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Revista de geografía Norte Grande

versión On-line ISSN 0718-3402

Rev. geogr. Norte Gd.  n.35 Santiago jul. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-34022006000100002 

 

Revista de Geografía Norte Grande - Nº 35 - 2006: 7-28

Redistribución de la población y migración interna en Chile: continuidad y cambio según los
últimos cuatro censos nacionales de población y vivienda
1

Redistribution of the population and internal migration in Chile: continuity and change according to the last four national housing and population censuses


J. Rodríguez2 , D. González2

2Asistente de Investigación, Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de las Naciones Unidas (Chile).
E-mail: Jorge.RODRIGUEZ@cepal.org; Daniela.GONZALEZ@cepal.org


RESUMEN

Con una perspectiva esencialmente demográfica se describen dimensiones seleccionadas de la migración interna acaecida en las décadas de 1970, 1980 y 1990 en Chile. La descripción se efectúa considerando varias hipótesis del debate actual sobre las tendencias de la distribución especial de la población, lo que permite ligar los hallazgos del estudio con las discusiones conceptuales y de política vigentes en esta materia. La información usada en el análisis se obtuvo mediante el procesamiento de microdatos censales. La principal conclusión del estudio es que la trayectoria migratoria que experimentan las regiones durante los últimos 35 años evidencia un incipiente proceso de desconcentración regional.


Palabras clave:
Migración interna, distribución espacial de la población, desplazamientos interregionales.


ABSTRATC

Migration streams within Chile in the last three decades are described in demographic terms. This description is made considering several hypothesis on spatial population distribution trends. Thus, findings are linked with both current conceptual discussion and public policies. Study information was obtained by processing census datasets. The main conclusion of our analysis is that migration trends in the last 35 years show an incipient regional deconcentration process.

Key words: internal migration, spatial population distribution, interregional migration.


Varios asuntos destacan en el debate académico y político actual sobre la situación y el futuro de la Distribución Espacial de la Población (DEP) en Chile y su relación con su “determinante próximo”, la migración; entre los que se destacan los siguientes aspectos:

a. Cómo se relacionan la DEP y la migración dentro del país con las tendencias de la inserción diferencial de los espacios subnacionales (en particular las regiones) en el comercio y el intercambio mundial, vale decir, en el proceso de globalización económica (Rodríguez, 2002; Benko y Lipiez, 2000; Caravaca, 1998; Boisier, 1997; Cuervo y González, 1997).


b. Qué papel desempeñará Santiago dentro del sistema de ciudades dados algunos procesos complejos y a veces contrapuestos que atañen a las ciudades grandes en general, como: (i) las diferentes expresiones e iniciativas públicas afines a una reducción de la importancia de la capital, entre ellas la descentralización; (ii) la amplia gama de problemas que afectan a las grandes ciudades; (iii) el dinamismo de algunas ciudades intermedias que articulan economías regionales y en ciertos casos actúan como alternativa para la localización de personas e inversiones frente a las grandes ciudades; (iv) las crecientes opciones de conformar grandes espacios metropolitanos en que la residencia en la ciudad principal no es condición necesaria para trabajar o estudiar allí (Izazola, 2004; Montgomery et al., 2004; Rodríguez, 2004 y 2002; Sobrino, 2003; De Mattos, 2001; Graham y Marvin, 2001; Graeme, Champion y Lattes, 2001; Cuervo y González, 1997; Sassen, 1991)3.

c. Cómo opera y en qué sentido está evolucionando el patrón de segregación residencial en las áreas metropolitanas, considerando la actuación de varias fuerzas que a veces se refuerzan y otras se oponen, como: (i) la persistente desigualdad en materia de ingresos y que tiene expresiones territoriales; (ii) la histórica pauta de alejamiento y separación física entre ricos y pobres; (iii) el dinamismo del mercado inmobiliario; (iv) las políticas de vivienda social basadas en la maximización de la construcción usando para ello como mecanismo principal la construcción en zonas periféricas donde el suelo es más barato; (v) el cada vez más poderoso rol del promotor urbano y su papel en la masificación de entidades urbanas novedosas como los condominios exclusivos en áreas rurales o comunas pobres (Rodríguez y Arriagada, 2004; Rodríguez y Winchester, 2001; Sabatini et al., 2001).


Sobre cada uno de los asuntos anteriores hay visiones contrapuestas (Rodríguez, 2004 y 2002; Pinto da Cunha, 2002; Arroyo, 2001; De Mattos; 2001; Graham y Marvin, 2001; Sabatini et al., 2001; Martínez, 1999; Monclús, 1998; Rodríguez y Villa, 1997; Gilbert, 1996; Frey, 1988). En este trabajo se expondrán antecedentes empíricos sobre los dos primeros asuntos. La revisión de la literatura internacional reciente permite identificar, en términos esquemáticos, las siguientes hipótesis que si bien refieren a transformaciones genéricas, han sido usadas para interpretar los cambios territoriales en Chile.


Respecto del primer asunto, se enfrentan la hipótesis de las regiones emergentes (ganadoras) y desplazadas (perdedoras), por una parte, y la hipótesis de la continuidad del patrón de estructuración territorial por la acción de fuerzas inerciales. La hipótesis de las regiones emergentes (ganadoras) y desplazadas (perdedoras) se fundamenta en estudios internacionales que mostraron implicaciones territoriales de los cambios económicos y productivos en curso desde el decenio de 1970 y del proceso de inserción en la globalización (CEPAL/ILPES, 2000).


La apertura económica y el debilitamiento de la capacidad generadora de puestos de trabajo del sector público erosionaron las bases de los espacios que albergaban a la industria sustituidora de importaciones y al empleo estatal, emplazados en regiones típicamente metropolitanas. Por su parte, los progresos tecnológicos tendieron a reducir la escala de las plantas productivas dejando obsoletos a muchos de los grandes complejos fabriles también situados en zonas metropolitanas; además, facilitaron la difusión del conjunto del proceso productivo promoviendo la diseminación de las empresas en todo el territorio en función de los diferenciales de costos de producción y comercialización, potenciando zonas con mano de obra barata y buena conexión con mercados relevantes. Por otro lado, el sostenido incremento del intercambio financiero, comercial, cultural y simbólico a través del orbe así como la expansión de la interacción y control a distancia en tiempo real gracias a las redes de comunicación mundiales (la globalización) impuso nuevas condiciones de competencia entre los países, y en particular, dentro de ellos mismos; por diferentes razones como una masa crítica de recursos humanos calificados, existencia de economías de aglomeración y/o de sinergias creativas y productivas; tenencia de ventajas comparativas naturales, liderazgo y visión de los gobernantes; políticas públicas exitosas y fortalezas institucionales, algunas regiones lograron una inserción más dinámica en el mercado mundial mientras otras quedaron atrás (Rodríguez, 2002; Benko y Lipiez, 2000; Caravaca, 1998).


