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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  n.72 Santiago abr. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952008000100007 

 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA Abril 2008, Número 72, 149-161

II. NOTAS

 

EXILIO INTERIOR Y SUBJETIVIDAD POS-ESTATAL: "EL GAUCHO INSUFRIBLE" DE ROBERTO BOLAÑO

 

Julio Sebastián Figueroa

Universidad Austral de Chile
sebastofil@yahoo.es


PALABRAS CLAVE: subjetividad, exilio, posnacionalidad, crisis económica argentina, Roberto Bolaño.

Key words: subjectivity, exile, postnationality, Argentinean economic crisis, Roberto Bolaño.


INTRODUCCIÓN

La relación entre literatura y exilio es no solo compleja sino que, además, tremendamente influyente en la producción de discursos estéticos y cognitivos; portante, influyente para las subjetividades que en esos discursos quedan implicados (para subjetividad y discurso, véase Foucault 2005). El estudio del binomio literatura-exilio, sobre todo a partir del aporte de los estudios culturales y subalternos, puede contribuir a la revisión de los discursos que sustentan estructuras culturales como la identidad territorial, la nación, el Estado, la frontera, el conflicto político y el castigo, el concepto de lugar, etc. Con ello no solo asumimos que la diversidad semántica del concepto de exilio (destierro, migración, viaje) funda una revisión de la historia de la cultura, sino también que permite desarticular su pedagogía; en consecuencia, aceptemos que la cultura del exilio es una cultura de orden no estatal, es decir, una cultura que desacraliza y desautoriza al Estado como institución reificada de la modernidad (para esos efectos teóricos, véase Cochrane 1996).

En efecto, al revisar el discurso de la nación, o de cualquier nación en particular, nos topamos indefectiblemente con el del exilio. Más aún si se trata de revisar una literatura nacional, observamos perplejos cómo, históricamente, el exilio, el destierro y, por supuesto, el desarraigo fijan puntos de fuga discursivos y subjetivos que deconstruyen la cuestión de la nación y sus fronteras.

Chile y su literatura, como es deducible, no ha sido la excepción. Ya desde la conformación de la República, sabemos que existen los destierros individuales y colectivos, determinados esta vez por la preeminencia de un discurso sobre el territorio que, junto con definirlo, excluye a quienes considera indeseables. Así, Manuel de Salas o el propio Bernardo O'Higgins, toda vez que sufrieron el exilio, produjeron discursos sobre la libertad territorial y la patria que vale la pena revisar en el sentido que proponemos; pero, a mi parecer, más complejo es el levantamiento de identidades marginales por circunstancias de exilio interior en una época, como aquélla, donde el control del territorio se hacía construyendo la historia terrible de los Estados nacionales, con toda la exclusión cultural que esto significa. Es el caso de las periferias territoriales, sobre todo del sur chileno, cuales el Estado centralista del siglo XVIII quiso controlar por medio de la colonización económica e identitaria aquellos espacios de diferencia cultural, pero que no pudieron evitar la proliferación de 'rebeldes' y 'marginales' en estado de exilio (Bengoa 1998).

El momento más álgido de la historia del exilio en Chile se produce a partir del Golpe de Estado de 1973. Es verdad básica que aquello supuso un ejercicio de violencia indiscriminado y sistemático que, además de destruir las bases de la República y sembrar un régimen de terror en el país, provocó una dictadura de casi dos décadas que modificó sustancialmente los fundamentos políticos del Estado. Durante aquellos años, el exilio obligado y voluntario tanto fuera como dentro del propio territorio dividen fuertemente la producción discursiva entre 'narrativas del interior' y 'narrativas del exterior': "el quiebre institucional hace que se origine una producción narrativa del interior y otra del exterior. Según algunos críticos, la primera decayó ostensiblemente en los años inmediatos a 1973, debido a múltiples factores que fueron en perjuicio de la libre expresión de las ideas y de las manifestaciones de la cultura; la censura y la autocensura se hicieron presentes, afectando de manera singular a la expresión literaria, especialmente al discurso narrativo por su carácter referencial" (Morales 2001: ii). La literatura posterior al golpe brindará innumerables ejemplos de condición exílica de la enunciación; ya desde el interior, mediante la proliferación de discursos fronterizos en el sur y norte de Chile, ya en el propio centro del país mediante la experiencia de desarraigo que significa la clandestinidad y, por supuesto, desde el exterior, en donde, por cierto, se fortalece una postura crítica frente al Chile de Pinochet, asumiendo los cánones civiles de los países libres donde se vive el exilio (el caso de la revista Araucaria o No pasó nada de Antonio Skármeta), pero expresando la ambigua nostalgia republicana de la derrota, de pronto influida por la experiencia del exilio republicano español. En ambos lados, el interior y el exterior, madura lentamente un discurso que denuncia las condiciones de violencia del país en dictadura, pero asume la pérdida del carácter nacional o nacionalista de ese discurso y se abre, en cierta medida, a un contexto posnacional de enunciación. Es la sensación que deja, inevitablemente, Tejas verdes de Hernán Valdés, texto que, siendo un diario de vida en un campo de concentración entre 1973-1974, está marcado, en la historia de su producción, por el posterior exilio del autor y narrador, y el fuerte escepticismo posnacional que ha expresado en sus diversos escritos.

