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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum vol.26 no.2 Talca  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762011000200004 

Revista Universum Nº26 Vol.2, II Sem. 2011, pp. 67-81

 

ARTICULOS

 

Experiencias de vulnerabilidad: de las estrategias a las tácticas subjetivas1

 

Catalina Arteaga A.(*)
Sonia Pérez T.(**)

(*) Dra en Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, México. Académica Departamento de Sociología, Universidad de Chile. Chile.
(**) Dra en Investigación en Psicología Social y del Desarrollo. Universidad Católica del Sacro Cuore, Milán. Académica Departamento de Psicología, Universidad de Chile. Chile

Correos electrónicos: carteaga@u.uchile.cl sonperez@u.uchile.cl


RESUMEN

Las políticas implementadas en las últimas décadas en Chile, así como los procesos de modernización en curso, han llevado al desarrollo de un modelo que enfatiza en la individualización de la gestión del riesgo por parte de los sujetos; ello refuerza un contexto de vulnerabilidad e incertidumbre. El artículo plantea cómo en este marco, los individuos despliegan ciertas prácticas para enfrentar los riesgos socioeconómicos, no solamente destinados a asumir sus efectos directos, sino también a enfrentar las consecuencias que ello implica en términos de su posición social. El trabajo complejiza el enfoque del actor racional que propone una relación directa entre riesgos y acciones para hacer frente a situaciones problemáticas a partir de recursos y plantea la vulnerabilidad como una experiencia crónica, frágil y contradictoria, que puede llevar a los sujetos a desplegar tácticas orientadas por distintos sentidos. Enfatizaremos en los sentidos de estigma, vergüenza y orgullo, como elementos que movilizan una táctica del ocultamiento de las crisis.

Palabras clave: Subjetividad - vulnerabilidad - riesgo - políticas - tácticas - estrategias.


ABSTRACT

The policies implemented in recent decades in Chile, as well as the processes of modernization in course, led to the development of a model that emphasizes the identification of risk management in the individual subject; this reinforces a context of vulnerability, risk and uncertainty. The article raises the question of how in this framework, individuals deployed certain practices to deal with socioeconomic risks, not only designed to assume their direct effects, but also to face the consequences in their social position. The paper becomes more complex the approach of a rational actor that proposes a direct relationship between risks and actions for dealing problematic situations with own resources. Instead, raises the vulnerability as a fragile and contradictory experience, that lead to the subject to deploy tactics in different ways. We will emphasize in the senses of stigma, shame and pride, as elements that mobilize a tactic of concealment of the crisis.

Keywords: Subjectivity - vulnerability - policy - tactics - strategies - risk.


 

1. Contexto de vulnerabilidad: Riesgos y vulnerabilidades en el Chile actual

El contexto de vulnerabilidad y su dinámica en la sociedad chilena actual, tiene especificidades evidentes que son importantes de señalar al estudiar las formas en que las subjetividades viven, significan y desarrollan prácticas en relación con dicho fenómeno. Estas particularidades devienen, entre otros aspectos, de las persistentes y crecientes desigualdades sociales; de la particular forma de relación entre Estado y sociedad; de las reformas neoliberales implementadas desde los años ochenta en la región y de los cambios de gobierno, que han provocado algunas alteraciones en la orientación de las políticas sociales -entre otros aspectos-.

Referirse a un marco vulnerable en América Latina y en Chile en particular, es hacer referencia a un Estado que ha ido de manera creciente perdiendo su rol protector, a partir de la implementación de políticas neoliberales. En general, las reformas impulsadas por los gobiernos de la región en los años ochenta y noventa, tuvieron efectos vinculados a procesos de flexibilización laboral; descentralización de la negociación colectiva; privatización de las pensiones y un aumento creciente del peso del mercado en la provisión del bienestar social. Dichos fenómenos aumentaron en gran medida la informalidad, las desigualdades y la reducción de la protección social (Fraile, 2009). En el caso de Chile, se llevaron a cabo importantes cambios en este sentido, uno de ellos relacionado con la privatización del sistema de pensiones y el establecimiento de planes de ahorro personales en vez de reparto2. En este caso se llevaron a cabo las reformas más radicales durante la dictadura de Pinochet, materializándose en privatizaciones en la atención sanitaria y la educación. Más tarde, en los gobiernos de la Concertación a partir de 1990, se intentaron disminuir algunas desigualdades, a partir del aumento del gasto público y la reglamentación (Fraile, 2009).

