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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.24 Osorno jul. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012007000100012 

 ALPHA N° 24 Julio 2007 (187-195)

NOTA

MEDIO SIGLO POETIZANDO.
HORIZONTES Y SUEÑOS, DE MATÍAS RAFIDE
1

Andrés Gallardo*
Universidad de Concepción*, Departamento de Español, Concepción, Chile.

Dirección para correspondencia


Matías Rafide Batarce ha sido una presencia vital y perseverante en nuestro medio cultural, especialmente en el ámbito literario, por más de cincuenta años. Desde la sala de clases, desde las columnas de los diarios, desde los textos de estudio y de interpretación crítica, desde la gestión diplomática, desde el diálogo siempre amistoso, ha enriquecido a generaciones enteras con su saber bien asentado y les ha contagiado su entusiasmo por la actividad literaria, sobre todo, en lengua castellana y, de modo muy especial, por la actividad literaria chilena. Paralelamente a su trabajo docente y a su labor de crítico y difusor de las letras, ha proyectado su propio decir de poeta fino y austero centrado en la búsqueda del sentido del existir individual en el entorno de una identidad cultural bien decantada y bien definida.

La noria (Santiago: Cultura, 1950), el primer poemario de Matías Rafide, ha cumplido ya la edad respetable de 57 años y, desde entonces, una docena de libros han ido indagando nuevos sentidos, ahondando en los sentidos viejos y expresando siempre todos los sentidos con la verdad llana de la palabra que sabe de dónde procede y a quién se dirige. No siempre los títulos de los libros testimonian la naturaleza del trabajo de un escritor, como sí sucede en este caso. A partir de La noria, aparecieron Ritual de soledad (Santiago: Cultura, 1952), Itinerario del olvido (Santiago: Cultura, 1955), Fugitivo cielo (Madrid, 1957), El corazón transparente (Antofagasta: Colecciones Hacia, 1960), Tiempo ardiente (1962), El huésped (Santiago: La Gratitud Nacional, 1970), Antevíspera (Santiago: Imprenta Santiago, 1981), Presagios (Edición bilingüe árabe-español, Madrid: Dos Mundos, 1994), textos que jalonan esta dedicación constante al ejercicio poético y van dando fe de una creciente evolución por una senda de crecimiento interno que se asienta en la conciencia del propio oficio afincado en una tradición poética que se asume y se quiere enriquecer. Estamos frente a un autor y a una obra
que son verdaderos exponentes de una ética del trabajo literario. Como acertadamente lo ha calificado uno de sus críticos, “Matías Rafide es, sin duda alguna, el último de una generación de la consistencia, junto a Efraín Barquero, Emma Jauch y Mesa Seco” (Metzdorf, 2005).

En el año cervantino de 2005, y en plena madurez, Matías Rafide nos ha entregado sus Horizontes y Sueños, que quieren presentarse como una “antología esencial” y que, en poco más de setenta poemas, seleccionados con gusto y tino por Ernesto Livacic, recorre todo el camino de su producción como en una retrospectiva serena que, sin apuro, se va remansando en cada una de las cuerdas que el poeta ha pulsado durante su vida, que son variadas en sentido y en intención, según expresa René Ibacache (2005):

Aquí están las realidades cercanas, como “esta es mi casa”, donde moran siempre los padres, vivos o muertos; o la soledad, siempre “tan dura”…; o la “dichosa memoria” que de nuevo se fortalece en la soledad y el silencio.

 

 

Matías Rafide Batarce nació en 1929, en la ilustre villa de Curepto, en el corazón de la Región del Maule, lo que consigna en el poema del mismo nombre. Allí:

la plaza es una estampa
de un antiguo paraíso.

Sueños ayer que aún
revolotean en el aire.
… …
La ciudad de somnolientos
transeúntes nos aguarda con
sus muertos en paz.
Mientras soñamos el último
poema sonriéndole a un azar indescifrable (167-168).

