SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número23DISCURSOS ESPIRITUALES CONTRAHEGEMÓNICOS Y RESISTENCIA FEMENINA EN GEOGRAPHIES OF HOME DE LOIDA MARITZA PEREZCrimen sin castigo: Neltume, Santiago, Tejas Verdes índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.23 Osorno dic. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012006000200019 

 

ALPHA Nº 23 Diciembre 2006 (293-302)

DOCUMENTO

EL TEXTO DEL DECAMERON: ENTRE AUTÓGRAFOS Y EDICIONES CRÍTICAS

José Blanco*
Universidad de Las Américas*, Escuela de Comunicación, Santiago, Chile.

Dirección para correspondencia


El sueño declarado de todo filólogo es llegar a establecer la edición crítica de un texto con tal precisión, que, si fuera encontrado un autógrafo del mismo, correspondiera palabra por palabra. O que, por lo menos, representara la última o una de las etapas de la voluntad del autor.

Se trata de una tarea particularmente emocionante para aquéllos que nos dedicamos a la literatura medieval y humanística; pero, sobre todo, en el caso de los creadores que han dejado exceso de material o que son intrínsecamente polémicos por psicología.

¿QUÉ MEJOR EJEMPLO QUE BOCCACCIO?

De la mayoría de las obras de Boccaccio se conserva más de una redacción y, aunque en este último siglo se ha ido confirmando la existencia de diversos autógrafos suyos, estos contienen modificaciones que a veces son variantes, pero otras son simples descuidos de copista. Sabemos de muchos otros que podemos considerar como dispersos (aunque nadie asegura que estén perdidos) y de trabajos suyos que constituyen documentos para el estudio de otros autores. El caso paradigmático es el Cod. Zelada 104.6 de la Biblioteca Capitular de Toledo, donde copió la Commedia, la Vita Nuova y 15 canciones de Dante, obras a las que agregó una biografía del gran poeta que tanto admiraba.

Sin embargo, difícilmente puede existir un texto más complicado de reconstruir que el Decameron, ni siquiera por el hecho de haber sido encontrado un autógrafo hace medio siglo y que dicha autografía haya sido demostrada hace más de cuatro décadas.1

Cuando en 1573, un grupo de “deputati” –bajo la dirección de Vincenzo Borghini– asumió la tarea de realizar una “rassettatura” del Decameron2 se valieron, por sobre todo, del actual manuscrito Laurenziano XLII l, que fue considerado hasta hace poco como el “Ottimo”.

Y las razones para ello son varias. Fue escrito en 1834 por Francesco d’ Amaretto Mannelli quien agregó numerosas notas al margen especificando que, en algunos puntos, el texto presentaba lecciones aparentemente equivocadas. En vista de los numerosos cambios que presentaban otros manuscritos, los “deputati” llegaron a pensar que Boccaccio había dejado dos originales; pero no fueron más allá.

El códice de Mannelli –que se conoce con la sigla Mn– fue proclamado como muy exacto a tal punto que, en la reproducción tipográfica de 1761, se aseguraba que era una copia muy fiel del original mismo de Boccaccio. Según Michele Barbi, “esta veneración del códice Mannelli –proclamada por tan alta autoridad– permaneció por muchos siglos como una capa de plomo sobre la crítica del texto del Decameron”3; pero fue justamente Barbi, quien planteó la cuestión en otros términos.

Los alemanes Tobler y Hecker se habían ocupado en el último ventenio del siglo XIX de otro códice, que ya los “deputati” habían considerado el Hamilton 90, de Berlín (denominado B) en un segundo lugar de importancia. Nació así la sospecha de que, incluso, el Mannelli derivase de este último. Sin embargo, había demasiados puntos oscuros como para aceptarlo de inmediato.

Barbi estudió el problema con miras a la edición crítica de la Accademia della Crusca. Y, gracias al trabajo de sus colegas y ayudantes, llegó a una conclusión: “¿Copistas correctores? Eh no, serían demasiados, y sería necesario imaginarlos demasiado atentos y demasiado inteligentes” (1977:50). Era necesario “mutare strada”.

La edición de Aldo Massera (1927. Bari: Laterza) se basó completamente en el Berlinés, sustituyendo de hecho la de Pietro Fanfani (1857. Firenze: Le Monnier) que se apoyaba en el Mannelli. El mayor inconveniente era la laguna que el texto presenta, puesto que faltan dos quinternos completos. Para sustituirlos, Massera recurrió al mismo Mannelli y a la edición Deo Gratias (llamada así por terminar con esas palabras), que debería ser anterior a la de Cristoforo Valderfer (Venecia 1471) y, por lo tanto, la más antigua conocida. Según Massera, ambos textos provenían del códice Berlinés, pero el asunto no debía considerarse un punto de llegada, sino de partida para la gran empresa de la edición crítica definitiva. Precisamente así fue.

