SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número80EXPERIENCIAS DE CORDILLERA, ECOS DE FRÍO: RELATOS CRUZADOS ENTRE CHILE Y QUITO EN EL SIGLO XVI"EN ZURITA, VAN A APARECER LAS RUINAS, PEDAZOS DE POEMAS ANTIGUOS: Entrevista a Raúl Zurita " índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.80 Santiago nov. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952011000300013 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA Noviembre 2011, Número 80, 243 - 252

III. DOCUMENTOS

HOMENAJE A LA COLUMNA VERTEBRAL

Joseph Brodsky

INTRODUCCIÓN1

Exiliado en Estados Unidos desde comienzos de la década del setenta, el poeta ruso Joseph Brodsky (1940-1996), adquiere en 1977 la nacionalidad norteamericana. Al año siguiente, una década antes de recibir el Premio Nobel, asiste como miembro de la delegación de Estados Unidos a una reunión internacional del PEN Club, en Río de Janeiro, Brasil, reunión a la que asiste también Mario Vargas Llosa. "Homenaje a la columna vertebral" es la crónica de esa experiencia y de su primera y probablemente única visita a Latinoamérica.

Una lectura superficial encontrará en este "Homenaje", además de la geografía vegetal, arquitectónica y humana de Río de Janeiro, algunos prejuicios eurocéntricos, incluso misóginos y hasta racistas. La crónica, empero, es, a la vez, mucho menos y también mucho más que eso. Menos, porque proferidas con desparpajo, las referencias peyorativas a Brasil y a los latinoamericanos surgen de un Brodsky que también se autoinmola y a la Europa o a la Euro Asia (como él la llama) de la que proviene, un Brodsky que llega a sugerir que toda la cultura europea, con sus iglesias góticas, barrocas y rococos responde a la nostalgia por haber perdido el bosque en los acantilados del Mediterráneo, vale decir, es un placebo por la naturaleza que emigró a América. En cuanto a los personajes, los europeos (desde la cosa sueca hasta una búlgara, alemanes y algunos congresistas que parecen sacados de un cuadro de Hieronymus Bosch) rivalizan en lo grotesco con los personajes brasileños y latinoamericanos o con el socialismo chic de algunos delegados africanos. Los prejuicios de Brodsky son por lo tanto manifestaciones de un escepticismo radical ante todo lo que huela a filiación colectiva, sea esta nación, continente, política, congreso académico, género, raza o lo que venga, escepticismo que tiene su contrapartida en su fe en la poesía como oficio, y como forma suprema del lenguaje y de la locución humana. La poesía, decía Brodsky, "es el único seguro de que disponemos contra la vulgaridad del corazón". Esta fe, casi absoluta, lo emparenta con sus poetas predilectos: Rilke, Pound, Kavafis, Ajmatova, Walcott.

Sus opiniones deben por ende ser tomadas con pinzas (tal como las tomaba él), sin olvidar que esta mezcla de pasión por la rigurosidad del oficio, de irreverencia agresiva acompañada de gestos de autoinmolación, nos habla también de la finitud humana y del perdurar; es la voz de alguien que no está dispuesto a acomodarse ni a usar máscaras (actitud que lo emparenta con Bolaño: a uno se le escapaba la vida por el hígado y al otro por el corazón). Su "Homenaje a la columna vertebral" es, entonces, muchísimo más que el recuento escéptico y pleno de ironía de un congreso literario, o de una visita a Latinoamérica. En el trasfondo de esa peripecia late otro registro y otra energía mental: la que se vincula con los aleteos de la horizontalidad y de la muerte; con el exilio y la carencia de refugio seguro, de esa guarida que en última instancia, cuando se tiene una enfermedad a fecha (como la que padecía Brodsky), no es ni más ni menos que la propia vida. Además de un viaje geográfico, el de Brodsky es un viaje subterráneo, existencial y metafísico. Una crónica lúcida y desgarrada que el lector avezado podrá, entonces, complementar con algunos de sus mejores poemas que transitan por este mismo registro. Esa es la motivación de fondo que nos indujo a traducir este "Homenaje"2.

