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Magallania (Punta Arenas)

On-line version ISSN 0718-2244

Magallania vol.39 no.2 Punta Arenas  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22442011000200004 

MAGALLANIA (Chile), 2011. Vol. 39(2):47-55

ARTÍCULO

El Archipiélago de Chiloé y los Jesuitas:el espacio geográfico para una misión en los siglos XVII y XVIII

Chiloé Archipelago and the Jesuits: The geographic enviroment of the mission in the XVII and XVIII centuries

RODRIGO A. MORENO J.*

* Departamento de Historia de la Universidad Adolfo Ibáñez, Avenida Padre Hurtado 750, Viña del Mar, Chile. rodrigo.moreno@uai.cl.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

El presente estudio tiene por finalidad presentar la particularidad del espacio geográfico del archipiélago de Chiloé como condicionante de la metodología misional que los jesuitas aplicaron allí durante los siglos XVII y XVIII. Situado en la frontera sur de la dominación española en América, el archipiélago se componía de una isla grande y una treintena de islas menores habitadas principalmente por la etnia huilliche, quienes estaban mayoritariamente bajo el servicio de encomienda. La presencia española estaba representaba en la ciudad de Castro, fundada en 1567 en la costa este de la isla grande, siendo ésta en aquellos tiempos, la ciudad más austral del mundo. Los jesuitas, aplicando un modelo poco común para misiones permanentes, hicieron de la clásica misión volante o circular, la clave de lo que se consideró un apostolado exitoso.

PALABRAS CLAVE: Chiloé, misión, jesuitas, geografía, archipiélago.


ABSTRACT

The present article has the aim of showing how the particularity of the geographic enviroment of Chiloé was a conditioner of the Missionary Methodology that the Jesuits applied there between the XVII and XVIII centuries. The archipelago is composed by one main Island and more than thirty minor ones populated mainly by aborigines of the Huilliche tribe who were mostly bound by the Encomienda labour system. Spanish presence was concentrated in the town of Castro that lies on the eastern shore of the main Island and was founded on 1567. At that at the date was the southernmost urban enclave of the world. The Jesuits, using an uncommon system for permanent Missions, used the fying or Circular system of Mission as the core of what was considered a successful apostolate.

KEY WORDS: Chiloé, mission, jesuits, geography, archipelago.


INTRODUCCIÓN

En la memoria colectiva del habitante de Chiloé, el sentimiento periférico, fronterizo, de lejanía y aislamiento, pobreza y precariedad fueron habituales a lo largo de su historia colonial y mayoritariamente de la republicana. Todo lo anterior fue siempre parte del ser chilote, y por lo tanto, la identidad local se forjó en un proceso en donde el espacio geográfico jugó un papel trascendental, no sólo porque Chiloé es un archipiélago, sino porque dicho espacio internamente siempre ha tenido una diversidad que el foráneo no necesariamente ha entendido o dimensionado.

Sin embargo, los conceptos anteriormente aludidos, también fueron los más recurrentes para todos aquellos que escribieron sobre Chiloé en los siglos XVI al XVIII, ya que el archipiélago siempre fue visto desde una mirada externa como algo unitario, ubicado en los confines del imperio español y en donde ocupaciones de frontera, colonización y misión eran las únicas opciones más razonables para justificar su perseverancia en el aquel conjunto de islas australes. En resumen, Chiloé fue tierra del rigor, que moldeó un carácter para quienes experimentaron su espacialidad, y generó admiración para quienes desde la distancia veían en el archipiélago un territorio que para su habitabilidad requería muestras cercanas al heroísmo por parte indígenas, colonos, soldados y misioneros.

Por todo lo anterior, este archipiélago austral ubicado entre los lejanos 41 grados, 48 minutos y 44 grados, 3 minutos latitud sur, se transformó en los siglos coloniales en una verdadera periferia sur del dominio español en América y antesala del aún más lejano estrecho de Magallanes.

