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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.43 Osorno dez. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012016000200006 

ARTÍCULO

LOS IDIOTISMOS DE LA MODERNIZACIÓN SIN MODERNIDAD: UN ACERCAMIENTO A LA DINÁMICA URBANA DE PRINCIPIOS DE SIGLO XX EN COLOMBIA A PARTIR DE SUENAN TIMBRES DE LUIS VIDALES1

The idiotism of modernization without modernity: an approach to Colombia’s early twentieth century urban dynamics starting from Luis Vidales’s Suenan timbres

 

Esnedy Aidé Zuluaga Hernández*

Universidad de Antioquia*, Facultad de Comunicaciones, Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana, Antioquia, Colombia.

Dirección para correspondencia


Resumen

En este artículo exploramos desde la literatura, por medio de Suenan timbres de Luis Vidales, la dinámica de las nacientes urbes colombianas que inician un proceso acelerado de modernización, carente de un desarrollo adecuado del pensamiento moderno, a la par con los nuevos avances materiales, lo que imposibilita debatir la pertinencia y el proceso de este tipo de transformaciones. Circunstancia que lleva a Colombia a experimentar los idiotismos de la modernización sin modernidad, impidiéndoles a los hombres entender las necesidades y conflictos que genera el progreso. Estas aldeas de principios del siglo XX se convierten rápidamente en proyectos de ciudades determinadas por la aparición de nuevos objetos, creando una atmósfera móvil y ruidosa por oposición a la pasividad de las aldeas, realidad que nos recrea Vidales desde una poética comprometida con los cambios sociales y políticos como poeta de la crítica en Colombia.

Palabras clave: Estudios literarios. Poesía. Crítica literaria. Análisis literario. Luis Vidales. Suenan timbres.


Abstract

In this paper, from the literature of Luis Vidales’s Suenan timbres, we explore the dynamics of Colombian rising cities that initiate an accelerated modernization process, deprived of an appropriate development of modern thinking, along with the new material advances, which makes it impossible to debate the relevance and the process followed by these types of transformations. This situation leads Colombia to experience the idiotism of modernization without modernity, impeding men to understand the needs and conflicts generated by progress. These villages from twentieth century beginnings quickly turn into city projects determined by the arrival of new objects, creating a mobile and noisy atmosphere, opposed to villages’ passivity. From poetics committed to social and political change, Vidales recreates reality as a poet of criticism in Colombia.

Key words: Literary studies. Poetry. Literary criticism. Literary analysis. Luis Vidales. Suenan timbres


INTRODUCCIÓN

Esta investigación2 pretende dar continuidad a una tradición crítica que cuestiona la sociedad tradicionalista colombiana, además de utilizar dicha reconstrucción como base del análisis político de Suenan timbres de Luis Vidales. En este contexto, para acercarnos al surgimiento de las urbes colombianas, empleamos el concepto de idiotismo propuesto por Vidales. Idiotismo estrechamente relacionado con la “minoría de edad” kantiana, a la que el poeta referencia constantemente en su propuesta literaria desde el concepto de crítica, que aparece en la poesía como posibilidad de cuestionamiento de las sociedades de todas las épocas.

De modo que estudiamos los idiotismos sin disidencias de la modernización que carece del desarrollo de un pensamiento moderno, en la formación de las urbes colombianas a principios del siglo XX. Inicialmente planteamos la aparición de Suenan timbres no solo como resultado de órdenes secretas impuestas por la sociedad, sino como parte de un proceso de transformación de la mentalidad colonial. En los demás apartados realizamos un acercamiento conceptual a los poemas que sustentan la existencia de la modernización, fijada por el auge material, en los que exponemos las falacias del progreso determinado por los objetos, los sonidos, el movimiento y los nuevos espacios urbanos que empiezan a cambiar el ambiente de las pasivas aldeas por ruidosas ciudades. Realidad que emplea Vidales para configurar tanto su crítica radical que plantea a la sociedad tradicionalista como su cuestionamiento a la reciente instauración del capitalismo en el país.

1. LAS ÓRDENES SECRETAS DE LA CONSTANTE SOCIAL

Los años veinte son decisivos en la consolidación del proceso de modernización en Colombia, marcan el inicio de cambios sin precedentes en la historia de un país agrícola, aislado del mundo y con una escasa comunicación entre sus mismas regiones, que logra urbanizarse, parcialmente, gracias al auge económico que propicia el impulso de la industria nacional. Proceso que implica una distinción entre la vida de la ciudad, antes simples aldeas, y la vida del campo. Esta diferencia acentuada por el fortalecimiento de la burguesía industrial, permite la construcción y ampliación de carreteras y vías férreas, implicando un desplazamiento de una gran masa de campesinos a la ciudad, que incapaz de absorberla incrementa la miseria en las urbes. Esta transición a la modernidad se da principalmente en las ciudades, propiamente en las élites, mientras la mayor parte de la población es ajena a estos desarrollos. Procesos que, finalmente, posibilitan en el país el inicio de una mentalidad diferente, el despertar a una modernidad que llega a irrumpir la calma de las aldeas para convertirlas, en corto tiempo, en incipientes urbes caracterizadas por el ruido, el movimiento y los nuevos espacios.

