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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.24 Osorno jul. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012007000100006 

 

ALPHA N° 24 Julio 2007 (79-94)

ARTICULO

INTERROGATORIOS EN LAS CÁRCELES SALVADOREÑAS: DIÁLOGOS Y NEGOCIACIÓN FEMENINA EN LOS MÁRGENES DE LA REVOLUCIÓN

Interrogations in Salvadoran jails: Dialogue and Female Negotiation in the Margins of the Revolution

Natalia Ruiz*
Michigan State University*, USA.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

En Las cárceles clandestinas de Ana María Guadalupe Martínez y en Nunca estuve sola de Nidia Díaz se negocian identidades revolucionarias desde lo colectivo en los espacios marginales de las cárceles salvadoreñas. Sin embargo, es patente la búsqueda de una individualidad a través de la construcción de un “yo” revolucionario femenino. Los diálogos sirven para negociar cuestiones de género, reformulaciones nacionales y familiares, desde posiciones y espacios marginales hechas por dos mujeres revolucionarias en cárceles clandestinas de El Salvador. Al mismo tiempo, estos diálogos y la construcción de subjetividades revolucionarias son armas de defensa contra la tortura a la que se ven sometidas las protagonistas.

Palabras clave: revolución salvadoreña, escritura marginal, construcción del cuerpo nacional y femenino.


ABSTRACT

In Las cárceles clandestinas by Ana María Guadalupe Martínez and Nunca estuve sola by Nidia Díaz identities are negotiated based on the collectivity. However, these texts are also the search for individuality through the construction of female revolutionary identities. Dialogues simulate the negotiation of gender issues, national and family reconfigurations. This negotiation is made by two female revolutionary subjects from marginal spaces such as the clandestine jails in El Salvador. At the same time, this dialogue and the construction of revolutionary subjectivities are a defensive weapon against the torture suffered by the detainees.

Key words: Salvadorian revolution, marginal writing, construction of the national and female body.


El Salvador es un pequeño país olvidado y azotado por una Guerra civil declarada en 1981. Sin embargo, El Salvador arrastra una ola de violencia institucionalizada desde la década de los treinta que se extiende más allá de los acuerdos de Paz de 1992 debido a diferentes factores, entre los que se encuentran la pobreza y la política exterior de los Estados Unidos. Para El Salvador, la independencia de España en el siglo XIX significa la repartición del territorio entre una oligarquía de catorce familias que van a controlar la mayor parte del país hasta el presente. Después de la insurrección de 1932 comienza un período de conflictos sociales y políticos que agudizan la lucha de clases y que promueve la lucha armada cuando se agota la negociación pacífica. La represión política y militar se agudiza en la década de los setenta hasta el punto que alcanza a todos los sectores de la población y se institucionaliza como medio de control gubernamental. Este ensayo tiene como objetivo analizar la producción de dos textos escritos por mujeres en uno de estos espacios represivos, las cárceles. Las cárceles clandestinas de El Salvador de Ana Guadalupe Martínez y Nunca estuve sola de Nidia Díaz comparten un espacio de enunciación y una misma intención: dar a conocer lo sucedido en estos espacios marginales. Sin embargo, son textos escritos en épocas diferentes: 1976 el de Martínez, al comienzo de la organización revolucionaria, y, en 1985, el de Díaz, cuando se vislumbraba la posibilidad de una salida negociada al conflicto. Si bien hemos mencionado que ambos textos nacen con un sentimiento de urgencia y con un carácter testimonial, plantean, a la vez, de forma diferente cuestiones, tensiones y contradicciones en torno a la agencia femenina dentro de la revolución; la definición en torno a un “yo” femenino revolucionario y cómo conjugar lo individual y lo colectivo en un proceso que hace tambalear todos los pilares de una sociedad tradicional.

Lo mismo que en otros países centroamericanos, en El Salvador el testimonio se convierte en un vehículo de expresión para dar a conocer una realidad negada por las voces oficiales. La definición del testimonio como género plantea una serie de cuestiones en torno a la constitución del mismo, el contexto en el que escribe, la relación con el lector y la intención del testimonio. La característica más sobresaliente es que se trata de una narración urgente que intenta mover a la acción (Berverly y Zimmerman 174).1 En Las cárceles clandestinas, Martínez quiere que su testimonio sirva como un manual de supervivencia de la tortura en prisión, al mismo tiempo que resalta la importancia de su aportación personal: “es también parte de una experiencia, de un esfuerzo que se presenta no para ser copiado, sino para que también sea utilizado en el desarrollo ideológico, político y militar del movimiento revolucionario” (25). Además, responde al deseo de uno de los protagonistas –el doctor Madriz–, quien afirma: “ojalá alguien pudiera escribir estas cosas” (224).