La isla grande, con una extensión de 180 kilómetros norte a sur y 50 kilómetros de ancho, y sus islas adyacentes que en un número de 30 conforman el célebre archipiélago, hacia mediados del siglo XVI estaba habitado presumiblemente con 30 a 50 mil habitantes1, principalmente de las etnias huilliche y chona, diseminadas en la costa este de la isla grande y en las islas del norte, centro y sur del llamado "mar interior".

Este territorio insular fue conquistado en 1558 liderados por García Hurtado de Mendoza como consecuencia de una política de expansión hispana al sur de Chile que desde 1541 había establecido Pedro de Valdivia y continuada por sus sucesores. Como símbolo de permanencia, la fundación de la ciudad de Castro en la costa del mar interior de la isla grande en el año de 1567, significó la voluntad española de permanencia en el archipiélago y como claro pivote de la posible expansión a la Patagonia y al citado estrecho de Magallanes.

Chiloé representaba una realidad geográficamente nunca antes vista ni experimentada por la conquista española en suelos americanos, puesto que si bien en la experiencia antillana, habría existido una realidad relativamente análoga, la meridionalidad hizo de este archipiélago un territorio de escaso valor económico, y por lo tanto, poco atractivo para la colonización.

Sin embargo, por su ubicación geográfica, este territorio adquirió rápidamente una connotación más allá de lo económico, puesto que posteriores acontecimientos acaecidos en la gobernación de Chile, como por ejemplo, el fracaso de la fundación de una colonia en el Estrecho de Magallanes, y la destrucción de 7 ciudades entre la región del Bío-Bío y Osorno, consecuencia de la férrea resistencia mapuche, suscitada en el alzamiento y sublevación general de 1598 a 1603, convirtieron de pronto a Chiloé en un verdadero enclave estratégico de los intereses españoles en la periferia meridional, aislado por el norte a causa de la resistencia mapuche, y cabecera solitaria del indómito mundo austral y patagónico2.

Hubo un hecho determinante que consolidó a Chiloé como un bastión estratégico, en 1600, la expedición del holandés baltasar de Cordes atacó la desprotegida ciudad de Castro, y sus habitantes, quienes libres de la desolación provocada por la sublevación indígena producida en los territorios del norte, experimentaron el horror del saqueo y destrucción de los enemigos de España.

Desde este momento, la Corona determinó la necesaria fortificación del archipiélago, para la cual se establecieron asentamientos defensivos en el canal de Chacao, puerta de entrada natural hacia el puerto del mismo nombre y camino obligado para ingresar a la población de Castro, rápidamente reconstruida tras el ataque del holandés. Entonces, Carelmapu y Calbuco se transformaron en los fortines del archipiélago, necesarios para la defensa contra los enemigos y europeos, pero al mismo tiempo, baluartes frente a posibles incursiones indígenas desde el norte.

Por el sur, las temibles corrientes del Corcovado eran la frontera natural para cualquier incursión de piratería y lo mismo ocurría con la costa oeste de la isla grande, la que si bien estaba totalmente expuesta al Pacífico, presentaba una características geográficas infranqueables para una posible invasión enemiga. La isla grande, carecía de puertos abrigados en la costa del Pacífico y los profundos bosques eran otro escollo insalvable para hipotéticas pretensiones de atacar por la retaguardia. En realidad, lo curioso de Chiloé en el escenario americano, es que si bien era la frontera austral occidental, el propio occidente era la retaguardia de su centro neurálgico, el citado mar interior.

Para esta época, es decir, tras el ataque de Cordes y el fin de la sublevación de mapuches y juncos, Chiloé se convirtió en una realidad insular de insospechado aislamiento. Poblado por pocos españoles en Castro3, más unas pequeñas guarniciones militares en Carelmapu, Calbuco y Chacao, y algunos encomenderos diseminados por las islas y costa de la isla grande en el mar interior, los indígenas de Chiloé, principalmente pertenecientes a la etnia huilliche, se transformaron como en otras partes de América, en el motor de la economía insular, principalmente por la exclusiva mano de obra sustentada en el servicio personal y la encomienda.