No obstante, a pesar de los cambios, hubo aumento de la informalidad en el ámbito laboral entre los años noventa e inicios de la década siguiente (de 20,1 a 23,6 de asalariados sin cobertura de seguridad social entre 1990 y 2003/ de 15,5 a 21,3 de asalariados sin contrato formal, Fraile ibídem). En cuanto al papel de los trabajadores y su participación organizada en la protección de los derechos laborales, aunque éstos tuvieron cierto protagonismo en las protestas durante el periodo de dictadura, a partir de la convocatoria de organizaciones como los sindicatos del cobre y la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), en el periodo posterior el movimiento sindical ha tenido un papel moderado. La tasa de afiliación sindical había superado al 20% en los años previos al golpe militar, disminuyendo a menos de la mitad en las décadas siguientes; en 1999 había alcanzado sólo un 11% (Riesco, 2009).

Parte de los efectos de dicha situación, intentaron paliarse a través de reformas como la de pensiones, llevada a cabo en el 2008, instaurando una pensión universal básica, previendo la dificultad para muchos trabajadores/as de no contar con un ingreso al finalizar su periodo laboral.

En otras áreas, la privatización parcial de la educación y la atención sanitaria provocaron una fuerte segmentación socioeconómica. Un ejemplo de ello es que casi el 70% de los niños de familias pobres se concentran en escuelas municipales y los demás en escuelas privadas. En el ámbito de la salud, el sector de seguros privados puede fijar precios basándose en factores de riesgo, lo que lleva a diferenciar por géneros y generación, provocando por ejemplo que mujeres en edad fértil paguen hasta cuatro veces más que los hombres, por el mismo plan de salud (Fraile, 2009). Algunos autores señalan, incluso, que luego de tres décadas de privatización, los beneficios de los servicios públicos sociales ha ido a parar a los mercados financieros, los prestadores privados y una minoría de población que percibe altos ingresos, presentando además altos costos para el fisco.

La persistencia y aumento de la desigualdad en el país se ha dado a pesar de la disminución de las cifras de pobreza. La recuperación de los salarios y el incremento de los empleos a partir de 1990, han sido decisivos en la disminución de la pobreza e indigencia; según la encuesta CASEN, en 1987, el 45,1% de la población estaba bajo la línea de pobreza3; en 1990, el 38,6% y en 2006, un 13,7%. Un elemento que llama la atención, por su parte, son las oscilaciones que esos porcentajes esconden: aproximadamente un 30% de la población nacional ha caído baj o la línea de la pobreza una o dos veces a lo largo de 10 años (Mideplan, 2002). Además se ha mantenido una alta desigualdad en los ingresos: al 2009, el 10º decil más rico del país ganaba 46 veces los ingresos del primer decil. Por su parte, las políticas sociales han estado orientadas, focalizadámente en las últimas décadas, a la disminución de la pobreza e indigencia; paralelo a ello, se ha producido una desprotección de las clases medias asalariadas, lo que la ha obligado a incrementar sus gastos hacia la industria privada de servicios sociales (Riesco, 2009).

Si ampliamos el análisis a dimensiones socioculturales, coincidimos con Garretón (2010, p. 46) en que las reformas neoliberales resultaron un fracaso para los países y las personas,

“…pero el resultado de las correcciones a las reformas, que sin duda implicaron un mejoramiento de la situación de las personas, no significó la superación de los problemas estructurales y culturales que se pueden sintetizar en los conceptos de fragmentación, desigualdad, pérdida de unidad nacional, o sea, falta de cohesión de la sociedad”.

En efecto, las reformas y cambios en el nivel estructural, han producido transformaciones importantes en el ámbito material de los sujetos, pero además, han incidido en las modalidades y referentes de construcción de individualidad, lo que ha sido reforzado por discursos institucionales -estatales, mercantiles- que ensalzan el esfuerzo y las capacidades individuales en la resolución de los problemas cotidianos. Ello redunda en un excesivo exitismo, individualismo y valoración de los proyectos personales, frente a los colectivos. En dicho sentido, la sociedad chilena ha transitado desde un anclaje identitario cuyo eje estaba situado en proyectos políticos colectivos -partidarios- (Garretón, 2008), a referentes más individuales que buscan dar sentido al proyecto de vida.

En ese contexto, una de las consecuencias de dichos procesos, es el tránsito paulatino hacia una sensación de desprotección y a procesos de individualización en la gestión del riesgo. El traspaso de la responsabilidad de la gestión del riesgo a los individuos implica que desde la subjetividad se asume dicha condición como parte de la práctica cotidiana y de la reflexión -muchas veces acrítica- de dicha experiencia. Ello conlleva a que los sujetos sientan y experimenten un riesgo y fragilidad permanentes de su experiencia en la vida cotidiana. En una sociedad desigual como la chilena, los recursos y capitales para enfrentar dicha realidad son muy distintos; en los sectores más desprotegidos, el riesgo constituye el contexto rutinario de la acción presente y futura: se vive permanentemente en riesgo, se "planifica" incorporando el riesgo, se actúa asumiendo una estructura en riesgo.

