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Alpha (Osorno)
versión ISSN 0718-2201
Alpha n.25 Osorno dic. 2007
doi: 10.4067/S0718-22012007000200010
| ALPHA N° 25 Diciembre 2007 (153-170) ARTICULO OBSERVACIÓN, COMUNICACIÓN Y LENGUAJE
Observation, communication and language
Roberto Castillo Vallejos* Dirección para correspondencia RESUMEN Este artículo gira en torno a dos preguntas; a) ¿podemos no observar lo que observamos?; b) ¿podemos con el lenguaje comunicar lo que no observamos?, o bien: ¿podemos con el lenguaje no comunicar lo que observamos o, incluso, comunicar otra cosa distinta a lo observado? La tesis propuesta consiste en una respuesta negativa a ambas interrogantes. Luego, el objetivo es establecer una base de análisis centrada en una categoría de observación que, tomando como base los aportes de la moderna Teoría de la Observación, permita operar con distinciones, para, desde aquí, reconocer las distinciones críticas de las no-críticas. El objetivo de toda teoría social ha de consistir, luego, en tomar a las primeras como unidad central de análisis y excluir a las segundas. Palabras clave: Teoría de la observación, distinciones críticas, distinciones no-críticas, distincionismo pragmático. ABSTRACT The article revolves around the following two questions; to know: a) Can we not to observe what we observe?; b) Can we communicate through language that which we do not observe?, or rather: Can we, through language, not communicate what we observe, or even, communicate anything else different from that which we watch? The thesis proposed consists of a negative answer to both questions. Then, the aim is to establish a basis of analysis centred in an on observation category which, taking as basis the contributions of the modern Theory of the Observation, it allows to operate with distinctions in order to, from here, recognizing the critical distinctions from the non critical ones. The purpose of every social theory has to consist, therefore, of taking the former as a core unit of analysis, and to exclude the latter. Key words: Observation, critical distinctions, non critical distinctions, pragmatic distinctionism. 1. Frente a la pregunta sobre las diferencias entre comunicación y lenguaje, un distincionista pragmático, como yo, parte de la premisa de que diferencias hay y que resultan fundamentales desde un punto de vista ético-moral. Pero, hay otro punto de arranque, nada menor, que vincula comunicación y lenguaje, que es el de la jerarquización. La premisa que se encuentra contenida allí dice que lo que comunicamos a través del lenguaje son nuestras observa-ciones. Ahora bien, ¿tendremos que decir o aclarar que observar es más y cosa distinta a mirar? Responderé a ambas interrogantes con un NO. He aquí, luego, mi tesis de trabajo. Para acoplarse a esta tesis, al tiempo que para facilitar la comprensión de esta exposición, me permito hacer las siguientes observaciones en torno a la categoría de lenguaje. Gran parte de las nuevas investigaciones en torno al lenguaje parten de la consideración sobre su uso, esto es, el lenguaje es visto como actividad, en lo que conocemos hoy como su dimensión comunicativa. Se pasa, así, de una representación clásica del lenguaje como un sistema de signos, sincrónica y abstracta, a otra de orden diacrónica (energeia) donde la intersubjetividad, el diálogo, concentran la definición e implicancias pragmáticas del lenguaje. A diferencia de esta idea de lenguaje, propondré aquí una definición que gira la base pragmática hacia el reconocimiento de las distinciones, giro que permitirá operacionalizar el lenguaje como un medio que entra en juego a nivel de las distinciones que como observadores comunicamos; distinciones que pueden resultar críticas en tanto remitan a criterios de valor, es decir, que pueden poner en entredicho la pretensión de acoplamiento que todo agente, en un plexo de interacción social abierta, pretende respecto a las que son sus propias distinciones. Afinando el ejercicio, supongamos: si bien sólo A puede mirar, tanto A como B pueden observar. Y agreguemos. Si tomamos la situación de A y de B (uno con los ojos vendados y el otro no) y la respuesta que acabamos de dar (que, independientemente, de la ceguera de uno, ambos pueden observar) tenemos que, si bien puedo ver o no ver, jamás podemos no-observar. La pregunta, luego, es por qué, y qué implicancias tiene esto. A efectos de dar una respuesta satisfactoria o lo más satisfactoria posible dentro de mis posibilidades a la pregunta planteada, comenzaría por decir lo siguiente: la observación, a diferencia del mirar, es una