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Alpha (Osorno)
versión ISSN 0718-2201
Alpha n.20 Osorno dic. 2004
doi: 10.4067/S0718-22012004000200018
| NOTAS TRABAJOS DE LA ESCRITURA DOBLE: LA POESÍA DE PIEDAD BONNETT
Miguel Gomes Si se hacen las salvedades que exige la lógica divergente de las historias literarias nacionales, Piedad Bonnett ocupa en Colombia una posición similar a la de Jorge Teillier en Chile. En el país de la antipoesía y en pleno apogeo de ésta, a Teillier le tocó la misión acaso nunca consciente, como convenía a su discreción tonal de conciliar la estridencia de lo prosaico, en la que con demasiada frecuencia ha recaído Nicanor Parra, y la riqueza expresiva que la prosa de la vida material puede aportar una vez que se conjuga con el lirismo. De Bonnett cabría decir algo semejante: en su poesía se produce un comercio casi secreto entre los extremos de violencia colectiva y de íntima nocturnidad que han caracterizado la poesía y, en muchos sentidos, toda la cultura de su país. Lo demás es silencio, título de la selección más reciente de su obra (Madrid: Hiperión, 2003), desprendido de la fuente shakesperiana y de uno de los poemas antologados, resulta certeramente explícito: si el silencio se menciona, su opuesto se acalla, convertido en referencia tácita.
La exactitud y la cotidianidad, en efecto, explican que la voz lírica a continuación concrete en una lista de personajes de la ciudad moderna esa remota soledad plural que, en otras épocas, era la del paisaje rural idealizado. Del contraste que se establece entre él y la precariedad del aquí y ahora surge una carga crítica que sabiamente evita las torpezas de la denuncia, al menos tal como la ejercieron los compromisos poéticos del siglo XX:
El heptasílabo inaugural seguido casi siempre por alejandrinos y endecasílabos no se aparta demasiado del viejo molde métrico de la silva; atrapa y reelabora, más bien, sus resonancias, añadiéndole a su relativa libertad un aire de otredad enrarecida. El alejandrino gráficamente fracturado Un canto de mujer abre la noche. / Es la hora capta la fragmentación y descomposición general del mundo, constituye un espejo roto, como se dirá de inmediato, para la tristeza que todo lo traspasa. Pero, con la misma sutileza con que este poema pone a dialogar lo misterioso con seres y gestos ordinarios, el final esboza una solución a la ominosa soledad urbana; se trata de una síntesis que opera como el claroscuro en la pintura o las antítesis y los oxímoros en la poesía del Barroco, haciendo imprescindible un desplazamiento por el reino de los valores desencontrados:
La degradación del escenario social, cuya única entrevisión de lo sublime es sucia y cursi, presagia, aunque no pudiera anticiparse, la iluminación: la obscuridad opresiva se llena de sentido al permitir que aparezca, como desenlace, una identidad que abarque las soledades particulares de los individuos disgregados. El nosotros del último verso reúne al hablante con la más auténtica totalidad los cuatro costados a la que puede aspirar: la de una radical humanidad. El otro literario que se presiente en cada rincón del poema (Góngora, el pasado de la lengua) allana el camino para que salgamos al encuentro de un otro situado en un plano de experiencias menos letradas e infinitamente más tangibles.
Pero puede apreciarse que tampoco aquí se desecha un horizonte de vivencias compartidas más allá del oficio. El lenguaje de la poeta, por ello, roza con cierta frecuencia un irracionalismo de imaginerías violentas, casi neoexpresionistas e imposibles de reducir a hábitos intelectuales: Mi noche es como un valle reluciente de huesos. / La piel, arena, sílice. Los labios, agrietados. / Una cruz de ceniza sobre el vientre desnudo (Nocturno); Ya he comido mi sopa de clavos, mi pan de munición, / pan con zarazas, / ya tragué mi ración de raíces y venenos (Proceso digestivo); Mi miedo se bebía el aire de la alcoba con los ojos abiertos / y el monstruo que me habita / sofocaba mi voz con su cola de escamas / (...) / Tenso animal carnívoro, / el ruido de su boca que mastica / es música en mi insomne madrugada (Ración diaria).
Bonnett no oculta su diálogo con ninguna forma de arte: trabaja en la estrecha región donde la obra propia hace de la ajena un instrumento de hallazgo y registro de creencias o afectos personales. La pintura de Frida Kahlo es uno de los terrenos más memorables donde se llevan a cabo esos encuentros. La venadita, poema dedicado a Kahlo y central en Lo demás es silencio, demuestra que la violencia del decir no es incompatible con una comunión a través del arte y lo poco (pero esencial) que éste pueda tener de confidencia:
Otros poemas, como Alter ego, Cita vespertina o Reporte policial, son vinculables a las incitaciones visuales de Kahlo sin excluir segundas y terceras referencias a García Lorca, Belli, Kant o Sor Juana, en un sistema de alusiones complejo y no exento de humor, pero La venadita ofrece una de las encrucijadas en que una poética se define con nitidez y, sobre todo, sin rubor ante las restricciones que dictaminan el intelectualismo o lo antipoético, dos camisas de fuerza, con numerosas variantes, que han dominado la poesía hispánica de la postvanguardia. Bonnett, creo, es uno de los autores que más tesonera y talentosamente han sabido franquear esos obstáculos. Aparte de las antologías que he mencionado, su obra poética consta de los siguientes títulos: De círculo y ceniza (1989), Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995), Ese animal triste (1996) y Todos los amantes son guerreros (1997). Cualquiera de ellos bastaría para probar la independencia, la solidez de su lenguaje, así como para entender el lugar de privilegio que ha ido ganándose en las letras de Hispanoamérica.
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