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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.24 Osorno jul. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012007000100014 

 

ALPHA N° 24 Julio 2007 (205-214)

NOTA

LA TEMÁTICA FAMILIAR EN LA NARRATIVA BREVE DE JULIO CORTÁZAR: COHESIÓN, ENFERMEDAD Y EMANCIPACIÓN

Roberto Chacana Arancibia*
Universidad de Los Lagos* Departamento de Educación, Osorno, Chile.

Dirección para correspondencia


PREÁMBULO NECESARIO: CRÍTICA A LA CRÍTICA PSICOLÓGICA CORTAZARIANA

Dentro del ingente volumen de crítica acerca de la obra de Julio Cortázar, existe una cantidad no menos despreciable de comentarios psicológicos respecto de ella. Esta crítica psicológica cortazariana –que, como se verá, posee un fuerte acento psicoanalítico– centra su interés en lo que se puede denominar el “mundo psicológico interno” de los personajes conformado, en gran medida, por miedos, obsesiones y complejos, los cuales desequilibran a los “atormentados” personajes, desencadenándose así los sucesos narrados. El vocabulario utilizado por esta perspectiva exegética: neurosis, obsesiones, fobias, pesadillas –que parece más propio de la psicología clínica y la psiquiatría– se constituyó, seguramente, en la puerta de entrada para que el psicoanálisis se posesionara de la crítica psicológica cortazariana: “Partiendo del carácter onírico o pesadillesco de algunos relatos, (diversos críticos) han ensayado un acercamiento psicológico, mayoritariamente psicoanalítico, a los mismos” (Goyalde Palacios, 2001: 49).1

A partir de ello, el esfuerzo de la crítica psicológica (en realidad debiéramos decir psicoanalítica) ha estado puesto en buscar en los antecedentes personales del autor el origen de tales conflictos psíquicos. Refiriéndose a Bestiario –el primer volumen de cuentos de Julio Cortázar– y basándose en declaraciones del escritor, Goyalde Palacios señala que “una buena parte de estos textos surgieron de estados neuróticos, de obsesiones, fobias y pesadillas” (45). Y es que, según la información biográfica de la que se dispone, el período de elaboración de los relatos de Bestiario fue especialmente difícil en lo psicológico para Julio Cortázar: “El fundamento de la interpretación psicológica de estos relatos reside en la suposición de que en la base de las diversas metáforas se encuentra una situación de neurosis personal, cuya resolución literaria a través de lo fantástico contiene un elemento catártico o, si se prefiere, terapéutico” (58). Tal es el nivel de acuerdo que existe sobre este punto que incluso Jaime Alazraki –un crítico cortazariano no siempre partidario de las explicaciones extratextuales– se ha inclinado por la misma alternativa: “Que hay un elemento neurótico en los vehículos de las metáforas de Bestiario es evidente” (1994: 146).

De ese modo, la crítica psicológica cortazariana dirige de manera especial su atención –además de los eventuales hechos traumáticos sufridos por el escritor– hacia lo que se denomina la biografía profunda (Goyalde Palacios, 2001: 126, 134, 173 y 181), es decir, hacia aquellas situaciones que, aunque no hayan acaecido como hechos reales en la vida cotidiana, sí tuvieron (o sí habrían tenido, mejor dicho) una repercusión nada desdeñable en la vida del autor, esto es: deseos insatisfechos, fantasías inconscientes, conflictos psicológicos, etc. En ese sentido, la exégesis psicoanalítica se interesa en los aspectos inconscientes o latentes que es posible rastrear tanto en la obra como en las capas más profundas de la mente del autor.

