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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum v.22 n.2 Talca  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762007000200018 

 

Revista Universum Nº 22 Vol.2: 278-284, 2007

ENSAYOS

 

Dónde estamos. Enfoque crítico de la Comunidad Sudamericana de Naciones

 

Carlos Alemián (*)

(*) Profesor de Filosofía. Autor de diversos libros y artículos sobre pensamiento en América latina.


El inestable y variado bloque histórico hoy llamado América latina asumió nombres cambiantes a lo largo de los siglos, en virtud de la capacidad apelativa de los poderes hegemónicos a los cuales ha estado sucesivamente sujeto.

En general, la imposición del nombre es una función ideológica de la dominación, sea exógena o endógena. Su correlación histórica, lo mismo que la ambigüedad que afecta a la identidad en los períodos de crisis, responde al orden dinámico y estructural que da lugar a la denominación.

Según este supuesto, la reciente constitución de la Comunidad Sudamericana de Naciones1 emana de un impulso contrahegemónico que se afirma según su propio alcance, recortando al mismo tiempo el campo de la situación latinoamericana y afectando su concepto. La iniciativa, fundada en las oportunidades de crecimiento económico que presenta el orden global, supone inoperante o más declarativo que ejecutable el ideal cultivado desde la Independencia, que cubre toda América con excepción de los Estados Unidos y el Canadá. Esta postura geopolítica tradicional tiene correlatos no sólo históricos y culturales, sino también sociales y económico-estructurales, referentes a la situación periférica compartida. No se trata de una mera proclama de políticos y ensayistas, puesto que el concepto de América latina fue canonizada por la Comisión Económica para la América Latina de la ONU desde su creación, en 1948.

El proyecto sudamericano está imbuido de realismo geoeconómico y político. Apunta a una inserción ventajosa en los mercados mundiales, con el liderazgo del Brasil y el apoyo de la Argentina, con participación del resto de los países del Mercosur, Chile y la Comunidad Andina de Naciones. Brasil es coherente con una postura afirmada desde el siglo XIX, pero la Argentina, Chile, Venezuela y otros países deberían relegar de hecho la fundada tradición de solidaridad e integración continental.

Se puede argüir que no es cuestión sólo de ideas, sino también de los alcances del poder para realizarlas. Sin embargo, la prioridad concedida a grandes emprendimientos infraestructurales relega o ignora cuestiones de fondo, con el riego de reproducir y multiplicar en la región las asimetrías y marginaciones propias del orden global en el cual se intenta una integración ventajosa, según sus reglas.2 La Comunidad invoca a los próceres de la Patria Grande y declara altos principios, compatibles con los latinoamericanistas, pero ellos corren el riesgo de ser considerados "utópicos" en el mal sentido de ideologismo.

El nombre acordado de "Comunidad Sudamericana de Naciones", o aun el propuesto de "Unión Sudamericana" excede los límites del proyecto. Lo que se aprobó en la reunión constitutiva del Cusco en diciembre de 2004 se dirige de hecho a la ampliación de la zona de libre comercio a que está reducida la pretensión actual del Mercosur.

En realidad la iniciativa se halla afincada en una relación coyuntural de fuerzas, y no debería afectar la visión estructural, que toca a América Central, el Caribe y México también. La limitación geopolítica equivaldría a abonar la estrategia de dominio y de ruptura regional expresada hace un tiempo por las ya clásicas tesis de Samuel Huntington.

Aun si se considera el caso un esfuerzo de crecimiento como bloque interno de América latina,se trata de un recorte no sólo geográfico, sino también de la fundamentación y la densidad conceptual de la unidad latinoamericana, con referencias postizas a este marco, a pesar de las ventajas inmediatas y de la novedosa inclusión, aunque condicionada, de Guyana y Surinam.

No se puede ignorar la fuerza hegemónica de los Estados Unidos, que gravita en particular sobre México, América Central y el Caribe. Pero la resistencia y la lucha que se le opone surgen de raíces y utopías compartidas con el Sur. La sólida producción intelectual liberacionista, los pioneros esfuerzos revolucionarios y cerca de medio millón de caídos alrededor de los años 80 en Guatemala, Nicaragua y El Salvador son claro testimonio del compromiso por la independencia. Queda también fuera de cuadro Cuba, de Martí al Che Guevara.

