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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.80 Santiago nov. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952011000300018 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2011, Número 80, 273 - 275

IV. RESEÑAS


Pedro Lastra. Baladas de la memoria. Selección de Irene Mardones y Miguel Gomes.

Valencia: Pre-Textos, 2010, 110 pp.

 

La poesía de Pedro Lastra ha llegado a sus lectores, dentro y fuera de chile, con una periodicidad no ansiosa pero sí regular: Traslado a la mañana (1959), y éramos inmortales (1969), Noticias del extranjero (1979), Canción del pasajero (2001). Paralelamente van apareciendo antologías, o selecciones (1984, 1998, 2002 2003, 2005), y también traducciones al inglés (1991) y al griego (2001). El 2008 se publica en Santiago Pedro Lastra. Obras selectas, una selección amplia que incluye esta vez tanto poesía como algunos de los textos críticos fundamentales de Lastra sobre poetas y narradores latinoamericanos.

La más reciente "noticia del extranjero" que nos ha llegado de su poesía viene esta vez de España, con el título de Baladas de la memoria. Una selección de sus poemas, con inclusión de textos inéditos, hecha por Irene Mardones y Miguel Gomes, y publicada en España, en 2010, por la prestigiosa editorial valenciana Pre-Textos. La selección de estos poemas es doblemente atinada: no solo por sus atributos estéticos sino también porque ponen en juego los recursos y los temas, las formas en definitiva, con las que el lector ha asociado la poesía de Lastra. Por lo tanto, representan un corpus textual perfectamente idóneo para dar cuenta, en esta rápida reseña, de algunas de las propiedades de la poesía de Lastra que no pueden omitirse en cualquier intento crítico por definir su identidad.

Esta nueva selección incluye más de 80 poemas, casi todos muy breves. Voy a suponer que el título bajo el cual se publican es del autor y por lo tanto me siento autorizado para atribuirle a él, ahora como lector de sí mismo, la propuesta de lectura como atribución de sentido contenida en el título. En él se dice de los poemas, que son "baladas". La música nunca ha estado ausente de la verdadera poesía, pero la música no es algo homogéneo, uniforme: dentro de ella, como en la lengua y en las diversas artes, existen los "géneros". Los poemas, atendiendo a su propia fisonomía verbal, a su entonación, a la clase de palabras que incorporan, etc., pueden aproximarse metafóricamente a uno u otro género musical. Lastra elige el de la balada. ¿Por qué no el de la "canción", como Neruda en Canción de fiesta, o Parra en Canciones rusas, o Pound en Cantos pisanos? ¿O el de la "tonada", como en muchos poemas chilenos? Pero Lastra está en lo cierto: la "balada" es el género musical que mejor traduce la identidad de sus poemas1: también en éstos el lector percibe una melodía en sereno control de sí misma, nunca interrumpida o quebrada con violencia, que fluye de modo relajado, con el aire de lo cotidiano de ahora y de siempre, de lo doméstico y a la vez universal.

La segunda palabra anotada en el título es "memoria": "baladas de la memoria". No cabe aquí poner en la balada el punto inicial de una lógica poética que, en su movimiento, termina haciendo de la memoria su domicilio, o mejor, su "escenario". El movimiento es más bien al revés: es una memoria la que descubre en la balada su clave musical, la melodía de su enunciación. ¿Memoria? Sí, el registro íntimo, personal del tiempo. No de todo el tiempo, sino de un tiempo recortado, con sus propios límites y horizontes. Pero no tampoco de cualquier tiempo, sino de "mi" tiempo: un tiempo situado, particular, tanto biográfico como histórico. ¿Cuál sería en Lastra este tiempo situado que la memoria registra, y cómo es que esta memoria, para enunciar su tiempo, ha tenido que acogerse al formato musical de la balada, con todas las consecuencias que esta elección tiene para el lenguaje y su distribución en los poemas?

Lastra (nacido en 1932) forma parte de un grupo de poetas chilenos nacidos en torno al año 1930, un poco antes o un poco después: Enrique Lihn (1929), Efraín Barquero (1931), Jorge Teillier (1935). Es la década del 50 cuando aparecen las primeras publicaciones de estos poetas, es decir, cuando comienzan a hacerse públicas sus primeras definiciones poéticas. Como ha sido la regla en la historia de la poesía moderna, tales definiciones han sido las respuestas singulares, diferenciadas, frente, por un lado, a las propuestas poéticas, ya elaboradas o en proceso, con las que se encuentran dentro de la poesía chilena (pero también fuera), y por otro, al estado político de la sociedad chilena (latinoamericana, mundial), es decir, de los problemas comunitarios planteados, de las expectativas puestas en juego.

