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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.43 Osorno dez. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012016000200021 

NOTA

LA RECURRENCIA DE LA METÁFORA. UN MARCO FILOSÓFICO-LINGÜÍSTICO1

The recurrence of metaphor. A philosophical-linguistic framework

 

Juan Antonio González de Requena Farré*

Universidad Austral de Chile*, Puerto Montt, Chile.

Dirección para correspondencia


En el muy particular “Diccionario de las ideas recibidas” recogido en Bouvard y Pécuchet, la entrada “metáforas” plantea de forma irónica: “siempre se utilizan demasiadas” (Flaubert, 339). Efectivamente, las metáforas sobreabundan (y a veces se abusa de ellas) no solo en el texto literario, sino también en el discurso cotidiano e, incluso, en la escritura científica. Esta superabundancia de la metáfora no guarda relación simplemente con la cantidad de metáforas que circulan o con el abuso intencionado de la metáfora en algunos estilos literarios; concierne a las propias condiciones de inscripción de la metáfora y a cierto efecto suplementario del tropo metafórico. Y es que todo intento de registrar exhaustivamente las series de metáforas y de agotar su campo se ve siempre desbordado por una metáfora adicional y que se sustrae a la sistematización: se trata de aquella metáfora presupuesta en la caracterización discursiva de la metáfora, o sea, la metáfora de la metáfora (Derrida, 259). No en vano, la definición de la metáfora nunca consigue eludir la paradoja de que solo se puede hablar de la metáfora metafóricamente; para enunciar en qué consiste la metáfora, se ha de introducir recurrentemente algún préstamo metafórico. De ahí el carácter recursivo de toda caracterización de la metáfora, que desborda cualquier pretensión de codificación exhaustiva (Ricoeur, 29). En fin, tal vez la metáfora solo puede inscribirse en plural, como esa proliferación de tropos suplementarios que desplazan y desvían recurrentemente los sentidos del discurso mediante una deriva textual inagotable (Derrida, 307).

1. TRADICIONES: RETÓRICA, SEMÁNTICA Y ESTÉTICA DE LA METÁFORA

Ya la retórica antigua –así como fue sistematizada por Aristóteles, Cicerón y Quintiliano– introdujo todo un repertorio de presupuestos y desplazamientos metafóricos en su caracterización de la metáfora como cierta transferencia o traslación de un nombre con un significado propio, para significar otra cosa o proporcionarle un sentido más intenso. De hecho, las propias nociones de “desplazamiento” o “traslación” constituyen préstamos metafóricos que permiten hablar de la metáfora, dándole el sentido de cierto movimiento físico o cambio de lugar. A esta metáfora del traslado se añaden ciertos giros metafóricos que matizan la caracterización de la metáfora: se apela metafóricamente al carácter “extraño”, “lejano” o “foráneo” de los términos que se toman prestados; o bien se proyecta la metáfora de la “claridad” y del “poner ante los ojos”, para dar cuenta del efecto esperado del tropo metafórico (Aristóteles, 1411a). Por otra parte, la caracterización de la metáfora como traslación del nombre también introduce veladamente tanto el presupuesto de que la metáfora gira en torno a los nombres, como la suposición de que existe un significado propio o impropio de los nombres que empleamos para designar las cosas. Ciertamente, esta caracterización del tropo metafórico a partir del nombre constituye una de las principales limitaciones de la retórica antigua, cuando se trata de dar cuenta de la metáfora. Y es que, al circunscribir el desplazamiento de significado a esa parte de la frase que es el nombre, se invisibiliza el papel que juegan el enunciado y el discurso, como marcos del sentido metafórico; además, el interés en el término metafórico por separado terminaría propiciando ese énfasis en la clasificación de tropos aislados que ha caracterizado a gran parte de la tradición retórica (Ricoeur).