Nidia Díaz también quiere que su “libro-testimonio” llegue a todos. Tanto en la presentación del libro, como en el prólogo, se resalta la lectura colectiva. En la presentación del comandante Roberto Roca, éste hace referencia a la lectura de Díaz en un contexto guerrillero que resalta la solidaridad de la colectividad y el uso emocional y más inmediato del testimonio: “de lo que debía hacer un revolucionario en condiciones de captura” (11). Es más, las palabras del comandante sugieren la conversión de Díaz en un ícono revolucionario ya que “es representativa de los valores de nuestro pueblo” (14) dentro del cual el “yo” enérgico y firme de Díaz es visto como una pelea más contra el gobierno de Napoleón Duarte a través de la palabra. Por su parte, el prólogo de Luis Suárez presenta el texto de Nidia Díaz como un testimonio de liberación no tanto en un contexto de lucha guerrillera, sino más extensamente en una lucha ideológica: “testimonio-fresco, doloroso y optimista, nos libera de nuestras propias prisiones en la libertad” (17). La misma Nidia Díaz menciona los modelos utilizados para su resistencia: Las cárceles clandestinas de Martínez (1995), Secuestro y capucha de Cayetano Carpio (1979) y Pedro y el capitán de Mario Benedetti (1983), textos que –mediante la mezcla del testimonio y la ficción literaria– hablan sobre la experiencia de la tortura física y psicológica en las cárceles.

Refiriéndose a la narrativa de Martínez, John Beverly y Marc Zimmerman afirman que la principal característica de este testimonio es la falta de intención literaria “sin ninguna pretensión o elaboración literaria” (191).2 Es cierto que el texto de Martínez es austero, pero no creo que sea posible decir tan tajantemente que no tiene elaboración o pasar por alto algunos elementos literarios como la reconstrucción de los diálogos o la presentación del doctor Madriz. La elaboración, en Martínez, procede de la construcción del crecimiento del “yo”; un desarrollo ideológico y una representación a través del discurso político, teniendo como modelo al Che Guevara, y de la reconstrucción de diálogos con los secuestradores su representación de los compañeros de prisión.

El testimonio de Martínez es una militancia colectiva pero, también, incluye su propia experiencia a través de la exposición de un discurso ideológico mediante el cual intenta resistir a la tortura. Beverly y Zimmerman consideran que el testimonio de Martínez está marcado por el dogmatismo y por una militancia que roza el sectarismo (192). Creo que estos autores olvidan el espacio de la enunciación dentro del cual se inserta la voz de Martínez y el momento histórico en el que se produce. En 1976 la definición ideológica de la revolución en El Salvador se halla en sus primeros pasos, y la fragmentación y la falta de comunicación entre los diferentes grupos revolucionarios es patente, como señala la misma Martínez en la narración de su liberación. Además la única salida posible que se ve al conflicto es la lucha armada. Esta postura se observa en la defensa de las armas que hace Martínez en el momento de su detención: “Ese momento fue muy especial, pues sentí como nunca la impotencia de no poder defenderme, la necesidad de mi arma, y entendí a plenitud que sólo con las armas en la mano se le puede hacer frente al enemigo” (27). La ideología en la cárcel se convierte en el arma que no tiene, y la utiliza para atacar pero, también, como mecanismo de defensa. Asimismo, Nidia Díaz afirma esta función bélica de la escritura cuando recrea los diálogos consigo misma: “Después del combate, ¿una guerra de palabras? No, aquí estaba en juego la razón de mi lucha” (46). Si en 1976 Martínez legitima la presencia de las armas, casi diez años después Díaz aboga por una salida negociada al conflicto, pero, que contenga un diálogo y no una guerra de palabras como pretende el gobierno. Esta intención dialogante es el motor de muchas de las representaciones de Nidia Díaz en relación con otros participantes presentes en Nunca estuve sola (1988).

En Las cárceles clandestinas las itálicas señalan la subjetividad del “yo” revolucionario; expresan su dolor y la interiorización de un discurso ideológico que no debería ser considerado como dogmático sino como arma de defensa. Del mismo modo, Nidia Díaz también utiliza el discurso ideológico como defensa y construcción subjetiva durante el interrogatorio. Detenida por las fuerzas de intervención estadounidenses, Díaz plantea su defensa en torno a la nación para hacer frente a una potencia mayor, deslegitimando al gobierno salvadoreño, pero también, a los Estados Unidos.

–¿Y por qué me capturó un yanqui?
Centroamérica se ha convertido en los últimos años, según Reagan, en el reto más importante para Estados Unidos después de Vietnam. Y en nuestro “pulgarcito” se impulsa la guerra contrainsurgente más grande de los últimos años, en donde ellos están más comprometidos (39).