operación. Ahora bien, ¿y qué con que la observación sea una operación? Sirvámonos a este respecto de Luhmann: Observación debe ser toda forma de operación que lleve a cabo una distinción para designar una (y no la otra) de sus partes. Según Luhmann, Para el concepto abstracto de observación no se trata de quién la lleve a cabo; ni tampoco de cómo es llevada a cabo, mientras sólo se hayan realizado las características de la distinción y la denominación, es decir, se hayan abarcado dos caras al mismo tiempo con una mirada1. Que me haya servido de Luhmann no significa, en ningún caso, que me adscriba a su funcional estructuralismo. Un distincionista pragmático como yo, de hecho, se distancia de una proposición como ésta en tanto cae muy pronto en una estrategia de invisibilización sistemática sobre sus propios criterios de distinción, cuestión que, como mínimo, invita a la sospecha. Los distincionistas observamos sólo distinciones y he aquí una comunidad con Luhmann mas, sin descuidar los criterios sobre los cuales descansa toda distinción pues son éstos, a fin de cuentas, sobre los que se articulan nuestros juegos de lenguaje, nuestros actos de habla, punto que como fácil se hará de advertir marca nuestra distancia con la Teoría de Sistemas en su versión luhmanniana. Pero volvamos a lo nuestro. Propongo que analicemos, brevemente por cierto, lo sostenido por Luhmann. Así, por ejemplo: a) no se trata de quién la lleve a cabo (la observación, se entiende), lo cual puede significar lo que para Luhmann resulta fundamental en el contexto de la teoría sociológica, esto es, la des-ontologización del objeto o, bien que, en cuanto operación, da exactamente lo mismo si la hago yo, Pedro, Juan o Sofía; o bien que da lo mismo quién la lleve a cabo siempre y cuándo la lleve a cabo o, por qué no, que llevada a cabo, la relación o vínculo entre el quién opera y la operación queda contenida en la propia operación; b) ni tampoco de cómo es llevada a cabo, lo que significa (en su vinculación con a) que no hay forma ni procedimiento, por particular u original que sea, que haga de una operación otra cosa que no sea una operación; c) mientras sólo se hayan realizado las características de la distinción y la denominación, esto es, que se haya llevado a cabo una distinción para designar una (y no la otra) de sus partes, lo cual significa que lo que hace que una operación sea lo que es, y no otra cosa, es la imposibilidad contingencial de y no la otra de la designación y distinción (o viceversa). Para comprender cabalmente a) y b), al tiempo que la condicionalidad que ambas premisas presentan con c), y aproximarnos de manera algo más directa a la respuesta que andamos buscando, propongo la siguiente interrogante, o la siguiente problematización. A saber: si convenimos en que la observación es una (o toda) operación que lleva a cabo una distinción para designar una (y no la otra) de sus partes, ¿puedo, por ejemplo, a través del lenguaje, negar y para hacer ver que he seleccionado x en mi observación? Esto lo debemos tratar de manera cuidadosa a mérito de que podemos, preliminarmente por lo menos, responder de las dos maneras posibles: Sí y No. Sí, porque de hecho ya lo hice al momento de formular la posibilidad de manera interrogativa. Pero, podemos pensar, también, en la situación de los agentes A y B. Por ejemplo, B preguntando a A: ¿Está claro u oscuro?; y a A respondiendo: No está oscuro. En este caso, y dentro de la simpleza que le hemos adjudicado, sería un absurdo que B replicara: Entonces, enciende la luz, a no ser, claro está, que lo interpretemos o reconozcamos como una broma. En este ejemplo, sin embargo, y pese a la subestimación de la que puede ser objeto, hay ciertas cosas que están (y han estado) en juego, que nos alertan (o nos debería alertar) de manera particular. Así, tenemos que las posibilidades (o alternativas) puestas en juego por B presuponen un plexo finito en cuanto remitido a la experiencia inmediata (externa-objetiva) tanto de A como de B. En el ejercicio, el acceso directo a esta experiencia inmediata se concentra en A, mientras que B sólo se cuelga a dicho acceso orientado por el presupuesto débil (general) de conocimiento de A. Si B, dicho de otra manera, no presupusiera esto, ¿qué sentido tendría su pregunta? He dicho presupuesto débil de conocimiento para hacer notar que los fundamentos que maneja B respecto de A se asientan en la relación, de orden epistémico clásico, entre sentidos-realidad-conocimiento. B puede sentir el calor, el aroma en los distintos espacios, la textura de su entorno material y humano (las paredes y las facciones