SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número27EL ESCRITOR SOLDADO: LA CONFIGURACIÓN DE UNA IDENTIDAD IDEAL EN LAS HISTORIAS DE LA LITERATURA COLOMBIANA“AMADA EN EL AMADO TRANSFORMADA”: UNIÓN DE LOS AMADOS EN POESÍA DE SAN JUAN DE CRUZ Y SU PRESENCIA EN VENUS EN EL PUDRIDERO DE EDUARDO ANGUITA índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.27 Osorno dic. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012008000200012 

 

ALPHA N° 27 Diciembre 2008 (187-197)

NOTAS



TEORÍA Y CRÍTICA DE LA LITERATURA EN EL CONTEXTO DE LOS ESTUDIOS LATINOAMERICANOS (Aportes para una discusión)

Sergio Mansilla Torres*
Universidad de Los Lagos*
Departamento de Humanidades y Arte
Centro de Estudios Regionales, Osorno (Chile)


Dirección para Correspondencia




1. Estos apuntes pretenden ser insumos que contribuyan, espero, a alimentar el debate en torno al rol de los estudios de literatura –de teoría y de crítica– en el contexto de los estudios de humanidades que se desarrollan en universidades y centros académicos similares ubicados en aquella área geográfica y cultural conocida como América Latina. Se trata de reflexiones al vuelo suscitadas por el trabajo “Estudios latinoamericanos y nueva dependencia cultural (apuntes para una discusión)” (2007) de mi colega Nelson Osorio. 1“Me remito a la solidaria comprensión de mis colegas, de quienes espero las observaciones, sugerencias” (253), dice Osorio en una explícita invitación a aportar a la vasta tarea de pensar la cultura y la literatura de América Latina de modo de ir construyendo un gran tinglado crítico y teórico que nos saque de la dependencia cada vez más aguda, en estos tiempos de globalización galopante –aunque también crecientemente contestada– de los centros metropolitanos de producción, administración y, sobre todo, legitimación del conocimiento avanzado en materias tan sensibles como la teoría y la crítica literaria y cultural. Digo sensibles, por cuanto éstas no constituyen campos disciplinarios que tengan lugar (digamos, que acontezcan y produzcan efectos) sólo dentro del restringido mundo de la universidades, de los congresos de especialistas o de la clase magistral. Primariamente, y en última instancia, acontecen como prácticas sociales que alimentan la creación estética y el pensamiento crítico a la hora de escribir y leer literatura y/o a la hora de ser interpelado por tramas semióticas de la cultura y sus discursos, tramas que, de uno u otro modo, nos determinan como sujetos políticos en el escenario de la vida en sociedad.

De manera, entonces, que quienes hemos optado por los estudios de literatura como oficio de vida (y en mi caso, además, por la creación poética) tenemos la responsabilidad intelectual y ética de comprender (y ayudar a hacer comprender a nuestros estudiantes, a nuestros lectores, si es que hay algunos por ahí) que la teoría y la crítica literaria y cultural son prácticas textuales que en última instancia tienen que ver con cómo nos representamos –y consecuentemente cómo modificamos– el mundo que nos ha tocado vivir (o, por lo menos, sus significaciones), a partir en principio, de la lectura de textos literarios pero, también, de todas aquellas hablas, formalizadas o no, que constituyen aquello que podemos llamar la semiósfera de nuestra vida social y cultural.

