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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.34 Osorno jul. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012012000100014 

ALPHA Nº 34 - Julio 2012 (215-226)

NOTA

¿MODERNIDAD HOLOCAUSTO?

Niklas Bornhauser*
Universidad Andrés Bello*, Facultad de Ciencias Sociales, Escuela de Psicología, Santiago, Chile.

Dirección para correspondencia


I. INTRODUCCIÓN

El Holocausto a lo largo de las últimas décadas ha dado lugar a una serie de interpretaciones, en las cuales convergen disciplinas como la historiografía, la sociología, las ciencias políticas, la psicología, el psicoanálisis, etc. A través de la paulatina consolidación del correspondiente “conflicto de las interpretaciones” (Ricœur, 2003) se ha convertido en un punto nodal y sobredeterminado del debate contemporáneo. Entre los diferentes abordajes del Holocausto destaca una corriente que relaciona, de un modo por precisar, Holocausto con Modernidad. Dicha relación será revisada, al menos en algunos de sus aspectos, interrogándose sobre su exactitud y pertinencia.

A modo de ejemplo, con tal de ilustrar algunas de las posiciones concurrentes en la discusión en curso, a continuación se esbozarán, sin afán de exhaustividad, ciertos enunciados que nos servirán como telón de fondo para finalmente instalar nuestra pregunta. Según Imre Kertész (2002), el Holocausto en general y Auschwitz en particular no sería un asunto privado, que concierne únicamente a ciertos individuos, ciertas etnias y ciertas religiones, sino que sería el acontecimiento traumático por excelencia de toda la civilización occidental. Kertész incluso sugiere que Auschwitz algún día será considerado como “el inicio de una nueva era” (2002:26), como la prueba de la insuficiencia comprensiva de las concepciones forjadas por el humanismo de los siglos XVIII y XIX y de la amenaza de extinción de los últimos restos de libertad individual por la dinámica productiva contemporánea y los respectivos métodos e instrumentos de dirección de masas. J.-F. Lyotard recoge este énfasis en el factor epocal e inscribe a Auschwitz en el marco del proyecto moderno, pues mostraría, de manera dramática, el fracaso de éste: “Auschwitz puede ser tomado como un nombre paradigmático para la ‘no realización’ trágica de la modernidad” (Lyotard, 1992:30). En relación al problema de la libertad, anteriormente esbozado por Kertész, Lyotard observa que la dominación, actualmente ejercida por parte del sujeto moderno, no es sinónimo de una mayor libertad de éste, así como tampoco trae aparejada una mejoría de la educación pública o una mejor distribución del capital. El argumento de Lyotard es que el proyecto moderno no habría sido abandonado ni olvidado, sino, como él dice, liquidado. De acuerdo a lo anterior, habría muchos modos de destrucción y, al mismo tiempo, muchos nombres servirían como símbolos de dicha destrucción: Auschwitz no solamente sería uno de ellos, sino que se convertiría en “el crimen que abre la postmodernidad” (Lyotard, 1992:31). De modo afín, Agamben (1999), siguiendo a Primo Levi, señala que en Auschwitz se ha realizado el fracaso de la ética moderna o de lo que él llama “el conflicto trágico” y, con ello, de todo el pensamiento jurídico existente. Giorgio Agamben, a partir de su análisis de la aporía de Auschwitz, postula la necesidad de asumir el desafío de pensar una nueva ética, que él llama “la ética del testimonio”, la que, a diferencia de la ética dominante, estaría en condiciones de dar cuenta de la verdad inimaginable de Auschwitz, esa verdad “irreductible a los elementos reales que la constituyen” y que “es, en rigor, la misma aporía del conocimiento histórico: la no coincidencia entre hechos y verdad, entre comprobación y comprensión” (1999:8-9). Hay, pues, cierta tendencia a remitir el acontecimiento Auschwitz a lo que provisoriamente llamaremos Modernidadya sea como el trauma civilizatorio que señala las limitaciones e insuficiencias de una determinada lógica (Kertész), como indicio del quiebre epocal, que como consecuencia de la caída de los grandes métarécits, irrevocablemente da inicio a la postmodernidad (Lyotard) o como testimonio del fracaso de determinada ética, entrampada en sus contradicciones propiamente modernas (Agamben). Las consideraciones subsiguientes toman como punto de arranque el campo de concentración Auschwitz, con tal de examinar sus posibles relaciones con las diferentes figuras que remiten, de modo diferenciado, a Modernidad.

