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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.43 Osorno dez. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012016000200010 

ARTÍCULO

IMAGINARIOS ETÍLICOS EN PABLO NERUDA Y PABLO DE ROKHA: HACIA UNA POÉTICA DE LA EMBRIAGUEZ1

Alcoholic imaginaries in Pablo Neruda and Pablo de Rokha: towards a poetic of drunkenness

 

María José Barros Cruz*

Pontificia Universidad Católica de Chile*, Facultad de Letras, Santiago, Chile.

Dirección para correspondencia


Resumen

En el artículo analizo los imaginarios etílicos elaborados en Oda al vino de Pablo Neruda y Borrachos dionisíacos de Pablo de Rokha. A modo de hipótesis, propongo que ambos textos constituyen una defensa o apología del alcohol y sus efectos embriagadores, donde la valoración del consumo etílico se vincula con la idea de masculinidad a la que adscriben las voces poéticas. Desde esta perspectiva, postulo también que ambos textos configuran una poética de la embriaguez, que se inscribe en la tradición de poetas que desde la Antigüedad hasta la Modernidad han cantado las bondades del alcohol y sus efectos.

Palabras clave: Poesía Chilena. Imaginarios etílicos. Neruda. De Rokha.


Abstract

In this article, I analyze the alcoholic imaginaries elaborated in Oda al vino by Pablo Neruda and Borrachos dionisíacos by Pablo de Rokha. As a hypothesis, I propose that both texts are a defense or apology of alcohol and drunkenness, where the worth of alcohol consumption is closely connected with the idea of masculinity postulated by poetic voices. In this sense, I also propose that both texts configure a poetic of drunkenness, which belongs to the tradition of poets who have sung the virtues of alcohol and its effects from Antiquity to Modernity.

Key words: Chilean poetry. Alcoholic imaginaries. Neruda. De Rokha


I. A MODO DE INTRODUCCIÓN: ME GUSTA EL VINO PORQUE EL VINO ES BUENO

La canción Me gusta el vino del cantautor chileno Tito Fernández constituye una reivindicación explícita del brebaje vitivinícola, que ya se ha convertido casi en una suerte de himno nacional extraoficial, reproducido de generación en generación en distintas instancias festivas. Como el discurso confesional e insistente de quien ha bebido unas copas de más, la voz repite con afecto y convicción la declaración enunciada en primera persona “me gusta el vino”, intercalando distintas razones para justificar su afición a esta bebida: “porque tiene sabor a campo lindo”, “porque lo saca el trabajo de la tierra”, “porque emborracha cuando uno está sereno”, “porque alegra cuando uno tiene pena” y “porque puedo cantar con sentimiento”, entre otras. Recurriendo a un imaginario de carácter rural, el sujeto textual proporciona detalles acerca de las situaciones en que el vino lo acompaña, donde destaca el encuentro con la familia y los amigos, las comidas y la música. De esta forma, El Temucano asocia el consumo de vino con la comunidad, la fiesta y ciertos referentes de la cultura nacional, siendo importante recordar que esta canción forma parte del disco homónimo lanzado en 1975, cuando la dictadura militar ya mostraba su peor cara.

Tomando en consideración el discurso celebratorio en torno al vino de la canción recién comentada, me interesa analizar cuál es el imaginario etílico elaborado en los poemas Oda al vino (1954) de Pablo Neruda y Borrachos dionisíacos (1966) de Pablo de Rokha, poniendo especial atención en los valores asociados al consumo de alcohol. De acuerdo con la antropóloga Elena Espeitx, el consumo alimentario no es solo un medio para satisfacer necesidades y obtener placer, sino también “un proceso portador y generador de significados al tiempo que un lenguaje en el que se expresan valores y comportamientos cambiantes” (86). Por tanto, el consumo de una determinada comida o bebida está estrechamente relacionado con el imaginario asociado a ese producto2. En este sentido, propongo que las voces poéticas de ambos textos realizan una apología o defensa3 de ciertas bebidas alcohólicas y sus efectos, construyendo un imaginario en que la valoración de lo etílico está marcada por la idea de masculinidad a la que adscriben los sujetos textuales. Desde su óptica, son los hombres los llamados a gozar de los placeres asociados al alcohol y participar de las situaciones sociales en que este se consume. De ahí el marcado tono laudatorio de ambos poemas, que en Neruda se traduce en la recreación del modelo de la oda y la poesía amatoria, mientras que en De Rokha en la elaboración de una textualidad heterogénea de carácter vanguardista y raíz popular, que combina componentes de la genealogía, la égloga, el brindis y la denuncia.