No obstante, la retórica antigua –y particularmente la concepción aristotélica de la metáfora– ya pudo reconocer algunas de las tendencias y tensiones que hasta hoy siguen marcando la reflexión sobre la metáfora. En primer lugar, la retórica antigua patentiza la escisión entre los aspectos retóricos y poéticos de la expresión metafórica, esto es, entre la función de la metáfora en el logos verosímil y su rol en la invención imaginativa (Ricoeur, 21-66). En segundo lugar, la retórica antigua ha sabido reconocer la tensión entre semejanza y extrañamiento, y entre claridad y enigma, que sostiene la eficacia de la metáfora. En última instancia, ya en la retórica antigua se aprecia cierta tensión entre la caracterización de la metáfora como un tropo particular y, por otra parte, la comprensión ampliada de la metáfora como el tropo central que patentiza la capacidad figurativa del discurso. Desde esta última perspectiva, la metáfora comprendería otras figuras como la metonimia (un desplazamiento de sentido de una especie a otra), la sinécdoque (un desplazamiento de sentido de género a especie), el símil (un desplazamiento de sentido explicitado “como” tal), la catacresis (una traslación de sentido para algo que no tiene nombre) o la personificación (un desplazamiento de sentido entre cosas animadas e inanimadas). Por lo demás, aunque privilegiara la función del nombre en la metáfora, la retórica antigua osciló entre una visión de la metáfora como analogía implícita (esto es, una relación de relaciones) y una comprensión de la metáfora como una comparación no explicitada (o sea, como una relación entre términos); de ambos modos, la metáfora se vincula a cierto enunciado de una relación que hace posible aprehender una semejanza y ver “como”.

A raíz de cierta fragmentación histórica de la tradición retórica, la retórica literaria y la retórica argumentativa han transmitido parcialmente, hasta la actualidad, algunas de las tendencias inscritas en la caracterización de la metáfora por parte de la retórica antigua. En lo que concierne a la retórica literaria, esta se concentra unilateralmente en la clasificación taxonómica de los tropos como figuras ornamentales estáticas, y solo consigue concebir la metáfora como una desviación de sentido operada en la palabra aislada, al margen de la instancia enunciativa y del marco discursivo en que se produce el significado metafórico (Ricoeur, 11-12). Efectivamente, la retórica literaria contemporánea sigue comprendiendo la metáfora como un tipo de tropo específico que afecta a las palabras aisladas en la expresión elocutiva del pensamiento. Como todo tropo, la metáfora consistiría en cierto giro semántico de un contenido léxico a otro, que produce un efecto de alienación o enrarecimiento con una finalidad ornamental (Lausberg, 95). Más específicamente, se trataría de un tropo “por salto”, que sustituye la significación propia de una palabra por un contenido léxico tomado de una esfera de contenido ajena; además, el significado de la palabra sustitutiva ha de guardar una relación de analogía con el contenido léxico de la palabra reemplazada, como si se tratase de un símil comparativo abreviado (Lausberg, 117-118). De ese modo, la retórica literaria se desentiende de los marcos discursivos en que se produce el enunciado metafórico, y hace caso omiso de los aspectos cognitivos y los modos de tener sentido desplegados en la metáfora.

Ahora bien, el siglo XX también ha sido testigo de ciertos intentos de revivir la tradición retórica como una empresa filosófica que contribuya a clarificar los usos del lenguaje y a dar cuenta tanto del entendimiento como del malentendido. En el marco de una filosofía de la retórica de ese tipo, Richards pudo superar algunos de los presupuestos cuestionables que cercaban la comprensión tradicional de la metáfora. Desde esa perspectiva, criticó la preconcepción de que el significado se vincula a las palabras aisladas, las cuales estarían provistas de un sentido propio, al margen de sus resonancias e interacciones recíprocas en el contexto discursivo. Además de proporcionar una comprensión de la significación vinculada a la interacción de los contextos discursivos relevantes que suplen lo que falta en otros contextos, Richards ha podido suministrar una concepción de la metáfora, distinta de aquella de la tradición retórica. Y es que, si la producción de la significación tiene lugar en virtud de la inter-animación orgánica de las palabras en el discurso, la metáfora no puede asociarse a la palabra aislada o al nombre singular, presuntamente dotados de un sentido propio; más bien, la metáfora resulta tan omnipresente como la transacción entre contextos discursivos y se realiza en el enunciado completo. Concretamente, la metáfora surge de la interacción o interanimación de dos contextos discursivos de enunciación, los que se vinculan respectivamente a ciertas expresiones verbales que operan unas como “tenor” y otras como “vehículo” de la metáfora. Para Richards, solo de la interacción del tenor y del vehículo emerge la expresión metafórica, cuyo efecto figurativo no se deja reducir a alguno de los elementos verbales. De ese modo, la metáfora no resultaría concebible por medio de una relación de semejanza o comparación entre el tenor y el vehículo; el efecto metafórico consiste en una interanimación discursiva impredecible.