A propósito de la configuración histórica de Auschwitz, conviene recordar que fue creado en el contexto de la llamada “acción Reinhard” (Arad, 1979) junto a los campos de Sobibor, Belzec, Kulmhof y Treblinka. El Konzentrationslager Auschwitz-Birkenau, construido en 1941 en las cercanías de la ciudad de Oœwiêcim, se distingue de otros campos por haber estado al servicio, hasta 1944, tanto de la concentración como de la aniquilación (Schulte, 2002). Si bien concentración y aniquilación son dos propósitos diferentes, que requieren y reclutan a mecanismos y procesos disímiles, ambos remiten a una lógica común. “El campo de concentración”, según Sofsky, “pertenece intrínsecamente a la historia de la sociedad moderna. En los campos de batalla y de matanza de las guerras de masas se puso a prueba la mortífera fuerza destructora de la técnica moderna, mientras que en los mataderos de los campos de concentración se ensayaba el poder del etéreo de las organizaciones modernas” (1993:315). Bauman, a su vez, describe la aniquilación sistemática de los judíos europeos como una suerte de experimento1 o ensayo sociológico, el cual “ha puesto al descubierto propiedades o características de nuestra sociedad que no se habrían dejado observar bajo condiciones no-experimentales y de otro modo no podrían haber sido probadas empíricamente, lo que señala al Holocausto como ensayo único, singular, pero significativo y confiable del potencial destructivo latente de la sociedad moderna” (1992a:25).

El somero e introductoria examen de los desarrollos que relacionan Holocausto con Modernidad, más allá de sus diferencias irreductibles, despeja la siguiente hipótesis: Concentración y extinción, tal como se estructuran y organizan en el campo de concentración, llevan la marca inexorable de Modernidad y, lejos de constituir un ejemplo de barbarie o de salvajismo, un “quiebre radical de la civilización (moderna)”, representan, más bien, un caso extremo de ésta. Quizá haya sido Adorno (1971), quien con mayor claridad advirtió sobre el hecho que la civilización moderna no solamente no ha logrado impedir el Holocausto,2 sino que, al contrario, ha contribuido a su producción y sustento, con lo que se impone la pregunta por las “variables” y características de Modernidad relacionadas con dicho fenómeno.

II. EXTERMINIO Y LÓGICA MODERNA

Un patrón interpretativo habitual del Holocausto inscribe a éste en la secuencia de excesos, atrocidades y pogromos antisemitas, remitiendo a la larga historia de persecución sufrida por el pueblo judío, la que se remontaría hasta Edad Media temprana.3 Dicha continuidad, si bien no está exenta de su respectiva justificación historiográfica, encubre un quiebre fundamental. Dichas interpretaciones ignoran, por ejemplo, la diferencia radical que separa los pogromos4 acontecidos durante el 9 de noviembre de 1938, la llamada noche de los cristales rotos (Reichskristallnacht), de los asesinatos en masas cometidos pocos años después en los campos de exterminio.