La literatura no es ajena a estas trasformaciones que marcan la apertura moderna en el país; el cuento, la novela y el teatro experimentan una transición entre los temas rurales y la problemática urbana, caracterizada por la agitación social y la lucha de clases, que ilustra el mundo del individuo en las nacientes ciudades por oposición al paisaje del costumbrismo en el país rural. En poesía, con Suenan Timbres (1926)3 de Luis Vidales (1900-1990), se dan cambios fundamentales en la estructura tradicionalista con una ruptura decidida de los moldes clásicos hispánicos y populares. Esta nueva poética, “en pugilato con el público hoy remoto de aquella Bogotá de 1920” (Vidales Jaramillo, 216)4, se manifiesta como una “bofetada a la solemne poesía de metro, rima y sonsonete” (Vidales Rivera, 227) y responde a las circunstancias sociales imposibles de eludir por el creador comprometido con las constantes transformaciones de la sociedad, así como el mismo Luis Vidales lo afirma: “el artista de hoy, qué duda cabe, recibe las órdenes secretas de la constante social” (La circunstancia, 22). Disposiciones que asume el artista invadido por el “espíritu de los tiempos”, aún sin entender propiamente la manera cómo él mismo responde a esas “órdenes secretas”, que se filtran constantemente en su propuesta estética y adquieren un sentido explícito, o logran asimilarse en su plenitud, incluso después de muchos años de ser presentadas al público. Este proceso lo experimenta Suenan timbres, todavía carente de ese tinte comunista y revolucionario de textos posteriores de Vidales como los de La obreriada, pero que manifiesta una preocupación latente por el nacimiento de una sociedad diferente enmarcada en un sistema de pensamiento nuevo. Dinámica que la Colombia de los veinte no supo entender como cuestionamiento a las prácticas culturales determinadas bajo un orden conservador y clerical.

Estas influencias se fusionan con un esquema que expresa y sustenta la actividad artística individual, resultado de la apropiación de elementos elegidos o impuestos por las sociedades. Si bien la estructura social se filtra en la propuesta estética, lo hace de maneras diversas, en parte por la capacidad de recepción del creador, tanto desde la aceptación o negación de las condiciones que impone la cultura como desde la crítica para evaluar los antiguos y nuevos elementos de un determinado sistema de pensamiento que se impone. Valoración de primera importancia para el artista que compromete su obra con el porvenir dinámico de la sociedad que habita, y que se convierte en una preocupación generalizada de los intelectuales de la época, sobre todo de aquellos que experimentan directamente el proceso abrupto que se vive con el nacimiento del país urbano.

En este sentido es factible mencionar que el caso de Vidales no es solo de obediencia o asimilación de los nuevos órdenes que se instauran, sino de participación activa en un proceso de transformación, lo que exige un sistema crítico capaz de debatir la pertinencia y efectividad de la propuesta. Así que el cuestionamiento del poeta está cifrado también en la modernidad vacía, una cadena de idiotismos difíciles de asimilar por la novedad que genera la transformación material de las ciudades y la carencia del desarrollo de un pensamiento alterno, que desvirtúa el sentido profundo del progreso sin libertad de pensamiento, entendido por Vidales como contrario al espíritu de los nuevos tiempos.

2. LA CIUDAD DE LOS HOMBRES QUE SEGUÍAN SIENDO NIÑOS

Desde fines del siglo XIX y principios del XX se empiezan a dar transformaciones importantes como la exportación no lucrativa de productos agrícolas, la aparición de acueductos primarios, las primeras instalaciones de luz eléctrica y el tranvía de mulas. Sin embargo el desarrollo y expansión de las mismas es aún precario; logra consolidarse, en gran medida, en la tercera década del siglo XX, con el fortalecimiento de las finanzas nacionales determinado por los ingresos provenientes de la exportación del café –se habla incluso de que “los dineros provenientes de las exportaciones de café, que ascendían a 88 millones de pesos, excedieron todos los ingresos del gobierno, incluyendo los empréstitos extranjeros, cerca de 12 millones de pesos” (Henderson, 172)–, la llegada de los veinticinco millones de dólares como indemnización estadounidense por la pérdida de Panamá, la aparición de los conocidos empréstitos y el aumento de las inversiones de capital extranjero. Eventos que permiten una penetración directa de los Estados Unidos en la economía colombiana, como resultado de la expansión del capitalismo.

Aunque el café no es el único producto de exportación es el que le da al país los mejores dividendos y el que impulsa efectivamente el desarrollo económico, lejos de los que generan, por ejemplo, el caucho, el banano o el petróleo. La demanda del grano en el extranjero, que suplen pequeñas parcelas de propiedad familiar en muchos casos, aumenta su producción, hecho que incrementa el número de trabajadores en las zonas cafeteras, fortalece una burguesía rural con un grupo considerable que se enriquece en el campo, en vísperas de la creciente industria, y obliga a un desarrollo de las vías de transporte que permiten el flujo de la enorme producción.

Esta plataforma financiera posibilita el fortalecimiento de la industria nacional, que aunque poco diversificada crece de manera significativa. Por una parte se beneficia directamente de los dineros que abundan en el país solicitando empréstitos a largo vencimiento con intereses bajos, por otra parte de forma indirecta con el mejoramiento de la infraestructura nacional y el aumento de la capacidad de compra de las masas. “Más del 60 por ciento de la ‘indemnización americana’ es destinado a la construcción de vías férreas” (Vidales Rivera, 227), con el propósito de soportar las demandas del naciente desarrollo industrial, limitado a estrechas vías que facilitan la movilización. Todo un acontecimiento, en una población que para “1920, el 90% de las rutas terrestres de la nación seguían siendo caminos de herradura, y solo se habían construido 743 millas de rieles. Un fragmento muy limitado de autopista era transitable por camión y automóvil” (Henderson, 133). Dificultades que impiden la organización de la industria nacional, que solo logra consolidarse en las tres primeras décadas del siglo XX, atrayendo una enorme masa de campesinos a las ciudades importantes, principalmente a Bogotá, que llegan con la esperanza de mejorar sus condiciones laborales en la construcción de ferrocarriles, carreteras y estructuras arquitectónicas o en el trabajo en fábricas textiles, cerveceras y de alimentos. De igual forma se congregan en las zonas rurales alrededor de la explotación del petróleo y el oro o en el cultivo del banano, café y tabaco. Pero la ciudad, incapaz de absorber este aumento desmedido de su población, incrementa considerablemente la miseria, la inseguridad, el hacinamiento, la insalubridad, la mendicidad, la criminalidad y la prostitución en los nuevos citadinos desocupados y temerosos, albergados en ciudades que en lugar de acogerlos los devoran.

