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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum v.21 n.1 Talca  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762006000100020 

Revista Universum V21 Nº1:270-274, 2006

DISCURSOS

Ceremonia en homenaje al rector de la Universida de Talca, Prof. Dr. Álvaro Rojas Marín, con motivo de su alejamiento del cargo para asumir como ministro de Agricultura, 9 de marzo de 2006, Salón de honor Juan Ignacio Molina, Universidad de Talca.

 

Javier Pinedo

Director Instituto de Estudios Humanísticos


 

Me encuentro ante ustedes como representante del Consejo Académico, instancia que reúne a los Decanos y Directores de Institutos de la Universidad. El lugar, según el rector Rojas, que simboliza la inteligencia de la Universidad. No la única, por cierto.

Es difícil dirigirme a ustedes en nombre de todos los académicos, entre nosotros existen diversas visiones y opiniones y es bueno que así sea. No sé si los represento bien, otros trabajaron más cerca de Álvaro Rojas y podrían hablar con más propiedad.   Mi único mérito es haber asistido al Consejo Académico durante los últimos 15 años, casi todas las mañanas de los martes del año, a pensar la Universidad. Es evidente que al menos tengo el derecho que me otorga la perseverancia.

Ante estas dificultades, lo mejor es hablar de lo que uno sabe.

Decir que este es un momento de reconocimiento. Pero también un momento de detención breve para mirar lo realizado en estos años.

Esta es una universidad que tiene una historia y en la cual la presencia de Álvaro Rojas tiene un espacio muy importante, desde el comienzo de los años 90, en los que los académicos elegimos  un rector joven, de 37 años, probablemente el más joven de los rectores de su momento, cuando el rector Rojas asumió la rectoría en abril de 1991.

Junto a él, representamos una generación comprometida en levantar  esta universidad y ponerla en un pie de igualdad o superior  entre las nacionales. Una generación y un equipo significan muchas personas, en muchos ámbitos diferentes, y eso creo que somos.

Una generación que, en general, provenía de Santiago y que convergía en Talca, como un lugar de desarrollo personal que  para algunos fue un lugar de paso, y para otros una ciudad que lentamente se fue volviendo un hogar: el nacimiento de los hijos, el colegio, nuevos amigos, nuevos barrios, nuevos proyectos.

Una generación, probablemente la primera en la historia del país, que accedió masivamente al perfeccionamiento de postgrado en universidades extranjeras. Y, aunque algunos provenían de Estados Unidos y otros países de América latina, fue la universidad europea la que nos marcó: Alemania, Inglaterra, España, Bélgica.

Es decir, una generación signada por una visión mundial de los fenómenos locales, por el uso cotidiano de un segundo idioma, por la búsqueda de soluciones concretas a los problemas del país,  y una generación marcada por la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, que para muchos parecía algo tan imposible como ver a Nelson Mandela presidiendo el mismo país, Sudáfrica, en el que había permanecido  preso durante 27 años.

Un rector y una universidad que enfrentaban grandes desafíos, sociales y universitarios.

Nuestra Universidad comienza a vivir entonces un proceso que coincide  paralelamente al de la sociedad chilena: en ese mismo año se inicia el proceso que los historiadores denominan de "recuperación de la democracia", el que visto a 15 años de distancia nos llena de orgullo, pues Chile no tuvo ninguno de los descalabros que se anunciaban: no hubo inflación, ni quebraron las empresas, ni hubo que llamar a nadie para que impusiera el orden social.

Por el contrario, el país creció, las instituciones se pusieron en marcha, y hasta el presente nos sentimos orgullosos de lo realizado. Estos 15 años han sido reconocidamente  como los mejores de la historia de Chile. Y es  un legítimo orgullo declararlo y reconocerlo.   

Por otro lado, en los años 90, llegaban al país los debates intelectuales sobre un supuesto  "Fin de la historia", junto al cual se levantaba en forma natural una postmodernidad concebida como una etapa de descreencias ideológicas, en la que el sujeto moderno tradicional terminaba sus días y era reemplazado por un consumidor glotón e insaciable dominado por lo que Gianni Vattimo calificó como "pensamiento débil".