del rostro de A, por ejemplo) mas, se le niega el acceso directo de la mirada, o como solemos coloquialmente decir, de la vista. ¿Puede B, dicho de otra manera, reconocer la oscuridad o la claridad del espacio en el cual se encuentra así como lo hace o puede hacer con la temperatura, los aromas, etc.? La respuesta es NO. Sin embargo, y en tanto posibilidad, la respuesta resulta ser afirmativa: B asocia la oscuridad a la noche, y a ésta con el silencio y la calma en su entorno, y si en el espacio en el cual se encuentra reina lo uno y lo otro, quizá logre hacerse la idea de que donde está se encuentra oscuro. Pese a esto, resulta probable, muy probable y al tener acceso a A, que es quien ve que B busque la confirmación de una idea que sabe fruto de asociaciones falibilísticas: B sabe, por ejemplo, que hay espacios, como un sótano, por ejemplo, que son oscuros de día (o que de día en ellos hay calma y silencio). Si retomamos nuestra pregunta central y, así, también la respuesta de A tenemos que los alcances que acabamos de hacer cobran pleno sentido en el plano de la experiencia inmediata en la que el ver de A se vuelve punto central de referencia para la interacción. Tanto así, que la marca (que la selección) de A es, o resulta ser, en absoluto parasitaria, residual de la distinción hecha (o propuesta) por B. Esto es así porque, si se advierte con detención, A no ha observado nada, tan sólo se ha colgado, con pre-tensión aseverativa, de una distinción, de una observación: la dada por B. Ha sido B quien ha puesto en juego una distinción que obliga a una selección, aun cuando ella misma ya lo sea. La distinción claro/oscuro, en cuanto tal, ha entrado en circulación en cuanto denominación a la que A se acopla o no se acopla. Dicho esto, la única posibilidad de responder afirmativamente a nuestra pregunta descansa en una idea de experiencia inmediata, de primer orden, para la cual basta, también, una lógica de primer orden, para el caso, la regla tollendo ponens
La lógica nos advierte que una disyunción (v) significa que, por lo menos, un miembro de ella es cierto y que, quizá, los dos lo sean. La trampa aquí es que o se utiliza en lógica (en cuanto término de enlace) en sentido incluyente y no excluyente. En nuestra lengua vernácula, en cambio, el sentido de la conjunción o resulta excluyente y no incluyente. En términos casi textuales, la regla tollendo ponens nos dice que negando un miembro de una disyunción se afirma el otro miembro. La pregunta que cabría hacerse es si afirmar es lo mismo que seleccionar. Podemos convenir en que afirmar implica una fuerza ilocu-cionaria que contiene, en sí, el acoplamiento a una distinción puesta en juego. La selección, en cambio, es sólo una selección y no afirma nada; sólo denomina. Cuando selecciono entre x e y, no digo nada ni sobre x ni sobre y, sólo denomino una (y no la otra). De ahí que no me encuentre obligado a afirmar algo sobre una o la otra, salvo, por ejemplo, que he seleccionado x y no y. Es lo que ocurre con tollendo ponens: lo que allí está en juego es el afirmar o el negar. Sin embargo, y en cuanto selección, lo que ahí ha ocurrido es que el acoplamiento se da por exclusión. Lo que con cierta dificultad deseo decir, es lo siguiente. Cuando reconocemos operaciones, como ocurre con la observación que remite a distinciones descubrimos que la lógica que opera con proposiciones moleculares pone en juego distinciones en función a un solo criterio y no en función a proposiciones, cada una de las cuales (en su descomposición atómica) obedezca a criterios distintos. Vale decir, si mirar remite a plexos finitos de experiencia inmediata, lo que tenemos para el caso de los agentes A y B, es que lo allí contenido remite a una posibilidad de afirmación por negación que, a su vez, remite a un criterio que no entra en juego por quien niega o afirma, sino por quien ha observado (B en este caso). A, dicho de otra manera, puede afirmar (o negar) y con ello dar nueva luz a una marca, sólo por el establecimiento anterior de una observación que la lógica de primer orden descuida. Ahora bien, ¿qué ocurre entonces con B? Esto es, ¿puede a través del lenguaje negar y para denotar que ha seleccionado x en su observación? La respuesta, según lo que hemos venido sosteniendo, es No. Veamos por qué. Ahora bien, y aunque lo acabamos de tratar, cabe la posibilidad de que se insista sobre qué pasa con la inclusión de lo excluido cuando observamos la observación, es decir, cuando observamos en segundo grado, pues ¿no se abre ahí la posibilidad de marcar lo excluido y, por ejemplo, para dar cuenta (o reconocer o hacer