 

 

 

 

 


Estudió, cómo no, Pedagogía en Castellano, carrera que hoy muchos persisten en llamar “lenguaje y comunicación” para enfatizar una actitud que insiste en que hemos de formar técnicos de la lengua y no conocedores y amantes de sus fibras más íntimas y de su asentada tradición. Matías, sin desdeñar el componente técnico de cualquier enfoque del lenguaje, ha privilegiado, desde sus comienzos, la dimensión cultural y, específicamente, poética. Y así fue madurando su carrera. Luego de titularse de profesor, se doctoró en Madrid; volvió a Chile y ha ejercido, además del oficio poético, la docencia y la crítica literaria en Antofagasta, en Talca y en Santiago. En todos esos lugares ha quedado impresa la huella de su bonhomía, ahondando las raíces de la buena amistad centrada en el saber sin prepotencia y en la capacidad interminable de escuchar.

Paralela a su labor docente, y en permanente coordinación con ella, la difusión de las letras nacionales ha sido una constante en la carrera intelectual de Matías Rafide. Así, en su paso por Antofagasta se ocupó de dar a conocer al resto del país los valores literarios del Norte Grande. Entre otros, sus estudios acerca del poeta y narrador Andrés Sabella han alcanzado el rango de clásicos necesarios. Es, sin embargo, en su propia tierra maulina donde su labor ha afincado con mayor hondura. Los escritores maulinos lo llaman, con justicia, uno de los suyos, una referencia sólida que los proyecta al resto del país. Así es como, de cien maneras diferentes, ha contribuido con su experien-cia y con su entusiasmo al desarrollo de la literatura del Maule. Clases, conferencias, mesas redondas, talleres, concursos literarios, libros, artículos, conversaciones e innumerables cartas testimonian su labor incansable. Uno de sus últimos trabajos en este campo es una obra de aliento mayor: Nueva Antología del Maule. Cien años de poesía (Talca: Mataquito Editores, 2001), compilada en colaboración con Enrique Villablanca. En este conjunto generoso, sobresalen nombres notables como Pedro Antonio González, Pablo de Rokha, Pablo Neruda (nacido de refilón en Parral, que también de refilón, ha sido adscrito a la Región del Maule), Eduardo Anguita y los más cercanos Emma Jauch y Manuel Francisco Mesa Seco.

Otro aspecto relevante de la labor de difusión cultural de Matías Rafide tiene relación con sus ancestros árabes que, por cierto, también tienen presencia apasionada en su labor de poeta. En diversas publicaciones, nos ha entregado semblanzas y páginas escogidas de escritores chilenos de ascendencia árabe que han enriquecido nuestra literatura a partir de esta venerada y venerable tradición, revitalizada en esta tierra que acogió a sus mayores. El Estudio y antología de escritores chilenos de origen árabe (Santiago: Universitaria, 1989) es casi un clásico, y en su colección de ensayos Retratos literarios. 40 escritores chilenos contemporáneos (Santiago: Rumbos, 2003) las semblanzas de escritores de raíz árabe son verdaderamente entrañables. Durante su gestión como Agregado Cultural en Egipto –durante el gobierno de don Patricio Aylwin– M. Rafide llevó adelante una política incansable de difusión de las letras chilenas (y de otros aspectos de nuestra cultura) del todo desconocidas en Egipto y, del mismo modo, proyectó aspectos importantes de las letras egipcias contemporáneas, del todo desconocidas en Chile. Una revista bilingüe hispano-árabe –Embachile– fue uno de los testimonios visibles de esta poco cacareada pero sustanciosa actividad de acercamiento mutuo.

Aun cuando valoramos como es debido los méritos académicos, críticos y sociales de la obra de Matías Rafide, lo que concita mi atención es la obra de Matías Rafide poeta, según se van desplegando en la ya citada “antología esencial” que recoge sus horizontes y sus sueños, entregando una bien acotada y nítida visión de conjunto de su trayectoria y de su mundo poético. En efecto, la poesía de Matías Rafide, según lo muestra el compilador de estos poemas, es:

proteica y coherente, es decir, signada siempre por un impulso de renovación, pero no por eso errática o meramente experimental sino dotada de una identidad sustancial que se mantiene y robustece a través de sus variantes (Lívacic 2005:7-8).