En definitiva, los conflictos políticos de Chile, pero a su vez de muchos otros países latinoamericanos, marcan un antes y un después en el diálogo ciudadano con los conceptos de Nación, Estado y República; un poco por la transformación de estos aparatos en enemigos declarados de los derechos civiles, adquieren para los ciudadanos un matiz nominalista, quedándose vacíos como palabras-fuerza dentro de la identidad política de los sujetos.

Si dejamos de lado la producción de transición democrática (1987-1994), cuyo valor es poco dentro del tema del exilio, fuera de Cobro revertido de Urbina, el único autor que se atrevió a tocar el problema del exilio, desarraigo, diaspora y posnacionalidad es Roberto Bolaño, escritor que, naciendo en Chile, maduró literariamente en México, hizo su carrera literaria España y contextualiza sus narraciones casi indistintamente en Chile, Argentina, Alemania o Estados Unidos. Sus relatos sobre la violencia y la indiferencia en Nocturno de Chile (2000) o sobre las exacerbaciones de la violencia y la condición del exilio en Estrella distante (1999) remiten, mediante una sutil retórica del mal (González 2003), a la experiencia poética y política de la violencia y la experiencia desarraigada de una subjetividad en el exilio.

Ya en "Estar sin hogar: exilio, ajenidad y escritura en Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño" (Figueroa 2006), propusimos revisar el concepto de exilio en Roberto Bolaño, destacando sus aspectos culturales y políticos, para luego tomarlo como unidad de lectura de la experiencia de desarraigo, que tan visible es en los personajes y narradores de los textos mencionados. El alejamiento de los conceptos de nación y Estado en estos textos no solo constituía la narración de una experiencia de orfandad y, por tanto, de vagabundaje e indiferencia territorial, sino que además constituía una experiencia crucial para la implicación de nuevas subjetivaciones.

Sin embargo, puesto que esta situación es polémica, Grínor Rojo en su "Bolaño y Chile" (2004: 201-211), señala que el narrador, sobre todo en Detectives Salvajes (2000), intenta un ajuste de cuentas con dos situaciones problemáticas: con la literatura moderna latinoamericana, "entendida ésta como una literatura que tendría su origen en los movimientos de vanguardia (con un deslinde estético-historiográfico que no es infrecuente pero erróneo a mi juicio (...) y del individuo Bolaño con un determinado segmento epocal, llamémoslo el segmento revolucionario en la historia contemporánea de la región, el que, habiéndose iniciado presumiblemente con el estallido de la Revolución Cubana en 1959, se iría al diablo en Chile en 1973" (202). Tras revisar las condiciones de tal encasillamiento u objeto de lectura y ajuste de cuentas, comprobable en textos como Llamadas telefónicas, Putas asesinas y Amuleto, el investigador G. Rojo reconoce que, a fuerza de leer históricamente a Bolaño, éste queda un tanto desplazado a la cuestión puramente subjetiva del margen, de modo que en relación con la historia política de la revolución y su fracaso, Bolaño estaba "equivocado en su comprensión de la historia, la literaria y la general, esto desde el punto de vista disciplinario, y la chilena, la latinoamericana y la del mundo, en términos del despliegue de la historia general sobre la geografía del orbe" (209).

Respecto de eso, reconozco una discrepancia fundamental, a saber, que no hay tal equivocación en la lectura de la historia que hace Bolaño, ni disciplinaria ni políticamente, puesto que el juicio del crítico chileno parte del supuesto de que hay un sujeto narrativo trabado entre el antes y el después de los eventos revolucionarios de Latinoamérica, algo que muchos han llamado el 'trabajo del duelo' de las naciones latinoamericanas, sobre todo aquellas donde la violación a los derechos humanos durante dictadura fue terrible (Chile, Argentina, Paraguay). No obstante, alejándose de este supuesto, es posible concluir que la subjetividad narrada por Bolaño se abre a cuestiones de lucha con la misma ferocidad que la revolucionaria, pero descreyendo de ella, y situándose ahora más bien en la crítica cultural del poder y su pedagogía. Por ello, el desplazamiento hacia el margen no es solamente obvio, sino que necesario, pues el trabajo del duelo, que es resolutivo, supone simultáneamente un trabajo de espectralidad, que es ejemplar. Así, el desplazamiento marginal ya no se refiere a una cuestión de revolución, sino de apertura hacia la diferencia constante de lo reprimido y violentado; y con ello quiero decir que las luchas revolucionarias no son, para Bolaño, otra cosa que formas de dominación y violencia simbólica o física, de la que nos dan cuenta algunas de sus víctimas: homosexuales (como en el caso cubano), mujeres, niños y poetas (como el caso de Roque Dalton en San Salvador). No hay un sujeto narrativo trabado, sino ante todo lúcido y crítico frente a la dominación y el ejercicio del poder.