En el caso de Chile, esta hipótesis ha sido sostenida, entre otros, por Antonio Daher (2002, 1998 y 1994). La esencia de su planteamiento, que ha tenido ajustes y cambios en el tiempo, ha sido que el perfil exportador del país consolidado desde el cambio de modelo económico en el decenio de 1970 junto a sus ventajas comparativas en ciertas actividades económicas –casi todas primarias, algunas de ellas tradicionales (como la minera) y otras emergentes (como la silvi, fruti y piscicultura), aunque unas cuantas terciarias (como el turismo, las telecomunicaciones y los servicios financieros)– ha fortalecido la posición de algunas regiones históricamente postergadas, pero en las que se asientan los rubros dinámicos actuales, en particular, la exportación de diferentes productos primarios, a causa de lo cual se les denomina “regiones commodities”, y en cambio ha debilitado a las tres principales regiones (Metropolitana, Valparaíso y Biobío) en donde tradicionalmente se han concentrado las actividades secundarias y el empleo e inversiones públicas.


La hipótesis de la continuidad del patrón de localización predominante se asocia a la plasticidad mostrada por las concentraciones hegemónicas para soportar el embate de cambios adversos y reposicionarse mediante diversos mecanismos. Algunos de estos son funcionales para el conjunto nacional, pues resultan de un aumento de la productividad y/o en procesos de reconversión productiva basados en sus ventajas comparativas (i.e., recursos humanos calificados, tecnología, conectividad física, comunicacional, simbólica y virtual, cooperación y sinergias interempresariales). Otros son consustanciales al ordenamiento económico jerárquico que persiste más allá de los cambios de la estructura económica; se trata de las tareas de control, comando, supervisión y representación simbólica que siguen recayendo en las regiones más poderosas. Finalmente, también están algunos mecanismos que no siempre abonan al bienestar agregado y que se basan en la pertinaz capacidad de las regiones centrales de imponer sus condiciones y sacar partido del dinamismo de las restantes mediante reglas de tributación que las benefician, concentración de inversiones públicas y mantención de los espacios donde se adoptan las decisiones relevantes para el país.


En el caso de Chile, son varios los expositores de esta hipótesis, la que se operacionaliza en términos de una previsión del peso económico y demográfico de la Región Metropolitana de Santiago contrario a la supuesta recuperación regional que plantea la hipótesis de las zonas ganadoras y perdedoras. El mero título de uno de los artículos de Carlos de Mattos (1999) es elocuente. Por cierto, ninguno de estos investigadores niega las fuerzas redistributivas en términos territoriales que se han desencadenado en las últimas tres décadas. Sin embargo, rechazan la posibilidad de una alteración sustancial y sustentable del patrón de concentración de las actividades económicas.


La evidencia empírica que se ha usado en este debate atañe a procesos e indicadores económicos (productivos, comerciales, financieros y laborales) y solo de manera tangencial abordan el fenómeno de la redistribución de la población. De hecho, prácticamente ningún estudio examina las tendencias migratorias, tal vez el indicador más apropiado para evaluar el atractivo de una región. En algunos estudios se consideran indicadores relacionados con el crecimiento o el peso relativo de la región en el total nacional, lo que combina crecimiento vegetativo con migratorio, los que para efectos del análisis de redistribución territorial de la población deben ser distinguidos. Pareciera ser que amén de un desinterés por el tema de la distribución regional de la población, hay detrás una hipótesis implícita como la siguiente: forzosamente a mediano y largo plazo las regiones dinámicas (“ganadoras”) en términos económicos serán las atractivas para los flujos migratorios.


Esta última hipótesis, aunque intuitiva, tiene flancos débiles, pues el atractivo de una región está dado por un conjunto de factores, varios de ellos no estrictamente económicos (Rodríguez, 2004; Aroca, 2001; Greenwood, 1997). Además, la relación entre crecimiento del producto y atractivo regional depende de, al menos, dos eslabonamientos que en la actualidad están lejos de considerarse asegurados: (a) que el crecimiento económico de la región efectivamente beneficie a esa región y no sea capturado a través de diversos mecanismos (i.e., tributarios, inversión pública, reinversión privada, estructuración territorial de las firmas) por otras regiones del país y/o otros países; (b) que la inversión, sobre todo privada, y el crecimiento del producto entrañe dinamismo en materia de creación de empleos duraderos y de buena calidad. Cualquiera sea el caso, el punto relevante es que en términos de problema de investigación y de indagación empírica la evolución de los índices migratorios regionales no ha sido considerada en el análisis de los procesos de redistribución productiva regional. Este es uno de los vacíos que el presente artículo se propone comenzar a llenar.


Paralelo al anterior debate hay otros que enfrenta la hipótesis de la agudización de las desigualdades entre regiones v/s hipótesis de la convergencia regional. El debate sobre la convergencia tuvo un cierto auge durante los últimos 15 años del siglo XX cuando dos escuelas de pensamiento económico plantearon la posibilidad de que este fenómeno pudiese dirimir la disputa respecto de las fuentes fundamentales del crecimiento económico. Aunque originalmente la discusión refería a la convergencia entre países –proponiendo los teóricos del crecimiento endógeno, que introducían el progreso técnico en sus modelos y que descartaban la tesis de los rendimientos decrecientes del capital, un futuro de no convergencia contrario al que se desprendía lógicamente del modelo neoclásico con rendimientos decrecientes del capital– rápidamente se pasó a examinar la convergencia entre regiones dentro de los países. Finalmente, los resultados empíricos no zanjaron la disputa teórica y, de hecho, el debate tendió a desvanecerse cuando los teóricos neoclásicos descartaron que la convergencia económica, en sus diferentes modalidades, entre países y/o entre regiones dentro de los países fuese un corolario de su modelo (Cuervo, 2003).


En Chile se han llevado a cabo numerosos análisis para evaluar la hipótesis de la convergencia (Cuervo, 2003), pero sus resultados tampoco han sido concluyentes. Después de revisar varios estudios empí-ricos de convergencia económica regional en Chile y de usar diferentes herramientas econométricas, incluyendo la inclusión de la dependencia espacial en sus modelos, Aroca (2003) concluye que si bien no se puede rechazar la hipótesis de ß-convergencia in
condicional para el período 1960-1998, el parámetro de convergencia de 1,2% revela una velocidad muy lenta del proceso. Más importante aún, sus resultados sugieren que durante el decenio de 1990 hay ausencia de ß-convergencia4. Estudios más recientes, que sitúan a Chile como un caso más entre varios de América Latina, ratifican el carácter errático del proceso de convergencia y el hecho de que en los últimos años la tendencia habría sido hacia la no convergencia. Entre los estudios sobre el tema hay uno que introduce la migración para evaluar su efecto sobre los parámetros de convergencia. Usando las tasas de migración que se derivan de los censos de 1970, 1982 y 1992 concluye que los flujos entre regiones atentan contra la convergencia, pues


“...al mantener la migración constante (…) la velocidad de convergencia es mayor que cuando esta varía (…), lo que indica que la migración juega un rol que va en contra de la convergencia” (Fuentes, 1997: 191, citado por Cuervo, 2003: 36).