Al poner énfasis en los conflictos o traumas psíquicos, la exégesis psicológica cortazariana ha privilegiado una perspectiva que se podría denominar “individual”, esto es, un enfoque centrado y “volcado” hacia el interior del individuo. En ese ensimismamiento se ha perdido de vista, o minimizado, la importancia de una perspectiva de índole “contextual”, esto es, un enfoque que, reconociendo la presencia de determinadas alteraciones individuales, se interesa mayormente en identificar las dinámicas o problemáticas familiares presentes, y cómo éstas interactúan y están asociadas a los referidos conflictos individuales. Sin embargo, y debido al sesgo “individual” que ha tenido hasta ahora la crítica psicológica cortazariana, es posible hallar comentarios que minimizan a tal punto la importancia del contexto familiar que prácticamente acaban por negar su existencia, cuestión que se puede advertir en una sorprendente afirmación como esta: “Los personajes cortazarianos nunca habitan en sus propias casas; no viven con sus familiares; etcétera; están sustraídos al medio familiar” (Curutchet, 1972: 84. Cursiva en el original).

Aun cuando se podría concordar en que no es imprescindible que los personajes vivan en sus propias casas para que en un cuento esté presente la temática familiar, me parece que Curutchet se equivoca cuando, a propósito
de Bestiario, señala que en ninguno de esos cuentos los personajes habitan en sus casas (84). En realidad, en Bestiario hay por lo menos tres cuentos en los que claramente los personajes viven en sus casas y con sus familias: “Casa tomada” (casi toda la trama se desarrolla al interior de la mansión familiar, la cual es habitada por Irene y su hermano); “Circe” (Delia Mañara, la joven que “elimina” a sus novios con bombones rellenos con cucarachas, vive con sus padres); “Bestiario” (Isabel, la niña que va a pasar las vacaciones de verano a casa de una familia, también vive con la suya, y sólo durante el período estival la ha abandonado). A esta lista se podría agregar “Cefalea”, puesto que sus personajes, que viven en casa al cuidado de las curiosas mancuspias, también parecen conformar una familia, aunque ello no sea explicitado.

LA TEMÁTICA FAMILIAR SEGÚN LA CRÍTICA CORTAZARIANA: ALGUNOS ATISBOS ACERTADOS

La obliteración de la temática familiar realizada por Curutchet contrasta con la apreciación de Roberto Escamilla Molina (1970) que, aunque algo aislada y sin mayor desarrollo, advierte sobre la importancia de cierto tipo de dinámica familiar en parte de la cuentística de Julio Cortázar, al señalar lo siguiente:

Una crisis (familiar) que motiva una relativa alteración en una atmósfera detenida, para más tarde chocar con la certidumbre y perpetuar otros axiomas del hábito en ese cuadro de la convencional igualdad de la tarea diaria, en las asfixiantes familias sin cambio (164).

 

 


En una dirección similar, Miguel Herráez –biógrafo de Julio Cortá-zar– señala que algunos de los ejes anecdótico-temáticos más recurrentes en Cortázar son: “el grupo familiar cohesionado, pero en el borde de su desintegración”. (2003: 172). Al igual que Escamilla Molina, Herráez tampo-co profundiza en esta importante apreciación.

Por su parte, y a propósito del cuento “Cartas de mamá” (en el cual un joven matrimonio argentino, que se ha trasladado a vivir en París –en parte para huir de los reproches familiares, pues él se ha casado con la ex -novia de su hermano recién fallecido– ve perturbada su tranquilidad y emancipación a raíz de las frecuentes y cada vez más inquietantes cartas de la madre de él), Mario Goloboff –otro biógrafo de Cortázar– señala que “(dicho relato) consolida el ambiente familiar, doméstico, fuertemente enrarecido por la enfermedad y la muerte que, con el tiempo, distinguirá las mejores narraciones de Cortázar” (1998: 114). En el mismo sentido, José Amícola resalta la característica presencia de ambientes familiares extensos en los cuentos de Julio Cortázar, lo cual tendría una raíz biográfica, ya que de tal forma habrían sido las familias que conoció Cortázar en Buenos Aires (1969: 124).

No deja de llamar la atención que sean Goloboff y Herráez quienes hayan reparado en la importante impronta de la temática familiar dentro de las narraciones de Cortázar. A mi juicio, esta coincidencia podría deberse a que los datos biográficos les han permitido atisbar ese importante eje temático que podría encontrar sus raíces en determinados hechos y características de la biografía familiar de Cortázar.

