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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.23 Osorno dic. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012006000200005 

 

ALPHA Nº 23 Diciembre 2006 (87-100)

ARTICULO

NUEVOS LECTORES Y NUEVAS LECTURAS PARA “MALDITO GATO” DE JUAN EMAR

New readers and new readings for “Maldito gato” by Juan Emar

Julio Piñones*
Universidad de La Serena*, Departamento de Artes y Letras, La Serena, Chile.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

Se aplicarán los conceptos centrales de la “semiótica de la cultura y del texto” de I. Lotman (La semioesfera I, 1996) para plantear e intentar resolver el problema de la instalación de la “semioesferia” y de la “periferia” en un nuevo texto receptivo. Al establecer las múltiples conexiones de los elementos de este, se operará con las derivaciones del concepto de función planteadas por diversos autores. La función indicial dará información básica del relato, la función secuencial permitirá reordenar las series narrativas, la función agencial identificará los roles de los actantes; la función poética revelará la riqueza artística de este cuento y su interpretación, según Barthes (1970), permitirá “apreciar la pluralidad que lo constituye”.

Palabras clave: conceptos semióticos, Lotman, Emar.


ABSTRACT

This article reviews the concepts of the semiotic theory of culture and the semiotic of the text by I. Lotman to state and intend to solve the installation of the “semioesfer” and “periphery” problem in a new receptive text. In order to establish multiple connections in “Maldito Gato”, by Juan Emar, we will use diverse concepts of the textual functions defined by different authors. The index function will provide basic information of a narration, the sequential function will allow us to reorder narrative series, the agential function will identify the actants’ roles, the poetical function will reveal the artistic richness of this short-story and, according to Barthes (1970), the interpretation of this narration will allow the reader “to appreciate the plurality that constitutes it”.

Key words: concepts semiotics, Lotman, Emar.


PRESENTACIÓN1

“Semioesfera” y “periferia” en “Maldito gato”2. Según Lotman, la “semioesfera” corresponde a “un continuum semiótico, completamente ocupado por formaciones semióticas de diversos tipos y que se hallan en diversos niveles de organización” (1996: I 22). La oposición de la semiosfera es la “periferia”, la que ha sido considerada como “un entorno exterior no organizado” (I 29). Ambos espacios semióticos se encuentran delimitados por el concepto de “frontera”, que “es la suma de los traductores ‘filtros’ bilingües que pasan por el texto a través de los cuales un texto se traduce a otro lenguaje (o lenguajes) que se halla fuera de la semioesfera dada” (I 24).

En consecuencia, aquí se analizará, describirá y problematizará la situación que se configura al pretender establecer las interacciones de los conceptos citados en el cuento “Maldito gato”. Para efectos de este artículo, ha ordenado este cuento de Emar por medio de dos macrosecuencias (I y II) que encabezan cada proceso de lectura y que, a su vez, han sido divididas en subsecuencias que son desarrolladas en el cuerpo central del trabajo.

I. PRIMER CAMPO SEMIÓTICO NUCLEAR: LO EUFÓRICO

1.1. Esplendor matutino del 21/02/1919: Salida hacia los cerros del Melocotón (29). Funciones y escritura del nuevo texto. Para determinar las zonas predominantes y las marginalidades, la función indicial proporciona información sobre lo auspiciosa que es una mañana. En la 1ª subsecuencia se fija la fecha inicial del acontecer y se establece la doble función actancial y enunciativa del destinador, cuyo objetivo es galopar hasta los cerros del Melocotón (29-51). Observadas las correlaciones jerárquicas de los personajes, se identifica la función actancial: a) dominante del enunciador con relación al sirviente y al caballo; b) subordinada del sirviente; c) dominada del caballo.

1.2. Factores del esplendor: Temperatura y perfumes campestres (29/32). La temperatura, como factor suprarreal que circunscribe el entorno abstracto del jinete, interactúa con las acciones lúdicas de éste. Los cambios de ritmo que impone en el juego que ha inventado, dotan de suprarrealismo a la cabalgata y demuestran cómo se comportan los factores gravitantes dentro de esta zona nuclear. El destinador atraviesa y describe los sitios por los que cruza con su caballo; el enunciatario analiza y plantea un nuevo (su) texto abierto. Se advierten el egocentrismo y las capacidades actanciales del enunciador, atendiendo a los indicios que proyecta su actuar: da órdenes y busca la aventura.

