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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.32 Osorno jul. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012011000100007 

ALPHA Nº 32 Julio 2011 (87-90)

ARTICULO

AGUA DE NADIE1

Enrique Valdés


No es para quedarse con los brazos cruzados cuando, de la noche a la mañana, te comunican que desean prescindir de tus servicios y te invitan, con una sonrisa benevolente, a presentar una renuncia voluntaria. “Así tendrá Usted derecho a desahucio, y pasados dos o tres años ya nadie se acordará de esto”. “Ojalá, señor abogado, pero cómo me las arreglo mientras tanto”. Cosa mía, por supuesto. Tenía que colocarme la máscara del no importa y tomar ese aire de persona cuyo destino está mucho más allá de los límites de un empleo. Y antes de que aquel funcionario minúsculo terminara su disertación acerca de las dificultades del momento, le arrebaté el Bic que bailaba entre sus manos y le firmé el expediente, sin rebajarme a su lectura. Haciéndome el distraído me puse el lápiz en el bolsillo superior del vestón y agradecer la entrevista con una reverencia, desde la puerta de salida.

Ahora se trataba de arreglárselas con lo uno que tenía. Una casa modesta no era poco en estas circunstancias. Y putas que te agradezco, flaca oh, que le hayas puesto tanto pino a la compra. Y déjate del cafecito y de las pílsener al mediodía, que primero está el futuro. Maldito futuro el que nos esperaba. Ni que hubieras sido adivina. ¡Cuántos cafecitos me dejé de tomar, cuánta amistad que ahora me hace falta! Pero no te vas a poner sentimental en este trance, pelotudo. A ponerle el hombro que en tu puta vida le pusiste. De eso se trata.

La idea se me ocurrió en el patio, mirando con nostalgia los pescaditos de color que se divertían en el centro de la pileta, el único atributo artístico de la casa. Para ellos el espacio era suficiente. Hasta podían cambiar de lugar, desde una a otra hoja de la planta de loto que se luce en la mitad con la estricta prohibición de crecer. Juan no se entusiasmó en absoluto con la idea, pero era un recurso que nos otorgaba esa pileta, gentileza de la casa, como dicen en los bares. Lo primero que pensamos fue poner un negocio. Pero de qué. Todo funcionaba a expensas del capital que no aparecía por ninguna parte. A Juan se le ocurrió lo de las pizzas, que no había en la ciudad y que, por lo tanto, era grito y plata. No había que ser economista para encontrarle toda la razón, porque con los precios que hay ahora para lo único que sirve el sueldo es para comer. Nada de ropitas de niños, ni tiendas de juguetes, ni librerías, ¡Qué exquisitez!

Juan conocía muy bien el rubro de restaurantes y sabía mucho de pizzerías. Tenía la sagacidad cazurra del viajero que parece estar de vuelta de todas partes. El único inconveniente era su salud. Con el infarto que se mandó poco antes del golpe, no se le podía explotar de ninguna manera. Como es de sencillito, un día se le ocurre dejarme solo y el negocio se iba a las pailas por mi culpa. Hasta en su sangre persisten las huellas de ese susto y así la presión le sube a ochenta como la baja a seis que, en términos simples, significa que en un caso le falta poco para que se convierta en prietas y, en el otro, en agua. La cosa es que por estas razones no tuvo ningún futuro la sociedad con Juan, aunque las ganas no me faltaban.

Cuando se me ocurrió la idea de aprovechar nuestra pileta, dejé de lado mi incertidumbre y me aboqué de lleno a la obra. Empecé por apoderarme de un viejo colador de cocina abandonado en la despensa. Anduve varios días con él debajo de mi abrigo, esperando el momento de actuar. La tarde propicia llegó con un crepúsculo oscuro: el que necesitaba. Lástima que era Juan el que me acompañaba, pues nunca se había mostrado audaz frente a las adversidades.

La fría tarde recluía a la gente en sus mansiones. Los vehículos pasaban furtivamente rompiendo apenas esa quietud de claro de luna, tan cara al alma del bandolero.

- Acompáñame a la plazuela -le dije-. Tengo que hacer algo.




Y sin permitirle que lo asaltaran sus dudas contaminando mi decisión, lo llevé hasta la pileta.

Un farol pequeño iluminaba ese recinto de tantas variedades de peces de color. Algunos eran enormes como truchas; otros delicados, amarillos, blancos, rojos. Un acuario envidiable a un metro de profundidad. Los conocía muy bien. A veces había venido hasta aquí con los niños y, mientras ellos se divertían, observaba algunas de sus costumbres. Cerca de la pileta le conté a Juan el proyecto

- Voy a vender pescaditos de color.
Allí mismo se espantó.
- ¡No me digas que vienes hasta aquí para pescarlos…!







No contesté. En ese momento debía nacer a la vida otra vez, armado por la imaginación y la experiencia que debería comenzar a utilizar después del cataclismo. Ya no tenía que ensayar la sonrisita del no importa. Era esa sonrisa, certeramente. Y le ordené

- Quiero que tú vigiles, por si aparece alguien.