A diferencia de la multitud de estudios sobre convergencia económica, pocas investigaciones se han llevado a cabo sobre convergencia social y cultural a escala regional. Es cierto que algunos de los trabajos sobre convergencia económica regional evalúan la de tipo sigma, que por concentrarse en el ingreso medio resume aspectos sociales. Sin embargo, el examen de la convergencia regional de indicadores sociales no tiene la misma base que el de la convergencia económica, pues: (a) los indicadores difieren y no siempre están altamente correlacionados con los económicos clásicos (producto y crecimiento del producto); (b) los factores del cambio social son distintos de los del cambio o crecimiento económico; (c) las políticas públicas y sociales en particular desempeñan un papel muy importante que puede contrarrestar las tendencias naturales del mercado;
(d) no hay una teoría que anticipe escenarios futuros de convergencia social regional o permita identificar condiciones estructurales diferenciales y permanentes en el tiempo; (e) cuando los indicadores sociales atañen a conductas, el factor difusión simbólica o normativa tiene una influencia que puede ser superior incluso a las bases materiales que influyen en las conductas. Cualquiera sea el caso, en materia de análisis de convergencia regional de indicadores demográficos hay pocos estudios recientes y este es otro de los vacíos que este trabajo procura comenzar a llenar.

Por último, respecto de la concentración metropolitana y el futuro de Santiago, se contraponen la hipótesis del ingreso de Santiago, entendida como el Área Metropolitana (AMGS), y de la Región Metropolitana5 en su conjunto al terreno de la desconcentración v/s hipótesis de la persistencia de la concentración de las actividades económicas, el capital, y por ende el atractivo, en Santiago en el marco de la constitución de ciudades globales o en vías de globalización. El debate sobre las tendencias concentradoras
o desconcentradoras de Santiago se inserta en la discusión más amplia sobre el futuro de las grandes ciudades y de los procesos de concentración económica y demográfica en ellas. Hay diferentes visiones sobre las ventajas y desventajas de las grandes aglomeraciones urbanas y sobre los beneficios y los costos de la concentración metropolitana. Hay consenso en que los decenios de 1970 y sobre todo el de 1980 en América Latina estuvieron marcados por signos de crisis y problemas metropolitanos y por señales de desconcentración –cuyo hecho demográfico emblemático fue la migración neta negativa de las dos mayores áreas metropolitanas de la región: Ciudad de México y São Paulo– que algunos investigadores interpretaron como una “reversión de la polarización” (Pinto da Cunha, 2002); sin embargo, el decenio de 1990, inaugurado con los planteamientos de Sassen (1991) respecto de la ciudades globales, fue testigo de una renovación de la confianza en las grandes ciudades y señales de moderación de su pérdida de atractivo migratorio.

Hasta mediados del decenio de 1990 Santiago parecía apartarse de las tendencias a la desconcentración demográfica que se verificaba en otras grandes ciudades. Pese a que ya en el decenio 1960 estudios concluían que

“Aunque entre 1930 y 1960 hubo una clara tendencia hacia la concentración de población en la región de Santiago... esta tendencia se debilitó a partir de 1952 y 1960...” (Hurtado, 1966: 107).


La evidencia proporcionada por el cen-so de 1992 mostraba una metrópolis con creciente gravitación en el total nacional y primacía en el sistema urbano (Rodríguez y Villa, 1996). Interesantemente, aquello era concomitante con un crecimiento dinámico de la franja de ciudades intermedias, algunas de las cuales (aunque no todas) exhibían altos niveles de migración neta positiva (Martínez, 2002). De esta manera, nuevamente los datos demográficos no permitían dirimir la discusión, pues simultáneamente abonaba a las dos hipótesis en disputa. Por lo mismo, la información del censo de 2002 puede proporcionar una imagen no solo más actualizada sino también más clara respecto de las hipótesis en pugna sobre el atractivo actual del Gran Santiago y la configuración futura del aglomerado metropolitano. Por cierto, el debate sobre el atractivo del Gran Santiago virtualmente se superpone al choque de las hipótesis de redistribución hacia las regiones y continuidad del peso metropolitano ya revisada. Autores como Daher tienden a predecir una sostenida reducción del peso económico y demográfico del Gran Santiago, producto de un creciente atractivo de ciudades intermedias localizadas en las regiones dinámicas, mientras que autores como De Mattos sugieren un renovado vigor de la ciudad principal. Es necesario, entonces, actualizar el conocimiento sobre el atractivo migratorio del Gran Santiago, de ciudades relevantes en las regiones y del
intercambio migratorio entre estas ciudades y el Gran Santiago, precisamente uno de los objetivos de este documento.

La polémica sobre el futuro de Santiago tiene otras aristas que superan la especulación sobre su capacidad de seguir atrayendo y concentrando recursos económicos y población. Se trata de la forma que adquirirá, pues al menos hay cinco opciones que se plantean en la literatura, todas ellas (sobre todo las tres primeras) enmarcadas en una tendencia que ha sido considerada universal:


“metropolitan populations have become more decentralized (population density gradients become flatter) due to the effects of increase in income (promoting housing consumption) and improvements in transport performances (higher speeds and lower costs relatives to incomes)”
(Ingram, 1997: 5).

La primera es la extensión de la ciudad siguiendo los cánones de contigüidad y expansión por anillos de las áreas metropolitanas en función de los costos del suelo y las vías de transporte. En este proceso de expansión relativamente regular se estrechan los vínculos con localidades cercanas, pero fuera de los límites administrativos del área metropolitana. En algunos casos, parte o todo del espacio de continuidad se urbaniza y la localidad se incorpora físicamente al área metropolitana. En otros la separación física persiste, pero para todos los efectos se les trata como una sola área metropolitana. Pese a que hay experiencias bien antiguas de identificación y delimitación de áreas metropolitanas en el mundo (Montgomery, 1994; Sobrino, 2003; Ingram, 1997; Hugo, Champion y Lattes, 2001; Villa y Rodríguez, 1998), en Chile no hay ejercicios oficiales al respecto; una clasificación usada es la que existe en la base datos del proyecto Distribución Especial de la Población y Urbanización en América Latina y el Caribe (DEPUALC) de CELADE (http://www.cepal.org), pero que se basa en delimitaciones cartográficas precisas y caso a caso más que en el agrupamiento de municipios con base en criterios estandarizados, como lo hace la Oficina de Censos de los Estados Unidos (http://www.census.gov).