reconocible) la incluida x? En efecto, podría decir yo ahora y todo porque lo único que se está haciendo es acoplarse a la selección y nominación ya dada, lo cual, a la vez, me permitiría saber, conocer, o simplemente decodificar, hipotética o preliminarmente si su observación de la observación no obedece a otro criterio y, si lo hace, lo que tengo es que mi observación de su observación de la observación es una observación de tercer grado; o bien puedo considerarla de segundo grado si tomo su observación de la observación como una observación prima de o para mi observación. Sin embargo, y si seguimos tomando como referencia las alternativas de x e y, no podemos negar que, sea el grado u orden que sea, estas observaciones siguen referidas a x e y, y no a r y z, porque si las alternativas observadas fueran estas últimas, lo que tengo es que su observación no es sobre la observación. Luego, la única posibilidad de observar su observación como una observación de una observación, pasa por volver prima su observación en torno a r y z, y con ello tengo, sí o sí, otro criterio de observación. La pregunta que me haría sería la siguiente: ¿por qué insistimos, una y otra vez, en tensionar la posibilidad de denotar lo seleccionado nominando o designando lo no-seleccionado y no-nominado de mi selección, de mi obser-vación? Antes de contestar esta pregunta, me permitiré responder, preliminarmente, a la primera de nuestras interrogantes: si podemos no observar lo que observamos. Lo haré sirviéndome de lo hasta ahora expuesto, esto es: No, no podemos. Porque no observar lo que observamos es simplemente otra observación. Creo que respondiendo esta interrogante seremos capaces o quedaremos en mejor condición para responder, a la vez, a la segunda de nuestras preguntas fundamentales respecto a Si podemos con el lenguaje no comunicar lo que observamos o, incluso, comunicar una cosa distinta a lo observado. Para cumplir con esto, claro está, no debemos olvidar lo expuesto en el punto anterior. Debiéramos partir reconociendo que la tendencia general hacia la sinonimia de conceptos como los de comunicación y lenguaje que explica la dificultad que, muchas veces, tenemos de seguir y comprender operaciones descansa en una idea de interacción dialógica de primer orden. La ya clásica idea de emisor y de un receptor, vinculados por un men-saje, obedece a esta tendencia. Pero obedece a ella también y aunque cueste reconocer la idea de que todo lo humano pasa por el lenguaje que encontramos en el Gadamer que lee y relee a Heidegger2. Digo que esto último cuesta reconocer, porque se implica en la hermenéutica filosófica a mi juicio, claro está una base emancipatoria que resulta del todo transversal en el Sócrates platónico y que Habermas hace fluir, dicho sea de paso, a través de un Freud3 plausible sólo desde la movilidad referencial de Alter y Ego. Esta base dialógica, de primer orden, de nuestra vulgar idea y noción de comunicación y lenguaje y de ahí, dijimos, su sinonimia obliga a una secuencialidad que descansa o permite o facilita, más bien en la disposición referencial de los yo y de los tú, entre Alter y Ego. Cuando esto ocurre, sucede lo siguiente A)mientras nuestra pregunta fue ¿por qué insistimos, una y otra vez, en tensionar la posibilidad de denotar lo seleccionado nominando o designando lo no-seleccionado y no-nominado de mi selección, de mi observación? Desde nuestra posición, lo que ocurre en B y en quienes de esta posición participan no advierten es que la propia posibilidad de denominar lo excluido para denotar o hacer ver lo incluido por tu observación, no es sino una observación del propio yo, y con ello tenemos que nada logra en sus pretensiones respecto a la observación del tú, salvo llevar a cabo una operación más. No extrañará ahora, espero, que la condena de quienes se desplazan por B no sea, sino, la de afirmar o negar, descuidando el hecho de que ello bien da cuenta de una observación y de una distinción, por tanto, que vuelve a centrarse en el yo y no en el tú. Para salir de esto, los distincionistas pragmáticos decimos, y sostenemos, que comunicamos observaciones. Esto supone, y como mínimo: a) que distinguimos (o que comunicamos distinciones), b) que el lenguaje resulta funcional a la orientación hacia el acoplamiento sobre las distinciones comunicadas. Ahora bien, a obliga a una operacionalización particular en la propia secuencia que dimos a la comunicación, mientras que b permite distinguir entre lo que es la propia distinción comunicada del simple dar cuenta de , que es la forma regular, si no cotidiana, en la que solemos vernos según nuestras operaciones basales no-críticas, tal cual ocurre con las llaves están ahí, pásame el café, mañana es , etc. Pues bien, tomemos b para volver a a. Así, tenemos que mientras el dar cuenta de remite a estados de cosas en el mundo, la comunicación de nuestras distinciones remite a criterios y estos criterios, creemos aquí, resultan ser preferentemente criterios de valor (ético-morales). Entonces, ¿cómo operacionalizar esto? La forma que tenemos para ello es sobre la secuencia que dimos a la observación no olvidando que lo que comunicamos son nuestras observaciones, nuestras distinciones esto es
