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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.20 Osorno dic. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012004000200011 

 
ALPHA Nº 20 - 2004 (165-180) Diciembre 2004

ARTICULO

LUISA CAPETILLO Y SALVADORA MEDINA ONRUBIA DE BOTANA: DOS ÍCONOS ANARQUISTAS. UNA COMPARACIÓN

Luisa Capetillo and Salvadora Onrubia de Botana, two anarchist icons

Cristina Guzzo
Ball State University, College of Sciences and Humanities, Department of Modern Languages and Classics.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

Luisa Capetillo y Salvadora Onrubia de Botana fueron dos militantes anarquistas de principios del siglo XX, de Puerto Rico y Argentina respectivamente, que comparten una serie de características comunes. Ambas son un verdadero ícono del anarco-feminismo que se desarrolla conjuntamente con otras manifestaciones de la vanguardia de los años 20. Fueron periodistas, escritoras y militantes. Asimismo, son las primeras dramaturgas de Latinoamérica, desarrollando un teatro feminista auténticamente revolucionario. La unidad temática que se encuentra en sus obras revela la existencia de una intertextualidad anarco-feminista entre las Américas.

Palabras claves: Anarquismo, militancia, feminismo, vanguardia, intertectualidad.


ABSTRACT

Luisa Capetillo and Salvadora Onrubia de Botana were anarchist militants in the early 20th century, from Puerto Rico and Argentina respectively. They have a series of common characteristics. Both of them are a real anarcho feminism icon developed along with other manifestations of the 1920 vanguard. They were journalists, writers, and militants. Also, they were the first women play writers in Latin America producing a feminist theater truly revolutionary. The unity of their themes shows the existence of an anarcho feminist intertextuality between the Americas.

Key words: anarchist, militants, feminism, vanguard, intertextuality.


Luisa Capetillo (1875-1922) de Puerto Rico, y Salvadora Medina Onrubia de Botana (1894-1972) de Argentina, comparten una serie de características personales y de época notables, teniendo en cuenta que se trata de dos mujeres muy especiales. Ambas militaron en el anarquismo durante las primeras décadas del siglo veinte, cuando el movimiento estaba en el pico de su popularidad y cuando la emergencia de las demandas feministas, ligadas a las organizaciones obreras, caracterizaban al período. Las vanguardias revolucionarias de la época se distinguen por acentuar un discurso que unifica los problemas de clase con los de género, una tendencia que se inicia en Francia y en los Estados Unidos durante el siglo XIX con el protagonismo de Luisa Michel y Emma Goldman, respectivamente.
En Latinoamérica, la gran inmigración europea del turn of century, los ideales socialistas que preceden a la revolución mexicana y a la revolución rusa, y la presencia de líderes anarco-comunistas exiliados de Europa, son factores que influyen en la activación de las organizaciones políticas y laborales que se propagan, coincidentemente, con el desarrollo preindustrial de la época. Los primeros años de vida de Luisa Capetillo y de Salvadora Medina transcurren, así, bajo las motivaciones de una sociedad cambiante que parece abrir un nuevo horizonte para la mujer. Ellas se constituyen en emergentes vanguardistas de ese discurso portador de libertades y reclamos de justicia social. Angel J. Cappelletti en el prólogo a su libro El anarquismo en América Latina (1990), escrito conjuntamente con Carlos Rama, sitúa a Salvadora Medina Onrubia Buela como una escritora anarquista que fuera iniciadora de un feminismo radical para la época (XLVIII).
Dos articulaciones distinguen la mediación de Medina Onrubia y de Capetillo en esa coyuntura histórica. Son: la unión de la demanda genérica integrada a la social y la respuesta “desde la mujer” al discurso finisecular que trata la cuestión del feminismo desde una perspectiva paternalista (Guzzo 2003: 13). El movimiento producido por el anarco feminismo en el sentido de hacer análoga la subordinación femenina al estatuto de toda relación de poder es claro. La dialéctica de la lucha entre el poder y la subordinación, aplicada al género, es una extensión que se produce dentro del seno del anarco- feminismo, que no había sido desarrollada más allá de una enunciación por el marxismo o por el feminismo socialista, ni atendida por el feminismo burgués al cual el anarco- feminismo se opone (Barrancos 1990: 265).
La actividad política y la obra escrita de Capetillo y de Salvadora muestran la tensión producida en ese campo de lucha. Ambas mujeres enfrentan el desideratum establecido por la sociedad oficial a través de su conducta, de actos políticos, presentaciones teatrales y publicaciones, con lo cual construyen un modelo de vida nuevo que va abriendo puertas a la mujer. Debe tenerse en cuenta que, para la época, la vida cotidiana en las ciudades de América Latina muestra poca tolerancia hacia una independencia de la mujer en los hechos. Sobre ello, Victoria Ocampo escribió:

 

En aquellos años la actitud de la “sociedad” argentina frente a una mujer escritora no era precisamente indulgente. Lo que decía Jane Austen a mediados del siglo XIX seguía en vigencia: “Una mujer, si tiene la desventura de saber algo, deberá ocultarlo tan cuidadosamente como pueda”.
Era escandaloso, tanto como manejar un auto por las calles de Buenos Aires. (1979: 105)