¿Pero qué entendemos por masculinidad? De acuerdo con Michael Kimmel, la masculinidad es “un conjunto de significados siempre cambiantes, que construimos por medio de nuestras relaciones con nosotros mismos, con los otros, y con nuestro mundo. La virilidad no es estática ni atemporal; es histórica; no es la manifestación de una esencia interior; es construida socialmente; no sube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es creada por la cultura” (49). Atendiendo a esta definición, que pone énfasis en el carácter cultural, histórico y cambiante del concepto, postulo entonces que en los poemas de Neruda y de De Rokha se construye una imagen de masculinidad vinculada con el consumo de alcohol y una valoración positiva de sus efectos embriagadores. En relación con esta propuesta de lectura, remito también a las ideas de David D. Gilmore, quien plantea que la “verdadera virilidad es una condición escurridiza y preciosa” (28), que los hombres de distintas culturas se ven exhortados a conquistar con duras y difíciles pruebas. En el caso de los poemas analizados a continuación, podremos observar cómo el hábito de beber alcohol está estrechamente relacionado con la idea de virilidad configurada por las voces, imaginario aún arraigado en la sociedad chilena, donde el hecho de tener “mejor cabeza” se considera como un atributo del macho en oposición al llamado “cabeza de pollo”.

Finalmente, los poemas Oda al vino de Neruda y Borrachos dionisíacos de De Rokha configuran una poética de la embriaguez, distanciándose así de las campañas en contra del alcohol, que proliferaron durante las primeras décadas del siglo XX chileno. A diferencia de la retórica a favor de la abstinencia, ambos textos celebran el consumo de determinadas bebidas alcohólicas, asociando la embriaguez no solo con cierta idea de masculinidad, sino también con los placeres corporales (en el caso de Neruda) y un Chile de carácter popular, festivo y rural (en De Rokha). Desde esta perspectiva, los poetas nos invitan a pensar el consumo etílico desde imaginarios alternativos a los discursos oficiales del debate público de entonces, inscribiéndose en la tradición de poetas que desde la Antigüedad hasta nuestra contemporaneidad han cantado al alcohol y la embriaguez. En este contexto, no puedo dejar de aludir al poema en prosa “Embriagaos” de Charles Baudelaire, referente innegable de ambos poetas chilenos, donde la voz exhorta a sus destinatarios a emborracharse para resistir la experiencia de la modernidad dicha en el paso del tiempo: “Hay que estar siempre ebrio. Nada más, esa es toda la cuestión. Para no sentir el peso horrible del tiempo, que os quiebra la espalda y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaos sin parar” (Baudelaire, 467). Teniendo presente este antecedente fundamental de las relaciones entre alcohol y literatura, veamos ahora cómo se configura esta poética de la embriaguez en los poemas escogidos como corpus de este artículo.

II. EMBRIAGUEZ Y EROTISMO EN PABLO NERUDA: LA CELEBRACIÓN DEL VINO

Oda al vino es el último poema de Odas elementales (1954), libro que inaugura el ciclo de odas desarrollado por Neruda durante la década de los 504. Según lo planteado por Saúl Yurkievich, el propósito del autor durante esta etapa es “que la poesía amplíe su dominio para englobar a todo el mundo, para abarcar enteramente la extensión de lo real en su inagotable variedad, para que ingrese al canto la totalidad de lo vivible” (9). Desde esta perspectiva, el sujeto textual de las odas –quien se representa a sí mismo como el poeta que ha tomado la posición del “hombre invisible”, con el fin de cantar las esperanzas, las luchas, los dolores y la vida cotidiana de los sujetos comunes– elabora un catálogo de las materias “elementales” para la humanidad, donde lo culinario no podía quedar afuera. Y es que como señala José-Carlos Rovira, a partir de Odas elementales el lenguaje alimentario siempre presente en Neruda se instala con mayor fuerza para no desaparecer jamás, convirtiéndose en un eje que permite entender el mundo configurado por el escritor (297-301).

En el catálogo culinario de Neruda predominan las odas concernientes a productos alimenticios vinculados en primera instancia con la tierra (como la alcachofa, la cebolla, el tomate, la papa, el trigo, la ciruela, el limón, el maíz, etcétera), quedando en un segundo plano los alimentos extraídos del mar (como el atún), las comidas que implican una mayor intervención humana (como el caldillo de congrio, el pan y las papas fritas) o los objetos cotidianos relativos a la cocina (como la cuchara, el plato y la mesa). En este escenario, llama la atención el escaso protagonismo concedido a las bebidas, que se reduce básicamente a dos poemas: “Oda al vino” y “Oda a la caja de té”5. Por cierto, la elección del vino como el brebaje alcohólico exaltado por el sujeto de la enunciación no es casual y este gesto se relaciona con que el vino –al igual que el pan– es un alimento símbolo alabado por múltiples culturas a lo largo de la historia, vinculado con los dioses, la inmortalidad, la juventud y la fiesta (Chevalier, 1072-1074). Para la voz nerudiana el vino es la bebida “elemental” que debe estar en todas las mesas y de hecho lo llama “vino de vida” (Neruda, Odas, 255). Por tanto, la poética de la embriaguez elaborada por Neruda centra su atención en una bebida de carácter universal, pero que a su vez posee innegables resonancias dentro de la cultura chilena6.