Hace ya algún tiempo escribí un libro con el explícito propósito de defender la enseñanza de la literatura en la escuela chilena, en todos los niveles; literatura que, en virtud de una serie de reformas curriculares y doctrinarias realizadas de un tiempo a esta parte desde el aparato político administrativo de la educación chilena, ha ido quedando relegada, cada vez más, al cuarto de los cachureos desechables en beneficio de la comunicación, entendida esta última casi siempre como una práctica lingüístico-discursiva orientada a formar lectores y redactores de textos funcionales en un sentido muy restringido y no a reflexionar, con el lenguaje, sobre el sentido mismo de la relación discursiva y comunicativa que establecemos con nuestros semejantes y con las cosas del mundo en lo referente a comprender al otro y a nosotros en y con el otro. 2 No viene al caso reiterar aquí los argumentos desarrollados en el libro. Sí consignar que en esta ocasión mis notas estarán dirigidas a debatir o, más bien, a comentar algunas de las afirmaciones de Osorio en relación con el campo de los estudios de literatura, sobre la base del supuesto de que el texto u obra literaria es el necesario punto de partida y de llegada de todo escrito que se precie de ser teoría y/o crítica literaria. No me referiré a los “estudios latinoamericanos” en tanto problemática en sí misma, sino, sólo, como el necesario marco dentro del cual los estudios literarios latinoamericanos, a mi parecer, cobran sentido y razón. Tampoco me detendré a debatir sobre conceptos como experiencia estética y similares o sobre las diferencias entre texto y obra, entre las nociones de teoría literaria y teoría de la literatura o si la crítica y teoría son en rigor prácticas distintas o sólo aspectos diferenciados de la misma acción de hacer sentido sobre la práctica de escribir y/o leer literatura (con todo, para efectos de estas notas, más adelante hago un distingo operacional entre teoría y crítica). Se trata de aspectos sobre los que existen ya viejas y abundantes discusiones. Dejo, pues, al lector la tarea de indagar sobre estas finezas conceptuales en la medida en que lo requiera en función de su particular manera de tratar con la literatura, con la crítica y con la teoría que de ella se construye. 3

2. Desde el siglo XIX mucho se ha hablado sobre la necesidad de que los estudios literarios latinoamericanos (y la propia literatura, por cierto) se construyan a partir del reconocimiento de la diferencia cultural de este nuestro continente mestizo, de manera que las disciplinas de la teoría y la crítica literarias adquieran un sello particular, dado por la especificidad cultural desde donde se construye el discurso teórico y/o crítico: el espacio identitario de América Latina en este caso. Y de paso ––como lo reclama Osorio con documentados e incontestables antecedentes–– terminar con la dependencia conceptual y metodológica, intelectual en suma, así como con la dependencia institucional de legitimación de los estudios literarios a través de la asunción de sistemas ajenos de indización de publicaciones (ISI es un caso paradigmático), algo que a la larga termina favoreciendo, una vez más, a la academia primermundista.4

Estando, en lo fundamental, de acuerdo con el reclamo político e identitario de Osorio, considero ideológicamente peligroso –por el riesgo del monocentrismo excluyente– abogar por la asunción de “una perspectiva latinoamericana” que operaría como “un espacio teórico ideal, una suerte de invariante motivadora y axiológica, en función de la cual serían posibles […] muchas variables, puntos de vista, opciones metodológicas, etc.” (255. Las cursivas son mías). Se acepta, pues, la diversidad como un hecho natural y necesario siempre que sea sobre la base de una unicidad “invariante” que registre y dé continuidad a una cierta singularidad latinoamericana que, pareciera ––a juzgar por lo que expone Osorio–– se perfilaría con el sello del mestizaje, de la heterogeneidad textual-cultural, del hibridismo (esto por encima de las querellas que estas nociones han suscitado en el debate sobre la(s) identidad(es) latinoamericana). Aquí es donde veo un problema. ¿Cuál podría ser el contenido(s) específico de esa “propuesta de identificación, de diferencia” (255) que habría que establecer conscientemente para, desde este “punto de hablada” ––noción que Osorio toma de Ortega y Gasset–– elaborar trabajos que finalmente den paso a la construcción de una teoría y una crítica literaria genuina y reconociblemente latinoamericana?

Ni el mestizaje ni conceptos afines o similares a éste, que describen procesos socioculturales en América Latina efectivamente acontecidos y/o en pleno desarrollo, constituyen ––a mi entender–– claves de diferenciación suficientes para sustentar una praxis crítico-teórica específicamente latinoamericana de la literatura. Y no lo son, pues, por encima de las discusiones sobre el significado preciso de nociones como mestizaje, hibridismo y otras que pertenecen al mismo campo semántico en el contexto de la historia y sociedad de América Latina, éstas son categorías que describen procesos civilizatorios y culturales permanentes, de ninguna manera exclusivos de Latinoamérica. Por cierto, las especificidades históricas de América Latina no se pueden ignorar a la hora de leer (entiéndase “leer” en el sentido disciplinario avanzado del término) literatura latinoamericana, sobre todo, si la lectura busca elucidar las relaciones de sentido entre texto y sociedad. Sin embargo, el reconocimiento de tales especificidades lo veo más como una exigencia que emerge de las realidades referidas por la literatura misma, del tipo de conflictos humanos y sus marcos de referencias históricas y culturales que abordan las obras concretas, y no como una perspectiva “invariante” desde la cual construir teoría y crítica.