¿Por qué entoncesabandonar ese campo, que nos es propio, y cambiar de paradigma? Las cifras económicas que se proyectan en favor del pacto sudamericano3 no implican un vuelco estructural en relación con los países más próximos al influjo del poder del Norte. Y la ilusión de construir el bloque está desde el comienzo erosionada, merced a la política de presiones puntuales que lo desgranan. Si el Mercosur avanza sin progresar, esta proyección continental puede multiplicar las trabas y problemas. Al margen de los auténticos planes endógenos que algunos gobiernos logren aplicar en este nuevo formato, la ubicación de nuestro mundo de vida en los límites geopolíticos de América del Sur es funcional a la presión de los intereses globales, que desplazan los esfuerzos teóricos y prácticos por cambiar la situación, cubriéndola con el crecimiento de las estructuras dependientes y la imagen encantadora de sus parámetros macroeconómicos.

En perspectiva histórica, el nombre fue desde siempre algo impuesto. Ya que el propósito de la aventura de Colón era la apertura del mercado de la India por vías expeditivas, la Corona española llamó Indias a los reinos descubiertos, a pesar de la pronta evidencia del error. Y se mantuvo el nombre hasta el fin del dominio, salvo la corrección por "Indias Occidentales", en el siglo XVI. Por añadidura todos los naturales, fueran semidioses incas o primitivos taínos o tupís, pasaron a caer bajo el rótulo universal de "indios". Así se transparentaba el sentido de la Conquista. Pero Europa acordó para la región un nombre vacío, el de América,4 cuyo contenido y provecho se definiría en cada caso según el alcance de las fuerzas. Pronto Portugal y luego Inglaterra, Francia y Holanda se lanzaron a la conquista de estas vastas extensiones.

El fraile Las Casas se lamentó de la injusticia onomástica;5 ¿por qué no llamar Columbaa las nuevas tierras, por Colón? Pero sólo se trataba del rótulo de la arena de las conquistas. Aunque las aventuras de esos países no alcanzaron dimensión continental como la de España, en el siglo XVIII las colonias inglesas se apropiaron del nombre de América, y del adjetivo "americanos", que para la Corona española no eran definitorios.

Al final del período colonial, con la ebullición de las ideas revolucionarias en la América hispánica, se comienza a utilizar esta expresión, o con cierta incomodidad la de América, que se confundía con el uso dominante, o del Sur, en oposición a la del Norte, lo mismo que América meridional, o bien Hispanoamérica, etc. Por un tiempo Miranda volvió a la propuesta de Las Casas aunque aplicada, como es lógico, sólo a los pueblos al sur del río Grande: los llamó "Colombia", como Bolívar u O'Higgins; pero pronto se volvió al antiguo repertorio.6 Estas vacilaciones respondían a la ambigüedad y variedad propias del período de alzamiento, que fue multicentrado y se extendió por varias décadas. En Monteagudo, Bolívar, Bello, Alberdi, Sarmiento las distintas denominaciones se entrecruzan. Como se trataba de un ideal republicano se excluía al Brasil, a la sazón un Imperio, por más que fue invitado al congreso anfictiónico bolivariano, lo mismo que los Estados Unidos. Ahí se omitió a Haití.

Además del citado congreso, efectuado en Panamá en 1826, se señalan en el siglo XIX tres importantes citas: la de Lima, de diciembre de 1847 a marzo de 1848, en tiempos de pleno expansionismo norteamericano a expensas de México; la de Santiago, de 1856, y de nuevo una limeña, en 1864-65, ante la ocupación española de las islas de Chincha, cuando al mismo tiempo se instalaba en México el artificioso imperio de Maximiliano, punto de apoyo de los proyectos de expansión francesa.

Estaba claro que la "América latina" pensada a la sazón desde París se oponía a la sajona, que mediante instrumentos tales como la ambigua doctrina de Monroe y la más patente del "destino manifiesto", aparte de la piratería, proyectaba su poder hegemónico sobre las débiles repúblicas liberadas de España.

Desde los viajes del economista Michel Chevalier (1834-36)7 se había afianzado la vaga idea de un fourierismo americano pero que no llegaba siquiera a encubrir el claro proyecto imperialista. Aunque Francia fracasó en imponerlo plenamente, logró no obstante una importante penetración ideológica, tal como se observa en el Ariel de Rodó, y en el afrancesamiento de las élites.

