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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.24 Osorno jul. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012007000100018 

 

ALPHA Nº 24 Julio 2007 (243-247)

RESEÑA

Elsa PÉREZ CARRASCO. Baúl sin fondo. Puerto Montt: Andros Impresores, 2006.


Hace mucho esperaba encontrarme con un libro de Elsa Pérez Carrasco a quien tuve la suerte de conocer hace más de dos décadas cuando, ella como estudiante-poeta y yo como profesor asesor, nos conocimos en un Encuentro Regional de Talleres Literarios en un pueblo de la Décima Región. En aquel encuentro, tras su lectura hablé con ella y le manifesté cuánto me habían impresionado esos poemas de una madurez y pulcritud increíbles en textos escritos por una adolescente. También le sugerí que ampliara sus lecturas para encontrar un lenguaje más personal, puesto que en sus poemas resonaban con fuerza el lenguaje, el ritmo y el tono de las Residencias nerudianas. En todo caso, no era un mal comienzo. Sin embargo, tuve que esperar más de veinte años para encontrarme con un libro de Elsa Pérez Carrasco, el primero de ella, publicado en mayo de 2006.

Baúl sin fondo gana al lector desde la misma portada puesto que es un libro editado con pulcritud, cuidado y arte, de lo que resulta un objeto artístico visualmente atractivo y sugerente. La sencilla y hermosa portada ofrece tres mensajes que deben tenerse en cuenta a la hora de comenzar la lectura: El nombre de la autora, Elsa Pérez Carrasco; el título del poemario, Baúl sin fondo, y la fotografía de una mujer completamente desnuda tendida en una playa que empieza a ser cubierta por el mar, que ocupa más de la mitad de la portada.

El título nos abre las expectativas al mismo tiempo que las inseguridades puesto que, viniendo de una poeta, lo más seguro es que el título sea una metáfora y que el “baúl” no sea, precisamente, el objeto que nombra la palabra. La fotografía destruye la literalidad del título, al entender que el baúl en cuestión no es propiamente eso sino, tal vez, el cúmulo de recuerdos, sueños, esperanzas, alegrías y dolores de la mujer tendida sobre esa playa, entregada y entregándose –como ofrenda– a un mar de recuerdos y sueños y esperanzas y alegrías y dolores.

El poemario, precedido por una introducción de la también poeta Marlene Böhle, consta de ocho secciones tituladas: “Baúl sin fondo”, “Espanta-ángeles”, “Casa sin ventanas”, “Corriente arriba”, “Espejo”, “Mujer rompeolas”, “Capullo de sombra” y “La amante”, todas, cubiertas por la misma atmósfera de melancolía, desesperanza, desamor y pérdida. De allí que la imagen de la mujer desnuda y sola sea, también, una atinada metáfora del despojamiento, el desamparo y la orfandad de la que nos hablará el libro entero.

El poema que abre la primera sección marca el tono de todo el poemario:

Nunca dijiste nada
ojos, boca, manos al viento
tus pies nevados durante el invierno de la casa
nunca un silbido
una mancha de besos
cuelgo de un techo imaginario
y de vez en cuando
se encienden tus rodillas río abajo (8).

 

 

 

 

La doble negación “Nunca dijiste nada” remarca el silencio de quien no tiene o ni siquiera concibe la posibilidad de ser quien es. Es decir, el autodespojamiento de la voz y de la palabra y, con ello, de la posibilidad de comunicación y confidencias. El verso habla de dolores y de angustias calladas y acalladas. Dos versos después nos golpea una imagen inusualmente trágica, puesto que la casa que generalmente simboliza afecto, calor, amor y protección, en el verso “tus pies nevados durante el invierno de la casa,” es pintada como símbolo de prisión, vacío, frío y soledad. El invierno en este poema, y para el sujeto de quien trata, no es una condición ambiental que ocurre afuera, en la intemperie, sino adentro de la casa. El frío, la soledad, la ausencia y la falta de amor viven adentro, donde ella, la mujer, no parece más que una parte de ese reducido paisaje, ajena a los afectos, a la ternura, a la comprensión y al amor. Ojo, que el poema dice “tus pies nevados” como si hablara del patio o de las faldas del cerro, en vez de “cubiertos de nieve.” Palabra a palabra, verso a verso, va acentuándose un fuerte sentido negativo: nunca, nada, pies nevados, el invierno, nunca; los besos se han vuelto una mancha, el techo donde cuelga es imaginario.

La hablante del poemario navega en aguas desamparadas donde lo único que atenúa (o tal vez, acentúa) el dolor es la pregunta-gota-de-agua que no cesa de caer sobre la sensibilizada piedra de la memoria. Aquí el ubi sunt clásico cobra vida y dolor: “Dónde tus pasos/ tus graznidos de agua/…/ dónde olvidé tus curvas invernales” (9).

Así, cada poema acumula imágenes de dolor, inseguridad, pérdida, abandono, ausencia e imposibilidad de un amor pleno y duradero: “Trato/ pero la sangre de la espera no me deja” (10); “Nadie cae en mis brazos” (11); “Nada me pertenece en esta isla/ de horizontes encumbrados” (18); “Hoy salí a recoger los restos de todos tus besos/…/rotas las manos/ gritando en la oscuridad de tu eterna ausencia” (26). Y no son escasas las imágenes de intenso dramatismo ante el temor de la pérdida definitiva como en “Cuando ya no estés qué hacer/ …/ qué decirle al silencio/ al miedo/ a Dios/ qué decirle” (54). Si el Neruda juvenil se perdía y perdía al lector en sus maravillosas imágenes de amadas inexistentes y fantasmales, Pérez Carrasco golpea al lector con otras imágenes de pérdida de lo que se tuvo y ya no se tiene y que, por lo mismo, son más dolorosas: “Todos los arco-iris/ arco-soles/ arco-lluvias/ se terminaron por perder en el hueco de la nada” (62).