Más que buscar especificidades latinoamericanas que sustenten una crítica y una teoría literaria culturalmente diferenciada, prefiero pensar en actitudes epistemológicas sustentadas en convicciones políticas que trabajen en función de leer literatura como una trama de signos-huellas de las vidas de quienes hicieron posible que un determinado autor pudiera escribir lo que efectivamente escribió, en términos de iluminar las relaciones de poder y las perversiones de éste en un escenario histórico y cultural dado, transnacional, nacional y/o regionalmente situado, de cual el texto deviene –diciéndolo latamente– un registro, documento, alegoría, metáfora o metonimia. Asimismo, me parece que las elecciones estéticas y retóricas con las que el autor da forma final a su obra tendrían que ser sometidas a un tipo de “juicio político” en el sentido de visibilizar críticamente los signos reveladores de sus aciertos y fracasos a la hora de textualizar el mundo; en rigor, su mundo, el que, siendo privado y personal en su origen, al ser convertido en literatura se vuelve un bien público –al menos en aquellos aspectos que han sido efectivamente literaturizados– que queda disponible a los otros, a los lectores, para que se identifiquen intelectual y afectivamente con él o, en su defecto, se distancien de él o abiertamente lo rechacen. No obstante, los aciertos y fracasos estéticos adquieren sentido sólo si lo estético se lo ve como resultado de un conjunto de decisiones representacionales tomadas por el autor, las cuales desbordan los límites de su vida estrictamente privada; decisiones que, en definitiva, se traducen en una performance lingüística y simbólica pública que afecta, sea con alcances vastos o muy menores, el paisaje de las significaciones y emociones compartidas por una comunidad determinada. La literatura es, esencialmente, un hecho colectivo; sus mundos son de propiedad social, aunque se los viva como experiencia personal de realidad.

Toda obra artística, y la literatura no es la excepción, desde luego, comporta una promesa de plenitud. Hablo de la celebración de la emoción que nace del hecho de que el texto literario provee elementos para una “visión” reveladora de una cierta experiencia con las cosas del mundo que los textos no literarios, en tanto se los lea atendiendo exclusivamente a su funcionalidad comunicativa original, no pueden proveer. La experiencia estética provista por la literatura arranca, precisamente, del hecho de que ésta, la literatura, se presenta como un laboratorio de palabras que desafían la relación semiótica e ideológica acostumbrada, no problematizada, ajena a la extrañeza de la imaginación literaria, que nuestro yo construye y vive con las materialidades del mundo que conforman nuestra circunstancia vital. Esas palabras, en la medida en que despliegan mundos posibles, vienen a rubricar la distancia existencial insoluble entre la subjetividad y la realidad material del mundo que está “allá afuera”, distancia que sólo halla solución cuando se la textualiza como ficción poética, narrativa o dramática; o cuando, como acontece en los géneros referenciales, se atestigua la particular relación “incompleta” que el yo establece con el mundo; relación cuya plenitud última sólo se consigue –pero siempre de manera transitoria, en el instante de la fantasía o del testimonio que emociona y hace pensar– movilizándola como material formante de un texto en el que otros también se leerán a sí mismos en su incompletud relacional con la realidad de sus propias vidas. La promesa de plenitud opera, pues, como una interpelación en orden a hacer realidad un cierto comunitarismo humano en el pensar y en el sentir sobre aquello que la literatura textualiza, algo que habla mucho de las ilusiones (y desilusiones) que permean y conforman la conciencia colectiva de una sociedad dada en un momento concreto de su historia. Tales ilusiones, y sus reversos, son indicadores de determinados modos de vivir simbólicamente las circuns-tancias que dan razón de ser a la literatura, indicadores en los que el crítico literario tendría que indagar atendiendo a su proceso de retorización: una manera de no perder nunca la necesaria conexión que la literatura tiene siempre con la vida.

