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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.20 Osorno dic. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012004000200017 

ALPHA Nº 20 - 2004 (267-272) Diciembre 2004

NOTA

 

EL LLANO EN LLAMAS: UNIVERSO EN EXTENSIÓN Y CLAUSURA

 

Cecilia Eudave

Universidad de Guadalajara, Jalisco, México.

Dirección para correspondencia


Cincuenta años después de su publicación, los cuentos de El llano en llamas (1953) de Juan Rulfo ejercen un efecto creciente de fascinación, vigencia y pertenencia. Si bien, el universo de los personajes rulfianos podría situarse en un punto periférico de nuestro espectro cultural, aquél que denominamos rural, simultáneamente, se le localiza en el centro de las preocupaciones del hombre contemporáneo. ¿Cuáles son las ideas y cuestionamientos que en esas historias propician esta amplitud y movilidad? ¿Qué imágenes porta el texto para atraernos hacia una realidad rural, la cual pareciera tan alejada de los conceptos de modernidad y vida urbana, en las que nos vemos envueltos? ¿Cómo explicar la convergencia de lectores provenientes de culturas y de formaciones múltiples? Las respuestas podrían empezar a conformarse desde una de las instancias más elementales y simbólicas del quehacer literario de Rulfo: el espacio.

En el tejido textual de El llano en llamas, un elemento estratégico en la conformación espacial es el que se vincula a la representación de la tierra. El presente acercamiento a este escritor jalisciense intenta evidenciar la dialéctica fundadora de un universo que se abre y se cierra, que se expande y se retrae, para hacer circular las nociones de liberación y de clausura, de pasado y de presente, de soledad y de vida comunitaria. Son estas nociones las que podemos comenzar a definir como algunas de las responsables del impacto de la obra rulfiana en nuestro tiempo.

Así, la tierra que se nos ofrece en los textos de Rulfo trae consigo variadas connotaciones: modalidades que se entrelazan y contraponen, para fundirse profundamente en el tejido textual. La tierra es punto de partida y de vuelta, es búsqueda y extravío; es madre y su descendencia, lo fértil y lo estéril, redención y condena. Es espacio desde donde emanan los personajes y concreción de una propuesta literaria, fundada en las raíces primarias de una sociedad.

La tierra, entonces, no es sólo el origen del ser sino que, también, cumple la función de desencadenar los conflictos diegéticos: necesidad de recuperar el orden perdido; obsesión de un pueblo ultrajado, el cual se muestra reacio a la transición; pasado que se resiste al futuro. Porque la tierra primordial es sinónimo de tiempo, sustancia que permanece siempre la misma en el cambiar constante de sus modalidades. Así, el orden lógico de la dialéctica vida vs muerte se pervierte para indiferenciarse: morir, es esperanza de vida, una forma de existir.

Ya desde su título, estos cuentos de Rulfo enfatizan una serie de deconstrucciones operadas en esta tierra primordial. El "llano", el lugar propio para la siembra, para la fertilidad, para la abundancia, se manifiesta como un espacio inservible, estéril e inhabitable. La tierra, entonces, es tomada por la catástrofe, incendiaria y maldita, que deviene en un espacio condenado, un lugar de expulsión: “nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento para llenar de terror todos los alrededores del Llano. Hubo un tiempo en que así fue. Y ahora parecía volver”1.
La tierra que debería acoger a sus hijos, los rechaza. Se les impone como un “comal caliente”, analogía infernal bíblica, saturada de vacío y de desesperanza. Ese calor seca las palabras de los personajes, seca sus ideas y acentúa la tragedia. Rulfo construye la riqueza de su universo desde este paisaje desolador.

No extraña, que el primer cuento del conjunto sea, “Nos han dado la tierra”, y en ellos ya se prefigura otra analogía religiosa: aquélla de “La tierra prometida”. Tierra que se vislumbra como una esperanza para constituirse como un espacio ritual, en el fin de una búsqueda que traerá consigo el orden espiritual y material. Tierra pura, de los bienaventurados. Tierra terminal, vuelta de los orígenes.

Sin embargo, la tierra de estos textos está muy lejos de ser un fin; lejos de ser el resultado positivo de una lucha revolucionaria, propiciada por el reparto agrario. El llano se convierte en espacio de simulación: en dádiva gubernamental. Símbolo de la derrota y de la imposición: se da, se reparte, sin que importe lo que se ofrece. El desacuerdo se resuelve de manera totalitaria, según se infiere de esta cita: “Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra” (13).