El lenguaje, volviendo al caso, en lo que bien podemos denominar los plexos de interacción comunicativa, cumple en lo fundamental algo así como una función u orientación compensatoria. Ya con esto, espero, clara quedará mi distancia con Habermas, Rorty4 y el propio Luhmann ¿Qué significa, entonces, para un distincionista pragmático que el lenguaje tenga y se defina desde su orientación compensatoria? Si partimos de la base, según ya dijimos que la orientación fundamental de la comunicación es hacia el acoplamiento en torno o sobre las distinciones propuestas, y que éstas resultan críticas habida cuenta de que las distinciones descansan en criterios de valor (ético-morales) y que, hipotéticamente, hay o se dan o se puedan dar tantos criterios y distinciones como observadores haya lo que tenemos, lo que se nos presenta como problema, es la operacionalización (social) que el agente cualquiera sea éste puede hacer o desarrollar sobre o en torno a los mismos. En este sentido, habrá que reconocer, y como mínimo, dos supuestos de orden general. A saber, a) que la orientación al acoplamiento implica una dimensión funcional establecida autorreferencialmente por el agente; b) que para alcanzar el acoplamiento, establecido a, quien comunica pone todo de su parte para ser decodificado, o comprendido, si así se prefiere. Si tomamos estos supuestos, de orden general, y los vinculamos al problema de la operacionalización que recién advertíamos, tenemos dos posibles orientaciones: 1) hacia la manifestación; 2) hacia la invisibilización. A mi juicio, ambas posibilidades, esto es, de la operacionalización que un agente puede desenvolver (o desarrollar) sobre los criterios y distinciones que pone en juego, sólo podemos reconocerlas si antes hemos advertido el continuo e inevitable marco referencial que el propio agente es capaz de decodificar para a y b. Mi respuesta, a este respecto, es que dicho marco referencial resulta ser el situo-contingencial. Lo expuesto me permite poner en juego una tesis de orden más bien filosófico. Será, luego, a través de esta tesis desde donde podremos operacionalizar lo que acabamos de denominar situo-contingencia. Pues bien, mi tesis es la siguiente: la orientación fundamental del ser, es hacia la ocultación y no hacia su plena develación. Esta tesis tan simple a primera vista reviste, a mi juicio, notables consecuencias. Por ejemplo, con ella nos separamos radicalmente de la hermenéutica filosófica, de las operaciona-lizaciones que sobre el lenguaje ha desarrollado la fenomenología y de criterios atribuidos por Habermas a la racionalidad comunicativa. Reconozco, sin embargo, una vinculación (o salida) con los planteamientos de Levinas en torno a la filosofía de la alteridad, es decir, veo en Levinas un camino que permite volver a la fenomenología y a la hermenéutica, pero libre de las generosidades ontológicas y de sus ingenuidades tanto epistemológicas como históricas de ambas. Otra consecuencia, no menor de una tesis como la que acabamos de plantear, dice relación con la desmitificación, o des-idealización del lenguaje o de la función del lenguaje, más bien en los planos empírico-contingentes. Así y aquí nos vinculamos con la primera consecuencia advertida tenemos que en lugar de reconocer en el lenguaje un medio a través del cual y esto en términos de particularidad y exclusividad podemos dar con la verdad, develarla (Gadamer, 1998: 51 y ss.). En lugar de esto, decíamos, lo que tenemos es la posibilidad de reconocer en el lenguaje se entiende un medio a través del cual podemos ocultar o invisibilizar, más bien, la verdad. O, como lo diría el jesuita Malagrida en Rojo y Negro: un medio para ocultar nuestros pensamientos (Stendhal, 1991: 120). Este giro, a su vez, permite reoperacionalizar el tema/problema de la verdad de forma tal que nos libre de los relativismos culturales y de los macrosupuestos habermasianos, y nos abra la posibilidad de operar sobre la base de que verdad hay, y que no es una nimiedad preguntarse por