Siguiendo en el intento de perfilar los rasgos de las actitudes epistemológicas de veras productivas al momento de leer literatura, viene al caso insistir en la conciencia crítica de la crítica. Estar siempre des-confiadamente alerta ante los métodos y resultados obtenidos de un determinado ejercicio crítico es una necesidad cuya satisfacción el crítico o el teórico de la literatura no puede desatender. Quiero decir, es sano para los estudios literarios someter los propios discursos críticos o teóricos a la estrategia de la “falsación” (Popper dixit), de manera de minimizar el riesgo de que determinados conceptos, métodos y líneas de interpretación se conviertan en prácticas dogmáticas que, cuando se las lleva al campo de la enseñanza de la literatura, se vuelven dispositivos de domesticación de la imaginación literaria (del estudiante en este caso). Dicho con una fórmula: ni la crítica ni la teoría literaria podrían dejar de ser metacrítica y/o metateoría sin perder sus rasgos propiamente críticos, vale decir, sin abandonar su condición de praxis emancipatoria del pensar y del sentir.

Si todo esto se hace, además, desde un locus en el cual las discursividades críticas hallan sus puntos de fuga y de retorno, de manera que dicho locus no sea un mero dato extratextual sino una categoría que funciona como eslabón clave de la cadena semiótica que el crítico se empeña en construir, estaríamos, quizás, entrando a un terreno mucho más amable, más masivamente pertinente, en el campo de los estudios literarios latinoameri-canos, especialmente a la hora de formar nuevas generaciones de críticos y teóricos. Y este locus no podría ser sino el “punto de hablada” histórica y culturalmente identificable como las condiciones de realidad en las que se escribe, lee y reflexiona. Así, la latinoamericanización de los estudios literarios (y de cultura) que reclama mi colega Osorio sería, en rigor, la consecuencia de una radical actitud política de compromiso con la humanidad situada (o en situación, sería tal vez mejor decir) de la que los textos no son sino registros-promesas puestos en formato estético según convenciones literarias preexistentes más o menos respetadas y/o violentadas, según el caso. Pienso, sobre todo, en una forma de leer sobre la base de una conciencia historizada, políticamente comprometida, dialógica y dialéctica, que evite o, al menos, reduzca aquel esteticismo fetichista que convierte los mundos literarios en abstracciones disponibles para el escalpelo de estudios asépticos, preocupados más del cumplimiento de rituales filológicos que de leer el mundo en el texto y el texto en el mundo. Después de todo, la escritura literaria, más allá de sus formalizaciones retóricas, responde a urgencias y/o a exigencias históricas concretas, a las realidades de cuerpos humanos que pensaron, imaginaron y sintieron (los verbos se pueden también conjugar en presente y futuro) y no a supuestas idealidades estéticas desconectadas del devenir cotidiano de la vida.

3. No puedo sino coincidir con Nelson Osorio en su reclamo por la carencia de una sistematización histórica del pensamiento crítico y teórico sobre literatura que se ha venido elaborando en América Latina desde hace muchos años. Asimismo, los precarios medios de conocimiento mutuo entre personas e instituciones dedicadas a los estudios literarios hablan mal de nuestros centros universitarios; mal, sobre todo, de nuestros gobiernos que, con excepciones (Biblioteca Ayacucho, Venezuela) no parecen interesados en fortalecer los estudios críticos en humanidades (¿Será que resultan demasiado incómodos para el stablishment?). Lo que se escribe, se difunde más mal que bien en revistas universitarias o libros que circulan, con suerte, entre un puñado de especialistas y uno que otro estudiante que sobrevive a contrapelo de la tendencia sistémica a convertirlos en sujetos técnicamente eficaces y críticamente analfabetos. Si bien la internet ha facilitado muchísimo la difusión de muchos trabajos (de hecho, fue a través de este medio que tuve acceso al trabajo de Osorio) tal como el propio Osorio lo consigna, la mayoría de los cursos de teoría literaria siguen centrándose exclusivamente en tendencias, escuelas o líneas de pensamiento europeas y estadounidenses. No es precisamente ésta la mejor manera de estimular a que los estudiantes de letras conozcan el pensamiento crítico y teórico de origen latinoamericano