Este impulso económico dispuso el país pastoril a la experiencia urbana, lo que genera una oposición a la modernidad del sector político conservador y del poder eclesiástico, principalmente. La “Iglesia católica satanizó los partidarios de las ideas modernas y declaró por ello estas ideas como falsas, porque eran modernas” (Gutiérrez, 238). La razón de la oposición a las nuevas estructuras de pensamiento no obedece, por supuesto, al resultado de un análisis exhaustivo que evidencie la inequidad de la nueva realidad entre los sectores adinerados y la mayoría de la población, la resistencia responde a la amenaza representada en la asimilación de las ideas modernas, como desestabilizador de su poder político y espiritual mantenido durante siglos. Esta estructura dominante, bajo un orden simple de obediencia, está impuesto por la Iglesia a sus creyentes, para lograr la conquista de la eterna salvación de sus almas, en nombre de la voluntad de un Dios que habla por medio de sus jerarcas. Corriente tradicional que exalta la cultura española como emblema de la dominación que antaño ejercen directamente los europeos sobre nosotros, además sustenta la necesidad de mantener un pueblo borrego sometido a la voluntad de un grupo que mantiene a la religión como garantía de poder, sobre todo los de carácter conservador que seguían atados a la tradición negándose a la posibilidad de la modernidad. Esto impide el éxito de un sistema de pensamiento independiente de la mentalidad religiosa, pues un pueblo que no se educa para “pensar por sí mismo” (Kant, 8), sino que es obligado a obedecer ciegamente en nombre de la religión, es incapaz de indagar reflexivamente acerca de la realidad del presente y acceder a las herramientas para transformar su porvenir, lo que exige, por supuesto, alcanzar la “mayoría de edad” (7), para decirlo en palabras de Kant.

En estos términos es comprensible la sentencia de Luis Vidales: “Los bogotanos están atravesando en estos momentos por un idiotismo sin disidencias” (179), que expresa, en medio del proceso de modernidad, esa incapacidad de los capitalinos, extendida de manera análoga a todos los colombianos, para alejarse de esa doctrina común de la sociedad de la época. Separación que posibilita cuestionar la vigencia de la vieja tradición y proponer, conforme a los cambios experimentados en el mundo, nuevas estructuras de pensamiento complejas, regidas bajo la consigna de la razón. Realidad que debe asumirse de manera crítica para no caer en la pasividad de los hombres que aceptan con fascinación los productos del progreso, de limitada apertura en la población en general, y que no logran trascender su aparición a la utilidad y al goce del momento. Limitación que retrata irónicamente Luis Vidales en La ciudad infantil (150), al equiparar el hombre de la capital con un niño que se divierte desprevenidamente con sus juguetes sin entender la magnitud de los eventos a los que asiste:

Pasaban los hombres manejando sus coches, sus trenes,
sus tranvías, sus automóviles.
¿Qué era lo que hacían?
Jugaban.

Iban en sus juguetes grandes.
Seguían siendo niños (150).

 

 

Este comportamiento pasivo es característico de los colombianos partícipes de la sociedad que se transforma, en consideración a la incursión de un nuevo funcionamiento del mundo al que se adaptan o se excluyen, generalmente, desde el desconocimiento. Niños que representan a ciudadanos dichosos de los objetos que provee la modernización, pero totalmente despreocupados de las implicaciones de la aparición de estos elementos en sus vidas, en términos de esta interpretación política de Suenan timbres. La modernidad entra pasivamente en la mentalidad de los ciudadanos, incapaces de transformar su pensamiento a la par con sus ciudades. Así de fuerte es el tutelaje del Estado y la Iglesia en sus mentes amaestradas para la obediencia y negadas al ejercicio del pensamiento autónomo y libre.

A pesar de que los progresos materiales son incorporados a la incipiente vida urbana no logran convertirse en desestabilizadores de la antigua concepción tradicionalista. Bogotá sigue siendo la ciudad señorial, la ciudad católica, la caricatura de Atenas, La ciudad infantil de los hombres que “seguían siendo niños”, “menores de edad” (Kant, 7) incapaces de cuestionarse acerca de los alcances de estos nuevos objetos en el curso de su existencia.

3. LOS SONIDOS EN LA CIUDAD VOLTEADA HACIA ADENTRO

En Suenan timbres no hay solo un registro de los nuevos sonidos que irrumpen en la urbe sino un boceto del efecto de estas vibraciones en la vida de los ciudadanos, como se evidencia magistralmente en el poema Los ruidos (Vidales Jaramillo, 53): radiografía de la ciudad a partir de sonidos que configura una cierta identidad bulliciosa por oposición a la silenciosa vida rural. Ruidos que escapan de los cafés por los teléfonos, que identifican cada casa “entre la aglomeración de construcciones” (53), que inundan las calles, pero que a su vez se superponen con otros “que andan todavía en el mundo” (53), desde “la época de las cavernas” (53), viajando desde tiempos remotos hasta nosotros. La ciudad se convierte en una masa disonante formada por la interferencia de ondas sonoras, que no orienta sino que aturde los sueños de unos habitantes ansiosos por un proyecto de modernidad exitoso. Uno que los integre al proceso de transformación en lugar de arrojarlos a la fatalidad de las calles, y por tanto a la búsqueda insaciable de un espacio habitable pero que, al final, resulta siendo cualquiera en el que puedan permanecer. Ahí el encuentro con la ciudad acorazada que se cierra al mundo para encerrarlos en callejones sin salida,

en la ciudad que está de espaldas
volteada hacia adentro
hacia los interiores de las casas (Vidales Jaramillo, 53).