De acuerdo con el modelo textual de la oda recreado por Neruda, su poema se caracteriza principalmente por describir y al mismo tiempo exaltar las bondades de este brebaje, calificado por la voz con adjetivos como “suave”, “encaracolado”, “amoroso”, “marino” y “gregario” (Neruda, Odas, 254) y del que no se dice prácticamente nada negativo, a excepción de los siguientes versos: “A veces/ te nutres de recuerdos/ mortales” (254). Si de acuerdo con Espeitx el consumo alimenticio se define como “el medio de satisfacer una necesidad y conseguir al mismo tiempo un placer que va más allá de la estricta necesidad” (85), se puede plantear que el imaginario nerudiano en torno al consumo etílico enfatiza en el placer como un valor asociado al vino. En otras palabras, se toma vino no por necesidad, sino por el goce que produce. Desde esta perspectiva, quisiera detenerme especialmente en la segunda estrofa del poema, donde el sujeto textual celebra el cuerpo de la mujer amada y el encuentro erótico en términos de un lenguaje vitivinícola:

Amor mío, de pronto
tu cadera
es la curva colmada
de la copa,
tu pecho es el racimo,
la luz del alcohol tu cabellera,
las uvas tus pezones,
tu ombligo sello puro
estampado en tu vientre de vasija,
y tu amor la cascada
de vino inextinguible,
la claridad que cae en mis sentidos,
el esplendor terrestre de la vida (Neruda, Odas, 255).

 

 

La analogía establecida por la voz entre mujer, erotismo y vino tiene sus antecedentes en la poesía amatoria de la Antigüedad. Específicamente, me refiero al libro bíblico Cantar de los Cantares, donde tanto el Esposo como la Esposa comparan superlativamente los placeres del amor con los placeres del vino en versículos como los siguientes: “Nos alegraremos y nos regocijaremos mutuamente tú y yo, y celebraremos nuestros amores que son mejores aun que el vino” (Cantera, 146)7. También es importante indicar que ambos amantes comparan las partes del cuerpo deseado con alimentos como dátiles, uvas, manzanas, vino, leche y miel, vinculando así el acto de comer y tomar con acciones eróticas como besar y acariciar. Por el ejemplo, el Esposo dice a su amada “y tus pechos serán para mí como racimos de uva” (150) y la Esposa por su parte exclama “Sus cabellos son como racimos de dátiles, negros como un cuervo” (149). Y es que el placer gastronómico y el placer erótico remiten a los sentidos considerados tradicionalmente como “corporales”, a saber, el gusto, el olfato y el tacto8. Más allá de las lecturas alegóricas, este texto bíblico puede ser entendido entonces como un canto al erotismo o el amor físico, donde el hombre y la mujer asumen por igual el rol de sujetos deseantes y deseados.

Sin lugar a dudas, Oda al vino incorpora el imaginario alimenticio elaborado en Cantar de los Cantares para describir el placer erótico, pero centrando su atención preferentemente en el vino, así como se puede advertir en la isotopía conformada por términos como “racimo”, “alcohol”, “uvas” y “vasija”. Sin embargo, pienso que la oda nerudiana se distancia del texto bíblico cuando el sujeto textual legitima la experiencia del deseo y el placer solo para sí mismo. En los versos citados anteriormente, la figura femenina no es más que un objeto de deseo, imaginada en términos de copa de vino o racimo de uvas por la voz poética, representación que revela la conciencia patriarcal desde la cual enuncia. Como señala Lucía Guerra, “la mujer, como Objeto de Deseo, engendra imágenes que, en la pintura, asumen la forma de desnudos o semidesnudos en poses exclusivamente diseñadas para la mirada del hombre; mientras, en la literatura o el cine, se transforma en personajes femeninos de cuerpos voluptuosos y tentadores” (Guerra, 26). Tomando en consideración el poema, podríamos agregar que otra estrategia de territorialización patriarcal presente en la literatura consiste en pensar lo femenino como un cuerpo para comer, beber, saborear y degustar. Por cierto, esta idea se relaciona con lo planteado por Francisco Simon en su artículo respecto del tropo de la antropofagia en la poesía chilena de dictadura, donde  se refiere a Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile de Pablo De Rokha como un antecedente de dicho recurso retórico: “el poeta efectúa una inscripción viril de nuestra cultura, al asociar lo nacional con la impronta de un varón popular que imagina a las mujeres como sus comidas” (168). Las mismas palabras podrían ser aplicadas a Neruda, para ello basta pensar en el poema que ahora analizamos o algunos textos de Cien sonetos de amor.