 

 

 

Si en Martínez lo ideológico se piensa de manera colectiva, para Díaz significa ampliar las nociones de nacionalidad y pensar en Centroamérica como un territorio común, teniendo en cuenta las experiencias en Nicaragua y en Guatemala. En este contexto, El Salvador es visto como un pequeño “pulgarcito”, en referencia al matagigantes de los cuentos de hadas. Esta presencia metanarrativa de los cuentos infantiles tendrá una importante función en la autorrepresentación que Díaz lleva a cabo a través de dibujos, en donde ella se dibuja con un aire infantil y frágil, como ausente del mundo.

Por el contrario, en Las cárceles clandestinas el discurso ideológico lo impregna todo. Como reacción al intento de violación por parte de los soldados de guardia, nos encontramos con un comentario ideológico que no expresa el dolor de Martínez, sino su intento de combatirlo a través de una visión colectiva: “Obviamente, para estos psicópatas asesinos, que gozan del dolor humano, es imposible entender que la dignidad y el honor residen en el respeto a los principios de lucha de los revolucionarios y que todo dolor físico que ellos provocan, puede ser derrotado por la dignidad y el coraje de sostener los principios de lucha en todo momento” (55). En otras ocasiones estas itálicas muestran una solidaridad silenciosa con los presos que nos señala hacia una subjetividad: “ver pasar por ahí a compañeros campesinos descalzos junto a su mujer es torturante y da rabia, pero muestra también que cada día el pueblo se incorpora más a la lucha y eso hace crecer las esperanzas de una victoria” (164). Es una construcción individual y subjetiva a través de una ideología colectiva que intenta la creación de una identidad revolucionaria en los márgenes de la revolución. Según Antonio Gramsci y Louis Althusser, la construcción de la identidad parte de lo ideológico como una estructura de experiencias. Althusser piensa en lo ideológico como una representación que llevan a cabo los sujetos con la finalidad de representar sus relaciones materiales dentro de una sociedad capitalista. En el caso de Martínez, ésta debe crear un discurso ideológico que la sustente de acuerdo a los nuevos espacios y acontecimientos de El Salvador y, a sí misma, como revo-lucionaria. Años después, Nidia Díaz se ve en la tarea de reformar estos preceptos ideológicos y adaptarlos a su representación. En la misma línea de Althusser, Gramsci plantea su concepto de hegemonía como una estructura o un sistema dentro del cual funciona una “sociedad civil” y una “sociedad política” que conjugan lo público y lo privado hacia una politización de la cultura.3 Sin embargo, Gramsci considera la hegemonía como un sistema de dominación pasivo, y no como un sistema que hay que renovar y modificar continuamente y que presenta fracturas que pueden aprovechar algunos sujetos para modificar las estructuras de poder. El uso que la crítica ha hecho de las teorías tanto de Althusser, como de Gramsci presentan una visión estática, ya sea a través del término ideología o de la llamada “sociedad civil.” Las aplicaciones prácticas de los conceptos de hegemonía y de ideología proponen una inmersión en la colectividad que parece borrar cualquier atisbo de individualidad. Sin embargo, observamos en los textos de nuestro análisis una resistencia, mayor en Nidia Díaz que en Martínez, a dejarse absorber por un discurso ideológico. Esta resistencia aboga por una representación individual y por el planteamiento de otros temas como las relaciones de género, la construcción del cuerpo y las relaciones familiares. Como señala Mary Jane Tracey, hay en los textos de prisiones una afiliación colectiva que sostiene emocionalmente al individuo: “Estas memorias de prisiones presentan de manera explícita que la identidad colectiva es la única forma de supervivencia en las cárceles” (134). Pero, al mismo tiempo, hay una tensión en torno a la construcción de individualidad. En el caso de Martínez, se lleva a cabo mediante la referencia a la integridad moral e ideológica del sujeto. En Díaz, la configuración subjetiva está presente a través de la elaboración de los diálogos, su autorrepresentación, el uso de imágenes y la mezcla de discursos que implican una redefinición del “yo” y que contiene una hibridización de textos que escapa a la categorización genérica de testimonio dada por Berverly y Zimmerman.

¿A qué género pertenecen Nunca estuve sola y Las cárceles clandestinas? ¿Son diarios de prisiones a pesar de que no contienen una división por días o fechas y no recrean detalles diarios sino una visión general? ¿Pueden ser testimonios leídos por círculos guerrilleros en el momento de su primera publicación y, posteriormente, por otros lectores alejados del conflicto? ¿Debemos plantearnos una ampliación genérica que permita incluir las tensiones entre lo colectivo y lo individual? En el momento del interrogatorio, Díaz se apoya en lo colectivo para confrontar mentalmente a un traidor que puede delatarla: “¿Y la sangre derramada y el dolor de miles de trabajadores? Los que desde siglos atrás y siempre que hay explotación, fueron, son y serán oprimidos. ¿No te dolió su dolor?” (87). Pero, en otros momentos, Díaz plantea una tensión entre el “yo” y sus responsabilidades: “¿Qué pensarían mis compañeros de mí, de mi actitud? Me torturaba permanentemente pensando que podía haber fallado en algo. Otros errores adicionales a los que cometí el día de mi captura” (134). Continuamente Díaz se representa a través de opiniones externas que plantean su individualidad y separación del grupo revolucionario, acentuada por su reclusión en la cárcel.

