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versão On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.13 n.22 Santiago ago. 2005

doi: 10.4067/S0718-22362005000100006 

 

Última Década, 22, 2005:111-136

ARTÍCULOS 



TRAYECTORIAS LABORALES, DESEMPLEO
Y CIUDADANÍA: EL CASO DE VIÑA DEL MAR
*

TRAJETÓRIAS DE TRABALHO, DESEMPREGO
Y CIDADANIA: O CASO DE VIÑA DEL MAR

LABOUR PATHS, UNEMPLOYMENT
AND CITIZENSHIP:
IN THE CASE OF VIÑA DEL MAR


Juan Sandoval Moya,
Nelson Arellano Escudero


Psicólogo y Candidato a Doctor en Psicología Social. Académico e investigador de la Escuela de Psicología de la Universidad de Valparaíso, Valparaíso, Chile.

Asistente Social y Postitulado en Intervención Psicosocial. Director de Estudios de Foro Público, Valparaíso, Chile.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

«Trayectorias laborales, desempleo y ciudadanía: el caso de Viña del Mar», presenta las facetas de la transición del mercado laboral en sus distintos niveles y alcances ideológicos y psicosociales, desde lo global hasta lo local. Los autores exploran una óptica acerca de los cambios en la sociedad del trabajo, trayectorias laborales y nuevas condiciones del trabajo en Chile para aproximarse a la situación particular de la comuna de Viña del Mar, describiendo las principales características sociales y económicas de una muestra de desempleados de esa ciudad, en quienes se estudia la trayectoria laboral y su percepción del empleo y la ciudadanía. Los comentarios finales presentan un ordenamiento de los elementos del fenómeno y exploran en torno a los efectos psicosociales en la ciudadanía que pudieran asociarse a las características de las experiencias de desempleo en los tiempos del neoliberalismo y que serían mediados por la matriz histórico-cultural de la localidad.

Palabras clave: Desempleo, Trayectorias laborales, Ciudadanía


RESUMO

«Trajetórias de trabalho, desemprego e cidadania: o caso de Viña del Mar», apresenta as facetas da transição do mercado de trabalho em seus distintos níveis e alcances ideológicos e psicossociais, desde o global até o local. Os autores exploram uma ótica sobre as mudanças na sociedade do trabalho, trajetórias de trabalho e novas condições de trabalho no Chile para aproximar-se da situação particular da comunidade de Viña del Mar, descrevendo as principais características sociais e econômicas de uma mostra de desempregados dessa cidade, nos quais se estuda a trajetória de trabalho e sua percepção do emprego e a cidadania. Os comentários finais apresentan uma ordenação dos elementos do fenômeno e exploram em torno dos efeitos psicossociais na cidadania que puderan associar-se ás características das experiências de desemprego nos tempos do neoliberalismo e que seriam mediados pela matriz histórico-cultural da localidade.

Palavras chave: Desemprego, Trajetórias de trabalho, Cidadania


ABSTRACT

«Labour paths, unemployment and citizenship: in the case of Viña del Mar», presents some facets of the transition of the work market in its different levels, ideological and psycho-social targets, globally and locally. The authors explore from the angle regarding the changes in the work society, labor paths and new conditions of work in Chile to approach the particular situation of Viña del Mar, describing the main social and economical characteristics using an example of unemployed people of the city, in order to study their labour paths and their perception of  employment and the citizenship. The final comments present a code of order regarding the phenomenon and explores around the psycho-social effects which are associated with the characteristics of unemployement experiences in the new neo-liberalistic times, which could be influenced by the historical-cultural mould of locality.


Key words: Unemployment, Labour paths, Citizenship



Como ves, aquí requiere que ahora corras tan rápido
como puedas para permanecer en el mismo lugar.
Si quieres ir a otra parte, debes correr al menos
el doble de rápido que antes.

Lewis Carroll

1.    Presentación

 El presente artículo se propone abordar la problemática de las trayectorias laborales en el marco de las nuevas condiciones de flexibilización del trabajo. El análisis propuesto se realiza a partir de una revisión teórico-conceptual de los principales cambios estructurales que se vienen produciendo en las sociedades contemporáneas, y por medio de su confrontación en tanto esquema analítico, con algunos de los resultados empíricos de un estudio sobre trayectorias laborales realizado con desempleados de la ciudad de Viña del Mar durante el año 2004.

En términos generales, los estudios sobre trayectorias laborales se proponen registrar y analizar las posiciones sucesivas que las personas van ocupando en las relaciones de trabajo, a través de sus vidas, o durante un período determinado de tiempo. Como perspectiva de estudio se plantea como objetivo obtener más precisión en el registro de los cambios que se suceden en el actual mundo del trabajo caracterizado por una alta flexibilidad e incertidumbre. Estos estudios forman parte de los análisis más generales sobre movilidad y estratificación social, proponiéndose específicamente explorar el tránsito que hacen las personas a través de sus diferentes empleos, registrando los principales cambios que experimentan en sus condiciones de trabajo, en los ingresos que obtienen y en la calidad de los empleos a los cuales van accediendo.

Como perspectiva de estudio, el análisis de las trayectorias laborales es un área de investigación relativamente novedosa y reciente, lo suficiente como para encontrarnos con que al año 2003 se habían registrado en Chile menos de media docena de estudios que abordaban esta perspectiva de análisis de la fuerza laboral. Por cierto que en los últimos años esta mirada se ha ido propagando y logrando un mayor interés en los investigadores sociales, probablemente motivados por el ineludible componente histórico que representa mirar una trayectoria laboral, lo que constituye un vector inmensamente relevante a la hora de comprender, por ejemplo, las dimensiones psicosociales de fenómenos como la pobreza, la exclusión social y/o el desempleo en la sociedad actual.

En este marco, el presente artículo se propone problematizar los procesos de precarización de las trayectorias laborales de los sujetos desintegrados de las fuentes de trabajo estable de la ciudad de Viña del Mar, describiendo sus estrategias de reinserción laboral, así como sus experiencias de entradas y salidas del mundo del trabajo, proponiéndose analizar dichos procesos desde los significados que los propios actores le asignan a dichas transiciones laborales.

En concreto, el artículo se enmarca en un trabajo de investigación exploratorio sobre las trayectorias laborales de un grupo de desempleados de la comuna de Viña del Mar, estudiando la movilidad laboral de una muestra de las personas que se inscribieron en la Oficina Municipal de Intermediación Laboral (Omil) de Viña del Mar, entre septiembre de 2002 y septiembre de 2003.1 En una primera fase, se realizaron 16 entrevistas semiestructuradas a hombres y mujeres de distintos tramos de edad que concurrieron a dicha oficina municipal en el mes de enero de 2004. La información fue procesada mediante un procedimiento de análisis de contenido a partir del cual se extractaron categorías de análisis que sirvieron de base para producir una batería de preguntas que posteriormente fueron incorporadas en la construcción de un cuestionario durante la segunda fase del estudio. La aplicación del instrumento se realizó entre junio y julio de 2004 a un grupo de 202 personas de ambos sexos seleccionadas a través de un muestreo sistemático.

