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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  n.73 Santiago nov. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952008000200006 

 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2008, Número 73, 139 - 161

II. ESTUDIOS

 

PROCESOS DE CANONIZACIÓN DE LA LITERATURA CHILENA*

 

Iván Carrasco M.

Universidad Austral de Chile


RESUMEN

Este trabajo estudia los procesos de canonización en la literatura chilena y sus relaciones con las identidades socioculturales, desde la generación romántica de 1852 (ó 1842) hasta la última década del siglo XX, delimitando sus autores, textos y metatextos canónicos. La hipótesis que organiza el trabajo es que la literatura chilena se inició en torno a un canon único, que ha sido reemplazado a través del tiempo por cánones plurales, paralelos y contrapuestos.

Palabras clave: literatura chilena, canon literario, generación, identidad, metatexto.


ABSTRACT

This paper studies the literary canonization processes in Chilean literature andtheir relations with social and cultural identities. Its purpose is to establish the boundaries of the texts and metatexts written by Chilean canonical authors, starting with the romantic generation of 1852 (or 1842) and ending up with the works published in the last decade of 'the XX century. The hypothesis of this essay is that Chilean literature can be said to have its origins focused on a single canon, which is later replaced by a series of plural, parallel and even opposite canons.

Key words: Chilean Literature, literary canon, generation, identity, metatext.


1. FUNDAMENTOS: CANONIZACIÓN LITERARIA EN CHILE

Como en otras sociedades modernas, en Chile las distintas clases de discurso o texto son diferenciadas, catalogadas y evaluadas sobre la base de los modelos de discurso elaborados según los valores de grupos intelectuales dominantes en determinados periodos y culturas. Debido a la indeterminación semántica inicial de todo texto en situaciones socioculturales de comunicación, es decir, de actos de lectura o desambiguación, la condición artística de los textos considerados literarios no está radicada únicamente en sus propiedades verbales, estilísticas o retóricas, sino en su adscripción a un determinado contexto que motiva su producción y lectura de acuerdo con la asignación de valores estéticos en algunos o todos sus niveles semióticos (Marghescou 11-54, Eco, Lector in Fábula 41-122, Mignolo 19-87, Van Dijk 115-142, Bourdieu 9-15).

Además, se le atribuye un lugar jerárquico específico que asegura su calidad artística, su permanencia en la memoria cultural, su difusión, su comercialización, su inclusión en los programas de estudio, etc. Este proceso de selección, acreditación, valoración o reconocimiento sociocultural es conocido con el nombre de canonización y es realizado mediante una especie de consenso, en parte formal y en parte informal, realizado por una serie de agentes, reglas, principios, circunstancias, estructuras, eventos, etc., que en las sociedades modernas conforman una institución literaria (Brioschi y di Girolamo 9-23, entre otros) con fines específicos: determinar los modos de existencia de la disciplina literaria en sus diversas dimensiones (producción, evaluación, difusión, enseñanza, conservación de textos), los rasgos diferenciales de su discurso, las normas para tener acceso a él, los límites de su escriturabilidad, las modalidades de su inteligibilidad, etc., es decir, una institucionalidad reconocida y respetada que legitima determinados autores, textos, géneros y estilos discursivos como manifestaciones válidas y auténticas de la literatura.

Este es un hecho conocido y teorizado desde hace mucho tiempo, pero destacado últimamente debido a las polémicas en torno a la postura de Bloom y otros estudiosos y a las discusiones sobre la enseñanza y la ubicación de la literatura en los procesos y sistemas educativos y de reforma educacional (Flores 24-80), sobre sus sistemas valóricos fundantes, implementación docente-administrativa, relación con el poder cultural y político (Bloom 11-51, Sulla 11-34, Pozuelo 15-134, González del Valle 18-48, Culler 62-65, etc.).

Por lo tanto, en la práctica y reconocimiento de la literatura no priman solo los valores artísticos y estéticos, sino también otros muy variados de carácter teórico, social, étnico, político, de género, etc., pues los procesos canonizantes están intrínsecamente ligados a la historia de una sociedad y, por ello, a identidades nacionales y socioculturales (Sulla 11-12, Eco, Sobre literatura 9-12, Dorra 127-137, Larraín 21-48, Yurkievich 579-583, etc.).

La producción literaria no es homogénea ni en sus componentes textuales ni en sus procesos de desarrollo, porque estos se encuentran inevitablemente vinculados a diversos y variables contextos, situaciones, códigos culturales y sistemas valóricos. Por ende, la condición literaria de los textos, así considerados, depende tanto de su estructuración genérica, estilística o temática, como de su relación con los distintos factores que operan para canonizarlos (acreditarlos, seleccionarlos, avalarlos) como tales y excluir a otros por una supuesta o efectiva falta de las condiciones que podrían darle la posibilidad de ser reconocidos pública y oficialmente como textos literarios verdaderos, con calidad suficiente para ser leídos, comentados, usados y comercializados como tales.

En la teoría general del canon he destacado dos categorías inferidas de la relación con los procesos literarios concretos: los criterios y los juicios canonizantes. Los criterios de canonización son los sistemas axiológicos o valóricos, expresos o subyacentes, de carácter científico, teórico o ideológico, que fundan los actos de desambiguación o interpretación de textos singulares y les atribuyen sentidos determinados; estos conjuntos categoriales realzan rasgos formales, semánticos, artísticos, tipos genéricos, y los ubican en lugares específicos de la historia y la cultura con el fin de atribuirles un valor específico en la historia del arte.

Por otro lado, los juicios canonizantes son los enunciados críticos que proponen sentidos o interpretaciones particulares de intención canonizadora, implícita o manifestada, a un texto literario, a la obra de un autor, a un conjunto o serie mayor (generación, género, tendencia), que agregan una valoración o estimación de calidad en relación con los demás escritores y textos del o de los sistemas de referencia.

Estas categorías operan en los estudios históricos, críticos y teóricos que sistematizan, seleccionan y proponen la inclusión o exclusión de autores, géneros y textos que consideran relevantes, es decir, en las historias literarias, artículos y ensayos especializados (científicos), tratados, manuales, comentarios críticos, etc.; en los metatextos (Rodríguez 204-209) y paratextos que explicitan criterios de carácter émico para fundamentar la escritura de los propios autores (poéticas, manifiestos, prólogos) y orientar o controlar su lectura; en las antologías que seleccionan, por ende, canonizan o intentan destacar ciertos autores y textos según distintos principios estéticos y/o ideológicos y criterios de calidad (Galindo 81-92).