Es en este escenario en que se establece la misión de la Compañía de Jesús en el extremo sur de América. Hacia 1608 el panorama de Chiloé era desolador, y cada día era más frontera que nunca, y era precisamente esa característica la que motivó a los jesuitas a iniciar una misión, puesto que cumplía el perfl de lo que se quería hacer fuera de las intensas actividades educaciones y pastorales urbanas que hacían. De hecho, no será casualidad que las más famosas misiones que la orden emprenderá, todas entraban en ese factor determinante que era la "vida fronteriza". Eran desafantes, pero con una característica vital para el trabajo misional jesuita: autonomía para construir nuevos proyectos de sociedad, en pleno mundo colonial.

LA MISION DE CHILOÉ Y EL CONDICIONAMIENTO GEOGRÁFICO

Cuando los jesuitas finalmente llegaron a Chiloé en octubre de 1608 lo primero que se pretendió hacer en el plano misional fue observar la realidad humana y geográfica y en lo posible, intentar fundar pueblos misionales al modo de los que se estaban pensando hacer en Paraguay, según la experiencia misional previa que se remontaban al siglo XVI4.

Prueba de lo anterior es que el provincial de la Compañía en Paraguay, P. Diego de Torres bollo le había indicado a los padres que viajaron a Chiloé que en lo posible se fundaran pueblos al modo de Paraguay.

Pero la geografía de Chiloé diría otra cosa. Simplemente había que hacerse esta pregunta ¿Era posible establecer pueblos misionales en Chiloé? ¿Sería posible fundar reducciones de indios en el archipiélago? Los padres Melchor Venegas y Juan bautista Ferrufino estaban obligados a evaluar rápidamente esta posibilidad puesto que las instrucciones del provincial eran muy concretas5. Pero, el entorno geográfico y humano diría otra cosa.

El paisaje de la isla grande era impresionante y complejo. bosques impenetrables, zonas pantanosas, inclemencia climática, dificultades naturales para el trabajo agrícola y ganadero ponían de entrada una traba a las primeras aspiraciones jesuíticas. Y por añadidura, los pobladores vivían en completa dispersión, no sólo en la Isla Grande, sino también diseminados en las islas e islotes adyacentes. Y la razón era muy concreta, en este contexto geográfico había muy pocas alternativas para construir una economía de subsistencia, de allí que los indígenas vivían de la marisquería en las costas de las islas del mar interior, del cultivo de tubérculos en zonas costeras y la recolección de productos como las frutillas6.

Y este último punto será determinante a la hora de reevaluar la metodología misional que se aplicará en el futuro. Se debía renunciar a la idea de las reducciones porque en Chiloé era imposible que ellas fructificaran, especialmente por la ausencia de tierras fértiles. Se podían talar bosques y secar pantanos, formar grandes explanadas y abrir espacios para la ganadería, pero el problema mayor no tenía solución, y es que los indios vivían dispersos y no se podía generar ninguna actividad económica alternativa que posibilitara el reemplazo de sus prácticas ancestrales vinculadas al mar, en particular la recolección de mariscos.

A propósito de este punto, el P. Venegas señalaba en 1611: Sus casas son buhíos (sic) de paja y están a buen trecho la una de la otra a causa de tener tierra suficiente para labrar, porque es menester casi cada año mudar sitio, y buscar nueva tierra por su mucha esterilidad, así, aunque se ha tratado diversas veces de reducirlos a poblaciones junto a la playa del mar, nunca ha sido posible, porque se murieran de hambre y también porque estuvieran muy expuestos a los malos tratos que continuamente reciben de los españoles7.

Había también otro problema mayúsculo que ya se alude en la cita anterior, los indígenas de Chiloé, a excepción de los nómades como la etnia chona, estaban sujetos a la encomienda y el servicio personal8. La razón de esta realidad estaba en la gran diferencia de este archipiélago austral a otras regiones fronterizas, en cuanto que los colonizadores habían llegado primero que el misionero, y de este modo, era muy difícil revertir este proceso buscando la exención de este sistema, vital para los españoles en una región pobre, nefasto para los intereses indígenas y negativo para los jesuitas que tenían la idea de formar reducciones.