Lo que presentamos en este artículo, es el resultado de investigaciones con familias de quintiles II y III de la Región Metropolitana que han vivido situaciones de riesgo socioeconómico4. Principalmente destacamos aquí los sentidos que orientan algunas prácticas desplegadas para hacer frente a las crisis. En primer lugar, enmarcamos el problema en los estudios que analizan las acciones de grupos vulnerables, señalando la especificidad de nuestro enfoque; luego describimos los rasgos centrales que caracterizan las experiencias de vulnerabilidad analizadas y, en una tercera parte, analizamos algunas subjetividades que sustentan las prácticas desplegadas por los sujetos: estigma, vergüenza y orgullo en torno a las tácticas de ocultamiento5.

2. Mediaciones subjetivas en vulnerabilidad

Algunos de los estudios que han trabajado en torno a las prácticas realizadas por los individuos frente a situaciones de vulnerabilidad -pobreza, exclusión-, han enfatizado, en general, en las estrategias construidas para hacer frente a estos contextos. Caroline Moser (1996) desarrolló el enfoque de vulnerabilidad-activos (“asset vulnerability framework”) y con base en éste, Kaztman y otros (1999) plantearon el enfoque activos-vulnerabilidad-estructura de oportunidades (AVEO). Dichas perspectivas se centran en la vulnerabilidad de los hogares e incorporan la noción de activos, capitales o recursos movilizados por su parte (Filgueira, 1999)6. Ponen el acento en la dinámica de la formación de distintos tipos de recursos potencialmente movilizables y las relaciones entre éstos; así como en los procesos en que hay pérdida, desgaste o factores limitantes para reponer el capital. El concepto de activos, por tanto, implica la posibilidad de observar los grados variables de posesión, control e influencia que los individuos tienen sobre los recursos y las diversas estrategias que desarrollan para movilizarlos (op. cit., p. 171). Las estrategias familiares, desde este enfoque, son parte de las acciones que pueden realizar los hogares para disminuir su vulnerabilidad; a través de la intensificación o diversificación de sus activos7. El enfoque AVEO introduce de manera acertada el concepto de estructura de oportunidades, las cuales se definen como las probabilidades de acceso a bienes, servicios o desempeño de actividades. Dichas oportunidades inciden en el hogar en la medida que permiten a sus miembros el uso de sus propios recursos o les proveen de nuevos. Las tres fuentes centrales de oportunidades son el mercado, el Estado y la sociedad. El análisis se centra, entonces, en la relación establecida entre las estrategias de los hogares y la estructura de oportunidades existente.

Dichos planteamientos han sido sumamente esclarecedores en la vinculación del ámbito de los individuos y las familias y su relación con una estructura de oportunidades en las dinámicas de superación de pobreza y mitigación de la vulnerabilidad, sin embargo, tal perspectiva asume que la elección de determinados recursos y el aprovechamiento de oportunidades obedece a consideraciones racionales y conscientes, del tipo cálculo cos to /beneficio o recursos disponibles/oportunidades ofrecidas; racionalidad que responde más bien a códigos modernos de individualismo y de la posibilidad de control del entorno a través de la razón.

Frente a ello pensamos que la movilización de recursos en orientación a determinadas oportunidades presentes en el entorno institucional, no responde sólo al número o tipo de recursos controlados o a las posibilidades de acceso a ciertas oportunidades, sino también a la capacidad de transformar esos activos en ingreso, poder o calidad de vida y, como señala Portes (1999), de la habilidad del individuo de movilizar esos recursos según sus propios intereses.

La utilización del concepto de estrategia para el análisis de las acciones que se desplieganpara hacer frente a condiciones de precariedad es insuficiente, enla medida que el concepto de estrategia se encuentra fuertemente vinculado al paradigma de la racionalidad, lo que es problemático a la hora de analizar comportamientos individuales y familiares, en tanto dicha perspectiva supone que las acciones llevadas a cabo son resultado de un proceso de decisión autónomo, informado, racional e independiente de otras variables (Arteaga, 2007). Así el estudio de las estrategias se ha enfocado principalmente en el resultado visible y final de determinadas acciones, sin dar cuenta del proceso que se ha desplegado previamente, ni tampoco de los elementos subjetivos que se encuentran a la base del desarrollo de ciertas prácticas y que media entre los recursos familiares y la estructura de oportunidades institucionalmente disponible.

Asimismo, la concepción de comportamiento estratégico -en el caso de estudios sobre las familias-, parte del supuesto de la homogeneidad e igualdad de éstas en su dinámica interna, lo que también es cuestionable. Distintos autores señalan la importancia de considerar las diferencias por género y generación al interior de las familias; sus distinciones en términos de poder y acceso a recursos, así como la presencia de negociaciones y conflictos en su interior (González de la Rocha, 1990; Jelin, 1984; Kabeer, 1998).