EL SUSTRATO BIOGRÁFICO-FAMILIAR EN CORTAZAR

A la luz de los datos biográficos disponibles, parecen adquirir aún más corrección las aseveraciones mencionadas más arriba, en cuanto a que algunas narraciones de Julio Cortázar se caracterizan por la presencia de grupos familiares cohesionados, extensos y con una fuerte presencia de la enfermedad, y que así habrían sido, al menos en lo referido a su extensión, las familias que Cortázar conoció en Buenos Aires. Si bien es cierto que esto último no se puede corroborar, al menos dentro de las limitaciones de este análisis, sí se puede hacer respecto del grupo familiar del escritor, teniendo como base lo investigado por algunos de sus biógrafos.

M. Herráez y M. Goloboff coinciden en cuanto a la composición de la familia de Julio Cortázar. A pesar de que tras la vuelta a la Argentina el padre del escritor los abandonó, según Herráez el reducido número de tres miembros (madre, Julio y su hermana) se vio prontamente incrementado: “En ese ámbito empezará a adaptarse la familia de tres miembros, que se ensanchará al integrar a la abuela materna, Ma. Victoria, y a una tía segunda de Julio, tía Enriqueta, que era prima de su madre” (2003: 32). Según Goloboff, varios años más tarde, la familia sufrirá una nueva extensión cuando sus miembros establezcan una curiosa y estrecha relación con una familia vecina, encabezada por un capitán retirado del Ejército:

Ofelia (la hermana del escritor) se casó con uno de los hijos menores de (el capitán retirado) Pereyra Brizuela (…); su tía (la música) (Enriqueta) se casó con otro de los hermanos y, finalmente, Herminia, la madre del escritor, con el hijo mayor del capitán retirado. Los vínculos fueron, pues, estrechándose con el paso de los años (1998: 20).

 

 


A través de ese verdadero matrimonio en bloque, con un evidente acento endogámico, más que estrechar lazos con una familia distinta (los Pereyra Brizuela), la familia Cortázar logró reforzar los vínculos entre sus propios miembros (evitando así la temida desintegración) quienes, además de ser hermanas, sobrina, tía o madre, pasaban también a ser cuñadas

Los biógrafos de Cortázar coinciden, además, al destacar la importante presencia de la enfermedad dentro de la familia del escritor, la que se manifestó en dolencias efectivas (crisis epilépticas de Ofelia en su infancia y afecciones pulmonares de Julio en la misma época) pero, también y, en gran medida, en preocupaciones anticipatorias que llevaron, según Goloboff, a que “algunos allegados (de la familia de Cortázar) describan a la familia como especialmente hipocondríaca (…): las obsesiones por la salud ocupaban un espacio importante en el ámbito más íntimo” (18). Al respecto, no deja de ser significativo un testimonio dado a Goloboff por Aurora Bernárdez, la primera esposa del escritor:

Entre las cosas que más me asombraron cuando lo conocí a Julio (…), y cuando proyectamos uno de nuestros primeros viajes por Europa (…), fue su preocupación porque lleváramos un botiquín. Para mí ese era un componente insólito en un equipaje (…). Para él, en cambio, se trataba de una previsión indispensable. Ya me había llamado la atención, cuando conocí la casa de su familia en Villa del Parque, que tuvieran en el baño un botiquín que parecía el de una farmacia (20).

 

 

 

Al igual que el enlace endogámico con los Pereyra Brizuela, las obsesiones por la salud debieron ser entre los Cortázar otro importante medio para favorecer la cohesión familiar, pues en la medida que existiese un miembro (supuestamente) enfermo, los intereses o preocupaciones extra-familiares debían quedar relegados a un segundo plano. No obstante, si a pesar de ese mandato familiar “algún” miembro decidía marcharse con su novia de vacaciones a Europa, su familia también debía “acompañarles”, aunque fuese a través de la insólita insistencia del escritor de llevar un botiquín.