Así, propongo que, dentro de la subjetivación marginal de la narrativa bolañiana, se proporcionan elementos suficientes para construir nuevas identidades y experiencias. El exilio y el destierro, en sus formas más variadas, son parte fundamental de estas marginaciones del sujeto, y en conjunto, traducen las experiencias de renovación política y poética que le acontecen a la experiencia individual y colectiva y a la proyección de sus renuncias y promesas.

Así las cosas, la narrativa de Bolaño nos presenta un sujeto del discurso confrontado no solo con el evento posrevolucionario y postdictadorial, sino también con las consecuencias neoliberales que ha tenido esta situación en algunos de los Estados-nación donde se enuncian las narraciones del escritor chileno: Argentina, México, España, el propio Chile, contextos en que las nociones de exilio, migración y cinismo cultural se refuerzan. En el fondo, los textos de Bolaño expresan las posibilidades narrativas para subjetivarse en estos contextos.

Dentro ya de la semántica del exilio, observamos que la obra de Bolaño, según nuestra interpretación, actualiza un significado bastante peculiar y complejo, a saber, el que lleva a comprender el exilio como un puro ánimo de marginalidad. Donde con mayor ahínco puede probarse esta situación es en el ánimo de apartamiento radical que se efectúa en el "exilio interior", algo que ya Bolaño describe de algún modo en Nocturno de Chile para demostrar el aislamiento de la sociedad chilena durante la dictadura. No obstante, en ese texto predomina el aislamiento más bien como recurso narrativo para demostrar la indiferencia ciudadana a los numerosos actos de violencia, tortura, discriminación y odio que proliferaban en el país en aquellos años. El relato del exilio interior como ánimo de marginalidad, por un lado, pero por otro, de búsqueda de nuevas formas de convivencia y subjetivación de la experiencia frente a una historia cruel o poco feliz, lo encontramos más consistentemente en "El gaucho insufrible", cuento del libro homónimo publicado en el 2001. Aunque este relato remite al contexto argentino contemporáneo, me parece que los escenarios de violencia y conflicto político se repiten, sobre todo porque analiza las consecuencias más radicales de la muerte de las políticas sociales y el fortalecimiento indiscriminado del neoliberalismo.

EXILIO INTERIOR Y MARGINALIDAD

Para entender la situación del exilio interior, el trabajo de Paul Ilie sobre la semántica del exilio concluye que "la separación de individuos de su nación puede adoptar múltiples formas: separación voluntaria, expulsión, auto-exclusión temporal, separación, marginalidad, desplazamiento del centro..." (1981: 9-10), lo que implica que la experiencia exílica puede muy bien entenderse como un mecanismo de construcción de subjetividad cuya singularidad radica en su marginación de los discursos nacionales y estatales.

Podemos concentrar la fuerza del significado del exilio en la pura experiencia, en el puro ánimo de marginalidad; en relación con ello, Paul Ilie se pregunta "¿No hay nada aparte de la incomunicación con la propia tierra, ni aislamiento interno de la patria que llene el exilio, a ambos lados de la grieta, de sus esenciales contenidos intelectuales y espirituales?", a lo que responde: "afirmaría que el exilio es un estado de ánimo cuyas emociones y valores responden a la ruptura y separación como condiciones en sí mismas. Vivir aparte es adherirse a nuevos valores que están separados de los valores predominantes; aquel que percibe esta diferencia moral y que responde a ella emocionalmente vive en exilio" (8).

Este marco semántico del exilio interior permite analizar formas de la marginalidad como constituyentes de una experiencia exílica, lo que implica una ampliación de la experiencia de violencia política como premisa del exiliado (como expulsado, perseguido, trasplantado) a una experiencia política de post-nacionalidad -fenómeno que no nace estrictamente de la violencia. Toda vez que la violencia política del sujeto y la contemplación sufriente de la historia, conllevan un pensar sin el o más allá del o contra el Estado, esta experiencia puede edificarse en la propia marginación del sujeto cultural, es decir, como alternativa al hecho mismo del Estado y las subjetivaciones estatales.