 



Los textos que constituyen Horizontes y sueños no se ordenan siguiendo la cronología de los libros donde aparecieron, sino, según los grandes motivos que articulan la identidad poética de Matías. Los mismos nombres que dio el antologador a las secciones son suficientemente ilustrativos:

- Corriente de la sangre, centrada en la evocación de la raíz árabe y en el entorno lárico (preferentemente, la cuna maulina);

- Soledad y amor, donde el tema erótico asume –como señala el subtítulo– los motivos que han encarrilado y seguirán encarrilando la producción de todo poeta;

- Existencias y misterio, donde el poeta se enfrenta a esos grandes problemas persistentes que superan las inquietudes personales inmediatas;

- Fe, apartado donde se congregan textos que, de modo persistente reflejan las iluminaciones y certezas que han acompañado al escritor en sus enfrentamientos con lo trascendente, con aquello que tantas veces ‘no conocemos y apenas sospechamos’, según dejó dicho Rubén Darío, y

- Seres y parajes, sección final que congrega las experiencias personales del poeta en sus pasos por entornos diversos y en sus tratos con personas, más que con personajes, con los cuales la vida, voluntaria o involuntariamente, lo ha hecho entrar en contacto.

Uno de los motivos más persistentes en la obra poética de Matías Rafide es el ahondamiento en los componentes fundantes de su identidad personal y social. Esta vena lárica es, quizás, la que ha dado los frutos más sazonados de la obra que nos ocupa.

Entre todos los aspectos de esta corriente se destaca la exploración y el rescate de la raíz árabe, reformulada sin contradicción interna al hallar un sentido nuevo de hondura en la tierra chilena. De hecho, como ha señalado Ostria (1996) este proceso de recuperación de sus ancestros adquiere una dimensión nueva y dramática, como expresión de una identidad, al contraponerse a la “extranjería inevitable” de la condición latinoamericana del
escritor. Ya en el poema “Cabalgan por la ruta de mi sangre” (La noria), dedicado a sus padres, Salomón y Emilia, se asiste al encuentro fértil de raíces viejas y nuevas, como sucede en la evocación de sus progenitores:

Cabalgan por la ruta de mi sangre
cien generaciones de invisibles camelleros.

Y siento que el Oriente gravita en mis entrañas,
y se asoma a mis ojos la angustia del desierto.

Me hieren sus arenas desnudas y salobres
y un ritmo misterioso acompasa mis sueños.

El laúd se despierta sollozando por mis venas
y diluye en el río infinito su lamento.

Las palmeras alargan sus umbelas de sombra
como estandartes puros sobre mi campo yermo (25).

 

 

 

 

 

 

 

Si al comienzo, esta evocación de las raíces era más bien dolorosa y algo difusa por la lejanía, en la madurez personal y literaria –y muy especialmente en concomitancia con la experiencia de haber vivido directamente la realidad egipcia– se fue asentando con ellas una plenitud de identidad asumida sin quiebres. Lo que era un seudo recuerdo, mediado por la palabra emocionada de los padres, se fue convirtiendo en una vivencia íntima de la presencia real de ese mundo antes sólo soñado. La actitud poética sufre un cambio radical. Así por ejemplo, la vivencia directa del río Nilo hace que sus aguas se fundan con la mitología familiar, pues ahora “el río pasa con mi infancia a nado” según se dice en Presagios (18). En la antología que nos ocupa se recoge otro texto del libro Presagios –“No sé si soy mi antepasado planetario”– donde se funden aquellos recuerdos familiares llamados y mediados con la realidad envolvente del Egipto inmediato en “un mismo nombre” que obliga a reformular, ahondándola, la propia identidad:

Hijos del sol y de la
noche volverán desde el silencio.
Idénticas
sombras descolgarán balcones
argonautas.