HOMENAJE A LA COLUMNA VERTEBRAL (VIAJE A BRASIL)3

Da lo mismo si el día ha sido un día magnifico o inútil, al final de la jornada uno termina siempre estirándose en su cama, y ya no es ni mono, ni pájaro, ni humano, ni siquiera un pez. La horizontalidad es en la naturaleza una cualidad geológica, tiene relación con antiguos depósitos, está dedicada a la columna vertebral y se proyecta hacia el futuro. Lo mismo, a grandes rasgos, sucede con las crónicas y los recuerdos de viaje. La conciencia -como si estuviera de espaldas- se prepara más bien para dormitar y no para defenderse ni para arreglar cuentas con la realidad.

Escribo de memoria. Viajé a Brasil. En verdad: ¡ni siquiera viajé! Simplemente me subí a un avión a las nueve de la noche. Desorden absoluto en el aeropuerto. Varig sobrevendió su vuelo, lo que ocasionó pánico, como en los ferrocarriles. El personal (brasileño) es torpe e indiferente, se nota que se trata de una empresa que ha sido nacionalizada por el Estado, y ellos son simples funcionarios. El avión está repleto. Una criatura no para de desgañitarse, el respaldo de mi asiento no funciona. Durante toda la noche estuve despierto, en posición vertical, a pesar de que tomé un remedio para dormir. Y eso que volé desde Londres solo hace 48 horas... un calor sofocante ... etc. Para complementar ese etc., en lugar de nueve horas de vuelo resultaron doce. Con la excusa de la neblina aterrizamos en Sao Paulo, pero la verdad es que la mitad de los pasajeros tenían pasaje para la ciudad de Sao Paulo.

Del aeropuerto hacia el centro el taxi vuela por el lado derecho de un Río de Janeiro repleto de barcos y grúas portuarias. Además, por aquí y por allá se vislumbran fumarolas con forma de géiser. Por un lado había barcos y puertos, y, por el otro, cada 100 metros, grupos de muchachos color chocolate jugando a la pelota.

Hablando sobre fútbol, al ver como conducen aquí los automovilistas, no es extraño el éxito brasileño en ese deporte. Con ese tipo de conducción lo que realmente llama la atención es la enorme cantidad de población que sobrevive. El conductor brasileño es una mezcla entre Pelé y Kamikaze. Además, lo que salta a la vista es el total dominio de pequeños Volkswagens o escarabajos. Parece ser la única marca de automóviles que existe en el país. De vez en cuando se ve un Renault, un Ford o un Peugeot, pero en clara minoría. Todos los sistemas de teléfonos son Siemens o Shukert. De una manera u otra, los alemanes están aquí arriba del caballo (como dijo Franz Beckenbauer: el fútbol es lo más importante entre las cosas no importantes).

Nos alojaron en el Hotel Gloria, antigua construcción de catorce pisos con un curioso sistema de ascensores que exige constantemente cambiar de uno al otro. En una semana que pasé en el hotel me acostumbré como si estuviera en las entrañas de un pulpo. En cierto sentido, el Hotel Gloria resultó mucho más entretenido que el mundo exterior. La parte que yo pude ver de Río de Janeiro me da la impresión de una ciudad monótona, en el sentido de la construcción y planificación, y en el sentido de su riqueza y su pobreza. Una franja de tierra de dos a tres kilómetros entre el océano y los cerros está toda cubierta de construcciones al estilo idiota de Le Courbussier. Los siglos XVIII y XIX están completamente ausentes. En el mejor de los casos, usted puede tropezar con algún resto de fines del siglo XIX, con su típico estilo surrealista de balcones, arcadas, escaleras, torreones y el diablo sabe qué más. Pero son muy escasas. También son escasos los pequeños hoteles de tres o cuatro pisos en las calles traseras, aquellas que dan la espalda a los gigantescos edificios estucados; callecitas que escalan en ángulos de 75 grados y que terminan en bosques siempre verdes, una verdadera jungla. En estas calles y en pequeñas villas -la mitad de ellas arrendadas- vive la población local, en su mayoría trabajadores de servicios turísticos. Miserables y algo desesperados, pero conformistas y no muy rebeldes con respecto a su destino. Aquí, en la tarde, cada diez metros, nos invitan a fornicar y, según la declaración del embajador de la República Democrática Alemana, las putas en Río de Janeiro no toman dinero o, en el mejor de los casos, no pretenden recibirlo y se extrañan mucho cuando el cliente desea pagarles.