En cuanto al canon, consideramos que se establece mediante una serie de procesos de canonización, descanonización, contracanonización y recanonización (I. Carrasco "Literatura Chilena" 33-35), los que pueden tener no solo existencia sucesiva, sino también simultánea y superpuesta, e implican interacción entre subprocesos de índole heterogénea, a la vez que relaciones de hegemonía, paralelismo y expansión. Por lo general, los distintos estudios globales de la literatura chilena que se presentan como su historia, su descripción o su interpretación correctas o verdaderas, son las ideas de un determinado investigador, ensayista, crítico o historiador que se propone canonizar cierta visión del proceso literario, la suya o la de su modelo o maestro, criticando, corrigiendo, ampliando, completando la de otros pensadores. Por ello, su selección de autores, textos, géneros y estilos no es la realidad o verdad absolutas de la literatura nacional, sino nada más que un canon literario que ha logrado, al menos temporalmente, superar a otras proposiciones.

El canon central, dominante o hegemónico ha sido estudiado y establecido como si fuera único y en una mera relación dialéctica con el precedente y el que lo sustituye, sobre todo desde criterios históricos o estéticos. No obstante, la experiencia literaria y académica me ha convencido de que este canon coexiste normalmente con movimientos canonizadores de menor influencia o en formación, contrapuestos o paralelos, en otras palabras, que un proceso literario está conformado por una serie variable de procesos de canonización que mantienen conexiones distintas e intermitentes entre ellos, a veces en pugna con el proceso central, otras reiterándolo o apoyándolo, otras manteniéndose en forma paralela, formando parte de él o desarrollando alguna de sus dimensiones como un nuevo proceso canonizado, o ampliando su esquema básico.

Aunque en Chile hay escasos y parciales estudios de canonización literaria, existe un relativo grado de conciencia de la situación de canonización de los textos literarios. Apesar de ello, hace falta una visión sistemáticay global de los diferentes procesos, agentes y tipos de texto que contribuyen a conformar el repertorio técnicamente acreditado de la literatura considerada nacional.

Frente a la pregunta ¿quiénes canonizan, qué se canoniza, por qué, para qué?, la respuesta se define en el marco de la institución literaria chilena, que ha evolucionado de manera significativa principalmente en la segunda mitad del siglo XX. Los iniciadores de la acreditación de la literatura chilena en cuanto tal fueron principalmente escritores y políticos extranjeros, como Andrés Bello, José Joaquín de Mora, Domingo Faustino Sarmiento, antecedidos, acompañados o continuados por criollos como Camilo Henríquez, José Victorino Lastarria, Salvador Sanfuentes, con quienes compartieron el proyecto de una literatura propia, autónoma, con respecto a la sociedad española. Ellos establecieron la necesidad de escribir textos representativos de la identidad que querían construir y los principios y reglas necesarios para ello.

Los intentos de canonizar una literatura como chilena se han realizado principalmente en referencia a ciertos hechos o momentos históricos, como la Independencia, el Frente Popular, la dictadura militar, la modernización, la globalización neoliberal; a las ideologías y proyectos identitarios enjuego; a la reiteración o apropiación de autores o aspectos de la literatura europea e internacional; a algunos desarrollos conseguidos en la escritura literaria propia por agentes productores e intérpretes de textos literarios: escritores, críticos de periódicos y medios, profesores, investigadores, académicos, historiadores, filósofos del arte. Los agentes son personales e institucionales y han considerado la interacción con los contextos, situaciones y posiciones de enunciación de los textos literarios y de sus procesos canonizantes (marginales, centrales, de resistencia, dominación, ordenación, transgresión, disolución, etc.).

Desde esta perspectiva, es necesario destacar el relevo y multiplicación que se ha producido en los agentes canonizadores desde la Independencia, en que eran los propios escritores los encargados del proceso, luego desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX, en que se incorporan periodistas y profesores más o menos especializados hace aproximadamente unas cuatro décadas. Al mismo tiempo, durante el siglo XIX se produjo el inicio de las historias literarias nacionales en Europa y América que difundieron una nueva conciencia histórica, el historicismo (González-Stephan 33), el cual incluyó nuevos temas y técnicas de investigación y difusión. Este fenómeno se repitió en diversas disciplinas científicas y humanistas, ampliando las posibilidades de la crítica literaria.

Desde muy temprano, en Chile se ha desarrollado una crítica literaria competente y dinámica que se hizo cargo de la ubicación y valoración de los autores, textos y corrientes principales, pero que ha sido sobrepasada por la investigación académica que cuenta con recursos teóricos y metodológicos que le otorgan mayor sistematicidad y rigor a los estudios literarios.

Las últimas décadas del siglo XX han mostrado el afiatamiento y predominio de la investigación y de la crítica universitarias en torno a polos de desarrollo ubicados en distintas regiones, como el estudio del folclore narrativo en el norte, de la etnoliteratura y la expresión indígena en el sur, la literatura vanguardista en el centro-sur, que han mitigado en parte el extremado centralismo intelectual y cultural del país. Entre otros aspectos, esto se manifiesta en la amplia edición de revistas especializadas, como Revista Chilena de Literatura, Estudios Filológicos, Atenea, Taller de Letras, Actas de Lengua y Literatura Mapuche, Anales de Literatura Chilena, Acta Literaria, etc., que le han quitado importancia canonizadora a los suplementos literarios de los periódicos y revistas culturales y han provocado la aparición de cánones paralelos.

También ha influido en la activación de la investigación literaria la fundación en 1979 de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios (SOCHEL) que ha organizado, apoyado y patrocinado congresos nacionales e internacionales periódicos en los cuales ha podido iniciarse y/o desarrollarse un conjunto valioso de profesores, estudiantes y críticos nacionales y extranjeros en plena actividad. Al mismo tiempo, la SOCHEL ha contribuido a la modificación de la clase de discurso que había realizado los procesos de canonización, colaborando en la sustitución del ensayo impresionista y el comentario biográfico por el artículo y el ensayo especializados, es decir, fundados teóricamente, al reemplazo de la imagen del crítico influyente, sensible y autoritario por la del académico riguroso, serio y más distante del proceso y la vida literaria, así como a compartir los espacios institucionales con la SECH y otros grupos de orientación gremial que habían manejado los procesos de canonización junto a los organismos educacionales durante mucho tiempo.

