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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.43 Osorno dez. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012016000200024 

RESEÑA

José ANADÓN. Historiografía literaria latinoamericana colonial-contemporánea (1973-1993). Prólogo de Nelson Osorio Tejeda. México: Seminario de Cultura Mexicana; Universidad de Notre Dame, 2015, 420 pp.


Este libro es una selección de varios trabajos que José Anadón realizó entre 1973-1993. La mayor parte están dedicados al estudio de algunas obras, autores y personajes del periodo colonial hispanoamericano. Una de las características de estos estudios y uno de los principales méritos de Anadón, como destaca Nelson Osorio en el prólogo de este libro, es la utilización de materiales de archivos y de fondos antiguos (18), por lo que la buena parte de las informaciones son datos nuevos, trabajados de manera crítica, que sugieren nuevos puntos de vistas, replanteamientos y discusiones respecto de diferentes temáticas del periodo colonial. El propio Andón recordaba en la conferencia que dictó para presentar este libro en la inauguración del Simposio “Reconsiderar la historia, la literatura y la cultura colonial americana”, que organizamos en la USACH en octubre de 2015, que fue su profesor José Durand, el americanista peruano, el que le recomendó buscar en los archivos materiales nuevos para su investigación doctoral.

Si tuviéramos que determinar lo que mejor define a esta selección de trabajos, podríamos concluir que se trata de un libro del siglo XVII hispanoamericano y chileno. Por tanto, para el caso chileno estos trabajos echan luz sobre un siglo muy noticioso, pero extrañamente poco estudiado. Esto quizás pueda deberse a que la mayor parte de las noticias importantes no acontecieron en Santiago, sino en el Sur de Chile. Probablemente ya se percibía el centralismo que aqueja a Chile cuando Francisco Pineda y Bascuñán se lamentaba por la exigua ayuda que Santiago brindó a Concepción por el terremoto de 1657, cuando diez años antes los sureños habían cumplido con generosidad (103). Justamente Pineda y Bascuñán, autor del Cautiverio feliz, ese notable libro “nada extraño para los estudiosos, sin embargo mal conocido aún” (20), nos dice Anadón, es el escritor más estudiado en este libro, y el que está presente y entrelaza varios de los trabajos, principalmente los de Juan de Barrenechea y Albis y los de los jesuitas Diego de Rosales y Luis de Valdivia.

En el primer trabajo dedicado a Pineda “Los últimos años de Pineda y Bascuñán” (1973), desde documentos de archivos, como protocolos firmados en Lima, cartas familiares y procesos judiciales, Anadón reconstruye los últimos años de Pineda. Por ejemplo, nos dice que al no ser tomado en cuenta por las autoridades locales, y su resistencia a vivir de la tranquilidad económica que podían ofrecerle sus hijos, decide viajar nuevamente a Lima a fines de 1677 (ya lo había hecho en 1673) a buscar justicia según sus merecimientos, pues el ambiente político y social de la Capitanía General de Chile de fines del siglo XVII favorecía poco a sus intereses (24). También, que a fines de 1679 logra el apetecible Corregimiento de Moquegua, al sureste del actual Perú, concedido por el virrey Melchor de Liñán Cisneros. Este cargo, nos dice Anadón, honroso y codiciado, era el mejor recibido por Pineda tras tantas gestiones y fatigas. Pero, “triste ironía, llegó demasiado tarde, cuando su vida estaba a punto de acabar. Fallece en el Valle de Locumba, viajando hacia Moquegua, el 5 de mayo de 1680 –fecha que además establece–, lejos de su tierra y parientes y sin haber llegado a tomar posesión de su cargo” (29-31).

En este texto también encontramos informaciones de Álvaro, el hijo mercader de Pineda, con el que tenía algunas desavenencias, que seguramente nacían de las diferentes actividades que practicaban, así como también de esa conformación y madurez que el criollo fue adquiriendo en el siglo XVII (Francisco: militar criollo, hijo de españoles / Álvaro: comerciante criollo, hijo de criollo). Anadón señala que Álvaro se transformó en un importante comerciante que movía grandes cantidades de variados tipos de mercadería –dentro y fuera del país–, negociando en muchas tierras y abriendo tiendas en Chile, informaciones que ayudan a conocer mejor el tipo de gente que practicaba el comercio a fines del siglo XVII, como también a discutir afirmaciones categóricas como las de Diego Barros Arana, que sostenía que los individuos que ejercían el comercio en Chile eran pobres mercaderes de última mano (33-34).

