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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.24 Osorno jul. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012007000100013 

 

ALPHA N° 24 Julio 2007 (197-204)

NOTA

MEMORIA POÉTICA DE UN SACRIFICIO: MANNS

Juan Gabriel Araya G.
Universidad del Bío-Bío*, Facultad de Educación y Humanidades, Chillán, Chile.

Dirección para correspondencia


Memorial de la noche1, novela de Patricio Manns, da vida y movimien-to a una sublevación mapuche a comienzos de la cuarta década del siglo XX, un suceso memorable y épico acaecido en la cordillera araucana de Malleco (Chile). El antecedente literario más inmediato del hecho es Actas del Alto Bío-Bío (1985), un relato de este episodio efectuado por el mismo autor, así como también su ensayo Las grandes masacres (1972), escrito en los tiempos de la Unidad Popular de los años 70. Un referente más antiguo aún de este episodio es Ránquil. Novela de la tierra, de Reinaldo Lomboy, publicada por primera vez en 1942.2 A ello hay que sumar Los que van quedando en el camino, una obra teatral de Isidora Aguirre (1969).3

Esta continuidad temática y discursiva sobre un mismo suceso histórico conforma una interesante y sugerente cadena intertextual acerca de relatos que tratan de la sangre de los caídos y de sus frustrados proyectos de cambio social. En el terreno de la política, esta continuidad gira alrededor de la necesidad de la reforma de la tenencia de la tierra4 y en el contexto del discurso literario, textualiza una praxis marginal que rescata un hecho horroroso que ha sido relegado a una serie de historias no contadas ocurridas en la historia oculta de nuestra patria. Tal es el interés que reviste este memorial de Manns quien, en otros libros suyos, ha rescatado otros sucesos desconocidos para gran parte del canon literario. Recordemos, al respecto libros como Actas de Marusia (1974), actas del alto Bío-Bío (1984) Actas de Madreputa (1987) o El corazón a contraluz (1996).5

Si nos atenemos al significado de la palabra “memorial”, la novela de Manns viene a ser un libro en que se apunta o anota una cosa, en este caso, un asunto artístico, histórico-político, para dar a conocer un fin. No obstante, nos interesa aquí un significado más familiar que tiene que ver con el hecho de haber perdido la memoria de una cosa y no saber dar razón de ella.6

De acuerdo con el planteamiento anterior, la historia oficial de nuestro país, precisamente, ha perdido la memoria de eventos que la conforman y no ha sabido o no ha querido dar razón de ella. Por lo mismo, se justifica la necesidad de abordar el estudio del discurso de temática mapuche, porque éste, por ejemplo –con honrosas excepciones, como es el caso de Manns– ha sido tradicionalmente postergado por la crítica literaria del país.7 Por tal motivo, nos ha interesado el tratamiento de este tema por parte de autores como Manns, porque tal como lo afirma en este Memorial de la noche, el mapuche Angol Mamalcalhuello “la sobrevivencia es un problema de memoria” (52) . Razón por la cual, Anima Luz Boroa, la esposa de Angol, asume el papel de narradora de leyendas de su pueblo, pues, ambos son privilegiados depositarios de la memoria de su colectividad. Dichas leyendas y los conocimientos que guardan en su interior estos narradores, son transmitidas al cronista-narrador quien –en virtud de su oficio de escritor– narra recurriendo a una mirada amplia, poética y distinta de la usada por la historia formal.

Memorial de la noche exige del receptor una lectura contextualizada que haga recuperar en el pueblo chileno la memoria de una historia olvidada, pero, no perdida. De este modo, la memoria se constituye en una categoría que informa de la recuperación de la energía del pueblo mapuche-pehuenche que habita en el interior de la Araucanía.

La narración se moviliza dinámicamente a través de una historia que se hace presente entre la mimesis y el recuerdo poético de una gesta heroica que se vuelve sacrificio: la sublevación mapuche producida a causa del despojo del mapu por parte de terratenientes, ocurrida el año 1934 en Ránquil, una localidad cercana a Lonquimay (Chile), descrita como “la costilla cordillerana de la provincia de Malleco” (22).