2.    Los cambios en la sociedad del trabajo

Desde la década de los años setenta, irrumpieron en el mundo social nuevos procesos económicos y culturales que transformaron la ética capitalista vigente durante el Estado de Bienestar europeo y el Estado Social latinoamericano. El desarrollo tecnológico y las exigencias de productividad creciente en los países capitalistas avanzados, generaron importantes cambios en las prácticas de consumo y en las formas de organización del trabajo. Estos cambios afectaron de manera especial las llamadas «rutinas de producción fordista»: la división entre trabajo manual e intelectual, las formas de gestionar y organizar los procesos de producción, y una especial relación entre oferta y demanda de los bienes de consumo. A partir de la implantación de esta nueva pauta de organización postfordista del trabajo, entran en crisis las bases del modelo económico y social que había fundamentado durante las últimas tres décadas el modelo de la ciudadanía social.

Este nuevo escenario del capitalismo descrito por Harvey (1998) como «acumulación flexible», encuentra sus bases materiales en la profunda revolución tecnológica que inicia la industria capitalista a mediados de los años sesenta y que se expresa en una nueva organización del trabajo, las comunicaciones y la gestión de la organización laboral en los años ochenta. La llamada «revolución tecnológica» estableció las condiciones de posibilidad para que el postfordismo realizara aquella transformación radical de la estructura laboral y social descrita por Castells (1997) como «empresa red»,2 a saber: la flexibilización que representan los procesos de relocalización de los elementos productivos de las grandes compañías a lo largo de todo el planeta, y la flexibilización de la propia estructura espacial y organizacional de las empresas, enfatizando la descentralización y la subcontratación productiva.

Sin embargo, como señalan autores como Alonso (1999 y 2001) y De la Garza (2000), esta revolución tecnológica no fue el único proceso relevante a la hora de explicar la implantación de la pauta económica y social postfordista y las nuevas formas de trabajo de la «empresa red», pues también la flexibilización que se produce en las bases sociales y jurídicas de los derechos de ciudadanía constituye un elemento crítico a la hora de explicar este proceso, al generar una compleja reconstrucción de los modos de regulación política y reproducción social de los estilos de vida laborales, esto es, una flexibilización ofensiva, esencial y total.

Desde una perspectiva global, debemos destacar dos mecanismos críticos a la hora de explicar cómo se hace posible y se ejerce esta nueva forma de organización del trabajo: el manejo del conocimiento y el movimiento permanente de capitales (Harvey, 1998). El primero, tiene que ver con el acceso y la manipulación de la enorme cantidad de información disponible, esto es, el problema del acceso y control de los flujos y medios de información, sea ésta de orden formal como el conocimiento científico-tecnológico, o informal, como el conocimiento sobre los gustos sociales en la cultura popular masiva. El segundo mecanismo, se refiere a la reorganización del mercado financiero mundial por el establecimiento de flujos constantes de capital, y por la creación de instrumentos tecnológicos, políticos y económicos capaces de agilizar y flexibilizar una red financiera mundial.

De este modo, las transformaciones tecnológicas, comunicacionales, jurídicas y organizacionales de la economía flexible, le permiten al nuevo capitalismo intensificar los flujos financieros, comerciales y de inversión directa, crecientemente interconectados y asociados a redes de organizaciones empresariales que extienden su radio de acción en un mercado global en el que se hace cada vez más difícil la identificación de los actores y sus interrelaciones e influencias. Este nuevo orden multinacional constituye una verdadera «nueva estética capitalista», en la cual se establece una lógica social donde la «compresión espacio-temporal» de la globalización, radicaliza los procesos desarticuladores de la modernidad, dando paso a un período histórico en el cual se llevan a un extremo las consecuencias de la modernidad (Giddens, 1993).

Sin embargo, este nuevo orden multinacional también se constituye en un verdadero nuevo pacto «a-social», en el cual se redefinen nociones claves como seguridad, estabilidad, justicia y control social. En efecto, el carácter multinacional del capitalismo postfordista y su tendencia específica a localizar los procesos de producción en lugares cada vez más distantes, se traduce en una progresiva disminución de las fuentes de trabajo en las sociedades desarrolladas, al mismo tiempo que perpetúa condiciones de precarización laboral en las sociedades menos desarrolladas. Específicamente, al sacar las fuentes de empleo de las sociedades con mayores niveles de protección social se promueve un desempleo de carácter cada vez más estructural en estas sociedades, al mismo tiempo que la relocalización de estas empresas en lugares con condiciones laborales menos exigentes y con bajos niveles de ingresos, en los cuales no se configuran grandes comunidades de consumidores, profundiza la historia de precarización del trabajo en las sociedades de la periferia. Por ello es que no resulta extraño que Turner (2001) sostenga que este nuevo orden laboral erosiona las bases sociales de la ciudadanía, al descomponer los «goznes» sobre los cuales se sostuvieron las trayectorias laborales de los ciudadanos de los Estados sociales fuertes y al promover la fragmentación de los sujetos colectivos tradicionales.

De este modo, esta «nueva estética capitalista», caracterizada por la alta conectividad y la compresión espacio-temporal, pasa a representar al mismo tiempo la expulsión de enormes contingentes de trabajadores que no logran transformarse en una fuerza de trabajo competente para la nueva sociedad del conocimiento. Como señalan varios autores (Rifkin, 1999; De la Garza, 2000; Hopenhayn, 2001), podemos sostener que en el nuevo orden postfordista ya no emergen nuevos sectores productivos capaces de absorber la fuerza de trabajo, y más bien, sólo adquieren capacidad expansiva aquellos puestos de trabajo intensivos en conocimiento y tecnología, mientras se reducen paulatinamente el trabajo agrícola, los servicios y el industrial. Por ejemplo, en América Latina el sector agropecuario reduce su participación en la fuerza de trabajo desde un 50% en el año 1950 a un 30% en 1980; explicándose su reducción principalmente por la expansión de las oportunidades ocupacionales en la industria y en los servicios terciarios (Rendón y Salas, 2000).

En este contexto, el nuevo capitalismo le asigna un carácter estructural al desempleo, ya que las nuevas pautas de flexibilización provocan que el sistema productivo sea capaz de economizar más trabajo, en términos absolutos, que el necesario para asegurar la expansión de los mercados de productos, desapareciendo progresivamente la capacidad (y la necesidad) de crear empleos a partir de la innovación tecnológica y la reorganización permanente de los sistemas de producción a través de todo el mundo. Esta contradicción hace evidente que el proceso de flexibilización no se vive con la misma euforia hipermodernista en los distintos ámbitos de este nuevo orden social, más bien, resulta radicalmente diferente habitar el centro o la periferia del sistema tecnocientífico hegemónico, ya que en el orden social postfordista «el único sector que puede jactarse de un horizonte en expansión es la pequeña élite de empresarios, científicos, técnicos, programadores, asesores y profesionales incorporados al mundo informatizado. Más que una sociedad de trabajadores, lo que se perfila es una sociedad de contraste donde aumenta el entretenimiento, el consumo y la exclusión» (Hopenhayn, 2001:229).