Todas estas dimensiones son relevantes en la consideración de las tácticas desarrolladas por los hogares para enfrentar situaciones de vulnerabilidad, así como en el análisis de la dimensión subj etiva y los significados que se vinculan a dichas acciones8.

En la comprensión de estos otros cursos de acción, llamados tácticas, una primera cuestión que problematizamos, es el vínculo directo entre la estructura de oportunidades disponible desde el Estado, el mercado, la sociedad y los recursos de los sujetos y los hogares. En este sentido trabajamos con la noción de mediaciones subjetivas, que constituyen

"... redes de significados construidos en la experiencia, a nivel simbólico y relaciona!, en función de las cuales se movilizan ciertos recursos, se distinguen ciertas estructuras de oportunidades, se determinan objetivos, se establecen relaciones sociales y se elaboran tácticas o estrategias frente a contextos/entornos de vulnerabilidad” (Pérez, Ruiz, Arteaga, 2008).

En este marco, las estrategias racionales no aparecen sino como una de las formas de acción -y como lo veremos, no como la más importante- que los actores desarrollan para enfrentar la vulnerabilidad9.

Las mediaciones subjetivas actúan de puente entre los sujetos, los hogares, sus recursos y la estructura de oportunidades. Desde esta perspectiva, analizamos las modalidades en que sujetos y familias significan las oportunidades estructuralmente disponibles, lo que los lleva a elaborar determinadas tácticas y estrategias en contextos de vulnerabilidad social.

A diferencia de los estudios de estrategias para el manejo del riesgo y para el enfrentamiento de la pobreza, el estudio agrega a la identificación de las acciones realizadas, la dimensión implícita de los sentidos, referentes y valoraciones, en tanto se asume que la consideración y elección de determinados recursos y aprovechamiento de oportunidades, no obedece solamente a consideraciones racionales y conscientes del tipo cálculo cos to /beneficio o recursos disponibles/oportunidades ofrecidas, sino que las esperadas articulaciones están mediadas por los sentidos que el sujeto construye.« Sentidos » cuya plena comprensión exige profundizar, por un lado en la forma en la que se expresan las experiencias de vulnerabilidad y por el otro, adentrarnos en la economía subjetiva desde la cual los actores efectivamente las enfrentan.

3. Experiencias crónicas de vulnerabilidad

En un primer momento, las experiencias de vulnerabilidad de las familias que estudiamos, nos acercan a lo que Castel (2009) denomina zonas de vulnerabilidad, aludiendo a una “… zona intermedia, inestable, que conjuga la precariedad del trabaj o y la fragilidad de los soportes de proximidad". Ello nos refiere a una situación estructural de inestabilidad, lo que se vincula con un correlato subjetivo de fragilidad existendal. En estos contextos, la "desafiliadón", como la denomina Castel10, aparece como una crisis que, al modificar los soportes institucionales de un actor, lo hace pasar de una situación de estabilidad a una nueva situación de inestabilidad. El "desafiliado" es pues, por definición, alguien que en su inicio estuvo afiliado; o sea, a través de este análisis no se describe prioritariamente la pobreza sino la experiencia de aquellos que habiendo estado vinculados se han convertido, a causa de una serie de factores, en excluidos. La vulnerabilidad designa justamente este proceso particular.

La noción, así entendida, es por supuesto válida para describir la experiencia de ciertos actores en Chile. Pero sólo a algunos de ellos. Lo que nuestro estudio arroja es que la situación de muchos otros actores en Chile es diferente. Las familias ubicadas en situaciones de precariedad, vivencian la vulnerabilidad como un modo de vida estructural, que implica la convivencia permanente con el riesgo y la incertidumbre.

En verdad, para designar este estado social, las nociones de “inestabilidad” y de “accidente” son tal vez más pertinentes. Es dentro de una inestabilidad de base que se viven accidentes sucesivos. Ello conlleva, por ejemplo, la dificultad para los entrevistados de reconocer cuál es “la” situación más riesgosa que han vivido en los últimos dos años11, en la medida que se da una acumulación de crisis permanentes y ello marca la experiencia de vida. En dicho contexto, reconocer una situación riesgosa, se vuelve problemático.

“P. Y de aquí a dos años atrás ¿Usted recuerda alguna situación de crisis económica más fuerte que la que viven siempre?

R: Bueno el desempleo de todos mis hijos no más que han estado desempleados.

P. O sea tal vez usted no podría identificar una crisis económica, sino que varias.

R: Varias, claro. Claro, porque ellos aportan de lo que ganan, que, igual ganan poco, pero igual aportan a la casa. Que ahí se ha ido manteniendo ya, por ser atrasos de luz, de agua, esas cosas. Se ha ido manteniendo atrasos y, que hay que estar haciendo convenios para poder cancelar, para que no nos corten el agua la luz” (La Pintana, jefa de hogar).