Por otra parte, en la mancomunión de esta singular empresa que comienza, el corcel del destinador se constituye en un apoyo fundamental para el desarrollo de los eslabones accionales posteriores. Así, en el corcel se cumple un programa narrativo, subordinado, pero esencial con relación a lo que aporta en las riesgosas peripecias por las que atraviesa su amo, por lo que acontece el acceso de la dupla protagónica al límite abstracto entre territorio marginal y nuclear. El caballo “Tinterillo” alcanza esta posición al cruzar la frontera, desde la libertad de la periferia hasta su ensillamiento, que lo integra a esta nueva estructuración primordial. Se constituye, de este modo, la complejidad de esta “persona semiótica” (Lotman I 25), generada por la confluencia de estos roles actanciales.

Esta “persona semiótica” activa el funcionamiento de este núcleo, creando fenómenos maravillosos. Después de experimentar las sensaciones térmicas extremas –calor y frío– se genera un tercer estado de bienestar acorde con la desaparición de la temperatura, acontecimiento que sólo puede aparecer en el interior de este sistema cerrado a lo extrasemiótico (29). Tal dialéctica connotativa origina dos sensaciones antitéticas y ubica –en el vértice superior de la síntesis imaginaria– un desiderátum de paz y dicha que suspende y alza al ser de las circunstancias físicas de lo humano, siendo este un núcleo de búsqueda recurrente en el texto. Estos giros suprarrealistas seguirán actuando dentro de las condiciones que se le atribuyen a esta dimensión, que es la de funcionar en una continuidad semiótica o la de su demarcación abstracta diferenciadora con relación a otras semioesferas o a otros espacios extrasemióticos (I 24).

Las variantes de esta cabalgata dotada de impulsos extremos y de bruscas detenciones permiten percibir las inclinaciones hacia los movimientos y retracciones de este sistema semiótico. El eje de ambas instancias se instala en las configuraciones mutables de la enunciación que va descubriendo los resultados de ciertas órdenes recibidas por el corcel y sus efectos en el jinete: los manotazos en una oreja y en la grupa de la cabalgadura. Lo que afirmo se sostiene en la concurrencia tanto de nexos concluyentes como de oposiciones frontales de sus conjuntos significantes. Una nueva clase de lectura empezará a surgir cuando el texto entregue la vastedad de significantes generados por el jinete que narra y concreta su propia historia, al ir en tránsito hacia esa “larga alameda de algarrobos” (29) y que, en seguida, endilga hacia los territorios abstractos de la cabalgata. La narración aquí retoma un sentido primario y fundamental del arte: el de descubrir, sobre lo cual escribió Hans Robert Jauss: “la experiencia estética (…) hace que se vea de una manera nueva” y, “con esta función descubridora, procura placer por el objeto en sí, placer en presente” (1986:40).

Por medio de una analogía fílmica, se puede afirmar que ante los ojos del lector se suceden con diversas velocidades las escenas de este cuento de Emar. La subjetividad que narra se enuncia a sí misma; ella concreta lo que inventa e involucra su emocionalidad. Tal subjetividad disfruta y comparte el placer estético con la audiencia que se inserta en el desarrollo dinámico de este sistema semiótico y de las funciones secuenciales que se potencian al fundirse con la índole fantástica de la cabalgata que se narra. La expresividad tiende a producir en el lector un interés constante, según vaya traduciendo las provocaciones del destinador y las vierta en su escritura como enunciatario. Derivado de lo anterior, este enunciatario asumirá la serie de fenómenos escriturales de esta enunciación ingresando en las brechas y en los cambios rítmicos del recorrido narrativo que le permitan percibir sus sentidos. Acotado este cuento como una confluencia de diversas corrientes semioesféricas y periféricas, el proceso de lectura puede comenzar a verse como un espacio dialógico: un ámbito de conexiones imbricadas por el juego activo entre enunciador y destinatario.

Expuesto a los desplazamientos temporales del texto, el lector debe moverse con flexibilidad, atento a la fluidez de estas instancias que van y vuelven en el espacio semiótico. Así ocurre en el caso de las demarcaciones fronterizas que no son físicas, sino que son puentes abstractos que posibilitan o deniegan el ingreso de lo externo a la semioesfera. Los problemas que nos plantean estas diferenciaciones de niveles figurativos corresponden al funcionamiento del sistema que se va constituyendo como texto y a la identificación de conexiones que vinculan estas series. Que tal funcionamiento y series se muestren caracterizables en sus interacciones depende de las diversas lecturas potenciales de un sistema que se valida al manifestar su continuidad semiótica, dentro de la cual consideramos que el discurso cuentístico de Emar –en términos de Lotman– posee consistencia propositiva, gracias a su “homogeneidad e individualidad” (I 24).