De ahí que podamos concluir que con el debilitamiento global de las políticas sociales propias de los Estados sociales fuertes, los individuos y los grupos pobres que sufren los cambios socioeconómicos propios de la pauta laboral postfordista y que no cuentan con vías de protección alternativas para enfrentar sus consecuencias en la esfera social y mercantil, se encuentran en una situación de progresiva vulnerabilidad e inseguridad social (Castel, 2004).


3.    Trayectorias laborales y nuevas condiciones del trabajo en Chile

En las sociedades de América Latina la instauración de la pauta laboral postfordista se vivió con mayor dramatismo que en las sociedades europeas debido a la particular historia de precarización laboral que arrastraba el continente desde su origen como Estado colonial. En América Latina, las llamadas políticas de ajuste implementadas por las dictaduras militares a partir de la década de los setenta, implicaron que los bienes colectivos asegurados políticamente por el Estado entre los años cuarenta y sesenta, se replegaran sobre el ámbito privado de los vínculos primarios de la familia y sobre la posición personal de los sujetos en el mercado. En efecto, en Latinoamérica estas políticas de ajuste implicaron una rápida y explosiva desregulación, liberalización y privatización de la economía, con una apropiación por parte del sector privado de las empresas estatales y los servicios públicos rentables, y con una reducción abrupta del gasto público y una reducción violenta de las protecciones sociales de los ciudadanos, aumentando significativamente el desempleo y la precarización del trabajo (De la Garza, 2000; Bratz y Sandoval, 2002).

En la sociedad chilena, como muestran Piper y Taylor (1998), este proceso de transformación estructural de la sociedad del trabajo comienza con la implantación de un Estado subsidiario y una economía neoliberal a partir de golpe de Estado de 1973. Dicho proceso se consolidó a partir de la actividad del sector privado del país, el cual se transforma en el motor exclusivo del desarrollo, al verse favorecido por las políticas económicas del gobierno militar tanto en el nivel de las inversiones, como en la imposición de un clima de restricciones a las libertades individuales y laborales. Durante este proceso, Chile transformó su política económica, basando el nuevo patrón de acumulación en la apertura comercial, el estímulo a las exportaciones, una mínima intervención gubernamental en la vida económica y, en general, el desmantelamiento de la reglamentación de los mercados, especialmente el del trabajo.

Así es como Chile, varios años antes de los gobiernos neoliberales de Thatcher en Inglaterra y Reagan en Estados Unidos, ya era protagonista de una profunda modernización neoliberal caracterizada por la reificación del mercado como único regulador, no sólo de los bienes materiales, sino también de los sentidos que ordenan las relaciones sociales. La orientación de estos procesos modernizadores estuvo marcada por lo que Williamson (1990) llamó el «consenso de Washington», que se refiere al conjunto de reglas de ajuste que debe aplicar una economía que busca transformarse en el marco de un esquema de «libre mercado». Entre estas reglas destaca la búsqueda de una mayor «flexibilidad laboral», es decir, la progresiva eliminación de las normas de protección a los trabajadores con el objeto, por un lado, de reducir los costos laborales, y por otro de eliminar los obstáculos que impiden un ajuste inmediato del empleo a los requerimientos de la producción. Entre otros procedimientos se registran la sustitución de contratos colectivos por contratos individuales, de contratos indefinidos por contratos temporales y la introducción de diversas reformas a los sistemas de seguridad social (Rendón y Salas, 2000).

En el marco de estas nuevas reglas de flexibilización laboral, se modifican las estrategias a través de las cuales los sujetos han desarrollado históricamente su inserción y estabilización laboral, toda vez que los cambios en las legislaciones y los instrumentos de protección del trabajo llevan a los sujetos a desarrollar trayectorias cada vez más individualizadas. En efecto, en este mercado del trabajo flexible las trayectorias laborales de los sujetos se vuelven cada vez más móviles e inestables, incluyendo permanentes tránsitos desde un lugar de trabajo a otro, incluyendo períodos de desempleo cada vez más regulares y significativos. Como señala Beck (1998) en un análisis a escala global, estamos frente a un «modelo biográfico» donde cada sujeto debe afrontar por su cuenta las contingencias de su recorrido laboral, debiendo tener la capacidad para hacer elecciones permanentes, emprendimientos acertados y las reconversiones necesarias para adecuarse a las cambiantes demandas del sistema laboral flexible. Los nuevos trabajadores de la economía flexible deben volverse «empresarios de sí mismos», debido a que ya no están llamados a ocupar un puesto de trabajo, sino más bien a enfrentar el desafío permanente de construir su carrera laboral, exponiendo a la máxima precarización o al desempleo a los sujetos más pobres que perdieron las garantías sociales de un sistema de protección colectiva.

Ciertamente que en nuestro país no todas las tareas del trabajo, ni todas las trayectorias laborales obedecen a estos imperativos de la economía flexible. Éstos son particularmente relevantes en los campos avanzados del trabajo ligado a la «gestión del conocimiento» y el «nuevo capital humano» (Brunner y Elacqua, 2003), pero también adquieren importancia en una significativa cantidad de empleados ligados a los servicios y el comercio, así como en una franja histórica de obreros no calificados y jóvenes que desarrollan sus primeros empleos. Para estos diferentes grupos de trabajadores la flexibilización de las trayectorias laborales se vive diferente. Los trabajadores altamente calificados maximizan sus oportunidades, desarrollan sus potencialidades y descubren capacidades de emprendimiento que en un sistema burocrático nunca hubieran podido reconocer. En cambio, los trabajadores menos calificados y sin experiencia laboral no cuentan ni con el capital económico ni cultural necesario para enfrentar con éxito este nuevo escenario laboral.

Desde una perspectiva más empírica, podemos postular que los procesos flexibilizadores que vive nuestra economía desde hace algunas décadas han promovido una cantidad significativa de trayectorias laborales cada vez más móviles e inestables. Por ejemplo, si analizamos transversalmente los resultados de las mediciones trimestrales de movilidad laboral que se realizaron entre 1996 y 2002, podemos constatar que el 14% de la población en edad de trabajar se mueve de su condición de actividad o categoría ocupacional cada trimestre, lo que significa en la práctica que en promedio, casi 1 millón y medio de personas modifican, cada tres meses, su situación laboral en Chile, transitando entre situaciones de ocupación, desocupación e inactividad (Henríquez y Uribe-Echevarría, 2002). Dicha cantidad de trabajadores, actualizados con relación a las mediciones de la fuerza de trabajo del trimestre móvil diciembre 2004-febrero 2005 del Instituto Nacional de Estadísticas (Ine), representa aproximadamente un 23% de la actual población en edad de trabajar.