La situación de fragilidad de las familias se estructura en base a situaciones como la falta de estabilidad laboral; las condiciones de precariedad en este ámbito; la ausencia de apoyos institucionales formales y de redes informales para hacer frente a la incertidumbre -entre otros-. En este contexto, las familias desarrollan acciones de orden diario para mantener las condiciones de existencia, así como actividades a más largo plazo, que implican un mayor grado de planificación. Entre estas últimas, aparecen aquellas orientadas por el endeudamiento, permitiendo la ilusión de adquirir determinados bienes o resolver problemas específicos, pero que al poco andar se transforman en situaciones de mayor presión familiar. Sin embargo, y aquí reside la verdadera diferencia, todas estas estrategias operan dentro de una experiencia irreductible de vulnerabilidad. Los individuos no transitan de una situación de estabilidad hacia otra de precariedad a causa de ciertos factores de vulnerabilidad («riesgos»). Toda su vida social se desenvuelve en medio de un sentimiento permanente de inestabilidad posicional.

“ (…) en el mismo ejemplo, no teníamos dónde encalillarnos, no teníamos dónde sacar créditos, estábamos hasta el cogote, decir yo siempre he tenido, trato de mantener mis calillas, una pura tarjeta, y se me fue a los humos y después no tenía cómo encalillarme. Después me empecé a ordenar más, "repactemos", volví a pagar; esa cocina la pagué en cinco años y la saqué a un año, y la pagué en cinco ¿Por qué? Porque me fui atrasando, por las pegas de repente no están buenas. Y eso es porque uno fue porfiado. Nunca quise estudiar algo y tener una profesión” (San Bernardo, jefe de hogar).

No es por supuesto la única ilustración. Junto al endeudamiento, en algunos casos se dan acciones de manejo cotidiano de las crisis; se recurre a prácticas que se han regularizado y sedimentado en el tiempo para hacer frente a momentos críticos:

“Y lo otro, cuando tengo plata la invierto altiro en algo. Yo hago, aquí hago cojines, almohadas, almohadones. Yo tengo género e incluso tengo hechos los cositos donde relleno. Cuando falta plata, yo agarro eso, lo relleno, lo llevo a la feria y lo vendo. Y aquí en la casa hago costuras, pego cierres. Por ejemplo estas mismas cartas que tengo aquí. Yo compro, compro cosas así que se puedan vender como rápido. Si llaman la atención, los niños chicos lo compran. Yo compro esto, después lo llevo a la feria. Me instalo en un espacio chico no más porque como yo no tengo puesto, pido permiso a cualquiera y digo: Sabe que necesito vender cosas. Ya y me dejan que lo venda, y lo vendo. Después, la plata que saco de aquí, después yo compro lo que me hace falta. Después cuando tengo plata, compro de nuevo lo mismo y para poder vender. Siempre me estoy dando vueltas con mi mismo, o sea, con lo que saco de aquí compro mis cosas, después tengo un poco de plata y altiro repongo lo que gasté para que así, después cuando me falte, yo llevo esto y lo vendo en la feria. No solamente esto, sino que son varias cosas que hago. Por ejemplo hice un curso de gasfitería en... el colegio donde va mi hija, y también hago eso. Salgo a, le cambio la gomita a las llaves, arreglo los tanques. A veces a los tanques les corre y corre el agua y eso lo, lo arreglo. Cambio llaves, hago, hago hartas cosas. Tengo hartas cosas que hacer” (La Pintana, jefa de hogar).

La pluriactividad laboral, tan frecuente entre los actores estudiados, aparece entonces como un correlato indispensable frente a este sentimiento generalizado de inestabilidad social.

Ahí donde tradicionalmente el análisis de la vulnerabilidad supone una situación inicial de estabilidad, y por ende privilegia el estudio de estrategias racionales que apuntan a consolidar o a recuperar esta situación, la experiencia crónica y estructural de vulnerabilidad abre el análisis a toda otra gama de disposiciones y expresiones subjetivas. La estabilidad no precede a la vulnerabilidad; la vulnerabilidad es la experiencia primera de la vida social para los actores estudiados. Frente y desde esta situación, como lo veremos, los actores despliegan un abanico amplio de economías subjetivas.

4. La economía subjetiva de la vulnerabilidad crónica

Además de las acciones que desarrollan los sujetos para hacer frente a los riesgos, en medio de una experiencia crónica de vulnerabilidad, lo que nos interesa es destacar, en un segundo momento, los sentidos que fundamentan dichas prácticas y que no siempre se encuentran directamente relacionados con las alternativas más “racionales” para hacer frente a las crisis socioeconómicas que las familias enfrentan. Por el contrario, algunas acciones llevadas a cabo, se vinculan con la necesidad de mantener, frente a sí mismo y los otros, una imagen de estabilidad. En dicho marco, los sentidos de estigma, vergüenza y orgullo, aparecen como significados centrales en las argumentaciones esgrimidas por los entrevistados frente a las prácticas desplegadas.Todas estas disposiciones que, juzgadas desde un punto normativo y estratégico, pueden parecer como “poco” racionales e incluso como “irracionales”, son perfectamente comprensibles cuando se las emplaza en el marco de experiencias crónicas de vulnerabilidad. El actor, en efecto, no busca “recuperar” una estabilidad que nunca resintió; lo que intenta es dar con una presentación de sí mismo que le permita seguir actuando, con “éxito”, en medio de la vulnerabilidad estructural en la que se encuentra.