Según Beverly y Zimmerman, el testimonio apela directamente al lector y cuestiona su complacencia: “siempre denota la necesidad de un cambio social general dentro del cual la complacencia y estabilidad del lector debe ser cuestionada” (178). Nidia Díaz no pretende una inmediata reacción de los lectores sino que su construcción del “yo” está basada en la creación de una sociedad que debe reestructurarse mediante una revolución que permita la participación del “yo”. Por lo tanto, podríamos considerar que se trata de una autobiografía a modo de bildungsroman revolucionario que pueda ayudar a otros. Sin embargo, la definición de Beverly y Zimmerman de la autobiografía con relación al testimonio es un poco dogmática para aplicarla al texto de Díaz, ya que eliminaría todas las tensiones y contradicciones presentes en Nunca estuve sola debido a la variedad de discursos, al sujeto emisor (una mujer guerrillera, y al espacio desde el cual se escribe (las cárceles de El Salvador), y al hecho de que no se incide en el triunfo sino en el proceso de construcción del “yo”4. Nidia Díaz rompe con las expectativas de una autobiografía que no va a dar cuenta de una vida grandiosa pero que, sin embargo, construye un “yo” heroico revolucionario a través de una simbología mesiánica que le permite insertar otros temas en torno al género y a las relaciones familiares: “No tuve la revelación de un santo ni la clarividencia de un adivino, ni siquiera el presentimiento de una bruja o la imaginación de un mago. Sencillamente ese 18 de abril de 1985, era normal, natural, como cualquier otro día” (23). Su presentación como sujeto sin vestiduras de héroe, le permite legitimar su posición dentro de la revolución.

El término “autobiográfico” hace referencia a una serie de elementos definidos en relación a un proceso de autodefinición, reinvención y auto-representación de acuerdo con unas tecnologías de lo autobiográfico (discursos literarios, sociales, religiosos y legales) que producen una identidad (Gilmore, 1994: 184). Según Gilmore, un aspecto sobresaliente en la autobiografía es que, aunque intente una linealidad cronológica, se produce una fractura en la construcción del “yo” a través de la presencia de diferentes discursos. Nunca estuve sola presenta una línea cronológica, desde el momento del secuestro, la estancia en la cárcel y la liberación, pero, desde las primeras páginas asistimos a la fragmentación de este “yo” en diferentes identidades. Es salvadoreña cuando se opone a la captura por parte de un yanqui; es prisionera de guerra cuando defiende sus derechos y terrorista cuando hablan sobre ella. Para empezar tiene dos nombres, Nidia Díaz y Marta Valladares, con los que va a jugar a lo largo del texto. Es Nidia Díaz en los interrogatorios; Marta en las cartas donde pide unos derechos humanos mínimos y vuelve a ser Nidia Díaz cuando sale de la cárcel, presentando dos facetas de lo civil y lo revolucionario unidas en una misma persona. En el discurso médico, la vemos como una paciente que se describe a sí misma: “Una mujer bien desarrollada, aparentando más edad de la establecida de 32 años. Cuando entré al principio, se veía triste y deprimida, aunque cuando se voltió para presentación sonrió placenteramente” (43). Esta Nidia contrasta con la mujer firme que se enfrenta a la tortura sin derramar una lágrima para no darle este placer a sus captores. E, incluso, en algunos momentos cuestiona su identidad, el cómo la ven otros ahora que se sabe que está presa. Cuando un miembro de la comisión de derechos humanos que la visita le da un beso en nombre del pueblo, se pregunta sobre su presencia: “–¿Qué era yo en ese momento? ¿Cómo me veían? No sé, pero yo no quería ser algo especial. Simplemente pretendía cumplir con mi deber. Sin embargo me desconcertaba ante todas las expresiones y proyecciones de la gente” (135). En otros momentos, este cambio de perspectiva le sirve para canalizar la autocrítica y el sentimiento de culpa a través de la visión que tienen de ellas sus camaradas en los poemas que le enviaron (134).

Vemos, así, a una Nidia Díaz preocupada por su individualidad y por su vida privada, por la posibilidad de perder su identidad en manos de una construcción de su persona por parte de las autoridades revolucionarias.5 Sin embargo, en otras ocasiones muestra el lado heroico y se alza en su condición guía, como en su relación con los otros presos, a los que ve pasar con los ojos vendados y les da su apoyo asumiendo el papel de madre.

