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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.24 Osorno jul. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012007000100017 

 

ALPHA Nº 24 Julio 2007 (241-243)

RESEÑA

Alberto GUZMAN LAVENANT. Poemas: Imágenes en Re Menor. Osorno: Editorial Poeti-k. 2007. Edición Bilingüe (Español- Alemán). Traducciones de Hildegard Rash. 74 pp.


Este poemario del escritor mexicano Alberto Guzmán Lavenant responde a cabalidad a su título que remite a figuraciones visuales y tonalidades musicales asociadas a la poesía. Su publicación ha sido posible gracias al esfuerzo de Poeti-k, una agrupación de artistas decididos a emprender un proyecto editorial en Osorno.

Imágenes en Re Menor consta de 34 poemas identificados con numeración romana, de los cuales –y para efectos de esta reseña–tomaremos como referencia, precisamente, al último de ellos en el cual, a mi juicio, se cierra un ciclo programático, una suerte de poética que preside el conjunto; una síntesis, orden o voluntad constructiva que ha ido perfilándose a partir del poema inicial y que sólo puede decidirse o completarse en ese instante textual. El Poema XXXIV (73) –cuyo correlato correspondería al Poema VI– pone de manifiesto la índole especial del texto lírico en cuanto a esa condición extraña, paradójica, en lo relativo a poder decir y callar al mismo tiempo; de hecho, la poesía dice y se desdice lo cual exige que todo lector deba emprender la tarea de buscar en el poema no solamente lo que sostiene sino, también, lo que silencia o niega de sí mismo. En el poema XXXIV se afirma que el poema será escrito a futuro, vale decir, que todavía no existe (“Un día escribiré un poema”), pero tales poemas son los 33 que ya hemos leído. Eso, sólo es posible que ocurra en el discurso de la poesía: se niega una presencia; se afirma una ausencia. El Poema XXXIV anuncia, también, el texto futuro y, asimismo, el tema y el tono como será enunciado por el poeta, pero tales temas y tonos son, precisamente, los que han estado presentes en todo el poemario: “que diga lo nuestro y nadie sospeche. Que sea un enigma/ un secreto, su verdad entre dos”. Y, he aquí cómo el tono del conjunto textual responde precisamente a uno de los atributos del título. El texto propone un “enigma”, “un secreto”; alude a lo privado y silente propio del tono en “Re Menor” que en la música remite técnicamente a lo “asordinado”, a sonidos suaves como un susurro. Esta poesía es justamente eso: una poesía de amor pero susurrada, insinuada, musitada, aunque presume ser desbordante, retórica, descomunal o hiperbólica. Tal vez, allí radica un desajuste, un desequilibrio tonal: se nos anuncia un gran secreto, un gran enigma, una gran pasión; pero tal propósito de elocución queda reducido a una muy contenida emoción, con respecto al ser amado, sobre el recuerdo de la mujer deseada; sobre su búsqueda, su encuentro y posterior y des-posesión; en suma, se infiere un deseo y un discurso insatisfechos que no alcanzan en plenitud la energía de la fuerza amatoria, conforme se advierte en Neruda, por ejemplo, que según Guzmán Lavenant, es uno de sus poetas predilectos –a quien le debe la palabra justa para mi sentir humano de muchas tardes de mi juventud enamorada– y al que hace referencia en el Poema XXVII: “No hablaré de tu voz y tus lecturas de Neruda”.

En Imágenes en Re Menor, el poeta anuncia pasiones. Propone a la amada “¡Sería yo su amante!” (Poema IV: 14) pero el tono como lo dice no guarda ninguna relación con la plenitud de una pasión, como aquella que hubiera sido compartida “al calor de una cama”, por ejemplo (XIII: 32), o cuando apela a la amada para que ambos “saquen lo animal y bello” (XIV:34) o le prometa que “navegará en sus mares interiores” (XI: 28).

Y, esa contención entre lo prometido y lo logrado es lo que se sintetiza en el Poema XXXIV que ha sido propuesto para “que nadie, que nadie lo entienda”, lo cual parece remitir a una gran clave. Pero no hay que hilar muy fino al respecto –por lo menos, a mi juicio– puesto que se trata de una poesía amorosa que busca la plenitud con el ser amado pero que termina siendo muy discreta, inteligible, accesible a toda pasión, mesuradamente contenida en estos versos que presumen ‘no aclarar nada’, lo cual inhibiría cualquier intento interpretativo como el que aquí se reseña. “Que baste que tú lo comprendas”. Vale decir, se postula un modo de enunciación muy privado, exclusivamente entre dos; entre ese “yo” y el “tú”. Pero, en el fondo se trata de una actitud propia del soliloquio: el poeta habla de la amada consigo mismo, retóricamente. No se asiste a la respuesta o a la reacción de la amada ante tales envíos o incitaciones del poeta. Menos se perfila con precisión la imagen de su búsqueda, ni el objeto de su deseo, esa imagen evanescente de la amada a quien se le habla en sordina, a la par que con imperativas inflexiones. Tal vez, en futuros textos podríamos esperar que esta pasión alcance mayor plenitud y que la imagen de la amada se defina y se defina, también, esa conflictividad amorosa. En Imágenes en Re Menor, el hablante lírico pretende que su enunciación tenga un efecto perlocutivo, que lo que diga actúe al modo de un golpe, tan intenso, que con ello brote sangre (XV: 36). Tal es el ímpetu del que se presume, pero no se advierte la emergencia de ese efecto que el poemario postula pues, en definitiva, el conjunto remite a que el mensaje “no requiera de flores... y sólo le baste lo blanco y lo gris”.

Existe otro sector de sentido de este poemario conformado por un conjunto de poemas –XX, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI–que, a mi parecer, es más equilibrado porque allí el poeta habla de sí mismo. No tiene que angustiarse con la conflictividad amorosa. Son poemas donde el yo lírico se refiere a su estar en el mundo; a un “estar” en el tiempo que fluye y, como tal, escapa; es una idea del transcurso inexorable del tiempo y una percepción de ese transcurso como silente destrucción. Es el caso del poema XXIII cuyo tono es notoriamente más logrado, más coherente. “Sentado al filo de las rocas” (52), el poeta ya no necesita hablar de la amada sino de sí mismo, mientras ‘deja pasar, como tantas otras’ una tarde cualquiera. Esta zona de sentido que advierto en este poemario permite evaluar cuál es el mérito de esta poesía amorosa y de tendencia existencial. En tales ocasiones, el poeta se refugia en sí mismo para hablar desde su yo recurriendo a una actitud próxima a lo eglógico, pues, son ocasiones cuando se encuentra en la amplitud del paisaje, experimentándolo vivencialmente (‘observa la vida’). En medio de la naturaleza, (“Las montañas... el valle/ El pueblo y sus estrechas calles”) el poeta ve y siente pasar el tiempo y presume lo que sobrevendrá después del curso de las horas, tal como transcurre el atardecer. En suma, la de Alberto Guzmán Lavenant es una poesía promisoria de la cual se puede esperar nuevas búsqueda en un tono ya no de “re menor”.

Eduardo Barraza

Universidad de Los Lagos, Departamento de Humanidades y Arte, Casilla 933, Osorno, Chile, ebarraza@ulagos.cl