La segunda es la configuración de una metrópolis difusa donde siguiendo un pa-trón de crecimiento archipielágico, el Área Metropolitana del Gran Santiago se extiende hasta mucho más allá de sus confines formales, pero la vinculación entre sus partes reposa en un poderoso sistema de comunicación vial que permite la residencia en los suburbios o la “rururbanización”6 y a la vez trabajar y/o estudiar en la ciudad; en este caso, el AMGS. Así, la ciudad se extendería, aproximadamente, hasta Colina por el norte, Melipilla por el oeste, San José de Maipo por el oriente y Buin por el sur.


Una opción diferente es la constitución de una metrópolis extendida que se asocia a la noción de “desconcentración concentrada” que algunos especialistas usaron para retrucar el hallazgo de migración neta negativa en las grandes ciudades (Pinto da Cunha, 2002); se trata del fortalecimiento del espacio de nodos urbanos cercanos a la ciudad principal y que captura al grueso de los emigrantes de la gran ciudad (Villa y Rodríguez, 1997). Sin llegar a constituir un conglomerado metropolitano único, conforman un espacio de intenso intercambio, con numerosas actividades encadenadas, con un vigoroso ir y venir de personas y con un segmento creciente, aunque pequeño de la Población Económicamente Activa (PEA), que reside fuera del Gran Santiago, pero trabaja allí. Esta imagen metropolitana ya estaba presente entre algunos investigadores en el decenio de 19607. Recientemente, la
Secretaría Regional Metropolitana de Planificación y Coordinación (SERPLAC) ha descrito de manera tentativa (y sin ningún afán de formalizar su propuesta, aún) la metrópolis extendida de Santiago bajo la denominación de “Interregión” señalando que

“...la interregión central del país, cubriendo un radio aproximado de 100 kilómetros, ha ido conformando el posicionamiento estratégico de una Macrorregión diversa y consolidada, que alcanza las ciudades capitales de regiones contiguas como Valparaíso y Rancagua, los puertos de Quintero, Valparaíso y San Antonio, la zona aduanera de Los Andes, las zonas frutícolas exportadoras del eje San Felipe-Quillota por el norte y Rancagua-Melipilla por el sur…” (p. 4).


En este caso, el AMGS sigue siendo el nodo de referencia y el concentrador del dinamismo laboral aunque no forzosamente del demográfico.

Una cuarta alternativa es la configuración de una macrozona central en la que hay separación y distinción clara entre sus componentes –que en términos generales abarcan una superficie que se extiende entre la quinta y la séptima región– mismos que tienen una dinámica económica propia, pero que a la vez han desarrollado un alto grado de articulación productiva, vial y social (SERPLAC). En este caso, Santiago puede perder preeminencia cuantitativa en todas las dimensiones relevantes (productiva, social, demográfica) con excepción de las funciones de control y comando que siguen concentradas allí tanto del sector público como del privado. Como contrapartida, a escala nacional la macrorregión gana peso en todas las dimensiones.

Una última opción es la que cabe imaginar en un escenario de desconcentración genuina en la cual los núcleos alternativos a Santiago están distanciados de la capital y tienden a ser más bien nodos articuladores de economías regionales dinámicas. Por cierto, tal situación implicaría un estancamiento del crecimiento de Santiago y sus alrededores en términos demográficos y geográficos y la duda sería si en dicho escenario podría verificarse un redensificación de la zona central de la ciudad ante la menor demanda para construir en la periferia o los suburbios.


Cabe destacar que no se trata forzosamente de hipótesis excluyentes, pues de hecho pueden tratarse como una sucesión de estados o como procesos compatibles y/o simultáneos. En particular, la redensificación del centro tiene una trayectoria altamente dependiente de políticas e incentivos públicos para fomentar dicha localización, mismos que, a su vez, tienen autonomía parcial respecto de la dinámica metropolitana global. Otro asunto que cabe destacar es que las distinciones entre metrópolis difusa, área metropolitana extendida y macrozona central no están estandarizadas, por lo que cualquier ejercicio de distinción práctica debe partir por proponer un criterio preciso de diferenciación.

Con la nueva información censal disponible, es posible identificar la trayectoria reciente de la DEP y la migración interna y vincularla con las hipótesis antes descritas. El software REDATAM (Recuperación de Datos para Áreas Pequeñas por Microcomputador) –desarrollado por CELADE– permite el procesamiento fluido de los microdatos censales y recientemente los autores lo han usado para el proceso intensivo de los módulos censales de migración (ver por ejemplo: base de datos de Migración Interna en América Latina y el Caribe, MIALC, en http://www.cepal.org). Concluyendo esta sección, los objetivos de este documento son: a) describir el cambio demográfico regional en los años ochenta y noventa; b) Identificar las principales características de la migración reciente interregional y efectuar una vinculación preliminar entre sus tendencias y las económicas sociales; y c) analizar el impacto que podría ocasionar la migración en términos de ganancias o pérdi-das de capital humano entre regiones.

La diversidad regional del dinamismo demográfico

Entre el 22 abril de 1992 y el 24 abril de 2002 la población chilena creció un 13% (equivalente a una tasa de crecimiento, calculada según modelo exponencial, de 1,24% media anual). Tal como ha acontecido en otros períodos, hubo regiones que crecieron sobre la media (la población de Tarapacá, por ejemplo, se expandió más de un 25%, o sea, una tasa media anual de 2,33%) y otras que crecieron por debajo de la media nacional (la población de Magallanes, por ejemplo, se expandió solamente un 5,3%, equivalente a una tasa media anual de 0,52%). La Región Metropolitana mantuvo su rasgo de mayor crecimiento demográfico que la media nacional, pues su población se expandió un 15,3%, es decir, una tasa de 1,42% media anual (Figura 1).