En general, dentro de la narrativa de Bolaño se lee un argumento contra-estatal en relación con las políticas culturales del campo literario. Un escritor unido al Estado, básicamente es un escritor que alimenta las políticas autoritarias y verticales de la producción artística. Ya en Estrella distante, el narrador, aun en el cruel relato del asesino y poeta Carlos Wieder, censura la posibilidad de un artista protegido por el Estado; leyendo unas entrevistas hechas a Wieder, "se bosqueja su teoría del arte. Según Bibiano, decepcionante, como si Wieder estuviera pasando por horas bajas y añorara una normalidad que nunca tuvo, un status de poeta chileno «protegido por el Estado, que de esa manera protege a la cultura». Vomitivo, como para creerles a quienes dicen que han visto a Wieder vendiendo calcetines y corbatas por Valparaíso" (2000: 106). Observamos esta situación, con mayor precisión, en Las detectives salvajes, para el ejercicio de la poética realvisceralista, donde los poetas tienen como premisa la orfandad moral, literaria y política.

Para discutir el alejamiento del Estado como marginación cultural y producción de nuevas subjetividades, observaremos esta vez el aspecto económico de las formas estatales de control social y la renuncia a la vida institucional y social de un funcionario público en el relato "El gaucho insufrible". En este análisis, saldrá a la luz la experiencia exílica de una nueva subjetividad, fundada en la marginación, y cuyo momento principal es la post-nacionalidad y la post-estatalidad.

ESTADO, DESFALCO Y MARGINACIÓN

El texto que analizamos se sitúa en la biografía de Héctor Pereda, un abogado que trabaja para la administración pública, intachable y "de probada honradez, en un país y en una época en que la honradez no estaba, precisamente, de moda" (7). Este personaje tuvo dos hijos, el Bebe y la Cuca Pereda, que debió criar solo, pues la madre de estos hijos murió tempranamente. Joven aún, el abogado no quiso volver a casarse, pues se negaba a poner una madrastra para sus hijos. Pereda lee políticamente la cuestión de la madrastra:

Cuando los dos o tres amigos íntimos del abogado le preguntaban al respecto, éste invariablemente respondía que no quería cargar con el peso (insoportable, según su expresión) de darles una madrastra a sus retoños. Para Pereda, el gran problema de Argentina, de la Argentina de aquellos años, era precisamente el problema de la madrastra. Los argentinos, decía, no tuvimos madre o nuestra madre fue invisible o nuestra madre nos abandonó en las puertas de la inclusa. Madrastras, en cambio, hemos tenido demasiadas y de todos los colores, empezando por la gran madrastra peronista. Y concluía: Sabemos más de madrastras que cualquier otra nación latinoamericana (8).

Se desliza, a mi parecer, una lectura de la nación bastante crítica, en la que el artefacto discursivo de la nación se supone abierto al control externo y forzoso de los poderes políticos. La nación argentina, se lee, ha sufrido el control de madrastras forzadas y relacionadas con formas del autoritarismo, como es el caso, muy significativo en la administración política del país argentino, del peronismo.

El peronismo ha sido el evento más significativo de la historia política contemporánea de la Argentina. El discurso del Estado peronista, asociado al bienestar y al paternalismo, ha sido reificado en la estructura política de la nación, fenómeno visible en el caudillismo de los dirigentes políticos provinciales y vecinales. Según Ignacio Lewkowicz, para la Argentina, "el peronismo es la fuerza integradora más potente del Estado del Bienestar, a la vez que provee una comprensión muy precisa de la omnipotencia del Estado" (2002: 197). Solo para confirmar esta situación, diremos que en la Argentina, durante los últimos 15 años, los poderes que han gobernado ese país, ora en la transición hacia el mundo liberal, ora en el desfalco económico del 2001, ora en la recuperación económica de los últimos años, han sido y son parte del partido peronista, de alguna de sus alas, ya sean conservadora, liberales o socialistas. Menem, Duhalde, Kirchner, son los nombres que encabezan esa lista.