ella. En un plano más bien epistemológico, esta discusión nos conduce a una revalorización de la lógica, y dentro de ésta, de la lógica difusa. Aquí, en las que han sido mis muy personales investigaciones, los aportes de Vossler (1957) resultan de un gran interés para la inclusión de la lógica difusa en las operacionalizaciones críticas en torno al lenguaje. Por ahora me quedaré con estas pocas consecuencias atribuibles a mi tesis, pues serán ellas suficientes para continuar con nuestra discusión. Si tomamos nuestra tesis, y las consideraciones o consecuencias generales que le hemos atribuido, tenemos que a y b se funcionalizan de acuerdo a tensiones experienciales altamente contingentes del agente, las que operacionaliza reflexivamente. La más básica de estas tensiones experienciales es la del sobre-vivir, entendiendo por ello la orientación basal, fundamental, de todo agente a seguir-siendo lo que es para el otro, con lo que queremos decir que cualquier evento (dialógico, por ejemplo) que ponga en entredicho, o tensione tal orientación, tal presupuesto determinará una instrumentalización funcional del propio lenguaje, esto es, la ocultación. Así, entonces, tenemos que el sentido de b, o la dirección que toma el esfuerzo por parte del agente para ser decodificado y la clausura que supone algo como la autorreferencia funcional a para el caso se corresponden con la propia ponderación y decodificación situacional que el propio agente lleva o es capaz de llevar a cabo, reflexivamente. Si anclamos en esto nos encontraremos con que a se operacionaliza, se activa, de acuerdo a la tensión establecida o al grado de la misma situo-contingencialmente. La dimensión funcional, así como los criterios que se encuentran contenidos en la autorreferencialidad, resulta de la ponderación reflexiva que el agente es capaz de establecer y cuya contingencia se plasma, en su criticidad, en el otro de la interacción. Luego, tenemos que los esfuerzos del agente por ser decodificado se gradúan de acuerdo a lo determinado en a. Las relaciones que de aquí podemos extraer son: I) una alta intensidad decodificada situo-contingencialmente sobre la amenaza en torno al sobre-vivir, lo que llevaría a una operacionalización hacia 2: invisibilización; II) una baja o nula intensidad crítica sobre el sobre-vivir que conduciría a un tipo de operacionalización del tipo 1: la manifestación. Agreguemos, a esto, lo siguiente. Si hemos reconocido que toda distinción remite a criterios de valor y que el acoplamiento de toda comunicación es hacia dichos criterios y que tal acoplamiento resulta eminentemente crítico y que esto se diferencia del mero dar cuenta de algo las que hacen referencia a estados de cosas en el mundo tenemos que el comunicar es a I como el dar cuenta es a II. Así, entonces, si el lenguaje su función queda determinado por las distinciones puestas en juego, lo que tenemos es que su amplitud máxima sólo la encontramos en I. Me permito ahora recordar la pregunta ya formulada: ¿qué significa, para un distincionista pragmático, que el lenguaje se defina desde su orien-tación compensatoria? Según lo expuesto, la respuesta bien podría ser, simplemente, que se orienta hacia la invisibilización referencial y hacia los costos que ello puede significar o implicar. O, dicho de otra manera, sale al encuentro, como recurso y medio, de la operacionalización 2 a mérito de la tensión I, activada (ponderativamente) situo-contingencialmente. He aquí compensación. Lo primero que debiéramos reconocer, o hacer notar, es que en el tipo de interacción dialógica de primer orden sólo puede entrar en juego una sola distinción y, por lo tanto, un solo criterio. Ahora bien, toda teoría consen-sualista como lo son las de un Habermas y un Rorty descansa en este principio habida cuenta del requerimiento de convergencia al que obligan los códigos binarios simples si/no, por ejemplo. La posibilidad de consenso se basa, se funda, insisto, en esta idea de convergencia. Con ello, estas teorías logran varias cosas. Por ejemplo, a) la monorreferencia ilocucionaria, esto es, la posibilidad de reconocer un punto 1 de arranque y personificación de la propia interacción comunicativa; b) la dinámica de flujo que da continuidad al diálogo; c) la unidimensionalidad referencial de toda argumentación posible; d) un criterio de finitud situacional para el diálogo; e) con esto, un marco referencial para los márgenes de difusidad significacional. Hay un último logro entre otros, por cierto que me abstuve de enunciar. Deseo exponerlo luego de una brevísima explicación de los logros reconocidos al tipo de interacción