La Nueva Retórica, en su intento de rescatar una teoría de la argumentación persuasiva, también ha considerado la metáfora como un tipo de enlace argumentativo que fundamenta la estructura de lo real –en vez de basarse en algún nexo de sucesión o coexistencia entre elementos preexistentes del mundo– (Perelman & Olbrechts-Tyteca). En ese sentido, la Nueva Retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca recoge la idea de Richards de que la metáfora emerge de cierta interacción del tenor y del vehículo; de ese modo, el enlace metafórico introduce cierta fusión entre ciertos términos del tema y otros términos del foro, tomados de un campo distinto que permite reconstruir el tema. No obstante, Perelman y Olbrechts-Tyteca (610-626) matizan la perspectiva interaccionista de Richards, y rescatan parcialmente la concepción tradicional de la metáfora, en la medida en que entienden el enlace metafórico como una analogía condensada que propicia la fusión de algunos elementos del tema y del foro, y, por esta razón, induce la asimilación de sus campos respectivos, con fines argumentativos y no meramente estilísticos. Eso sí, la analogía que sostiene la metáfora no presupone la existencia previa de dos pares de términos fijos, independientes de las relaciones analógicas; tampoco depende exclusivamente de términos nominales, pues puede realizarse por diferentes expresiones verbales (adjetivos, verbos, posesivos, etcétera).

La reflexión semiótica y la lingüística de la palabra de corte saussuriano se mantuvieron al alero de la concepción tradicional de la metáfora, centrada en los signos aislados y en la sustitución por semejanza. La influyente distinción de Jakobson entre un polo metafórico y un polo metonímico del lenguaje ilustra este derrotero de la reflexión lingüística acerca de la metáfora. A partir de la premisa –heredada de Saussure– de que existen dos modos de ordenamiento de los signos (la combinación y la selección), Jakobson establece todo un esquema binario que pretende dar cuenta de las formas de producción de sentido en cualquier sistema semiótico: por un lado, en el polo metonímico, la combinación sintagmática de signos se asocia a los procesos de concatenación basados en relaciones de contigüidad y, más genéricamente, al campo de la composición sintáctica; por otro lado, en el polo metafórico, la selección paradigmática de signos se vincula a los procesos de sustitución a partir de la relación de semejanza y, en general, al campo semántico. De ese modo, la concepción de la metáfora se torna demasiado estrecha y demasiado amplia (Ricoeur, 244-245): en virtud de la reducción binaria de los tropos, la metáfora se restringe a las formas de sustitución semántica por semejanza, al mismo tiempo que los procesos metafóricos se generalizan vagamente a cualquier tipo de sistema semiótico (el género poético, el simbolismo romántico, la fusión cinematográfica de planos, la plástica surrealista, etcétera).

Algunas de las más relevantes teorías contemporáneas de la metáfora intentan superar las limitaciones de una reducción semiótica del proceso metafórico a los contenidos léxicos de signos aislados, así como se enfrentan a las teorías tradicionales de la metáfora centradas en la sustitución o la analogía. En el contexto de la filosofía del lenguaje anglosajona, Max Black ha llevado a cabo uno de los análisis lógico-semánticos de la metáfora más reconocidos, a partir de los presupuestos interaccionistas de Richards. Black no solo objeta las concepciones de la metáfora que la asimilan a una sustitución de una expresión literal por otra figurativa, cuyo sentido impropio puede reconocerse y transformarse contextualmente; también incluye en su crítica a las visiones de la metáfora como comparación implícita, pues las considera una versión de la teoría de la sustitución, en este caso basada en la relación de semejanza o de analogía. Por una parte, la visión de la metáfora como sustitución hace del giro metafórico un simple reemplazo de la expresión literal, que nada añade, salvo quizás ornato; por otra parte, la concepción comparativa de la metáfora es demasiado vaga y carente de contenido, ya que la apreciación de semejanzas es un asunto de grados, y puesto que las semejanzas no preexisten sino que son creadas por la metáfora. Frente a las teorías sustitutiva y comparativa de la metáfora, Black defiende una visión interaccionista, según esta, la metáfora concierne al enunciado (más que a las palabras aisladas) y, concretamente, a la interacción entre el asunto principal y el asunto subsidiario del enunciado, o entre el marco de contenido y el foco figurativo del enunciado. Semejante interacción entre marco y foco hace posible que se reestructuren selectivamente los aspectos del asunto principal del enunciado, por medio de las implicaciones que introduce el asunto subsidiario. Por cierto, según Black, estos dos aspectos que interactúan en la metáfora no son cosas fijas y dadas, sino sistemas de implicaciones asociadas a los lugares comunes que caracterizan tanto el asunto principal como el subsidiario; asimismo, tampoco los desplazamientos metafóricos de sentido tienen una base fija o una razón necesaria.