Héctor Pereda, una vez jubilado, envejece con rapidez, y le comienza a interesar la política contingente de Argentina, es decir, el desarrollo liberal del peronismo. Sin duda, la fuerte entrada al mundo neoliberal ha cambiado las bases de la administración, y eso lo lleva a estudiar en busca de algo enigmático, búsqueda que, de algún modo, lo enloquece. Un día sale a cenar con dos amigos jubilados, un juez y un periodista, y durante toda la comida se ríe. ¿De qué?, le preguntan los amigos, y Pereda responde: "Buenos Aires se hunde" (9). Este vaticinio se cumplirá cuando, días después, la economía argentina, sin el respaldo que se supone tenía, se va al abismo. Toda ella, incluyendo al Estado y a la banca. Esta situación, sabemos, fue denominada el "corralito", aludiendo a la estafa nacional del Estado: todo el dinero público fue congelado y la población argentina, de un día para otro, se quedó en bancarrota. Durante este período, ocurrió el fenómeno del cacerolazo o cacerolada, donde la gente se tomó calles y plazas para destituir a la mayoría de los políticos del Gobierno. Pereda, por cierto, tomó parte de este fenómeno público:

Cuando el presidente renunció, Pereda participó en la cacerolada. No fue la única. Aveces, las calles le parecían tomadas por viejos, viejos de todas las clases sociales, y eso, sin saber por qué, le gustaba, le parecía un signo de que algo estaba cambiando, de que algo se movía en la oscuridad, aunque tampoco le hacía ascos a participar en manifestaciones junto con los piqueteros que no tardaban en convertirse en algaradas. En pocos días Argentina tuvo tres presidentes. A nadie se le ocurrió pensar en una revolución, a ningún militar se le ocurrió la idea de encabezar un golpe de Estado. Fue entonces cuando Pereda decidió volver al campo... (9).

Antes de continuar con el destino de Pereda, debemos señalar que Ignacio Lewkowicz, ya mencionado, hace una lectura muy sugerente de estos Sucesos Argentinos (2002), toda vez que el desfalco estatal produce una muerte objetiva de la subjetividad estatal, momento radical para que el cacerolazo se transforme en manifestación de una subjetividad más allá del Estado.

El Estado, sabemos, "es el resultado de un proceso de concentración de diferentes especies de capital, capital de fuerza física o de instrumentos de coerción (ejército, policía), capital económico, capital cultural o, mejor, informacional, capital simbólico, concentración que, en tanto tal, constituye al Estado en detentar de una suerte de meta-capital que da poder sobre las otras especies de capital y sobre sus detentares" (Bourdieu 1993: 51). En este sentido, el Estado como meta-capital, equivale en su génesis a la formación estructural de las relaciones de poder entre las instituciones; aunque el Estado no pueda ser sino poder en todo sus modos: como dominación, como protección, como acumulación, como regulación.

En la génesis del Estado, los procesos de acumulación económica fueron tan importantes porque permitieron establecer la idea de unidad en el patrimonio simbólico basado en la moneda. En los territorios soberanos se extendió una moneda única, cuyos símbolos identificaron a los subditos con el rey y su patrimonio, del cual ellos eran servidores. Así, se puede "asociar el desarrollo progresivo del reconocimiento de la legitimidad de las recaudaciones oficiales a la emergencia de una forma de nacionalismo (...) es probable, en efecto, que la percepción general de impuestos haya contribuido a la unificación del territorio o, más exactamente, a la construcción, en la realidad y en la representación, del Estado como territorio unitario, como realidad unificada por la sumisión a las mismas obligaciones, impuestas ellas mismas por los mismos imperativos de defensa. También es probable que esta conciencia "nacional" se haya desarrollado en principio entre los miembros de las instituciones representativas que emergen en relación con la discusión del impuesto: se sabe, en efecto, que estas instancias están más dispuestas a consentir los impuestos si éstos les parecen motivados no por los intereses privados del príncipe sino por los intereses del país, primordialmente los imperativos de la defensa del territorio" (Bourdieu 1993: 55).

Las contribuciones, los impuestos, actúan, por un lado, como formas de nacionalismo y soberanía territorial, imitando y alimentando las fuerzas de defensa, área del Estado donde la violencia es legitimada por y contra la civilidad. Por otro lado, son el punto límite del resguardo político del mercado, a los que hace frente el modelo liberal de administración. Argentina, efectivamente, con el gobierno de Menem principalmente, sufre el debilitamiento de las políticas sociales y la privatización de la mayoría de sus propiedades (Olmedo 2006: 23ss); a una debida muerte objetiva del Estado, sin embargo, no le corresponde una muerte de la subjetividad estatal que produce y acompaña. Esa subjetividad se mantiene y se manifiesta en las protestas, casi siempre insatisfechas, de los movimientos sociales; insatisfechas porque, objetivamente, el Estado ha muerto, de modo tal que la subjetividad estatal pierde su sustento. Esto fue patente para el corralito durante el año 2001, donde el paternalismo del Estado mostró su precariedad económica al estafar a la ciudadanía.