Ahora bien, esta movilidad laboral pareciera asociarse fuertemente a las variables de la precarización del trabajo y el desempleo que postula la bibliografía sobre la flexibilidad laboral (Hetru y Yonnet, 2001). De hecho, si relacionamos los procesos de alta movilidad en las trayectorias laborales, con la evolución del desempleo abierto registrado en el mismo período en nuestro país, podemos constatar que la movilidad laboral está estrechamente asociada con los cambios en el desempleo. En efecto, los aumentos en la tasa de desocupación muestran una clara asociación con los flujos crecientes de personas que transitan, tanto entre la ocupación y la inactividad, como entre las distintas categorías ocupacionales, mientras que por el contrario, las caídas en la tasa de desempleo muestran una asociación con disminuciones en los flujos de ambos tipos de transiciones.

De este modo, podemos establecer que la alta movilidad laboral se asocia con procesos de multiplicación de los empleos temporales o de tiempo parcial, y con períodos más largos de desempleo grave o crónico en los sectores más precarizados de la población. Estos procesos de precarización laboral quedan bien reflejados cuando consideramos las mediciones que se realizan sobre la duración de los empleos, cuya medición constituye un indicador de movilidad laboral de la población en edad de trabajar. Los datos de la Encuesta Nacional de Empleo (Ene) (Henríquez y Uribe-Echevarría, 2002) expresan una evidente inestabilidad laboral en la población, tal que el 58% de los sujetos había permanecido por no más de 5 años en su último empleo, mientras que una parte de ellos, específicamente un 27% del total, había empezado su última ocupación no más de un año antes de la medición, y casi la quinta parte de los encuestados lo había hecho hace menos de 6 meses.

Sin embargo, el proceso de precarización de las trayectorias laborales de los sujetos más desintegrados resulta aún más evidente cuando se considera la duración de los períodos de cesantía de estas personas, el cual en promedio alcanzó a nueve meses en las mediciones de la Universidad de Chile sobre precariedad del empleo (1999). Específicamente, del total de los sujetos que estaban cesantes al momento de la aplicación de la encuesta, el 43% se mantenía en esta situación por un período que no superaba los tres meses, en cambio, el 57% había estado desempleado por más tiempo, y entre éstos, casi una quinta parte se había mantenido cesante por más de un año. Este último dato resulta muy significativo en nuestro análisis de la precariedad de las trayectorias laborales, ya que la investigación psicosocial sobre desempleo nos afirma concluyentemente que los períodos de inactividad mayores a seis meses están asociados a una alta vulnerabilidad psicosocial por la individualización y naturalización de las situaciones de desempleo (Álvaro, 1992).

A partir de este análisis podemos concluir que los procesos de transformación de las condiciones generales del empleo en nuestro país se expresan dramáticamente en las trayectorias laborales de los sujetos. Estas nuevas condiciones demuestran que ha quedado atrás el período de excepción histórica que representó en Chile el desarrollo de las políticas sociales universales, sin volver necesariamente a un «miserabilismo» total, pero sí dando paso a nuevos procesos de privatización de las trayectorias laborales. En este marco, surge la pregunta específica por cómo se vivencian estos procesos de transformación en las historias de trabajadores desempleados de la ciudad de Viña del Mar, debido a que esta ciudad constituye una de las mejores metáforas de los mandatos de la nueva economía flexible. Por ello, conocer las experiencias laborales que viven los desempleados de Viña del Mar constituye una posibilidad de aproximarnos a la relación cada vez más compleja entre trayectorias laborales y ciudadanía en una de las ciudades que mejor representa las contradicciones de una sociedad de consumo en expansión.


4.    Trayectoria laboral y ciudadanía en Viña del Mar

 

—Ni siquiera me enseñó usté a hacer versos.
Y el día que se lo pedí me dijo: «Anda a mercar güevos,
eso deja más». Y en un principio me volví güevero
y aluego gallinero y después merqué puercos (…)
—Bien, dile a él que quieres ir a Oregón.
A cosechar manzanas, eso es, nada de algodonales.
Se ve que tú eres un hombre listo.

Juan Rulfo


El festival de Viña del Mar y las imágenes de los cuerpos esculpidos del quinto sector de la playa de Reñaca representan imágenes de una ciudad que oculta graves y serios problemas sociales y, aunque ello puede desconcertar a muchas personas, lo cierto es que la vida viñamarina está lejos de ser sólo playa, sol y amor.

Es que Viña del Mar es realmente una ciudad populosa, la más habitada de la Región de Valparaíso y cuya historia se liga a cinco grupos sociales que podemos enunciar a grandes rasgos: su aristocracia local, los grupos obreros-industriales, los empleados públicos civiles, las fuerzas armadas (especialmente la Armada de Chile) y los empleados particulares. De estos grupos sociales, hay algunos de los que se sabe poco; esa parte de la historia ha sido formada por familias de segmentos medios y por quienes construyeron su proyecto vital a partir de la vocación industrial de la ciudad de Viña del Mar, faceta que se ha mantenido tras el biombo de la ciudad balneario.

Es un hecho que el pasado industrial fordista permanece en la memoria de muchos ciudadanos viñamarinos que accedieron en otros tiempos a trabajos estables y salarialmente convenientes, y que se ilustra claramente en la memoria de la señora Elsa Osses, de Achupallas:

A mi viejito en La Calera le pagaban 10 pesos a la semana. Acá entró a trabajar en la [constructora] Diner y le pagaban 240 pesos. Cuando recibió esto nos abrazábamos con mi viejo y llorábamos de alegría. En esos años daban dos tarros de duraznos por un peso y 8 tarros de jugos néctar por un peso, sardinas al aceite 4 por un peso en la Avenida Argentina [Valparaíso] que de allí comprábamos casi todo. Nos cargábamos para qué decir, dejábamos 100 pesos para comer, 100 pesos para nuestro terrenito y 50 pesos para divertirnos (Vildósola, 1999).







Aquel inmenso grupo social duplicó la población viñamarina en sólo veinte años y fue el constructor de gran parte de la ciudad a la medida de sus posibilidades. La muestra más evidente de este proceso la constituyen las inmobiliarias que formaron los sindicatos obreros y, su caso arquetípico, Achupallas: nueve millones de metros cuadrados adquiridos por la Confederación de Sindicatos Obreros de Viña del Mar para construir las viviendas de sus siete mil afiliados.

Por su parte, las fuerzas armadas han sido una fuente laboral importante para otro número significativo de familias y también han logrado tener una presencia en la ciudad, sea a través de la construcción de edificaciones fiscales o mediante las cooperativas de vivienda que generaron poblaciones, por ejemplo, en el sector de Gómez Carreño.

Ambos grupos sociales, traídos desde el recuerdo, alcanzan rasgos épicos en estos tiempos de flexibilidad neoliberal que no ofrece a las personas más pobres mucho más que trabajos precarios, mal pagados, de excesivas horas de trabajo y de inestabilidad constante.