 

 

“La ciudad volteada hacia adentro” es un concepto que da explicación al desamparo que experimentan los individuos foráneos en las urbes. Estos grupos sociales se desplazan de sus tierras, sin condiciones aptas para sobrevivir en ellas, con el propósito de encontrar en estos centros la posibilidad de una nueva vida. Una de las variantes de este fenómeno es el curso particular de las sociedades abiertas hacia lo extranjero y cerradas a lo propio, situación que se presenta todavía en Colombia por la venia que merece en la cultura nacional los conocimientos de afuera, que a su vez desecha los saberes autóctonos del país. Por tanto, la búsqueda de un lugar, añorada tanto por la misma población urbana como por la inmensa masa de campesinos que migran a poblaciones más grandes en la década de los veinte, está garantizada, en parte, por un empleo digno que les permita habitar una “ciudad de espaldas”. Pero la coraza casi impenetrable de las urbes no logra integrar a este grupo nuevo de individuos a la dinámica urbana, así que los convierte en parte de su fachada trasera, los reduce a figuras decorativas que no se tornan estáticas sino “extáticas”, es decir, exaltadas, alteradas por el bullicio de un progreso excluyente que no les deja otro camino que figurar como adornos. Realidad retratada por Vidales en el poema Ruidos (53):

Ruidos
Y ya lo mejor será
que os tornéis extáticos
fijos
–pegados a las paredes–
conservando vuestras formas
de dibujos decorativos (54).

 

 

En medio de este ambiente ruidoso que nos obliga a permanecer adheridos a las paredes de la ciudad surge otro evento insólito, ruidos personificados que son aplastados por los carros como los hombres por el progreso. Los automóviles, con sus motores bulliciosos, son capaces de montarse por encima de los ruidos hasta aplastarlos. Hecho que evidencia la reducción de un proceso de modernidad excluyente, en el que el beneficio efectivo solo es posible para la clase alta, mientras la población menos favorecida experimenta un mínimo provecho y una explotación desmedida desde todos los ámbitos de la vida social. La imagen que subyace al poema Flor extraña (Vidales Jaramillo, 124): sonidos escandalosos chillando por el impacto de las llantas de los autos sobre sus cuerpos, no solo emplea el humor para recrear el incremento de los carros y los ruidos en la vida urbana de la capital, sino el hecho de que en la modernidad los más fuertes reducen la existencia de los más pequeños a simples elementos decorativos. En el poema hay una burla a la nueva ideología, la crítica que Vidales formula al accionar ilegítimo de la modernidad capitalista, que opera desconociendo la suerte de los elementos más frágiles de la sociedad, cegado por el triunfo de un sector privilegiado que monopoliza estos nuevos productos de la cultura de consumo:

Los automóviles pasan sobre sus ruidos.
Los ruidos chillan cuanto pueden
pero los automóviles
¡uf!
los aplastan
y los dejan estampados contra el pavimento (124).

 

 

Pero no todos los sonidos de la ciudad son ruidosos. En el Poema de las voces errantes (128) el sonido de las vocales viaja errabundo, acercándonos al ruido natural que se desplaza sigilosamente por las cosas y posibilita la articulación de los sonidos en el hombre. Más interesante parece la presencia de la música que recorre todos los objetos del café y los conecta por medio de una atmósfera móvil que convierte el espacio en un continuo sin límites:

Luego –desbordada–
Se expande en el ambiente.
Entonces todo es más amplio
y como sin orillas (90).

 

 

Atmósfera que desaparece con el cierre del bar, con la ausencia de la música que desarticula el conjunto de objetos conectados para formar cuerpos aislados donde solo queda la agitación del movimiento:

Por fin
desciende la marea
y quedan
cada vez más lejanas
más lejanas
unas islas de temblor en el aire (90).

 

 

Nuevos ritmos como foxtrot, ragtime, jazz, charleston y tango llegan a Colombia como resultado de la incursión de otras culturas en el país. La radio contribuye notablemente a la difusión de estas melodías que generan un tipo de conductas diferentes en los ciudadanos, propiamente urbanas. En el “Poema de la grafonola”5 (Vidales Jaramillo, 131) Luis Vidales hace una lectura de la impresión que genera a un oyente la reproducción de registros sonoros escuchados en el nuevo aparato por primera vez: un hombre entredormido, perturbado por la algarabía que producen los sonidos del nuevo aparato, supone gente viviendo dentro de la caja. En medio de la ficción que crea aparece la imagen humorística de la grafonola como un loro que bate sus alas transformando la realidad pasiva del hombre al agitado bullicio de la modernización:

La grafonola seguía hablando
y la vi hacer un gran gesto de pájaro
de espulgarse las alas (132).

 

 

Esta fusión entre lo autóctono natural (el loro) y lo foráneo mecánico (la grafonola) ilustra el proceso de irrupción de la modernidad en el país. El hombre adormilado, que escucha en el aparato los sonidos del animal, representa a esa Colombia pasiva que no vislumbra con claridad el significado de los nuevos eventos a los que asiste:

qué civilización tan asombrosa
ha alcanzado el loro (132).

 

 

La naturaleza como elemento dominante del país tradicional se filtra en los progresos materiales determinados por el auge de la técnica y la tecnología, manifestaciones de la modernidad a las que Vidales nombra con ironía para advertir las posibles implicaciones de su aparición intempestiva en el país rural. El poeta celebra las transformaciones a las que se enfrenta aceleradamente el país, sin olvidar el cuidado al que debe someterse este proceso que aísla a un grupo considerable de los ciudadanos, sobre todo a los que no responden a los parámetros que impone la nueva sociedad y que por tanto se ven obligados a habitar “la ciudad de espaldas”. Los pobres, campesinos, indígenas y afrodescenientes asisten a la modernización de la ciudad obnubilados y en condición de mendigos, excluidos. De tal forma que la modernización no garantiza la libertad del pensar ni la ilustración de las clases menos favorecidas, sino que incrementa el abismo social y la “minoría de edad” (Kant, 7).

4. EL PERPETUUM MOVILE DE LOS EXTÁTICOS

El país colonial entra en un proceso precapitalista y premoderno que inicia a fines del siglo XIX y se extiende hasta la década de los veinte. Bogotá lidera muchos de los procesos de modernización, seguidos por adelantos que se dan primero en ciudades cercanas al mar, como Cartagena o Barranquilla, o por la presencia de hombres adinerados con un gran poder económico en sus regiones, como ocurre en Medellín y Cali. En los años veinte Bogotá no solo es el centro administrativo del país, totalmente centralizado, sino que se convierte en el centro económico, político, cultural y social. Pese a este liderazgo, tanto la capital como las demás ciudades están lejos de las grandes urbes latinoamericanas y mucho más de las imponentes metrópolis estadounidenses o europeas, esto porque Colombia reproduce, y no produce, tardíamente los procesos de modernización de los países desarrollados, a veces incluso un siglo después.