Desde la perspectiva de la estética literaria, Beardsley aporta otra crítica de la concepción tradicional de la metáfora, que, además, cuenta con la ventaja de enriquecer el punto de vista interaccionista de Richards y Black, al enfatizar el aspecto inventivo y no convencional de las implicaciones metafóricas. Concretamente, Beardsley cuestiona la visión de la metáfora como una comparación implícita o un símil no desarrollado con un objeto ajeno al contexto. Y es que los giros metafóricos no conciernen a propiedades fijas de los objetos, las que permitiesen determinar lo apropiado de las metáforas. Beardsley concibe semánticamente la metáfora mediante una teoría de la oposición verbal, y considera los giros metafóricos como algo que concierne a la enunciación lingüística y, más específicamente, a la interacción verbal entre dos niveles de significación del modificador predicado de un sujeto. Desde ese punto de vista, cuando en un contexto determinado se predica un modificador de un sujeto, el modificador predicado se ve atravesado por una tensión oposicional entre la extensión o denotación habitual y, por otra parte, la nueva intención o connotación. Este conflicto u oposición lógica interna a la estructura de significado da cuenta, pues, del giro metafórico sin necesidad de apelar a la comparación entre los objetos referidos. Y es que la metáfora opera un desplazamiento desde la denotación hacia la connotación, esto es, amplía el rango potencial de connotación desde un significado central o un conjunto de propiedades habitualmente connotadas, hasta un significado marginal o algunas connotaciones insospechadas.

2. HERMENÉUTICA Y PRAGMÁTICA DE LA METÁFORA

Sin duda, existe una cierta encrucijada entre las concepciones retóricas de la metáfora (abocadas al aislamiento de los términos metafóricos y la clasificación de los tropos) y, por otra parte, las visiones semánticas de la metáfora (centradas en las innovaciones de significado que se producen en las interacciones verbales dentro del enunciado completo). Ahora bien, en la reflexión contemporánea acerca de  la metáfora, se han desarrollado otras encrucijadas entre modos divergentes de entender el giro metafórico, que comparten una decidida crítica de la visión tradicional de la metáfora. Por una parte, Ricoeur ha propuesto una hermenéutica de la metáfora que, en lugar de aislar el giro metafórico en los contenidos léxicos de los términos o en el significado enunciativo, atiende a la instancia de discurso en que tiene lugar el acontecimiento del sentido. Concebida como un modo de tener sentido en el mundo y como un evento de comprensión de la existencia viva (más que como un tropo clasificable), la metáfora se vincula –para Ricoeur– a cierta estrategia discursiva para potenciar la capacidad referencial del lenguaje, mediante la referencia desdoblada, la redescripción ficcional, así como la invención imaginativa de mundos posibles. Según Ricoeur, esta capacidad discursiva de apertura de mundos que se ejerce en la metáfora involucra no solamente una tensión semántica dentro del enunciado (entre el marco y el foco, o entre el sujeto y el modificador), sino también una tensión entre la interpretación literal (que reduce el sentido figurado) y la interpretación metafórica (que crea sentido a partir de los contrasentidos) e, incluso, una tensión referencial en la predicación del ser metafórico (entre la identidad y la diferencia que se juegan en la cópula del verbo “ser”, cada vez que se enuncia que “algo es otra cosa”).