Barbi no creía que se hubiera demostrado que Mn proviniera de B, porque algunas lecciones que pertenecían a la tradición común del Decameron en Mn las veía aparecer y, en cambio, estaban perdidas en el pretendido original. Mannelli no recurrió a otros textos (lo habría dicho, ya que con el mayor escrúpulo advierte hasta sus más ínfimos cambios) y no era adivino, por lo mismo, conservó los errores y las lagunas de su original y donde intentó corregir con la ayuda del contexto, por lo general, no dio con la tradición común.

Todo lo anterior se demuestra con tablas y cotejos minuciosos. La conclusión era que las lecciones genuinas, que Mn conserva y B ha perdido, no puede tenerlas, sino es porque deriva de un códice colateral a B en el que se habían conservado. Por lo tanto, habría que revisar la tradición manuscrita completa y llegar a pensar en una segunda copia por mano de Boccaccio, lo que no era imposible puesto ya lo había hecho con la Vita Nuova de Dante.

En esos años, trabajaba en el grupo de Barbi el joven Alberto Chiari a quien le cupo revisar las notas manuscritas de Massera y confrontarlas con Mn. Pronto se dio cuenta que necesitaba tener a la vista los dos manuscritos. Su tarea consistía, también, en examinar el Cod. It. 482 de la Bibliotheque Nationale de París (denominado P) considerado como de la segunda mitad del siglo XIV y, por lo tanto, contemporáneo al autor. Lo habría escrito un cierto Giovanni d’Agnolo Capponi, quien afirmaba, aparentemente, tal cosa en una nota. De él hablaré más adelante.

El hecho relevante es que Chiari consiguió tener el B en sus manos… ¡y allí se produjo el gran descubrimiento!

Cuando conocí al profesor Chiari en Firenze, me permití felicitarlo “sin retórica” como el verdadero descubridor del autógrafo decameroniano. En esa ocasión, y en muchas otras en que conversamos, puso énfasis en aquello que ya había escrito antes que yo naciera: partió de pruebas internas. En efecto, pudo constatar que lecciones comunes a P no eran erradas, sino que habían sido transcritas fielmente y, en un segundo tiempo, borradas y reemplazadas por la misma mano con otras que consistían, con respecto a las primeras, en verdaderas variantes de gusto, variantes de autor.

Sólo que Chiari no era un conocedor de “la mano” de Boccaccio, pero su maestro Barbi sí. Entonces, Chiari puso el Códice en sus manos después de transmitirle sus sospechas. Barbi lo hojeó, miró algunos párrafos, fue para adelante y para atrás “como si buscara de inmediato miles de respuestas a miles de preguntas que se le iban agolpando en la mente, impaciente, excitado”. Después miró a Chiari, que lo observaba trepidante, y le susurró “con su hermosa sonrisa luminosa”: “Tiene razón. Es él”. Y, luego de examinar nuevamente el códice, sentenció: “Es él, y no de los primeros, sino más bien de los últimos años”.

Pero, al igual que ocurre con un diagnóstico médico, se necesitaba una segunda opinión. Y Barbi quiso que fuera la de Giuseppe Vandelli, el otro conocedor de la grafía de Boccacccio, quien había descubierto recientemente la autografía del Teseida –obra juvenil en verso de Boccaccio– en el Cod. Laurenziano Acquisti e Doni 324 y, por lo mismo, era la persona más indicada.

Chiari resolvió pacientemente las incertidumbres de Vandelli, quien quería ver aparecer algunas figuras de letras y se las encontró por centenares. Además, Chiari le puso en evidencia algunas figuritas que, también, han resultado autógrafas de Boccacccio.

Había que proseguir el trabajo, justamente en torno a la línea sugerida por Barbi. Chiari habría de resumirlo así, en 1948: “Cuando, en efecto, se hubiera podido demostrar que no sólo ese códice era autógrafo, sino que también de años avanzados hacia la vejez; que el códice de París representaba una redacción inmediatamente precedente que podía servir para preciosos cotejos en lugares inciertos o lacunosos; o que el códice Laurenziano era copia del Berlinés, diligente aunque, naturalmente, no perfecta, y que podía óptimamente servir para todos los pasajes ya perdidos del original; las perspectivas para la edición crítica de la obra maestra de Boccacccio se habían aclarado y mejorado mucho desde cuando Barbi dio las primeras luminosas demostraciones y los primeros óptimos consejos acerca de lo que había que hacer”.