La participación básica del lector es insustituible para la constitución del territorio nuclear imaginario del jinete/enunciador, un nivel extraordinario sostenido en el plano de las connotaciones que resultan de la práctica receptiva: cumpliendo su rol, el lector correlaciona los sentidos integrados al espacio semiótico. Cabe subrayar que los conceptos lotmanianos de “semioesfera”, “frontera” y “periferia” poseen una constante movilidad semiótica. Como se verificará al ingresar en la segunda secuencia mayor de este relato, se trata de conceptos que no pueden usarse como definitivos e invariables, puesto que los sistemas semióticos y sus procesos están expuestos a fenómenos transformacionales que proceden no sólo del campo cultural interno, sino que, también, de elementos extrasemióticos que pueden ser semiotizados de diversos modos.

La “persona semiótica” obtiene placer en la cabalgata que había cerrado la subsecuencia narrativa de la “temperatura” y que ha generado el ingreso al segundo de los factores ambientales que hacían muy atrayente aquella mañana. En la experiencia actancial acontecida en la alameda de algarrobos, lo predominante es la imposición de la sátira que opera sobre los caracteres de este campo, sátira que se acentúa cuando el enunciador emplea una voz perteneciente al campo léxico culto para comparar sintéticamente aquellas emanaciones con “un compendio de nuestras necesidades más apremiantes, compendio que entraba por las narices” (33). (Nuestra cursiva marca el nivel léxico diferencial).

La siembra de otro potrero tampoco implica valorización de un nutriente actual y concreto, sino que opera como una metonimia que mienta toda clase de alimento universal. La reiteración del nutriente –al que está aludiendo el enunciador– remarca su distinción entre pan presente y valor abstracto del pan emariano, puesto que se trataba de: “Un pan por venir, de miga algodonosa y cáscara crujiente; un pan arquetípico. Un pan por venir –digo– por lo tanto, todas las posibilidades de pan para el hombre” (33).

Similar alteración acontece con las vacas holandesas que emanaban olor a mantequilla; pero no a mantequilla real, sino que, también, arquetípica, todavía no hecha. El ingreso de uno y otro olor por cada ventanilla nasal generaba la confluencia de un pan con mantequilla, operación extraordinaria de índole claramente literaria. Esta escisión procedía de una mente que imagina ambos nutrientes; uno de estos, por su componente idealizador, se muestra como ajeno a toda contaminación procedente de lo real, es otra forma de verdad perenne; de aquello que no se corrompe ni se pudre. Esto puede verse como la esencia de la idea abstracta del nutriente que opera cual descriptor de esa materialización vista en un plano de menor rango, lo que evoca cierta resonancia platónica. La codificación de un repertorio universal de elementos que se deja leer como fuente de un poder fundacional, intacto y disponible, es el fundamento que confiere impermeabilidad a este orden, libre de aquellos factores erosivos.

Jauss reparó en el modo cómo Aristóteles atendió al placer que provoca en la recepción “la representación de objetos feos” (1986:60) y en su aporte a la teoría receptiva actual, como los que enuncia este narrador: “Olía, pues, este trecho a lo inútil de los cerdos, a putrefacción, a desechos pestilentes de carnes, vísceras y excrementos. Casi una náusea” (33-34). Lo representado inserta una nueva singularización en el tramo cuaternario del periplo simbólico del jinete. Esta presentación de lo porcino exhibe la posibilidad de revelar el extremo positivo del concepto bipolar de lo escatológico: el acceso probable al “arquetipo” al cual responden los registros de esos animales. La apreciación de esa carga se sitúa en el otro extremo repugnante de la curiosa bisemia de la escatología: aquella de los más altos fines y aquella de los más repugnantes desechos, instancia desde donde emerge –en este cuento de Emar– “El aroma del destino” (34). El cierre de esta subsecuencia mantiene la sensorialidad auditiva predominante y la descripción peyorativa del ganado. Esta enunciación se inserta en los ámbitos periféricos con los cuales se ha ejemplificado la concatenación de instancias que configuran, a lo largo del texto, su contraste con otra formación predominante en el espacio semiótico de cada segmento textual.