José María Torres Caicedo y Francisco Bilbao son sin embargo los primeros en hablar de "América latina",8 desde una perspectiva endógena y defensiva frente a las agresiones norteamericanas, que mientras se ganaba la antipatía de los pueblos del Sur lanzaba el proyecto panamericano. Siempre se lo resistió, lo mismo que a la Alianza para el Progreso y por fin el ALCA, que lo sucedieron a lo largo del siglo XX. Somos, a la defensiva, "América latina", a pesar de que otros nombres como Hispanoamérica, o bien Iberoamérica, siguieron en vigor, y también Indoamérica. Pero el diktat del poder inclinó los usos.

Por supuesto, la denominación no hace justicia ni a los indígenas, ni a los negros, ni a los caribeños y otra gente ceñida a la hegemonía holandesa y británica que comparte la situación. Pero no tiene sentido étnico, según lo explicó Aníbal Ponce en su proclama por "la Unión Latino-Americana", en 1923.9 Alineó la expresión contra el panamericanismo, el hispano u iberoamericanismo, lo mismo que el latinismo francés o italiano, rechazando las tutelas y "la peligrosa amenaza yanqui". Esta posición hace del nombre un señalador situacional, no racial, con clara dirección antiimperialista. Mariátegui, Ingenieros, Haya de la Torre, como antes Manuel Ugarte, le dieron a "América latina" el carácter de lema de un contrapoder en cierne frente al imperialismo. Y luego, el sentido dominante terminó siendo fijado por la CEPAL.

Ahora se adopta un tono positivo más que defensivo, y "en lugar de basarse en la contraposición y el antagonismo a otros bloques y regiones, la Comunidad debe explotar fundamentalmente -se dice- las virtualidades de los procesos de integración y de asociación internacional". Se supone, pero no se explica, que esta postura "contribuirá asimismo para el fortalecimiento de la unidad de toda América latina y el Caribe".10

Se arranca con un proyecto de integración de la infraestructura física sudamericana, a partir del acuerdo de los 12 países miembros sobre el desarrollo de estos ejes: 1. Mercosur - Chile; 2. Andino; 3. Interoceánico; 4. Amazonas; 5. Venezuela - Brasil - Guyana - Surinam; 6. Perú - Brasil - Bolivia; 7. Porto Alegre - Jujuy - Antofagasta; 8. Talcahuano - Concepción - Neuquén - Bahía Blanca; y 9. Orinoco - Amazonas - el Plata.11

El principal apoyo proviene del Banco Interamericano de Desarrollo, y comprende una participación preferencial del sector privado. Conocido por las siglas IIRSA, el plan se asienta en una fundamentación económica, y se resiente de una declarativa asunción latinoamericanista cuando de hecho se abandona la posición histórica tradicional. Pero como corolario de una profesión de principios ideológicos incoherente, ya se esbozan entre los países que forman la Comunidad dos líneas divergentes: la primera, que es la dominante, surge del interés estratégico de Brasil, la Argentina y Chile, dependientes como toda la región de la venta de su producción primaria y la explotación de su mano de obra por las multinacionales pero con capacidad de reproducción e invención tecnológica y con margen para cierta integración activa en los mercados;y la segunda, emanada del eje Caracas-La Paz, que se contrapone más claramente a la lógica global, se resiente de la idea de potenciar la reproducción asimétrica. Dueños de ricos yacimientos energéticos, estos países plantean un interrogante acerca de su modo de integración e influencia en el bloque.

El esquema proyectado es de utilidad ambigua: para las grandes corporaciones y sus cifras macroeconómicas, que ocultan la remesa extrarregional de los beneficios y una escasa reinversión, o para el Estado y la sociedad que reciben de modo clientelístico y dependiente una porción del beneficio de la explotación de los bienes, cuyo grueso emigra a otras zonas. Pero la ambigüedad se inclina siempre por el más fuerte cuando no está atravesada de resistencia a la asimetría.

Se buscó entroncar la integración requerida para este mercado con una idea de comunidad regional recortada a su medida, y se pasó así de IIRSA a la Comunidad Sudamericana de Naciones, según declaran los presidentes en la reunión de Brasilia del 30 de septiembre de 2005. En el documento final se afirma que la Comunidad afianzará la identidad sudamericana, lo cual contribuirá, junto con otras experiencias de unión regional y subregional, a la integración de los pueblos de América latina y el Caribe.