Los pogromos, a diferencia de lo que sucedería con posterioridad en los campos de concentración, se caracterizan por la irrupción descontrolada y desenfrenada del odio y del resentimiento, lo que las convierte en manifestaciones altamente disfuncionales a los propósitos de la organización del exterminio masivo. En este sentido, no debe sorprender que Heinrich Himmler, cabecilla de SS, uno de los principales organizadores del proceso de devastación a gran escala, se opusiera, en su momento, a los atropellos y las infracciones organizadas por Goebbels y los demás funcionarios del partido de NSDAP(Hilberg, 1990:44f.). Esta oposición se debía a que los desmandados estallidos de destructividad no sólo causaban un daño persistente a la imagen que Alemanianazi proyectaba al exterior, sino que alteraban de manera fundamental el funcionamiento racional, eficiente, desprovisto de fricciones de la perfeccionada maquinaria de exterminio que estaba en vías de ser puesta en marcha. Las matanzas masivas sistemáticas y organizadas, a diferencia de las irrupciones puntuales e impredecibles de agresividad, como no ignoraba el propio Himmler, debían ser organizadas de manera silenciosa y eficiente: “El crimen moderno bajo la forma del asesinato en masas se caracteriza por la ausencia total de espontaneidad y la primacía de planificación racional, fríamente calculadora, que poco o nada dejaba al azar, suprimiendo toda animosidad social y todo motivo personal” (Bauman, 1992a:105f.). El exterminio, en ese sentido, ha de ser inscrito en un registro histórico nuevo, ya que se sostiene en una racionalidad instrumental y orientada a fines, desprovista de toda afectividad destructiva o agresiva que habitualmente le es supuesta.

El genocidio moderno no solamente requería la existencia de determinadas instituciones, específicamente modernas, tal como el estado nacional centralizado, dotado de una burocracia eficiente, capaz de trascender la aparición contextual procesos sociales locales o regionales (Bauman, 1989). No habría sido posible sin las ideas de cambio y orden inherentes a Modernidadla que impone como tarea, desde sus principios, instaurar el nuevo orden, específicamente moderno. Remitiéndonos nuevamente a Bauman (1992b), Modernidad puede ser caracterizada, al menos en uno de sus sentidos, primero, a partir de su constante lucha contra la ambivalencia y la contingencia, y segundo, a partir su decidida aspiración a instituir un orden (racional). Este anhelo, una vez combinado con su afán de universalidad, se traduce en una práctica sistemática, destinada a controlar y aniquilar toda forma de ambigüedad y extranjería con el propósito de restablecer la homogeneidad unitaria del cuerpo socio-simbólico (Adorno, 1973). Modernidad, desde esta lógica, se constituye expresamente en oposición al excremento, la deyección y el exceso.5 La designación de Auschwitz como el “anus mundi”, por parte de un oficial de SS(Kielar, 1979), es solamente la consecuencia esperable de lo anterior.

Por lo tanto, la tarea, específicamente moderna, que principalmente recae sobre el estado-nación, es la de organizarse como unidad, como entidad unitaria y homogénea, capaz de integrar hasta los restos más inasimilables. El modo específico de socialización asociado a esta práctica es la clasificación en amigos y enemigos, la conformación de un esquema binario compuesto por un interior y un exterior, que permite discriminar entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso (Bauman, 1992b:73ff). Amigo o enemigo son las opciones avaladas para las formas condicionadas de subjetivación, mientras que todo aquello que escape a estos esfuerzos clasificatorios, basados en la aplicación de oposiciones excluyentes, en la medida en que cuestiona dicha distinción, se convierte en prototipo de lo indecible e indecidible, es decir, en exceso. Todo aquello que transgrede y cuestiona el orden racional, se convierte, de inmediato, en su desecho inclasificable, al que no le corresponde lugar alguno en el tejido socio-simbólico. Por ende, debe desaparecer, idealmente sin dejar rastros ni residuos. La eliminación eficiente de estos es garantizada, nuevamente, por medios específicamente modernos, es decir, tecnológicos y burocráticos.6

Como condición previa de lo anterior ha sido descrita la superación del umbral biológico moderno en el siglo XIX tardío (Foucault, 1977, 1999), instante que designa el momento histórico en el cual lo biológico, por primera vez, se refleja en lo político y se comienza a hacer política sirviéndose de categorías científico-médicas. Las formas de poder emergentes en este contexto, el bio-poder, respectivamente, el bio-poder de la población y los conceptos de higiene racial y social, así como de eugenesia están estrechamente relacionados con el racismo estatal del nacionalsocialismo (Foucault, 1992). Ha sido ampliamente documentado (Aly, 1989; Burleigh, 2002; Hagemann, 2000; Klee, 1983; Friedländer, 2002) que la maquinaria letal primeramente fue probada en enfermos psíquicos ––conocido como Aktion T4–– antes de ser aplicada a gran escala en los campos de concentración del Este de Europa.