Se me quiso achaplinar. Pero cuando me vio sacar el colador desde mi atuendo se separó de mí como si nunca me hubiese conocido. Quedé solo frente a mis enemigos, pero seguro que iba a vencerlos. Mi primer error consistió en el cálculo de las dimensiones de esa pileta que triplicaba a la mía. De modo que cuando los peces se dieron cuenta de que eran perseguidos, iniciaron una retirada espectacular que me obligaba a cambiar de posiciones a cada rato. Poseían una habilidad sorprendente para escabullirse al rincón opuesto, de manera que rápidamente quedó a las claras la deficiencia de mi aparato. Me obligaban a desplazarme por las orillas y proferir gritos para ahuyentarlos desde sus escondrijos.

Poco a poco la noche se fue poblando con mi febril actividad, que despertaba a los curiosos y los atraía al lugar. A medianoche tenía todo un contingente incondicional de amigos o enemigos que repletaban las orillas de la pileta y sonreían burlonamente. Uno de ellos me dio su bastón y un alambre. “Es muy corto el suyo”, dijo. Hice la añadidura con rapidez, mientras observaba que los colorados se habían replegado en un rincón que me era propicio. Les cerré la retirada de manera que al salir caerían en la trampa. Así logré aislar a uno que me pareció doblemente hermoso. Bajo sus aletas ostentaba unos hilos brillantes que parecían los mostachos de un luchador. Bastó un solo coletazo del animal y cedió la amarra del colador y el pez huyó limpiamente. “¡Qué solución me ha dado usted!”, grité. El hombre se disculpó notoriamente avergonzado. “Yo puedo ayudarlo” -me dijo otro-. “Puede servirle mi pañuelo”. Lo acepté para reiniciar el ataque. La oscuridad se hacía más intensa con el apagón de algunas luces indirectas. Después tendríamos el peligro del amanecer con todos los cuidadores y guardias sobre nosotros. Extenuado ante el fracaso de mis tentativas, no me quedó otra cosa que reconocer mis limitaciones: “Necesito un aliado” -dije. La gente curiosa se empezaba a aburrir, decepcionados de mi táctica y de mi poco valor. Yo no tenía nada que mostrar, fuera de mi odio desenfrenado a esos diablillos escurridizos, teñidos por colores agresivos. Mi último recurso fue ordenar: “Busquen a Juan que está de loro”. Alguien que fue por él volvió muy rápido para decirme: “Desertó”. Y reconociendo la adversidad de mi suerte, continuaba dándome los aires de un coronel con todo su ejército detrás. Sin mediar ningún detalle de importancia, me empezaba a ver como un cobarde, de bruces sobre la pileta, agrandando el poder ya destruido de mis ojos. “¡Cómo no van a tener una linterna!”, grité, horrorizado ante el peligro de quedarme sin ninguno de los que buscaba. Un poderoso haz de rayos luminosos llenó el rincón donde se paseaba el pescado de los mostachos enormes. Estaba tan calladito y al mismo tiempo tan asustado, que me pareció ver a Juan. El corazón le subía y bajaba como un viejo fuelle. Lo arrinconé, le rasgué las escamas y, con furia, le pegué con el palo del colador en los ojos. No había nada que hacer. Otra vez había fracasado.

Una actitud de piedad se reflejaba en los ojos de los mirones. Otros mostraban sus rostros enrojecidos por la ira y el desencanto. Planeaban el desquite, el castigo y la venganza contra quien lo había seducido con la posibilidad del éxito. Ya era tarde para reconocer que los había defraudado. Pero en lugar de retirarme en silencio y soportar la expresión elocuente de sus risas, elevé el inservible cucharón y lo lancé como un escudo sobre la cabeza del que me ayudó con el pañuelo. Sentí la indignación de todos ellos y, como si hubiera pedido la ayuda que necesitaba, me vi apoyado por muchas manos enérgicas y poderosas que me pusieron en el centro de la pileta, en una lucha cuerpo a cuerpo con mis enemigos. Aquí estaba ahora, sumido hasta el pecho en la misma agua de los peces de color, mientras ellos resbalaban sus escamas heladas entre mis piernas. A mi alrededor se hizo un perfecto silencio, interrumpido de vez en cuando por los vehículos que comenzaban a transitar.

La derrota estaba consumada.

Apoyándome en las orillas de la pileta, gateando para no ser sorprendido por alguna luz indiscreta, logré salir desde el agua. Entre los árboles apareció Juan, como un pájaro sonámbulo que deseaba consolarme. “No servimos para nada, hermano, para nada”. Caminé, sin mirarlo, hacia el lugar por donde venía subiendo la amanecida, buscando el camino de mi casa. Cuando estaba cerca de ella, sentí que algo se movía en uno de los bolsillos mojados de mi chaqueta. Estaba lleno de agua; pero allá adentro, un pescadito de mostachos enormes agonizaba en medio de burlonas contorsiones.2

NOTAS

1 El legado literario de Enrique Valdés es la poesía de Permanencias (1968), de Avisos luminosos (1986), de Materia en tránsito (1998); la narrativa de Ventana al Sur (1975), de Trapananda (1985), El trino del Diablo (1985), Solo de orquesta (2002), Calafate (2006) y los relatos de Agua de nadie (1996). Su escritura es ficcionalización de lares propios y de exilios y del modo cómo la memoria, la vida y la historia dejan su huella sólo en quienes minuto a minuto no dan la espalda a la brevedad de la existencia, tal como se aprecia en este cuento que da título a su colección de relatos y que hemos seleccionado —en su homenaje— con autorización de María de Los Ángeles Araya Osorio.

2 Enrique Valdés. Agua de nadie. Concepción: Aníbal Pinto, 1996:97-102.