Por estas razones es que los misioneros idearon una misión diferente, que mezclaba la tradición y la innovación. Por un parte pensaron en el clásico método de misión volante, practicado en Europa y que en América también tenía larga trayectoria, pero añadiendo elementos necesarios que hicieran de Chiloé una misión con posibles proyecciones. Dichas mejoras, estaban asociadas puntualmente a la realidad geográfica, puesto que no era lo mismo hacer misión volante en campos y valles que en un "jardín" de islas en pleno e indómito océano Pacífico austral.

Los padres Melchor Venegas y Juan bautista Ferrufino aplicaron entonces una de las recomendaciones clásicas que los superiores de la Compañía entregaban a quienes incursionaban en la misión, que los padres tuviesen la capacidad de evaluar en terreno las particularidades propias del lugar y así resolver lo mejor que conviniese9. Y esta será la razón del por qué el método de Chiloé estará determinado por una realidad geográfica, humana y política, que condicionará el destino de la misión. Los misioneros, de una manera experimental fueron adaptándose a las nuevas realidades que observaban. Y la mejor forma era aplicar una misión volante, la cual permitía simultáneamente trabajar en el objetivo pastoral inmediato, y evaluar el terreno en que debía desarrollarse una misión más permanente10. Tras las primeras experiencias, la percepción de los misioneros se comenzó a inclinar rápidamente hacia la idea de hacer de la misión volante una práctica permanente, y la prueba está en que en el primer recorrido de los padres por las diversas islas del archipiélago, construyeron capillas, demostrando con ello una clara intencionalidad de continuidad. Ahora bien, eso no significa que dichas construcciones estuvieron proyectadas como emplazamientos fundacionales definitivos pero sí marcaban una pauta de que por ahí podría continuar el experimento misional11. Sin embargo, dicha prueba sería inútil si no se hacía una segunda misión que terminara por confirmar el método de misión volante o, tomar la determinación de establecer algunos pueblos misionales y reunir a las etnias en puntos específicos.

Finalmente en las cartas anuas siguientes se confirmaría la decisión que desde el comienzo se podía presumir. La mejor forma de evangelizar a las etnias de Chiloé era por medio de una misión volante permanente, para lo cual se debía confirmar una ruta circular marítima que iniciara y terminara su recorrido en ciudad de Castro, ciudad cabecera del archipiélago y residencia de los misioneros.

Si los misioneros recibían la aprobación de los superiores, particularmente del P. Provincial del Paraguay, habría que construir la ruta misional pero con la ventaja de tener en parte la tarea hecha, pues la ruta de las capillas construidas era el referente para la posible continuidad. Además, ya no se trataba sólo de hitos arquitectónicos diseminados en el archipiélago, sino que había que agregar ahora un signo aún más sólido: la institución de los fiscales indios que estaban a cargo, espiritualmente hablando, de las comunidades en donde estaban ubicadas las capillas jesuíticas.

Ahora bien, si bien es cierto que los fiscales no fueron confirmados sino hacia 1622 por el gobernador, fue desde la segunda misión en que dichos colaboradores comenzaron a tener protagonismo en el trabajo apostólico, aún antes de que se confirmara la continuidad de la misión. Entonces surge una pregunta ¿Qué habría pasado si las autoridades provinciales no hubiesen aprobado la continuidad de esta misión experimental? No lo sabemos, pero es posible que hubiese sido un duro golpe para personas que desde los comienzos creyeron en la continuidad de la Compañía de Jesús.

Bueno, la misión fue aprobada oficialmente en 1617, fecha en que se estableció la fundación efectiva de la Residencia de Castro con dos sacerdotes estables. Para entonces, se habían realizado otras misiones circulares y también se había explorado la realidad de una etnia austral de mayor complejidad en cuanto a su ubicación geográfica: los chonos, habitantes del archipiélago del mismo nombre, situado en los 44 grados latitud sur. Esta etnia, de características nómadas, indómitas del europeo y con un sistema básico de supervivencia, planteó otro tipo de misión para los jesuitas, en donde se aplicaron otros métodos misionales que no alcanzaron resultados satisfactorios12.