1.3. Llegada a los cerros del Melocotón (51). Las subsecuencias de la exploración del jinete/enunciador tendrán sus cierres cuando éste llega a su primer destino. Conforme a la ambigüedad irreductible, característica de la poeticidad de Emar, se trata de una instancia de evocación. La función actancial había dado a conocer al lector el objetivo que este protagonista se había propuesto cumplir mediante su rol ecuestre por medio del juego anafórico y su término anaforizado: “llegar a los cerros del Melocotón” (29). La primera instancia de esta anáfora –correspondiente al inicio de esta función subsecuencial– atisba su futura correlación cuando se fija y queda abierta la expectativa de su cumplimiento futuro. Desde la emisión de este propósito expansivo hasta que acontezca el cierre de esta secuencia, será la intervención del factor anaforizante la que completará y sintetizará la enunciación abierta por el primer término de la anáfora. La dualidad correlativa de la figura vincula dos mañanas, pero conectar sendos referentes implica al enunciador y al enunciatario con las experiencias estéticas desplegadas, entre las cuales está la inédita cabalgata emprendida por el enunciador y su caballo “Tinterillo”.

El fenómeno rememorativo de una dicha instalada en un plano temporal ya experimentado sólo resulta posible para el enunciador al encontrarse situado en la instancia excepcional de experiencias favorables de aquella zona nuclear. Una enunciación de gozo, ubicada en la cabalgata, fundamenta el rango de este acontecer: cuando el enunciador masca la flor de alfalfa había recordado una felicidad pretérita (47). Con años de anterioridad, otros enunciados nos remiten a ese pasado en el cual se apunta a esa amistad con el fallecido chino Fa y a la compra de su misterioso “candiyugo”. Al administrarse su jugo en la lengua, se lee que “la dicha suprema empezaba, y la dicha suprema duraba tanto como duraba en deshacerse el candiyugo (…) No sabría definir exactamente en qué consistía esta felicidad sin igual” (48-49).

El modelo para obtener placer del jugo de las flores lo aproximaba a esa otra “dicha suprema”, que era “una franca dicha” cuando la reactualizaba; sin embargo, no era la dicha plena, sino un “eco lejano” (50) de aquella otra experiencia total de la felicidad. Una vez más, se da este juego entre los niveles de plenitud del Ser y el de sus derivaciones menores. De allí que el gran pivote narrativo de este engranaje se instale por medio del enunciado que afirma: “Así fue cómo aquella mañana, en las faldas de los cerros del Melocotón, pude evocar mi felicidad perdida” (51).

II. SEGUNDO CAMPO SEMIÓTICO NUCLEAR: LO DISFÓRICO

2.1. Exploración actancial protagónica en la periferia (51-52). Con la llegada se inicia un nuevo proceso de exploración de esta persona semiótica que desmonta: se interna a pie por ese entorno, cavila y camina con dificultad entre elementos rústicos. Llega más tarde a un sitio amable, cuyas características coinciden con los rasgos distintivos de lo semioesférico. Al reencontrarse con esta clase de experiencia superior, la persona semiótica del explorador la enuncia así: “Reinaba una paz de cielo. A recalcarla venía de tiempo en tiempo un buitre cordillerano que pasaba allá arriba, muy alto, con sus alas extendidas e inmóviles” (51).

El lector avanza, ahora, en su práctica receptiva distinguiendo las subsecuencias que poseen sentido semioesférico de aquellas otras, cuya dispersión organizativa las sitúa en la periferia. Se inscribe en esta última la serie no reflexiva, sino cavilosa que el explorador realiza en su caminata por esos cerros: “Pero no sé qué raciocinio tonto, sin base alguna, me hizo llegar a la conclusión (…). Cosa absurda que en nada lógico puede asentarse…” (51). Tales enunciados se insertan claramente en lo irrelevante, en lo que tiene una categoría inferior de sentir y de pensar con relación a las que se han situado como soportes y actos acontecidos en un nivel de excelencia estética y emocional. Lo periférico, también, se caracteriza por el desorden y la heterogeneidad permanente de sus referentes, según se explicita: “Largo rato avancé al paso dificultoso de mi cabalgadura que tenía que evitar constantemente las piedras y matorrales” (51).

2.2. Acceso a una segunda zona nuclear: Embudo/socavón (53-54). El desplazamiento de elementos dispersos en una periferia y su inclusión organizada en la semioesfera se presenta en esta instancia. Lotman caracterizó este fenómeno afirmando que la semioesfera “necesita de un entorno exterior no organizado” y se lo construye en caso de que esté ausente. La cultura –agrega– “crea no sólo su propia organización interna, sino, también, su propio tipo de desorganización externa” (I 29). Así, se observa un cambio en la percepción del explorador con relación a la conducta de los elementos periféricos, los que se comportan como factores positivos que inciden en la revelación de otro núcleo primordial del cuento: “Pude darme cuenta que la roca, como el grupo de árboles un momento antes, estaba allí para ocultarme y revelarme después una nueva sorpresa” (53).