En definitiva, desde la óptica del sujeto de la enunciación nerudiano, el vino y la mujer son fuentes de goce personal para el hombre. Recurriendo al cliché de la pasión amorosa como fuego, la voz plantea que el amor es “vino inextinguible”, “claridad” y “esplendor”; sin embargo, este placer solo es vivido por el sujeto masculino, así como se advierte en el enunciado “que cae en mis sentidos” (Neruda, Odas, 255). Quien bebe, desea y ama es el hablante. Por eso canta una oda a este brebaje alcohólico, realizando al mismo una exaltación del amor físico. Desde esta perspectiva entiendo también “Oda al hígado” de Nuevas odas elementales, donde la voz –quien se vuelve a representar como un consumidor del “vino hereditario de mi patria” (334)– le exige a este laborioso órgano del cuerpo humano que no se detenga para seguir disfrutando de los placeres terrenales:

monarca oscuro,
distribuidor de mieles y venenos,
regulador de sales,
de ti espero justicia:
Amo la vida: Cúmpleme! Trabaja! (334).

 

 

En el imaginario etílico de Neruda, el vino, el placer corporal y la masculinidad van de la mano.

III. LA BORRACHERA POPULAR EN PABLO DE ROKHA: ENTRE BRINDIS Y LA DENUNCIA

En Borrachos dionisíacos la voz también asocia el consumo de alcohol con subjetividades masculinas, pero a diferencia de Neruda su representación de las bebidas se enmarca en un imaginario local y popular. Como señala Magda Sepúlveda respecto de Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile, De Rokha se caracteriza por “elabora[r] las comidas y bebidas como patrimonio local” (Sepúlveda, 204). Por cierto, esta lectura es pertinente al poema que nos convoca, lo que se advierte en los siguientes versos: “El ‘managuá’ se calienta los huesos bebiendo ‘chupilca del diablo’ y el minero la ‘choca’ gloriosa de la amanecida,/ el huasito de Licantén agarra la callana de chicharrones y le ‘pone’, entonces, copiosamente, ‘entre pera y bigote’, sabrosamente, su gran cachada de ‘Tintolio’” (De Rokha, Borrachos, 296)9. De acuerdo con la poética gastronómica desarrollada por el poeta, el sujeto textual se propone reivindicar los saberes alimenticios de pescadores, mineros y huasos, gesto que se aprecia en su afán por registrar los distintos tipos de bebidas que estos consumen y recrear el lenguaje que utilizan para denominarlas. Acorde con este propósito, De Rokha elabora una textualidad heterogénea de carácter vanguardista y raíz popular, que combina y recrea distintos modelos textuales.

Uno de estos modelos es el brindis, marcado en el enunciado “saludo a ‘los borrachos dionisíacos’” (De Rokha, Borrachos, 296), que le permite al sujeto textual, quien asume una enunciación individual y colectiva a la vez, elaborar un discurso de homenaje a los rotos ebrios de su contemporaneidad. Desde esta perspectiva, me parece importante mencionar que la práctica social del brindis fue incorporada como forma poética por los autores de la Lira Popular (Jiménez, 2005), por tanto, De Rokha recupera en su poema un legado vinculado con las manifestaciones de la cultura popular de los migrantes rurales en la ciudad. En este escenario, bebidas como el “vino”, el “pipeño”, la “cachada” o la “chupilca” son asociadas con significados diversos, en especial con lo dionisíaco, lo masculino, lo nacional y los sujetos populares. Ahora bien, es importante mencionar que en De Rokha su horizonte ideológico afín al marxismo, coherente con el contexto de producción de la Guerra Fría, influye con mayor notoriedad en la valoración dada a los brebajes alcohólicos si lo comparamos con Neruda y su Oda al vino10. Como será analizado más adelante, el texto rokhiano asigna un marcado valor social y político a las bebidas poetizadas.

La relación entre las bebidas y lo dionisíaco es anunciada desde un inicio en el título del poema. Dionisos –dios griego que simboliza el vino, la embriaguez, la supresión de los tabúes, el entusiasmo y el deseo sexual (Chevalier, 420-421)– es la figura mitológica escogida por el sujeto textual para definir a los borrachos del Chile popular. En este sentido, me interesa destacar que el imaginario etílico elaborado por De Rokha se propone reivindicar el carácter festivo y carnavalesco del consumo de alcohol. Por ello el epíteto dionisíacos no es gratuito. De acuerdo con esta idea, es importante aludir también a la suerte de genealogía construida por la voz en la segunda estrofa, donde sitúa como posibles antepasados de los “borrachos dionisíacos” a Pan, Dionisio, Baco y Rabelais, todos vinculados por su vida u obra con lo que Nietzsche luego conceptualizó como la embriaguez dionisíaca11. Cito un fragmento a modo de ejemplo: “sí, fue Rabelais, su abuelo o bisabuelo o tatarabuelo,/ y salieron de adentro del gran carnaval de las vendimias y las vendimiadoras, con el dios macho cabrío, santo y borracho, comandándolos” (Borrachos, 295). De esta forma, el hablante rokhiano universaliza la experiencia de la ebriedad celebrada en el poema y enaltece el linaje de los rotos chilenos al asociarlos con los personajes mitológicos y el escritor mencionados.