Desde aquel año de 1617 y hasta 1660 podemos encontrar la primera etapa de la misión circular permanente del archipiélago de Chiloé. Dos misioneros recorrían durante casi seis meses las capillas construidas a modo de estaciones pastorales en los lugares seleccionados en el primer recorrido experimental, aunque es posible que gracias a la experiencia ganada en los años, se corrigieran algunas localizaciones con el fin de facilitar el trabajo con las etnias huilliche, payo y caucahue13.

El problema que se mantuvo inalterable fue la persistente precariedad económica, común a todos los habitantes del archipiélago, sin exceptuar a los jesuitas. A propósito de este punto, el P. Luis de Valdivia escribía: Los padres que asisten en aquella misión pasan también mucha necesidad, porque se junta con la pobreza de la tierra el trabajo de la misión que es excesivo14.

Esta es la razón del por qué no se podía fundar un colegio en la ciudad de Castro, puesto que la casa no podía financiar la presencia de más misioneros. Hasta 1660, difícilmente podía albergar a cuatro operarios de los cuales, medio año dos estaban en viaje, uno ejercía como superior y el otro como profesor15. Nuevamente el factor geográfico era determinante. Chiloé obligaba al trabajo disperso e impedía la concentración de fuerzas. Incluso para solventar la misión, el bien económico más preciado, la madera de alerce, debía ser obtenida con gran dificultad, no porque en Chiloé no hubiese bosques, sino porque la madera a la que podía acceder los jesuitas estaba en las islas más lejanas y principalmente en la cordillera nevada, la costa continental del archipiélago.16

De todas formas la misión continuó su curso puesto que el espíritu práctico, tan fomentado en la Compañía, rendía frutos en Chiloé. Por ejemplo, para sustentar la misión y las actividades educacionales de la residencia, se contaba con algunas estancias17 y el negocio de la madera, pero se agregó hábilmente la adquisición de una hacienda fuera de Chiloé que entregase recursos extras a las arcas de la residencia. Para ello se compró la hacienda de San Francisco de borja de Guanquehua, al norte de río Bío Bío, es decir, en la frontera segura de la gobernación de Chile.18

En esta oportunidad, las dificultades geográficas podían ser sorteadas de buena forma. Se adquirió una hacienda que tenía tres características vitales para los objetivos de Chiloé: Que estuviese bien ubicada latitudinalmente para que así tuviese buena producción de productos como la vid, necesarios para la fabricación de vino, así como también una producción triguera aceptable. Por otra parte, que estuviese ubicada en un territorio de paz y no en zona de guerra, habitual desde el golfo de Arauco hasta la frontera norte continental de Chiloé.

Y por último, que tuviese buena comunicación, o al menos aceptable, entre el territorio de la hacienda y el archipiélago. En este caso, su cercanía al mar hacía factible la idea y la posible conexión rápida, al menos en teoría, se podía dar entre Talcahuano y el puerto de Chacao en la isla grande.

Con esta incorporación, la economía de la misión logró estabilidad, y desde entonces la precariedad de la tierra pudo revertirse con la optimización de los recursos. Sin embargo, la necesidad de los sínodos que la corona pagaba a los misioneros que estuviesen en misión con los indios siguió siendo relevante dentro del presupuesto general de la misión.

De todas formas, en el siglo XVIII el método misional ya estaba consolidado. Al menos así lo corrobora el obispo auxiliar de Concepción Felipe de Azúa, quien señaló en 1742: Anualmente dan círculo a todo el archipiélago gastando más de las tres partes del año en la que hacen por mar, y el resto en la de tierra; de las más gloriosas que tiene la Compañía de Jesús correspondiendo el fruto de copiosísima mies al infatigable trabajo de los dos operarios jesuitas; yo fui testigo ocular de la misión que hicieron el año de cuarenta y uno, y salí de Castro con los reverendos Padres Antonio Friedl y Francisco Xavier Esquivel por el mes de octubre, a fin de confirmar todos los indios dispersos en las islas19.