El testimonio y la confesión se caracterizan por su separación consciente del corpus literario asociado a la ficción, aunque jueguen con ella y la representación del “yo” como veremos en Nidia Díaz. Según Rita Felski, la confesión es un subgénero de la autobiografía en la que se incluyen datos íntimos más ligados a la esfera de la vida privada que a la pública: “La escritura confesional procede de la experiencia subjetiva de problemas y contradicciones” (1998: 85).

Una de estas contradicciones se plantea en la manera como el “yo” representa los detalles íntimos y traumáticos. Para Felski, la confesión es una manera de presentar un yo auténtico, “es el proceso de quitarse las capas superficiales convencionales y exponer el auténtico centro de uno mismo” (89), pero en Martínez y Díaz esta representación del “yo” no es tan fácil debido a las agresiones sexuales y torturas psicológicas a la que se ve sometida.

Hay una imagen ambivalente en Ana Guadalupe Martínez quien, generalmente, se presenta como un sujeto fuerte sostenido por la construcción de un discurso ideológico, pero observamos su debilidad en el momento cuando piensa que está embarazada como resultado de las múltiples violaciones. Por su parte, Nidia Díaz se presenta tanto como mujer fuerte, o como derrotada, o asumiendo papeles de guerrillera y madre, tanto de su hijo como de los presos; como hija o como amante. Nunca estuve sola es una amalgama de discursos como manera de construir un “yo” político que se enfrenta a un discurso represivo basado en la tortura, en la agresión sexual e ideológica; pero, también, como una manera de crear un “yo” emocional que pueda resistir los ataques.

Una de las técnicas más importantes en este proceso de subjetivización es la reconstrucción de diálogos que supone una resistencia a los interrogatorios: “el diálogo toma diferentes formas, para expresar tanto la tortura psicológica y los abusos verbales en los interrogatorios por parte de los guardias como la presión para conseguir entrevistas con grupos independientes de periodistas y grupos afines al gobierno” (Harlow 1992: 176).

Para Harlow, los testimonios reescriben los interrogatorios y la tortura “reescribe los interrogatorios como diálogo, reconstruyendo la agresión como proyecto colectivo necesario” (162). Tal es la estrategia de Martínez, al omitir el dolor, y al presentar los interrogatorios en términos ideológicos, apoyándose en una visión colectiva. Sin embargo, Díaz no plantea su reescritura en términos colectivos sino que construye escenas paralelas mediante las cuales logra escapar a los interrogatorios y hacerse sus propias preguntas sobre los desaparecidos y sobre su hijo: “Y así pasaron las horas, la noche, la trompeta, la diana. Y yo me pregunto, ¿dónde? ¿Dónde tienen a los desaparecidos? ¿Dónde estará Alejandrito, mi hijo? ¿Qué estará haciendo mi pequeño gran hombre?” (49). Ante la interrupción del interrogador, Díaz responde con firmeza y vuelve a sumergirse en sus pensamientos que la llevan a las caminatas de guerrillera y al recuerdo de las frutas construyéndose de forma individualizada a través de la nostalgia: “–¿Estás dormida? ¡Despertá! Aquí estamos trabajando no durmiendo. –Ustedes están trabajando, no yo. Mis pensamientos me habían transportado a aquellas lomas y valles de mi Cuscatlán” (50). A través del diálogo, Díaz no sólo se enfrenta a los secuestradores sino que deconstruye nociones como la masculinidad y el patriotismo. Cuando es hecha prisionera por un yanqui, su reacción es cuestionar la identidad nacional pero, también, la masculinidad de los soldados salvadoreños, subvirtiendo el interrogatorio.

–¿Quién sos, pues?– me repiten.
–¿Qué te importa? ¡Pregúntale al yanqui! ¡Por qué me capturó un yanqui y no vos! ¿No te da vergüenza?
–Este parece un pez gordo– avisa uno de ellos por walki-talkie a su jefe.
–¿No tenés dignidad? ¡Un yanqui y no un salvadoreño! (30)

 

 

 

Pero la reconstrucción de los diálogos no sólo funciona como forma de interrogatorio a los torturadores o como defensa a través de la relación que establece con otros compañeros sino que, también, alegoriza sobre el proceso de negociación nacional, en cuyos primeros encuentros había participado Díaz, y que pretenden alejar la injerencia norteamericana.

–De Estados Unidos. Primero Reagan se las envía a usted. Después…
–Nosotros las usamos para capturarlos, como te ha pasado a vos– me interrumpe uno de ellos.
–No, primero Reagan se las envía a usted, luego ustedes las usan en el genocidio y, después, nosotros se las arrebatamos. Es un círculo con el que debemos terminar.
–¡Ah sí! ¿Cómo?
–Resolviendo el conflicto entre salvadoreños.
–Pero para eso ustedes tienen que deponer las armas.
–Tienen miedo. ¿Por qué no terminamos el conflicto a través de una salida política con el diálogo, que nos lleve a darle una solución global a la crisis nacional?
–¡Está loca! (55)

 

 

 

 

 

Incluso, esta negociación por la que aboga el “yo” como práctica discursiva es cuestionada a través del diálogo consigo misma: “¿Qué te pasa Nidia? Dialogamos porque tenemos vocación de paz, porque creemos en una solución política al conflicto. Incluso hemos presentado, una tras otra, varias iniciativas al diálogo” (181). Esta presencia del diálogo sirve tanto para la construcción de un “yo” como para la legitimización de ese “yo” dentro de un espacio público, más allá de las rejas de la prisión.