Este estudio toma como punto de partida la literatura chilena alrededor de 1842, momento de iniciación de la literatura chilena propiamente tal, según la hipótesis de José Promis {Testimonios 33-34), quien ha propuesto que la existencia de una literatura nacional depende de la conciencia que se tenga de ella y que la autorreflexión de la literatura chilena se inició en el movimiento intelectual de 1842, caracterizado por el afán explícito de fundar una literatura propia a partir de su diferencia con la metrópoli. El recorrido culminará hacia 1992, aniversario del quinto centenario del llamado descubrimiento del Nuevo Mundo y momento significativo de la postdictadura en Chile; en 1988, la campaña del No venció al gobierno de facto de Pinochet y al año siguiente se iniciaron los gobiernos de la Concertación, dando origen a una nueva situación político-cultural en el país. En torno a 1992 ha aparecido un abanico de textos, autores, tendencias, proposiciones y experimentos que representan, al parecer, la crisis propia de la finalización de una época; por ello, la literatura finisecular y de comienzos del siglo XXI todavía no ha alcanzado consenso crítico suficiente sobre uno o más cánones literarios definidos.

La situación colonial anterior es compleja, interesante y valiosa, porque muestra los encuentros bélico-pacíficos de invasión, resistencia y convivencia protagonizados por soldados y guerreros indígenas y europeos. Estos contactos inesperados se transformaron con cierta rapidez en colonización, apoyada por agentes de distintos estatus y roles (escritores, capellanes, funcionarios reales, artesanos, comerciantes, servidores domésticos, bandoleros, etc.) y estimularon los procesos interculturales de lenguajes, discursos, identidades, culturas, entre nativos y foráneos; así, provocaron la transformación de una pluralidad de sociedades originarias en un proyecto homogeneizador, integra-dor de los mansos colaboradores y expulsor de los rebeldes y libertarios, con predominio de la lengua y la civilización españolas, paralela a la persistencia de los habitantes y comunidades aborígenes.

La "literatura colonial" del "Reino de Chile" no es exclusivamente literatura ni chilena, sino una serie de discursos heterogéneos (testimonios, crónicas, petitorios, informes, poemas épicos, descripciones etnográficas, etc. (Goic, Letras del Reino de Chile 7-20), no sometidos a procesos sistemáticos ni teóricamente fundados de canonización literaria. Al mismo tiempo, es necesario reconocer que se trata de textos escritos en la lengua española del imperio, en torno a referencias también metropolitanas, aunque mezcladas con observaciones sobre la naturaleza y los habitantes del Nuevo Mundo y relatos de los episodios bélicos entre ambos. Los historiadores no le han dado énfasis o han ignorado las relaciones de convivencia sexual y hasta familiar, de intercambio o trueque de elementos de la tecnología europea por alimentos, además de otros momentos de mayor interacción, como lo ha evidenciado la historia fronteriza. Por otra parte, también fueron descuidados por desconocimiento, desinterés o falta de formación, las lenguas y discursos de orden artístico y referencial de los grupos indígenas (H. Carrasco 119-121). Este hecho creó una situación de paralelismo y desconocimiento inicial, que se convirtió más adelante en una relación de intersección y finalmente dio origen a una escritura literaria mapuche propia que ha provocado modificaciones relevantes en el sistema literario chileno, lo que ha ampliado, modificado y puesto en crisis el canon literario global (I. Carrasco, "Los estudios mapuches" 38-48); ello no ha sido posible en otros grupos étnicos del país más rápida y mayormente disueltos, exterminados o aculturados.

Como base para conformar el esquema de procesos canonizadores hemos usado la periodización generacional de Cedomil Goic ("La periodización" 291-304), que además de establecer un sistema orgánico para la literatura chilena integra distintos elementos y permite agregar factores complementarios: contextos socioculturales, procesos de canonización, identidades, metalen-guas, etc., de cada período histórico-literario y cada generación. Este tipo de ordenación ha sido la norma canónica de los estudios de este campo durante mucho tiempo, aunque también ha recibido fuertes críticas; Juan Gelpí, p. ej., ha afirmado que el método generacional es una camisa de fuerza teórica basada en la afinidad semántica entre dos términos, generación y genealogía, pues las generaciones giran alrededor de un caudillo o dirigente que viene a ser una especie de padre figurado, que sus implicaciones ideológicas se han estudiado poco, que las generaciones se constituyen como una entidad totalizante y por ello funcionan como un aparato jerárquico que subordina la multiplicidad a la unidad, excluyen y condenan la heterogeneidad y la diferencia. El mejor ejemplo sería la estrecha relación que existe entre el canon excluyente y el privilegio que ha tenido en la historiografía literaria: "Tanto el canon como las generaciones literarias son intentos de legitimar e imponer un orden totalizante. De ahí que la gran amenaza para ambos sean el desorden y la dispersión o la insubordinación" (Gelpí 15). Sus observaciones teóricas son interesantes aunque discutibles y no afectan la posición de Goic, sólidamente fundada y llevada a la práctica. En la literatura portorriqueña el modelo generacional es una transposición al ámbito literario del discurso paternalista, pero Gelpí no precisa cual es el modelo específico que él critica, pues se refiere más al modo de usar el método que a sus posibilidades y estima que opera como mecanismo de exclusión más que de inclusión, lo que es curioso, porque los dos mecanismos se implican. El sistema generacional de Goic interesa como mecanismo de canonización por su capacidad inclusiva y de superar el mero comentario ideológico o impresionista y porque también su autor y su método han contribuido de manera destacada a conformar el canon de la literatura chilena.

El esquema elaborado para ordenar los procesos de canonización y sus relaciones identitarias es un orientador flexible y general que ayuda a seleccionar elementos y verificar su pertinencia para la explicación de distintos aspectos de la literatura chilena. Lo más destacado en la descripción de los procesos canonizantes de la literatura chilena son las identidades aceptadas, rechazadas e ignoradas en los textos canónicos. Estas son de condición distinta a través del tiempo y del espacio, puesto que toman como referencia modelos europeos, indígenas, criollos, genéricos, nacionales, regionales, etc., en sus distintas relaciones con el poder político, económico, ideológico y cultural, y con los criterios y modalidades de escritura y canonización literarias vigentes.

