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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.44 Osorno jul. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012017000100277 

RESEÑA

RESEÑA

Roberto Onell H.1 

*Pontificia Universidad Católica de Chile, Av. Vicuña Mackenna 4860, Santiago, Chile. ronell@uc.cl

PELLEGRINI, Marcelo. (Selección y prólogo), Nostalgia del silencio. Diálogos con Pedro Lastra. ., Santiago: :, Pfeiffer, ,, 2015. ,, 157p. pp.

Quizá no sea tarde para postular que, en el contexto de las letras hispanoamericanas, a Pedro Lastra debemos el diálogo en su cultivo más frecuente. Hemos tenido ocasión de comprobarlo a propósito de sus textos ensayísticos y de investigación académica, caracterizados, todos, por esa voluntad de compartir hallazgos y animar al otro a iniciar exploraciones, estudios a fondo, visitas reiteradas, estancias largas, reconsideraciones, en las vastas geografías de autores y literaturas diversas y, a veces, tan sólo en una página, un diálogo, un par de versos memorables. Incluso la escritura en verso del mismo Lastra da motivo para hablar de diálogo: su condición mayormente episódica, su ánimo tantas veces epigramático, su tono de reflexión como al desgaire, su factura sabiamente inacabada, nos hablan de una versificación que se sabe momentánea, momentum de un intercambio que nos precede con mucho y nos sucederá de todas maneras.

El presente libro es una compilación de conversaciones que, muchas veces a partir del formato de entrevista, Lastra sostuvo con distintos interlocutores, de modo escrito y oral, en distintas épocas. Algunas conversaciones fueron publicadas en años lejanos y aparecieron en revistas y libros ya dispersos; unas pocas son rigurosamente inéditas hasta ahora. El académico y poeta Marcelo Pellegrini ha reunido y editado los textos, y los ha prologado (“La conversación escrita”, 9-12) con palabras que no sólo describen, ponderan y elogian la virtud conversadora de nuestro autor, sino también contribuyen a posicionar -o más a bien a reposicionar- el diálogo como camino posible, como búsqueda compartida y, en definitiva, como escenificación del dinamismo del pensamiento, tanto en su desafiante inestabilidad como en esa misma posibilidad de apertura a nuevos horizontes de sentido. A continuación, ofrezco un repaso muy breve de cada texto, cuyos títulos ya nos otorgan sugestivas señas.

El primer diálogo, “Las luengas peregrinaciones, ¿hacen a los hombres discretos?” (13-19), es con Enrique Lihn y trata del viejo tópico del exilio, de la tensión dramática del dentro y el fuera en que se debate el escritor, de la situación paradojal que constituyen la minusvaloración en el terruño y el reconocimiento y apoyo en tierra extranjera. Por eso, ante el drama de un habitar acaso demasiado móvil, Lastra dirá que “el intelectual latinoamericano reside en la paradoja” (15) y lo ilustra con los datos de su propia vida. La experiencia de la escritura como parte capital de esa misma biografía aparece en “Algunas respuestas de Pedro Lastra” (21-26), en diálogo con Rigas Kappatos, donde Lastra reflexiona que “uno escribe tal vez por eso, por descolocación y lejanía” (21). Pero la detonación de la escritura personal nunca es meramente individual, sino más bien heredera de un legado que, al decir del autor, es también una exigencia de lectura, en especial en el trabajo del profesor. Por esa razón, “después de Neruda, Huidobro, la Mistral, todo escritor chileno tiene que cuidar su palabra. Como los poetas peruanos después de Vallejo, o los nicaragüenses después de Darío” (25). Una alternancia, un diálogo, acaso la simultaneidad, pues, entre lectura y escritura, que el texto “Pedro Lastra, el escrilector” (27-39), pone aún más de manifiesto, esta vez junto a Mario A. Rojas, en procura de “una especie de poética, pero del lector” (36). Sugerente concepto el del poética del lector, refrendado por el cúmulo de incitaciones a la lectura que el mismo Lastra y otros se han encargado de dar a la publicación (cf. Relecturas hispanoamericanas, Sala de lectura, Una vida entre libros, entre otros títulos).