Frente a la estafa del gobierno de turno, las nuevas comisiones de administración anuncian estado de sitio en la Argentina como reacción a la protesta nacional del mundo civil, cuya arma más fuerte fue el saqueo y el discurso anárquico: que se vayan todos. Esta situación política es preparatoria para una dictadura, como lo habían sabido ya tanto Argentina como las demás naciones del cono sur durante las décadas precedentes. Frente a la posibilidad de una segunda dictadura, la ofensiva siguiente de la ciudadanía es el fenómeno conocido como "cacerolazo". Lewkowicz analiza la situación así: "El estado de sitio que sólo reprime a los excluidos saqueadores o a los muchachos insurrectos, pero permite el movimiento masivo de unos caceroleros orientados a destituir al gobierno, no me parece un estado de sitio. Me parece más bien la figura patética de un estado que ha dejado de serlo pero en algún punto lo ignora, o está forzado a ignorarlo por la historia de su constitución. ¿La masa cacerolera incurrió en desobediencia civil o meramente reconoció que no existía estado de sitio? Si no había estado de sitio es porque no había Estado. Y la subjetivación entonces no se orientaba a prosperar en un más allá del Estado sino que se constituía en otro espacio" (2002: 32).

SUBJETIVIDAD POST-ESTATAL O UNA NUEVA HISTORIA DE GAUCHOS

Es en ese contexto que Héctor Pereda, en el cuento, decide volver al campo. Allí da principio a la búsqueda por una nueva subjetividad en medio de la crisis de la subjetividad estatal. Llamaremos, convenidamente, a esta nueva subjetividad, cualquiera que sea, con el nombre depost-estatal, significando con ello la aventura difusa y un tanto escéptica del sujeto más allá de las estructuras de poder que lo definieron objetivamente como tal.

La construcción de este nuevo tipo de sujeto se vuelve un tanto difusa, porque está constreñida por los moldes tradicionales de subjetividad marginal propia del nacionalismo estatal. Según la tesis que hace operativa José Antonio Figueroa (2001), el nacionalismo moderno de las naciones americanas tuvo como reacción fundamental, primero, el aburguesamiento de la mayor población, y segundo, la desobediencia civil de grupos minoritarios que vivieron el exilio campesino e indígena en la sierra, los Andes y la pampa, y que poco a poco van disminuyendo hasta convertirse en anacrónicas figuraciones de la resistencia y la marginalidad; de ese modo se explica que el molde tradicional de sujeto marginado que elige Pereda para su expurgación estatal sea el gaucho y su habitat, la pampa. Esta identidad de sujeto se hace, sin embargo, insufrible en la Argentina contemporánea. En su hacienda el Álamo Negro solo sobreviven ruinas y ratas; el pueblo ya no es sino un fantasma donde indios y gauchos envejecidos esperan la muerte en medio de la pobreza; ni siquiera hay caballos y la gente ironiza sobre las dotes gauchesca del juez porteño.

Durante su estancia en la pampa fue entrenando las costumbres de todo gaucho, aun cuando ya nadie las entrenara; cada día iba mostrándose más encerrado en la construcción de su nueva identidad, a la vez que todo el mundo iba hallándolo más loco. Hizo amistad con don Dulce, un "gaucho", decía Pereda, que le vendió un caballo rosetón, al que puso de nombre José Bianco. Este gaucho, sin embargo, conducía un jeep en vez de caballo, y vivía de cazar conejos y vender su piel: "Pereda siempre pensaba que el oficio de don Dulce no engrandecía a la patria sino que la achicaba. ¿A qué gaucho de verdad se le puede ocurrir vivir de cazar conejos?, pensaba. Luego le daba una palmada cariñosa a su caballo, vamos, che, José Bianco, sigamos, le decía, y volvía a la estancia" (14).

Con algo de dinero que le dio una de sus antiguas sirvientas de Buenos Aires, Pereda pudo contratar a dos gauchos viejos y pobres como ayudantes permanentes. Con ellos principia la comunidad "gaucha" que va formándose en torno a Pereda en el Álamo Negro. A ellos les decía: "Argentina es una novela (...) por lo tanto es falsa o por lo menos mentirosa. Buenos Aires es tierra de ladrones y compadritos, un lugar similar al infierno, donde lo único que valía la pena eran las mujeres y a veces, pero muy raras veces, los escritores. La pampa, en cambio, era lo eterno. Un camposanto sin límites es lo más parecido que uno puede hallar. ¿Se imaginan un camposanto sin límites, pibes?, les preguntaba. Los gauchos se sonreían y le decían que francamente era difícil imaginar algo así, pues los camposantos son para los humanos y los humanos, aunque numerosos, ciertamente tenían un límite. Es que el camposanto del que les hablo, contestaba Pereda, es la copia fiel de la eternidad" (15).