A mi juicio, para quienes nos consideramos intelectuales, investiga-dores y teóricos de la literatura, surge una nueva y apremiante responsabilidad: la de escribir una historia latinoamericana de la crítica literaria; es decir, conocer la tradición, toda la tradición de la crítica literaria, pero conocerla como latinoamericanos, desde América Latina, incluyendo nuestra historia (Osorio, 264).




Como se ve, no se trata de negarse al estudio de la teoría literaria originada en centros académicos del primer mundo; al contrario. Pero, como ya Martí había certeramente reparado en su momento, conocer al otro va de la mano con darse a conocer a ese mismo otro, de modo que el diálogo intelectual sea justamente eso: diálogo y no imposición colonial de determinadas formas de pensar y de proceder. Hay, entonces, varias tareas apremiantes, además de escribir una historia latinoamericana de la crítica literaria: producir crítica, producir teoría, generar condiciones favorables a la difusión y al mejoramiento de la calidad de la comunicación entre especialistas y con estudiantes. Separo, en este caso, la teoría de la crítica pues estimo que constituyen, operacionalmente al menos, prácticas textuales distintas, aunque sean, como de hecho son, interdependientes. Me atrevería a sostener que la teoría literaria, entendida como práctica textual original en la que se discuten conceptos y perspectivas de base que buscan dar cuenta de la naturaleza y funcionamiento de los distintos tipos de textos y discursos entre los cuales los literarios tienen un lugar central, en nuestro medio –me refiero al chileno– no abunda en absoluto, con las debidas excepciones que el caso amerita desde luego. 5 Producir teoría de la literatura (o teoría literaria) constituye, entonces, una urgencia inmediata. Tarea que implica, desde mi punto de vista, diferenciar bien entre estudios literarios y estudios culturales y apostar por la relevancia insustituible del texto literario “duro” en tanto material fundamental para la elaboración de la teoría y la crítica.

Osorio considera que los “estudios culturales” son “una de las más exitosas líneas de exportación de ideología académica [desde EE.UU.] para los estudios académicos [en América Latina] en el último tiempo” (274).

No soy tan radical en este punto. Exportación o no, los estudios cul-turales, sean estadounidenses o de cualquier otro origen, aun admitiendo su carácter ideológico y no científico (Cfr. Osorio), constituyen un campo de trabajo que, si ha existido hasta ahora, es porque generan un tipo de saber que no es simplemente asimilable a la antropología, a la sociología cultural o a cualquier otra disciplina cercana a los “estudios culturales”. Que sean ideológicos no es en sí un demérito, considerando que en las –llamémosle– ciencias de la vida humana en sociedad no hay una línea estable que separe tajante e inequívocamente lo que sería “ciencia” y lo que sería “ideología” y, además, si un estudio cultural resulta ser “ideológico” en el sentido degradado del término (digamos, una “falsa conciencia” convertida en doctrina de la verdad deliberada e interesadamente sustentada por agentes con poder) quedaría, en todo caso, sujeto al escrutinio público, tarea ésta que sí es de responsabilidad de quienes nos dedicamos a estudiar los signos y su funcionamiento en el mundo social.

Sí sería inaceptable subsumir los estudios de literatura en el mare magnum de los estudios culturales con el argumento de que la literatura es un hecho cultural. Claro que lo es. Pero eso no impide, no debe impedir, reconocerle a la literatura su naturaleza textual y retórica especializada, cuya compleja constelación de sentido no es comparable con la de otros textos o signos culturales sino sólo en aspectos parciales muy específicos. Defiendo, pues, la prevalencia de la literatura como el punto esencial de partida y de llegada de nuestro empeño crítico y/o teórico por comprender la semiósfera de la sociedad que nos ha tocado vivir (la literatura del pasado, si se lee en el presente, es parte de nuestra sociedad). Si los estudios culturales se ocupan de la literatura, bien; pero habría que tener claro que un estudio cultural de la literatura no es necesariamente un estudio crítico o teórico sobre literatura, aunque, en definitiva, dependerá de si se está leyendo el texto o si el texto es tratado sólo como la circunstancia en la que acontecen hechos o procesos culturales que no son literarios.