Desgraciadamente los ilustres investigadores terminaron su ciclo vital. Vandelli falleció en 1937, a los 72 años; Barbi en 1941, a los 74. El joven Chiari ganó un concurso universitario fuera de Firenze y tuvo que partir para Milano. Después vino la guerra y todo el vasto programa tuvo que postergarse. Sólo el 11 de julio de 1948 habría de publicar su artículo “¿Un nuevo autógrafo de Boccaccio?” en el periódico Fiera Letteraria. El 14 de ese mes ocurrió el atentado contra Palmiro Togliatti –destacado dirigente del Partido Comunista– y Chiari, según me confesó, quedó impresionado. Se hablaba nuevamente de revolución y ya el conflicto bélico había sido bastante. Hombre sensibilísimo no estaba de ánimo para seguir adelante y, tanto menos, para entrar en polémicas, porque se lanzaron contra él prácticamente todos con una violencia inaudita, casi como si Chiari hubiera descubierto lo que sólo ellos tenían derecho a descubrir.

Recurriendo a un maquiavélico recurso, los detractores de Chiari prefirieron no escribir directamente, sino que servirse de una alumna: María Sampoli Simonelli (que luego pasó a firmarse Marie Picchio Simonelli por haber cambiado su apellido de casada) quien publicó un artículo lapidario en los prestigiosos Annali della Scuola Normale di Pisa.5

Mario Casella, maestro de la autora, aprobó lo dicho por ella por tratarse de un trabajo “conducido con seriedad de investigaciones y seguridad de método filológico”6. Un camino parecido siguieron Vicenzo Romano, cuando reseñó el Decameron de Giuseppe Petronio,7 y otros estudiosos ignoraron los resultados de Chiari prefiriendo aceptar los de la Sampoli.8

En 1955, Chiari volvió sobre el tema9 reproduciendo fotográficamente dos apuntes de Barbi, que confirmaban su juicio acerca de la autografía de B. En estos apuntes aseguraba que debía fundarse el texto de la edición crítica en el Berlinés (“¡y no será una repetición de la edición Massera!”) anotando en cursiva las variantes de los códices P y Mn; pero de poco sirvió esta ampliación del tema. Vittore Branca estaba estudiando el texto Decameron desde hacía años, pero no había tenido el Berlinés en sus manos. De hecho, lo utilizó poco para su propia edición del año 1951-52, por lo mismo, no aceptó la opinión de Chiari y prefirió acoger la otra corriente, porque mientras tanto tenía su polémica personal con el filólogo norteamericano Charles Singleton, que también había publicado su edición crítica.

Una de las dudas que más avalaban a los detractores de Chiari era: “¿Por qué, si Barbi sabía que el Berlinés era autógrafo, no lo dijo?” Y la respuesta es simple: “Porque era un descubrimiento de Chiari y a él le correspondía publicarlo”. ¡Qué lección de honestidad académica! El alumno no pudo evitar dejar constancia de ello en un apunte al margen de una de las venenosas reseñas. Su maestro prefirió llevarse la noticia a la tumba antes que apropiarse de ella para prestigio personal.

Pero la verdad es hija del tiempo, como señaló Francis Bacon. Alberto Chiari publicó por tercera vez su artículo con un apéndice en el que incorporaba las variantes (1961:337-351). Según parecía, para un trabajo serio era imprescindible revisar el códice, pero no fue fácil encontrarlo, pero, por fin, fue enviado en prestamo interbibliotecario a la Biblioteca Marciana de Venecia, cerca de la Universidad de Padova, donde enseñaba Vittore Branca. Branca fue el organizador del trabajo y llamó a colaborar a Chiari y a Pier Giorgio Ricci, también florentino, pero que enseñaba en el sur. Chiari se excusó, pero Ricci –que ya había escrito en contra de éste último– se presentó deseoso de ver el códice.

La historia de Ricci merece un párrafo aparte. Estudioso de Dante, Petrarca y Boccacccio, fue quien descubrió la autografía del De Mulieribus Claris y de sus dos fases redaccionales, en 1959.10 Era la voz autorizada que faltaba, después de haber revisado todos los otros autógrafos existentes (La Genealogía Deorum Gentilium, los Zibaldones Laurenziano y Magliabechiano, el Teseida, el Toledano y otros menores descubiertos por Hecker).