Lo anterior supone desplazar el marco de análisis del modelo del actor racional hacia una teoría plural de la acción, ya sea en términos de competencias universales y regímenes de justificación (Boltanski, Thévenot, 1990), lógicas estructurales (Dubet, 1994) o diversas pragmáticas relacionales en función de las situaciones. En verdad, se trata de reconocer a cabalidad las dimensiones propiamente prácticas de la acción (Joignant, 2000), un conjunto de aspectos irreductibles a la sola gestión “racional” de la información. Inscribiéndose dentro de este marco de análisis, las mediaciones subjetivas y la economía subjetiva que éstas hacen posible, subrayan, en lo que concierne específicamente a las experiencias de vulnerabilidad, sentidos que abren a un complejo proceso interpretativo de las acciones; algo que puede ser estudiado a través de elementos tales como los sentidos de estigma, la vergüenza, el orgullo, que sustentan tácticas como el ocultamiento.

El estigma da cuenta de una noción referida a otros, que implica una valorización negativa respecto a una característica particular, en este caso, no tanto el hecho de encontrarse en una situación objetiva de vulnerabilidad (lo que es, repitámoslo, en mucho una experiencia común y estructural), sino el poder ser designado como vulnerable y como incapaz de superar esta designación. En este contexto, la principal preocupación del actor no es necesariamente, como lo supone el análisis estratégico, lograr « salir » de la vulnerabilidad, sino lograr alejarse de la estigmatización que recae sobre todos aquellos que son designados como «vulnerables». Dicho de manera más simple: la primera gran economía subjetiva consiste en alejarse de una posible estigmatización Lo que se traduce en un sentimiento de vergüenza ante la incapacidad, en ocasiones, de enfrentar esta situación y salir adelante.

“Ver que yo no tenía plata. Me daba vergüenza que supieran que yo no tenía plata, porque cuando tenía plata, eh, la malgastaba más que nada en bebidas, helados, postres, entonces como que…, yo sé que mi hermana nunca se iba a burlar de mí, pero era como así, como que mi conciencia me decía “guaja, te gastabas la plata en tonteras y ahora no tení ni qué comer” (Cónyuge, San Bernardo).

La vergüenza frente a una posible estigmatización, cobra por supuesto sentido en el marco de la relación con otros -familiares, vecinos, instituciones- donde éstos pueden observar, evaluar, juzgar y realizar un proceso de etiquetamiento indisoluble y permanente. Pero existen muchas otras “buenas razones” (Boudon, 2003) para esta vergüenza: el actor sabe que, dada la experiencia de vulnerabilidad crónica en la que vive, la estigmatización y el control social formal e informal que esta designación desencadena alrededor suyo, sólo va a complicar su situación social. Su interés primero consiste entonces en evitar la estigmatización, no por razones identitarias, sino estratégicas. La “vergüenza”, contrariamente a lo que tantas veces se cree entender, no es en este marco un sentimiento moral, sino la toma de conciencia por parte del actor de un riesgo mayor de descalificación personal.

En todo caso, con el fin de sustraerse a la estigma y la vergüenza, los sujetos despliegan en ocasiones tácticas de ocultamiento, lo que permite mantener -frente a sí mismos y los otros-, un estado de cosas inalterable, aparentemente normalizado. Este ocultamiento no es en absoluto una mera negación, puesto que hay una disposición y sobre todo una acción explícita de ocultamiento: el actor es consciente de la situación de vulnerabilidad y busca disimularla. Ello es reflejo de nociones implícitas que se ponen en juego al orientar la acción. En efecto, junto al reconocimiento explícito de las crisis económicas, algunas familias refieren a una crisis más profunda y subrepticia, una crisis implícita. Lo que se pone en riesgo es la pérdida del estatus y la posición social. En una sociedad donde, al calor del neoliberalismo, el valor de lo que se tiene es muy fuerte, reconocer y hacer pública una crisis económica, implica sin duda un riesgo de pérdida del reconocimiento social. Es por ello que frente a una crisis económica importante -como la pérdida de empleo o el gasto excesivo frente a imponderables como una situación crítica de salud-, junto a las estrategias directas para hacer frente a dichos eventos de pérdida o ausencia de ingresos económicos y la movilización o búsqueda de recursos disponibles, algunos sujetos despliegan tácticas de ocultamiento de la crisis.