Manns, antaño habitante de aquellas tierras y curioso reportero de la década del 60, es un gran conocedor tanto de la geografía que describe tanto como de las costumbres de sus habitantes. Por consiguiente, su relato pretende ser la escritura de su propia memoria en la textura del papel.

El punto de vista del narrador, sin embargo, no es el que otorga la historiografía ni el naturalismo clásico. Más bien, es el de un cronista-poeta contemporáneo que recrea artística y ficcionalmente un memorial poético-histórico. De este modo, reconstruye un pasado que hay que descifrar con claves diferentes a las empleadas por la historia oficial, la cual al referirse al tema sólo habla de un ‘alzamiento vulgar de desheredados de la fortuna contra poderosos propietarios de la tierra’. El discurso literario de Manns se convierte, de este modo, en un acto de desciframiento y develamiento de una realidad mediante la escritura que evoca, recuerda y valora, cuya resonancia llega hasta nuestros días.

Manns sostiene que libros semejantes a la intencionalidad suya, como 100 gotas de sangre y 200 de sudor (1961) o Supay el cristiano (1967) de Carlos Droguett y otros, desarrollan un discurso ficticio y, a la vez, fáctico: “Ninguno pretende dinamitar una realidad adulterada y reorganizarla después, sino rescatar ciertos materiales confiscados a la historia mediata e inmediata a fin de retrabajarlos”8.

Puntualicemos que en el interior de la novela, el narrador básico adopta la máscara de un poeta-entrevistador que teje una historia con suprema habilidad, haciendo de su entrevistado un depositario de la historia de su raza, de su región y de su país. En efecto, en su programación textual, el narrador dialoga con el antiguo líder mapuche Angol Mamalcahuello y con su mujer acerca de los sucesos que protagonizaron en aquella época de violenta represión. Por su intermedio se vincula con la realidad mítica, histórica y social.

Respecto al tiempo de la enunciación, el comienzo del relato nos sitúa en el año 1970, el período de la presidencia de Salvador Allende.9 Sin embargo, la historia nos remite a los sucesos de los años treinta, durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma, haciéndose, incluso, alusiones más atrás, a los orígenes, a la conquista española, a la llegada de los colonos alemanes, suizos, franceses, italianos, yugoslavos y al maltrato que le ocasiona el huinca, en general, a los indígenas. El narrador, en un acto casi notarial, indicial, hace constar en su escritura los nombres de muchos de estos europeos y de sus descendientes. Así lo manifiesta ejemplarmente: “El propietario mayor era Juan Smitmans, un gran terrateniente del sur, llamado el cacique del trigo de Malleco” (85). Asimismo, toma nota de los apellidos de los principales caciques mapuche que participaron en aquella gesta reivindicativa y de las localidades de las cuales procedían.

La novela obedece a la estructura de un memorial, también, en el sentido de una publicación que usaban o usan algunas colectividades para registrar los hechos de una causa, a fin de recordarlas en el momento oportuno. También puede actuar como memorial una escultura, un monumento, un muro, tal como los que se han erigido en el país en recuerdo de los desaparecidos, a causa de los malhadados sucesos del 73.

En el caso del relato de Manns, la secuencia se compone de diez memoriales o capítulos que corresponden a diferentes instancias del tiempo de la conversación-entrevista, de acuerdo con las circunstancias histórico-temporales de los acontecimientos evocados. Ellos son: “Memorial de mediatarde”, “del crepúsculo”, “de la sombra”, “de la fecundidad”, “de la madrugada”, “del día”, “del adiós”, “del pasado”, “del cenit” y “del ocaso”.

En este último, después de la narración de la muerte de gran parte de la comunidad pehuenche ocasionada por los agentes del gobierno, el sobreviviente Angol Mamalcahuello en las últimas líneas afirma: “nos fuimos quedando dormidos. Dormidos hasta hoy día, señor” (164).