La hipótesis de este trabajo es que la literatura chilena se inició en torno a un canon único durante la generación romántica de 1852 (también llamada movimiento intelectual o generación de 1842), pero a medida que la sociedad, la cultura y el arte se han desarrollado en interacción con sus homólogos occidentales y latinoamericanos han aparecido cánones diversos, paralelos y contrapuestos. Su momento de mayor variedad y pluralidad de tendencias y proposiciones metatextuales se ha producido alrededor de 1992, aunque obviamente todavía no se han definido los autores y textos definitivos que se mantendrán en el canon. Para verificar esta nuestra conjetura, se examinarán en forma sintética los principales procesos de canonización de la literatura chilena en el marco de sus generaciones. En un trabajo posterior, completaremos y precisaremos esta perspectiva con el análisis de los autores y textos seleccionados de esta visión global, en relación con los momentos histórico-culturales, discursos metatextuales e identidades fundamentales. La literatura es institución y, como tal, un modo de representación de nuestra historia, de nuestro modo de ser, nuestros sueños, represiones, fantasmas y utopías y, como tal, el centro de su representatividad lo constituyen las identidades que se han construido en el discurso literario canonizado, en conexión con el canon pedagógico, los discursos públicos, jurídicos, políticos, religiosos y sociales.

2. PROCESOS DE CANONIZACIÓN LITERARIA CHILENA DESDE 1842 HASTA 1992

Los procesos de canonización que conforman la literatura chilena establecida, oficial, docta son heterogéneos y superpuestos, ya que han sido propuestos o realizados en forma simultánea por agentes personales, grupales e institucionales diferentes (investigadores profesionales y aficionados de literatura y disciplinas concatenadas como sociología, estética, historia, por profesores, escritores, periodistas, bibliotecarios, estudiantes de postgrado, etc.). Por ello, no solo los objetivos son diferentes (generar conocimientos válidos y actualizados, fomentar valores o ideologías, formar profesores y otros profesionales humanistas, crear opinión pública, promover ciertos escritores a determinados premios, educar a los jóvenes, etc.), sino también los objetos de estudio (algunos enfatizan los procesos extratextuales sobre los textuales según sus orientaciones historicistas, políticas o pedagógicas, por ejemplo, o exclusivamente algunas dimensiones de los textos y procesos literarios, como el estilo o las relaciones intertextuales) y, naturalmente, las metodologías y teorías con que se desarrollan los análisis de acuerdo a las posturas teóricas e ideológicas asumidas (historicismo, estudios de género, impresionismo, etc.).

Por ello mismo, estos procesos aparecen superpuestos según los distintos elementos que se ponen enjuego en cada momento histórico específico. A comienzos del siglo pasado, nuestro país tenía pocos habitantes concentrados principalmente en Santiago, donde se realizaban casi todas las actividades públicas y se concentraban los mecanismos e ideologemas del poder; por su ubicación geográfica sufría de aislamiento y tendencia a la autodependencia, así como el establecimiento de relaciones ambiguas con los otros considerados no chilenos o habitantes de categoría inferior, algunos admirados, como los europeos, colonos y viajeros, otros negados o menospreciados, como los indígenas, los campesinos, los obreros, las mujeres, los niños, a veces simultáneamente admirados y repelidos, como los mapuches. En su configuración social, análoga a otros países hispanoamericanos, destaca la existencia de lo que se ha llamado clase media o capas medias, que asimiló la cultura europea, tomó conciencia de su situación, logró un elevado desarrollo intelectual y ocupó gran parte de los cargos de la administración pública (Aylwin, et al. 123-127; Salazar et al. 65-92). Este estrato ha constituido un factor clave en los procesos de desarrollo y canonización de la literatura, ya en su condición de escritores o de críticos o investigadores. Con las excepciones de Huidobro, Donoso, Heiremans, Bombal, la mayoría de los escritores chilenos, y entre ellos los más destacados y premiados como Mistral, Neruda, Parra, G. Rojas, Zurita, pertenece a la clase media.

En cuanto a los tipos de identidad destacados por los cánones literarios chilenos, se reiteran en parte los rasgos comunes del canon liberal del siglo XIX (tradición patriarcal que reduce las figuras femeninas, androcentrismo, ilustración, euro-occidentalismo, según González-Stephan), al mismo tiempo que se oponen en parte a algunos de ellos y agregan otros particulares de acuerdo con las transformaciones históricas y culturales del país.

2.1. La canonización literaria durante la generación romántico-social de 1852 se efectuó mediante un proceso contracanonizador de la literatura española y del neoclasicismo, por necesidad de ruptura con la ideología colonial, proceso unitario y exclusivo vinculado a la búsqueda de emancipación cultural, formación de estados nacionales, inicio de la nación chilena dirigido por una élite ilustrada y a la identidad criolla oligárquica (Subercaseaux, Historia de las ideas 15-92), al rechazo de la identidad monarquista y a la minimización o ignorancia de las identidades indígena, popular o conservadora. El género canónico fue el ensayo, de tema político, social, metatextual y crítico.

Esta generación estuvo formada por Victorino Lastarria, Salvador San-fuentes, Guillermo Matta, Guillermo Blest Gana, imbuidos en las ideas de independencia política y cultural de Bello y otros pensadores latinoamericanos y la formación de una nueva conciencia nacional, de origen romántico-social e ideología liberal. La literatura era vista desde una perspectiva ideológica como actividad difusora del ideario liberal para transformar la mentalidad colonial en nueva conciencia nacional y literaria (Goic, Historia de la novela).

Los propios escritores actuaban como agentes canonizadores mediante sus escritos de difusión y crítica, junto a la labor de instituciones formativas como colegios, periódicos y la Universidad de Chile. La literatura propiamente tal era escasa, ocupando su lugar discursos metatextuales, programas y proyectos de escritura literaria como el "Discurso Inaugural de la Sociedad Literaria" (1842) de Lastarria, el "Prólogo" a El Campanario (1842) de Sanfuentes, el "Discurso de inauguración de la Universidad de Chile", de Bello, junto a textos anteriores como "De la influencia de los escritos luminosos sobre la suerte de la humanidad" de Camilo Henríquez y su labor periodística junto a otros proceres.

2.2.  Este tipo de proceso unitario y globalizante que tendía a promover un canon literario único, que había conseguido un cierto grado de insti-tucionalización de la vida y la tradición literarias y hecho aparecer como géneros dominantes la poesía y la novela, fue continuado por la generación romántico-realista de 1867. Durante su vigencia, la realidad nacional fue representada en forma más compleja, agregando notas sociales y dimensiones condicionantes: valores, ideales e intereses de clase, hechos históricos como la guerra del Pacífico, el auge económico, la modernización, la europeización, la guerra mundial, la "pacificación" de la Araucanía, la extensión del dominio territorial, la fundación de nuevas provincias en el sur (Malleco y Cautín en 1887), etc.