Esta inestabilidad del empleo, que como ya se señaló, es una constante en la vida cotidiana de millones de personas a escala global, tiene hoy en día efectos concretos en la ciudad de Viña del Mar. La ciudad con su heterogeneidad social puede exhibir esos impactos de manera contundente,3 aunque para muchos constituyen procesos menos evidentes. Entre las precariedades que afectan a los segmentos de la población más pobre de Viña del Mar se encuentra el desempleo. En la comuna, a partir de 1998 hay cerca de doce mil personas cesantes por trimestre móvil, siendo la comuna con mayor tasa de desempleo de la región durante varios años consecutivos.

Entre las estrategias utilizadas para conseguir empleo en Viña del Mar hay quienes recurren al municipio para volver a estar ocupados inscribiéndose en la Omil. Podemos detallar una caracterización de este grupo de sujetos y de esta manera tener una aproximación más compleja a la realidad del desempleo en esa comuna.

Si consideramos el período comprendido entre septiembre de 2002 y septiembre de 2003, en la Omil de Viña del Mar se inscribieron 3.555 personas, de ellas, 1.644 eran mujeres, es decir el 46,2% del total de los inscritos, mientras que los hombres fueron 1.911, representando el 53,8%. Esta distribución es llamativa y bien vale una pregunta general: si consideramos que en la fuerza de trabajo comunal las mujeres son el 38,3%, ¿por qué entre los desempleados inscritos en la Omil hay un 46% de mujeres? Aparece como evidente que el problema de desempleo afecta de manera diferente a hombres y mujeres.

El promedio de edad de los inscritos en la Omil durante este período es de 34 años, aún cuando el 75,6% de los inscritos son menores de 42 años y el 51,1% son menores de 32 años. El grupo juvenil —hasta los 24 años— llega al 28% del total de los inscritos y sólo un 3,2% del total tiene sobre 60 años de edad. El grupo más numeroso, lejos, es el que tiene educación media completa llegando al 38,73% del total. Este es un dato también muy relevante para distinguir con claridad al grupo de inscritos en la Omil de Viña del Mar. Tomando como referencia que, según la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Casen) (Mideplan, 2003), el promedio de escolaridad de los viñamarinos es de 11 años y de las viñamarinas 10, se muestra con claridad que la escolaridad en el grupo estudiado es superior a la media comunal. Si algo no puede pasar inadvertido es que dentro de los inscritos en la Omil en un año hay un significativo 6,4% de personas con educación universitaria que se eleva a un 13,33% si sumamos las personas con educación técnica.

El grupo mayoritario lo conforman los solteros con un 47,7%, lo que equivale a 1.697 personas, aun cuando casados y convivientes suman un 45,32%. Sin embrago, los solteros se acumulan entre los 18 y los 24 años con un 23,76%, o sea, en un tramo de seis años de edad, situación muy divergente de los casados quienes se agrupan a partir de los 31 años y más, llegando a ser el 30,32% de los inscritos. Concordante con la importancia del grupo de solteros, la condición de jefe de hogar es significativamente minoritaria. Poco más de un tercio de los inscritos en la Omil asume esa condición. Combinando los datos de sexo y jefatura de hogar, se obtienen frecuencias altamente significativas, como que la mayor parte de las mujeres inscritas en la Omil no son jefas de hogar, mientras que entre los hombres ése no es un factor que discrimine de manera decisiva.

Con relación a la ubicación geográfica, el sector de Forestal es el que aporta mayor número de inscritos. Y, por cierto, de acuerdo al ordenamiento territorial de la comuna le seguirían Achupallas-Santa Julia con un 15,08%, Reñaca Alto-Glorias Navales-Expresos Viña con 13,14%, Miraflores con un 9,87% y con un 8,02% el sector de Viña Oriente. Este último caso es el que rompe la regla general de los cuatro sectores con mayor concentración de pobreza de la comuna; la extracción de la población —proveniente de los antaño sectores obrero-industriales con fuertes sindicatos y de ex funcionarios de la Armada de Chile— pudiera asociarse con el elevado nivel de escolaridad de los inscritos en la Omil. El 23,57% de todos los inscritos se domicilian en sólo ocho Unidades Vecinales de Viña del Mar.

Con relación a las variables de habitabilidad, en el 95% de los casos el índice de materialidad de la vivienda está en la categoría aceptable, mientras que para el índice de saneamiento en esta categoría sólo se ubica el 54,5%. De los casi mil quinientos casos a los que nos estamos refiriendo en este análisis, el 42,6% vive en situación de hacinamiento en la vivienda que ocupa.

Por otra, en la distribución de oficios según sexo se aprecia nítidamente la discriminación por género, es decir, la existencia de trabajos diferenciados para hombres y para mujeres, y la concentración del 59% de las personas en sólo 15 oficios, de los cuales se relevan las aseadoras, vendedoras y asesoras del hogar —para las mujeres— y los jornales, cuando se trata de hombres. Todos oficios asociados a las condiciones estructurales de inestabilidad laboral.

Finalmente, el 41,58% de quienes se inscribieron en la Omil durante este período tienen ficha Cas 2 en el municipio. Los datos muestran que el 20% de esos encuestados se encontrarían en situación de indigencia y que el 44,7% serían pobres no indigentes, lo cual constituye un indicador inequívoco de las características socioeconómicas del grupo social en el cual se centra el presente análisis. Nuevamente, cuando comparamos estos índices con los resultados obtenidos por la Casen y que establecen que un 11,6% de la población comunal está bajo la línea de la pobreza, podemos establecer una tendencia consistente sobre las características de pobreza de los sujetos analizados. No obstante, no se debe perder de vista que más de la mitad de los inscritos en la Omil no han sido encuestados con Cas 2, lo que podría indicar que la focalización de los beneficiarios no está necesariamente puesta en las personas en situación de pobreza.


a)    Los desempleados en Viña del Mar

Vistas las características generales de la población estudiada resulta relevante ahora adentrarnos en la vivencia subjetiva que estos actores asocian a su experiencia de desempleo, proponiéndose para ello abordar la dimensión psicosocial del problema a partir de ciertas preguntas orientadoras: ¿Cómo buscan empleo los cesantes? ¿Cómo perciben los derechos laborales? ¿Qué opinan acerca de la situación laboral en esta era de los emprendedores?

Desde la perspectiva de los entrevistados, sus energías para encontrar trabajo las concentran en el esfuerzo personal (38,61%) y los amigos (22,28%). La lejanía de los sistemas burocráticos, racionales o de meritocracia para el acceso a un empleo queda en evidencia, esto se denota al conocer la percepción que tienen los sujetos sobre la utilidad del servicio de la Omil. Aun cuando hay una importante satisfacción en la calidad y/o calidez de la atención (le asignan una nota promedio de 5,4 con una desviación estándar de 1,76) al opinar acerca de la efectividad del municipio para ayudar a encontrar trabajo, el 74,26% señala que inscribirse en la Omil no le sirvió para encontrarlo. Aún más, el 54,46% de los entrevistados señalaron que nunca fueron llamados por el municipio para darles a conocer alguna oferta de trabajo.