Ricci se sintió en la necesidad de comunicar sus impresiones en un artículo publicado en el principal diario de Firenze: “Recuerdo con emoción el primer encuentro en la Biblioteca Marciana: abrimos el volumen, y he ahí el corte caraterístico de los manuscritos salidos del escritorio de Boccaccio, he ahí la atmósfera particular de sus páginas, he ahí la conocida, querida, bella escritura. Ninguna duda posible: teníamos delante el autógrafo de la prosa más grande de nuestra literatura”11.

Y Ricci haría de inmediato una confesión de parte: “Recuerdo que rechacé la propuesta de Chiari; y hoy lo reparo, reconociendo el haberme equivocado y haberme precipitado. En efecto ninguno de aquéllos que negaban la autografía había visto el códice: no aquéllos que ponían en relieve los errores del texto, no la Sampoli Simonelli que negaba la autografía del hamiltoniano después de haber analizado la escritura de éste basándose en mediocrísimas y anticuadas fotografías, no los que, como yo, se dejaban convencer por los argumentos ajenos”12.

¡Otra prueba de honestidad académica! Pero Ricci también nos dejó el 22 de abril de 1976, cuando tenía sólo 64 años. Su viuda, Adriana Materassi Ricci, transformó su casa de Tagliente d’Artena (Frascati) en un archivo y me abrió las puertas. Tenía aún mucho que decir; pero, al igual que Barbi, dejó directivas precisas para lo quedaba por hacer. El libro Studi sulla vita e le opere del Boccaccio, publicado póstumo en 1985 por Ricciardi Editore de Milano-Napoli, resulta fundamental para cualquier filólogo que, como yo, quiere proseguir la tarea.

Paradojalmente, el que más provecho sacó del descubrimiento de Chiari y de la demostración de Ricci fue Vittore Branca, que ha dedicado toda su vida al tema. En los años sucesivos al pequeño, pero significativo, libro del C.E.D.A.M., aparecieron tres ediciones que llevaban su firma: la reproducción anastática de Alinari;13 una edición para todo público, que primero debía publicar Le Monnier y que luego apareció bajo el sello Einaudi de Torino;14 y la tan esperada edición crítica de la Academia della Crusca.15 Pero no se detuvo ahí, puesto que reeditó –corregida y aumentada– su serie de estudios recogidos en Boccaccio Medievale16 y su Profilo Biografico.17

A la intensa actividad editorial de Branca hay que agregar un volumen de 584 páginas, publicado por Edizioni di Storia e Letteratura, bajo el título de Tradizione delle opere di Giovanni Boccaccio-II. El número romano es fundamental, puesto que Branca publicó el primer tomo en 1958, por la misma editorial. Después de tantos años, esta segunda parte parecía poco probable. En todo caso, Branca ya advierte en nota que espera presentar nuevos resultados en un tercer volumen… “se a tela ordita Dio manderà ancora un po’ de buon filo”18. No estaba mal para uno que estaba por cumplir los 80 años y, de hecho, falleció a los 92, el 28 de mayo de 2005. En todo caso –como veremos– alcanzó a proponer algo más.

La segunda parte de la Tradizione presentaba pocas novedades para quienes habíamos ido siguiendo las intervenciones de Branca en Congresos Internacionales y en publicaciones científicas. Eran poquísimas las páginas nuevas, pero tenían dos méritos insustituibles: reunía textos difíciles de encontrar (y que en estado de fotocopias o de extractos suelen estar rayados y anotados), y agregaba notas de actualización con bibliografía preciosísima. Hay que hacer notar que los estudios de Branca sobre el texto del Decameron de 1950 y 1953 y –sobre todo– sus trabajos acerca del autógrafo y de la edición crítica de la Academia della Crusca (que es una edición de biblioteca, por su precio, y dedicada a los especialistas). También resulta interesante el “Intermezzo autobiografico-narrativo” (477-482), donde reconoce el aporte de Chiari y de Ricci, lo que es fundamental, puesto que sus editores no dudaron en publicitar que Vittore Branca había descubierto y demostrado la autografía del códice decameroniano (!). En cuanto a la edición crítica (que no es todavía definitiva), ¿cuáles son los resultados? Pueden resumirse así:

–Se utiliza como base el Cod. Hamilton 90, integrando la parte
de texto que falta en los testimonios finales.
–La edición Deo Gratias no es copia de B, sino testimonio afín
ampliamente contaminado y corregido.
–Mn no es copia, sino afín de B.
–P no depende de B o de Mn, sino que refleja un estado del texto anterior a los otros dos.