dialógica de primer orden. Veamos. Está pendiente un último logro que faltó en nuestra inicial apuntación, la recursiva exclusión de otros criterios en o para el diálogo. Si esto parece ahora obvio, o incluso redundante, me daré por satisfecho: lo expuesto se ha vuelto base suficiente de aproximación. Lo interesante será, entonces, alcanzar vuestra comprensión. Dilucidar la consecuencia de este último logro que supone a todos los demás en el tipo de interacción dialógica de primer orden en la que se fundamentan las teorías consensualistas. Esta consecuencia se presenta así: con este (estos) logro(s) se hace, o se vuelve, operacionalizable la idea o supuesto de orientación vinculante hacia el acuerdo alcanzado en mérito de dos recursos auxiliares: -) funcionalización del debilitamiento, o levedad, de los márgenes referenciales de la comunicación (dialógica de primer orden) que deviene en una resolución parcial al problema de la verdad vuelta pura contingencia; -) instrumentalización del a priori de eximición sobre las consecuencias y alcances del consenso o acuerdo alcanzado por parte del otro. Hagamos notar que este segundo recurso permite, o ha permitido, la funcionalización teórica para una idea de comunicación propia de contextos sociales cuyo imperativo máximo es la no-coercitividad y la siempre abierta recursividad temática. O como diría Dewey, la constante apertura a todas las hipótesis y políticas posibles (en Rorty, 2000:18). Pues bien, creo que estamos ya en condiciones para demostrar en qué sentido la distinción entre comunicación y lenguaje, para un distincionista pragmático como yo, presenta consecuencias a nivel ético-moral, al tiempo que para responder a la segunda interrogante: si podemos con el lenguaje no comunicar lo que observamos o, incluso, algo distinto a lo observado. A este respecto, comenzaré por la respuesta a esta última interrogante para finalizar con las implicancias ético-morales que se logran advertir cuando reconocemos una distinción como la de comunicación/lenguaje. Aunque parezca reiterativo, veamos otra vez la pregunta en cuestión: ¿Podemos con el lenguaje no comunicar lo que observamos o, incluso, comunicar una cosa distinta a lo observado? Desde el nivel en que nos coloca, o al que nos obliga, o al que simplemente nos determinan los modelos de teorías basadas en tipos de interacciones dialógicas de primer orden, la respuesta es afirmativa y, esto, pese paradójicamente al principio, o supuesto, de develación que aquí se le atribuye al lenguaje. Esto es así por una razón muy simple: todo valor referencial en las interacciones dialógicas de primer orden se neutraliza a través del imperativo de lo público que supone algo como la intersubjetividad. Es decir, se funcionaliza el debilitamiento de los criterios de verdad, de la Verdad, a través de un reforzamiento participativo de aquello puesto en crítica, en entredicho. La pregunta que Habermas parece compartir con Tugendhat si pueden los juicios morales fundamentarse5 es la mejor y más clara prueba de esto, al tiempo es la propia fisura de un proyecto de fundamentación postmetafísico que es, a fin de cuentas, metafísica renovada. Para un distincionista pragmático, que parte de la premisa de que comunicamos nuestras observaciones y habida cuenta de que no podemos no observar lo que observamos la respuesta a la interrogante planteada resulta negativa. Esto, porque la pura posibilidad de no comunicar con el lenguaje lo que observamos supone la propia posibilidad de no observar lo que observamos. El lenguaje interviene al nivel de las operacionalizaciones sociales que hacemos, o podemos hacer, de nuestras distinciones. Mas, ello ya supone la observación, en ningún caso, la ausencia de criterios, pues son éstos la referencia primera y única de toda distinción o, tal cual se dijo, las distinciones descansan en criterios de valor. Pero, además, tenemos que el lenguaje cumple una función subsidiaria o compensatoria, más bien en relación a la orientación fundamental a conseguir acoplamientos a las distinciones propuestas, lo cual significa que, o bien apoya la plena manifestación o bien la invisibilización de los criterios según sea que el acoplamiento esperado entre o no en crisis, lo que se pondera situocon-tingencialmente. Hay, junto con esto, otra consideración. Por su dimensión (o base) pragmática, el distincionista pragmático y a costa de la aparente redun-dancia parte estableciendo una distinción sobre la propia interrogante planteada, en el sentido de lograr diferenciar entre espacios sociales donde se puede o no se puede a través del lenguaje, se entiende