Desde 1660, con la fundación del colegio de Castro20, la misión en su fase de madurez aunque su apogeo sólo lo alcanzará hacia mediados del siglo siguiente. Puesto que si bien los recursos aumentaron y sí era posible aumentar la dotación de misioneros en el archipiélago, fue el recurso humano el que se echó en falta, tema que fue recurrente en las misiones de la Compañía de Jesús en Chile.

Solo en el siglo siguiente se puedo aumentar el número de misioneros en el archipiélago, gracias los nuevos contingentes de misioneros llegados de Europa y a las vocaciones que lograban captar en Chile central. Hacia 1720 había seis misioneros en la misión21 y en 1753 el número había subido a nueve22. Para el momento de la expulsión, la misión estaba en su máximo apogeo con trece misioneros trabajando no sólo en Castro sino también en Chonchi y Achao como residencias estables23.

 

Durante este tiempo de crecimiento, el modelo misional siguió su curso y la Compañía consideró que se cumplían los objetivos trazados como orden. Se siguió aceptando que la dispersión geográfica podía ser un factor positivo siempre y cuando se realizara una misión periódica anual y se contara con el indispensable apoyo de los indígenas, quienes bajo la institución de los fiscales, sota fiscales, patrones y sota patrones, se fueron transformando en puntales fundamentales en el engranaje de una misión que no podía funcionar si no se consolidaba la colaboración entre religiosos y laicos.

CONSIDERACIONES FINALES

La geografía de Chiloé permitió la consolidación de un sistema misional de tipo volante o circular, marítimo y periódico, en donde los misioneros durante medio año, específicamente en primavera y verano, iban de tres a cinco días, visitando las comunidades indígenas que se mantuvieron dispersas en el archipiélago. De igual forma, la construcción de capillas de madera, de las cuales, la iglesia de Santa María de Achao en la isla de Quinchao es el último testimonio de verdaderos referentes de la misión puesto que los jesuitas establecieron las capillas como puntos de reunión y referencia en las diversas islas y costas del mar interior.

Junto con la pobreza de la región y la dispersión de los indígenas, hubo otro factor a considerar en la realidad geográfica condicionante de la misión. Se trata del Pacífico sur, cuya aguas turbulentas hicieron de la misión de los jesuitas una de las más peligrosas que la orden tuvo que enfrentar en Hispanoamérica. La dificultad radicaba en que los misioneros debían visitar los puntos misionales en dalcas o piraguas de extrema fragilidad, que en un clima lluvioso con fuertes vientos y peligrosas corrientes hacían que las travesías estuviesen hechas para hombres valientes y osados, tal como lo refere el P. Juan del Pozo en 1639: Y estas embarcaciones tan débiles y facas andamos de ordinario por estas islas, pasando estos golfos con evidentes peligros de la vida, por ser los mayores muy bravos, las corrientes de las aguas, a las crecientes y menguantes del mar muy furiosas (que dan grima sólo considerar que por allí se ha de pasar)24.

Este factor marítimo fue determinante para fjar un modelo misional que consideraba la imposibilidad de hacer recorridos misionales en otoño e invierno porque las condiciones de mar hacían imposible las travesías ya que el riesgo de perder la vida de misionero y sus remeros indígenas era considerable. De hecho, con las avanzadas tecnologías del mundo actual, las embarcaciones menores siguen teniendo limitaciones en la navegación por dicha región en tiempos invernales.

Esta condicionante afectaba también en cuanto a la búsqueda de misioneros idóneos para esta misión porque no todos podían adaptarse a las difíciles condiciones de vida que ofrecía el territorio, y eso se puede demostrar en que muchos misioneros que se integraban a las actividades del colegio de Castro, no perseveraban mucho en la vida de la misión circular y debían ser prontamente trasladados a otras regiones. Por esta razón, y en sentido inverso, los jesuitas que rápidamente se adaptaban a esta realidad, permanecían muchos años en el archipiélago, puesto que si bien lograba adaptarse al clima y inclemencias marítimas, se transformaban en referentes vitales en la mantención de la misión.