Considerando lo anterior, resulta particularmente extraño encontrarse con que haya una coincidencia significativa, pero no total con la afirmación «para conseguir trabajo hay que tener cuña. Todo es pituto» (nota 5,9), ya que desde una perspectiva a priori, la coincidencia con este elemento del imaginario del trabajo podría haber sido prácticamente absoluta.

Encontrar trabajo es un problema serio para estos sujetos, especialmente cuando la escolaridad es un factor que no pasa desapercibido en el mercado laboral y cuando hasta las mediciones de Mideplan entregan cifras que retratan la homogeneidad de la distribución de ingresos para todas las personas que tienen menos de doce años de escolaridad acumulados. Es decir, que aun cuando este grupo inscrito en la Omil tiene una mayor escolaridad respecto al promedio comunal, ello no basta para tener más facilidades en la obtención de un empleo.

La llamada «crisis de empleabilidad», propia de un contexto de desregulación del mercado laboral, ha ido incitando a una cada vez mayor especialización en la calificación de la mano de obra; y este proceso no ha sido ajeno a la realidad de Viña del Mar, impactando fuertemente en su otrora perfil de ciudad industrial al transformarla en una ciudad de servicios, donde el sector de la economía que más crece en los últimos quince años es el financiero. De ahí la relevancia de la pregunta por cómo se irán integrando a este mercado del trabajo los egresados de la enseñanza media científico-humanista, que si bien mejoraron sus trayectorias escolares, no terminaron de adquirir los capitales necesarios para integrarse a un mercado del trabajo distinto al de los empleos no calificados y de contratos temporales.

Por otro lado, las herramientas del Estado resultan paradójicamente limitadas por el comportamiento del mercado laboral, ya que, por ejemplo, las facultades del municipio le permiten administrar los Programas de Generación de Empleo -que resultan liliputienses para la dimensión del problema- y tomar el rol de una agencia de empleo que pone en contacto a la oferta y la demanda. Entre estas y otras circunstancias de la actualidad se puede comprender cómo es que sólo el 9,41% de los inscritos en Omil reconocen que el municipio les ha dado trabajo.


b)    Trayectorias laborales: oficinas, furgones, maestranzas y salas cuna

Como es de esperar, las trayectorias laborales de las personas que llegan a recurrir al municipio para encontrar trabajo en tiempo de cesantía son, sencillamente, brownianas. Trayectorias discontinuas, inestables y fallidas. Esto queda claramente ilustrado en el siguiente extracto.

¿En qué ha trabajado desde entonces?

Trabajé atendiendo negocios, después estudié e hice la práctica, trabajé en el Serviu de Valparaíso, después seguí trabajando de promotora, de vendedora, y ahora los dos últimos veranos pasados trabajé en una Isapre como auxiliar haciendo trabajos también de oficina... y eso fue lo último.

Usted me dice que lleva dos años desempleada.

Sí.

Pero me dice que en los veranos ha trabajado.

Sí. Claro, pero son puros pololitos... cosas que pasaron y después ya no vuelven otra vez... nada seguro.

¿Cuál es su situación laboral hoy en día?

Estoy desempleada y hago pasteles y cosas para vender. Hago comida en mi casa.

 

 

















En el imaginario colectivo está claramente presente la idea de la edad como un factor decisivo para acceder a un empleo primero, y luego, para alcanzar trabajos de mejor calidad. Por ello, ante la afirmación «hoy hay mejores oportunidades de trabajo para los jóvenes» los entrevistados están altamente en desacuerdo. Es más, es la afirmación más rechazada de las treinta por las que se le consultaron.

Sin lugar a dudas que esta percepción se basa en hechos que se constatan en lo cotidiano y que se traducen en las dramáticas cifras de desempleo juvenil que triplican las cifras oficiales acerca de la fuerza de trabajo. Pero en sus relatos se constata que hay unas historias personales de relación con el medio laboral que lo corrobora.

Estas personas inscritas en la Omil comenzaron a trabajar, en promedio, a los 17 años de edad,4 e indican haber estado en promedio más de tres veces sin trabajo; esto último que bien pudiera parecer aceptable, se vuelve frágil al observar que el 41,61% de estos desempleados ha estado cesante entre 4 y 25 veces en su vida laboral. Estos datos adquieren un significado especial cuando constatamos que las mediciones nacionales indican que sólo cerca del 5% de la población muestra cuatro o más períodos de cesantía efectivos. Para añadirle aún más dramatismo y reflejar la fragilidad de estas trayectorias laborales, baste con mencionar que el 59,41% de los entrevistados señalaron que su tiempo más largo sin trabajo había sobrepasado los seis meses, porcentaje significativamente más alto que las mediciones nacionales sobre precariedad del empleo (Henríquez y Uribe, 2002).

Sin duda que estas situaciones llevadas al extremo son la puerta de entrada para una disposición a experimentar circunstancias límites. Por ello la afirmación «es preferible un trabajo bien pagado, aunque sea riesgoso» es aceptada casi por consenso (con una nota promedio de 6,5). En efecto, la precariedad de las experiencias cotidianas alimenta la tentación de estar dispuesto a trabajar en cualquier cosa si eso asegura la materialidad de la vida familiar. La incorporación del riesgo en las trayectorias queda ilustrado en el siguiente extracto.

¿Cuál fue su último trabajo formal?

Chiletabacos, en mecánica de mantención, hasta el año 1979 (...) Antes de eso trabajé en unas maestranzas marítimas... entre el año 76-77, por ahí...

¿Cuál es su situación laboral hoy en día?

Estoy cesante...

Pero ¿no está haciendo alguna pega o trabajo?

Estoy trabajando en un furgón pero... de los tres meses he hecho dos viajes no más... pero igual hago cualquier trabajo por una buena plata...



 












Se puede descifrar una suerte de escala valórica, ya que al plantearle a los entrevistados una circunstancia inversamente proporcional, resulta rechazada como posibilidad. Al respecto, los desempleados son categóricos: no creen que «es preferible tener un trabajo mal pagado, pero seguro» (sólo le asignan una nota promedio de 4,6). No obstante —como reza el dicho popular—, el dinero no compra la felicidad. Siguen siendo una mayoría los encuestados que entienden que «un buen trabajo es donde te respetan como persona y tienes horarios justos» (le asignan una nota promedio de 6,5).

Por otro lado, esta misma afirmación puede ser vista como una señal de la precarización y hasta de descomposición de las relaciones laborales, en donde cabe la posibilidad que el respeto a las personas no sea una práctica efectiva. Por su parte, en el tema de los horarios de trabajo hay una larga historia de abusos en la relación de empleado-empleador, sin que necesariamente alguno de los dos lados quede como absoluta víctima o victimario.