Desde esa perspectiva, la emancipación de un grupo familiar tan cohesionado, endogámico y enfermo como el suyo, no debió haber sido una tarea de fácil resolución para el escritor, puesto que es muy probable que haya existido una serie de inconvenientes (o imprevistos) capaces de retrasar o de dificultar su emancipación. Aunque antes de emigrar a París, Cortázar tuvo la experiencia de vivir fuera de la casa familiar –por ejemplo, cuando ejerció de profesor en algunos pueblos argentinos– siguió manteniendo un estrecho contacto con su familia, gracias a permanentes cartas y viajes tanto de él a Buenos Aires como de su madre y de su hermana a los pueblos en donde trabajaba. Asimismo, un importante objetivo de esos trabajos era aportar económicamente al sustento de su madre y hermana (Harss, 1971: 262; Herráez, 2003: 62, 87 y 106; Montes-Bradley, 2005: 175). Por lo tanto, la experiencia de emanciparse definitivamente del hogar familiar (o de las obligaciones que éste le imponía) sólo comenzó a concretarse a partir de su salida de Argentina para radicarse en París a fines de 1951, cuando ya tenía 37 años.

Los años previos a su marcha son los que conforman el período en que Cortázar compuso los relatos que pasaron a formar parte de Bestiario, época que él mismo ha calificado de especialmente difícil en lo psicológico. En ese sentido, no resultaría aventurada la hipótesis respecto de que tales tormentos psicológicos hayan estado asociados a los enormes esfuerzos que, tal vez, el escritor debió desplegar para anteponer sus afanes emancipadores por sobre las resistencias que pudo haber encontrado en su propia familia, como, también, por encima de sus eventuales ambivalencias personales.

Desde ese punto de vista, es sintomático que en aquella época Cortázar haya desarrollado una fobia a la comida familiar (el alimento inmundo que dio origen al cuento “Circe” que forma parte de Bestiario). Según su propia interpretación, dicho temor irracional (encontrar insectos en los alimentos preparados por su madre) se debió a que pasaba por un período de gran fatiga a raíz de los intensos estudios de traductor que estaba desarrollando a fin independizarse prontamente de su trabajo para después irse a Francia. (Harss, 269-270). Esa explicación, con un marcado énfasis en lo “individual” (puesto que está centrada en el mundo psicológico interno del escritor, esto es, en sus temores, fantasías y “fatigas”), no considera las repercusiones e interrelaciones existentes entre esos padecimientos individuales y el funcionamiento familiar de los Cortázar.

Desde una perspectiva más “contextual”, considero que es fundamental no pasar por alto dichas posibles repercusiones e interrelaciones, a raíz –por ejemplo– del destacado lugar ocupado por Cortázar dentro de su familia, ya que él era una especie de “jefe de hogar” u “hombre de la familia”, pues, era responsable de mantener económicamente a su madre y a su hermana. Al respecto, según consigna Herráez, es significativo que, antes de marcharse a París, el escritor haya debido resolver no sólo cuestiones personales sino, también, familiares:

Había que solucionar el mantenimiento económico de su madre y su hermana, que dependían (…) de los ingresos del escritor (…). Resolvió el asunto (…) con un compromiso que estableció con la Editorial Sudamericana: el pacto le obligaba a traducir libros, y ésta, a cambio, abonaría los suficientes emolumentos en pesos argentinos (a ellas) (2003: 148).

 

 


Resuelto ese aspecto, el camino hacia la emancipación quedaba “libre” para Cortázar; las eventuales dificultades posteriores (y anteriores) quedarían registradas en las peripecias y padecimientos de sus personajes.

Sin embargo, y a pesar de la distancia geográfica, la relación entre Cortázar y su familia siguió siendo estrecha –según Goloboff, (16)– y sólo la llegada de las dictaduras militares al gobierno argentino le impidieron mantenerla del modo que él hubiera querido. En ese sentido, sostiene Goloboff, “el permanente sentimiento de estar desdoblado, partido entre dos mundos, el allá y el acá, Buenos Aires y París” (140), que Julio Cortázar manifestó en diversas ocasiones y que la crítica cortazariana ha interpretado en términos de escisión o problemática cultural (Amícola, 1999: 109-111) –incluso con acentos metafísicos– podría hallar, a mi juicio, una lectura bastante más pedestre asociada a la forzosa separación de su familia a la que lo condujo el cambio de continente.