Estas cifras entrañan un proceso de redistribución espacial de la población nacional con continuidades respecto a tendencias del pasado y quiebres. El incremento de la concentración demográfica en la Región Metropolitana persiste –aunque con un carácter y un fundamento demográfico diferente al del pasado, como se mostrará en estas notas–, así como el lento crecimiento de las otras dos regiones más pobladas (la de Valparaíso y, más marcadamente, la del Biobío), que han sido fuertemente golpeadas por el cambio de modelo económico a mediados del decenio de 1970. El hecho de que las regiones extremas marquen también los límites superior e inferior del crecimiento demográfico regional no es extraño, pues estas regiones históricamente han sido volátiles en términos demográficos (Martínez, 2002 y 1997), porque: (a) su menor magnitud de población hace que flujos migratorios coyunturales y de cuantía no muy alta alteren significativamente el ritmo de crecimiento de la población regional; y (b) estas regiones han sido objeto de intervenciones activas que van desde subsidios y establecimiento de zonas francas hasta programas de colonización, por lo mismo han tenido períodos de atracción y de expulsión migratoria concomitantes con la bonanza o decadencia de tales intervenciones. Respecto de cifras que quiebran la tendencia del decenio de 1980, destacan la caída de la tasa de crecimiento demográfico de Atacama y el alza de la tasa de la Región de Coquimbo. Aunque no es posible extenderse sobre esto último, es atendible la hipótesis de que la vocación exportadora de Atacama, altamente concentrada en la explotación minera, no es particularmente intensiva en mano de obra y, por ende, aunque favorece un aumento de los ingresos no logra satisfacer la principal motivación de los migrantes: un puesto de trabajo. En cambio, el alza de la región de Coquimbo se debe a la existencia de un desarrollo constante de los sectores tradicionales mineros y agropecuario-silvícola, los cuales unidos a un crecimiento sostenido del turismo han permitido el progreso de esta región (Rodríguez, 2002; Rodríguez y González, 2004).


Figura 1. Chile: porcentaje y tasa de crecimiento media anual de la población entre 1992 - 2002, por regiones
Fuente: Cálculos propios con base en censos nacionales de población y vivienda de 1992 y 2002.


Migración interregional: ¿cuáles regiones atraen y cuáles expulsan población?

La información censal de 2002 provee in-dicios interesantes para retratar la migración entre las regiones de Chile y extraer algunas observaciones sugerentes. De partida, el cuadro de la migración interregional8 en el período 1997-2002 contrasta fuertemente con el del período 1987-1992. Mientras en este había una clara polarización entre dos regiones “atractivas” (entre ellas la Metropolitana) y el resto expulsoras (Cuadro 1), en el quinquenio 1997-2002 hay un virtual equilibrio en el número de regiones en una y otra condición9. Entre las regiones que pasaron de expulsoras a atractivas, están algunas que se destacaron en el decenio de 1990 por su dinamismo económico –por ejemplo la segunda, cuyo INACER10 es el que registra mayor aumento en el decenio de 1990 (http://www.ine.cl)– y productivo como los casos de la décima, con la actividad salmonera y agrícola de exportación; la cuarta con el turismo, la minería y ciertos rubros agrícolas; y la sexta, con localización industrial, la viticultura y la construcción, favorecidas por su cercanía a Santiago. La excepción es la región de Valparaíso, que no obstante su reconocido letargo económico aparece como región de atracción según el último censo. Probablemente otras consideraciones ajenas al tema económico han jugado a favor de la localización de población en la región, como por ejemplo, la conectividad con la Región Metropolitana. Respecto de la regiones de expulsión, los casos sobresalientes son los de la Región de Atacama, que contrasta con su condición atractiva en el período 1987-1992; la Región de Magallanes, que como se dijo ha tenido una trayectoria volátil en las últimas décadas; y, sobre todo, el de la Región Metropolitana, que amerita un examen particular, como sigue a continuación.

Cuadro 1. Chile: población migrante y tasa de migración neta por regiones, 1970 - 2002


*: Por mil habitantes
Fuente: Procesamiento especial (con REDATAM) de la base de microdatos del Censo de Población y Vivienda, 2002.

 

Enfocando la Región Metropolitana de Santiago: ¿expulsora?

Según los censos de 1970, 1982 y 1992 casi todas las corrientes migratorias producidas en los 5 años previos a cada uno de ellos
tuvieron como destino principal la Región Metropolitana, y en la mayoría de los intercambios con otras regiones, la Metropolitana captaba más migrantes de los que enviaba (Cuadro 1; Martínez, 2002 y 1997). Esto significó que, sistemáticamente, presentara ganancias de población que se mantuvieron constantes. Sin embargo, los datos del Censo de 2002 sugieren que este atractivo ha comenzado a perder fuerza: por primera vez, la Región Metropolitana presenta una tasa de migración neta negativa: a ella llegaron, desde otras regiones del país, 221.853 personas y salieron desde ella, hacia otras regiones del país, 234.082 habitantes. En suma, la región perdió 12.229 individuos en el balance migratorio con el resto de las regiones del país y la tasa de migración neta fue del –0,45 por mil habitantes, mientras que en décadas pasadas la tasa estuvo sobre el 6 por mil anual.

Sin embargo, como ya se discutió respecto de la Región Metropolitana, los procesos genuinos de desconcentración no se deducen de los diferenciales de ritmo de crecimiento demográfico –que es el determinante directo de la evolución de la representación de cada ciudad en el total nacional o urbano–, sino más bien de la mantención o pérdida de su atractivo migratorio. Y los indicadores de migración interna entre comunas revelan que entre 1997 y 2002 el AMGS perdió población en su intercambio con el resto del país. Tal como ocurrió con la Región Metropolitana, estas cifras no tiene precedente histórico y sugieren una erosión del atractivo del AMGS vis a vis un creciente vigor de centros urbanos alternativos. Ahora bien, ¿no será que esos nodos alternativos son ciudades cercanas al AMGS de manera tal que más que una desconcentración genuina de la capital se esté verificando un proceso de metropolización difusa o la constitución de una gran metrópolis extendida? El Cuadro 2 contribuye a dar una primera respuesta a esa interrogante considerando la trayectoria del balance migratorio del AMGS en los tres últimos censos, distinguiendo, a lo menos, dos grandes orígenes/destinos: (a) las comunas que no integran el AMGS, pero sí forman parte de la Región Metropolitana; y, (b) las comunas externas a la Región Metropolitana. El Cuadro 2 proporciona antecedentes más detallados sobre la migración por sexo y escolaridad. Esta última resulta de particular interés –y sus resultados novedosos, pues no hay antecedentes recientes al respecto– pues permite distinguir entre balance migratorio cuantitativo y cualitativo; mientras el primero atañe a la ganancia o pérdida de efectivos por migración, el segundo remite a la ganancia o pérdida de escolaridad por migración, lo que se deduce, en el Cuadro 2, del balance entre escolaridad de los emigrantes y escolaridad de los inmigrantes al AMGS11.

CUADRO 2. Área Metropolitana del Gran Santiago (AMGS): estimaciones de la cuantía de la inmigración, emigración, migración intrametropolitana y no migración recientes y escolaridad media de los inmigrantes, emigrantes y no migrantes (totales de 25 a 39 años de edad),1982, 1992 y2002



Fuente: Procesamiento especial de las bases de microdatos censales.