El anarco-feminismo es una manifestación revolucionaria que se inicia prácticamente con la labor política de la oradora y escritora rusa-estadounidense Emma Goldman (1869-1940). A partir de 1889, ella se convirtió en una activa militante del anarquismo desde cuya filosofía Goldman desarrolló parámetros de liberación sexual relacionados con la defensa del amor libre y la crítica del matrimonio. Las ideas de Goldman respecto a educación –siguiendo la preceptiva liberadora de la Escuela Nueva del español Francisco Ferrer– incluyen la educación sexual. La necesidad social de tener en cuenta la anticoncepción, la maternidad responsable y la condición económica de la mujer fueron hechas públicas de un modo combativo en la revista Mother Earth que Emma Goldman fundara en 1906 junto al anarquista Alexander Berkman1.
Es interesante vislumbrar que existe un contacto discursivo entre las mujeres latinoamericanas y las sajonas, al extremo que puede hablarse de una verdadera intertextualidad del anarco-feminismo entre las Américas, aunque no haya existido una vinculación personal de ellas entre sí. Sin embargo, por la propia naturaleza internacionalista del anarquismo, la comunicación a través del envío permanente de revistas ácratas a ultramar y el uso de diferentes idiomas europeos durante el período 1880-1930, se garantiza el conocimiento de Goldman, una figura que se hace célebre desde los Estados Unidos por el ardor de su oratoria y por su desafiante inteligencia en la lucha social. Recordemos, al respecto, que Capetillo se traslada a Nueva York en el año 1912, donde vive entre la comunidad portorriqueña “writing for anarchist newspapers and organizing meetings and study groups” (Kadison Berson 1994: 64). Luego se va a Tampa, Florida, donde trabajar como lectora en las fábricas tabacaleras. Durante 1919 retorna a Nueva York y pone una casa de pensión. Por lo tanto, no es improbable que allí Capetillo haya mantenido contacto con las centrales anarquistas de Nueva York donde proliferaban inmigrantes de origen latino.
En Argentina, aunque la obra de Goldman es traducida y circula después de 1820, ya en 1896 aparece una mención a ella en la sección de Correo de la revista anarco feminista La Voz de la Mujer2. También se publica alguno de sus artículos en La Protesta, en tanto que el periódico Nuestra Tribuna, fundado en 1922 por la anarquista hispano-argentina Juana Rouco Buela (1889-1970) en la ciudad bonaerense de Necochea, es enviado a Nueva York regularmente donde el compañero Marinero, “bien conocido por su actuación en el proceso de Sacco y Vanzetti, recibía mil quinientos ejemplares y se encargaba de la distribución” (Rouco Buela 1964: 82). Tales datos, aportados por Rouco Buela en su autobiografía, prueban la existencia de una red de lectores anarquistas en lengua española a través de las Américas y de una lectora hispana con quien las anarco-feministas sudamericanas han mantenido comunicación.
Si comparamos el objetivo central de las historias de vida de Salvadora Medina y Luisa Capetillo –así como el de Goldman–coincidimos en que, básicamente, se destaca el esfuerzo realizado por estas mujeres para obtener un reconocimiento personal, como sujetos. La discriminación genérica es desafiada por ellas como la barrera que, en principio, les impide constituirse como seres libres, una realidad común para el género femenino. Ellas buscan desnaturalizar los condicionamientos estructurales que han impedido a la mujer tener acceso al ‘ser’; una aspiración iniciada a partir del romanticismo pero que se desarrolla en el marco del anarco-feminismo como una articulación moderna, en realidad, absolutamente vanguardista. Donde el marxismo había fracasado en tomar en cuenta otras fuentes autónomas de poder paralelas a la lucha de clases, el anarquismo, en cambio, abrió el camino para una crítica de otras formas, no económicas del poder. Como afirma Saul Newman:

 

Anarchism has freed political power from the economic, and this makes it important for political theory. However, anarchism is more than just a critique of Marxism is a philosophical system that incorporated theories of power, subjectivity. History, freedom, ethics, and society. ( 2001: 37)