Y parece que su alteza tenía razón, no tuve posibilidad de comprobarlo, ya que, como se dice: desde la mañana hasta la noche, estuve ocupado con una delegada sueca que en su pelaje y carencia de talento me recordaba a K.X., con la única diferencia que la otra no era ni patuda ni sicópata (pero, en realidad, yo también en esa época era más joven y una mejor persona) y si K.X. no me hubiese presentado al prometido que el destino le asignó, y al encolerizado retoño de ambos, creo que habría terminado por superar su mediocridad y su ausencia total de talento). Al tercer día de mi estadía en Río de Janeiro, y al segundo de estos juegos suecos, nos fuimos a la Playa de Copacabana, donde mientras tomábamos sol me sacaron 400 cruzeiros además de mi querido reloj, regalo de Liz Frank, años atrás, en Massachusetts. El robo fue perpetrado de manera extraordinaria, y como todo lo que hay aquí, con participación de la naturaleza, en este caso, con la colaboración de un perro pastor jaspeado que paseaba por la playa y que, por instigación de su dueño, que estaba lejos, arrastraba hacia un lado los pantalones de los turistas. Obvio que el turista no iba a sospechar de un ser de cuatro patas: "es solo un perrito que anda por ahí jugueteando". En ese preciso instante el bípedo está destripando los pantalones, dejando humanamente solo un par de cruzeiros para que uno pudiese regresar en bus al hotel. Después de esa experiencia no osaría experimentar con la población local, ni hablar de eso, a pesar de todo lo que aseguraba su alteza, el embajador de la República Democrática Alemana, mientras en la recepción nos servían un líquido de elaboración propia que producía efectos y brillaba con los colores del arco iris.

Las playas de Río de Janeiro son por supuesto formidables, cuando el avión empieza a descender se percibe que todo el borde de Brasil es una continua playa que probablemente continúa hasta la Patagonia. Desde la altura del Corcovado, el cerro que domina la ciudad y que se corona con una estatua de Cristo de veinte metros (regalada ni más ni menos que por Mussolini) abre la vista a tres playas: Copacabana, Ipanema y Leblon y muchas otras que se extienden al norte y al sur de la ciudad. En los pies de infinitas cadenas de cerros se amontonan blancas junglas de hormigón. En un día despejado, uno queda con la impresión de que, comparados con esa visión, los más espectaculares sueños no son más que frutos miserables de una poco desarrollada imaginación. Temo que un paisaje equivalente al que vi acá no exista en parte alguna.

Todo lo que yo cuento, por definición, no sale de los márgenes de una primera impresión, ya que estuve en Río de Janeiro solamente una semana. Considerando eso puedo afirmar que la ciudad es un lugar abstracto. Una ciudad de la cual uno no puede tener recuerdos aunque viva en ella toda la vida. Para los europeos, Río es una encarnación de la neutralidad biológica. Ni una sola fachada, ni una sola calle les va a despertar su imaginación, es una ciudad del siglo XX, nada de victoriana, tampoco de colonial, con la sola excepción, yo creo, del edificio del desembarcadero de pasajeros, que parece a la vez la Catedral de Isaac y el Capitolio de Washington. Gracias a esta ausencia de cara (cajas, cajas y más cajas) y a su carácter impersonal, y gracias a las playas que en su escala y generosidad son equivalentes solo al océano, gracias también a la intensidad de la vegetación local, y a su incoherencia con respecto a aquello que está acostumbrado el europeo, Río de Janeiro da la impresión de una fuga de la realidad tal como nosotros acostumbramos a percibirla. Toda la semana yo me sentí como un ex nazi o como Arthur Rimbaud: todo está atrás y todo está permitido.

Tal vez la cultura europea en su totalidad, con sus iglesias góticas, barrocas y rococó, con sus recovecos, pilastras y gárgolas, representa simplemente la angustia del macaco por haber perdido para siempre el bosque. Parece demostrativo que la cultura, tal como la conocemos, floreció precisamente en el mediterráneo, en un lugar en que la vegetación empieza a cambiar como si se cortara en los acantilados sobre el mar, antes de emprender el vuelo o la fuga a su verdadera patria.