Por otra parte, en la reflexión contemporánea respecto de la metáfora se ha desplegado cierta pragmática de la metáfora, que también desarrolla una crítica de la visión tradicional del giro metafórico, centrándose en la instancia del discurso y en los usos del lenguaje, más que en los contenidos léxicos de los términos o en el sentido de los enunciados. En esa línea, Searle cuestiona las visiones habituales de la metáfora –como comparación basada en la semejanza o como interacción semántica en el enunciado–, ya que estas no entienden que el giro metafórico no es sino un caso especial de la diferencia que en toda instancia de discurso o acto de habla existe entre el significado oracional y el significado intencionado en la proferencia del hablante. Aunque incluso en el enunciado literal el significado intencionado por el hablante, el contexto y las presuposiciones de trasfondo, así como las apreciaciones de semejanza, jueguen un papel, la enunciación metafórica se caracteriza por el hecho de que se acentúa la divergencia entre el significado oracional y el sentido intencionado por el hablante en su acto de habla (mientras que, en el caso de la enunciación literal ambos coinciden). Al considerar que el sentido metafórico no radica en el significado oracional –sino en la instancia del discurso, en el acto de habla y en la proferencia del hablante–, Searle se distancia de las visiones clásicas de la metáfora como comparación. Y es que la enunciación metafórica no presupone necesariamente la referencia a objetos determinados ni un enunciado implícito de semejanza; no en vano, el sentido metafórico podría darse aunque el enunciado que establece la comparación o semejanza fuera falso (pues las condiciones de verdad del enunciado comparativo y de la enunciación metafórica difieren). Tampoco corre mejor suerte la teoría interaccionista de la metáfora que atribuye el sentido metafórico a la interacción de significados oracionales u oposición semántica en el enunciado, en vez de considerar el rol de la proferencia del hablante. No en vano, para Searle, la metáfora concierne al sentido intencionado en la preferencia del hablante, como algo implicado por el significado oracional, pero que diverge de él y no se deja parafrasear fácilmente.

La desconsideración pragmática del significado oracional como clave del sentido metafórico se acentúa aún más en Davidson, quien incluso cuestiona que en la enunciación metafórica exista algún tipo de significado figurativo especial, cierto significado no literal susceptible de ser parafraseado, o que en la metáfora se exprese algún contenido eidético. Davidson no está privando a la metáfora de su eficacia y su legitimidad para intimar nuevas percepciones y para focalizar de otros modos nuestra atención; simplemente objeta la confusión entre el efecto que provoca el uso metafórico y un presunto contenido oculto que la metáfora expresaría. Como en el caso de Searle, para Davidson la metáfora concierne al uso y no al significado de las expresiones; el efecto metafórico no se vincula a lo que las expresiones significan, sino a lo que las palabras hacen. Desde esa perspectiva, las metáforas no significan más que las palabras o frases literalmente interpretadas, y dependen plenamente de los significados ordinarios de las expresiones, de manera que no resulta necesario postular algún contenido semántico o eidético adicional. Según Davidson, la metáfora consiste tan solo en el empleo imaginativo de expresiones que pueden ser literalmente falsas, pero que inducen evocaciones y nuevos modos de “ver como” con mayor o menor gusto; y quien pretende parafrasear o descodificar una metáfora no hace más que mencionar los efectos de que provocan las metáforas. Así, pues, las teorías tradicionales de la metáfora, que la entienden como el enunciado implícito de una comparación basada en la semejanza, hacen del presunto significado metafórico algo obviamente accesible mediante una paráfrasis adecuada, sin considerar que los efectos evocados por las metáforas no tienen límites definidos ni asumen siempre una forma declarativa.