Los textos de Ana María Guadalupe y Nidia Díaz no sólo son una lucha en los márgenes políticos del país sino que, también, son una lucha contra los modelos y las configuraciones de los papeles de la mujer en los márgenes de esa revolución a través del cuerpo. De manera muy diferente, Martínez y Díaz presentan la construcción de su cuerpo, politizándolo y re-escribiéndolo. Si tenemos en cuenta las técnicas de tortura y el modo como se lleva a cabo la fracturación mental en las cárceles, el género se convierte en un elemento fundamental de agresión. Martínez y Díaz resisten a esta agresión, sin que esto implique la negación de lo corporal. En las cárceles, los torturadores basan lo ideológico en lo sexual como camino hacia la desmoralización. Tras un intento de violación afirma Martínez “con este tipo de torturas tratan de incidir sobre el marco de valores ideológicos que sitúan la dignidad, el honor, la hombría, etc., en el terreno sexual” (55). Pero, esto no implica que quiera olvidar por completo su cuerpo o su sexualidad, lo que no quiere es que la manipulen a través de ellos. Martínez sólo expresa el rechazo a través de los diálogos de los secuestradores, en una negación de los valores tradicionales en cuanto a la maternidad y a la consideración de las mujeres guerrilleras:

–¡Bonita esta puta!
–¡Quién iba a creer que estas son las que matan guardias!
–Tócale las piernas qué duras, como sólo pasan haciendo ejercicios las putas.
–Esta ha de ser karateca. De seguro que estuvo en Corea sacando un curso.
–Nada de arruinadas del cuerpo como no tienen hijos.
–No las dejan tener hijos (37).

 

 



La negación de la maternidad por parte de los secuestradores no implica que ella no sea consciente de su condición de mujer. Lo vemos en el miedo a estar embarazada, tras la violación, y en el sentimiento de desmoralización que la domina: “Me atormentaba tanto que tenía una sola idea: abortar si era un embarazo. Sólo pensarlo me provocaba una desesperación indescriptible” (119). A través de la desesperación y de la angustia por una maternidad no deseada, Martínez es consciente de su cuerpo, del mismo modo que al hacerse el autorreconocimiento médico guiada por el doctor, es decir, reconoce que su cuerpo se ha adaptado a la cárcel y que ésta es la razón por la que no menstrua.

La creación tradicional de la identidad femenina, entre la imagen de donna angelicata o prostituta, no tiene sentido para Martínez y Díaz porque ésta se basa en la construcción de un “yo” revolucionario que redefine estos conceptos tradicionales usados como armas por los carceleros, quienes ven en la mujer encarcelada un individuo sexual que ha transgredido los espacios asignados. A Díaz y a Martínez se les es negado cualquier otro papel como el de madre, esposa o hija, ya que son vistas como mujeres anormales y terroristas. Por esto, Díaz hace hincapié en su maternidad y en cómo conjugar las tensiones que surgen con compromiso revolucionario.6