Los resultados sugieren que: (a) tal como aconteció con otras áreas metropolitanas (Rodríguez, 2004), Santiago de Chile pasó de tener un saldo migratorio positivo –que desde el decenio de 1970 representó una fracción muy secundaria de la expansión de la población metropolitana (Rodríguez, 2004 y 1993)– a uno negativo del orden de 50 mil personas en el período 1997-2002; (b) la inversión de su balance migratorio obedece simultáneamente a una pérdida de atractivo para los inmigrantes –que cayeron desde 250 mil en el período 1977-1982 a 230 mil en la Región Metropolitana, el flujo de salida el período 1997-2002– y a una pérdida de que más ha aumentado es el que se dirige a la capacidad de retención de su población comunas dentro de la Región Metropolitana, –tendencia más marcada que la anterior, lo que es compatible con las hipótesis de pues los emigrantes pasaron de 135 mil en-constitución de una metrópolis difusa y de tre 1977-1982 a 280 mil entre 1997-2002–; (c) aunque la mayoría de los emigrantes sigue dirigiéndose hacia comunas fuera de la Región Metropolitana el flujo de salida que más ha aumentado es el que se dirige a comunas dentro de la Región Metropolitana,lo que es compatible con las hipótesis constitución de una metrópolis difusa y de creciente suburbanización (rururbanización, como se planteará más adelante); (d) el predominio de las mujeres en el flujo hacia la ciudad es sostenido, lo que se vincula con la dinámica del sector servicios cuya demanda de empleo es selectiva hacia las mujeres; (e) la escolaridad media de los inmigrantes es mayor que la de los emigrantes y que la de los no migrantes, por lo cual el balance neto en materia de recursos humanos calificados por migración favorece a Santiago; (f) el flujo de emigrantes hacia las comunas de la Región Metropolitana aumentó significativamente su nivel de escolaridad, lo que es compatible con la hipótesis sobre la diversificación de destinos de los migrantes de la elite del AMGS y en particular con la hipótesis de traslado a suburbios de dicha elite.

Los destinos de la emigración metropolitana y el caso de la Región de Valparaíso

La corriente emigratoria más cuantiosa de la Región Metropolitana estuvo compuesta por algo más de 45 mil individuos que se dirigieron a la Región de Valparaíso, le siguieron en importancia los flujos que se dirigieron a las regiones del Biobío, O’Higgins, Maule, Araucanía y de Los Lagos (Figura 2). Este comportamiento, hay que decirlo, sigue una tendencia histórica y no resulta del todo novedoso. Los migrantes de la Región Metropoli-tana que se dirigen a la Quinta Región, se localizan en las comunas más pobladas, principalmente Valparaíso y Viña del Mar. Sin embargo, la proporción de migrantes metropolitanos que reciben estas comunas es inferior a su peso demográfico en la región. En la Figura 3 se aprecia que el “Gran Valparaíso” recibe un poco más del cuarenta por ciento de los inmigrantes metropolitanos, pero su peso demográfico es superior al 53% en la región, es decir, no es un destino sobrerrepresentado.

Por otra parte, las comunas económicamente “emergentes” de la Quinta Región (Quillota, San Felipe, Los Andes), que podrían captar población migrante debido al desarrollo económico-productivo que experimentan desde hace un tiempo (y también a las mejoría de conectividad con Santiago), no parecen tener especial atractivo para los emigrantes metropolitanos, ya que en conjunto congregan el 12% de los migrantes que provienen de esta región, lo que coincide con su representación demográfica regional (Figura 3).

Lo más saliente de este panorama entre la Región Metropolitana y la Región de Valparaíso es lo que sucede en varias comunas del litoral central (El Quisco, El Tabo, Alga-rrobo, Cartagena, Santo Domingo) cuyo peso demográfico es del orden del tres por ciento (sumadas) y concentran el 15% de los inmigrantes metropolitanos (Figura 3). Lo interesante es que los migrantes que se localizan en estas comunas son preferentemente personas mayores, lo que se percibe claramente en la Figura 4, donde se verifica que a las comunas del litoral central llega el doble de migrantes metropolitanos de 60 y más años que al resto de las comunas de la Quinta Región. Si se compara la estructura etaria de la población residente y migrante en estas comunas, se aprecia –en todas ellas– que la proporción de adultos mayores es más alta en los migrantes metropolitanos, e incluso en algunas, esta proporción supera el 30% (Figura 5). Los antecedentes indican que estaría ocurriendo un tipo especial de migración, puesto que la corriente migratoria se compone de personas que probablemente han terminado su vida laboral o están próximos a terminarla y han decidido establecerse en lugares relativamente cercanos a la capital –que incluso en algún momento fueron áreas de segunda residencia o de veraneo para ellos– pero con mejores condiciones medioambientales y de seguridad, incrementando así su calidad de vida sin desconectarse completamente de la vida y los servicios metropolitanos12.

FIGURA 2. Magnitud de emigrantes de la Región Metropolitana, Censo de 2002.
Fuente: Procesamiento especial (con REDATAM) de la base de microdatos del Censo de Población y Vivienda 2002.

 

FIGURA 3. Región de Valparaíso: porcentaje de migrantes metropolitanos y peso demográfico de las comunas en la Región, 2002.

Fuente: Procesamiento especial (con REDATAM) de la base de microdatos del Censo de Población y Vivienda 2002.
Gran Valparaíso: Valparaíso, Viña del Mar, Concón, Quilpue y Villa Alemana.
Comunas Emergentes: Quillota, San Felipe y Los Andes.Comunas Litoral Central: El Quisco, El Tabo, Algarrobo, Cartagena, Santo Domingo.

 

FIGURA 4. Región de Valparaíso: proporción de población migrante metropolitana por grupos de edad, 2002.
Fuente: Procesamiento especial (con REDATAM) de la base de microdatos del Censo de Población y Vivienda 2002.
Comunas Litoral Central: El Quisco, El Tabo, Algarrobo, Cartagena y Santo Domingo.
 

 

FIGURA 5. Estructura relativa de la población residente y migrantes recientes por grupos de edad, 2002.
Fuente: Procesamiento especial (con REDATAM) de la base de microdatos del Censo de Población y Vivienda 2002


Migración y recursos humanos: El caso de la Región Metropolitana

Las consecuencias de la migración interna suelen ser objeto de muchas conjeturas: tradicionalmente ellas se alinean en evaluaciones sobre la conveniencia o inconveniencia que representa un balance migratorio negativo o positivo para, por ejemplo, la provisión de los servicios sociales, las presiones sobre el mercado laboral y la vivienda. La información censal permite, de manera directa, analizar el impacto que podría ocasionar la migración en términos de ganancias o pérdidas de capital humano entre regiones. Para ello, se estimó el promedio de años de estudio de la población entre 25 y 39 años, edades donde ha concluido el ciclo formativo13 (Rodríguez, 2004).