Paisaje familiares
transgreden la memoria. Un mismo
nombre esboza antiguos gestos.

No sé si soy mi antepasado
planetario o un nuevo y solitario
transeúnte (39).

 

 

 

 

 

 


En la vertiente erótica de su expresión lírica, el poeta ha optado de preferencia por canalizar las pasiones por la vía del entramado rígido del soneto, como un modo (no siempre exitoso) de generar una contención en un río que se desborda por todas sus riberas. De este modo, muchas veces la intolerante inmutabilidad del orden métrico se resquebraja –tratando, eso sí, de no abandonar del todo las formalidades– y deja al desarrollo, pudores aparte, los ardores. Baste con el siguiente fragmento del poema “Qué dura soledad” incluido El corazón transparente:

¡Oh, qué tenaz empeño el de tenerte!
Furioso llanto al borde del suplicio.
Arcilla modelada en arduo oficio
para luego en mis manos deshacerte.

Tanto inútil desvelo en la frontera
del sueño y del olvido que perdura.
Solo testigo de ansiedad primera (53).

 

 

 



En otras ocasiones, el encuentro erótico es, apenas, una pincelada fina, un toque certero y breve que, en su simpleza misma, procura esconder el mundo de una historia larga de afectos y pasiones. Así en “Fábula de amor”, leemos:

Gestos sonámbulos
me fingen remotos
paraísos. Pero tu fábula
de amor es el sonido
del agua que inventa
innumerables islas (59).

 

 



Del encuentro, o enfrentamiento, con lo trascendente, ya sea lo desconocido, lo sospechado o lo descifrado con el dedo de la fe, surgen poemas variados en sentido y en estrategia expresiva que ahondan en las zonas más innombrables –si bien inevitables– de la experiencia, como son la vida y la muerte, el hombre y Dios, el hombre y su destino. La forma como ello ocurre suele ser mediante la presentación de escenarios muy concretos, por metafóricos que puedan aparecer como, por ejemplo, el hombre en el desierto, el hombre entre los demás hombres, el hombre en medio del mar sin cercanías. Todo ello se va fundiendo –más que con afirmaciones– con preguntas y con simples comprobaciones que no necesariamente constituyen respuestas. En última instancia, se trata del mero poeta enfrentado, una y otra vez, consigo mismo a lo largo de un camino que no necesariamente lleva a parte alguna; mientras, el lenguaje del poema se simplifica, cual paisaje árido, al mismo tiempo que la hondura del sentir se acrecienta, en una síntesis potente, como en el poema “Horizontes sin nadie”:

Revolotea
el camino.
Cielo-charco
sin memoria.

No hay viajero
sin paisaje.
Sólo horizontes
sin nadie (95).

 

 

 

 


Por esa razón, el poeta se mira y se vuelve a mirar, para sólo hallar una comprobación tan contundente, tan apabullante que no deja espacio para la lamentación, para el asombro o para la queja. No hay historia que valga pues, de algún modo todo, ya está dicho y hecho o es inevitable. En “No sé quién soy” leemos:

No sé quién soy.
… …
Oh triste y pavorosa
historia del que aún sueña
que no han de partir al mar
las carabelas (105).

 

 

 


Lo que sucede, en último término, es bastante simple. Es que el misterio nos envuelve y nos domina pero, al mismo tiempo, es tan real como la más descarnada de las evidencias. Así lo consigna en “No logro ver el mar”, uno de los pocos poemas inéditos recogido en Horizontes y sueños:

Oh, Dios, a veces refunfuño
sin recato. Brillan mis ojos
cielos apocalípticos, ángeles
sin dueño.

Ancianos pusilánimes
alargan el otoño de los parques.

Huyo de noche sin estrellas.
Me asustan hasta el delirio
las ratas vespertinas,
los graznidos anónimos.

Oh, Dios, imposible tu ausencia
en este viaje sin bosques ni
praderas (123).