Al mismo tiempo, creo que la referencia a lo dionisíaco adquiere en el poema un significado político, que se relaciona con el espíritu carnavalesco mencionado anteriormente. Recurro al imprescindible estudio de Bajtín acerca de la cultura popular medieval y renacentista para entender la fiesta del carnaval:

A diferencia de la fiesta oficial, el carnaval era el triunfo de una especie de liberación transitoria, más allá de la órbita de la concepción dominante, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. [...] El individuo parecía dotado de una segunda vida que le permitía establecer nuevas relaciones, verdaderamente humanas, con sus semejantes. La alienación desaparecía provisionalmente (15).

 

 

En Borrachos dionisíacos, el acto de embriagarse permite a los sujetos populares vivir “una especie de liberación transitoria” o “segunda vida” frente a las condiciones de “alienación” sufridas por los trabajadores del campo y la ciudad. Como en los versos citados en el párrafo anterior, la vendimia es representada como una gran fiesta y borrachera, que irrumpe de manera momentánea en espacios caracterizados por una estructura profundamente asimétrica como el de la hacienda. En este sentido, pienso que la óptica rokhiana polemiza con los discursos oficiales de la época, que condenaban el consumo alcohol en aras de una mayor producción económica. Como muy bien señala el historiador Juan Carlos Yáñez, “La crítica al alcoholismo, planteamos, fue parte no solo de una lucha de redención moral y mejoramiento de la raza, sino también la vía (higiénico-moral) del control productivo de la mano de obra” (134). Por tanto, cuando la voz poética celebra la borrachera dionisíaca de los rotos cuestiona el disciplinamiento ejercido sobre sus cuerpos y vidas. De ahí el carácter político que De Rokha atribuye a este concepto, que más adelante nos permitirá apreciar el tono de denuncia presente en algunos versos.

Pero los “borrachos dionisíacos” no solo son inscritos en un registro universal por la voz poética, sino también en un registro nacional: “Sangre de Chile, los vinos chilenos braman en la arterias de la Patria/ y cantan en el corazón de los bebedores y los catadores de la ebriedad, que no son viciosos alcohólicos, no, son Inventores y Sacerdotes de la religión vitivinícola” (Borrachos, 295-296). Como se puede observar, el fragmento metaforiza el vino como la “Sangre de Chile”, otorgándole la condición de líquido vital para el funcionamiento del cuerpo de la nación chilena y de los bebedores, a quienes la voz vincula con lo sagrado, en un claro gesto de crítica hacia los discursos condenatorios del consumo de alcohol. Esta postura se evidencia en la negación de los borrachos como “viciosos alcohólicos” y su exaltación como “Inventores y Sacerdotes de la religión vitivinícola”, lo que revela un evidente distanciamiento frente a la retórica moralizante proveniente de distintos sectores de la sociedad, marcada en el uso recurrente de la palabra “vicio” y sus derivados. A modo de ejemplo, cito un fragmento del artículo “Doña embriaguez” (1904), de Luis Emilio Recabarren, donde el líder del movimiento obrero incita a los trabajadores a no beber, justificando su postura desde una perspectiva de clase:

Todo el mundo reconoce que el vicio de la embriaguez es el peor de los vicios, porque él acarrea todas las fatales consecuencias que abruman a la humanidad. […] La afrenta de este vicio solo la recibe el pobre. El rico queda libre. Pero de la embriaguez sacan un beneficio aquellos caballeros ricos que se llaman Errázuriz, Tocornal, Urmeneta, Subercaseaux, Concha y Toro y otros que son los ricos grandes fabricantes de vinos y otros licores. Todos estos como patrones y como gobernantes de Chile hacen su agosto fomentado la embriaguez pues así explotan doblemente al pueblo (s/n).

 

 

Para Recabarren la borrachera es un vicio nefasto, que condena a los sujetos populares a una doble explotación, toda vez que promueve el enriquecimiento de la oligarquía a costa de los trabajadores. Desde una perspectiva diferente, la voz rokhiana se niega explícitamente a pensar la embriaguez popular como un vicio, representando el consumo de vino como un acto sagrado del que participan activamente los rotos de la comunidad nacional12. Y es que De Rokha no solo representa al sujeto popular como un explotado, sino también como un gozador de la vida.