En el Cuadro 3 se muestran 4 modalidades distintas para estimar el impacto de la migración en la escolaridad media, cada uno de ellos con fortalezas y debilidades. Es fácil descartar el cotejo, por separado, entre inmigrantes y no migrantes o entre emigrantes y no migrantes, porque de manera sistemática los que llegan o salen de las regiones tienen una escolaridad media mayor que los que no se movieron y, por tanto, las comparaciones aisladas llegan a conclusiones contrapuestas por definición.

Por otra parte, la comparación directa entre la escolaridad media de los inmigrantes y de los emigrantes parece la alternativa natural, pero puede resultar altamente engañosa por la falta de ponderación del flujo de entrada y salida. Así las cosas, la comparación de las medias de escolaridad de la población regional residente en el momento del censo –en este caso 1992 y 2002– y de la población regional residente 5 años antes del censo –1987 y 1997 respectivamente–, captura el efecto neto de la migración sobre la escolaridad media regional. De hecho, la media de la población residente 5 años antes puede interpretarse como la media que debiera mantenerse en ausencia de migración entre regiones; todo el cambio experimentado se debe a migración. Por cierto, la interpretación tiene un supuesto, que se origina en el hecho de que el censo solo pregunta por educación actual. Por ende, la interpretación anterior es válida solo si la educación actual de los migrantes coincide con la educación que tenían 5 años antes14.  

Al comparar inmigrantes con no migrantes, todas las regiones ganan recursos humanos calificados (Cuadro 3). En cambio al comparar emigrantes con no migrantes, todas pierden (Cuadro 3). Es decir, se produce el problema de conclusiones incompatibles descrito en el párrafo previo. Si consideramos la diferencia entre la escolaridad de los inmigrantes y emigrantes interregionales, se verifica que diez de trece regiones registran un balance positivo (es decir, la educación de los inmigrantes es superior a la de los emigrantes), pero algunas de ellas son de migración neta negativa (Cuadro 3), lo que afecta la validez de los resultados –una región puede tener un diferencial favorable por cuanto los inmigrantes son bastante más educados que los emigrantes, pero su balance migratorio es ampliamente negativo y los emigrantes son más educados que los no migrantes, a causa de lo cual la media de escolaridad tiende a la baja por la migración– que no ponderan por la magnitud de entradas y salidas.

Si se usa la medida que compara la escolaridad de la población regional residente en el momento del censo y de la población regional residente 5 años antes del censo –sugerida en el párrafo previo–, se advierte que diez regiones han ganado en capital humano, pues la población que vivía en ellas en 1997 tiene un promedio de años de estudio más bajo que el que registra la población residente en 2002; es decir, en ausencia de migración interna, estas regiones tendrían una media de escolaridad inferior a la que registraron en el censo.

La Región Metropolitana, pese a perder población en el balance migratorio interregional, registra ganancias de capital humano por concepto migratorio en el mismo período (1997-2002) (Cuadro 3). Si no hubiese existido intercambio de población entre regiones, los habitantes de la región tendrían en promedio 11,49 años de estudio, como tal situación no fue así, la región registró una escolaridad media de 11,5 años. Aunque el aumento es muy leve, el hecho interesante es que en el período 1987-1992 la tendencia era inversa (Cuadro 3). En resumen, la migración hacia la Región Metropolitana se compone de personas de mayor calificación que en el pasado y pese a que registra un saldo migratorio negativo en el intercambio entre regiones, no pierde recursos humanos calificados. De tal forma, la región podría estar siendo atractiva para un grupo de población más calificada que años anteriores, observándose una mayor selectividad en el momento de migrar hacia ella.

 

CUADRO 3. Chile: promedio de años de estudios de la población de 25 a 39 años de edad. Censos de 1992 y 2002.
Fuente: Procesamiento especial (con REDATAM) de la base de microdatos del Censo de Población y Vivienda 2002.


Enfocando en la Región Metropolitana de Santiago: las paradojas del crecimiento demográfico, la migración interna, la migración internacional y la omisión censal

Con lo desarrollado hasta ahora, surge la pregunta ¿cómo la Región Metropolitana registra un crecimiento intercensal más alto que el promedio nacional, si está perdiendo población en el intercambio entre regiones y el crecimiento de la población del país apenas está afectado por la migración internacional? Hay tres explicaciones posibles. La primera y la segunda atañen a los factores que rigen el incremento de población: el crecimiento natural (nacimiento menos defunciones) y el saldo neto migratorio. Respecto del crecimiento vegetativo, cálculos basados en las estadísticas vitales, del período 1992-2000, muestran que la Región Metropolitana tuvo una tasa de natalidad promedio en dicho período de 21 nacidos vivos por cada mil habitantes –ligeramente superior que la nacional– y una tasa de mortalidad de 5,6 por mil habitantes. En suma, el crecimiento natural fue de 1,5%, algo más alto que el crecimiento vegetativo nacional que fue de 1,45%, lo que además de subrayar el carácter endógeno de la expansión metropolitana, revela que parte de su mayor crecimiento total se origina en una expansión vegetativa superior a la media nacional. Respecto del saldo migratorio, ya se mostró que el interno era negativo, y por tanto, resta examinar el internacional; en este último caso no hay cifras de emigrantes del período para efectuar un balance como corresponde (y tampoco indicios de que hubiera emigrado un número mayor de personas al exterior que los que llegaron); sin embargo, los datos del censo sugieren una repuesta, ya que más del 60% de las personas que declararon residencia en otro país en abril de 1997 se localizan en la Región Metropolitana, cifra muy superior al peso demográfico de esta región (Cuadro 4). Es decir, es probable que el saldo migratorio internacional de la Región Metropolitana haya tenido un signo positivo y su volumen haya sobrecompensado la pérdida de efectivos por migración interna. De este modo, su crecimiento vegetativo ligeramente mayor que la media nacional y su capacidad de concentrar inmigrantes internacionales han permitido que la Región Metropolitana mantenga un dinamismo demográfico superior a la media (y, por ende, siga concentrando población), no obstante su incipiente pérdida de atractivo para los migrantes internos.

La tercera explicación remite a la cobertura del censo, pues omisiones diferenciales afectan el cálculo de la tasa de crecimiento total. Por ejemplo, si la omisión pasa de 5% a 1% entre 1992 y 2002, el ritmo de crecimiento demográfico parte de una base de 0,39% medio anual, que, en rigor, es ficticio. En el caso de los censos de 1992 y 2002, hay indicios de que efectivamente hubo omisión diferencial, pero en términos de una mayor omisión en el censo de 2002. De hecho, esto podría explicar que la tasa de crecimiento demográfico total intercensal sea de 1,24% medio anual, mientras que la tasa de crecimiento vegetativo del período 1992-2000 sea de 1,45%. Aquello podría explicarse perfectamente si en el período el país hubiese tenido un saldo de migración internacional negativo, pero no se dispone de evidencia que apoye esa hipótesis. Por tanto, puede colegirse que a escala nacional la omisión fue algo mayor en el censo de 2002 que en el de 199215.