 

 

 


Al respecto, esta edición crítica de Branca propone el siguiente árbol genealógico:





Esto es: de un ejemplar de servicio (AX) tuvieron origen dos redacciones. De una de ellas tuvo su origen P; de la otra Mn (a través de un atígrafo X1) y B, que debe haber pasado por un estadio de redacción (AX2+) de 1370 que pudo, incluso, no existir materialmente (o sea, que Boccaccio pudo modificar sólo mentalmente al momento de transcribirlo en B). Y es, precisamente, a P al que Branca dedicó sus últimos años e hizo confluir sus diferentes artículos en el segundo volumen de Il capolavoro del Boccaccio e due diverse redazioni.19

Pero quien esta vez hizo el gran anuncio que remeció el ambiente filológico fue Aldo Rossi, pues creyó identificar en ese códice un nuevo autógrafo del Decameron. Verdadero demostrador de la primera redacción contenida por el Códice Parísino,20 se atrevió a escribir: “Hoy sé lo que entonces para mí habría sido difícil de decir: esto es el Parísino es un libro de autor, es un autógrafo en cancilleresca con influencias de la bastarda del mismo Boccaccio, mientras que Capponi tal vez es sólo el destinatario de la copia”21. Y la historia volvió a repetirse. Fue Marco Cursi quien, en los Studi sul Boccaccio dirigidos por Branca, aceptó sólo en parte la tesis, afirmando que el copista del Códice imitó algunos aspectos de la escritura de Boccaccio, pero sin aceptar que fuera de mano del autor.22 Rossi falleció el 2 de diciembre de 1999 y, por lo tanto, no puede replicar. La cuestión permanece abierta y será necesario revisar con calma las centenares de lecciones anotadas por todos los que se han interesado en el asunto.

Para terminar, vaya la siguiente reflexión: se puede asegurar que se cierra un ciclo de casi un siglo. Apoyándose en la labor de los que lo acompañaron, todos los citados llegaron a cumplir el primer paso indicado por Barbi, porque no otra cosa es su edición crítica, que ya preparara Aldo Francesco Massera. ¡Bien por la filología y sus cultores!

NOTAS

1 Toda esta temática fue desarrollada por mí en el artículo “L’autografo boccaccesco berlinese: identificazione, dimostrazione, edizione (con documentos inéditos)”. 1994. Santiago de Chile: Ediciones Video Carta. La traducción de todas las citas italianas me pertenece.

2 Al respecto dejaron unas Annotazioni e discorsi sopra alcuni luoghi del Decameron fatte da’ Deputati alla correzione del medesimo, que han sido reimpresas en numerosas ocasiones.

3 Cfr. Michele Barbi. 1927. “Sul testo del ‘Decameron’ publicado en Studi di filologie italiana I. 9-68. Formó parte del vol. La nuova filologia. Firenze: Sansón. 1938. Cito de la 3ª edición, Firenze: Sansoni, 1977. 50.

4 La traducción ha sido tomada del texto republicado por Alberto Chiari en el vol. Indagini e letture. Terza serie. Firenze: Le Monnier. 1961. 347.

5 Cfr. “Il ‘Decameron’. Problemi e discussioni di critica testuale”, en Annali della Scuola Normale Superiore di Pisa, sez. Lettere, storia e Filosofia, XVIII (1949-50), serie II, fasc. III-IV. 129-172.

6 Cfr. “Studi Danteschi”, XXIX (1950). 728.

7 Cfr. Belfagor, Nº 6, noviembre 1950. 236.

8 Basta recordar a Vittore Branca, Natalino Sapegno, Giuseppe Billanovich y Pier Giorgio Ricci, sólo por recordar a los principales. Me di el trabajo de buscar las reseñas y artículos uno por uno, lo que constituye el tema de otro trabajo. Al rechazo de lo que Chiari había descubierto, siguieron después los aplausos por el descubrimiento, pero sin considerar al verdadero descubridor. Toda una crónica que dio origen a una lectio deformada y vulgata de la entera cuestión. El mismo Chiari se dio el trabajo de aclararlo en el vol. Studi Letterari. Firenze: Nardini. 1981. 114-129.

9 Cfr. Alberto Chiari. 1955. “Ancora sull’ autografia del codice Berlinese del ‘Decameron’ Hamilton 90”, in Convivium, N. S. XXIII. 352-356.