comunicar algo distinto a lo observado o, simplemente, no comunicar lo observado y, dentro de esto, en qué plexos esta posibilidad resulta, en verdad, problemática. Así, y según lo expuesto recién como primera parte de nuestra respuesta, el distincionista pragmático parte reconociendo que en el lenguaje que se orienta a un dar cuenta de que remite, a su vez, a estados de cosas en el mundo, y al que se circunscriben los modelos que toman como base/objeto las interacciones dialógicas de primer orden, sí se puede no comunicar lo observado, y que es grande el margen, además, para comunicar cosas distintas a lo observado. Si se ha descuidado el ejercicio del lazarillo, recurro de nuevo a él para decir que, lo que acabo de decir, queda claro en el caso cuando B pregunta si está o no su mujer en casa, a lo que A contesta con un No, no está, cuando lo que ve, es a la mujer de B desnudándose. Se podría objetar esto a mérito de la visión de A y la ceguera de B, y considerar el ejemplo demasiado burdo por representar un puro engaño del cual B, por su condición, es una víctima fácil. Me hago eco de esta objeción, mas, al momento los invito a reconocer este otro caso. A ha visto desnudarse a la mujer de B, y le ha dicho a éste que su mujer sí está en casa, que se encuentra en la habitación contigua, muy cerca de la puerta, la que se encuentra abierta. B entiende de inmediato, gracias a estos datos, que su mujer de seguro se encuentra acicalándose enfrente del espejo de la toilette que se encuentra justo al entrar a la habitación. Pero B, luego de esto, va y pregunta a A ¿Te gusta mi mujer?, a lo que A, que arde en deseo, contesta ¡Oh! Por supuesto que no! Si se da esta posibilidad en este nivel, bien podemos preguntar si ocurre o no, lo mismo en los niveles de comunicación, propiamente tal, donde el lenguaje resulta eminentemente compensatorio. O, más que eso, el por qué del No que podemos, desde ya, darnos como respuesta. Sistematicemos: Concluyo esta exposición con las implicancias ético-morales que supone una distinción comunicación/lenguaje, y su operacionalización, tal como lo sostuve al comienzo. Me bastará para esto sostener lo siguiente: según el reconocimiento que el distincionismo pragmático hace y desarrolla de la diferencia comunicación/lenguaje, el único imperativo plausible, para contextos sociales modernos, democrático-liberales, es el del enfrentamiento, el de la radicalización de las distinciones y diferencias, y no el de su superación, tal cual lo sostienen las teorías consensualistas (Rorty, 2000). Dicho de otra manera, quizá más precisa: el reto para sociedades democrático-liberales, que se fundan en principios como los de tolerancia y pluralismo, no pasa por la superación de lo metafísico, ni de los poderes no-humanos, ni de lo sacro, sino todo lo contrario, esto es, por el radical enfrentamiento de las diferencias entre observaciones (comunicaciones) seculares y no-seculares, lo que, en sí, restituye y obliga el reconocimiento pleno de que lo único de interés, lo único sobre lo que vale todo nuestro esfuerzo son las disputas, las crisis acoplativas, orientadas por la no-coacción, de n criterios (ético-morales). NOTAS 1 Niklas Luhmann. Observaciones de la Modernidad. Barcelona: Paidós, 1997. 92. 2 H.G. Gadamer. Verdad y Método, T. II. Salamanca: Sígueme, 1998. 152. 3 J. Habermas. La Lógica de las Ciencias Sociales. Madrid: Tecnos, 1996 (3ª edición). 4 R. Rorty. El pragmatismo, una versión. Barcelona: Ariel, 2000. 5 J. Habermas. Verdad y Justificación. Madrid: Trotta, 2002; Consciencia Moral y Acción Comunicativa. Barcelona: Península, 1985; E. Tugendhat. Lecciones de Ética. Barcelona: Gedisa. 2001. BIBLIOGRAFÍA GADAMER, H. G. Verdad y Método, T. II Salamanca: Sígueme, 1998. [ Links ] HABERMAS, J. La Lógica de las Ciencias Sociales. Madrid: Tecnos, 1996. (3ª edición). [ Links ] ------- Verdad y justificación. Madrid: Trotta, 2002. [ Links ] -------Consciencia moral y acción comunicativa. Barcelona: Península, 1985. [ Links ] LEVINAS, E. Totalidad e infinito. Salamanca: Sígueme, 2002. [ Links ] LUHMANN, Niklas. Observaciones de la Modernidad, Barcelona: Paidós Ibérica, 1997. [ Links ] RORTY, R. El pragmatismo, una versión. Barcelona: Ariel, 2000. [ Links ] RORTY, Richard. Verdad y progreso. Escritos filosóficos. Barcelona: Paidós, 2000. [ Links ] SEARLE, J. Actos de Habla. Madrid: Cátedra, 2001. [ Links ] STENDHAL. Rojo y Negro. Barcelona: RBA, 1991 [ Links ] TUGENDHAT, E. Lecciones de ética. Barcelona: Gedisa, 2001. [ Links ] VOSSLER, K. Filosofía del lenguaje. Buenos Aires: Losada, 1957. 1 Poniente 1060, Talca (Chile) |