En definitiva, el espacio geográfico del archipiélago condicionó fuertemente la realidad misional jesuítica que se estableció desde 1608 y que se mantuvo hasta el extrañamiento de 176825. La metodología aplicada fue fruto de la adaptabilidad de los misioneros, que sin bien aplicaron experiencias usadas en otras regiones americanas, en el espacio de Chiloé encontraron un escenario único e irrepetible, construyendo una cristiandad que durante los siglos coloniales fue considerada la mejor lograda en la gobernación de Chile.

El 1768 se embarcaron los misioneros rumbo al exilio aunque un año más tarde se concretó la salida del postrado P. Friedl. Los franciscanos de Chillán y luego, desde 1770, de Santa Rosa de Ocopa, se hicieron cargo de la misión, la cual continuó metodológicamente condicionada por el marco geográfico insular austral. Cfr. González de Agüeros 1791, Descripción historial de la Provincia de Chiloé. Madrid: Imprenta benito Cano.

NOTAS

* Este artículo forma parte del proyecto Las Reducciones Indígenas: una visión comparativa, Sociedad Japonesa para la Promoción de la Ciencia (JSPS): Investigación Científica (b) no. 22401048, del Subsidio a la Investigación Científica (Kakenhi). 2010-2012.

1 Cfr. URBINA, Rodolfo 2004, Población indígena, encomienda y tributo en Chiloé, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, pp.34-43. También VáZQUEZ DE ACUÑA, Isidoro 1992, Evolución de la población de Chiloé (siglos XVI – XX). En Boletín de la Academia Chilena de la Historia (en adelante BAChH), 102, p. 403 – 408.

2 Cfr. URBINA, Rodolfo 1983, Periferia Meridional Indiana, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, p.19.

3 La ciudad de Castro tenía en 1613 sólo treinta casas. Cfr. Carta del P. Melchor Venegas al P. Diego de Torres bollo, 1613. En Cartas Anuas de la provincia del Paraguay, Chile y Tucumán, 1609 – 1637. (Carlos Leonhardt 1929). buenos Aires: Documentos de Historia Argentina, vol. XIX, p.109.

4 Sobre este punto, no se puede dejar de mencionar los pueblos hospitales de Vasco de Quiroga en México que con colaboración franciscana se estableció en Santa Fe de México y en Michoacán. Allí se observó por primera vez de manera exitosa la aplicación de un modelo de pueblo de indios como proyecto misional. De igual forma, el mismo ejemplo cabe para las reducciones franciscanas de Paraguay de San Luis beltrán y también no se puede olvidar las ideas propuestas por bartolomé de las Casas en su proyecto misional en Cumaná.

5 Real Academia de Historia, Madrid (en adelante RAHM), colección Mata Linares IX, f.114. Instrucción de la P. Diego de Torres bollo para las misiones de Arauco y Chiloé.

6 Frutilla es el nombre con se conoce la fresa en algunas regiones americanas.

7 Carta del P. Melchor Venegas, Tercera Carta anua, 5 de abril de 1611. En Cartas Anuas de la Provincia del Paraguay, Chile y Tucumán: 1609 – 1637, (Carlos Leonhardt 1927) vols. XIX – XX. buenos Aires, p. 108.

8 Sobre la encomienda y servicio personal en Chiloé véase URBINA, Rodolfo 2004, op.cit., passim. También véase el trabajo de Guarda, GABRIEL 2002, Los encomenderos de Chiloé. Santiago: Pontificia Universidad Católica de Chile.

9 RAHM, colección Mata Linares IX, F.114. Instrucción de la P. Diego de Torres bollo para las misiones de Arauco y Chiloé.

10 Cfr. Moreno, Rodrigo 2007, Misiones en Chile austral. Los jesuitas en Chiloé, 1608 – 1768. Sevilla: CSIC – Universidad de Sevilla – Diputación de Sevilla, pp.95 - 145. También comparar Meier, Johannes 2000, Chiloé – Ein Garten Gottes am Ende der Welt, en ...usque ad ultimum terrae. Die Jesuiten und die transkontinentale Ausbreitung des Christentums 1540-1773 (Johannes MEIER), Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 183-201.