El romanticismo evolucionó hacia el realismo, que alcanzó una expresión más madura y variada, debilitándose el agresivo tono político anterior y desarrollando aspiraciones de búsqueda de identidad y afirmación nacional (Goic, "La periodización" 270-282). La nueva identidad, proyecto de orden y unidad nacional, fue la criolla oligárquica, más matizada que en la generación anterior y desplazó a las identidades indígenas y europeas colonizadoras.

El metatexto más significativo de este período fue "Literatura Chilena", de Alberto Blest Gana (1861), autor fundamental del período; su obra fue el método uniforme con que se comprendió la novela de este período, la medida común empleada para juzgar su calidad e interpretar sus valores literarios (Goic, Historia de la novela 85-93), mientras que su novela Martín Rivas es, sin duda, la primera gran obra canónica no solo de su generación sino de la literatura nacional de Chile. Los géneros consagrados fueron la novela y la poesía.

2.3.  Durante la generación naturalista-criollista de 1882 predominó un proceso canonizador nacionalista y regionalista que continuó la ideología anterior e incorporó en forma seria personajes del mundo popular: campesinos, indígenas, proletarios (Goic, Historia de la novela 112-117). Al mismo tiempo, se inició otro proceso canonizador, universalista de orientación europeizante que se mantendrá hasta nuestros días, basado en teorías y modelos literarios hegemónicos de orientación francesa, Estos procesos opusieron la identidad popular del roto a la aristocrática y a la arribista plutócrata y consideraron en forma reducida la identidad militar, a pesar de los arraigados valores nacionales y los espacios de chilenidad y sentimientos triunfalistas derivados de la victoria en la guerra del Pacífico. Los agentes de este proceso fueron escritores, profesores y periodistas, quienes determinaron como géneros principales la novela y el cuento, y a Vicente Grez, autor de El ideal de una esposa, y a Daniel Riquelme, de cuentos militares, como los principales escritores.

2.4. A comienzos de la generación naturalista-modernista de 18971a institución literaria aún no estaba plenamente establecida para definir con claridad y precisión las normas de canonización, pues la crítica pública era hecha por escritores y periodistas que se reunían en tertulias, escribían en periódicos y revistas de carácter magazinesco desde perspectivas impresionistas.

La descanonización del romanticismo fue el mayor resultado de la pugna posterior a la Guerra del Pacífico entre aristócratas con relaciones mercantiles con Europa y afán de lujo exótico que formaban parte de la capa rectora del país, e intelectuales que valoraban la cultura cientificista y el método de las ciencias naturales como modelo para escribir textos literarios de denuncia de los vicios y defectos de la sociedad. Los criterios de canonización dominantes fueron la capacidad de retratar la realidad en forma veraz y el carácter naturalista de la novela, junto al refinamiento verbal de la poesía, que aparecen en metatextos como "La novela social contemporánea", 1887, de Pedro Balmaceda Toro, "A propósito de "Las pláticas literarias" de don Pedro N. Cruz, el naturalismo y la novela contemporánea", 1889, y "La historia de Casa Grande", 1919, de Orrego Luco, "El valor en el arte", 1910, de Antonio Bórquez Solar.

En coherencia con la sensibilidad modernista que aceptaba técnicas y principios de distinto origen y cualidad, la literatura hegemónica destacó la identidad aristócrata, fundada en la naciente clase minera y explotadora del salitre y la burguesía agraria; además de la identidad cientificista crítica y analítica de la realidad social, por lo cual los géneros clave son la poesía modernista y el relato naturalista, en que destacan la poesía del nicaragüense Rubén Darío y Ritmos de Pedro Antonio González, Casa grande de Luis Orrego Luco y Sub Térra de Baldomero Lillo.

2.5. La generación mundonovista de 1912 expandió el tratamiento de la identidad nacional a nivel americanista, distinguiéndose del modo europeo de representación del mundo, la naturaleza y los mitos, y dio relieve a la identidad de género femenino. Así, produjo la coexistencia de un proceso autoctonista y mestizo hegemónico de carácter contracanonizador de la cultura europeizante y de la superposición de un proceso menor de orientación cosmopolita, que produjo el grupo Los Diez, la colonia tolstoyanay la polémica entre criollistas e imaginistas (Muñoz y Oelker 105-152).

Además, esta generación se ha destacado por la obtención del primer Premio Nobel de Literatura para Chile y Sudamérica obtenido por Gabriela Mistral y por la instauración del Premio Nacional de Literatura otorgado por primera vez a Augusto D'Halmar. Estos hechos contribuyeron a la proyección de la imagen pública del escritor, con ello a la mayor institucionalización y universalización de la literatura chilena y la elaboración de variados discursos metaliterarios; entre estos sobresalen el "Decálogo del artista" y la sección "El Arte", 1922, "Notas" a Tala, 1938, y Recados, 1967, de Gabriela Mistral, "Preliminar sobre el arte nuevo (arte libre = arte sincero)", 1902, y "Proemio" a El pueblo maravilloso'' de Francisco Contreras, "Somera iniciación al "Jelsé", 1916, Ensayos sobre la arquitectura y la poesía, 1916, de Pedro Prado, "Prólogo" a Chile, país de rincones, 1947, y "Algunas preguntas que no me han hecho sobre el criollismo", 1955, de Mariano Latorre, "Hablando en americano", 1918, de Joaquín Edwards Bello (Promis, Testimonios 118-209).

Los agentes de los procesos canonizadores siguieron siendo escritores, junto a profesores, periodistas y críticos literarios, pero con más dedicación y profesionalismo. La poesía, en verso y ahora también en prosa, continuó siendo el género destacado, en particular Desolación, Ternuray Tala, de Gabriela Mistral, los sonetos y los poemas en prosa como Los pájaros errantes, de Pedro Prado, Alma Chilena, de Carlos Pezoa Veliz, acompañada por la novela positivista e imaginista, en simbiosis parcial en la novela Alsino del mismo Prado, además de Zurzulita, de Mariano Latorre.