Sin embargo esta interpretación por justa que sea, no describe sino una parte de la realidad. El ocultamiento es también -no solamente, pero también- una variante de la economía subjetiva que venimos de presentar a propósito del estigma o la vergüenza, o sea, una manera de preservar un espacio de táctica cotidiana (De Certeau, 1980). A través del ocultamiento, es posible que, como lo ilustran las citas que siguen, el actor “empeore” objetivamente su situación, pero este posible “deterioro” objetivo se traduce, sin lugar a dudas en un correlato subjetivo muy distinto. El actor se siente no solamente “más” que otros, sino que logra dotarse, en medio de una experiencia crónica de vulnerabilidad, de un paradójico sentimiento de control personal.

“Nosotros, cuando hay una persona que ha tenido problemas económicos, hemos tratado siempre de ayudar o, si, hacer por ejemplo, completadas. Le decimos a la gente, cualquier persona que tenga problemas económicos, de pagar una cuenta, nosotros les ofrecemos. Pero yo nunca...no, nunca hemos querido molestar a nadie en ese sentido. No, nunca” (Cónyuge, San Bernardo).

“No, aquí en mi barrio hay gente bien pobre que se consigue aceite, que se consigue esto, bastante pobre, que, pero yo no me considero, o sea, soy pobre pero, entre los pobres que hay, no tan pobre” (Cónyuge, La Pintana).

Nada expresa mejor la fuerza de esta economía subjetiva que el hecho que la lógica del ocultamiento se relacione muchas veces directamente con el discurso del orgullo y el esfuerzo personal. El mandato del esfuerzo individual y de la resolución de los problemas por esa vía, no sólo está instalado, sino que se constituye en el ideal normativo del comportamiento ante las crisis. Cierto, como lo hemos indicado, estas prácticas son también indisociables de un conjunto de discursos públicos que en los últimos lustros han subrayado la responsabilidad individual de los actores sociales.

"...No, no prefiero buscar ayuda en otras personas, sino que prefiero hacer cualquier cosa para salir a vender y me las rebusco así, prefiero hacer unas empanadas, hacer unos, no se po’, en el tiempo del choclo unas humitas, hacer unos queques, y salir a venderlos, ya, a vender completos afuera, a mí no se me, no se me hace, no me da vergüenza esas cosas, y no, no, prefiero por las mías, no molestar a nadie, hacerlo así, ayudarme a, ayudarlo a él si po’ ” (Cónyuge, La Pintana).

Pero el «orgullo de arreglárselas solo» no puede limitarse a este aspecto. En esta práctica, es imperioso ver también la influencia de una sociedad en donde las instituciones no asisten a los individuos (o sólo lo hacen insuficientemente) (Robles, 2009), y sin duda, un importante mecanismo de distinción entre actores sociales confrontados a la pobreza o la precariedad. Pero al lado de estas intepretaciones es preciso advertir la dimensión específicamente táctica: el orgullo («ser capaz de arreglárselas por sí mismo»), como el ocultamiento, como la vergüenza o como la estigmatización, no son sino variantes de una misma y sola economía subjetiva -aquella que moviliza un actor que desde siempre se vive en medio (y no accidentalmente frente) a la vulnerabilidad. El orgullo no es tampoco una economía moral, pero una manera de preservar una forma de autonomía. Es porque el actor no tiene como horizonte posible (en verdad como experiencia primigenia) la estabilidad, que puede optar por una táctica en la cual la búsqueda de este estado no aparece como una prioridad. Una acción que se presenta como «irracional» leída desde el marco de la estrategia racional stricto sensu, pero que se dota de «buenas razones» cuando se la lee desde la perspectiva de una economía subjetiva ampliada, que tiene en cuenta, la experiencia crónica y primigenia de vulnerabilidad en la cual viven los actores.

Reflexiones finales

Más allá de las críticas generales y conocidas que el paradigma del actor racional ha recibido, el presente artículo se esfuerza por mostrar cómo, para describir ciertos procesos, es preciso ampliar este marco intepretativo en dirección de las «mediaciones subjetivas». Específicamente en lo que se refiere a las experiencias de vulnerabilidad, la tesis del actor racional supone -al menos implícitamente- una situación inicial de estabilidad que el actor intenta, gracias justamente a estrategias racionales, recuperar.

En el marco de nuestro estudio, hemos visto, por el contrario, que para un conjunto específico de actores, en el inicio no se encuentra la estabilidad, sino una experiencia crónica y estructural de inestabilidad. Es decir, la vulnerabilidad no perturba una cosición estable; la vulnerabilidad se produce en medio de una inestabilidad posiional. Así, desde un punto de vista subjetivo, no se trata, simplemente, de la «misma» vulnerabilidad.