3. DISTINCIONES CONTEMPORÁNEAS: METÁFORA CONCEPTUAL, METÁFORA LEXICAL Y METÁFORA GRAMATICAL

En el ámbito de la lingüística cognitiva y a partir de las reflexiones acerca de la metáfora de Lakoff y Johnson, se ha fraguado uno de los cuestionamientos más decididos de la visión tradicional de la metáfora. Y es que este planteamiento cognitivo objeta el tratamiento de la metáfora como un asunto exclusivamente lingüístico o como un mero tropo estilístico o retórico, e impugna la visión de la metáfora como comparación basada en semejanzas aisladas preexistentes. Además, Lakoff y Johnson someten a revisión uno de los presupuestos de gran parte de las teorías respecto de la metáfora, a saber, la existencia de un significado literal especificable en determinadas condiciones de verdad, que serían independientes tanto de los propósitos y contextos de la interacción experiencial, cuanto de los sistemas conceptuales y marcos de comprensión, presupuestos en la atribución de verdad y significado literal. No en vano, Lakoff y Johnson (212) consideran que nuestra categorización de los objetos involucra siempre la apreciación de parecidos de familia prototípicos entre propiedades que emergen de modalidades de interacción experiencial; asimismo, nuestra comprensión del significado de las oraciones presupone formas de proyección imaginativa de unos dominios de experiencia en términos de otras configuraciones experienciales. De esa manera, la metáfora concierne básicamente al pensamiento y a la acción cotidiana, y solo de modo derivado es un asunto lingüístico. Ya que la función primordial de la metáfora consiste en proveer una comprensión parcial de cierto dominio de experiencia, en términos de la configuración de otro tipo de interacción experiencial, la metáfora no se basa tanto en la movilización de semejanzas preexistentes, cuanto en la creación de semejanzas a partir de las proyecciones imaginativas presupuestas en nuestra categorización y comprensión cotidianas (195). La perspectiva cognitiva de Lakoff y Johnson (196) se interesa, pues, básicamente en la metáfora conceptual, esto es, en la proyección imaginativa de correlaciones experienciales; se trata de ese tipo de mapeo cognitivo que hace posible destacar y organizar coherentemente algún dominio experiencial a partir de las correlaciones e implicaciones sistemáticas de nuestras configuraciones experienciales y sistemas conceptuales. En ese sentido, la visión cognitiva de la metáfora introduce una diferencia entre la metáfora conceptual y las expresiones lingüísticas en que esta se realiza; y es que las expresiones lingüísticas metafóricas, como instancias de determinado léxico o lenguaje vinculado al dominio de experiencia desde el que se lleva a cabo la proyección metafórica, no agotan el mapeo cognitivo ejercido en la metáfora conceptual, bajo la forma genérica “el dominio conceptual A es el dominio conceptual B” (Kövecses, 4). Por lo demás, la proyección cognitiva y el mapeo experiencial ejercidos en la metáfora conceptual no solo permiten organizar coherentemente la experiencia y suministrar trasfondos de comprensión, sino que guían la acción y enmarcan la construcción de realidades sociales (Lakoff y Johnson, 198).

Así como en algunas teorías retóricas y semánticas de la metáfora se distinguía entre el tenor y el vehículo (o entre el tema y el foro, o el marco y el foco, o el sujeto y el modificador), la concepción cognitiva de la metáfora inspirada en Lakoff y Johnson diferencia el dominio fuente de la metáfora (o sea, el ámbito conceptual o configuración experiencial desde el que se realiza la proyección imaginativa) y, por otra parte, el dominio apuntado como objetivo (el ámbito conceptual o experiencial en el que se lleva a cabo la proyección metafórica). Habitualmente, existe una base experiencial en motiva la proyección imaginativa del dominio fuente al dominio objeto, suele ocurrir que la configuración conceptual de la fuente sea más concreta y menos compleja que el ámbito conceptual sobre el que se realiza la proyección metafórica, de manera que el mapeo cognitivo ejercido en la metáfora conceptual –desde la fuente al dominio objeto– resulta unidireccional (Kövecses, 4-10).

Desde este punto de vista cognitivo, Lakoff y Johnson han distinguido algunos tipos de metáforas conceptuales implicadas en la proyección experiencial y en la comprensión cotidiana, como las metáforas orientacionales, las metáforas ontológicas o las metáforas estructurales. En el caso de las metáforas ontológicas, se entienden nuestras experiencias en términos de objetos o esencias y, así, los aspectos de nuestra experiencia son tratados como entidades discretas o sustancias uniformes (63). Por cierto, hay un tipo de metáfora de carácter ontológico, la personificación, en la que el objeto se especifica como persona, de manera que podemos comprender numerosas experiencias relativas a entidades no humanas, en términos de motivaciones, características y actividades humanas (71). Asimismo, existen metáforas orientacionales, en que, a partir de la estructura del cuerpo y de las dimensiones naturales de la interacción experiencial con el entorno, proyectamos una orientación espacial a nuestros conceptos; de ese modo, las orientaciones inducen a percibir semejanzas (50-51). Las metáforas estructurales también inducen a percibir semejanzas, en la medida en que se estructura un tipo de experiencia, en términos de otro tipo de experiencia, de tal manera que las mismas dimensiones naturales de la experiencia se movilizan en ambos casos, induciendo una estructuración conceptual análoga (46-49).