Esta última frase nos permite, sea por el conjuro de la letra, la voz o el recuerdo que sale a la superficie, enterarnos del despertar de la comunidad y, con ello, de la recuperación de la esperanza de una vida más digna. No en vano, el narrador ha puesto como epígrafe “Entonces, en la tierra // hecha de nuestros cuerpos, nació el canto // de la guerra, del sol, de las cosechas // hacia la magnitud de los volcanes”, versos de Neruda procedentes del Canto General, cuando en el “Canto II” la comunidad enterrada en las ruinas de Machu Picchu es despertada y conminada a renacer mediante la eficaz oralidad del vate. En relación con esta referencia, queremos establecer otra relación intertextual con el mismo Neruda, quien en su Memorial de Isla Negra10, confiesa que usa la palabra “memorial” como un “primer paso atrás, hacia su propia distancia”.

Manns en Memorial de la noche hace lo propio. Da un paso atrás con todos los bríos del presente, hacia la reconstrucción de la verdadera historia de la tragedia del Alto Bío-Bío.

En este “memorial” de Manns se deslindan, con precisión, dos principales categorías de hombres: los que comen de la tierra y los hombres que comen de la escritura. Sin embargo, también hay otros que comen del
mar, de Dios, de sus piernas, de sus rostros o de sus memorias. Hay otros que comen de sus fábricas o de sus armas. Para los efectos de este trabajo las categorías que la novela privilegia son los indígenas y los escritores y profesores de historia, tipologías humanas que manifiestan una relación simbiótica, complementándose mutuamente. El indígena cuenta el despojo de su tierra; el escritor comprometido con su destino de tal o con la verosimilitud del hecho, lo cuenta desde su interioridad misma: sea indigenista o no lo sea, su voz siempre pretenderá el carácter de testimonio veraz; el profesor aprende conoce, sabe y es depositario de la historiografía nacional y reacciona ante ella.

Iván Carrasco ha planteado que a partir de la década del 60, después de superar escuelas que no daban cuenta cabal del fenómeno étnico real, surgió la noción del discurso etnocultural, de inspiración antropológica, que ha implicado un modo distinto de enunciar la temática indígena y que ha dado origen a diferentes estrategias textuales.11 Al parecer, esta situación se ha presentado en forma más notoria en la poesía antes que en la narración. Por su parte, Martin Lienhard, crítico suizo, afirma que actualmente se practica un rescate de la cultura de pueblos dominados por otros, produciéndose un “texto de tipo etno-testimonial, un discurso literario actualmente en boga”12.

Respecto a los interesantes puntos que estudian Carrasco y Lienhard, independientemente de otros críticos, creemos que la novela de Manns, efectivamente está construida con una metodología o estrategia textual diferente, al menos, a la que ofrece por ejemplo Flor Lumao, novela de Lautaro Yankas13, quien –heredero de un naturalismo postrero– hace un tratamiento no heroico ni dignificatorio del indio de la Frontera al otorgarle calificativos negativos más propios de una sociedad patronal que de un escritor adherente de la causa indígena.

Baldomero Lillo en su magnífico cuento “Quilapán”14 –escrito a principios del siglo XX– constituye, sin embargo, una gran excepción en el tratamiento tradicional del indígena, pues, lo enaltece y lo hace respirar su propia dignidad de hombre valiente, al modo de la épica tradicional. Lillo, tal vez sea el primer antecedente, y el más valioso, al ofrecer una visión más amplia e íntegra del indio de La Araucanía. No en vano, Lillo denomina a su
héroe con el nombre del último gran jefe rebelde del período malamente llamado por la historia oficial “Pacificación de la Araucanía”.

En función de lo expresado anteriormente –y tal como lo afirma Fernando Moreno, refiriéndose a una modalidad de la novela hispanoa-mericana actual– la escritura “asume la relación subversiva del discurso textual frente al discurso de la Historia”15, desescribiéndola y reescribiéndola.

