del ánimo de que tratan se encuentre un pasaje como el de A 94-95, eliminado en B, y en donde Kant advierte que la deducción trascendental de 1781 estaba orientada a examinar principalmente dos facultades: la imaginación y la apercepción. Según esto, la imaginación también tendría su lugar, al menos en la versión de 1781.

3 En el caso de la síntesis pura conviene hablar de la producción en la imaginación en lugar de reproducción. Pero, dado que Kant en el primer apartado de la deducción trascendental de 1781 prefiere hablar de la síntesis reproductiva en la imaginación como un acto trascendental del ánimo, nosotros nos quedamos con este mismo nombre. Para nuestros propósitos no afecta mayormente, siempre y cuando se tenga presente la ambigüedad que persiste en los textos de Kant acerca de la imaginación.

4 La distinción que sugerimos es esta: en Kant, una de las maneras de entender la palabra `concepto' es limitándola a los conceptos del entendimiento, es decir, a los doce conceptos que conforman la tabla completa de las categorías; mas, otra manera es ampliar esta noción al conjunto de los elementos de las distintas facultades, refiriéndose así a las intuiciones y a las ideas. De hecho, en A 22-B 37 y ss. Kant desarrolla las exposiciones metafísica y trascendental de los `conceptos' de espacio y tiempo; luego, en A 260-B 316 habla de los conceptos de reflexión; asimismo, en A 310-B 366 trata de las ideas como `conceptos' de la razón. Como se ve, entonces, el mismo Kant tenía implícita, al parecer, tal diferenciación.

5 Para tales distinciones puede consultarse la Introducción del volumen Concepts: Core Readings (Laurence, S. y Margolis, E., editores, 1994).

6 A más de alguien le parecerá raro reunir entre los realistas a Peirce y Fodor, siendo que el último se encarga de situar al primero entre los anti-realistas (Fodor 2003: 16). Para una defensa del realismo peirceano y de su compatibilidad con la doctrina pragmatista suscrita por el mismo Peirce puede consultarse el artículo "Peirce. Abducción sive lógica sive ontología (Soto 2005).

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