Pero a pesar de este atraso los logros son evidentes, prueba de ello son los desarrollos de las vías férreas, la expansión y modernización de las obras públicas, como acueductos y alcantarillados, la inauguración del servicio de buses entre Bogotá y Chapinero en 1923, la aparición del avión y el automóvil, la inauguración de la radio, la popularización del cine, al que se le incorpora sonido, la consolidación de la prensa y la llegada de modas, principalmente norteamericanas, producto de la incursión del capitalismo, que atacan la moral pacata del país tradicionalista.

Dicha época de bonanza, caracterizada además por el gasto desordenado, obliga a Colombia a racionalizarse mediante reformas lideradas por comisiones internacionales que permiten solventar la carencia de un sistema administrativo y financiero. El profesor Edwin Walker Kemmerer (1875-1945) lidera la reforma económica, cuyas recomendaciones se transforman en leyes que sustentan el intento de organización moderna del Estado colombiano. Trabajo que se concreta, por ejemplo, en la creación del Banco de la República por la Ley 25 de 1923, el funcionamiento de las Aduanas y la Recaudación de Rentas Públicas por la Ley del Timbre y la creación de la Contraloría General, antigua Corte de Cuentas por la Ley de la Contraloría. De la misma forma que funciona esta misión, operan, entre otras, la reforma educativa asociada a la Misión Alemana y la reforma penal a la Misión Italiana.

En medio de tanta reforma, el clima político de los años veinte se caldea tanto en los campos como en las ciudades, en la agricultura como en la industria, entre las élites políticas como entre las masas. Está de un lado, en los campos y provincias, la expansión del cultivo cafetero y el auge del banano, del otro lado la pujante expansión de la red vial, el incremento del comercio en el proceso de un acelerado intercambio con el exterior y en el contexto de la formación de un mercado nacional (Uribe, 48). Es cierto que las élites se favorecen directamente de los progresos materiales, pero se manifiestan posteriormente y de forma tardía los beneficios en la población en general. Hechos como el aumento de las pavimentaciones, la creación de un proletariado campesino, la generación de empleos, la organización sindical de la clase obrera, la llegada de ideas socialistas, el feminismo, el indigenismo y las discusiones en torno a la raza que en los veinte llegan a su máximo furor, las campañas sanitarias y antialcohólicas, el impulso a la educación popular, que se concreta en la creación de la Universidad Popular en 1930, para educar gratuitamente a estudiantes y trabajadores, los grandes cambios educativos como la actualización de los pensum y el carácter científico que se da a la educación pública, para superar el verbalismo de herencia española, y la efervescencia política generalizada prueban que los desarrollos sociales están más allá de los beneficios que logra la minoría urbana y adinerada. Lo que no implica que la experiencia de la modernidad se viva igual en las diferentes clases sociales, la mayor parte de la población campesina continúa viviendo en estructuras feudales o semifeudales, bajo cifras de analfabetismo alarmantes, mientras las ciudades dejan de estar agrupadas alrededor de haciendas agrarias para abrirse a la experiencia urbana. Suceso que por supuesto no significa la desaparición de la vida agrícola, pero sí la incursión de un elemento que determina los centros urbanos: el movimiento, en oposición a la pasividad del país rural. Colombia sigue siendo esencialmente campesino, a pesar de los desarrollos que experimenta, un núcleo urbano definido por la industria coexiste con una gran masa rural que vive del trabajo de la tierra, por primera vez se empieza a distinguir la ciudad del campo.

Así, la ciudad ruidosa se asocia a la ciudad móvil. Con el bullicio de los motores, las melodías de la grafonola, las imágenes del cine, los sonidos de las edificaciones, con los ruidos Vidales descubre una ciudad en movimiento, donde nada permanece quieto, cada objeto no solo se mueve en relación con otros, sino que “gira dentro de sí mismo” (46) y hasta las líneas que lo bordean se desplazan en los límites de este. Lo anterior para plantear la existencia, físicamente improbable, de una máquina que se mueve eternamente después de recibir un impulso inicial, como lo sugiere el nombre del poema al que nos referimos, “Perpetuum mobile” (Vidales Jaramillo, 46):

Mis versos cantan que en el mundo
las líneas de los cuartos
de los asientos
de las mesas
corren vertiginosamente
al rededor de sus objetos
viven bailando eternamente
[…]
el baile eterno
de la línea que huye (46).

 

 

Este planteamiento es de primera importancia si se asocia la modernización al nacimiento de la ciudad móvil, por oposición a la quietud de las costumbres coloniales al que se mantiene anclado el país por décadas. Suceso que no supone, por supuesto, una quietud absoluta, pero sí un estancamiento generalizado en todos los niveles, producto del tutelaje compartido entre el Estado y la Iglesia. La  máquina hipotética está conformada por todos los objetos y sujetos que abandonan su estado inercial para responder a los desafíos de la velocidad ilimitada del progreso, después de experimentar ese primer impulso que los obliga al movimiento perpetuo. Esta fuerza inicial en el sentido más profundo responde a un cambio de actitud de los ciudadanos que les permite “servirse de su propio entendimiento” (Kant, 7) para abandonar el tutelaje que los reduce a la “minoría de edad” (7). Pero así como Kant menciona que un pueblo no puede estar subyugado eternamente a un tutor, lo que nos posibilita aspirar a un orden de vida racional, afirma que la época ilustrada está muy lejos de concretarse de manera generalizada, sentencia que se ratifica especialmente “en el país más católico de América Latina” (238), para expresarlo en palabras del crítico Rafael Gutiérrez Girardot. Así que este Perpetuum mobile (Vidales Jaramillo, 46) solo puede asociarse al progreso material, siempre en aumento y desvinculado a un desarrollo intelectual que contribuya a una discusión crítica de la pertinencia de los procesos de la modernidad en la sociedad.