Algunos, siguiendo a un lejano Hegel, sostenían que el pensamiento había llegado a su fin y que, a lo más, lo que correspondía era abrir un gran museo en el que los paseantes irían a ver los descalabros de la historia pasada sin poder evitar los bostezos y el aburrimiento. A partir de ahora todo sería desarrollo tecnológico y modernidad liberal, concebida como un presente sin debates ni opositores a las prerrogativas de la individualidad.

Esta creencia llevó a algunos a pensar que Chile, definitivamente, había dejado atrás su barrio latinoamericano por lo que debíamos relacionarnos sólo con el mundo blanco, moderno, desarrollado. Europeo y norteamericano. "Bye, bye Latin America", se decía en los medios de comunicación de finales de los años 80. La misma época en que Arnold Harberger al descender del avión que lo traía de Estados Unidos, rodeado de un bosque de micrófonos y periodistas, a la pregunta de qué pensaba del milagro económico chileno, respondió: "En cincuenta años más conversamos".

Los ejemplos de algunos líderes de los países vecinos, Fujimori, Menem, Color de Melo, Salinas de Gortari, con su permanente incapacidad de asumir la modernidad,  no dejaban de avergonzarnos, y hacernos pensar que la transición española de Felipe González, resultaba más apropiada para nosotros: democracia, integración internacional, desarrollo económico.

Y, sin embargo,  la firma del TLC con los Estados Unidos, que sería la prueba definitiva de nuestro bautismo moderno,  nunca terminaba de llegar: un país muy pequeño con un escaso mercado, poca industrialización, escaso valor agregado,  en fin de cuentas, un país con universidades que no transformaban a sus egresados en líderes y ni siquiera en ciudadanos.

Por este mismo Salón Juan Ignacio Molina, vimos pasar a varios embajadores norteamericanos que nos aseguraban que el TLC estaba redactado y listo para firmarse, primero por el presidente  Bush padre y luego por el presidente Clinton, pero todos salíamos de la reunión sabiendo que no, que todavía no.

Por ese mismo salón de Honor, vimos pasar a José Donoso, que leyó una cita que justificaba plenamente su venida: "Joseph Campbell, dijo Donoso, quien afirmó que existe el hombre civilizado, sólo a partir del primer hombre que colocó la primera piedra encina de la tumba de su padre, para marcar el lugar donde murió y para la memoria".  Una frase que por alguna razón impactó al auditorio, incluso a aquellos que nunca habían leído ninguna obra de Campbell, ni habían escuchado su nombre con anterioridad. Una frase  cuyo análisis habrá que hacerlo en otra ocasión, pero que mostraba el hambre de literatura en una Universidad sin Humanidades.

Y por supuesto, vimos pasar en este salón a los inolvidables Nicanor Parra y Gonzalo Rojas, al ex presidente Patricio Aylwin, al entonces  ministro Ricardo Lagos, y otras personalidades representantes de una época que se buscaba a sí misma, su propia identidad, su manera de hacer la historia.

En este contexto esta universidad se propuso su modernización y al poco tiempo quedó en evidencia que lo más difícil era establecer una cultura en la que sus miembros se sintieran cómodos en los cambios que se propiciaban.

Una cosa eran los decretos y otra ponerlos en práctica.

Lo verdaderamente fascinante de este proceso es que hubo que hacerlo desde nosotros mismos: es decir, apelando a nuestra propia manera académica de gestionar la universidad.

Los académicos, o los intelectuales en general, que durante casi 20 años habíamos estado al margen, considerados como sinónimos de creadores de insensatas utopías y proyectos conflictivos de país, imagen que iba acompañada a la creencia  tan arraigada, hasta entonces, de que las empresas del Estado irremediablemente acogen a los peores y tienden a hacer una mala gestión; debimos mostrar que éramos  capaces de administrar con éxito la gestión universitaria.

También se equivocaron los que postularon que en Chile no cabían procesos modernizadores serios, que el fin del sujeto moderno era tan evidente en Talca como en el resto del mundo desarrollado.

Error, no hay tal fin de la historia, ni estamos en la era del vacío, ideológicamente hablando, ni en el  predominio de pensamiento débil. Ni el Estado es tan prescindible.