En lo que se refiere al Congreso del Pen Club, fue un evento temerario en su aburrimiento, falta de contenido y ausencia absoluta de relación con la literatura. Mario Vargas Llosa y tal vez yo, éramos los únicos escritores en la sala. Al principio yo simplemente decidí ignorar todo ese absurdo, pero cuando uno tiene que encontrarse cada mañana con delegados (y delegadas, de hecho delegadas francamente repugnantes), en el desayuno, en el hall, en los pasillos, etc.. , todo eso poco a poco empieza a tomar rasgos de realidad. Al final yo luché como león a favor de una sucursal del Pen Club para escritores vietnamitas en el exilio. Llegó a tanto mi emoción, que en un momento las lágrimas me impedían hablar.

Más tarde se formó un octaedro: Ulrich Von Tirn con su esposa, Fernando B. (con su esposa), Tomás (sueco) con una dama danesa y Samantha (un triángulo, en su caso, escandinavo) y yo con mi sueca. Y por ahí un par de alemanes semiborrachos y semilocos. En esa compañía anduvimos vagando de bar en bar. Tomábamos y comíamos. Cada día nos topábamos al desayuno en la cafetería del hotel o en el hall y nos hacíamos la misma pregunta: ¿qué vamos a hacer hoy en la tarde? En respuesta aparecía el nombre de algún restaurant o alguna institución en que los patriarcas de la ciudad nos convocaban con el propósito de entretenernos, con tonterías típicas y brindis solemnes. Para la apertura del Congreso llegó el general Figueiredo4, dijo tres frases, estuvo sentado en el presidium, golpeó en el hombro a Vargas Llosa y se retiró acompañado de un gran número de guardaespaldas, con policías, almirantes y fotógrafos de todos los periódicos locales. Le sacaban fotos con la insistencia de personas convencidas de que el teleobjetivo es capaz no solo de reflejar superficies sino también de llegar hasta lo más profundo del Gran Hombre. Era entretenido mirar a toda esa canalla dispuesta a cambiar de dueño en cada segundo, pararse con sus chaquetas, corbatas y camisas blancas debajo de cualquier bandera, entonando sus tensos hociquitos de color chocolate. No personas, sino una mezcla entre monos y papagayos. Además de sus reverencias ante Europa y constantes citas de Víctor Hugo o Malraux, con bastante buen acento. El tercer mundo heredó todo del primero y del segundo, incluyendo el complejo de inferioridad. "¿Cuándo te vas?" me preguntó Ulrich, "mañana" le contesté yo. "¡Qué afortunado!" dijo, ya que él se quedaba en Río con su mujer, para salvar el matrimonio, lo que a mi parecer ya lo estaba logrando. Por unos días estará en la ciudad, irá a las playas con profesores locales de literatura alemana, y en las noches, en el hotel, se deslizará de su cama en camisón para ir a golpear la puerta de Samantha. La pieza de ella estaba justo debajo de la de él. 1161 y 1061. Uno puede cambiar dólares a cruzeiros pero no al revés.

Al terminar el Congreso, yo esperaba quedarme unos diez días en Brasilia, o alquilar un departamento barato en el sector de Copacabana, ir a la playa, bañarme y tomar sol. O tal vez ir a Bahía, o intentar subir por el Amazonas hasta el Perú, después a Cuzco y de vuelta a Nueva York. Pero me habían robado el dinero, y aunque con American Express podía conseguir 500 dólares, no lo quise hacer. Me interesa este continente y, en particular, este país, pero temo que ya he visto en este mundo más de lo que soy capaz de comprender. Tampoco dice relación con mi estado de salud. A fin de cuentas sería hasta entretenido que un autor ruso estirara la pata en plena selva. Sin embargo, mi ignorancia respecto al sur es tan profunda que ni siquiera una experiencia trágica como esa lograría iluminarme. Hay algo repugnante en deslizarse por la superficie de un continente con una cámara fotográfica en la mano y sin ningún objetivo. En el siglo XIX uno todavía podía ser un Julio Verne o un Humboldt, en el siglo XX hay que dejar la flora y la fauna a su propio arbitrio. A fin de cuentas, ya he visto la Cruz del Sur y he estado cara a cara con la luz del sol a mediodía, con el oriente a la derecha y el poniente a la izquierda. Respecto a la miseria de las favelas, que me perdonen los que son capaces de perdonar, pero esa miseria está en directa proporción con la belleza del paisaje local. Con ese fondo de mar y de cerros, el drama social se percibe apenas como un melodrama, no solo por parte de los observadores sino también por parte de sus propias víctimas. La belleza siempre hace perder algo del sentido de la realidad, en Río ella representa casi todo lo existente.