2.6. La generación superrealista de 1927 ha sido tal vez la de mayor relevancia y éxito socioliterario por su universalismo que lo llevó a estar al día con la literatura europea, su espíritu de innovación, ruptura, experimentación, por la representación de nuevas esferas y niveles de realidad como el onirismo, la corriente de la conciencia, por la renovación de las estructuras artísticas, estilos y técnicas de escritura, el uso de nuevas normas y experiencias estéticas. Conocida mayormente como vanguardismo o vanguardia, influida por las formas internacionales de pensamiento como el existencialismo, el marxismo, el anarquismo, el socialcristianismo, la literatura superrealista reunió a líderes indiscutidos del mundo literario y sociopolítico como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Manuel Rojas, Pablo de Rokha, y revolucionó profundamente el campo literario y cultural de Chile. Es el momento relevante de la literatura chilena por cantidad y calidad de autores, tendencias y obras, el más transformador y polemista, sin duda, un grupo excepcional, en el cual el creacionismo de Huidobro constituyó el punto de partida de la nueva escritura hispanoamericana, el modelo de las exploraciones artísticas y vitales, "el oxígeno invisible de nuestra poesía", como dijera Paz.

En términos globales, la generación superrealista puede entenderse como un proceso de anticanonización de todas las formas de realismo y de conven-cionalidad, fundada en una concepción vanguardista del arte y la política. Sus principales agentes han sido escritores polémicos, ególatras y originales, profesores, académicos, periodistas, ensayistas y críticos talentosos, apoyados por revistas especializadas y culturales, universidades, premios nacionales e internacionales, incluso el segundo Nobel, esta vez para Neruda, el auge de la Sociedad de Escritores de Chile, la opinión pública que, aun sin leerlos, los sigue considerando los mejores poetas y narradores de la historia literaria del país.

Fue una generación conformada con cierto grado de heterogeneidad, mayoritariamente por personas modestas de clase media y baja con acceso a la educación pública y algunos aristócratas autocríticos y rebeldes a las convenciones de su estrato socioeconómico. El proceso simultáneo de rechazo y exploración, de polémica y afán creativo, el comportamiento idealista y luchador de muchos escritores de esta generación sin duda tiene correspondencia con una identidad de clase media intelectual enfrentada a una identidad oligárquica individualista, en cuanto conflicto hegemónico, y en alianza con identidades marginales y revolucionarias de doctrina mar-xista principalmente, que se mantienen en forma paralela. Estas identidades representan los cambios sociales de comienzos de siglo: grupos medios que alcanzan conciencia de clase, proletarios que inician su organización, aumento del sentimiento anti-oligárquico (Aylwin et al. 57-86, Subercaseaux, Historia de las ideas III 53-63).

La variedad de escritos metatextuales, como "Non Serviam", 1914, "Arte Poética", 1916 y Manifiestos, 1925, de Huidobro, "Arte Poética", 1933, y "Sobre una poesía sin pureza", 1935, de Neruda, "La niña de la prisión y otros relatos de Luis Enrique Délano", 1928, e "Imaginación y realismo", 1928, de Salvador Reyes, "Acerca de la literatura chilena", 1930, y "Reflexiones sobre la literatura chilena", 1933, de Manuel Rojas, conformaron un sólido fundamento del género ya canónico por excelencia de la literatura chilena, la poesía lírica ahora de orientación vanguardista, y de formas novelescas nuevas, como la novela existencial y la imaginista.

Los textos fundamentales de esta generación, Horizon Carré, Altazory Últimos Poemas, de Huidobro, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Residencia en la tierra y "Alturas de Macchu-Picchu", de Neruda, "Epopeya de las comidas y bebidas de Chile", de de Rokha, Hijo de ladrón, de M. Rojas, confirman la vigencia de la lírica como género canónico de la literatura nacional y de la novela como acompañante permanente.

2.7. La generación neorrealista de 1942 representó la profundización de algunos aspectos de la anterior, pero también un fuerte sentido crítico, polémico, que muestra un mundo urbano, moderno, deshumanizado, a través de sus aspectos violentos, grotescos, horrorosos, repugnantes, marginales, de sus conflictos de clase, denuncias de injusticias y esfuerzos por modificar su estructura social. En otras palabras, una actitud rebelde y crítica ante las convenciones naturalistas de la literatura y las condiciones sociales del país.

Por un lado, el realismo social emparentado con la visión política presente en la generación superrealista (Nicomedes Guzmán, Reinaldo Lomboy) intentó lograr una interacción adoctrinadora con los lectores, con el fin de despertar su simpatía por los pobres y oprimidos; esto lo hizo desde una concepción político-social de la literatura de preferente orientación materialista-dialéctica, que implica una interpretación polarizada del mundo, compromiso con el polo del proletariado y producción de textos que pretenden constituirse en intérpretes solidarios de la realidad (Goic, Historia de la novela 217-243). Por otra, una escritura antipoética, destructiva, nihilista, escéptica, trans-gresora, más ligada a una concepción anarquista y dadaísta que a la clásica función social de la literatura y que se escurre entre el caos y el absurdo, o las modalidades de lo marginal gestados por la pobreza, la animalidad o la condición de mujer, como en Nicanor Parra, Carlos Droguett y María Luisa Bombal, respectivamente.

Acosados por la cercanía de la Segunda Guerra Mundial, el Frente Popular, la Guerra Civil Española y sus secuelas fascistas, con una escena literaria copada por los autores y la influencia de la generación anterior, estos escritores oscilaron entre la continuidad parcial (expansión) del proceso canónico superrealista (aspectos estructurales, temáticos, estilísticos) y el desarrollo de un proceso anticanonizador neorrealista de plural orientación: político-social de denuncia y compromiso, de conformación de mundos mentales, escrituras desacralizadoras y anticanonizadoras que encuentran su expresión más destacada en la antipoesía.

Tal como en las promociones anteriores, la institucionalización del oficio literario ha aumentado con las mayores exigencias y sistematización de la investigación, el desarrollo de las organizaciones de escritores, particularmente de la SECH, la modernización de los medios de impresión de libros y las relaciones y encuentros internacionales.

Esta generación proyectó identidades características de la anterior, como la de clase proletaria, al mismo tiempo que acentuó particulares tipos de identidades en crisis, rebeldía y marginalidad, como la del pequeño burgués contradictorio representada en la antipoesía, las identidades femeninas de la narrativa de Bombal y las formas de vida anormales, embrutecidas o fuera de la ley propias de la narrativa de Droguett.