Si bien es cierto, el protagonista de Memorial de la noche es José Segundo Leiva Tapia –un joven profesor de Lonquimay, quien en virtud de su cultura y de su posición ideológica organiza a las comunidades indígenas para defenderse de los atropellos– a la postre, el espíritu de sacrificio de la colectividad pehuenche es el verdadero héroe de la narración. Tapia es muerto a los veinticinco años de edad. La mayor parte de sus compañeros –alrededor de quinientos– una vez fracasada la resistencia campesina, fueron atados por el cuello y arrastrados por cabalgaduras hasta Temuco. La mayor parte de ellos murió en el camino.16

En un comienzo mencionábamos que la cadena intertextual acerca de este mismo motivo se inicia con Ránquil de Reinaldo Lomboy. Pues bien, dicha novela –como se ha afirmado– trata el mismo tema de la propiedad de la tierra, sin embargo, ambas son técnica y estéticamente diferentes.

Destaquemos brevemente algunos rasgos distintivos. En Lomboy, los protagonistas son campesinos pobres que actúan en el mismo escenario, pero desprovistos por el narrador del amplio contexto histórico y social que le otorga Manns a su novela; por ejemplo, las proyecciones políticas de un mensaje contestatario. El origen de la narración de Lomboy, legítimo en sí, es únicamente el de la protesta social, pues, ella obedece a los dictados de la estética del realismo social de los miembros de la Generación del 38 y del neorrealismo. Es menos artística que la de Manns, hecho que se advierte, hasta en las escenas de sexo. El clásico determinismo telúrico se hace presente con fuerza en las relaciones y en la forma de comportamiento de los hombres. Los indígenas, aunque se conservan sus huellas y recuerdos, como en un gran palimpsesto humano, son sustituidos por pequeños propietarios de campo. Sin embargo, ambas novelas participan del mismo carácter de inmolación
combativa y de sacrificio que el futuro sabrá reconocer. Lomboy y Manns constituyen expresiones auténticas de narraciones temporalmente distanciadas, pero unidas por la misma idea de que la tierra es fertilizada por la sangre de su defensor convirtiendo a la comunidad que la puebla en un héroe colectivo y múltiple.

Lo cierto es que en ambos relatos la historia es reescrita, mitificada o desmitificada; ya no es escamoteada. El diálogo de textos sobre un mismo tema es altamente productivo para mantener la memoria, según la construcción del memorialista.

Queremos concluir, incorporando a nuestro discurso una cita de Angol Mamalcahuello, a quien –en un hábil recurso estilístico– el entrevistador-narrador cubre de epítetos caracterizadores, cada vez que lo nombra. En efecto, lo califica de “el tranquilo”, “el sabelotodo”, “el gentilhombre”, “el hospitalario”, “el guiante”, “el laureado”, “el calculante”, “el rutilante”, “el histórico”, “el ilegal”, “el pagano”, “el obsesivo”, “el pensador”, “el vagabundo”, “el baqueano”, “el forestal” Angol Mamalcahuello, entre otros atributos. Este personaje “ilegal” transmite su pensamiento vernacular al cronista en los siguientes términos:

–Cuando quiero pensar, cuando pienso que la memoria se me está muriendo, vengo de nuevo a refrescarla un poco – me dice. No es bueno olvidar, señor. Hay que aprender a recordar. Olvidar es un pésimo asunto. La sabiduría está hecha de entendimiento y memoria. Yo la cuido y la riego como un árbol, afirma, el forestal Angol Mamalcahuello. De lo contrario, José Segundo habría verdaderamente muerto.
– ¿Tú crees que no ha muerto?
– Depende. Él no ha muerto porque nosotros lo recordamos. Mientras lo recordemos estará vivo. (44).

 

 

 



En suma, el mensaje del escritor se entrega al público lector, a fin de que éste recupere y rehabilite la memoria de los héroes del pueblo, que con su ejemplo y sacrificio han evitado, en lo posible, que actos ignominiosos vuelvan a repetirse, en la medida en que se profundizan conceptos de justicia, igualdad y concordia social.

NOTAS

1 Patricio Manns. Memorial de la noche. Santiago de Chile: Sudamericana, 2000. 2° ed. Citaremos por esta edición.

2 Ricardo Lomboy. Ránquil, Buenos Aires: Editorial Orbe, 1971.

3 Isidora Aguirre. Los que van quedando en el camino. Santiago: s/e, 1969. Se estrenó en 1969, el último año de la presidencia de Eduardo Frei Montalva.