Una persona nerviosa no debería llevar un diario de viaje. Uno quisiera retener para siempre algo de lo visto en siete días, aunque sean los enormes anticuchos (los churrascos rodizio); en cuanto a mí, ya al segundo día hubiera querido regresar a Nueva York. Por supuesto Río de Janeiro, a pesar de su densa capa de gases de automóviles (que se hacen insoportables con el calor), es bastante más majestuoso que una playa en Crimea como Sochi, o que Palm Beach, en Florida. Tal vez lo más importante y el sentido profundo de todos mis viajes (su efecto secundario que se transforma en su sentido último) es volver a Morton Street, en Estados Unidos, estoy trabajando el nuevo sentido de la palabra "hogar". Mientras más veces regreso, esa cueva va adquiriendo realidad, y se tornan más abstractos los mares y tierras por los que he vagado. Seguramente ya nunca volveré a la calle Pestel, y Morton Street es un intento por evitar la sensación de que el mundo es una calle que tiene solo una dirección.

Después de la victoria en la lucha por los escritores vietnamitas en el exilio, resultó que Samantha estaba de cumpleaños, cumplía 35 o 45 años; Ulrich con su esposa, también Fernando B., además Samantha y el "Gran Traductor" (probablemente el único escritor entre todos nosotros, ya que en él descansaba toda la reputación del continente), nos dirigimos a celebrar a un restaurant. Bastante atontado por lo bebido empecé a picotear sobre su oficio al "Gran Traductor", en el sentido de que los traductores, igual que los civilizados del siglo XIX, roban a nuestros hermanos europeos a costa de encapsularse en su etnicidad. Pienso que Cien años de soledad es lo mismo que Tom Wolfe, a quien por mala suerte yo había leído justo antes de la novela de García Márquez. Esa sensación de recargo y sobreactuación se reconoce de inmediato. El "Gran Traductor" se defendía de modo gentil y relajado. "Que sí, que se trata de la inevitable nostalgia latinoamericana por la cultura mundial. Que los hermanos europeos también pecan de lo mismo. Y tal vez los euroasiáticos más todavía". (En ese momento me acordé de haber leído a un autor que preguntaba ¿por qué Eurasia...? ¿Por qué no tomar en cuenta el tamaño geográfico y hablar de Asia euro?...). Según el "Gran Traductor", el sicoanálisis todavía no ha sido injertado bajo la línea del ecuador, y por eso los latinoamericanos -a diferencia de los norteamericanos- pueden dedicarse a fantasear más de la cuenta. Ulrich, apretado entre Samantha y su dama, que no pispa nada, menciona que toda la culpa la tiene el modernismo. Después de esa superficialidad -dice Ulrich- el lector se inclinó por toda suerte de chimuchinas latinoamericanas. Una cosa es Borges y otra toda esa manada efervescente (¿Y Cortázar?, digo yo). "Ah, Borges y Cortázar", dice Ulrich, mientras me hace señas con los ojos indicando a Samantha, él está con shorts y ella mete en el hueco su mano desde la izquierda sin percatarse de que la esposa pretende lo mismo desde la derecha ("¡Borges y Cortázar"! repite Ulrich). Después nadie sabe de dónde reaparecen los dos borrachos alemanes, y junto con unos portugueses se llevan a la salvada esposa y al Gran Traductor (para visitar a alguien). Samantha, Ulrich y yo nos devolvemos al hotel pasando por la playa de Copacabana. En el trayecto ellos se desnudan y se internan en el océano, donde desaparecen, vaya a saber uno por cuánto tiempo. Yo me quedo sentado en la playa vacía, cuidando la ropa, con hipo y con la sensación de que todo eso ya lo había vivido en algún momento.

A todo borracho, sobre todo si es extranjero, sobre todo si es ruso y sobre todo de noche, le inquieta siempre la posibilidad de no saber encontrar el camino de vuelta al hotel, y esa misma inquietud es la que le hace desaparecer poco a poco la ebriedad.