Del mismo modo, mis simpatías no van con aquellos trabajos que hacen de la teoría literaria un fin en sí mismo. El exceso inflacionario de teoría revela, más bien, una pobreza creativa con la literatura en sí. Convertida literalmente en pretexto, queda ésta exiliada en la penumbra de una fraseología llena de tecnicismos y de abstracciones conceptuales que sólo vienen a evidenciar que la natural conexión entre el texto literario y el mundo que lo hace posible y del cual es, a su manera, registro se evapora en beneficio de una sobredosis de discurso que puede ser letal para la vivencia y comprensión de las experiencias estéticas con el lenguaje literario. Veo la teoría al servicio de las prácticas de escribir y de leer literatura, entendiendo que, por lo menos en nuestra modernidad, tales prácticas comportan una forma de actividad mental en la que la subjetividad se manifiesta como un todo imbricado, inseparable (excepto para fines analíticos: el pensamiento abstracto y la emocionalidad como componentes actuantes de la experiencia estética), a diferencia de otras prácticas textuales en las que subjetividad opera, en lo esencial, de manera fragmentada, con el evidente privilegio de los fines comunicativos o de persuasión pragmáticos.

Antes me he referido, al pasar, a la separación entre teoría y crítica. La idea es diferenciar entre la práctica textual que deliberadamente se propone como “teoría” y aquélla que, en lo esencial, se presenta como un ejercicio hermenéutico sobre obras o textos concretos. En esto hay, por cierto, mucho paño que cortar; pero en lo inmediato –y para los fines de estas notas– quisiera consignar que la crítica, si no quiere ser una exégesis parasitaria del texto comentado, ha de moverse en un delicado equilibrio entre el comentario-análisis del texto y la elucidación de las significaciones históricas, sociales, culturales, ideológicas que permean el texto desde su “afuera” (y que permean la propia textualidad crítica); significaciones que, al mismo tiempo, el texto registra y que incitan a examinar su retoricidad como un medio para hacer sentido sobre la experiencia de realidad suscitada y sustentada por el texto objeto de crítica. Emitir juicios sobre la eficacia estética de un texto es pertinente a la crítica literaria, aunque no siempre sea éste el objetivo de los estudios de literatura. A su vez, el desmenuzamiento al extremo de los elementos y relaciones que conforman la estructura de un texto puede ser un excelente ejercicio que contribuya a acrecentar la rigurosidad analítica a la hora de leer, y una excelente manera de describir los procedimientos textuales que dan forma al escrito estudiado; pero sería un error –y no sólo epistemológico– reducir el trabajo crítico a la mera descripción y análisis de los elementos constitutivos del texto en cuestión. Sostengo el aserto de que criticar literatura es hacer visibles y juzgar, en términos de su eficacia emancipatoria, los modos en que la complejidad de la vida deviene texto literario, disponible para el disfrute estético de lectores varios, en el entendido de que esos modos del devenir textual son signos reveladores de estructuras ideológicas y simbólicas que conforman una cierta trama de representaciones y de sentir con los que una comunidad humana concreta construye su “morada vital”.

Producir crítica, producir teoría, escribir la historia de la crítica y de la teoría en América Latina, y desde ella, son imperativos que no pueden ser ignorados, sin duda, por la comunidad de quienes nos dedicamos a los estudios de literatura. Como ya antes he sugerido, el trabajo de Osorio, apegado a un latinoamericanismo militante, apela insistentemente a la idea de que América Latina sería un mundo tan particularmente especial que si no se construye “un punto de hablada” desde esa singularidad, los estudios literarios y culturales producidos en nuestro continente poca o ninguna posibilidad tendrían de revertir la nueva dependencia cultural de América Latina en el contexto de la actual globalización, asimétrica por el lado que se le mire. Aunque esta apelación a lo latinoamericano no se reduce a esencializar una cierta diferencia (es, más bien, una propuesta de fundamento político de las disciplinas de la crítica y teoría literaria y de la institucionalidad en la que estas disciplinas se cultivan y desarrollan) no la comparto del todo por las razones ya antes expuestas. Se puede ser también “nacional por imitación”, como lo formulara alguna vez Roberto Schwarz. 6

