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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.27 Osorno dic. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012008000200017 

 

ALPHA Nº 27/ Diciembre 2008

RESEÑAS

 

Martín CAPARRÓS. A quien corresponda. Barcelona: Anagrama, 2008, 319 pp.



Ewald Weitzdörfer
Kempten, (Alemania)

Dirección para Correspondencia



Más bien una dedicatoria que un verdadero título de novela son las tres palabras en la portada del nuevo libro del autor argentino Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957). Y, en efecto, el relato no trata de un mundo creado por el novelista en el sentido de la “mimesis” de Auerbach, sino de la realidad argentina de los últimos treinta años. “Este relato debería ser pura ficción. Sería fantástico” se lee al pie de la primera página, que presenta dos citas, la una del nuncio apostólico en Buenos Aires de 1977 y la otra del historiador suizo Jacob Burckhardt de 1877. El libro corresponde, pues, a los argentinos que vivieron estos tiempos horrorosos de la dictadura militar de a 1982 que, por desgracia, no eran ficción sino pura realidad: los tiempos de los desaparecidos (“esa palabra... único aporte patrio al léxico global”, 261) y de las famosas madres de Mayo.
Treinta años después, el narrador Carlos Hugo Fleitas –un sesentón y antiguo militante de la izquierda revolucionaria– revitaliza ese tiempo.

Estela, su mujer embarazada, había entrado en el temido chupadero Aconca-gua, uno de los peores del país y había desaparecido como muchos otros. Ahora, Carlos busca todo tipo de información para saber lo que pasó con su esposa y con su hijo. Entra en contacto con antiguos compañeros como el abogado Juanjo, que se adaptó al sistema de los vencedores y que, por su influencia en la sociedad actual, puede abrirle caminos en su investigación. Poco a poco, las indagaciones de Carlos se concentran en el padre Augusto Fiorello, el cura de Tres Perdices, un pueblo perdido en el vasto mapa de la geografía argentina.

Este sacerdote había sido el capellán oficial del Aconcagua, por convic-ción –dicho sea de paso– porque consideraba la represión de la dictadura una cruzada contra la influencia anticlerical e, incluso, atea de la izquierda comunista. Iglesia tenía que defenderse contra esas hordas terroristas.

Como otro Hamlet, Carlos aplaza cada vez más su venganza buscando el contacto con Estela y su consejo –en diálogos imaginarios– que le ayu-darían en su decisión. Igual que un leitmotiv, los términos “ese olor” (¿De ca-dáveres?) y el Mal (con mayúscula) acompañan el largo proceso de su camino hacia la venganza. El lector, que quiere saber lo que pasó con Estela y con su hijo/hija y quién mató al padre Augusto Fiorello (el primer capítulo ya informa sobre la muerte del sacerdote) siente satisfecha parcialmente su curiosidad. Las siete puñaladas que dieron muerte al padre fueron muy probablemente el acto de Carlos a pesar de la inculpación de un ingenuo joven negro ante la policía. Por algunas indicaciones entre líneas, la chica Valeria –que viene a casa de Carlos cada jueves para hablar y para sesiones de sexo oral– podría ser su hija. Pero la curiosidad del lector en cuanto al destino de Estela, la desaparecida, queda frustrada hasta el final. Y esto no está sujeto a la responsabilidad de Caparrós.

El libro, magistralmente escrito en una prosa siempre original, entre vulgar y poética, con la palabra adecuada en cada momento, es un testimonio actual de que el presente argentino todavía no ha superado el pasado. Al igual que los libros de la memoria en España, la intención de este libro es que en el presente no se olviden los agravios cometidos en el pasado. El futuro dirá si este método podrá servir de base para una paz interior duradera en el país o, más bien, para nuevas confrontaciones.


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