Estos procesos se han desenvuelto en medio de una crítica e investigación universitarias generadas en revistas y artículos especializados, que conforman un segundo canal canonizador teórico-científico frente a la crítica vocacional de función divulgativa o didáctica, como hemos visto. Los géneros canonizados han reiterado la situación anterior, tanto en lo referente a la poesía y la narrativa, como a la intensa práctica de la metadiscursividad. Entre las más influyentes aparecen "Poetas de la claridad", 1958, "Manifiesto", 1965, y el metadiscurso antipoético de Nicanor Parra, "Mandragora, poesía negra", 1938, de Braulio Arenas y "Resolución de medio siglo", 1958, de Fernando Alegría, los prólogos de Eduardo Anguita y Volodia Teditelboim a su Antología de la nueva poesía chilena de 1935, entre otros.

Los textos canónicos de esta generación son los antipoemas clásicos, artefactos y textos objetuales de Nicanor Parra, en particular el libro Poemas y Antipoemas y la caja de tarjetas postales llamada Artefactos; La última niebla y La amortajada, de María Luisa Bombal, Eloy y Patas de perro, de Carlos Droguett, Contra la muerte, de Gonzalo Rojas y La sangre y la esperanza, de Nicomedes Guzmán.

2.8. La promoción que sigue, la irrealista de 1957, se ha preocupado de la renovación de las formas tradicionales de la literatura mediante audacias formales, la despersonalización del sujeto, la representación de un mundo urbano de límites difusos gobernado por la contradicción, la exploración de nuevas esferas de la realidad, objetos innominados carentes de referentes directos, etc., que los introducen en un proceso canonizador de expansión de algunos elementos superrealistas, al mismo tiempo que de rechazo de las ambiciones cientificistas del criollismo, el realismo y la novela moderna, mediante la presentación irracionalista de mundos opresivos, asfixiantes, ominosos, como en la novela de José Donoso.

La tónica asocial, cosmopolita y europeizante de las problemáticas muestra una actitud descanonizadora de la generación neorrealista, dándole énfasis al buceo psicológico y a los sentidos superpuestos que tienden a configurar una imagen del ser inabordable en su infinitud última y complejidad variable, concentrándose en el individualismo, el escepticismo, el absurdo. Por ello, las identidades destacadas son la identidad burguesa individualista y la existencialista religiosa o agnóstica.

La institución literaria se ha ampliado, cientifizando los procesos de canonización y poniéndolos en relación con hechos sociales como la Revolución Cubana, el Concilio Vaticano II, la filosofía europea de postguerra, la guerra fría. Los procesos de modernización y perfeccionamiento de la crítica y la rigurosidad de los procesos de institucionalización literaria mediante encuentros nacionales e internacionales, talleres de escritura y apoyo académico, le aportan rigor y sistematicidad.

Los escritores manifiestan preocupación por la reflexión literaria, lo que se manifiesta en discursos metatextuales tales como "La nueva generación", 1954, de Enrique Lafourcade, "Dilema entre la libertad y la mediocridad en la literatura chilena actual", 1958, de Alfonso Echeverría, "Una experiencia literaria", 1958, de Claudio Giaconi, "Notas sobre la vieja y la nueva poesía", de Miguel Arteche, 1958, "Definición de un poeta", de Enrique Lihn, entre otros.

Los géneros canónicos siguen siendo la poesía y la novela, a pesar de la aparición de autores y textos dramáticos de interés, en particular de Luis Alberto Heiremans y su famosa trilogía de El abanderado, Versos de ciego y El tony chico, mientras que los autores consagrados son Enrique Lihn, La pieza oscura, La musiquilla de las pobres esferas, su novela El arte de la palabra, José Donoso, El obsceno pájaro de la noche, Coronación, El lugar sin límites, llevadas al cine las dos últimas; en menor escala, Destierros y tinieblas, de Miguel Arteche, que representa una identidad religiosa católica existencial a través de una lírica exigente en su estructuración y en la visión profunda y trascendente.

2.9. has generaciones siguientes, de 1972 y de 1987 (Goic, Historiay crítica 234-250 y 492-500) se definen por la pluralidad, la diversidad y la impronta de grandes acontecimientos políticos: la Unidad Popular, el Golpe Militar y el retorno a la democracia. Por ello, su vigencia está definida en dos momentos, separados por el Golpe de Estado del 11 de septiembre del 73.

El primero se caracteriza por la acusada presencia de los grupos poéticos, encuentros de escritores y lecturas en público de los 60 (Trilce, Arúspice, Tebaida, autores como Jorge Teillier, Ornar Lara, Jaime Quezada, Floridor Pérez, Osear Hahn, Manuel Silva, Gonzalo Millán), la continuidad de los estilos y escrituras de los autores canónicos Mistral, Neruda y Parra, principalmente en su tendencia al lenguaje cotidiano, la narratividad y un dejo de prosaísmo, transformada después en escritura de la contingencia sociopolítica, que incluye una dimensión religiosa apocalíptica y una expresión del exilio (I. Carrasco, "Poesía chilena" 31-44) de Jaime Quezada, Isabel Allende, Antonio Skármeta, Juan Luis Martínez, Diamela Eltit. Luego se agregará la práctica de nuevas expresiones, tendencias y cruces genéricos de carácter subversivo en el contexto de la dictadura militar, el proceso de retorno a la democracia, la influencia del mercado y la globalización neoliberal.

La institución literaria se ha desarrollado profundamente, tal como en parte los procesos de canonización, ligados a los ámbitos académicos y profesionales y a los fenómenos mediáticos y de comercialización, puesto que debieron consolidarse en una situación compleja, dramática, en medio de cambios estructurales de carácter transversal que alteraron las condiciones normales de la sociedad y la existencia; p. ej., la valoración bivalente de la dictadura y la resistencia, que definía la posición en el sistema literario del autor como traidor o héroe, lo que definía un lugar público, privado o ausente en el canon literario del momento. A esto se debió la temporal deslegitimación del Premio Nacional de Literatura y de quienes debían recibirlo o lo recibieron; la continuidad de la SECH, la fundación de la SOCHEL y otras actividades y organizaciones que han funcionado a medias, limitadas primero por la clandestinidad y luego por el libre mercado.

Por ello, están en curso varios procesos de canonización y de construcciones identitarias condicionados principalmente por situaciones y hechos políticos, aunque parecen predominar los procesos recanonizadores de mantención de las figuras tradicionales (Neruda, Mistral, Parra, Huidobro, Donoso) y el predominio de una identidad política de reacción a la dictadura militar (revolucionaria o simpatizante de los militares golpistas), en pugna con otras surgidas en el período: la identidad étnica, particularmente mapuche, la de género femenino u homosexual y la postmoderna, una proyección identitaria aprendida o imitada de experiencias europeas o estadounidenses.