11 Véase URBINA, María Ximena 2001, El espacio misional en los orígenes de las aldeas de Chiloé. En: Metodología y nuevas líneas de investigación de la Historia de América. en (Martín, Emelina, Parcero, Celia y Sagarra, Adelaida Martín). Burgos: AEA – Universidad de burgos, 313-324.

12 Moreno 2007, op.cit., pp.185-198. Véase también el estudio de CASANUEVA, Fernando 1982, La evangelización periférica en el Reino de Chile, 1667 – 1796, en: Nueva Historia, 2, pp. 5-30.

13 Cfr. Guarda, GABRIEL 1984, Iglesias de Chiloé. Santiago: Ediciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

14 Carta anua de las misiones de la tierra de guerra en el Reino de Chile por los Padres de la Compañía de Jesús desde el año de 1616 hasta el año de 1616 hasta el mes de diciembre de 1617. Archivo Romano Societatis Iesu, Chile (en adelante ARSI) 5, f.41.

15 Cfr. Moreno 2007. op.cit., pp.126-127.

16 Ibidem, p. 348.

17 Ibídem, p.332-341.

18 Ibídem, p. 334. Sobre la hacienda Guanquehua, cfr. bravo, Guillermo 2005, La administración económica de la hacienda jesuita San Francisco de borja de Guanquehua, en Esclavitud, economía y evangelización: las haciendas jesuíticas en la América Virreinal., (Negro, Sandra y Marzal, Manuel) Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, pp. 377-394.

19 Archivo General de Indias (AGI), Chile 98. Informe del obispo auxiliar de Concepción Felipe de Azúa a la Audiencia, Santiago de Chile, 30 de abril de 1742.

20 ARSI Congr. 75, f.193v. Carta del P. General Nickel al Viceprovincial de Chile, Roma 8 de agosto de 1660.

21 ARSI Chile 3, Catálogo 1720, f.235v.

22 ARSI Chile 3, Catálogo 1753, f.253v.

23 Moreno 2007, op.cit., p. 145. En realidad eran catorce pero uno de ellos no estaba en actividad puesto que el P. Anton Friedl, estaba postrado y ciego.

24 Carta del P. Juan del Pozo al P. Juan bautista Ferrufino, Castro 25 de febrero de 1639. En Ovalle, Alonso de 1969 (1646), Histórica Relación del Reyno de Chile. Santiago: Instituto de Literatura Chilena, Santiago, pp.450-451.

FUENTES DE CONSULTA

a)Inéditas

AGI Chile 98. Informe del obispo auxiliar de Concepción Felipe de Azua a la Audiencia, Santiago de Chile, 30 de abril de 1742.

ARSI Chile 3, Catálogo 1720, f.235v.

ARSI Chile 3, Catálogo 1753, f.253v.

ARSI, Chile 5, f.41. Carta anua de las misiones de la tierra de guerra en el Reino de Chile por los Padres de la Compañía de Jesús desde el año de 1616 hasta el año de 1616 hasta el mes de diciembre de 1617.

ARSI Congr. 75, f. 193v. Carta del P. General Nickel al Vicepro-vincial de Chile, Roma 8 de agosto de 1660.

RAHM, Mata Linares IX, f.114. Instrucción de la P. Diego de Torres bollo para las misiones de Arauco y Chiloé.

b)Impresas

Carta del P. Melchor Venegas, Tercera Carta anua, 5 de abril de 1611. En Cartas Anuas de la Provincia del Paraguay, Chile y Tucumán: 1609-1637, (LEONHARDT, CARLOS 1927). Documentos de Historia Argentina, vol. XIX. buenos Aires.         [ Links ]

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Correspondencia a: Departamento de Historia de la Universidad Adolfo Ibáñez, Avenida Padre Hurtado 750, Viña del Mar, Chile

Recibido: 04/05/2011 Aceptado: 24/10/2011 Versión final: 25/10/2011