CUADRO 4. Chile: Tasas de natalidad, mortalidad, crecimiento natural e intercensal y nigrantes internacionales, 1992 - 2002.
Fuente: Cálculos especiales en base a datos de estadísticas vitales, INE 1992-2002.
a: expresada por mil habitantes
*: expresada por cien habitantes


Conclusiones

La migración interna ha desempeñado un papel importante en la distribución regional de la población chilena en los últimos 50 años. Aunque su volumen no es particularmente abultado, su efecto es significativo por la relativa y creciente homogeneidad del crecimiento vegetativo entre regiones. En tal sentido, los desplazamientos internos han sido claves para el proceso de poblamiento de las regiones extremas –en virtud de políticas públicas que incentivaron el traslado hacia las regiones de los extremos norte y sur del país–, para el ascenso de la representación de la Región Metropolitana (y de la ciudad de Santiago, en particular) y para la paulatina pérdida de gravitación de un grupo de regiones del centro-sur con elevados índices de pobreza.

Las diferencias de fecundidad y de mortalidad entre regiones son bajas y decrecientes a causa de lo cual el crecimiento natural entre ellas, como ya se indicó, tiende a la convergencia. Sin embargo, las disparidades regionales en otros planos –como dinamismo económico, creación de puestos de trabajo e índices de pobreza– no parecen estrecharse, lo que augura continuidad de los movimientos entre regiones que en gran medida responden a la existencia de desigualdades entre ellas.


Usando un procedimiento novedoso que estima los niveles de educación de las regiones sin y con migración y luego los coteja para evaluar el efecto de la migración sobre la educación en cada una de ellas, se concluye que su impacto es más bien moderado a bajo. Ahora bien, mientras en el decenio de 1970 tendía a ensanchar las distancias educativas entre regiones, en los decenios de 1980 y 1990 ha contribuido, aunque muy modestamente, a su convergencia.

Los flujos migratorios del último período censal revelan quiebres respecto de tendencias históricas destacando al respecto la migración neta negativa de la Región Metropolitana y la condición de atracción neta de tres regiones
históricamente expulsoras –la IV, la VI y la X– a la par con un emergente dinamismo productivo en ellas en vinculación con actividades exportadoras. Estos hallazgos abonan la hipótesis de desconcentración regional. Sin embargo, esto último no se ha reflejado en el peso demográfico de la Región Metropolitana porque su crecimiento natural ha estado sobre la media nacional y porque la migración internacional se dirigió mayoritariamente a Santiago.

Notas
3Para una visión internacional ver Rodríguez y González, 2004; Rodríguez, 2004; Rodríguez y Villa, 1997; Rodríguez y Winchester 2002, De Mattos et al., 2001; Armijo, 2000. Para el caso de Chile y Santiago ver Martínez, 1999.


4En la literatura especializada se distinguen dos modalidades de convergencia. Una de ellas es la llamada convergencia beta que se verifica si las economías pobres crecen más que las ricas. La otra es la llamada convergencia sigma que ocurre si la dispersión de la renta real per cápita entre grupos de economías tiende a reducirse en el tiempo.

5Se hace referencia al Área Metropolitana del Gran Santiago (AMGS) como el conjunto de 32 comunas de la provincia de Santiago más las comunas de Puente Alto y San Bernardo. Mientras que la Región Metropolitana (RM) de Santiago está compuesta por 53 comunas que incluyen los del AMGS.

6 Neologismo usado para referir el proceso de ocupación de zonas rurales aledañas a las áreas metropolitanas por parte de familias provenientes de esa urbe, en conjuntos habitacionales muy bien equipados y normalmente con conexión fluida con el área metropolitana de origen (Rodríguez, 2002; Barros, 1999).

7Ya en 1966 Carlos Hurtado lo planteó claramente (con referencia a la organización político-administrativa de la época que difiere de la actual): “Al hablar de región de Santiago se desea incluir no solo la provincia de Santiago, sino también sus provincias vecinas, Valparaíso, Aconcagua y O’Higgins. Esta zona contiene un grupo de población bastante integrado que, para el análisis, resulta conveniente tratar como una unidad” (p. 129).

8Migrante es toda persona cuya residencia en el momento del censo es distinta a la que declara tener cinco años antes: esta información deriva de la respuesta de las personas de 5 y más años de edad a una pregunta específica. Así la condición migratoria se establece a partir del cotejo entre la región de residencia habitual al momento del censo y la región de residencia anterior en una fecha fija del tiempo.

9La condición de atracción y de expulsión que se emplea deriva del saldo migratorio, es decir, el balance entre la inmigración y la emigración.


10El Índice de Actividad Económica Regional es un indicador de tendencia de la actividad económica agregada regional, que busca estimar los ritmos de aceleración o estancamiento económico a nivel regional.


11La escolaridad media se obtuvo para toda la población y para las personas de 25 y 39 años. Esto último para controlar la estructura etaria y facilitar comparaciones entre migrantes y no migrantes.

12No puede descartarse que la inmigración esté sobreestimada, debido a errores en la declaración de información de la residencia habitual actual en los casos de personas censadas en estos lugares, que en realidad residen en la Región Metropolitana.

13Se ha elegido este tramo etario ya que es necesario que a esa edad virtualmente ha concluido el ciclo controlar el factor edad por la distorsión que introduce formativo permite suponer que los cálculos atañen a en los indicadores agregados de escolaridad; dado la escolaridad definitiva de las personas.

14Este supuesto se apoya en la edad seleccionada porque es altamente probable que la mayor parte de la población seleccionada, no haya cambiado su escolaridad los 5 años previos al censo.

15En todo caso, la naturaleza de la omisión diferencial probablemente fue distinto para cada región y las cifras sugieren que no fue más marcada en la Metropolitana, pues su crecimiento intercensal no resulta particularmente distante del crecimiento vegetativo y ya se expuso el juego de contrapesos que tuvo la migración internacional y la interna.
 

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1Este artículo es una versión inicial de otros estudios que se han realizando gracias a las potencialidades que tiene la explotación intensiva de los microdatos censales para comprender los procesos y las decisiones migratorias. Estos estudios someten a prueba hipótesis sobre las tendencias de la distribución y la movilidad territorial de la población chilena e indagan en las consecuencias de la movilidad intrametropolitana sobre el patrón de segregación residencial socioeconómica. Artículo recibido el 26 de julio de 2005 y aceptado el 24 de noviembre de 2005.