Así como la lingüística cognitiva ha privilegiado la proyección metafórica que tiene lugar en el pensamiento y la acción cotidianos –por sobre la realización lingüística de la metáfora–, la lingüística sistémico-funcional de Halliday ha extendido la tradicional noción de metáfora (vinculada a las relaciones semánticas entre expresiones lexicales o contenidos léxicos), para dar cuenta de las proyecciones, realineamientos y reconstrucciones semióticas que se desarrollan en la construcción léxico-gramatical del lenguaje ordinario. La lingüística sistémico-funcional de Halliday parte del presupuesto de que el lenguaje es un sistema estratificado de recursos lingüísticos (fonológicos, léxico-gramaticales y semántico-discursivos), cada uno de ellos contribuye a la construcción del significado, y aporta jerárquicamente esos recursos para la realización de ciertas metafunciones básicas del lenguaje, a saber: la ideación del entorno socio-natural, la interacción social y la organización textual de los mensajes (Martin, 101-102). De ese modo, la lingüística sistémico-funcional de Halliday no se limita a explorar los modos de ideación y mapeo cognitivo realizados en el lenguaje. Y es que, aunque presupone que la gramática del lenguaje natural involucra cierta teoría de la experiencia humana –permitiendo modelar la interacción experiencial con el entorno y construir universos de cosas y relaciones, mediante la categorización y la enunciación–, la lingüística sistémico-funcional también presta atención a los modos de realización gramatical de las relaciones interpersonales y a las formas de creación textual del discurso (Halliday, Introduction). Al alero de este modelo estratificado y funcional del lenguaje humano, resulta posible concebir numerosas formas de reconstrucción, realineamiento y remapeo entre los estratos semántico-discursivo y léxico-gramatical, que permiten introducir la noción de “metáfora gramatical”. Ciertamente, existen realizaciones congruentes de las representaciones semánticas y de sus elementos (entidades participantes, procesos, circunstancias y relaciones), tanto en la estructura oracional como en los grupos verbales o nominales que figuran en las oraciones; pero en el lenguaje cotidiano también abundan los modos de realización incongruente del dominio semántico-discursivo en el estrato léxico gramatical, a los que es posible designar como metáforas gramaticales.

Existen, pues, metáforas ideacionales, en virtud de las cuales se reconstruye léxico-gramaticalmente la representación semántico-discursiva, de manera que se produce un desplazamiento de un tipo de función semántica a otra, por medio de un desplazamiento entre clases gramaticales, con la consiguiente modificación del potencial de significación. Por ejemplo, la representación semántica de un proceso desarrollado por una entidad participante (que se realiza congruentemente en una oración compuesta por un grupo nominal y un grupo verbal, por ejemplo: “El presidente miente”) puede nominalizarse, realizándose en el estrato léxico-gramatical como un grupo nominal que hace aparecer el proceso como una cosa (“Las mentiras del presidente”). En términos generales, según Halliday, los desplazamientos metafóricos que se realizan en la metáfora gramatical presentan cierta orientación hacia lo concreto: las construcciones complejas de oraciones coordinadas se reconstruyen como cláusulas simples, y estas tienden a realizarse en grupos nominales De ese modo, la metáfora gramatical ideacional marca cierta tendencia a una reconstrucción de las relaciones, como si fueran entidades mediante la nominalización (Halliday, Things, 207-211).

En suma, la metáfora gramatical lleva a cabo desacoplamientos y re-acoplamientos de la relación de congruencia existente entre el estrato semántico-discursivo y el estrato léxico-gramatical del lenguaje natural. La capacidad metafórica del lenguaje no se reduce, pues, a la metáfora lexical tradicionalmente teorizada, esto es, a la oposición entre dos términos (una expresión metafórica más concreta y otra expresión literal más abstracta), de modo que se dé un desplazamiento de un elemento léxico a otro. No en vano, la metáfora gramatical despliega formas tan complejas como cotidianas de desplazamiento de unas categorías gramaticales a otras; se trata de conglomerados de transformaciones que afectan a toda la estructura gramatical, e implican profundas reconstrucciones de las representaciones semántico-discursivas y de su potencial de significación (213-214). Así, pues, mientras que la metáfora fue tradicionalmente concebida como un desplazamiento semántico entre términos léxicos, y respondía a la fórmula “un significante con diversos significados (uno literal y otro metafórico)”, la metáfora gramatical introducida por la lingüística sistémico-funcional remite a complejas transformaciones gramaticales, bajo la premisa “un mismo significado, distintos significantes” (o, en otras palabras, una representación semántico-discursiva se puede realizar léxico-gramaticalmente de modos incongruentes) (190).