De esta forma, el poema nos invita a imaginar Chile a partir del brebaje vitivinícola, haciéndose parte del imaginario que asocia este producto característico de la zona central con la cultura chilena13. Si desde la óptica del sujeto textual la “coca-cola” es una bebida producida por “los ladrones imperialistas” (De Rokha, Borrachos, 296), su propósito será reivindicar el vino en cuanto signo nacional, llegando incluso a pensar el país como un gran viñedo, lo que no puede sino recordarme el paisaje bucólico de las églogas: “La gran pradera nacional chilena, ha de ser un viñedo enorme, de enorme potencial vitivinícola, en Latinoamérica” (296). Desde esta perspectiva, el sujeto genuinamente chileno y viril es aquel que sabe cómo emborracharse con vino: “Aroma de siglos echan las botellas en la garganta del bebedor que entiende correctamente cómo se embriaga un varón nacional, al cual respeta el vino” (296). Como se puede advertir, las ideas en torno a la masculinidad, el vino y lo nacional se vinculan estrechamente en esta poética de la embriaguez. La virilidad del “varón nacional” pasa por ser un gran bebedor.

Hacia el final del poema, la voz se identifica con los “borrachos dionisíacos”, asumiendo la subjetividad herida de quienes son considerados por él como los explotados del capitalismo imperialista: “y, nosotros, los rotos de la nacionalidad herida pero no vencida,/ nos mandamos al pecho anciano, nuestro botellón de rubíes inexorables” (297). El sujeto textual se inscribe dentro de la comunidad de los trabajadores, bebedores y viejos, quienes recurren al alcohol para aplacar la tristeza provocada por la situación de pobreza e injusticia en la que viven: “Leche del triste, la ebriedad es la voluntad enajenada/ y el pedazo de alegría de los pueblos caídos apuñalados por el verdugo del Gran Capital, o un desbordamiento de la personalidad heroica” (297). La bebida –metaforizada como piedra preciosa y leche– funciona en tiempos del “Gran Capital” como un consuelo para los rotos, representación que le otorga al poema un carácter de denuncia social y política, coherente con la ideología marxista de la época. Lo anterior se vuelve evidente si reparamos en la retórica de los explotadores versus los explotados, dicha en expresiones como “verdugo” y “pueblos caídos apuñalados”.

Pero al mismo tiempo la ebriedad es pensada como un gesto de resistencia frente a las tecnologías del biopoder propiciadas por el capitalismo (Foucault, 179). Desde la óptica rokhiana, emborracharse es volver a conquistar el cuerpo y sus vidas para sí mismos14. Por eso la voz se refiere a los bebedores como héroes “imbuidos de poderío nacional” (Borrachos, 297). Como consecuencia, De Rokha no solo vincula el consumo de alcohol con lo masculino, lo nacional y los sujetos populares, sino también con la condición dionisíaca asumida por ellos para hacer frente a la hegemonía económica y política de Estados Unidos en el continente americano en tiempos de la Guerra Fría. De ahí el significado social y político asignado a las bebidas, así como el propósito de denuncia que subyace a este brindis de homenaje.

IV. PARA CONCLUIR: ¿POR QUÉ ESTUDIAR LAS RELACIONES ENTRE ALCOHOL Y LITERATURA?

En una primera instancia, el tema abordado en este artículo, a propósito de dos autores emblemáticos como Neruda y De Rokha, puede parecer antojadizo o incluso irrelevante. Sin embargo, en este último apartado quisiera proponer que el estudio de los imaginarios etílicos en la poesía o cualquier otro género literario constituye un esfuerzo por instalar nuevas aproximaciones de lectura, que reivindica las múltiples posibilidades semánticas de un elemento tan cotidiano como el alcohol, presente en la literatura desde sus orígenes hasta la actualidad. Así como señala James Nicholls, una vez que se comienzan a estudiar las relaciones entre alcohol y literatura, esta temática empieza a aparecer en todas partes: “From the Ecclesiast to Euripides, from Shakespeare to O’Neill, from Walt Whitman to Irvine Welsh; drink, it begins to appear, is everywhere” (9)15. En el caso de Chile, una vez que comenzamos a estudiar los imaginarios etílicos en Neruda y De Rokha advertimos que esta aproximación se puede aplicar a distintos autores, como Alberto Blest Gana, Carlos Droguett, Manuel Rojas, Efraín Barquero, Violeta Parra, Jorge Teillier, José Ángel Cuevas, Malú Urriola y Gladys González, por mencionar algunos ejemplos.