2.3. Nuevos roles actanciales: dominante/dominado (54-59 y ss.). Aquí se muestra al actante que está presente en la denominación del cuento: “un simple y vulgar gato blanco… (sobre cuya) cabeza, entre ambas orejas, tenía una pulga” (54). La enunciación remarca la constitución de una nueva tríada actancial con rasgos semioesféricos: el gato, la pulga y el sujeto de la enunciación. Los nuevos actantes son presentados con sobriedad. Lo excepcional se muestra en que gato y destinador, para mirarse mutuamente, necesitaban “lanzar un rayo visual paralelo al nivel de las aguas” (55), lo cual se constituirá en indicio del poder felino sobre el enunciador que, con todo, ha perdido su condición humana.

En la presente secuencia, sólo la expresión del sentido visual mantiene su funcionalidad y se apartan los restantes sentidos. Esta marginación permite la hipervaloración existencial del “rayo aquel de ojo a ojo” (55), aunque para gato y hablante esta unidad resulte “completamente inútil” (56). Sin embargo, cuando se incorpora a esta dupla la pulga actancial, de lo inútil se pasa a la capacidad visual cósmica. Es notable observar cómo el lenguaje literario del enunciador emariano se encuentra tan próximo al discurso teórico lotmaniano, en especial, al concepto central de semioesfera, como puede observarse aquí:

Y ya, haciendo entrar a dicha pulga en nuestro sistema, iremos formando una figura organizada que (…) puede ya pasar a ser o pasar a tener una relación, una conexión, una afinidad, una polarización, si se quiere, con todo el resto de lo creado, con la otra y total figura” (56).

 




Desde aquí surgen las vinculaciones primordiales de la bisemia semioesférica del cuento, pues esta zona nuclear aparece relacionada con el campo semiótico de la excepcional cabalgata (esta es “la otra y total figura”), la cual, de hecho, ha favorecido el proceso completo del descubrir. Al conformarse una nueva triangulación actancial, el placer de esa paz característica de las instancias nucleares prepara la reformulación de nuevas expectativas semioesféricas. Esta experiencia de estabilidad y bienestar se profundiza y se hace extensiva al trío actancial. Las etapas del proceso generador de esta vocación semioesférica, considerando lo que se había mostrado como desarticulado y desorientado en lo periférico, aparecen así: “Habíamos realizado un equilibrio, un perfecto equilibrio entre fuerzas aisladas, fuerzas sueltas, tres fuerzas diferentes que, hasta ese momento, habían estado trotando desorientadas y a locas por el mundo” (59).

Junto a esa forzada armonía, se advierte el temple angustioso ante la contradictoria y precaria estructuración, puesto que eran “tres fuerzas incoherentes en el caos de la vida, que por su misma incoherencia, por su mismo desequilibrio, al hallarse errantes, contribuían de más en más a intensificar ese caos” (59). Si las posibilidades de ruptura de este trío semioesférico –las consecuencias de tal hecho virtual y las limitaciones microcósmicas de sus potencialidades– son enunciados válidos, la aspiración globalizadora de este trípode semiótico se presenta, sin embargo, de modo ambiguo. El enunciador, por medio del control crítico de su discurso, reivindica su posición enunciativa, reformula el mecanismo activo que permitió a la frontera cohesionar aquellos elementos aislados en una semioesfera tanto como la recuperación –desde esta totalidad– de sendas singularidades semióticas.

Anafóricamente, reaparece una instancia temporal cercana a la enunciada al comienzo del texto: las 12 del 21 de febrero de 1919. Esta precisión temporal marca un pasado periférico del trío “de errantes e inoculados como fuerzas” (62) transformados al atravesar la frontera abstracta, en “tres elementos estables de una nueva forma que, como tal, había inexistido hasta aquel momento” (62). La “nueva forma” que adopta la dispersión de estos seres corresponde al conjunto de valoraciones diversas radicadas en lo “semioesférico”.

Así, el sistema de escritura de Emar puede considerarse que sólo funciona dentro de la fluidez compartida de un cauce ininterrumpido de signos semioesféricos y periféricos, solidarios en sus conexiones pertinentes, los que posibilitan las funciones secuenciales, subsecuenciales y poéticas de un texto imaginario que traza sus rumbos desde las distintividades y homogeneidades de sus propios conjuntos significantes. Los enunciados del cuento tienen tal grado de especificidad y de fusión integrativa, que, en reiteradas ocasiones, el narrador estima necesario orientar al lector en los sentidos con que está usando los expresantes textuales, al gestar la apertura de sus profundidades semióticas. Estas últimas brotan de una actividad imaginaria consciente de sus excesos, que se hace responsable ante eventuales incomprensiones de los receptores y que se muestra puntillista hasta en las más mínimas resonancias y acepciones de su expresividad narrativa. Así, el triángulo semioesférico es referido como “un espejo” (62), precisándose: “Digamos claramente (…) Era un nuevo total, idénticamente equilibrado como el gran total” (62).