La pampa, dentro de la propia Argentina, aparece como espacio de marginalidad, camino rayano en la apertura religiosa de la eternidad. Ilustra, entonces, cómo los espacios nacionales son, a la vez, espacios de exilio y marginación, de modo tal que el discurso de la nación se construye sobre elementos que la desarticulan como artefacto naturalizante de la frontera y el territorio. Las naciones, desde su origen, han construido dispositivos para expulsar a sus habitantes: lo que supone tanto el exilio exterior como interior, y, de alguna manera, la soberanía sobre territorios nacionales especiales para la expulsión controlada de individuos (Ilie 1981: 16). Es de suyo, en todo caso, que en los espacios de identidad demasiado cerrada y marginal, el Estado haya preferido el control y la homogeneización: "la abstracción generalizadora del mercado estatal, la Ley del Estado, establece la 'igualdad' jurídica de los ciudadanos (...). Pero ese paso, decisivo para el desarrollo de los sistemas económicos y políticos modernos, conlleva también una negación de los particularismos étnicos" (Jiménez 1996: 215). Aquello negado, los discursos de identidad y sus espacios de habitación, aparecen, en las postrimerías de la autoridad estatal, como discursos de resistencia. Es el caso del ostracismo siberiano en la nación rusa; sin duda, espontáneamente, en Argentina la pampa o en el resto de América la sierra y la selva. Territorios soberanos donde habitan individuos marginados y muchas veces sin ley, especies de resistentes ahistóricos cuya sola presencia son el revés del discurso nacionalista.

En el caso de Pereda, éste asume su condición exílica como mecanismo para marginarse de toda administración autoritaria, a la que desconocerá e incluso querrá combatir. En un pasaje del relato, se presenta la siguiente situación: "Una noche, harto de oír a aquellos viejos soltar frases deshilachadas sobre hospitales psiquiátricos y barrios miserables donde los padres dejaban sin leche a sus hijos por seguir a su equipo en desplazamientos legendarios, les preguntó qué opinión tenían sobre la política. Los gauchos, al principio, se mostraron renuentes a hablar de política, pero, tras animarlos, al final resultó que todos ellos (...) añoraban al general Perón" (20).

Contradictoriamente, la añoranza del general Perón se construye sobre la base de la iconocidad argentina del hincha de fútbol, que por seguir a su equipo abandona familia y tierra; esta doble situación permite ilustrar la desarticulación del concepto de nación que sufre el discurso de estos personajes. Sin embargo, la reacción de Pereda extrema esta condición:

Hasta aquí podemos llegar, dijo Pereda, y sacó su cuchillo. Durante unos segundos pensó que los gauchos harían lo mismo y que aquella noche se iba a cifrar su destino, pero los viejos retrocedieron temerosos y le preguntaron, por Dios, qué le pasaba, qué le habían hecho ellos, qué mosca le había picado. La luz de la fogata concedía a sus rostros un aspecto atigrado, pero Pereda, temblando con el cuchillo en la mano, pensó que la culpa argentina o la culpa latinoamericana los había transformado en gatos. Por eso en vez de vacas hay conejos, se dijo a sí mismo mientras se daba la vuelta y se dirigía a su habitación (20).

En todo momento, su salvajismo personal remite al "salvajismo" nacional: "otras veces se quedaba dormido entre sus dos gauchos y soñaba con su mujer que llevaba de la mano a sus niños y le reprochaba el salvajismo en el que había caído. ¿Y el resto del país qué?, le contestaba el abogado. Pero eso no es una excusa, che, le reprochaba la señora Hirschman. Entonces el abogado pensaba que su mujer tenía razón y se le llenaban los ojos de lágrimas" (16).

La metamorfosis de Pereda en gaucho y cazador de conejos lo extraña de la ciudad y de sus amigos y familia. Cuando le piden que vuelva a Buenos Aires a firmar unos papeles de venta de su casa, la gente lo mira extrañada, como si Pereda estuviera disfrazado. La corona de esta situación adviene cuando Pereda decide enfrentarse a un escritor "cocainita", icono de la Argentina citadina, que lo insulta cuando Pereda va al encuentro de su hijo en un restaurante de la ciudad, como repudiando esta otra figura nacional, el gaucho, ahora transformado en una especie salvaje y absurda. Sin chistar, entendiendo la ofensa, Pereda lo apuñala, solo un poco, pero lo apuñala. Decide huir y, con las primeras luces del alba, volver a su estancia, al Álamo Negro, donde sus gauchos lo sufren sin protestar, y su marginación de un país más "salvaje" que él, es posible y hasta una opción valiente.