De una u otra forma, la representación de las diversas dinámicas relativas al alcohol –quién bebe, qué bebe, dónde bebe, con quiénes bebe, qué le ocurre cuando bebe, etc.– se hacen presente en algunos textos de los escritores mencionados, lo que a mi juicio no solo revela la innegable recurrencia de esta temática en la literatura chilena, sino también cómo el análisis de los imaginarios etílicos permite aproximarse a los supuestos políticos, sociales, étnicos, culturales o de género desde los cuales se articulan los textos. Por ejemplo, hemos advertido que los imaginarios etílicos puestos en escena en Oda al vino y Borrachos dionisíacos dialogan estrechamente con la idea de masculinidad a la que adscriben las voces poéticas, toda vez que la virilidad es pensada como un atributo directamente proporcional a la capacidad de beber. Desde esta perspectiva, la poética de la embriaguez nerudiana vincula el vino con la hombría y los placeres corporales, dando cuenta de una conciencia patriarcal que inscribe el deseo erótico solo para el sujeto masculino. Por su parte, la poética de la embriaguez rokhiana asocia distintas bebidas de carácter local con la “varonía nacional”, estableciendo así un vínculo con la cultura chilena en su versión popular, donde lo dionisíaco adquiere un significado político de resistencia frente al capitalismo. Por tanto, pensar la representación del alcohol en los poemas de Neruda y De Rokha es pensar también problemáticas relativas al género, la nación o lo político.

Finalmente, quisiera terminar esta reflexión mencionando una obviedad: las ideas de masculinidad puestas en escena por Neruda y De Rokha no escapan de las versiones hegemónicas de masculinidad16. En el imaginario etílico elaborado por ambos poetas, los bebedores siempre son sujetos textuales masculinos, cuya virilidad está supeditada a su condición de amantes en el ámbito sexual o capacidad de consumo alcohólico. Por tanto, los textos reproducen explícitamente ciertos supuestos culturales respecto de los comportamientos corporales de los hombres e implícitamente la idea de que las señoritas no deben tomar ni menos emborracharse. En este sentido, los dos poemas configuran versiones estrechas de “lo masculino” y “lo femenino”, donde el consumo etílico se erige como un criterio demarcador de las identidades de género. En términos algo caricaturescos, la ecuación sería la siguiente: el hombre que toma y se emborracha es “macho”, mientras que la mujer que no toma y guarda la compostura es una “lady”.

Ahora bien, pienso que es importante señalar que esta visión tradicional sobre las identidades de género coexiste con un discurso que se resiste al disciplinamiento del cuerpo exigido por la lógica capitalista. Aunque esto resulta más evidente en el caso de De Rokha que en el de Neruda, a fin de cuentas ambos poemas reivindican la dimensión sensorial del cuerpo y las instancias no “productivas” desde un punto de vista económico, lo que se puede apreciar en la exaltación del consumo etílico y sus efectos, puesta en escena por ambos escritores a partir de la apropiación de modelos textuales distintos. En este sentido, la poética de la embriaguez configurada por los poetas chilenos deja entrever una mirada bastante tradicional acerca de las construcciones de género, pero transgresora respecto del modo capitalista de concebir el cuerpo. De ahí la importancia de comenzar a discutir las relaciones entre literatura y alcohol.

NOTAS

1 Artículo elaborado en el marco del proyecto Fondecyt N° 1120264 “Las comidas y las bebidas en la poesía chilena”, cuya investigadora responsable es la Dra. Magda Sepúlveda y la autora la alumna tesista.

2 En su artículo referente a los llamados “productos de la tierra”, Espeitx analiza cómo la mundialización de la cultura ha promovido el retorno al “terruño”, atrayendo la atención de los consumidores en torno a alimentos asociados a cierta concepción de ruralidad, un modelo ideal de comunidad, la salud, el placer y el prestigio (94-103). Desde esta perspectiva, la antropóloga demuestra cómo el consumo de estos “productos de la tierra” por parte de los sujetos urbanos se vincula estrechamente con su contenido simbólico.

3 De acuerdo con María Victoria Ayuso, la apología se define como “discurso de palabra o por escrito en el que se defiende o alaba a una persona, cosa, etc., que está sometida a una controversia” (28).

4 El ciclo de odas se conforma de cuatro libros: Odas elementales (1954), Nuevas odas elementales (1956), Tercer libro de odas (1957) y Navegaciones y regresos (1959).

5 “Oda a la caja de té” pertenece al Tercer libro de las odas. Creo que es importante precisar que en este poema la loa al brebaje de origen oriental se realiza a partir de una metonimia, pues lo que la voz celebra es la caja de té convertida en un costurero, que le permite recuperar los olores y los recuerdos de sus experiencias pasadas en Asia: “Caja de té,/ como mi/ corazón/ trajiste/ […] aquel/ olor perdido/ a té, a jazmín, a sueños,/ a primavera errante” (Neruda, Odas, 499).