Aquí es donde aparecen problemas de compatibilidad, puesto que la identidad mentada se plantea a futuro, sin claro anclaje histórico. La apelación a una "identidad sudamericana" pone de relieve no sólo la endeblez del nexo con la tradición ideológica sino también la voluntad de "cierre" estructural integrado con el orden económico global. Una carretera transamazónica que enlace la zona atlántica con el Pacífico es buena cosa, especialmente para exportar producción primaria al Asia, pero las vías de sentido eferente no garantizan el desarrollo de los pueblos, según se muestra en la experiencia agroexportadora argentina que indujo el tendido de líneas férreas convergentes en el puerto de Buenos Aires (1860-1930), cuyos resultados fueron un gran crecimiento macroeconómico pero nulo desarrollo y distorsión integrativa.

En la última reunión de la Comunidad, en Cochabamba, hace unos días,12 afloraron las contradicciones entre el interés de los centros financieros, las corporaciones y los estados que bregan por un crecimiento económico apoyado en la lógica global de los mercados, por una parte, y representantes de pueblos excluidos o afectados por el progreso infraestructural orientado al exterior. Hoy América latina es la región del mundo donde la distribución de la riqueza es la más injusta, y una parte de los ingresos de los países se destinan a contener a los pobres y miserables. El resultado es clientelismo político y subdesarrollo garantizado, como secuela del crecimiento de las cifras económicas.

No se trata entonces de una mera cuestión de nombres ni sólo de recortes geográficos, importantes en sí, sino de la configuración de las fuerzas que participarán en el boom proyectado, que pueden hacer de la integración regional un espejo de su integración global, con actores del mismo cuño.

COROLARIO

A modo de síntesis y corolario se pueden plantear las siguientes consideraciones:

1. Se trata de un proyecto en esencia geoeconómico, fundado sobre la Iniciativa Infraestructural Regional de Sudamérica (IIRSA), que cuenta con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento y el Fondo Financiero para el Desarrollo de la Cuenca del Plata.
2. Comprende ejes de integración de infraestructura física sudamericana para facilitar básicamente la explotación y circulación de:

Recursos energéticos
Reservas de minerales estratégicos
Reservas acuíferas
Producción alimentaria.

3. La Comunidad se plantea en términos de una integración en la lógica económica global, en lugar de "contraposiciones y antagonismos", según se define el documento de Cochabamba de diciembre de 2006. Se ignora por ende la grave realidad de la diferencia, que no sólo atañe a la cultura sino a la débil posición estratégica de la región, con consecuencias económicas, políticas y sociales.
4. Se busca una convergencia comercial y una articulación económica intrarregional, sin mencionar la necesidad de una integración y desarrollo equilibrado.
5. Se alienta la actividad de las grandes empresas y corporaciones regionales o exógenas.
6. El emprendimiento supone la potenciación de la política de extracción de recursos primarios, explotación de mano de obra barata y marginación o exclusión de grandes masas de la población.
7. Se considera el antagonismo y la contraposición a los poderes de la globalización reacciones erradas nuestras (Cochabamba, 2006).
8. El acuerdo implica una asociación entre las corporaciones, que extraen capital destinado a otras regiones y circuitos de vida, y los gobiernos, que con el producido de impuestos y aranceles contienen las consecuencias de los marcados desajustes sociales de un sistema de poder económico y tecnológico expulsivo.
9. Reproduce y potencia las asimetrías intrarregionales (se puede citar como antecedente la actual experiencia del Mercosur, con dos socios principales que dictan las reglas).
10. Crecerán las cifras macroeconómicas, pero no se asegura el desarrollo. La infraestructura física que se proyecta en primer lugar servirá probablemente a la perpetuación del sistema (el caso de la traza de los ferrocarriles argentinos a la medida de los proyectos ingleses, durante los siglos XIX y XX, es un ejemplo relevante).
11. Esta Comunidad considera utópico el legado de los próceres y pensadores que bregaron por una América latina liberada. Lo hace en nombre de "la realidad apremiante de nuestro Continente" (Cochabamba, 2006).
12. Se adopta una posición ambigua: a) se valora el legado, se ubica a la Comunidad bajo el paraguas conceptual de una América latina utópica; b) se prescinde de la suerte de los pueblos latinoamericanos de Panamá al Norte.
13. El rechazo de la tradición latinoamericanista no es sólo por el interés pragmático inmediato, sino por principio: no se trata de resistir, sino de integrarse.
14. En tal opción, que no debería ser tajante, la Comunidad queda sin fundamento histórico, por la cual remite a la tradición en forma meramente declarativa.
15. Desestimando los factores históricos y estructurales (de situación estructural) que son comunes, se desgaja algo inalienable: la América latina septentrional, cuya historia y realidad son parte de las nuestras.
16. El desgajamiento es funcional a la política de dominio norteamericano sobre su denominado "patio trasero" e infiere serios daños a los pueblos comprendidos.
17. El pragmatismo que impulsa el proyecto, y su orientación doctrinaria ficticia, dan lugar desde el comienzo a que se esbocen en su seno las primeras diferencias. El eje Caracas-La Paz no está ciertamente imbuido del espíritu que se infunde desde Brasilia.
18. El rumbo incierto de la iniciativa se manifiesta en el campo cultural en la infundada idea de que se genere una "identidad futura" sudamericana (homogénea, digamos) diferenciada del resto de América latina (Cochabamba, 2006).