Otro texto dedicado al autor del Cautiverio feliz es “Vida y autobiografía de Pineda y Bascuñán”. Allí Anadón sostiene que la importancia del “Memorial de 1639”, un documento dado por perdido por la historiografía chilena y que Pineda redactó para retener una encomienda, no está dada solo por contener algunas noticias desconocidas acerca de una etapa de su vida, sino que también por ofrecer información documental contemporánea a la redacción del Cautiverio feliz, lo que permite iniciar el estudio de la historicidad del texto, por ejemplo, acerca de un periodo extrañamente poco informado, como el que va inmediatamente después de la Batalla de las Cangrejeras, tiempo en que se realiza una de las mayores campañas para aniquilar la resistencia de los mapuches y en la que Pineda se distinguió (54). También se entregan datos e informaciones que ayudan a seguir conformando una biografía más completa de Pineda, como su participación en el Alzamiento general de 1655, como gobernador de las fronteras de Boroa, Imperial, Toltén, Villarrica (94); su injusto relevamiento del ejército, incluso después de recibir una carta del virrey Conde de Alba de Liste en la que reconocía sus méritos y prometiendo resarcirlo por sus pérdidas materiales; el enfrentamiento con el gobernador Meneses, donde Anadón establece con bastante claridad que Pineda fue el autor del texto anónimo en su contra; los años en Perú, solo, destituido y pobre, esperando ser escuchado por las autoridades, tiempos penosos en los que completará la redacción definitiva del “Cautiverio”; la designación que obtuvo en 1773 como gobernador de la Plaza y Presidio de Valdivia, un buen cargo pero que no logra darle la estabilidad económica, cuestión que lo sigue afligiendo (144).

El siguiente autor del siglo XVII que Anadón trata en este libro es el mercedario chileno fray Juan de Barrenechea y Albis. En “La Restauración de la Imperial de Barrenechea y Albis” (1975) señala que la Restauración de La Imperial y conversión de almas infieles (redactada a fines del siglo XVII), del fraile nacido en Concepción, es un libro “más mencionado que conocido”, que merece estudiarse por su curiosidad (obra miscelánea) y por el relato novelesco que aparece; también por las noticias de interés respecto de autores y personajes del suelo chileno (42) y de episodios importantes históricos como el gran alzamiento de 1655, que sirven para investigar temas escasamente estudiados, como los profundos efectos psicológicos que produjo en los pobladores (48-49). Señala que, así como le sucede a Pineda, el levantamiento mapuche es el episodio clave en que apoya su juicio de que se trataba de una guerra injusta (50). Respecto del texto novelesco inserto en la “Restauración” señala que a su parecer es el antecedente más significativo de la novela indianista en la Colonia. El modo de presentar y caracterizar psicológicamente a los personajes indígenas, dentro de su marco social, resulta sorprendente en un texto de fines del siglo XVII americano (52). Más adelante, en “La novela colonial de Barrenechea y Albis” (1983), dice que el texto “posee unidad narrativa, intencionada elaboración y la voluntad consciente de fantasía, dentro de un marco a la vez utópico y realista (…) El relato respira a todas luces un carácter idílico e imaginativo, dentro de un claro contexto histórico. Estas ideas del padre Barrenechea establecen un importante hito ideológico durante el siglo XVII y hasta parecería reconocer la realidad mestiza del país como base de la unidad nacional” (236).

“Relictos de la Conquista espiritual” (1978) es el primer trabajo que Anadón dedica al jesuita Diego de Rosales, “una figura mayor de la historiografía chilena, cuya actividad está vinculada con la vida política y religiosa del siglo XVII” (151). En este trabajo establece algunas diferencias con la Histórica Relación del Reyno de Chile (1646) de Alonso de Ovalle, en aspectos como la supuesta belicosidad de los mapuches (151-52). Por ejemplo, Anadón señala que Rosales sigue los sacrificios rituales entre los mapuches con un “crudo” realismo, anotando hasta los detalles más sórdidos, sin que influyan consideraciones morales o religiosas (158), distinto a la óptica propagandística de su colega Ovalle (162). En “Escritos testimoniales: Pineda y Bascuñán y Rosales en el Informe de Ibarra (1658)” (1988) Anadón señala que el informe que el virrey del Perú Conde Alba de Liste le solicitó al criollo peruano Álvaro de Ibarra por el levantamiento de 1655, es un documento que prueba la relación directa y cercana entre el jesuita y Pineda, pues aparecen colaborando juntos en la redacción de este escrito oficial (335). Anadón señala que en este Informe se verifica que la práctica de olvidarse de los militares beneméritos y de vender los cargos, cuestión de la que se quejaba profundamente Pineda, se originó o tomó cuerpo en el gobierno del gobernador Acuña (339), como también que una de las características del documento, es la incorporación de entrevistas a los mapuches que estuvieron implicados en el desarrollo del conflicto, quienes expresaron abiertamente sus opiniones y de las que se puede inferir una actitud conciliatoria (340-342).