Los personajes de Rulfo se percatan del fracaso ineludible de su lucha, por ello, la tristeza se trasluce en el resto de los cuentos. “Nos han dado la tierra” se instituye como una puerta, como un preámbulo para mostrarnos a los sobrevivientes de una época lejana que no ha de regresar. El llano se transforma, una vez más, de “tierra prometida” en “paraíso perdido”. El ir y venir revolucionario no hace sino perpetuar el orden del pasado inmediato. La lucha y el llano se volvieron estériles. Es en la figura del Estado donde se ha deconstruido el mito bíblico. La deidad gubernamental propone un nuevo Edén aquí en la tierra: el de la modernidad industrial. El mundo rural no se reconoce en este nuevo proyecto. Porque la tierra ya no representa el valor que alguna vez tuvo: el de madre que se cuida porque da la vida, porque asegura la subsistencia de la familia y de la comunidad. Tierra que genera identidad y sentido de pertenencia. Este modelo es sustituido por otro, más moderno, el cual se finca sobre nuevos valores: la tierra es, ahora, un recurso económico, una mercancía y un espacio de especulación.

La disputa por la tierra, con los bienes que se desprenden de ella, determina a los personajes; los somete a su voluntad, destacándose, así, el discurso de lo económico como una presencia reiterativa e implícita en los relatos de este volumen. Por ejemplo, en el cuento “El llano en llamas” todo se relaciona con las pertenencias que dan poder y prestigio frente a los otros, según se afirma en esta cita: “Y aunque no tengamos por ahorita ninguna bandera porque pelear, debemos apurarnos a amontonar dinero, para cuando vengan las tropas del gobierno vean que somos poderosos” (89).

Las voces que convoca Rulfo en sus textos hacen evidentes los resabios de las luchas pasadas. Nos encontramos ante relatos que dan cuenta de la descomposición del movimiento reivindicatorio por la tierra, donde los protagonistas sobrevivientes han pasado a convertirse en ladrones y perseguidos. Esta transición señala el triunfo de la estrategia gubernamental que logra insertar el germen de la división en aquéllos sobre los que pretende ejercer su dominio, como se observa en la siguiente cita de “El llano en llamas”:

“Hubiéramos ido de buena gana a decirle a alguien que ya no éramos gente de pleito y que nos dejaran estar en paz; pero de tanto daño que hicimos por un lado y otro, la gente se había vuelto matrera y lo único que habíamos logrado era agenciarnos enemigos. Hasta los indios de acá arriba ya no nos querían. Dijeron que habíamos matado a sus animalitos. Y ahora cargaban armas que les dio el gobierno y nos han mandado decir que nos matarán...” (98)

Así, dado que el sentido comunitario fundador se pierde, se inicia una transhumancia solitaria, nueva búsqueda de una identidad que ha sido expropiada y que no se reconoce en el naciente e impositivo proyecto de modernidad, como se afirma en esta cita: “De este modo se nos fue acabando la tierra. Casi no nos quedaba ya ni el pedazo que pudiéramos necesitar para que nos enterraran. Por eso decidimos separarnos los últimos, cada quien arrendando por distinto rumbo.”(98)

¿Cuáles son esos diferentes caminos que se convierten en las nuevas moradas de los expulsados y, por lo tanto, signos de su nueva identidad forzada? ¿Cuáles son las nuevas formas de subsistencia que sustituyen a las prácticas propias del campo? En el cuento, “Paso del Norte”, se narra cómo el hijo le plantea a su padre la decisión de dejar el pueblo.

Y ¿qué diablos vas hacer al Norte?
Pos a ganar dinero. Ya ve usté, el Carmelo volvió rico, trajo hasta un gramófono y cobra la música a cinco centavos. (131)

Los intereses del hijo dejan, ya, de centrarse en las actividades rurales, que en el pasado fueron su forma de subsistencia, porque resultan insuficientes para su manutención. De esta manera se ve obligado a buscar otras vías que le permitan solventar su precaria situación económica, aun ante la negativa del padre. Estas dos posturas, representadas en el núcleo familiar, dan cuenta de las nuevas escisiones que vehicula el texto. El enfrentamiento entre estos personajes se convierte en claro signo del momento de transición que se vive en el contexto social: la noción de pasado, articulada por la influencia de lo estático, la continuidad y la preservación de lo mismo, se opone a un presente cargado de movilidad, ruptura y de integración hacia lo otro. La pluralidad de las nuevas actividades laborales se acrecienta con la movilidad imperiosa de los personajes jóvenes y confirma la fragmentación de los grupos rurales y su incorporación a nuevas formas de conceptualizar a la sociedad.

Esta división entre los personajes, que se manifiesta a nivel estructural en la obra de Rulfo, se establece como representación, mediatizada por el discurso literario, de la división ideológica que sufrió el campo mexicano. Por una parte, los grupos de campesinos que continuaban obsesionados con la concepción del feudo, del cacicazgo y las viejas formas de producción; y, en sentido contrario, un grupo que apoyó las ideas propuestas por la clase política mexicana, interesada en el desarrollo industrializado de la tierra, entre otros rubros, para obtener mayores ganancias económicas. El estado apuesta, como lo apunta Edmond Cros, en “beneficio de la agricultura capitalista y la proletarización del campesinado debida al fracaso de la reforma agraria”2.