6 Además, debemos recordar que el vino ya había sido poetizado por el autor en sus Tres cantos materiales de la segunda Residencia en la tierra (1935). Me refiero al poema Estatuto del vino, donde el sujeto textual –quien se sumerge en la materia vitivinícola y también entre los borrachos– revela el carácter ambiguo de este producto al cantar sus aspectos liberadores y destructivos, aunque siempre desde el tono angustiado y lúgubre de la visión de mundo residenciaria: “Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,/ yo lloro en su follaje y en sus muertos” (Neruda, Estatuto,  267).

7 Las citas de Cantar de los Cantares han sido extraídas de la nueva traducción española incluida en el artículo de Jesús Cantera Ortiz de Urbina acerca de esta obra. La referencia completa se encuentra en la bibliografía.

8 En Sentido del gusto. Comida, estética y filosofía, Carolyn Korsmeyer explica que los textos fundacionales de la filosofía occidental realizan una clasificación jerárquica de los sentidos, que ha influido directamente en el menosprecio del gusto y la predominancia de la vista como objetos de indagación filosófica (13-14).  La relación del gusto, el olfato y el tacto con el cuerpo, los instintos y el placer ha hecho que estos sentidos sean considerados por los filósofos como “corporales” e “inferiores”, mientras que la vista y el oído son sentidos calificados como “intelectuales” y “superiores” por el grado de desarrollo cognitivo que estos permitirían (17). Desde esta perspectiva, lo interesante de textos como Cantar de los Cantares y “Oda al vino” es que constituyen una reivindicación de los sentidos “corporales”.

9 En Mis grandes poemas, antología publicada póstumamente en 1969, De Rokha incluyó un vocabulario, con el fin de explicar determinadas expresiones coloquiales y populares utilizadas en sus poemas. Parafraseo algunas de sus definiciones para aclarar el significado de ciertos términos usados en la cita. Managuá: “roto de mar” o “chileno de las marinerías” (335); Chupilca del diablo: “vino con pólvora” tomado por los soldados de la Guerra del Pacífico (330); Cachada: trago de chicha cruda, vino tinto o aguardiente (327).

10 Por cierto, el proyecto escritural de las odas desarrollado por Neruda también da cuenta del compromiso político y social del poeta, así como de su filiación al marxismo soviético de entonces, para ello basta pensar en “Oda a Leningrado” u “Oda a Lenin”. No obstante lo anterior, “Oda al vino” no parece ser un poema en que el horizonte ideológico del autor influya determinantemente en la representación de esta bebida alcohólica. Por el contrario, poemas como “Oda a la cebolla”, “Oda al pan”, “Oda a la cuchara” u “Oda a la mesa” son más evidentes en cuanto al significado social y político asociado a ciertos alimentos y objetos del mundo de la cocina. Cito un fragmento de “Oda al pan” a modo de ejemplo: “pan,/ no rezaremos,/ pan,/ no mendigaremos,/ lucharemos por ti con otros hombres,/ con todos los hambrientos” (Neruda, Odas, 184-185).

11 Específicamente, me refiero a la conceptualización de la embriaguez dionisíaca desarrollada por Nietzsche en El origen de la tragedia.

12 Esta idea en torno a lo sagrado nos retrotrae al néctar de los relatos de la Antigüedad como la Ilíada, donde dicha bebida de la inmortalidad es destinada principalmente a los dioses, pero también en algunas ocasiones a los héroes y los muertos.

13 Por cierto, retomo de Benedict Anderson la invitación a pensar la nación como “una comunidad política imaginada” (23), lo que implica poner énfasis en el carácter representacional y discursivo de esta entidad social.

14 Al respecto, me parece importante mencionar la lectura de Yáñez sobre la práctica del “San Lunes” –hacer del lunes un día no laborado, generalmente debido a la resaca– como una respuesta de los trabajadores de principios de siglo XX ante los mecanismos de disciplinamiento de la mano de obra, que les permitía retomar el control sobre su tiempo y sus vidas (Yáñez, 125).

15 “Desde el Eclesiastés hasta Eurípides, desde Shakespeare hasta O’Neill, desde Walt Whitman hasta Irvine Welsh; la bebida [aunque también se refiere a la acción de beber], comienza a aparecer, está en todas partes” (Traducción mía).

16 Entiendo el concepto de masculinidad hegemónica a partir de lo planteado por Olavarría, Benavente y Mellado en su estudio relativo a masculinidades populares: “El modelo de masculinidad hegemónica ha logrado estereotipar lo que es ser hombre imponiendo sus mandatos como las formas ‘normales’ de ser varón. […] Tradicionalmente, la masculinidad se ha asociado con el rol productivo, de proveedor económico, y el rol instrumental de mediador entre la familia y la sociedad” (15).

OBRAS CITADAS

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