Por último, podemos responder a la pregunta que encabeza este trabajo: Estamos en América latina

 


1 La Comunidad Sudamericana de Naciones se formalizó en la reunión presidencial del Cusco, el 8 de diciembre de 2004, teniendo como antecedente el plan de acción propuesto a los mandatarios en Brasilia el 1º de septiembre de 2000 por el Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento y el Fondo Financiero para el Desarrollo de la Cuenca del Plata. Tal plan consistía en una "Iniciativa Infraestructural Regional de Sudamérica", que pasó a conocerse por la sigla IIRSA.

2 La construcción de carreteras, puentes, hidrovías; el desarrollo de las comunicaciones y las interconexiones energéticas, como las que se tiene presente, son de alto interés para las corporaciones privadas y deberían serlo para los pueblos. Pero si estos emprendimientos no están orientados al desarrollo endógeno sino al suministro de materias primas para el avance de otras naciones, se comprenden el recelo y oposición de organizaciones sociales y civiles.

3 Se prevén inversiones del orden de los 25.000 millones de dólares. Para reforzar la idea comunitaria se pone énfasis en que la región tiene "una masa económica mayor que la de Alemania y muy superior a la suma de México y Canadá" (Luiz Alberto Moniz Bandeira, diario Clarín de Buenos Aires, 18 de octubre de 2005). La Comunidad Sudamericana tendría un área de 17 millones de kilómetros cuadrados, 361 millones de consumidores, un Producto Bruto Interno (PBI) de más de 800.000 millones de dólares, exportaciones por valor de 188.000 millones de dólares, el 27 por ciento del agua dulce del planeta, 8 millones de kilómetros cuadrados de bosques, recursos en gas y petróleo para un siglo y el liderazgo mundial en muchos productos alimenticios.

4 Martin Waldseemüller, entendiendo mal una carta de Vespucio de 1504, le atribuye en su libro de geografía (1506) el descubrimiento, y por eso dicta: "América, como la tierra de Americus, por Américo, su inventor". En la aceptación europea hubo indiferencia o liviandad.

5 Fray Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, libro I, Cap. 139: Era más propio "que se llamara la dicha tierra firme Columba, de Colón, o Colombo que la descubrió, o la Tierra Sancta o de Gracia, que él mismo por nombre le puso, que no de Américo, denominarla América".

6 Arturo Ardao, "La idea de la Magna Colombia, de Miranda a Hostos", en Ideas en torno deLatinoamérica, México, UNAM-ODUAL, 1986, Vol. I, pp. 37 y sigts.        [ Links ]

7 Michel Chevalier, Lettres sur l'Amérique du Nord. Paris, 1837. América meridional es católica y latina, observa, mientras que la septentrional es protestante y anglosajona. Luego... Chevalier era fourierista, e imaginaba en un principio a la América meridional como lugar de realización de la utopía. Pero pronto surgieron las iniciativas del gran capital, entre ellas la de un canal interoceánaico. Todo ello fracasó con la frustración imperial.

8 Carlos Alemián, Nuestra situación latinoamericana. Buenos Aires, Editorial Precursora, pág. 96.        [ Links ]

9 Luis Campos Aguirre (Aníbal Ponce), "La Unión Latino Americana", en Renovación, Buenos Aires, abril 1923, p. 1.        [ Links ]

10 Documento final de la Comisión Estratégica de Reflexión de la Comunidad Sudamericana, 13/12/2006        [ Links ]

11 Según la iniciativa presentada y discutida por los presidentes de la región en Brasilia, el 31 de agosto y 1º de septiembre de 2000.

12 El 8 y 9 de diciembre de 2006.