4 Cfr. René Jara. El revés de la arpillera. Perfil literario de Chile. Madrid: Hiperión, 1988: 168.

5 Otra obra importante de este autor es Buenas noches los pastores. Santiago: Sudamericana, 1973. Por este texto, Manns recibió el Premio Municipal de Literatura de la I. Municipalidad de Santiago de Chile, pero sólo el año 1998 se le hizo entrega del galardón, ya que entonces no fue concedido debido a las circunstancias políticas producidas por el derrumbe del Gobierno de Salvador Allende y el golpe militar de Pinochet. La totalidad de esta obra fue arrojada al mar. El tema de la novela está ambientado en el Sur de Chile.

6 Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española. Madrid: Sopena. 1992: 1353.

7 Al respecto, son valiosos los planteamientos de Eduardo Barraza en De la Araucana a Butamalón. El discurso de la conquista y el canon de la literatura chilena. Valdivia, 2004.

8 Cfr. "Impugnación de la Historia por la Nueva Novela Histórica, la Nueva Novela Histórica: una experiencia personal", en Karl Kohut. La invención del pasado. La novela histórica en el marco de la posmodernidad. Frankfurt, Madrid: Vervuet/ Americana Eystettensia, 1997.

9 Estimamos que en el relato de los acontecimientos se elabora un mensaje hacia la posteridad, pues, uno de los narradores se imagina que José Segundo Leiva Tapia, ya en el año 1934 intuía que podía aparecer algún día del futuro un líder revolucionario que estuviera en condiciones de aplicar leyes que reivindicaran al mapuche y al campesino: "Él (José Leiva Tapia) parecía saber que un día llegaría Salvador Allende. ¿Tú te das cuenta que ahora, con Salvador Allende en el gobierno, tendremos por fin esas leyes, señor? (68)

10 Pablo Neruda. Memorial de Isla Negra. Buenos Aires: Losada, 1964.

11 Cfr. Iván Carrasco “La poesía etnocultural: modelo de una sociedad en diálogo”, en Lengua y Literatura Mapuche Nº 8, 1998. Temuco: Universidad de La Frontera.

12 Cfr. Martin Lienhard. La voz y la huella. La Habana: Casa de las Américas, 1997. Cap. X. 288.

13 Cfr. Luis de la Barra Arroyo. “Flor Lumao: ¿Defensa o destrucción del mapuche?, en Lengua y Literatura Mapuche Nº 8, 1998. Temuco: Universidad de La Frontera.

14 Baldomero Lillo. “Quilapán”, en Sub Sole. Santiago de Chile, 1907.

15 Cfr. Fernando Moreno. “La historia recurrente y los nuevos cronistas de Indias”, en Acta Literaria Nº 17, 1992. Universidad de Concepción.

16 “No tenemos ninguna posibilidad de triunfo”, dice José Segundo Tapia a Angol Mamalcahuello, ya dispuestos a convertirse en mártires de su causa, “no tenemos ninguna posibilidad de triunfo, pero nos matarán igual si no nos defendemos. Y, finalmente, si morimos luchando, tendrán que esperar mucho tiempo antes de desalojar a otros campesinos e indios, porque la opinión pública llegará a enterarse de alguna manera de estas masacres, y a lo mejor un día se atreven a protestar” (68). Entendemos de lo transcrito que esto forma parte también del mensaje a la posteridad.

BIBLIOGRAFÍA

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------- Las grandes masacres. Santiago de Chile: Quimantú, 1972.

------- Actas de Marusia. (1974) Santiago de Chile: P&P, 1993.

------- Buenas noches los pastores. (1973) Santiago de Chile: Sudamericana, 1998.

------- Actas del Bio-Bio. Madrid: Michay, 1985.

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------- El corazón a contraluz. Buenos Aires: Emecé, 1996.

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Correspondencia a:

Casilla 447- Chillán, Chile
jaraya@pehuen.chillan.ubiobio.cl