 

 

 

 

 

 

 



“Seres y parajes”, la última sección de esta antología, recoge una miscelánea de visiones y vivencias de lugares que van desde espacios de abrumadora carga histórica como Alejandría y el río Nilo, a lares de tibieza como Curepto o entornos brumosamente entre reales y soñados como el lago Lleu-Lleu; desde celebraciones, enmarcadas en la brevedad del haiku, del colibrí o del aromo, a sombras de mujeres misteriosas, apenas entrevistas. Entre estos textos, sobresalen por su hondura emotiva y por su cercanía tan irrepetible, los recuerdos emocionados de la amistad sólida cuajada en la raíz maulina, donde la emoción personal se entrevera con la presencia concreta de paisajes familiares, con la tradición poética y con las inquietudes permanentes del escritor. Así sucede en “Del sur viene la ausencia”, signado por el recuerdo doloroso y cálidamente vivo de Pedro Olmos y de Manuel Francisco Mesa Seco, donde al final flota como una claridad apenas visible la tenue brisa de una esperanza:

“Huelo a color de luto en estos días”.
Del sur viene la ausencia para crear
nuevos silencios. Manuel Francisco
regresa a sus faluchos y a su carro
de fuego. Pedro Olmos se asoma entre
centauros, cabalgando entre huasos
y Cristos de eternidad visible.

Flotan voces de esquivos
transeúntes en el río sin nombre.
Bajo la luna roja nos vamos
hacia el improperio de la nada.
Tal vez hacia otro tiempo
en que ya no seremos huéspedes
de un día (135).

 

 

 

 

 

 



En resolución, así como Horizontes y sueños da una idea bastante acertada de la vasta trayectoria poética de Matías Rafide, de sus motivos recurrentes, de sus inquietudes apremiantes y de sus muchos hallazgos poéticos, en estas notas sólo se ha querido dar una idea muy general del contenido y significación de su trabajo. Desde la sólida amistad, esto es, desde el afecto que inunda el respeto y el conocimiento, se ha pretendido dar cuenta
de un libro bien fundado y bien editado. El crítico literario y el estudioso de nuestras letras han dicho lo suyo en más de una ocasión y, sin duda alguna, sabrán seguir haciéndolo, pues, hay aquí un capítulo sano del desarrollo de la poesía chilena. Por ahora, bastante habrá si el lector ha aceptado compartir la experiencia de la alegría de viajar por estos horizontes generosos y por estos sueños saludablemente interminables, una poesía que Rosa Cruchaga de Walker (2005) ha resumido con hondura y certeza:

Para nuestra pesimista poética, casi toda escrita junto a la helada corriente de Humboldt o junto a los plañideros ríos que caen de boca al mar, la poesía de Matías Rafide es una inyección de fe y vitalidad.





NOTAS

1 Versión escrita de la presentación Horizontes y sueños. Antología esencial de Matías Rafide. Santiago: Ediciones Ala Antigua, 2005, hecha en la Academia Chilena de la Lengua, el 20 de junio de 2005. Se han conservado algunos rasgos propios de este origen oral. Citaremos por esta edición.

BIBLIOGRAFÍA

CRUCHAGA de Walker, Rosa. “Horizontes y sueños. Antología”, en El Valle. San Felipe, (23 de marzo de 2005).

IBACACHE, Carlos René. “Horizontes y sueños”, en La Discusión. Chillán, (15 de mayo de 2005).

LIVACIC, Ernesto. “Exploraciones por una poesía vital, lograda y atrayente”. Prólogo a la selección de M. Rafide Horizontes y sueños. Santiago: Ala Antigua, 2005.

METZDORF, Hugo. “Un cureptano representando a Chile”, en El Centro. Talca, (26 de junio de 2005).

OSTRIA, Mauricio. 1996. “Los Presagios de Matías Rafide”, en La Mañana. Talca, (17 de marzo de 1996).

Correspondencia a:

Casilla 160 – C / Concepción, Chile.
agallard@udec.cl