Frente a la afirmación «desde el tiempo de mis padres no ha habido grandes cambios en las condiciones de trabajo», los entrevistados muestran una baja valoración (le asignan una nota promedio de 4,5). Lo que ocurre es que sí se han visto grandes y enormes cambios en las historias de las familias viñamarinas, lo suficiente como para no aquilatar aún el trauma de la desaparición de la Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar (Crav) y otras industrias que ya no están.

Por cierto que la diferencia se ha dejado sentir y fuerte. Viña del Mar es una ciudad que en su mejor momento llegó a contener más de un centenar de industrias y ser reconocida por la importancia de ellas; las actividades productivas le entregaron una identidad a miles de familias por más de un siglo. Viña del Mar fue la denominación de origen de azúcares, telas, sustancias químicas, alimentos, puentes, automóviles y hasta trenes y barcos de guerra. Además, fue la plataforma de oportunidades para los inmigrantes que llegaron a raudales en algunas de las décadas del siglo xx.

Luego de las políticas de ajuste y la crisis económica de 1982, y durante toda la década de los ochenta, se realizó una significativa cantidad de estudios acerca de las llamadas «estrategias de sobrevivencia» de los sectores excluidos del proceso modernizador. No obstante, esas condiciones laborales del trabajo independiente que emergen con fuerza en este período son analizadas sólo como eventos accidentales, haciendo evidente que la perspectiva intelectual que analiza estos fenómenos está influida por una doctrina escolar de un país cuyas formas y fondos continúan más ligados al esquema de trabajo de la industria fordista, en donde no alcanzan a tener sentido las estrategias de reingeniería laboral que les permiten a los desempleados pasar sin problemas de la atención de mesas de un restaurante a la formación de párvulos, como si eso respondiera a una secuencia lógica. Al respecto un testimonio.

¿En qué has trabajado?

He trabajado de vendedora en un local chino, y en un jardín... cuidando niños.

¿Tu situación laboral hoy en día cuál es?

Cesante... no tengo pega.

Pero ¿estás haciendo otra cosa, algún tipo de trabajo para conseguir dinero?

No, no he podido hacer nada. Es que está muy difícil...

¿Cuál fue tu último trabajo formal?

En un jardín infantil... Yo era auxiliar, estaba con los niños de... en un principio con los niños de tres meses hasta el año, y después de dos años hasta tres.

Además de ese tipo de trabajos, ¿no has hecho otro tipo de actividades laborales?

Sí, anteriormente cuidaba niños... así en las casas. O sea siempre he tenido que estar con niños yo, o sea, cuidando niños en los jardines, en el colegio, y así... pero también atiendo negocios, lo que salga.


 























c)    Mundos diferentes: empleo y ciudadanía

¿Tú crees que participando o votando tú puedes cambiar las condiciones laborales?

Yo creo que son dos mundos diferentes...






La idea que «para garantizar el trabajo como un derecho es necesario organizarse» queda a medio camino (con una nota promedio de 5,4) y demuestra una ambigüedad que se reitera con la sensación que «no me dan confianza los sindicatos por que se dejan influir por los partidos políticos» (le asignan una nota promedio de 4,6). Talvez es el reflejo del enfrentamiento de dos grandes grupos generacionales. Talvez de dos grandes corrientes de pensamiento ideológico. De todas maneras ambas afirmaciones tienen otra cosa en común: son del grupo de las más polémicas o, en términos estadísticos, tienen la más alta dispersión.

Al presentarle a las personas de la muestra la afirmación «no me inscribiría jamás en un sindicato porque se dejan influir por los patrones» generamos otra pequeña polémica.

¿Por qué crees que no funcionan las organizaciones sindicales?

Porque todo tiene que ir en un consenso, o sea, conversar con los empresarios y ellos nunca van a querer perder. Entonces ellos van a defender su situación y al fin y al cabo los que tienen el trabajo son ellos, los que tienen la plata son ellos. Entonces ellos pueden pedirle muchas cosas, pero si ellos no quieren no las dan, y ellos no pierden nada.







La otrora ineludible participación sindical, hoy en día es una rémora lejana que casi no alcanza a tener un lugar en la memoria. Los trabajadores que han tenido experiencias sindicales son cada vez más escasos y el imaginario respecto de aquella dimensión de la ciudadanía es drástico: el 85,15% de estas personas nunca han participado de un sindicato y sin embargo casi la mitad estarían de acuerdo en inscribirse en una organización sindical. Una ambigüedad total que se sostiene: «Los sindicatos son la mejor forma de defender los derechos del trabajador» obtiene un tibio 4,8 como nota promedio, lo que también nos indica que mientras unos les creen, otros sencillamente no les tienen fe. Estos resultados son significativos en el marco de los datos nacionales sobre la percepción del derecho a sindicalización, el cual establece que la mayoría de los sujetos (67,7%) percibe que en Chile los trabajadores no gozan del derecho a organizarse en un sindicato y ejercer a través de éste sus derechos de ciudadanía. Podemos decir que la seguridad como expresión básica de una ciudadanía social se desvanece en el aire.

¿Y el tipo de contrato?

Debo reconocer que es bastante desordenado ese lugar, no firmé contrato ni nada por el estilo, ahora eso no me preocupaba demasiado, porque a mí me pagaban el mismo día, hubiera sido problema si me hubieran dicho «oye, te pagamos el fin de semana...».






Sin embargo, cuando los sujetos se refieren a los derechos universales emerge un fuerte consenso; al respecto los desempleados opinan que «el trabajo es un derecho porque todos tienen que sobrevivir» (le asignan una nota promedio de 6,6), que «todas las personas, sin distinción, merecen vivir dignamente y realizarse en el trabajo» (nota 6,4) y que «todos tienen derecho a trabajar sin importar sus capacidades» (nota 6,4). Las tres afirmaciones exploran el imaginario de la ciudadanía social a través de las claves de la protección universal.

La pregunta desconcertante es por la coherencia entre esta representación y la inactividad profunda de los desempleados entrevistados. En efecto, si el imaginario colectivo enarbola y ondea las banderas de los derechos de las personas, ¿en qué radica la pasividad colectiva que muestran estos sujetos frente a una cesantía reiterativa y por más de seis meses? Las vías de comprensión del fenómeno pueden ser muchas; sin embargo, en la historia de la subjetividad política de Viña del Mar podemos encontrar algunos antecedentes que resultan relevantes para dicha comprensión. Lo primero es que no podemos obviar que estamos analizando una ciudad inserta en el contexto de la matriz cultural judeocristiana y todas las normas y valores que ella acarrea; y que además se trata de una ciudad de fundación masona, cuya presencia se deja sentir en muchos aspectos de la vida cotidiana de la ciudad hasta nuestros días. Como podemos notar, Viña del Mar navega sobre las aguas del humanismo laico y cristiano propio de la burguesía histórica de nuestro país, pero que a propósito de los complejos procesos propios del siglo xx han desembocado en la formación de un pensamiento liberal cada vez más individualista que actúa como eje orientador de la vida social y política de los sectores populares de la ciudad.