Resulta interesante destacar cómo este viaje lingüístico es propuesto desde la variabilidad de las experiencias narradas. Cuando tal movilidad se manifiesta, se extiende la complejidad del dispositivo anímico de sus enunciados, gestando paralelismos retrospectivos, con distintas localizaciones textuales, como en este caso: “¡Las doce!” Estas horas citadas son anafóricas con relación a otras eufóricas doce “del día 21 de febrero de 1919” cuando se constituyó esa “nueva forma” gravitante en este proceso de significaciones complejas. Después de esta imbricación, la persona semiótica asume que: “Tuve una noción nítida de esa súbita e instantánea detención. Luego, como lo dije, vino aquella gratísima sensación de reposo” (63).
Antes de reiterarse aquella “sensación de reposo”, se hace posible otra conexión de esa frase explicativa hacerse presente el enunciado “como lo dije” (63) que remarca el encuentro anafórico con otro expresante análogo: “¡Las doce! El Universo, entero, repito, se detuvo por un mínimo instante”. (62-63). Las estaciones de este tránsito crucial continúan, cuando se exteriorizan sentimientos “de estupor (…) de solemnidad y de adiós (…) (de) un arrepentimiento repentino” (…) de pavor” (63) que experimentó esta persona semiótica antes de ser “inundado por aquella sensación de reposo de que he hablado” (63).

La premeditada búsqueda de credibilidad que se expresa en el texto, explicita el control metódico del discurso y expone la trascendencia semiótica de una transformación relevante para nuestro texto receptivo: “Vamos, pues, ordenadamente (…) súbitamente, mi significado como hombre terminaba; mi signo cambiaba, mi signo hombre se iba, mi signo era otro al pasar a ser elemento” (63). Lo dicho implica una alteración de la regularidad con que se había manifestado la persona semiótica en su trayectoria anterior. Si en este proceso la distintividad creativa había remarcado la humanidad de este ser, aquí recibe otra marca sígnica al perder esta condición. Tal hecho explícito faculta caracterizar este acontecer como un fenómeno degradante, aunque su configuración genera una especie de blindaje frente a un entorno espacial, cuyas amenazas son presentadas como extremadamente peligrosas.

Por otra parte, este mismo proceso puede verse como una liberación de las peripecias propias de los comunes mortales, si se atiende al modo cómo estos últimos se alejan de él y lo eluden: “Para ellos seguir a suelazos con la tierra, para yo sorprenderme amalgamado, aspirado por otra conformación y otro destino” (63). Los humanos aparecen como dispersos y golpeados en tanto que la persona semiótica, bajo su nueva máscara, aparece integrada: la ambigüedad persiste y no hay cómo eliminar este carácter, porque así es cómo se percibe la conducta del texto.

Los desplazamientos de la persona semiótica subyacen al proceso aludido por el hablante. La pertenencia a una zona nuclear o a otra, dentro del núcleo de la gran semioesfera que las abarca a todas, posee caracteres diferenciales. En este desplazamiento, el destinador va a integrarse a otra estructuración que lo convoca. Teóricamente, su coexistencia anterior con los humanos es imposible, puesto que si estos lo rehúyen estarían en una situación prevista: la de una adscripción irregular entre figuras semióticas disímiles.

Ahora interesa evidenciar la serie de sobredeterminaciones que afectan la transformación de la persona semiótica, violentada “por tres fuerzas puntudas como víboras, me amarraba y me englutía en la nueva figura” (65). De hecho, el proceso de lectura en esta subsecuencia/secuencia está entregando una información profunda sobre lo que implica el desplazamiento de una frontera abstracta. Esta implica la reconversión de una zona nuclear que había sido identificada con una persona semiótica y que, en estas circunstancias, se encuentra abandonando una configuración ya internalizada para ingresar en otra formación semiótica que la condiciona de otro modo, justo cuando eran las doce en punto de ese “21 de febrero de 1919” y las fantasías se concretaban en realidades.