COHESIÓN, ENFERMEDAD Y EMANCIPACIÓN: TRES CUESTIONES CENTRALES EN LA TEMÁTICA FAMILIAR CORTAZARIANA

En la narrativa breve de Julio Cortázar es posible hallar una serie de cuentos en los cuales describe familias que se caracterizan por un alto grado de cohesión entre sus miembros. Estos personajes suelen estar conectados entre sí, de manera casi “enmarañada”, en torno a la realización de una actividad común como, por ejemplo, el cuidado de un miembro enfermo. Así, en “La salud de los enfermos” (Todos los fuegos el fuego, 1966), tío Roque, tía Clelia, Rosa, Pepa y Carlos, ocultan a la madre la muerte de Alejandro (haciéndola creer que su hijo se ha trasladado repentinamente a Brasil, a raíz de motivos laborales), para de ese modo proteger la delicada salud de la mujer. En “Cefalea” (Bestiario, 1951), los cuatro integrantes del grupo se preocupan no sólo del bienestar de las curiosas mancuspias, sino también del propio, pues padecen de diversos tipos de “cefaleas”, las que sólo logran mitigar gracias a los cuidados y a la rigurosa medicación. En “Pesadillas” (Deshoras, 1982), es la salud de Mecha la que cohesiona a la familia, pues la muchacha ha caído en coma repentinamente, siendo desahuciada por el médico, pero no así por sus padres y hermano, quienes siguen fielmente cuidando de la joven. Finalmente, en “Las fases de Severo” (Octaedro, 1974), la familia, amigos, vecinos y otros parientes de Severo se reúnen para presenciar y ayudarlo cuando éste sufre unas curiosas fases o manifestaciones corporales, en las cuales pierde el control de sí mismo, quedando sometido a un extraño y misterioso padecimiento. Por otra parte –y en un tono harto distinto–, en “Ocupaciones raras” (Historias de Cronopios y de Famas, 1962) los numerosos miembros de la familia de la calle Humboldt se cohesionan en torno a la realización de una serie de disparatadas e hilarantes actividades, cuya característica común es que de la ejecución exitosa de las mismas parece depender la conservación de la propia familia, o bien la de algún miembro relevante.

Asociado a lo anterior, las familias cortazarianas funcionan como siste-mas cerrados que poseen gruesas fronteras que las separan del exterior, propiciando, de esa manera, un escaso intercambio con lo que se encuentra más allá de sus márgenes, de tal forma que sus integrantes viven práctica-mente recluidos al interior de ellas. Así, en “Casa tomada” (Bestiario, 1951) es el hermano quien sale de casa, y sólo lo hace ocasionalmente para comprar más lana para la hermana y nuevos libros para él; en “Cefalea”, los cuatro integrantes permanecen “encerrados” al interior de la casa entregados al cuidado minucioso de las mancuspias (cuestión que sólo se ve interrumpida cuando dos de aquéllos, Leonor y El Chango, desertan del grupo); en “Circe” (Bestiario, 1951), Delia Mañara vive junto a sus padres, recuperándose de las sucesivas muertes de sus dos antiguos novios, animándose lentamente a retomar sus actividades preferidas (tocar el piano y preparar licores y bombones), mostrando un mínimo interés por salir de casa.