Vivimos en una sociedad humana concreta, que busca resolver desde sí misma sus conflictos.

En estos mismos años 90, en medio de una transición política que parecía interminable, fuimos testigos de los debates de destacados pensadores, como José Joaquín Brunner, Pedro Morandé, José Bengoa y Tomás Moulián, que buscaban responder a la pregunta por el estilo de sociedad que se estaba construyendo: para algunos vivíamos en una comunidad perdida, para otros el consumo nos consumía, y todavía algunos pensaban que la modernidad era imparable y ni siquiera podríamos imprimirle nuestro estilo.

Esos debates los trajimos al Instituto de  Estudios Humanísticos como una forma de conocer esos conceptos y  tomar una posición frente a ellos.  

Y no puedo dejar de mencionar que, en buena parte, fueron las enseñanzas de los profesores de humanidades de nuestro Instituto las que convencieron a nuestros estudiantes que se podía construir procesos de modernización en el diálogo, lo que contribuyó a que esta universidad se viera exenta de las tradicionales luchas estudiantiles. O al menos en parte fue por nuestros cursos.

De esta  manera hemos vivido desde la Universidad de Talca, lo  que sucedía en el mundo. El fin del siglo XX, y la llegada del año 2000, se ha caracterizado por una masiva imposición del proyecto moderno, tanto en su versión positiva: la búsqueda de la emancipación del individuo, como en la negativa, la depredación de la naturaleza y las comunidades locales,  a nivel planetario, como nunca antes.

Es decir, una universidad históricamente situada, y  en sintonía con  su tiempo.

En este contexto, el rector Rojas ha enfrentado la administración de una empresa compleja como la universidad,  con  inteligencia,  madurez y  enorme espíritu de trabajo, lo que ha permitido que esta casa de estudios haya llegado a ser un referente entre las nacionales. Para él, como para muchos académicos, la universidad se ha constituido en una institución que impregna su  vida en su totalidad.

Gracias a sus esfuerzos nuestra institución logró sobresalir,  mostrando que las instituciones de educación superior del Estado podían vigorizar sus acciones internas, así como extender su labor a la comunidad regional, recuperando la tradición de las universidades fundacionales del continente, y sentirnos herederos de los grandes maestros que hicieron posible no solo enseñar sino que levantar naciones. Romper  el círculo vicioso que señala que a países subdesarrollados corresponden universidades e intelectuales subdesarrollados, y viceversa.

La Universidad de Talca aceptó el desafío que imponía el nuevo escenario y se propuso poner en práctica un proyecto marcado por la excelencia, el liderazgo y la innovación; conceptos muchas veces generalizados sólo como palabras, que en nuestro caso intentaron traducirse en un proyecto designado para establecer nuevas áreas de conocimiento, revitalizar la docencia, incrementar la investigación, modificar y aumentar la infraestructura, internacionalizar la universidad, y dar respuesta a las demandas locales.

Hemos vivido con optimismo en las posibilidades de desarrollo no sólo de  la universidad en sí misma, sino también en el progreso de la comunidad que la circunda, debido al lugar privilegiado que ocupa la universidad, como portadora de un modelo de mejoramiento social y cultural, convencidos que el verdadero desarrollo moderno se mide en educación, en salud, en participación política, en cultura. Es sobre la base de estos conceptos con los que se construye un modelo de reflexión sobre el mundo actual y sobre nuestra universidad.

En las próximas semanas,  como es sabido por todos, nos enfrentaremos a una importante decisión - la elección de un nuevo rector - en la que no podemos perder lo mucho que hemos ganado, pero igualmente es legítimo reconocer lo que nos queda por andar, camino en el cual, las enseñanzas del rector Álvaro Rojas serán una guía fundamental.  

Rector, seguramente usted va a escuchar muchas palabras en estos días, tanto de despedida,  como de  bienvenida. Es difícil buscar una palabra que usted recuerde más allá de la contingencia de esta celebración. Si me pidieran encontrar esa palabra, que usted pueda recordar de los académicos de la Universidad de Talca, le pediría que recuerde que para nosotros, usted se portó, moralmente, como una buena persona.  Usted supo escuchar, aconsejar, dirigir. Llévese esta imagen de nosotros.