con respecto a lo primero, el grupo al que pertenece Lastra se abre plenamente a lo que traía consigo, de manera además programática (que por lo demás era una dimensión de las vanguardias históricas), la "antipoesía" de Nicanor Parra: el mundo de lo cotidiano, hasta entonces mediatizado por la poesía anterior, incluso mitificado (en sentido poético). Cuando digo mundo cotidiano, hablo en verdad del tiempo cotidiano. El tiempo vulgar de todos los días, el de la vida y de la muerte. El que deja a la vista, con la grandeza de su precariedad, el rostro transitorio de las cosas (el de su presente desde donde imaginamos su pasado, su futuro), pero también las ansiedades y las utopías colectivas, que no son sino las de este mismo tiempo. cada uno de los poetas de este grupo toma posición ante el tiempo y los lenguajes que lo hablan, que son los que marcan su momento, definiendo, en el diálogo, los propios. En la poesía de todos ellos el tiempo que les ha tocado no es el del deseo: es el de la falta, de la ausencia, y cada uno entonces construye el gesto poético (y político a la vez) con el que "se enuncian" en su "enunciación" (Benveniste).

El gesto de Lastra, el de su "memoria" del tiempo situado, cotidiano, histórico, es, lo anticipé, el que puede asociarse con el gesto musical de la "balada". Un gesto el suyo, el de Baladas de la memoria, que si bien declara su extrañeza en el tiempo, no se deja atrapar por la nostalgia de lo perdido, como Teillier, ni por la épica del futuro, como Barquero, ni, tampoco, por una opción sin salida, dramática, con elementos autodestructivos, como en Lihn. El gesto de Lastra en cambio (tal vez el más "posmoderno" dentro de su grupo) es el de una abstención. Las palabras del poema "curso y recurso" son una exhortación justamente en este sentido:

"Dejen actuar al viento:
su presencia sin rostro en el centro del cielo.

Desciende hasta nosotros
Y anuncia destrucciones o da la bienvenida.

El viento de la historia. Nos dice
Que él tiene sus razones.

Dejen actuar al viento:
él sabe lo que hace.

Esta abstención sin duda está en una línea de coherencia, o de correspondencia, con el estilo inconfundible del verso de Lastra: el de un ritmo tranquilo, pausado, sin quiebres emocionales, el de una palabra común, cotidiana, sin términos extemporáneos, y una entonación cargada de emoción contenida. Ahora bien, no corresponde interpretar el "dejen actuar" el viento de la historia como un retiro para asumir la condición de meros espectadores de la historia, de sujetos entregados a la menudencia azarosa del día tras día, ciegos y sordos. La lectura de los poemas de Lastra, por el contrario, revela que detrás de su exhortación a "dejar actuar" el viento de la historia, hay otra, implícita para el lector, que constituye una invitación a reconocernos en el tiempo, cualquiera sea la dirección del "viento", como sujetos incompletos, divididos, habitantes de un tiempo cotidiano donde asistimos a la evidencia de nuestra propia ausencia, de que nunca llegaremos a la tierra prometida, o, más exactamente, de que siempre llegaremos tarde, para tener que decir: "Llegué tarde, no tengo / nada que hacer aquí" ("Puentes levadizos").

Por eso, el sujeto de los poemas de Baladas de la memoria, como figura del tiempo cotidiano, se nos aparece con una identidad brumosa, la de los sueños, una identidad, no inestable sino incierta, donde somos el otro de nosotros mismos, nuestra propia sombra. Así lo dice el poema "Homenaje a René Magritte": "Veo la sombra de mi cuerpo /al otro lado de la pared". Siempre hay una "pared" que confirma nuestra "incompletud" (Bataille), que nos separa de nuestros deseos, que nos hace incluso ser felices viviendo días que no han llegado, que solo hemos presentido, imaginado: "Enrique Lihn, amigo de los mejores días / (esos que no llegaron" ("Relectura de Enrique Lihn"). La poesía de Lastra registra esta condición humana. El sujeto que enuncia no se rebela ante ella, no grita: la acepta en silencio. El silencio impregna, como una niebla transparente, el verso: sus palabras, su ritmo y los breves e intensos mundos que de él surgen.

Baladas de la memoria vuelve a instalar en el lector una renovada convicción crítica: dentro de la poesía chilena contemporánea, la voz poética de Pedro Lastra, de perfil inconfundible, tiene un lugar seguro.

 

NOTAS

1 Aun cuando él mismo haya usado antes la palabra "canción" en el título de uno de sus poemarios (Canción del pasajero).

 

Leónidas Morales T.

Universidad de Chile