Dada la situación de crisis en que ha conformado esta generación o supra-generación, se ha desarrollado una gran actividad de escritura autorreflexiva, en la que destacan "La poesía de los lares", de Jorge Teillier, "La novísima generación: varias características y un límite", de Antonio Skármeta, "Vamos a nombrar las cosas (Una conferencia en Puerto Rico)", 1987, de Isabel Allende, el discurso crítico y memorístico de Quezada, además de variada y dispar literatura metatextual.

Considero que los géneros canónicos siguen siendo la poesía y la narrativa, aunque en versión neo o post-vanguardista principalmente, y los autores y textos más sobresalientes son Para ángeles y gorriones, de Jorge Teillier, La nueva novela, de Juan Luis Martínez, Lobos y ovejas, de Manuel Silva, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta, Lumpérica, de Diamela Eltit.

Estos textos y metatextos se confunden y coinciden en diversos aspectos en la escena de la dictadura con los de la generación de 1987 de Raúl Zurita, Roberto Bolaño, Clemente Riedemann, Rosabetty Muñoz, Cecilia Vicuña, Carlos Alberto Trujillo, Elvira Hernández, entre otros (Fernández, Literatura chilena 87-98), sobre todo "Chile: Literatura, Lenguaje y Sociedad", de Raúl Zurita y "Una ponencia del C.A.D.A.". Las nuevas tendencias discursivas como la interculturalidad, la neovanguardia, la etnicidad, el testimonialismo, la religiosidad apocalíptica, la nueva narrativa, el feminismo, se relacionan con la respuesta a la situación política de dictadura y retorno a la democracia y con la aparición en el espacio público de nuevos grupos que proponen formas diferentes de identidad intercultural (mapuches, exiliados, retornados e inmigrantes) y de identidades de género (mujeres y homosexuales).

3. CONCLUSIONES

Hemos visto que la canonización de la literatura chilena fue iniciada en cierta medida por efecto de ideologías exógenas y hechos históricos que determinaron un proceso único, de carácter homogeneizante y europeizante, que ha dado relevancia a una identidad hegemónica que desplazaba, ignoraba o despreciaba a las otras. No obstante, a medida que el país y la literatura se han ido desarrollando, estos procesos se han tornado plurales, más heterogéneos, más abiertos, han establecido conexiones variadas entre ellos y han promovido distintas identidades valoradas según criterios y factores diversos a través del tiempo.

En cuanto a los criterios y agentes de canonización, se observa un cambio significativo desde puntos de vista impresionistas, ideológicos e histórico-po-líticos, hasta perspectivas actuales de orientación teórica variada, que tienden a explicitar los fundamentos y criterios de selección, buscando una concepción más rigurosa del estudio literario y más situada en sistemas culturales.

Los procesos de canonización se han realizado en distintos niveles y espacios de los procesos y sistemas literarios chilenos en los cuales intervienen distintos emisores y receptores. La existencia simultánea de procesos de canonización, descanonización, contracanonización y recanonización implica interacción entre subprocesos de índole heterogénea y superpuesta, a la vez que relaciones de hegemonía, paralelismo y expansión entre ellos. El canon dominante o hegemónico ha aparecido o ha sido considerado como único en determinados momentos, pero normalmente junto a él, en oposición o en estado de formación, han existido otros proyectos o intentos canonizadores de menor influencia.

En los autores canónicos de la literatura chilena predominan cuantitativamente los de género masculino, productores de textos concebidos desde los criterios y modelos europeos en cuanto a su homogeneidad, continuidad e imitación de los tipos, tendencias, géneros y estilos característicos de los centros ideológicos europeos, que escriben casi exclusivamente en lengua española de Chile, incluso sobre temáticas más universalistas que locales o indígenas. Las mujeres aparecen representadas en menor cantidad debido a criterios de desvaloración o menosprecio de lo femenino en la institución literaria occidental, por la marginación que han sufrido en actividades públicas según las reglas de la sociedad criolla y su automarginación en actividades artísticas por inseguridad debida a su escasa y reducida educación general y formación artística sistemática, el casi nulo interés y apoyo de los intelectuales por conocer y difundir su producción y las limitaciones de sus lecturas, contactos y participación en actividades intelectuales.

Los procesos literarios de canonización se han realizado en interacción con procesos socioculturales mayores, como la Independencia, la modernización, las vanguardias, la dictadura militar, por lo que estos factores extraliterarios tienen marcada representación en ciertos momentos, como los conflictos y luchas sociales del 38 y del 73, la reetnización mapuche de los 80, los intentos de interculturalidad en los 90, junto a otros factores textuales, la mayoría de carácter literario, pero también surgidos del peso de textualidades filosóficas y científicas.

El canon literario chileno es parte de otros mayores, el hispanoamericano y el universal, ya que incluye dos Premios Nobel, pero diferenciado y especial dentro de ellos, con un desarrollo superior y sostenido de la poesía, seguida de lejos por la narrativa y más lejos aún por el drama y otros géneros semirreferenciales, como el ensayo, el testimonio, las memorias, las cartas.

El principio ideológico común de los proyectos canónicos chilenos parece ser la nacionalización o la apropiación cultural de lo extranjero (Subercaseaux, Historia de las ideas 9-31), filosofías, teorías literarias, expresiones metalite-rarias, lo que se proyecta en las distintas clases de textos privilegiados: poesía vanguardista, novela histórica, criollismo, realismo social, etc.; los modelos externos más imitados han sido el romanticismo, el modernismo de Darío, las literaturas europeas del centro, el cosmopolitismo. Ala inversa del canon español que europeiza (se apropia de) a los escritores hispanoamericanos más destacados y los incluye en su historia (Darío, Borges, Cortázar, Neruda), la actividad canonizadora chilena se proyecta a la construcción de nuevas escrituras mediante la proposición de proyectos y programas de escritura literaria: la literatura independentista de 1842, el creacionismo de Huidobro, la antipoesía de Parra, la poesía etnocultural de autores mestizos mapuches, criollos y chilotes, parecen ser los más definidos y preponderantes.

 

NOTAS

* Este artículo ha tomado como base la ponencia leída en el XIV Congreso Internacional de SOCHEL realizado en Arica, Chile, entre el 9 y el 11 de agosto de 2006 y forma parte del proyecto FONDECYT 1040321 "Canonizaciones e identidades en la literatura chilena", realizado con la colaboración de mis colegas del Instituto de Lingüística y Literatura de la UACH, Drs. Osear Galindo, Claudia Rodríguez y Ana Traverso.

 

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