Por otra parte, en las familias cortazarianas se privilegia el establecimiento de fuertes lazos de índole endogámica. Por ejemplo, en “Casa tomada” Irene y su hermano han dejado ir a sus respectivos novios, abandonando la búsqueda de nuevas parejas, conformándose con la posibilidad de constituir entre ellos una especie de matrimonio, sobre la base de una ambigua e hipotética relación incestuosa. Este tipo de vínculo endogámico reduce aún más las posibilidades de interacción con el exterior, hacia el cual los personajes cortazarianos suelen dirigir una mirada de desconfianza, la que no pocas veces es mutua. En “Circe”, Delia y sus padres desconfían de los vecinos (por lo cual los Mañara finalmente deciden mudarse de barrio); el vecindario, por su parte, observa con suspicacia a la joven, pues, circula el rumor de que ella tuvo algo que ver en las muertes de sus novios. Asimismo, la relación de los personajes cortazarianos con el entorno puede estar marcada por el menosprecio o la desvalorización, como lo ocurrido con la familia de la calle Humboldt, en “Ocupaciones raras”, cuyos miembros consideran que los vecinos son incapaces de comprender sus peculiares actividades, pues, están más allá o van en contra de las normas y las convenciones sociales.

Una consecuencia que sufren los miembros de familias cortazarianas es que las posibilidades de diferenciación individual y de emancipación respecto del grupo se ven seriamente dificultadas, puesto que todas las energías individuales “deben” estar puestas al servicio del bienestar y de la super-vivencia familiar. Sin embargo, hay algunos cuentos en los que ocurre lo opuesto, esto es, que la autonomía y la emancipación individual se imponen (con un relativo “éxito”) por sobre las restricciones existentes. Así por ejemplo, Luis en “Cartas de mamá” (Las armas secretas, 1959) da prioridad a sus anhelos personales, a pesar de la oposición de la familia y de la enfermedad de la madre, quien queda “abandonada” en el caserón familiar, junto a sus frascos de remedio y el recuerdo de Nico, su otro hijo recién muerto, cuya exnovia se ha casado con Luis marchándose con su marido a París.

En ese contexto, los personajes cortazarianos pueden presentar dos tipos de valoraciones o actitudes bien diferentes, entre sí, respecto del funcionamiento familiar cohesionado. En un primer caso, los integrantes de la familia parecen estar adaptados positivamente a tal realidad (“La salud de los enfermos”), experimentando la cohesión familiar como algo soportable, o hasta favorable, incluso con ribetes claramente festivos (“Ocupaciones raras”), aun a costa de ver seriamente mermadas las posibilidades de diferenciación y emancipación individual, las cuales, en realidad, no parecen tampoco resultar mayormente atractivas. En el otro extremo, la cohesión familiar es vivenciada como un proceso asfixiante que limita la libertad individual, quedando asociado todo lo referido a la familia (hogar, matrimonio, padres, casa, etc.) a lugares o ámbitos marcados por el encierro, que oprimen y angustian (“El otro cielo”, Todos los fuegos el fuego, 1966).

Lo anterior permite concluir que en los cuentos de Julio Cortázar se puede advertir la presencia de la oposición individuo versus familia, ya sea porque la familia, a través de sus normas, valores y restricciones, limita la libertad individual (“Cartas de mamá”, “El otro cielo”), o bien porque aquélla satisface de tal modo las necesidades individuales que el desarrollo personal se convierte en algo innecesario (“Ocupaciones raras”), o se transforma en un problema o una cuestión indeseable (“Circe”) e, incluso, en algo angustioso o paranoico (“Casa tomada”), debido a que la emancipación podría poner en riesgo o significar la pérdida de tamaña fuente de (in)satisfacción, esto es, la familia.

NOTAS

1 Entre el psicoanálisis y el escritor existió una "fascinación" mutua, puesto que Cortázar se declaró gran lector de esa teoría, tal como lo confesó a Omar Prego: "En mis largas horas de ocio, cuando era profesor en Chivilcoy (alrededor de 1939), me leí las Obras Completas de Freud (...) Y me fascinó" (1985: 182). Bastantes años después, Cortázar seguía mostrando interés en el psicoanálisis. Así se advierte en una carta de 1965, dirigida a su amigo y editor Francisco Porrúa: "Me gustaría mucho que me mandaras el libro de (Carl Gustav) Jung sobre la psique; será una gran lectura". Cortázar, 2000: 829.


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Correspondencia a:

Avda. Fuschlocher 1305, Osorno, Chile.
rchacan@ulagos.cl