A partir del primer decreto de líneas directrices, el llamado Richtlinienerlaß, el Holocausto solamente fue un problema cualquiera, una tarea racional que debía ser resuelta con la mayor objetividad y acuciosidad posible. Con el propósito de garantizar lo anterior, todos los aparatos estatales, sin excepción alguna, siguiendo la lógica de la división del trabajo, fueron incluidos en el proceso.

Mientras que la presencia de la dominación burocrática resulta ser un rasgo propio de las sociedades occidentales modernas, en cambio, la inversión total entre medios y fines, acontecida a lo largo del proceso del exterminio, llama poderosamente la atención. De este modo, la organización burocrática del Holocausto desarrolló una dinámica propia y se convirtió en un fin en sí. Todavía en el año 1944, cuando el desenlace de la guerra ya estaba decidido, con el frente del Este desplazándose inconteniblemente hacia Berlín, fueron asesinados más de 400.000 judíos húngaros en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau, un hecho que ilustra, de manera escalofriante, que el proceso del Holocausto, una vez iniciado y puesto en marcha, debía ser ejecutado hasta el final, independientemente de consideraciones militares, económicas u otras.

Lo anterior puede ser leído como una característica propia del poder (absoluto), a saber, su tendencia hacia la propia suspensión, su irrefrenable inclinación a destruirse a sí mismo. Tal como Bataille (1974) resaltó en su análisis del fascismo, el sistema de homogeneidad total, basado en la funcionalidad pura, la productividad, la economía racional y la disciplina, en un determinado punto de su desarrollo inevitablemente se convierte en su contrario, en heteronomía total, en violencia irrestricta, indomeñada y excesiva.

III. ORGANIZACIÓN Y ORDEN DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

La expresión campo de concentración, Konzentrationslager (KZ), es frecuentemente empleada de modo genérico con tal de designar indistintamente todos los campos nacionalsocialistas (Kogon, 1946). Sin embargo, aparte de los llamados KZ existía un número considerable de campos de trabajo, Arbeitslager, de campos de paso, Durchgangslager, de campos de prisioneros de guerra, Gefangenenlager, de guetos o campos de recolección, Sammellager, y de campos de exterminio, Vernichtungslager (Benz, Distel, 2005-2009). Las reflexiones siguientes se concentrarán únicamente en la estructura más propia los KZ, cuya historia, que se extiende desde 1933 hasta 1945, puede ser dividida, a grandes rasgos, en 3 períodos (Herbert, Orth, Dieckmann, 1998).

La primera fase, desde 1933 hasta 1936, abarca el levantamiento, la construcción y consolidación de los KZ, los cuales en un inicio servían, ante todo, para neutralizar eventuales enemigos políticos internos. Surgían más o menos espontáneamente y de manera provisora y no obedecían a planificaciones supraordenadas, inscribiéndose en la lógica del terror improvisado. Recién en 1934, cuando SS asume la administración de los KZ, su función originaria se vio alterada de fondo al transformarse de instrumento represivo de alcances limitados, creado para contribuir a la consolidación y el establecimiento de un nuevo sistema, en institución central estable y permanente, destinada al encarcelamiento preventivo de todos aquellos que el sistema a futuro definiría como sus enemigos. El inspector de los KZ, Theodor Eicke, comandante de Dachau, reorganizó el sistema de los campos al formalizar y estandarizar su administración de acuerdo a 4 dimensiones principales (Benz y Königseder, 2008): 1. clasificación de los presos, 2. introducción del trabajo como medio de la ejecución de la detención terrorista, 3. sistematización de un sistema jerárquico y escalonado de castigos y, finalmente, 4. gestación de la legislación estandarizada aplicable a transgresiones severas.