4. RECURRENCIA DE LA METÁFORA, RECURSIVIDAD LINGÜÍSTICA Y DOBLE ARTICULACIÓN

Al cabo de este recorrido por distintos enfoques y teorías de la metáfora, se puede confirmar que la recurrencia de la metáfora responde, en gran medida, a la paradoja de que solo podemos pensar metafóricamente la metáfora (Ricoeur 29). En efecto, en diversas tradiciones intelectuales y enfoques teóricos, la metáfora ha sido caracterizada por “focos” o “vehículos” tomados de ámbitos tan disímiles como la física, la óptica, la cartografía, la arquitectura, ente otros:   como una “traslación” o un “desplazamiento”; como un “tropo” “por salto” o un tipo de “enlace”; como una “sustitución”, una “interacción”, una “oposición” o una “tensión”; como una “proferencia” o una “intimación”; como una “proyección” o “mapeo”; como una “reconstrucción” o “realineamiento”. En cierto modo, la productividad lingüística de la metáfora se pone especialmente de relieve cuando se trata de dar cuenta metalingüísticamente del propio sentido de la metáfora. Así, pues, la mayor traición al sentido y productividad de la metáfora consistiría en pretender definir unívocamente el efecto metafórico a partir de un único tipo de ejemplo exclusivo. Pero lamentablemente gran parte de las discusiones en la teorización acerca del sentido de la metáfora consisten en debates bizantinos atribuibles a la defensa de posiciones unilaterales, fundadas en un solo ejemplo exclusivo de metáfora o en algún aspecto aislado de la producción de la metáfora.

Y es que los desplazamientos, interacciones o proyecciones metafóricas del sentido involucran muy diferentes dimensiones y funciones lingüísticas en su realización: involucran la proyección ideacional o el mapeo cognitivo, tanto como la intimación interpersonal y la creación de discurso mediante la reorganización textual; operan tanto en el estrato semántico-discursivo cuanto en el plano léxico-gramatical; se encuentran presentes en el discurso poético, pero también en el discurso científico o el habla cotidiana. Este carácter translingüístico de la metáfora, que atraviesa los diferentes planos jerárquicos de realización del lenguaje y las distintas funciones lingüísticas, da cuenta de la productividad cotidiana de la metáfora en el lenguaje natural. Resulta estéril, pues, pretender agotar la productividad lingüística de la metáfora, apelando a una sola función (como el mapeo cognitivo o la proyección ideacional), a un estrato exclusivo del lenguaje (como el plano léxico o el semántico-discursivo), o a un único género (como el discurso literario). Eso sí, por más que la metáfora suministre rendimientos ideacionales y cognitivos (aunque también interpersonales o textuales) no se puede soslayar el carácter eminentemente lingüístico de la metáfora. No en vano, la metáfora presupone una expresión y articulación lingüística de las proyecciones cognitivas que propicia: el giro metafórico se realiza semántico-discursivamente y léxico-gramaticalmente; involucra la categorización lingüística y la enunciación predicativa, tanto como la interacción comunicativa o la existencia de géneros de discurso sobre cuyo trasfondo resulta reconocible el desplazamiento metafórico. Además, la metáfora exhibe una condición inevitablemente semiótica y lingüística (y no meramente cognitiva, retórica o pragmática), en la medida en que implica una de las características propias de los sistemas de significación lingüística, a saber: la doble articulación formal entre un plano significante y un plano significado, de manera que la metáfora no se puede reducir al término significante, ni al significado conceptual, ni tampoco a algún tipo de relación natural o isomórfica entre el plano de la expresión y el del contenido (como la imagen o la analogía). Esa doble articulación es lo que las teorías de la metáfora han tratado de designar por medio de parejas de términos como “tenor” y “vehículo”, “tema” y “foro”, “marco” y “foco”, “sujeto” y “modificador”, u “objeto” y “fuente”. En virtud de esta doble articulación lingüística de la metáfora, que se sobrepone a la doble articulación de la lengua, resulta factible cierta reduplicación o desdoblamiento de la significación. Esta doble articulación de la metáfora involucra tanto la conformación de una semiosis connotativa y no meramente denotativa cuanto una excedencia del sentido y una semiosis ilimitada. Así, pues, la sustitución lexical o la interacción semántica, la analogía implícita discursiva o la invención poética, la proyección cognitiva o la reconstrucción léxico-gramatical no son bastiones exclusivos de la metáfora, sino tan solo vías paralelas en las que se manifiesta la productividad metafórica del lenguaje.

NOTAS

1 Artículo vinculado al Proyecto Fondecyt de Iniciación en Investigación N° 11121113.

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