La focalización de los personajes rulfianos hacia la nueva situación socio-económica que se les impone está engendrada por la noción de ese fracaso, que se sintetiza en la siguiente expresión: “Aquí todo va de mal en peor” (28). Así, en El llano en llamas, la noción de cambio no sólo prolonga la precariedad de los personajes, sino que la incrementa, problematizando de manera extrema la identidad, ya que su definición se articula, solamente, con base en sus efímeras o ilusorias posesiones materiales: quienes no cuenten con ellas, o no las conserven, quedan en la periferia de los cambios, condenados al abismo. Es éste el caso del cuento, “¡Díles que no me maten!”. Aquí, los lazos de compadrazgo y de amistad no impiden que Juvencio mate a Don Lupe para preservar su ganado, lo único que le importa. Ni que ponga en riesgo la vida de su hijo Justino, al enviarlo a pedir misericordia por él. Porque, ahora, el único bien que tiene para preservar es su propia vida: “Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.”(105)

Los bienes, en este relato, como en algunos otros de El llano en llamas, están marcadamente ligados a la problemática económica, hasta el punto de intentar sacar provecho de la desgracia ajena. “Se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome” (104), es la queja de Juvencio. Otra frase que se localiza en este mismo cuento, “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta.” (109), ahonda y confirma la problemática que se vincula al origen, a la descendencia y a la continuidad. Y, simultáneamente, reafirma, en el espacio vacío que dejan las ausencias, los discursos de la violencia y de la venganza, como formas de concretar el desorden y la orfandad de los personajes.

Así, nos encontramos ante un universo sistemático de despojados. Seres periféricos, representantes de una profunda extrañeza, desestabilizados en su identidad y condenados en su existencia textual. En esta obra de Rulfo se plantea una sentencia reiterada: si no se posee algo, se está marcado con las categorías de lo diferenciado. Es el caso de Macario, quien, en el cuento del mismo nombre, se convierte en un personaje insaciable, portador de la locura que lo enclaustra, mental y físicamente. O como el Pichón, personaje del cuento “El llano en llamas” que robaba mujeres mientras formaba parte de las tropas de Pedro Zamora,. Éste, al final del texto, asume su malicia que en el presente se ve reflejada en los ojos de su hijo, producto de una de sus tantas violaciones. O como en los hermanos Torrico, personajes de “La cuesta de las comadres”, quienes en su avaricia extrema no se conforman con ser los dueños de la cuesta sino que necesitan más, convirtiéndose en asesinos y perpetradores de lo ajeno. Un último ejemplo. El profesor que va a Luvina, con la esperanza de labrarse un futuro allá, regresará más pobre y sin ilusiones ante la negativa al cambio de los pobladores, en ese espacio lleno de vacío y recuerdos.

En El llano en llamas, la tierra se instaura como el núcleo generador de los conflictos. Perdida, recuperada, robada u otorgada no deja de ser una condena. Es el recuerdo, la reminiscencia de la expulsión de un pasado edénico. La tierra, producto de estos enfrentamientos, es, en su omnipresencia, el elemento unificador y desestabilizador de un pueblo, que no logra asumir una transición de valores: desde un espacio arcaico (la madre tierra, espacio unificador), hacia un espacio de naciente modernidad (la tierra como espacio de industrialización e individualidad). Es verdad, quizá –como lo apunta Roger Bartra, en su Jaula de la melancolía, (1987)– que ese pasado nostálgico y melancólico no sea otra cosa sino una invención de la sociedad industrial capitalista, cuyo fin es el de conformar una idea cohesionadora de orden y nación. En juego estaría la definición de una identidad nacional renovada y la búsqueda de una integración al orden social y económico internacional.

Sin embargo, la propuesta que se plantea en este acercamiento a la obra de Rulfo, señala que la dialéctica entre la extensión y la clausura se impone como una noción fundadora de los textos. Es decir, para esta propuesta lo que interesa es la representación de esas dos formas de conceptualizar la identidad nacional: ya sea desde un pasado inmóvil o continuo, basado en la mitología popular, muy cercana a los valores fundadores de la tierra, o desde la irrupción impositiva de un presente que apuesta a un futuro, cargado de modernidad e integración global.
Juan Rulfo logra con insuperable certeza evidenciar un momento histórico de cambios y transiciones, trayendo al texto las voces de los desposeídos, logrando crear una empatía y atemporalidad poco común en una obra literaria. Esas voces trágicas y desarraigadas del pasado seducen porque son un eco poderoso en el presente: estos personajes rulfianos, como nosotros, viven en un mundo que, más que nunca, engendra desposeídos. El espejismo de la modernidad convirtió al mundo en un llano en extensión y clausura que, cada vez, se incendia más.

 

NOTAS

1 Rulfo, Juan. 1990. El llano en llamas. México: Colección Popular. F.C.E., 13° reimpresión. 88. Las citas serán tomadas de esta edición.

2 Cros, Edmond. 1998."Desde la epopeya villista al sinarquismo: Análisis sociocrítico de El llano en llamas". Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, vol. XXII, 2. Invierno: 211.

 

Correspondencia a:
Calle Edgard Allan Poe 107
Jardiens Villarta C. P. 45027
Zapopán, Jalisco/ México
ceudave@yahoo.com