En mi cuarto en el hotel Gloria, bastante lujoso (yo era un destacado miembro de la representación norteamericana), había un enorme espejo con forma de lago, oscuro y cubierto de un musgo rojizo. Un espejo que más bien absorbía y no reflejaba lo que sucedía en la pieza. Muchas veces al atardecer tenía la sensación de ser un pez que se desplaza desnudo entre las plantas acuáticas, alejándose y acercándome a la superficie. Esa sensación era más real que las entrevistas de prensa y que las reuniones y conversaciones con los delegados al Congreso. Tenía la sensación de que todo lo que ocurría en el Congreso sucedía en un segundo plano, en las profundidades del lago. Tal vez esa sensación se debía al calor, el lago era como una defensa inconsciente, ya que en el hotel Gloria no existía aire acondicionado. De una u otra manera, bajando a la sala de reuniones o saliendo a la ciudad, había que hacer un gran esfuerzo para ajustar y enfocar la conciencia, el habla, la vista y también el oído. Así también ocurre con las frases, que te persiguen sin soltarte y que no tienen ninguna relación con lo que está aconteciendo. Frases en ruso o en inglés, más a menudo en inglés. Las frases son plantas acuáticas y la memoria es el mismo pez perdido entre ellas. Tal vez todo se explica, mirándolo desde otro punto de vista, por un narcisismo inconsciente, por el desgaste de capas del Yo, que se distancian y adquieren un sabor atemporal, ya que el sentido de todo lo reflejado no está basado en el interés hacia la persona en sí, sino en cómo se ve uno desde afuera. Mi cosa sueca estaba muy ajena a todo eso. Su interés por el espejo era meramente profesional, desde un punto de vista femenino y parcialmente erótico: le gustaba observarse a sí misma -torciendo su cuello- en pleno proceso, nada de plantas acuáticas ni de este pez. Al lado izquierdo y derecho de aquel lago había dos litografías en colores que mostraban una negras semidesnudas recolectando mangos y un panorama de El Cairo. Y más abajo un televisor que no funcionaba.

Entre los delegados había dos ejemplares extraordinarios, una soplona búlgara de bastante edad y un literato de Alemania Oriental verdaderamente repugnante. Ella hablaba en inglés y él en alemán y francés, esto producía una sensación (por lo menos en mí) de ensuciamiento de la civilización. Era tortuoso escuchar toda esa absurda producción soviética hablada en inglés, idioma no apto para ese uso. Tal vez cien años atrás, en tiempos del marxismo alemán, un oyente ruso hubiese opinado lo mismo. No memoricé el nombre de ellos, ella probablemente Rosa Jlebb, comandante en retiro, vestida de gris, con lentes y siempre trabajando. Él la superaba, un literato con certificados, un hablantín más que un creador (en el mejor de los casos, algo como el que inventó ese soneto que empieza "hoy en la mañana yo me desperté con la sensación de mil ruiseñores que cantaban simultáneamente"). Cuando yo empecé a hablar en defensa de los vietnamitas... los dos trataron de acallarme, incluso el alemán oriental les pidió a los que presidían la mesa que aclararan a qué país yo representaba. Después, antes de la votación, el canalla se aproximó a mí y empezó a comentar algo así: "es que nosotros no conocemos el proceso creativo de ellos (se refería a los vietnamitas), usted no sabe leer en su idioma... nosotros somos europeos, etc.. " Como respuesta le dije que en Indochina hay más población que en las Alemania Oriental y la no oriental juntas, tomando en cuenta eso, tienen derecho a que aparezca una Anna Seghers o un Stefan Zweig. Pero en general toda esa laya de engrupidores parecen gitanos en la feria, sobre todo cuando se acercan y transgreden los límites territoriales o se zambullen en tu fisonomía, cuestión que uno solo permite a su mujer, y no siempre. A distancia normal ¿quién se entrega? Estos te agarran el botón, hacen gracias y miran de reojo a través de lentes con marco italiano. La chimuchina continental palidece ante todo eso, y luego viene la polémica ¡ay!... empiezan a citar a Feuerbach y a alguna otra canalla idealista, cabello cano y disfrute de la propia voz y erudición.