En este punto consiguen real importancia las repetidas menciones del continuo movimiento de los objetos en Suenan timbres. Estos adquieren muchas veces connotaciones de seres vivos, que se transforman una y otra vez en los límites de su existencia cambiante, y no los hombres, que son los llamados a responder a las exigencias de los nuevos tiempos. Este es un ejemplo de ironía política con agudeza sociológica, los timbres suenan para alertar al país del invento de la sociedad consumista que se instaura sin despertar a los extáticos del letargo. Para plantearlo con el título de uno de los poemas de Vidales el hombre experimenta “El instante movible” (67):

Hace viento. Los objetos
pintados en los anuncios
se salen del papel
y se les oye caer al suelo (67).

 

 

En el poema, el hombre observa con fascinación y se mueve a la par con los objetos que cambian, de estado y de forma, para luego detenerse mientras ellos continúan su transformación. La razón de este protagonismo de los elementos materiales puede entenderse en términos del idiotismo que experimenta el país al incorporar la modernización desconociendo los procesos modernos. El hombre no extiende significativamente la presencia de los objetos al curso de su nueva existencia, por el contrario, entra en un estado acelerado de asimilación de los objetos que lo deja extático y desprovisto de los elementos teóricos que le permiten asimilar la trascendencia de los eventos a los que asiste.

5. LOS HUECOS INTERRUMPIDOS

A pesar de que los coletazos de la modernidad alcanzan muchos estadios de la vida nacional, la magnitud del progreso es disfrutado por un grupo muy reducido de la población urbana, en especial por la clase alta, y desconocido por la mayoría de campesinos y habitantes alejados de las ciudades importantes, que escasamente los escuchan mencionar. Esto implica que la modernidad en Colombia, lo mismo que en muchos países latinoamericanos, no se desarrolla de manera más o menos uniforme, sino que es una modernidad parcial y de acentos diversos; es decir: “los procesos de racionalización y secularización no se extendieron a todas las esferas, o bien, más exactamente, que en los sectores afectados de la sociedad pudieron llevarse a cabo exitosamente resistencias contra estos procesos” (Pöppel, 24). Reacciones que postergan, en palabras de Rubén Jaramillo Vélez, “la experiencia de la modernidad en Colombia” (54). Desarrollo apenas entendible, un proceso que tarda siglos en Europa se instaura aceleradamente en un país no homogéneo, de un lado principalmente campesino, que lejos de la vida comercial urbana está acostumbrado a las carencias de la vida feudal, y, de otro lado, ajeno completamente al proyecto de expansión europeo en vastas regiones habitadas por cientos de culturas indígenas y decenas de culturas de la diáspora africana. Con una población que escasamente logra cubrir las necesidades primarias de la ciudad, como la alimentación y la vivienda. La modernidad multiplica los desencuentros de los países colombianos, por exclusión o por rechazo, lo que se convierte en una de las razones de la violencia acendrada de la ciudad contra lo no urbano, de lo europeo contra lo no europeo. Este elemento es determinante en el nacimiento de una ciudad disgregada, convencida con la misma creencia religiosa de que los intelectuales son superiores a los analfabetas, que los microscopios son herramientas de los científicos y no de las bacterias. Así como Vidales lo señala irónicamente en su poema “Super-ciencia” (69):

Por medio de los microscopios
los microbios
observan a los sabios (69).

 

 

El poeta colombiano constituye una de las críticas más significativas, pero no de la postergación, sino de la crítica a la modernidad enceguecida y torpe, a la modernización que acelera la destrucción de lo humano y lo pone al servicio de las lógicas del comercio y del consumo. Este proceso irreflexivo imposibilita un entendimiento de los cambios, contribuyendo a un empobrecimiento capitalista de las clases menos favorecidas que continúan siendo explotadas por las mismas máximas del progreso. De tal forma que con las grandes expectativas y gracias a la motivación que genera el nacimiento del país urbano el Estado termina

por adoptar en forma apresurada y sincrética patrones de comportamiento que imponen la vinculación al mercado mundial, la industrialización, el desarrollo económico y la acelerada urbanización, sin que estos sean consciente y sistemáticamente asimilados por las grandes masas populares, mantenidas hasta el día de ayer en un estado de somnolencia tradicional y que han despertado abruptamente a las impostergables tareas que impone el mundo contemporáneo (Jaramillo, 56).

 

 

Este despertar precipitado impide que procesos como la secularización, que se dan de manera simultánea como consecuencia de la modernidad en países desarrollados, logren establecerse tanto en Colombia como en el resto de países de América Latina. Hecho que obedece a una dinámica general que asocia la modernización a la “minoría de edad” (Kant, 7), sobre todo cuando estos procesos materiales no van acompañados de un desarrollo paralelo del pensamiento. Por el contrario, la religión continúa manteniendo la misma influencia social, sin desconocer que “el país tradicional –agrario, parroquial– termina por desaparecer, dando paso a las estructuras de una nación en vía acelerada a la plena secularización y modernización” (Jaramillo, 60). En estas circunstancias, el país empieza a experimentar la fuerza del capitalismo. Proceso que continúa arraigándose en la mayor parte del mundo, y al que se adapta perfectamente el poder eclesiástico para garantizar la continuidad de sus  influencias en la sociedad, a pesar de su rechazo inicial.

En este ambiente transformado, el cambio que experimentan los objetos ocurre en lugares igualmente alterados y determinados por la vida urbana, espacios corrientes donde los objetos se redefinen en función de su versatilidad, como las calles, los cafés, los salones, las iglesias, los cuartos, los muros, las vitrinas, las poltronas, los cuerpos, los parques, las casas y todo tipo de edificaciones en general. En el café (78), Vidales presenta una visión cinematográfica de la vida nocturna, mostrando la imagen de un hombre ebrio que alucina espejismos en sus uñas al final de la noche. Sin licor ni música decide escaparse por la calle dibujada en el cuadro de la pared, de la misma manera que “En el parque” (Vidales Jaramillo, 101) se aleja una pareja por las calles de un pisapapeles:

y cuando los alambiques de la orquesta
dejan de filtrar
el alma ebria
–que le da por tornasolarse
en el azul de los sueños–
se interna por la callejuela tortuosa
de un cuadrito colgado a la pared (78).