Para hacer frente a esta vulnerabilidad, los actores despliegan una economía subjetiva particular. Una en la cual de lo que se trata no es de regresar a una estabilidad inicial que nunca existió, sino de poner en práctica tácticas que, gracias a diversas formas (evitamiento del estigma, vergüenza, ocultamiento, orgullo) permitan seguir manejando -y por ende lidiando efectivamente-, contra la vulnerabilidad (y no «salir» de ella). El actor tiene, en medio de esta situación y dado su horizonte de posibilidades, «buenas razones» para escoger estas tácticas en detrimento de otras estrategias que, desde el «exterior», y desde un punto de vista normativo, parecen ser más «racionales» o «eficaces». El sujeto vulnerable, para resistir tiene que inventar en medio de la tensión y el conflicto del día a día. El manejo del riesgo puede ser comprendido así como una forma de poder, subrepticio y disruptivo, de evitar el camino inminente a desmejorar, aún más, las condiciones de vida.

Notas

1 Agradecemos los comentarios de Danilo Martuccelli, parala versión final del presente trabajo.

2Un ejemplo de ello se refleja en las cifras de cotizaciones de las cuentas de trabajadores individuales de las AFP. En estos datos destaca que sólo un 11,39% lo ha hecho con regularidad, todos los meses, alo largo de su vida laboral, siendo una gran proporción quienes realizan la mitad o menos del tiempo (dos tercios) o menos de un mes de cada cinco (un tercio). La imagen que surge de las cifras es que la fuerza de trabajo casi en su totalidad entra y sale constantemente de diferentes empleos formales de muy corta duración; componiéndose de asalariados muy precarios que trabajan por cuenta propia o informalmente (Riesco, 2009).

3 La línea de pobreza se calcula a partir del ingreso individual que debe percibir una persona para costear un mínimo de satisfactores que cubra sus necesidades básicas (alimentarias y no alimentarias).

4 Proyecto Fondecyt de Iniciación N° 11090364, Mediaciones subjetivas en tácticas de enfrentamiento del riesgo, de miembros no jefes de hogar, pertenecientes a familias vulnerables urbanas de la Región Metropolitana, Investigadora Responsable : Catalina Arteaga A.

Proyecto Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo, Universidad de Chile DI-SOC 08/19-2, Tácticas y mediaciones subjetivas: enfrentamiento de situaciones de riesgo socioeconómico en familias urbanas vulnerables de los quintiles II y III. Una aproximación desde el discurso de los/as Jefes/as de familia. Investigadora Responsable: Sonia Pérez T. Las investigaciones se basan, fundamentalmente, en la realización de entrevistas en profundidad a jefes de hogar y parientes, de familias de quintiles II y III de distintas zonas de la Región Metropolitana.

5 En un intento de explicitar más claramente nuestro enfoque, el análisis que realizamos busca articular dos niveles indisociables en las experiencias y prácticas sociales: el conocimiento y reconstrucción del contexto estructural en el que se sitúan los actores con las vivencias y experiencias de éstos en relación con ese marco en el que están insertos. Como señala Martuccelli (2007), « Comprender y explicar a un actor consiste en inteligir su acción insertándolo en una posición social ». « De lo que se trata es de construir interpretaciones susceptibles de describir (…) la manera cómo se estructuran los fenómenos sociales a nivel de las experiencias personales ».

6 Por activos se hace referencia al conjunto de recursos materiales e inmateriales que los individuos y hogares movilizan para mejorar su desempeño económico y social o para evitar el deterioro de sus condiciones de vida o disminuir su vulnerabilidad (Filgueira, 1999, p. 166).

7 Para una revisión crítica sobre los estudios de estrategias familiares, véase Arteaga, 2007.

8 Es para nosotros claro que además délos significados y la subjetividad, existen otros elementos que pueden orientarlas prácticas sociales, vinculados, por ejemplo, a principios cognitivos ajustados a las urgencias de contextos y de situaciones (Joignant, 2004, p.157).

9 Castel (2009) señala a la desafiliación como el proceso a partir del cual el individuo se encuentra disociado de las redes sociales y societales que permiten su protección de los imponderables de la vida La desafiliación sería un recorrido diverso y accidentado de vulnerabilidades (dinámico a diferencia del concepto de exclusión que señala como estático).

10 Las investigaciones se orientan al análisis de las experiencias y acciones que las familias han desplegado, frente a crisis socioeconómicas en los últimos dos años.

11 Por ejemplo, en el caso de las percepciones y acciones de los agentes en el campo político, Joignant (2007) realiza un interesante análisis que se desmarca del dominio de la teoría de la elección racional, para comprender la competencia política, enfatizando en la idea de una relación menos racional de los sujetos con lo político, como ha sido analizado de manera preponderante en las Ciencias Sociales.

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Artículo recibido el 2 de abril de 2011. Aceptado por el Comité Editorial el 15 de septiembre de 2011.