Tarea, asimismo, para los centros académicos latinoamericanos, los que, como parte de su quehacer institucional, evalúan y califican la producción intelectual de sus profesores de literatura: no propender ni menos presionar a que publiquen exclusivamente (que no implica negarse a publicar) en revistas de “corriente principal” de países primermundistas que de por sí ya poseen un poderoso caudal de conocimiento acumulado y cuyas regulaciones y criterios de legitimación obedecen, como es natural, a sus objetivos nacio-nales (aunque aparezcan como medios o registros internacionales del conocimiento avanzado). No olvidemos que los estudiantes universitarios pobres de “nuestra América” que, como sabemos, son muchísimos, sólo con mucha suerte tienen acceso a tiempo y en totalidad a las publicaciones científicas del primer mundo. Es y será responsabilidad de los latinoameri-canos que nuestras revistas y libros sean igualmente de “corriente principal” y que circulen de veras, y a tiempo, entre la comunidad interesada, la latinoamericana y de otras latitudes, también.

NOTAS

1 Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año XXXIII, No. 66. Lima-Hannover, 2º Semestre de 2007, 251-278. Disponible en PDF en: http://www.dartmouth.edu/~rcll/rcll66.htm.

2Sergio Mansilla. La enseñanza de la literatura como práctica de liberación (Hacia una epistemología crítica de la literatura). Santiago: Cuarto Propio, 2003.

3 Dentro del medio chileno, un libro reciente y útil para estos menesteres es Diez tesis sobre la crítica, de Grínor Rojo. Santiago: LOM, 2001.

4 El propio Osorio, en el artículo que comento, entrega una serie de antecedentes que demuestran que los ensayos de construcción de una disciplina crítica propiamente latinoame-ricana vienen desde muy atrás. Asimismo, deja en claro que en América Latina ha habido, y hay, críticos y teóricos de fuste que absolutamente nada tienen que envidiar a teóricos primermundistas (Ángel Rama, Antonio Cornejo Polar, Antonio Candido). Lo malo es que todavía estamos lejos construir corrientes críticas y teóricas que tengan, en cuanto tales, un lugar reconocido en el espacio académico, sobre todo, en los cursos de formación de base en las universidades latinoamericanas.

5 Entre las excepciones habría que mencionar, y sólo a modo de ejemplo, a Eleazar Huerta, Félix Martínez Bonati, Iván Carrasco, Grínor Rojo, Leonidas Morales, Luis Vaisman, Gilberto Triviños, Cedomil Goic quienes, con alcances distintos, más manifiesta y extensamente han teorizado sobre la literatura o sobre aspectos específicos de ella asumiendo posiciones personales y defendiéndolas con argumentos propios. Siempre en el contexto chileno, trabajos de Roberto Hozven (sobre todo su clásico Estructuralismo literario francés. Introducción, glosario, de 1979) y de Manuel Jofré son importantes para el conocimiento y difusión de teorías literarias y textuales de origen no latinoamericano, pero estos autores no han incursionado, hasta ahora al menos, sistemáticamente en un proyecto teórico propio. Los relevantes trabajos de Nelly Richard se inscriben en el campo de la teoría y la crítica cultural, y sólo tangencialmente tocan aspectos de literatura.

6 Roberto Schwarz. “National by Imitation”, en The Postmodernism Debate in Latin America. John Beverley, José Oviedo y Michael Aronna (Eds.) Durham: Duke University Press, 1995:264-281. Con todo, mejor sería, sin duda, que los estudios latinoamericanos de literatura se fortalezcan por la vía de construir y sustentar una actitud favorable a la independencia intelectual y cultural que dé paso a un diálogo de veras democrático entre nosotros y los otros.


Correspondencia a:

Casilla 933 Osorno (Chile)
smansill@ulagos.cl