Los poemas del libro son tan hermosos como ambiguos o, al menos, se prestan para una doble lectura. Por un lado, se nos presenta como un poemario de amor-dolor tradicional, escrito por una mujer de otro tiempo, en el que la amante desconsolada llora y lamenta sin descanso el abandono de su amado. Pero, por otro lado –y, nuevamente, comparo con los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda en los que el poeta evitó dar nombres y, hasta su muerte, se refirió a las amadas como Marisol y Marisombra– la poeta, con gran desenfado y hasta cierta agresividad, titula varios de los poemas con el nombre de los dedicatarios. Por ejemplo: Para Manuel (36), Para Eduardo (37), Para Ely (68), Para Julio (70), Para Jorge (71), Para Daniel (77). Es decir, esta colección de poemas es, a la vez, una colección tan extensa de amantes como para hacerse un collar y lucirlos como una joya. Y con mucha ironía y talento poético se titula Sólo para ti (66) uno de los poemas más hermosos del volumen, remarcando que ese escrito tan hermoso y especial es para un amante cuyo nombre mantiene en secreto, sólo para ella. Es decir, probablemente, la única joya deseada.

El libro, como ya he dicho, es un poemario de amor y desamor, pero no es solamente eso. Es también y, tal vez con igual fuerza, un poemario sobre la mujer; sobre la triste posición en que la historia y los hombres la mantuvieron por tantos siglos. Por lo tanto, la creación poética (actividad frente a la pasividad del pasado) es, por sí misma, crítica, desafío, denuncia y un velado deseo de saldar cuentas porque “yo, que no poseo armas ni estandartes de guerra/ puedo permanecer de pie frente al viento/ sin que me derriben las ausencias/…/ yo/…/ he decidido borrar todas las huellas de dedos/ y bocas en este mapa/ hasta que aprenda a perdonar la soledad/ y el llanto en los atardeceres sin Dios” (69).

Sin embargo, no sólo del amor y el desamor propios nos habla la voz lírica básica sino que, también, deja espacio y versos para otras mujeres desamadas y abusadas por el olvido o la indiferencia por su condición de mujer. Eso lo vemos precisamente en la sección titulada “Espejo,” donde encontramos dos breves poemas teñidos de nostalgia, pérdida y recuerdos, que la ausencia física de la madre y la abuela vuelven más dolorosamente vivos y presentes:

¿Dónde están los chocolates, mamá?
las mermeladas
las sopaipillas calientes
¿Dónde estás tú? (58).

 

 


Y unas páginas más adelante:

Despedazaste el delantal, abuela,
luego de ver cómo la leche
se derramaba sobre la estufa
despedazaste la rabia del desayuno
y nos diste a cada uno
un beso de nata fresca” (60).

 

 

 

Recuerdos de una infancia en que la poeta ya percibía el papel ordenador, protector y proveedor de cariño y alimento tradicionalmente dado a la mujer (“¿Dónde están los chocolates, mamá?/ las mermeladas/ las sopaipillas calientes”); así como trabajo, entrega, sufrimiento y silencio de las necesidades y los dolores propios en la abuela (“despedazaste el delantal”, “despedazaste la rabia del desayuno”) con el objeto de entregar una muestra de amor y ternura a los nietos. Amor y ternura que parecen no haber existido para ella de parte del otro. Amor a los otros y desconsuelo personal; papel de componedora despedazándose a sí misma cada día.

El papel de la mujer derrotada y abandonada a sí misma en las relaciones amorosas se repite en cada una de las mujeres que pasean por estas páginas en las que no faltan imágenes maravillosas como salidas de otro libro; no porque Baúl sin fondo no sea hermoso sino porque en un conjunto esencialmente melancólico y doloroso consiguen un brillo y un colorido mayores versos como “La luna es una geisha silenciosa/ que pinta albatros en los muelles/ mil aeroplanos despeinan su cabeza/ y bombardean sus ojos/ las sirenas cantan desde el agua/ frente a mi casa” (17) que no nos recuerdan la poesía amorosa y dolorida escrita ya por hombres, ya por mujeres, sino la desbordante imaginación y creatividad de los versos huidobrianos. Como también en el poema Para Jorge: “Aquí comienza el viaje/ el infinito viaje/ temerosa y desnuda me precipito al silencio/…/ este es mi propio viaje/ y a cualquier hora puedo bajarme de los pies/ y cambiar de itinerario” (71) cuyo aire nos recuerda una sección de Altazor. Asimismo, se perciben claras reminiscencias del Neruda mayor en “Poesía impura como un traje”/ me visto contigo de pies a cabeza/ y camino sin mirar atrás/ aunque tengas desabrochado/ tu último botón” (27), hermoso texto metapoético por el cual Elsa Pérez Carrasco, tal vez sin siquiera pensarlo, nos hace imaginar que en sus próximos libros no sólo indagará en el tema del dolor, el abandono y la pérdida de amores frágiles y pasajeros sino, también, en otros, múltiples que vendrán a confirmar que esta poeta, joven todavía, posee el talento necesario para dar un salto grande que no sería del todo inesperado.

Carlos Trujillo

Villanova University Dept. of Classical and Modern Languages Villanova, PA 19085, carlos.trujillo@villanova.edu