Algunos africanos también quedan boquiabiertos con todo eso, incluso más que los europeos. Ahí había por montón de ese material, delegados de Senegal, de Costa de Marfil y ya no me acuerdo de dónde más. Criaturas rebuscadas de color chocolate, con la cara como de porcelana, vestidas con las mejores telas, con túnicas de Balenciaga, con experiencia de vida en París (¿qué sería de las costureras de izquierda si no existieran negros del tercer mundo?). Yo les digo a los delegados que sus hermanos de color están sufriendo. "No", me responden ellos, "ya nos pusimos de acuerdo con la Alemania Democrática y por lo demás Leopold Senghor tampoco nos permite ocuparnos de esos asuntos". Por otra parte, si el Congreso no se hubiera realizado en Río de Janeiro sino en un país de pinitos y ardillitas, tal vez ellos se habrían comportado de otra manera. Pero aquí todo es demasiado conocido: palmeras, lianas y papagayos que gritan. Para el hombre blanco comportarse con descaro en otros países tiene fundamentos históricos, fundamentos misioneros de cruzada y de negocios, en síntesis, imperiales y dinámicos. Estos pueblos en cambio nunca fueron sometidos a expansión, así que de verdad hubiese sido preferible reunirse en la nieve. Se aminoraría la patudez descarada, tal vez incluso se despertaría la compasión entre estos personajes no circuncidados.

Lo más desagradable es cuando empieza a doler algo, cuando te agarra algún mal donde no hablan inglés, resulta bastante incómodo. Como decía Auden5: "de lo que más tengo miedo es morir en algún hotel creando gran confusión y desagrado entre el personal". Eso creo que es lo que va a pasar. Y todos los escritos quedaran en un desorden espantoso. Pero no quiero pensar en eso, aunque es necesario. No se piensa en eso, no porque resulte aburrido sino porque esta cosa -llamémosla inexistencia, aunque se puede utilizar un nombre más breve- no quiere que tu difundas sus secretos, y por eso te asusta tanto. Cuando uno se ha recuperado piensa en ello, pero no quiere registrarlo. Raro eso, el cerebro deja de ser tu socio, lo que debería ser durante toda la vida se convierte en una quinta columna y aminora las ya debilitadas resistencias. No estás pensando cómo salir de eso sino observas imágenes creadas por la conciencia, cómo cresta va a terminar todo eso. Yo estaba acostado en el hotel, observando el techo, esperando el efecto del remedio y la aparición de la sueca, la que lo único que tenía en su mente era la playa. Pero yo logré lo mío, y a los vietnamitas les asignaron un espacio. La minúscula vietnamita me agradecía de parte de todo su pueblo, con lágrimas en los ojos. Me decía que si iba alguna vez a Australia, de donde llegó ella, me recibirán como un rey y me servirán orejas de canguro. No me compré nada brasileño, solo un frasquito de talco, ya que me gasté la parte blanda de los pies vagando por la ciudad.

Lo mejor de todo fueron las conversaciones nocturnas con Ulrich en el bar, donde el artista local lograba con mucho sentimiento la cumparsita y el choclo (tango argentino), pero no podía con el boogie. En una de esas conversaciones, el diablo sepa sobre qué... parece que sobre Karl Kraus, mi cosa sueca, que se llama Sha, se agregó a nuestro grupo, pasado diez minutos, sin entender ni una palabra, absolutamente enloquecida, empezó a palabrear algo tan absurdo, por poco le pego. Lo interesante de todo eso es que en una persona se despierta un animalillo dormido que en el caso de ella era un chingue. Es interesante observar cómo se va despertando la bestia en un ser que una hora atrás estaba barajando papeles y hablando ante un micrófono un discurso rebuscado, urbe et orbi. Me acuerdo de un vestido claro encantador combinado finamente con un diseño azul oscuro, una bata de rojo fuerte en la mañana y el odio salvaje de un animal que a las dos de la madrugada se percata que lo es. Tango, cuchicheo de parejas a media luz, un dulce schnaps6 y una mirada perpleja de Ulrich. Seguramente el canalla está sentado pensando adónde dirigirse ahora: o al salvado matrimonio o adónde la Samantha, que está con justa razón apegada a este europeo educado.