Estos dos iconos, uno de la argentina rural y el otro de la argentina citadina, terminan oponiendo dos mundos: el tradicional y el moderno, aunque acaso los dos pertenezcan a la cultura popular, y así la manera de terminar el cuento (con el 'cocainita' apuñalado y Pereda volviendo a su único refugio, la pampa) sea coherente, en principio, con el impulso a la desobediencia que caracteriza a todo ciudadano que descree de sus instituciones reguladoras. Por un lado, el desobediente civil, aunque normalmente disiente de una mayoría, actúa en nombre y en favor de un grupo, y desafía a la ley y a las autoridades establecidas sobre el fundamento de una disentimiento básico, y no porque como individuo desee lograr una excepción para sí mismo, pero lo hace sin revolución, es decir, "el desobediente civil acepta, mientras el revolucionario rechaza, el marco de la autoridad establecida y la legitimidad general del sistema de leyes" (Arendt 1999: 84). En ese caso, la fórmula de la política como dialéctica del 'amigo' y el 'enemigo' se cumple. No obstante, es posible pensar que la subjetivación post-estatal es una forma más amplia y ambigua de la desobediencia civil, aquella que se define como la convicción ciudadana de que el estado y los gobiernos no responden a las necesidades del pueblo (Arendt 80). En el mundo neoliberal, la dialéctica de la obediencia y la desobediencia ha perdido fuerza, y la fórmula de la amistad y la enemistad no se cumplen: la variabilidad del sistema de mercado es más veloz que la variabilidad del sistema de decisiones políticas. Así las cosas, es necesario plantear un mecanismo de acción más versátil, aunque éste sea, a veces, el escape, la marginación.

Pero cuando vemos que la marginación y el exilio interior de Pereda le permiten vivir a sus anchas su nuevo ideario y sus nuevos valores, entonces la alternativa ha sido fructífera. No se trata de buscar aquellos territorios no explotados por el mercado y la corrupción, puesto que esto reproduciría nada más que el escapismo romántico. La condición del exilio, del desplazamiento, es la que permite más bien vislumbrar espacios de subjetivación que sean más amplios que los espacios del derecho civil. En el contexto político actual, estos derechos amarran a los ciudadanos a seguir la pista política de una economía veloz, sin tiempo para flexionarla y convertirla, apenas analizarla. Toda vez que el exilio es entendido como un alejamiento del mundo civil y del ordenamiento jurídico tradicional y moderno, no se puede luego adscribir la idea de que el exilio es también un alejamiento de la política. Cicerón escribía: exilium non supplicium est, sed perfugium portusque supplicii. El exilio es refugium, a saber: ni derecho ni pena. Significa esto que es una situación de hecho, desligada en todos los sentidos del derecho, de modo que 'lo político' ya no se reduce al trabajo moderno de ciudadanía. Giorgo Agamben, en aquel hermoso texto titulado "Política del exilio" (2000), asegura que el refugiado y el exiliado deben considerarse por lo que son, es decir, ni más ni menos que un concepto límite que pone en crisis radical las categorías fundamentales de la nación-Estado, desde el nexo nacimiento-nación hasta el hombre-ciudadano, y que por lo tanto permite despejar el camino hacia una renovación de categorías ya improrrogable que cuestiona la misma adscripción de la vida al ordenamiento jurídico. El exiliado, como Pereda en la Pampa gauchesca, es menos ciudadano pero más político, es decir, reniega de la adscripción jurídica de la ciudad pero funda una comunidad política propia, emprendiendo la misión de producir la voz nueva de las nuevas repúblicas. Para una evaluación modernista, éstos son más bien patetismos locales de corta duración, pero la ficción narrativa permite saber que la república del exilio es una forma más amplia de la política del sujeto, aunque no dure en el tiempo. Según Agamben, "el exilio deja (así) de ser como una figura política marginal para afirmarse como un concepto filosófico-político fundamental, tal vez el único que, al romper la espesa trama de la tradición política todavía hoy dominante, podría permitir replantear la política de occidente" (92). Esa capacidad de replanteamiento, por mucho experimental y frágil, es finalmente lo importante.

EPÍLOGO

La marginación de Pereda abre la marcha hacia una pampa sin Estado, una identidad de sujeto, la gauchesca, cuyo principio está sobre o fuera de la estatalidad. Si bien existe la voluntad, de parte de las naciones sin Estado, de formar Estados propios (Jiménez 1996: 216), o, en el caso del exiliado, que él aparezca como un pequeño Estado en su migración, éstas son opciones tradicionales de entender los nuevos tipos de sujetos que se nos presentan. Sin embargo, si consideramos el exilio no solo como una experiencia post-catastrófica, sino que, además de eso, como una decisión de marginarse del poder, entonces estamos en los intersticios de una nueva subjetividad, que se organiza en torno a una historia del dolor y de la opresión, y la libertad y la voluntad de desplazarse, puesto que en ese desplazamiento quizá sea posible reconstruir al lugar fragmentado del sujeto social.

 

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