El segundo período (1936-1942), que se distingue, en lo fundamental, por una considerable expansión y propagación del sistema de los campos, se relaciona con la preparación y el inicio de la guerra. En 1936 en adelante, SS comenzó con la planificación y el levantamiento de nuevos KZ: El mismo año se construyó Sachsenhausen, un año después Buchenwald, en 1938 Flossenbürg, después de la ocupación de Austria, Mauthausen y en 1939 Ravensbrück. El terror se extendió a otros grupos, anteriormente no considerados, a saber, “gitanos”, “ociosos”, “criminales profesionales”, “antisociales” y “homosexuales”. El comienzo de la guerra significó un corte radical, en la medida en que, aunque mantuvo intocados los principios de organización, modificó de raíz las funciones de los KZ y la estructura de los presos (Orth, 1999). Los KZ se llenaron progresivamente de presos extranjeros, particularmente polacos y ciudadanos de la Unión Soviética, mientras que, simultáneamente, se generaban las normas de una política poblacional racial. Finalmente, a partir de 1941, en el marco de la “Acción Reinhard” (Arad, 1987), los grandes campos de exterminio en el Este fueron la última e irrevocable consecuencia de la aún incipiente práctica de exterminio.

Por último, cabe distinguir una tercera fase, que se extiende desde 1942 hasta 1944/45, en la cual acontecieron diversos cambios paralelos, entre ellos el exterminio masivo de la población judía en Europa, el uso sistemático de los presos en la industria armamentista y la conformación de campos de concentración externos que trajo consigo un incremento drástico del número de presos (Caplan, Wachsman, 2009). A partir del invierno 1941/42, los campos de Auschwitz y Majdanek fueron incluidos en el asesinato programático y metódico de los judíos en Europa. Si bien se entrecruzaron la política del genocidio con el programa del uso sistemático de la fuerza laboral, aquel, instaurándose como objetivo primordial, siempre mantuvo su prioridad indiscutida y ello, a pesar de la flagrante escasez de fuerza laboral.

En resumen, la revisión de la historia abreviada de la organización de los KZ evidencia una característica específica de su estructura organizacional: prontamente después de 1933, el sadismo espontáneo y arbitrario de las primeras e improvisadas instalaciones, destinadas a la detención temprana de iniciativas contrarias a la ideología dominante, es reemplazado por un entramado de poderes sistemático, regulado, abusivo y cruel. Los campos de concentración no solamente sirvieron a la abolición y degradación sistemática de lo humano, sino también contribuyeron al experimento monstruoso de eliminar la espontaneidad como forma de comportamiento humano bajo condiciones científicamente exactas y de convertir el hombre en una cosa, que se comportará de la misma manera ––es decir, se tornará predecible y controlable–– bajo condiciones idénticas (Arendt, 1951).

El campo de concentración, desde esta perspectiva, aparece como prolongación o exaltación del dominio totalitario y de la calculabilidad absoluta (Hegener, 1996). La dominación totalitaria, en la medida en que se torna irrestricta, tal como se señaló con anterioridad, desemboca inevitablemente en su autoaniquilación. La destrucción de sí devela que los fines de la dominación total son estrictamente absurdos, ya que estos solamente pueden considerarse realizados si todo, inclusivo los poderes amos, son destruidos.7

IV. SIN EMBARGO

Resumiendo, de acuerdo a las consideraciones precedentes, el Holocausto, lejos de conformar un quiebre del proyecto moderno, particularmente, con sus aspiraciones civilizatorias, presentaría ciertas relaciones de afinidad con éste. Tal como ha sido expuesto, el Holocausto puede ser interpretado como la culminación del intento de crear e imponer, de manera sistemática, el orden racional, lo que implica, de acuerdo a los autores revisados, aniquilar todo rastro de ambivalencia o borrosidad. El imperio irrestricto del orden, según los autores consultados, no toleraría la existencia de aquello que se opone a su hegemonía y no dudaría en proceder a extinguirlo de la manera más exhaustiva y eficiente posible. A propósito del Holocausto, Modernidad, en la medida en que la entendamos como conjunto de aspiraciones totalitarias y universales, admitiría su propia imposibilidad, subrayando la necesidad de generar otra manera de relacionarse con la ambigüedad y el equívoco irreductibles. Esta posibilidad consiste en el reconocimiento inexorable ya sea de la multiplicidad o de la falta de sentido, de la anomalía, la irregularidad y la extrañeza, la comprobación de su irreductibilidad radical. Consecuentemente, Auschwitz, en tanto síntoma paradigmáctico de la autodestrucción, aparece como consecuencia forzosa y fatal del dominio totalitario y de la calculabilidad absoluta.