10 Cfr. Pier Giorgio Ricci. 1959. “Un autografo del ‘De mulieribus claris’, en Rinascimento, X. 3-12; y “Le fasi redazionali del ‘De mulieribus claris’”, ibídem .12-21. Ahora en Studi sulla vita e le opere del Boccaccio, op. cit., 115-135.

11 Cfr. La Nazione, Firenze, agosto 7, 1962. 3. Con su título original “Ho participato alla scoperta del ‘Decameron’ autografo”, fue incorporado en el vol. Pier Giorgio Ricci, Rari ed inediti, Edizioni di storia e letteratura. Roma. 1981, y en sus Studi sulla vita e le opere del Boccaccio, Ricciardi. Roma-Napoli. 1985. 256-260. He preferido mantener el texto en su lengua original por su valor estilístico y documentario.

12 Cfr. Pier Giorgio Ricci. “Svolgimento della grafia del Boccaccio”. Traducimos del texto publicado en el vol. Un autógrafo del ‘Decameron’ (Codice Hamiltoniano 90), Casa Editrice Dott. Antonio Milano (C.E.D.A.M); Padova. 1962.61-62. Fue reimpreso en los Studi sulla vita e le opere del Boccaccio, op. cit. 286-296, con el título “Evoluzione nella scrittura del Boccaccio e datazione degli autografi”. (Se eliminan algunos problemas contingentes)

13 Cfr. Giovanni Boccaccio. 1975. Decameron, facsimile dell’ autografo conservato nel cod. Hamilton 90 di Berlino. Firenze: Editrice Alinari. 44, 224 láminas.

14 Cfr. Giovanni Boccaccio. 1980. Decameron. Torino: Giulio Finaudi Editore. CX-1362 pp. Reproduce sustancialmente el IV volume de Tutte le opere. 1976. Milano: Mondadori. XL-1614. Otro producto del Centenario y de la utilización del autógrafo.

15 Cfr. Giovanni Boccaccio. 1976. Decameron. Edizione critica secondo l’ autografo Hamiltoniano. Firenze: Academia della Crusca. CXXXVI-760.

16 Cfr. Vittore Branca. 1975. Boccaccio medievale. Firenze: Sansoni Editore, Firenze. 384. Es importante hacer notar que a esa 4ª edición siguieron otras y que fue publicado nuevamente con el título Boccaccio medievale e nuovi studi sul ‘Decameron’. 1996. Firenze: Sansoni Editor.

17 Cfr. Vittore Branca. 1977. Giovanni Boccaccio. Profilo biografico. Firenze: Sansoni editore. 228.

18 Cfr. Vittore Branca. 1991. Tradizione delle opere di Giovanni Boccaccio. II. Roma: Edizioni di Storia e Letteratura. 5, nota 1.

19 Cfr. Il capolavoro del Boccaccio e due diverse redazioni. 2002. Venezia: Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti; I. Maurizio Vitale. “La riscrittura del ‘Decameron’”. I mutamenti linguístici, 571 pp. II. Vittore Branca. Variazioni stilistiche e narrative, 220. Los artículos de este último fueron: “Possibile identificaziome nel Parigino it. 482 di una redazione del “Decameron” anteriore all’autografo degli anni Settanta”, en Studi sul Boccaccio. XXII (1994), pp. 225-234; “Su una redazione del “Decameron” anteriore a quella conservata nell’autografo hamiltoniano”, en “Id” XXV (1997: 3-131); “Ancora su una redazione del “Decameron” anteriore a quella autografa e su possibili interventi “singolari” sul testo” en “Id” XXVI (1998), pp. 3-97; y “Prime proposte sulla diffusione del testo del “Decameron” redatto nel 1349-52 (testimoniato nel Codice Parigini Italiano 482)”, en “Id” XXVIII (2000). 35-72.

20 Cfr. Giovanni Boccaccio. 1977. Il Decameron, edición crítica de Aldo Rossi. Bologna: Cappelli. XLVII-639.

21 Cfr. Aldo Rossi. 1997. Cinquanta lezioni di filologia italiana. Roma: Bulzoni. 129. La sucesiva demostración se encuentra en 165-178.

22 Cfr. Marco Cursi. 2000. “Un nuovo autografo boccaciano del “Decameron”? Note sulla scrittura del codice Parigino Italiano 482”, en Studi sul Boccaccio. XXVIII. 5-34.

Correspondencia a:

Avenida Manuel Montt 948
Santiago de Chile