Para Anadón en “La ‘Guerra defensiva’ del jesuita Luis de Valdivia y los Pineda” si bien la influencia del pensamiento del padre Luis de Valdivia (importante también para el siglo XVII) en el Cautiverio feliz es evidente, no se ha podido establecer una vinculación directa. Sin embargo, a partir de dos cartas que ubica en el Archivo General de Indias de Sevilla, aporta algunos datos que relacionan al jesuita con el padre del escritor, el militar Álvaro Núñez de Pineda. Estos nuevos documentos confirman que el padre de Pineda, que para el inicio de la guerra defensiva ocupaba el cargo más alto en el Ejército, colaboró estrechamente con el jesuita y defendió sus ideas, incluso por escrito. Estas nuevas informaciones, bien podrían sugerir, nos dice Anadón, que las ideas proindígenas de Pineda debieron comenzar temprano, lo que implica una “relectura del Cautiverio feliz y abre un camino para entender la maduración de las ideas de nuestro autor en esta materia” (259).

También se agregan en esta selección algunos textos acerca de autores españoles que han tenido una relación directa con la América colonial, como es el caso de Juan Mogrovejo de la Cerda, el alcalde del Cuzco y autor del curioso relato La endiablada (1624), del que Anadón se extraña que sea tan desconocido. Sostiene también que es un escritor más prolífico de cuanto podía suponerse en un principio y además entrega varios datos que ayudan a conformar mejor su biografía (268-278). En “Bartolomé Lorenzo como personaje de José de Acosta en la Peregrinación (1586)” (1988) cuestiona la idea de José Juan Arrom de que la Peregrinación, que trata del portugués Bartolomé Lorenzo (un personaje real), fuera ideada por el jesuita español como una novela de aventuras, una obra ficción, y en cierta medida también que fuera redactado como un texto crítico al sistema colonial, planteado por Beatriz González Stephan. Para Anadón este “escrito histórico, animado y pintoresco”, redactado sin mayores adornos literarios, tuvo destino interno, para lectura dentro de la orden y dirigido al máximo superior, el general Acquaviva (280-293).

En un artículo dedicado a La historia tragicómica de don Henrique de Castro (1617) del francés Francisco Loubayssin de la Marca, discute el parecer de Cedomil Goic acerca de que esta obra pueda ser considerada como la primera novela histórica de América (296), pues cuando se la ubica en su contexto, en el ambiente literario francés de comienzos del siglo XVII, se ajusta a una novela de aventuras y sentimental. Anadón señala que este subgénero contiene muchos detalles realistas y aún ciertos, pero abunda en imprecisiones y no existe la voluntad de proyectar toda la verdad. Loubayssin de la Marca, apunta Anadón, introduce episodios históricos mediante un procedimiento acumulativo, lo que confiere al relato una inverisimilitud de conjunto. En relación con su temática americana, que no es exclusiva en la novela, está expuesta superficialmente (324-328).

En “Ruptura de la conciencia Hispanoamericana” (1993), el último texto del libro, Anadón señala que aunque se ha incrementado el estudio de las letras coloniales como accedente de la actual literatura latinoamericana, y en las que incluso se puede percibir un nuevo espíritu crítico, el estudio del amplio campo colonial presenta algunos inconvenientes que aún no se han superado y que han promovido la divulgación de ideas preconcebidas y perpetuado errores y silenciamientos. A estos problemas, que van desde la ambigüedad del locus enunciativo del escritor colonial o la ligazón del discurso colonial con la historia, hasta las dificultades de acceso a los materiales documentales y la escasez de ediciones críticas, se suma una dificultad quizás mayor, como la de los enfoques eurocéntricos siempre presentes en los estudios de la cultura latinoamericana. Para Anadón, “mientras se siga apreciando la literatura y toda la cultura latinoamericana desde parámetros (o convenciones) eurooccidentales, esta permanecerá colonizada”, por lo que se hace necesario “que un sector de la crítica se esfuerce por establecer un paradigma latinoamericanista, una escala de valores propia, y desde allí apreciar otras culturas” (409-411).

Estos planteamientos, redactados hace más de veinte años, continúan teniendo plena vigencia, pues si bien es evidente, como señala Nelson Osorio, que en la última década se advierte entre las nuevas promociones de críticos de los estudios del periodo colonial de nuestra América una creciente preocupación por superar los enfoques teóricos tributarios de la perspectiva eurocéntrica (o mejor “occidentalocéntrica”, aclara) (9-11), esta tarea no se ha terminado de concretar, por lo que la lectura y relectura de este libro renueva el interés por la investigación del periodo colonial y promueve la preocupación constante en la búsqueda por establecer un paradigma más propio.

 

Marcos A. Figueroa Zúñiga

Universidad de Santiago de Chile
Facultad de Humanidades, Departamento de Lingüística y Literatura
Av. Libertador Bernardo O'Higgins # 3363, Estación Central, Santiago (Chile)
cinema77@gmail.com

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