No obstante, la concepción de Modernidad que subyace a las formulaciones evocadas a lo largo del texto se caracteriza ya sea por su excesiva unilateralidad (Lyotard) o su carácter deliberadamente impreciso (Agamben) y hasta difuso (Kertész). Dicha parcialidad se expresa en cierta tendencia ––reduccionista–– a tratar Modernidad como si esta fuera una entidad monolítica, un cuerpo unitario y homogéneo. De este modo, Modernidad aparece como la caricatura de ella misma, como resultado de la distorsión monstruosa de sus aspiraciones emancipatorias. Lo anterior equivale, sin lugar a dudas, a desconocer no solamente los orígenes diversos y plurales de ella (Habermas, 1989), sino, asimismo, a desatender a sus aspiraciones disímiles y heterogéneas (Welsch, 1987). Resumir un fenómeno tan complejo y sobredeterminado, en cuya configuración se entrelazan fuerzas y tendencias irreductibles, únicamente a su aspiración a imponer un orden racional, significa, en primer lugar, manejar un concepto muy empobrecido de ella y, segundo, demonizar los conceptos de orden y de razón, desconociendo los factores que inciden en su enrevesada genealogía. Las relaciones subsecuentes entre Modernidad y Holocausto, en la medida en que el primero de los términos está sujeto a estas consideraciones, resultan, por ende, imprecisas y antojadizas.

De modo adicional, según nuestro parecer, dichas imprecisiones se deben, sobre todo, a dos factores: La desconsideración del devenir histórico de los campos de concentración, por un lado, y la omisión del análisis de la organización de Auschwitz. De este modo, Auschwitz ha devenido un buzzword, un Schlagwort, una palabra que ha sido arrancada de su historia y que prescinde de explicitar la referencia a la organización espacio-temporal de su correlato histórico. Como ejemplo de lo anterior valga lo siguiente: Si a partir de los juegos de lenguaje se piensa Modernidad únicamente como la hegemonía de los grandes metarrelatos universalizantes, la conclusión de Lyotard, que “el poder ejercido por esos relatos […] es totalitario y conduce inexorablemente a horrores como el del Holocausto” (Payne, Ponnuswami, Payne, 2002:443) se torna comprensible, empero no por ello correcta. Sin lugar a dudas, el poder de la verdad ha de ser separado de las formas de hegemonía en el interior de las cuales funciona, no obstante, hacer equivaler Modernidad a un discurso totalitario y dictatorial significa desconsiderar que ella, en tanto movimiento compuesto, se fecundan y repelen, estableciendo entre sí todo tipo de relaciones, múltiples corrientes y contracorrientes.

Una cosa es indudable: Auschwitz es un acontecimiento estremecedor y horroroso, que nos obliga a considerar la pertinencia y el alcance del llamado pensamiento occidental heredado. Sin embargo, lo anterior no autoriza a invalidar, de modo indiferenciado, el conjunto de concepciones filosóficas, políticas, económicas, etc. forjado a partir del siglo XVIII. Reducir los logros y avances del humanismo a los modos de producción dominantes y los llamados métodos e instrumentos de dirección de masas, es desconocer la magnitud y complejidad de los alcances de éste. La repercusión del proyecto moderno, por ejemplo, va mucho más allá de instaurar determinadas prácticas discursivas dominantes, sino que apuntan a consolidar lo que Foucault (1991) ha distinguido como una actitud, un ethos, equivalente, a grandes rasgos, a la “mayoría de edad” (Unmündigkeit) kantiana. La relación entre Ilustración y crítica, tal como se encuentra en el propio Foucault, pero asimismo en Judith Butler (2001), apunta en la misma dirección.