Considérense los antecedentes históricos que nos describen la configuración de un formato de capitalismo popular llevado adelante por la Crav durante la década de los sesenta en Viña del Mar, proyecto que favoreció la oposición de los obreros a la estatización de la empresa en tiempos de la Unidad Popular. Aquella vertiente proviene de fines del siglo xix y se refiere a la relación entrelazada de los industriales con los obreros que hizo posible que se levantaran barrios populares financiados en conjunto con los filántropos de la ciudad. Esta suerte de historia de alianzas entre la cultura popular y la élite industrial se constituye en uno de los motores del progreso de la ciudad de Viña del Mar. Por ello puede ser entendible el que algunos grupos obreros mantuvieran una independencia de las corrientes sindicales a nivel nacional y llegaran a generar la Confederación Nacional de Sindicatos Obreros de Viña del Mar,5 cuyo referente ideológico fue el sindicalismo peronista generado en la República Argentina. En la base del imaginario obrero viñamarino estaría más el corporativismo individualista que el socialismo colectivista.

Desde esta perspectiva, es posible presumir que la influencia que ha mantenido este pensamiento político por cerca de un siglo en algunos barrios populares de Viña del Mar siga vigente en este grupo de desempleados en busca de trabajo, y que incluso se haya sofisticado con las claves de la economía flexible y el discurso neoliberal. Los sujetos lo decían de manera categórica: «En la vida cosechamos lo que hemos sembrado con nuestro propio esfuerzo» (nota 6,2). Pareciera que las claves sociopolíticas propias de la nueva economía postfordista no resultarán tan dramáticamente distintas del imaginario sociolaboral de una clase de trabajadores históricamente liberales. Ciertamente, el discurso colectivizador de los movimientos sociales constituye una fuente formadora de este imaginario colectivo, pero cuando se destaca la presencia de esta raíz liberal y emprendedora en la construcción de los sujetos trabajadores de Viña del Mar, se deconstruye una lectura lineal y progresiva de cómo se construye la ciudadanía social.


5.    Comentarios finales

El presente artículo y la investigación que le sirve de base se ha propuesto poner en discusión las experiencias de los desempleados de Viña del Mar en el marco de los cambios estructurales que vive la actual sociedad del trabajo. La mirada general del artículo intenta vincular la idea de trayectoria laboral con la percepción ciudadana que tienen estos actores, captando la secuencia de cambios de los empleos y desempleos de los entrevistados.

En esta perspectiva, hay dos comentarios finales que resultan relevantes de destacar. El primero es que podemos constatar que las personas que recurren a la Omil cambian de trabajo con una frecuencia que resulta altamente significativa en relación con los parámetros nacionales. En efecto, es indudable que es una minoría aquellos que se han mantenido por largos períodos de tiempo en los mismos puestos de trabajo, representando una situación todavía más grave que la existente en el ámbito nacional. Además, muchos de estos sujetos han estado fuera de la ocupación por períodos largos y, muchos de ellos, más de tres veces. Lo segundo es que resulta minoritario el grupo de entrevistados cuyas trayectorias estuvieran constituidas por experiencias laborales protegidas, es decir, que sus tres últimos empleos hayan contado con una protección rigurosa según las reglas laborales vigentes.

De este modo, la situación general es que el grueso de los beneficiarios de la omil han pasado por largos períodos de cesantía y que, entre cada uno de estos períodos, han transitado a través de actividades económicas en las cuales sacrifican consistentemente la seguridad y protección laboral por una mejora en los ingresos. Las trayectorias son cada vez más riesgosas para adecuarse a los movimientos de un sistema laboral cada vez más impredecible. Sin embargo, estas trayectorias laborales muestran diferencias significativas para hombres y mujeres. La participación discontinua de las segundas en el mercado laboral tiene importantes consecuencias tanto en su nivel de protección social como en sus posibilidades de participación en las instituciones laborales colectivas, estableciendo una suerte de doble exclusión en las trayectorias laborales de las mujeres.

Finalmente, otro aspecto que resulta relevante destacar es la difícil relación que se establece entre la ciudadanía y las trayectorias laborales. La percepción de derechos laborales de los sujetos es mínima, su relación con las acciones colectivas es muy básica y sus expectativas de actuar junto a otros para mejorar sus trayectorias laborales son prácticamente nulas. La imagen del sindicato como la organización que canalizó históricamente el discurso reivindicativo de los trabajadores parece carecer de prácticamente todo sustento, al punto de establecerse tendencias paradójicas, donde los sujetos perciben que el sindicato no es una solución para sus problemas, sin haber tenido jamás una experiencia real de participación sindical.

Aquí quedan dibujados algunos de los aspectos principales de las trayectorias laborales de los sujetos desempleados que buscan trabajo en la omil. Inestabilidad, largos períodos de desempleo, desprotección y fragmentación política, son algunas de las líneas que construyen estas trayectorias, y que nos ilustran en forma descarnada la violencia simbólica que ordena la realidad laboral de nuestro país.

Valparaíso (Chile), abril 2005



NOTAS


* Artículo desarrollado en el marco del Proyecto de Investigación Dipuv 19/2003: «Ciudadanía y trabajo: un estudio exploratorio de las trayectorias laborales, la percepción de derechos y deberes, y las visiones de futuro en una muestra de desempleados de la comuna de Viña de Mar». Dirección de Investigación de la Universidad de Valparaíso.


1 Los datos fueron suministrados el año 2003 por el personal de la Omil, sin cuya valiosa colaboración esta investigación no hubiese sido posible realizar.


2 A nivel estructural, la «empresa red» disuelve el proceso productivo en una red de empresas pequeñas y medianas que operan externamente siguiendo un modelo de subcontratación, generando una gran flexibilidad al deslocalizar la producción y diferenciar cada una de las unidades. A nivel de la gestión, el nuevo modelo implica elementos tales como: promoción del trabajo en equipo, descentralización de la toma de decisiones, jerarquías administrativas más horizontales, mayor preocupación por los procesos, sistemas de control llamados de «calidad total» y mayor preocupación por la satisfacción de los clientes (Castells, 1997).


3 Recientemente Raczynski (2004) ha establecido que «la pobreza prevaleciente en los años 90 tiene características distintas que la que imperaba 20 años antes». Y es claro que el proceso de desregulación de los mercados, entre ellos e del mercado laboral, luego de la dictación del Decreto Ley 2.200, le cambió el rostro al desempleo en Chile haciendo que sus consecuencias se vivan duramente en el ámbito local.


4 El 71,78% de la muestra dice tener hijos y de ellos el promedio de edad al tener el primer hijo era de 19 años. Actualmente viven en grupos familiares que en promedio tienen 4 integrantes y, también en promedio, trabaja una persona.


5 Se denominó «Nacional», por cuanto incluía un grupo de sindicatos que provenían de otras ciudades del país.



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Correspondencia a:
juan.sandoval@uv.cl
estudios@foropublico.cl


Recibido: mayo 2005
Aceptado: junio 2005