La enunciación había indicado, allí, la frustración de la persona semiótica ante el cierre imperfecto de su rol anterior, pues: “sentía descomponerse (…) asuntos dejados inconclusos (…) y no como hubieran debido quedar: algo de un total, elemento inmovible, fijo, de un organismo completo y paralelo” (65). Este enunciado está revelando los costos afectivos que debe pagar esta persona por haber trasgredido dicha frontera. Como consecuencia de esto último, lo que era propio de la persona semiótica en las zonas nucleares iniciales pasa a ser sentido como ajeno. La vacilación que experimenta este actante deriva del distanciamiento que siente con relación a los elementos que constituyeron formaciones semióticas en torno a las cuales había vivido experiencias expansivas, gestoras de una experiencia estética poderosa e independiente (en el campo de arrayanes o de algarrobos, p. e.) junto a otros espacios semióticos de igual soberanía.

La expresividad de aquellas instancias no puede dejar de ser reconocida; el problema radica en la frágil condición humana que hace imposible la continuidad de habitar en esas cimas. Por ello, lo anafórico reconoce la libre expresión de otras manifestaciones semióticas en el interior de una gran semioesfera cultural, abrazadora y respetuosa de los comportamientos textuales de cada una de las formaciones lingüísticas preeminentes que viven dentro de sus fronteras omniabarcadoras.

Así, cabe evaluar las conductas del texto en la cabalgata fantástica inicial en los términos de etapas experienciales de la persona semiótica, las que tanto describen sus progresiones por medio de formas espirales y que elevan sus tentativas para alcanzar lo absoluto, como patentizan la imposibilidad de mantenerse en esos niveles. Tales esfuerzos pueden ser considerados como ímpetus de sus aprendizajes de mundo. Sus enunciados de vacilación, duda, angustia, son expresiones de una inseguridad que se manifiesta en su consciencia y que permiten exponer su doble pertenencia a esas etapas de su aventura cognitiva y a los sentimientos negativos que rondan en las zonas periféricas de su mente.

Con lo recién apuntado, se relativiza la enunciación; gana en autenticidad existencial y se matizan las magnificencias de esta vertiente narrativa que se desliza hacia el interior de la subjetividad (63-64). La persistente búsqueda de serenidad en distintas localizaciones del texto, a estas alturas, se evidencia por medio de las insatisfacciones de un temple fragmentado, con relación a las aspiraciones ambiciosas de aquel primer proyecto de búsqueda. La diferenciación semiótica entre núcleo y periferia queda establecida, en este último caso, por medio de la persona que desnuda su intimidad para transferir a los lectores sus experiencias antinómicas y los hondos quiebres expresados sin dobleces e instalados aún, en su existir, por cuanto: “Ahora me venían a la memoria muchos actos de mi vida para los cuales, en esa vida misma, no hallaba explicación que me satisficiera” (66).

CONCLUSIONES: EVALUACIÓN DE UN PROCESO SEMIÓTICO

Las conceptualizaciones semióticas aplicadas a este cuento han permitido analizar, sintetizar y evaluar este proceso semiótico en los siguientes términos: la semioesfera de “Maldito gato” es la vasta dimensión que contiene en su interior las vidas semióticas de una diversidad de formaciones lingüístico/estéticas. Establecida la variedad de estas formaciones, aquí ha interesado centrar la investigación en la sucesividad de dos segmentos textuales. Sus conjuntos expresantes aparecen dotados de diferentes capacidades de significar y de gravitar en la totalidad semioesférica del cuento.

En las dos macrosecuencias han sido identificados niveles narrativos nucleares y marginales. La primera configuración nuclear se desarrolla sobre la base de las expectativas eufóricas, así estimadas, en virtud de la cabalgata fantástica emprendida por la persona semiótica y su corcel “Tinterillo”, segmento que contiene los caracteres de la aventura y de las peripecias paródicas. Este recorrido narrativo puede ser visto como una vertiente accional, cuyo final confluye hacia la vasta espacialidad semioesférica junto a la simultaneidad de los factores preeminentes del segundo segmento que se incorporan a la continuidad de la misma historia existencial de la persona semiótica ya instalada en la primera instancia del texto, comunicando ambigüedad a la postrera suerte de este desenlace.

La recomposición de la obra cuentística en un nuevo texto ha posibilitado describir la primera fase como una formación semiótica, cuyas unidades de significancia aportan luces y sombras primordiales y periféricas. Estas últimas se desprenden de los cuerpos centrales de ambas vertientes como resultado de los grados de conciencia alcanzados por la persona semiótica bajo la forma de aprendizajes vivenciales implícitos adquiridos a lo largo de su tránsito en el relato.