 

 

Otra paradoja de la modernidad postergada y de la sociedad extática: sin comprender las tecnologías propias que permiten el cuidado del paisaje, de la geografía del país, se pasa a una nueva tecnología de la ensoñación, del adormecimiento. Con la incursión de la modernidad, la ciudad acelera el consumo de bebidas alcohólicas y a su vez la ebriedad de conciencia, mecanismo que permite una masificación de borregos alcohólicos, en un sistema capitalista preocupado por la producción y consumo que genera el sector obrero. Pero la embriaguez en el poema no es solo de vino, es de música, de recuerdos, de los sopores de Asia, de la noche que termina con el cierre de la orquesta, del espíritu de los tiempos que exige maneras no convencionales de afrontar una realidad cambiante. La embriaguez es de progreso, de ese que no se adapta coherentemente a las condiciones especiales de un proceso particular sino que se impone irresponsablemente con fines materiales, olvidando el apoyo a un desarrollo intelectual de importancia mayor en el porvenir de los pueblos. Vidales retrata un café lleno de vida, donde la mirada deforma los objetos y les concede un nuevo significado, si se quiere vanguardista por la expresa intención de renovación a partir de una exploración poética cargada de ruidos, movimientos y de transformaciones constantes que no solo operan en ambientes urbanos, como lo evidencia el poeta en “Cinematografía nacional” (58), al convertir el paisaje en escenario móvil para el rodaje de una cinta que protagoniza la naturaleza, subordinada al cine en el poema o más exactamente a la técnica. En la película, las nubes parecen no haber estudiado el libreto y los árboles se ven “tiesos” (58), “cohibidos” (58) y “amanerados” (58), “por ser la primera vez que trabajan en cine” (58), poco preparados para el montaje al que asiste seguro y natural el Salto del Tequendama,

como si tuviera
una larga práctica
cinematográfica (58).

 

 

Personajes que representan el cine de una nación rural, que en tiempos de su popularización en Colombia constituye la única propuesta industrial y artísticamente viable. Suceso evidente en las primeras producciones cinematográficas del país que reseña paisajes y momentos importantes de la vida nacional. Estos espacios naturales son invadidos por una naciente urbe en expansión, registrados en Suenan timbres desde las vitrinas que exhiben las mercancías en las tiendas hasta la construcción de edificaciones que encierran los espacios libres para reducirlos a casillas o, como dice Vidales,

Huecos interrumpidos por paredes y puertas.
Huecos divididos en cuadros (48).

 

 

Estos versos evidencian un cierto descontento generado por la abundancia de construcciones, que determinan en parte la apariencia moderna de las ciudades. Los Huecos interrumpidos generan un efecto de pesadez que reduce los espacios naturales a lugares cercados, a proyectos urbanísticos fracasados. Así, los individuos experimentan un estado de ahogamiento que los separa de la naturaleza a la que acostumbran apreciar en toda su expresión, en lugares abiertos y tranquilos. Al respecto Vidales nos describe la oposición evidente que aparece entre el país rural y el urbano, en relación con los lugares nuevos que se originan:

Y ya no puedo
borrar en mí la sensación
de los huecos de la ciudad
encerrados en los cajones de los cuartos (48).

 

 

Nuevos espacios que en lugar de integrar a los ciudadanos los separa por la capacidad de consumo, esa que restringe el acceso a las vitrinas, a las casas, a los cafés, al cine y en general a todos los espacios cerrados diferentes al medio natural. El “Hueco” como negación a los espacios libres de la naturaleza representa el “único sitio habitable” (48) para el hombre rural que inaugura su aparición en busca de un lugar que lo redima.

CONCLUSIONES

El concepto de “idiotismo sin disidencias” aparece en Suenan timbres para concretar la crítica radical al Estado tradicionalista colombiano, extendida de igual manera a las formas literarias canónicas. Este idiotismo obedece a la incapacidad de los ciudadanos para alejarse de la doctrina común de la época y aceptar críticamente la instauración de una nueva, en cambio aceptan pasivamente los productos del progreso sin trascender la aparición de los nuevos fenómenos al simple goce del momento. Para combatir los idiotismos de la sociedad colombiana, Vidales opera como crítico, en sentido kantiano, haciendo uso de su “mayoría de edad” para cuestionar la pertinencia de la política conservadora y de la religión católica. Vidales asume el rol que asigna Kant al intelectual moderno al plantear los problemas fundamentales del orden instaurado, además de advertir los peligros del nuevo idiotismo que enfrentan con la técnica y la tecnología.

Suenan timbres retrata la naciente urbe por oposición a la vida rural, por primera vez en la década de los veinte hay una diferenciación entre la ciudad y el campo. Cambios que se dan principalmente por la incursión de la modernización, determinada por el surgimiento de una plataforma financiera proveniente de la exportación de productos agrícolas, principalmente del café, la indemnización estadounidense, los empréstitos y las inversiones extranjeras que fortalecen la industria nacional; proceso que se da en las grandes aldeas del país, después convertidas en ciudades. Este flujo de capital al país permite, entre otras, la proliferación de empresas, la expansión y modernización de las obras públicas, la construcción del ferrocarril y diferentes edificaciones que atraen a un grupo considerable de campesinos y provincianos a las ciudades importantes, en busca de oportunidades laborales. Pero la ciudad incapaz de absorber esta inmensa población los abandona a la suerte de las calles. En esta medida la literatura obedece a “órdenes secretas” determinadas por la sociedad, sin que la aparición de Suenan timbres sea el resultado del simple reflejo de estas constantes sociales; Vidales rechaza no solo el orden tradicional sino que a su vez cuestiona el que se instaura mediante un pensamiento reflexivo, evidente en sus poemas.