Ambas son sujetos que escriben desde el margen de la revolución. Escriben en los márgenes de su sociedad para construir una subjetividad provocada por la puesta en escena. En el caso de Nidia Díaz, esta conciencia de puesta en escena, de construcción, se puede ver a través de la importancia del diálogo en la construcción de su imagen. El sujeto autobiográfico es siempre un sujeto performativo en el sentido de que se construye mediante la narración frente a la idea tradicional de que la identidad procede de una transferencia desde nuestra interioridad y que se traduce en un lenguaje metafórico (Smith 1998: 109). Según Sidone Smith, lo autobiográfico co-mienza con un proceso de amnesia, que fragmenta la subjetividad en diferentes modos de contar en los cuales el “yo” narrador es y no es, al mismo tiempo, objeto de su narración. Martínez y Díaz quieren reconfigurar el concepto de género que se les ha asignado y lo hacen a través de una duplicidad en la que combinan lo individual y lo colectivo –papeles tradicionales de madre, hija o amante– con su papel de guerrillera. Según Mary Jane Treacy, ellas cuentan historias similares y no ven sus cuerpos como femeninos o marcados por el género, como si sus experiencias en la cárcel no pudieran ser utilizadas en el plano de lo sexual por sus captores (131). Sin embargo, no se produce un rechazo del cuerpo para centrarse en la solidaridad entre prisioneros y revolucionarios. “Martínez y Díaz, recomendarían, e incluso rechazarían directamente, cualquier uso del género como categoría de análisis en el estudio de sus memorias” (131). No hablar sobre la vulnerabilidad del cuerpo se convierte en un modo de resistencia. Y esto no implica que rechacen su feminidad, sino que la utilizan y fracturan como resistencia contra un discurso homogéneo y contra unos captores que sólo las ven como objetos sexuales o como terroristas. “–¿Ustedes tienen hijos?– ¿Creerán que somos anormales? Pensé. Estuve a punto de responderle ‘sí, y viera lo que duele estar lejos de ellos’. Sólo dije: –Sí, todos tenemos hijos”, afirma Díaz en su novela (167). El discurso de la maternidad está muy presente en Nunca estuve sola donde se establece una relación con el hijo a través del concepto de nación, según se advierte en los siguientes versos que se insertan: “Espérame con los brazos abiertos/ en la gloria o en la inmortalidad, de la historia de este pueblo” (141). Su hijo Alejandro es otro de los interlocutores en el diálogo a quien intenta explicar su participación como revolucionaria y reducir, así, su sentimiento de culpa: “Él no jugaba como quizá tú lo estabas haciendo, hijo, como yo quiero que lo hagan a esa edad los niños de mi patria… Hijo, por eso lucho. ¿Lo comprendés?” (144). Además, se establece una negociación con la madre, quien sueña a su hija como una mujer tradicional pero que acaba aceptándola como guerrillera: “Ella soñaba con que sería médico y me casaría con un hombre que me diera bienestar, una estabilidad social. No sé, cuándo presintió mi participación en la guerrilla, si lo descubrió y se hizo la desentendida o qué. Pero ya no discutíamos; comenzó a manifestar actitudes y posiciones patrióticas”7 (118). A través de la relación familiar se puede alegorizar sobre la nueva nación que se intenta construir con la revolución. Su padre, procedente de “una familia acomodada, terrateniente” (91), simboliza un gobierno represivo que hace uso de la violencia contra sus ciudadanos, del mismo modo como su padre da palizas a su madre. La madre, en cambio, es la patria sacrificada que se preocupa por los hijos, que discute con ellos, pero que cuando llega el momento de la lucha, se les une y ofrece su apoyo.

Si bien Martínez opta por no hablar de su sexualidad, Díaz habla de sus encuentros con su pareja, de su deseo al recordarlo: “No he podido olvidar ese instante, ni su negra cabellera, ni el brillo de sus ojos” (63). Junto al deseo, también está presente una nueva y más amplia configuración de las relaciones familiares y de pareja dentro del nuevo espacio de la revolución: “La condición de revolucionario nos ayuda a entender por qué no funciona una pareja o por qué no puede desarrollarse. La comunidad de intereses hace más fuerte los lazos afectivos y de camaradería (65). En cuanto a las nuevas relaciones de familia, estas se basan en la repartición y solidaridad: “Cuando tuvimos oportunidad de compartir un hogar, nos repartíamos el quehacer doméstico y el cuidado del niño” (64). Díaz afirma su individualidad como mujer a la hora de amar, pero se acuerda de los compañeros y presenta su amor de mujer como un elemento de unión revolucionaria:

“Los revolucionarios de por sí tenemos un gran afecto por todos, por nuestro pueblo, por nuestros compañeros. Vemos crecer y desarrollar las cualidades de cada uno en este camino: pero no es posible enamorarse de todos, darles nuestro afecto como mujer. ¿Cuántos compas están solos?” (64).

 

 

La defensa de la feminidad por parte de Díaz entra en conflicto con su conversión en un objeto del deseo que la subordine a la mirada masculina. Bartky –citado por Treacy– afirma “Poseer tal cuerpo podría ser esencial para una visión de sí misma como sujeto que desea y posee una sexualidad” (139). Por esto, Díaz construye su feminidad en el espacio privado de la celda, la que se convierte en su trinchera. Allí baila, canta, se lava y se peina y se siente deseada. Allí, también, repite su indignación por verse objeto de la mirada de los carceleros y guardias cuando sale a tomar el sol “soy todo un espectáculo, a varias gentes les llamo la atención, pues salen a verme como algo anormal” (173).

El dibujo es también una autorrepresentación, quizás de las más sorprendentes, porque juega con las expectativas del lector. Con un estilo de adolescente, se ve a sí misma con una apariencia frágil, con una venda en sus ojos. Junto al fusil que representa la lucha armada, está también un libro que contiene una metarreferencia a la función de su escritura a modo de ojos: “La guerra popular revolucionaria en El Salvador no sólo se hace con el fusil sino que también se escribe cada instante en una página que queda en la historia” (37). En otros de los dibujos, la representación de los carceleros como vampiros deformes frente a ella, vendada, nos hace referencia a su situación de indefensión pero, también, es una alegoría de la situación de un país consumido por estas bestias (104).