Si América es la casa, como le gustaba decir a Gonzalo Rojas, el diálogo “Pedro Lastra y la pasión americanista” (41-57), con Luis Rebaza Soraluz, permite verificar esa condición hogareña del gran terruño, la casa común enlazada por una lengua. Un terreno que es también escenario de la amistad, esa otra modalidad de vínculos que Lastra se complace en caracterizar y detallar en “Las lecciones de la poesía y la amistad” (59-68), con Marcelo Pellegrini, una retrospectiva hacia los primeros años de escritura y publicación de poemas en compañía de diversos hermanos mayores. De ahí que suceda en perfecta continuidad la conversación “Del espejo a la multiplicación de las voces” (69-75), con Floriano Martins, donde se indaga en la verosimilitud de la ficción y, nuevamente, en la tradición donde el propio Lastra se reconoce. Una vuelta al tema de la extranjería y EE.UU. es el asunto de “Pedro Lastra: el poeta chileno que regresa de Estados Unidos” (77-81), junto a Sergio Rodríguez Saavedra y Francisco Véjar, diálogo en que el magisterio de Ricardo Latcham es puesto en relieve, y donde el elogio agradecido no opaca el examen riguroso de la lección del maestro. Un retorno a las vicisitudes del proceso de escritura de poemas -inseguridad, tentativa, confianza, escepticismo- y también al eco de otras disciplinas estéticas -como la obra de Magritte- observamos en “El diálogo con Pedro Lastra” (83-94), junto a Arturo Gutiérrez Plaza, y en “Pedro Lastra: la restricción de la palabra” (95-100), con Miguel Ángel Zapata. Otra vez las vicisitudes del proceso de escritura de poemas, donde ahora el autor declara su “temor a los ruidos molestos y a la sinonimia” (97), su preocupación, en otras palabras, por las sutilezas clave en la elaboración del verso.

El examen detenido de la valía poética de dos autores contemporáneos de Lastra se hace en “Enrique Lihn, el poeta sin pergaminos” (101-114), con Óscar Sarmiento, y en “Carlos Germán Belli, un poeta fundamental de nuestra lengua” (115-120), con Paula Rodríguez Matta, a lo cual se suma la vigorosa amistad de Lastra con ambos; un vínculo que, según el testimonio de nuestro autor, constituyó y constituye lecciones artísticas, intelectuales, existenciales. Como de manera natural, sigue el “Cuestionario sobre Fernando Pessoa” (121-124) administrado por Armando Romero, y que Lastra responde con apreciables aunque breves consideraciones sobre la trascendencia del poeta portugués, y con menciones a Antonio Machado, T.S. Eliot y César Vallejo como claves del siglo XX, que abrieron y exploraron caminos cruciales al menos para la literatura de Occidente. Nombres que se reiteran en “Lector de todas las horas” (125-138), la conversación con Francisco José Cruz en que Lastra hace feliz memoria del trío Salgari-Verne-Dumas como parte fundamental de su iniciación en la lectura; un ejercicio complejizado después por el contacto con Neruda, Paz, Borges y Conrad entre los más aludidos, junto al trato amistoso también de Eduardo Anguita y Juan Gelman, y la enseñanza de ensayistas como el Dr. Johnson y George Steiner. Una conversación, como se ve, expansiva y expandida a la “Grecia revisitada” (139-145), junto a Rigas Kappatos otra vez, en sus lazos afectivos y literarios donde Lastra es motivado a reflexionar sobre su trabajo como académico.

La afirmación de que “toda escritura es esencialmente dialógica” (151) resulta ser, a la postre, una especie de conclusión natural de esta publicación. El texto “Al fin del libro, o las buenas trampas de la memoria” (147-152), con el mismo Marcelo Pellegrini, abrocha todo lo anterior de modo conciso y siempre en la rica inestabilidad del conversar. Porque, recordemos, así como el gaucho Martín Fierro hacía bien al aconsejarnos “no tiemplen el instrumento/ por sólo el gusto de hablar/ y acostúmbrense a cantar/ en cosas de fundamento”, tenemos que advertir que Pedro Lastra hace lo propio al conversar. Es cierto que la benignidad del diálogo depende también del interlocutor; sólo que Lastra arrastra consigo, protagonista de esta trama, el deseo de dar con una verdad. Efímera, permanente, evanescente, hospitalaria, retadora, esa verdad es aquí no el enunciado correcto ni el objeto preciado en disputa, sino el acontecimiento del que cabe atestiguar. Con Platón aprendimos que la verdad es dialógica: encuentro y desencuentro, proceso, camino, andanza. Con Pedro Lastra seguimos caminando.

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