Al final de todo ese evento, los patriarcas de la ciudad organizaron algo en el Centro Cultural, con alcohol y discursos pomposos, un lugar que en su arquitectura vanguardista estaba a varios años luz de distancia de Río. En el camino de ida y sobre todo al regreso, el octaedro empezó de a poco a cambiar su configuración, con ayuda de M.C., que demostró ser un verdadero etnógrafo atacando a la traductora local. Después empezaron las despedidas. La cosa sueca se dirigió a su país plateado y yo no alcancé a despedirme de ella. El triángulo (Ulrich, su predestinada y S.) a Bahía y más arriba por el Amazonas y de ahí al Cuzco. Los borrachines alemanes a lo suyo. Y yo, sin dinero y agarrándome del corazón, con el pulso roto, a mi guarida. El portugués (él que nos llevaba a un lugar que él presentaba como vudú, que resultó ser una versión no cristiana de purificación masiva en un barrio de mala muerte: una vegetación exuberante, un canto idiota y monótono de un coro en una sala de colegio con unos iconos en litografías, una coca cola caliente, unos perros sarnosos y la imposibilidad de encontrar un taxi para devolverse), con su alta, celosa y flacuchenta mujer, a una península que solamente él conoce, donde hacen milagros en la reconstitución de la potencia sexual. Aunque cualquier país es simplemente la prolongación de un espacio, hay en los países del tercer mundo algo de desesperación especial, una ausencia de esperanza y lo que en nuestro país resuelve la defensa nacional pasa aquí a ser resultado de pobreza.

También me entretuve con un personaje local, de origen yugoslavo, que peleaba contra alemanes o italianos y se agarraba del corazón no menos que yo. Resultó que él ha leído casi todo, me prometió conseguir un libro y me alimentaba en las churrasquerías de la playa Leblon. Cuando uno encuentra personas de esa categoría, uno se siente como un ladrón, ya que aquella persona que se imaginan que soy hace tiempo que no existe (desde el momento en que fue escrito lo que ellos leyeron). Lo que existe es un sicópata acorralado que trata de no molestar, ya que lo más importante no es la literatura sino la capacidad de no hacer daño a nadie, pero en lugar de eso yo palabreo algo sobre Kantemir7, sobre Derjavin8 u otros, ellos escuchan boquiabiertos, como si en el mundo existiera algo más que desesperación, neurosis y miedo a la muerte. Como decía Akugataba9 "yo no tengo ningún principio solo tengo nervios". ¿Qué curioso, no será lo mismo que sienten los embajadores oficiales de la cultura rusa, sobre todo después de que se emborrachan, arrastrando sus huesos por Mogadisho o la Costa de Marfil? En todas partes el polvo, tierra oxidada, pedazos de fierros abandonados, las cajas a medio construir, y caritas mulatas de población local, para las que uno no significa nada, como tampoco para los suyos. A veces, a lo lejos, se ve un mar azul...

No importa de qué manera empieza un viaje, siempre termina igual: en el propio rincón, en la propia cama, y después que uno cae en ella se olvida de todo lo que pasó. Difícil que algún día regrese a ese país y a ese hemisferio, pero por lo menos al volver, mi cama será más mía y con eso ya es suficiente para un hombre que compra sus propios muebles y no los recibe de herencia, con eso basta para encontrar algún sentido a estos desplazamientos sin objetivos.

Continent/Kontinent, 63, París, 1978 (publicación trimestral del exilio ruso que desde 1990 se edita en Moscú) (La crónica fue reproducida en FORMA VREMENI, Dos Tomos, Minsk, Rusia, 1992, de esa versión proviene esta traducción).

NOTAS

1 Introducción, traducción y notas de Tatiana Zentsova y Bernardo Subercaseaux.

2 Véase la selección de su obra que tradujimos del ruso para la revista virtual Cyber Humanitatis, 35, 2005, Facultad de Filosofía y Humanidades, U. de Chile (Cyber Humanitatis.cl).

3 El subtítulo es nuestro (T. Z y B. S.).

4 Joao Baptista de Oliveira Figueiredo (1918-1999), militar brasileño, Jefe del Servicio Secreto del Estado y Presidente de Brasil.

5 W. H. Auden (1907-1973), poeta inglés.

6 Alcohol fuerte, en alemán.

7 Antiokh Dmitrievich Kantemir (1708-1744), autor ruso de la época de Pedro I.

8 Gravila Romanovich Derjavin (1743-1816), poeta ruso.

9 Ryünosuke Akutagaba (1892-1927), escritor japonés.