En suma, Ana María Guadalupe y Nidia Díaz insertan dos sujetos tradicionalmente marginales como son las mujeres prisioneras, en un espacio también marginal como lo es la cárcel, desde el cual construyen un “yo” con una agencia política. Dentro de esta construcción se manejan no sólo elementos femeninos, como la maternidad y lo sexual, sino también cuestiones entre lo individual y lo colectivo, lo personal y lo político.

En una primera etapa de la revolución, Martínez construye su texto –desde la cárcel– basada en una construcción de la identidad partiendo de lo ideológico. En ese momento no es posible otro discurso sino el de las armas y el apoyo en la colectividad. La palabra colectiva es un arma con el mismo alcance del fusil y ello es posible en espacios como las cárceles, negadas por el gobierno salvadoreño. Conforme avanza el conflicto y las autoridades tienen que aceptar la responsabilidad de los secuestros y torturas –y la existencia de las cárceles clandestinas– la negociación de otras cuestiones como la maternidad, las relaciones de pareja o las redefiniciones de la feminidad se encuentran en Nidia Díaz.

Nunca estuve sola presenta un “yo” ambiguo que oscila entre la fragilidad y la resistencia, entre su misión como guerrillera y su deber como madre e hija. Un “yo” que incluye lo colectivo, la relación con otros parti-cipantes en la revolución, tanto dentro como fuera de la cárcel, pero que afirma una individualidad que tiene que negociar cuestiones de género: maternidad y sexualidad en tiempos de guerra. A pesar de que la revolución en El Salvador se basa en una reivindicación de la igualdad y la denuncia de clases sociales, en ninguno de los dos textos se hace mención directa a esta cuestión, sino que el “yo” elabora una colectividad que supera diferencias de clases, pero que presenta cuestionamientos a los valores tradicionales en cuanto al género. Para ello se utilizan diferentes estrategias de desplazamientos y fracturas con el objetivo de encontrar otros espacios, entre los que se hallan las cárceles y, a partir de allí, plantear sus subjetividades y visiones de sí mismas.

NOTAS

1 La definición del testimonio que ofrecen John Beverly y Marc Zimmerman presenta al narrador en relación con una colectividad, clase social o grupo, teniendo como modelo a Rigoberta Menchú. Para estos autores, el testimonio se limita a aquellos textos que plantean una adhesión condicional a lo colectivo: “Debido a que la función autorial ha sido mitigada o borrada en el testimonio, del mismo modo ha desaparecido la relación entre la autoría y diferentes formas de poder individualizado y jerárquico” (1990: 177). Esta traducción y las derivadas de los autores, citadas en este artículo, son de mi responsabilidad. Ambos autores plantean que si está presente una individualización, se entra en el terreno de lo autobiográfico (178).

2 Beverly y Zimmerman plantean un concepto de lo literario bastante estrecho que excluiría no sólo el texto de Ana Guadalupe Martínez sino, también, parte de la poesía de revolución, debido a su carga ideológica.

3 Gramsci puso por escrito sus reflexiones en torno a la hegemonía y a la sociedad civil estando en la cárcel acusado de comunista por el régimen fascista de Italia. Notebook from the Prison se convirtió en lectura popular a partir de la Segunda Guerra Mundial en Europa y en buena parte de Latinoamérica. La principal línea teórica de Gramsci se centra en el sistema hegemónico y en la configuración de una sociedad civil y de una sociedad política dentro de ella. “Lo que podemos hacer, por el momento, es trabajar en las dos superestructuras mayores: la llamada “sociedad civil”, es decir, el engranaje de organismos comúnmente denominados “privados” y la “sociedad política” o “Estado”. Estos dos niveles responden, por un lado, a las funciones de “hegemononía” que los grupos dominantes ejercen en la sociedad y, por otro lado, se corresponde con la “dominación directa y ejercida a través del Estado y el aparato jurídico”. (1971: 12)

4 “La autobiografía es un modo de autoprotección en el sentido que implica el triunfo del individuo pese a las circunstancias que le rodean” (178).

5 Parecida es la tensión existente en la autorrepresentación de Haydeé Santamaría en el proceso revolucionario cubano, que se debate entre la individualidad y su conversión en ícono viviente de la Revolución Cubana.

6 Esta temática de la maternidad revolucionaria es una constante en la poesía de la nicaragüense Gioconda Belli como se ve en su poemario Línea de fuego (1978).

7 Esta idea de que la relación entre generaciones es posible debido al nuevo espacio surgido de la lucha revolucionaria está presente en Nicaragua en muchos de los testimonios recogidos por Margaret Randall en Sandino’s daughters (1995) y en la poesía y la escritura de Gioconda Belli, por ejemplo, En el país bajo mi piel (2001).

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