Así se establecen dos planos del Ser: uno corresponde a la matriz básica de los elementos integrados en un registro universal, simbólico y arquetípico que contiene las denominaciones de las cosas en un estado libre de contaminación. Es lo inmanifestado que aparece como realidad primigenia. Contrapuesta a esta “realidad primera” se configura un plano de manifestaciones derivadas de la primera idealidad: se trata de residuos periféricos.

La condena intertextual de este funcionamiento sígnico radica en que tal proceso, inevitablemente, conlleva la degradación de las potencias virtuales cuando son requeridas por elementos que buscan ser derivados, desde estas, hacia sus realizaciones concretas. En esta profunda ironía puede encontrarse parte del drama, al menos, cierta zona legible, de esta escritura emariana: la “persona semiótica” del enunciador, tras vivir experiencias estéticas, cuya intensidad las inscribe entre las instancias semióticas relevantes del texto, termina acomodándose en otro núcleo que no le brinda estas posibilidades, sino un mero resguardo aprensivo ante los acontecimientos del ser humano, condición a la cual renuncia.

Lo predominante y lo irrelevante de los conjuntos significativos de ambos segmentos confluyen hacia la integración con la semioesfera de este cuento, pero la frontera semioesférica rechaza los elementos desorganizados que han sido arrastrados por las corrientes centrales de cada macro secuencia. El segundo espacio semiótico coexiste, junto a la primera formación lingüística de la persona semiótica de la cabalgata, dentro de la gran semioesfera del texto. En esta segunda zona nuclear, la persona opta, preferentemente, por deambular en un ámbito existencial de sobrevivencia, más que nada, proclive a la mediocre aceptación de las cosas. Esto permite encontrar sentido a la formación del sistema triangular de gato, pulga y persona semiótica, instancia cuya estabilidad se muestra vulnerable al más mínimo movimiento de liberación que pudiera intentar dicha persona. La actitud pusilánime exhibida por esta ante cualquier desequilibrio de esta segunda reestructuración disfórica, difiere del temple audaz o desaprensivamente gozoso manifestado en su primer desplazamiento.

Rasgos inherentes a la zona nuclear de la primera macrosecuencia insertable en la semioesfera mayor son todos los que hacen fantástica la cabalgata de la “persona semiótica”; son rasgos compartidos por las dos zonas nucleares: el común poder enunciador que atraviesa ambas dimensiones relevantes. Atributos que integran la conciencia total de la persona semiótica en la lectura final de la narración son todos los que pueden ser leídos como etapas vitales de un mismo proceso existencial que puede ser traducido en los términos de saberes sobre sí mismo y sobre la terribilidad de las limitaciones humanas.

Se demuestra, así, cómo ambas estructuraciones son confluyentes en la unicidad semioesférica del gran río sígnico del texto. La síntesis total de este universo semiótico puede representarse, visualmente, como un amplio círculo que representa la gran semioesfera del proceso de lectura/escritura de “Maldito gato” en acción. En el interior de este círculo, pueden imaginarse otros círculos de menor tamaño que corresponden a varias configuraciones, más bien espirales por su vocación orientada hacia la semioesfera. Las vidas semióticas de estos últimos sistemas se desarrollan, libres e independientes, dentro del funcionamiento real y virtual de la gran semioesfera, sin otras vinculaciones que las conexiones que guardan entre sí. Estos dos territorios imaginarios parciales pueden delinearse como círculos medianos independientes, pero que se entrecruzan en una zona intertextual de conexiones recíprocas. Se crea, así, en ese trozo del círculo, un sector remarcado por las afinidades funcionales de ambas fuentes sígnicas.

Con todo, en efecto, este texto receptivo de “Maldito gato” sigue mostrando una neta ambigüedad, con lo cual no estamos, sino reconociendo uno de los rasgos fundamentales de las obras artísticas y de las prácticas críticas contemporáneas. Más precisamente, esta tentativa hizo legible este cuento de Emar utilizando ciertos procedimientos hasta el límite de sus capacidades concretizadoras. Por tanto, estas conclusiones no pueden sino ser ambiguas, pues no sólo son ambiguas la escritura y la interpretación literarias: también lo son las realidades que cada ser humano está creyendo ver.

NOTAS

1 Este trabajo procede de la investigación Análisis evaluativo de las funciones semióticas en Diez, de Juan Emar; proyecto financiado por la Dirección de Investigación de la Universidad de La Serena (2005-2007), y patrocinado por el Departamento de Artes y Letras de esta Universidad.

2 Juan Emar, (1893-1964). 1937. “Maldito gato”, en Diez. Santiago de Chile: Nascimento. Citaremos por esta edición.

BIBLIOGRAFÍA

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