La consideración parcial o insuficiente tanto de los antecedentes históricos para Modernidad como de su herencia ilustrada, al igual que la definición de Modernidad fabricada exclusivamente a partir de consideraciones epocales, contribuyen a oscurecer el debate en curso. A modo de ejemplo, reparar en que el Holocausto formalmente lleva las marcas de la organización racional no permite afirmar algún tipo de relación causal o determinista entre Auschwitz y Modernidad. La tan necesaria discusión sobre estas relaciones, de este modo, es tergiversada y obstruida en sus inicios y queda a la espera de consideraciones más diferenciadas.

NOTAS

1 Ya Hannah Arendt (1951) destacó el carácter experimental de los campos de concentración señalando que éstos servían al aparato total de dominación en cuanto laboratorios, en los cuales se ensayaba la pertinencia y viabilidad de la demanda fundamental, planteada por los sistemas totalitarios, acerca de la posibilidad del dominio total del hombre y, en última instancia, de que todo era posible.

2 Se empleará, en lo que sigue la expresión “holocausto”, derivado de holókaustos, “completamente quemado”, siguiendo una convención terminológica ampliamente establecida sin por ello negar la pertinencia de sus diferencias con el vocablo “shóa”, derivado de la lengua hebrea, más próximo al significado “catástrofe”. Con respecto a esta discusión véase, por ejemplo, Jäckel (1998), Heil (2002) y Friedländer (1990).

3 El antisemitismo, en tanto fenómeno global y de larga data, es una explicación necesaria pero insuficiente del holocausto, ya que éste, como destaca H. Arendt (1986b), no tiene ni precedentes ni ejemplos históricos que se le semejen. El que el deseo de aniquilación recaiga sobre los judíos, de acuerdo a Z. Bauman (1992a), guarda relación con las condiciones constituyentes propias de Modernidad y no, como se ha pretendido, con un antisemitismo abstracto, indistinto y suprahistórico.

4 Un “pogromo”, del ruso ïîãðîì, “demoler”, consiste en el linchamiento multitudinario, espontáneo o premeditado, de un grupo particular, étnico, religioso u otro, acompañado de la destrucción o el expolio de sus bienes (casas, tiendas, centros religiosos, etcétera).

5 La idea del exceso evoca el sin-sentido, el excedente, el residuo, lo abyecto, lo que rebasa el dominio, transparente y calmo, de la racionalidad clásica.

6 Con este viraje epocal, la figura del experto o del tecnólogo social experimentó una revalorización tan drástica como significativa. La medicina, en la medida en que lograba mantener intactas sus pretensiones de ser una ciencia fáctica, empírica, gracias a disponer de una fuerza definitoria suficiente, capaz de determinar la norma y su desviación, llegó a adoptar una función decisiva y de liderazgo en el canon de las ciencias modernas reunidas en torno a la consecución de los ideales modernos.

7 Toda la sistematización del ejercicio del terror y de la violencia absoluta culminaba en la supresión de la frontera entre la muerte y la vida. Los presos, tal como consta a partir de los numerosos ejemplos aportados por la literatura testimonial, existían al modo de “cadáveres vivientes”, situados en una especie de zona intermedia, situada entre la vida y la muerte. Dado que en una organización total como ésta todo apunta y está orientado hacia la muerte, ésta paradojalmente se vuelve superflua. Así, el Muselmann (Agamben, 1999), en tanto figura emblemática de los presos del KZ, da cuenta de la transformación antropológica del hombre. Únicamente capaz de reacciones mecánicas, involuntarias, capturado en un estado de agonía mental y de abandono social, la unidad corporal se disuelve, espíritu y conciencia experimentan una inmolación interna, el alma se destruye y se desintegra en apatía absoluta. Empero, la vez, la muerte señala el límite del poder absoluto. Dado que no puede disolver definitivamente la muerte, el factum antisocial en sí, éste siempre tiene que definir nuevos grupos victimarios, entregándose a una vorágine incontenible e insaciable de destructibilidad, en última instancia exterminándose a sí misma.

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