Las vibraciones sonoras caracterizan la ciudad en Suenan timbres. Los ruidos empiezan a configurar su identidad bulliciosa en oposición al silencio del campo. De tal forma que la interferencia de las ondas sonoras aturde la búsqueda de un espacio habitable para los nuevos citadinos, reducidos a la existencia de los más fuertes. El encuentro de los individuos foráneos con las urbes se da propiamente en una ciudad acorazada, que los excluye y los ubica en un estatus de desamparo absoluto. Habitar esta ciudad de espaldas se convierte, por tanto, en el desafío diario de los individuos que terminan actuando como piezas decorativas de la fachada trasera de las urbes. De forma que los objetos se redefinen y se transforman en espacios corrientes igualmente alterados como los cafés, las calles, las edificaciones, las vitrinas o los parques, que se oponen a los lugares naturales del país rural. La ciudad encierra los espacios libres en casillas o “huecos interrumpidos” que ahogan a los ciudadanos, pero que a su vez los separan por la capacidad de consumo. No todos tienen acceso a las vitrinas, a las casas y a los cafés; los espacios cerrados dividen y excluyen.

En Suenan timbres la ciudad móvil aparece con el ruido, dando forma a los centros urbanos por oposición a la quietud del país rural. Colombia continúa siendo un país campesino a pesar de la existencia de ciudades en formación definidas por la naciente industria. Con el sonido de los motores, la radio, el cine y las edificaciones, las ciudades colombianas no logran acercarse a la velocidad ilimitada de la modernidad, que además de la necesaria movilidad exige una discusión crítica de la pertinencia de los nuevos procesos culturales. Vidales constituye en Colombia una de las críticas más significativas a la modernidad determinada por el progreso material, que acelera la destrucción de lo humano fijando toda la importancia en las estrategias de producción y consumo. Evento que mejora la calidad de vida de los individuos con capacidad adquisitiva, pero que envilece aún más las clases menos favorecidas. A pesar de los cambios, que son innegables, Vidales advierte de la inconveniencia de la sociedad consumista que no despierta a los extáticos de su letargo, sino que los adapta pasivamente a la contemplación de los objetos cambiantes del progreso, sin trascender la existencia material al orden de las nuevas ideas. La modernidad separa aún más los diferentes grupos sociales, en la medida que los nuevos cambios incorporados en la sociedad favorecen a un grupo reducido de la población, en especial a la clase alta. A pesar de que los ciudadanos comunes se incorporan a las trasformaciones, los campesinos, indígenas y provincianos escasamente se dan por enterados de los cambios.

NOTAS

1 Este artículo fue posible gracias a la Estrategia de Sostenibilidad 2013 que otorgó el CODI al GELCIL, Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana adscrito a la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

2 Este artículo hace parte de la reconstrucción de un estudio sistemático de Suenan timbres de Luis Vidales: Idiotismo sin disidencias: La crítica radical a la sociedad tradicionalista colombiana de los años veinte en Suenan timbres de Luis Vidales (Zuluaga, 2012), a partir de las agudas y escasas referencias encontradas en la obra ensayística de Rafael Gutiérrez Girardot.

3 Los textos incluidos por Luis Vidales para la segunda edición, publicada por el Instituto Colombiano de Cultura (1976), configuran la versión definitiva de Suenan timbres. La obra consta finalmente de: Los importunos, cinco relatos; Poemas de la yolatría, cuatro poemas; Curva, 53 poemas, y Estampillas, 30 relatos cortos o microcuentos y 89 aforismos. La tercera edición de Plaza & Janes (1986) y la cuarta de la Universidad Nacional de Colombia (2004) son reediciones del libro de 1976, sin la inclusión de la totalidad de los escritos, independientes de la obra, que ilustran y discuten las circunstancias de la publicación y la importancia de la obra y el autor. Aparte de la adición del nuevo material, lo que varía en la segunda edición en relación con la de 1926 es mínimo: el cambio de mayúsculas a minúsculas en la primera palabra de cada texto, la inclusión de apertura de signos de admiración e interrogación y unas pocas variaciones ortográficas.

4 Aunque se revisan todas las ediciones de Suenan timbres, como se muestra en la nota 2, se citará en el artículo la edición del 2004. Para claridad del lector si se cita otro libro del autor se especificará la fecha correspondiente.

5 El poeta aclara que el poema fue una “respuesta a la violenta crítica de Antonio José Restrepo contra Luis Vidales, publicada en el mismo número de ‘Lecturas Dominicales’ de El Tiempo, Nº 131, 15 de noviembre de 1925. La grafonola acaba de llegar al país” (Vidales Jaramillo, 131).

OBRAS CITADAS

Gutiérrez Girardot, Rafael. “La imagen de Colombia en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez”. Ensayos de literatura colombiana I. Coord. Juan Guillermo Gómez García. Medellín: Ediciones Unaula, 2011: 225-246.         [ Links ]

Henderson, James D. La modernización en Colombia. Los años de Laureano Gómez, 1889-1965. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2006.         [ Links ]

Jaramillo Vélez, Rubén. Colombia: la modernidad postergada. Bogotá: Argumentos, 1998.         [ Links ]

Kant, Immanuel. “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la ilustración?”. Revista Colombiana de Psicología 3 (1994): 7-10.         [ Links ]

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Vidales Jaramillo, Luis. Suenan timbres. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2004.         [ Links ]

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-------- Suenan timbres. Bogotá: Minerva, 1926.         [ Links ]

Vidales Rivera, Carlos. “La circunstancia social de Suenan timbres”, Suenan timbres. Bogotá: Colcultura (Instituto Colombiano de Cultura),1976: 225-239. Tomado de El Pueblo, Estravagario (Suplemento) de Cali.         [ Links ]

Zuluaga Hernández, Esnedy Aidé. “Idiotismo sin disidencias”: La crítica radical a la sociedad tradicionalista colombiana de los años veinte en Suenan timbres de Luis Vidales. Tesis de pregrado, Universidad de Antioquia, 2012.         [ Links ]

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