Tanto Luisa Capetillo como Salvadora Medina Onrubia provienen de la clase trabajadora y pasaron por una extrema modestia ¿Podría pensarse que esta realidad común las llevará a construir una ascendencia mítica por reacción? Pero también, vemos como desde el anarquismo van a ligar en su militancia la problemática de clase con la de género. Hay algo curioso. El hogar en que crece Capetillo, igual que el de Salvadora, es humilde, pero constituido por inmigrantes europeos. En ambos casos, la situación de la familia se desarrolla alrededor de una madre que está presionada por la necesidad económica en un medio casi campesino (Botana 1977: 32; Valle Ferrer 1990: 44). También, ambas comparten una cotidianeidad marcada por la añoranza de una cultura europea que parecen haber quedado atrás y que es necesario atesorar dentro del espacio doméstico. En esta situación, típica del inmigrante “pobre pero culto”, que resulta no pocas veces en la aparición de intelectuales notables en América, se da en el caso de Capetillo y Medina. Pero lo excepcional en ellas es el hecho de que son unas de las primeras mujeres que se destacan en el espacio público en el marco de la cultura latinoamericana.
En los años juveniles transcurridos junto a la madre, ambas autoras tienen, en efecto, una vida difícil. La ausencia de un padre proveedor determina que la estructura hogareña dependa del trabajo de la madre, aunque la ausencia paterna se deba a diferentes motivos en cada familia: se entiende que el padre español de Luisa Capetillo sin muchas explicaciones desaparece de la vida familiar en la localidad de Arecibo, Puerto Rico. Salvadora Medina menciona la muerte de su padre ocurrida en la ciudad de La Plata, donde ella había nacido, y la inmediata mudanza de su madre con las dos hijas al campo de Entre Ríos. Pero no hay muchos más detalles. La ausencia de información deja un vacío que va a ser llenado de algún modo por la leyenda, una leyenda que en el caso de Salvadora, su hijo Helvio Botana trata enérgicamente de desterrar (Botana 1977: 27).
De Margarita Perón, la madre de Luisa Capetillo, sólo parece incuestionable que trabajaba en casas particulares, para ganar un sustento. Era planchadora, y de origen francés, según apuntan las diferentes versiones biográficas existentes. Pero, mientras la biografía escrita por Valle Ferrer habla de un pasado contexto parisino, donde probablemente el libre pensamiento revolucionario y la obra de George Sand influyeron en la inmigrante (1990: 41-43), Julio Ramos preferencia la idea de que la mujer provenía de las islas francesas caribeñas (17).
En síntesis, que no haya una última palabra ayuda al misterio, sobre todo, porque Luisa Capetillo no ofrece en sus escritos datos concretos sobre el origen biográfico de su madre.
Sí aparece documentado que la madre de Salvadora Medina era española de una región andaluza, que había trabajado en un circo y que llegó al Plata con su marido (Botana 1977: 21, 51). Luego de la viudez, el trabajo que obtiene la señora Onrubia de Medina como maestra en la pequeña escuela rural de Carbó en la provincia de Entre Ríos3 , no resulta suficientemente explícito, a menos que atendamos a la comprensión de los no infrecuentes favores prestados por políticos y funcionarios en la escena local. Las notas biográficas de la propia Salvadora4 dicen que su madre había obtenido ese puesto gracias a la amistad que la unía, justamente, con el comisario Ramón Falcón, quien fuera asesinado por el célebre militante anarquista Simón Radowitzky en 1909 (Barrandeguy 1997:123). Lo que no se informa son las credenciales que tuviera o no tuviera la señora Medina para acceder a un cargo dependiente del Ministerio de Educación, aunque para la fecha, a principios de siglo, es posible que la ausencia de maestras en el país creara una necesidad para la que una española muy bien podría haber garantizado cierta ayuda. Pero, como ocurre muy a menudo, lo incierto crea lo cierto y, en este caso, permanecerá como real en el imaginario de Salvadora –tanto como en el de Capetillo–un halo de leyenda sobre el pasado “feminista” de la madre (de ecuyere a maestra rural/ de planchadora a revolucionaria), lo que termina por cumplir básicamente con el ideal europeo de educación que, sin duda, marcan la infancia de las autoras. Es claro que ambas van a cumplir con la misión intelectual y de lucha de clase que parece habérseles impuesto desde la –confusa– historia familiar de inmigrantes. Pero, hay algo que es veraz y queda documentado. Respecto al carácter de estas dos inmigrantes europeas, Helvio I. Botana describe así a su abuela:

 

Tuve una abuelita como la de los cuentos de hadas: pelo gris, tranquila, graciosa y cariñosa. (…)
A pesar de su aparente placidez, era la mandamás del pueblo. Nos obligaba a andar descalzos porque la mayoría de los pibes del pueblo no tenían zapatos. ( 1977:32)

Valle Ferrer por su parte, documenta cómo Luisa Capetillo reconoce la influencia de su madre: “A ti madre mía, que jamás me impusistes, ni obligastes a pensar de acuerdo con la tradición. Y me dejastes indagar libremente, reprochando, solamente, lo que tú suponías exageraciones, sin violentarme” (1990: 44).
Respecto a la figura paterna, como se ha dicho, no deja de intrigar la poca o ninguna información ofrecida directamente por ambas autoras, aunque en Valle Ferrer se encuentra que Luis Capetillo trabajó como “promotor de una feria de diversiones”, y “como obrero en los muelles, en la construcción, o en la agricultura” (44) y además Valle Ferrer relata que Luis Capetillo “en tertulias familiares o en el café decía que él era un ‘conde’ trabajando de obrero” (1990:44-45)5. Este aspecto de su biografía, que veremos más adelante como incidirá en la vida adulta de Luisa Capetillo, surge de la creencia, no verificada, del origen “noble” de la familia Capetillo, quienes, se decía entre ellos, provenían de los ‘Capetos’ franceses (Valle Ferrer 1990: 40). Lo que ha sido investigado por Valle Ferrer nos da, más bien, la información de que los abuelos de Luisa Capetillo, originarios de la región vasca de España, emigran a Santurce, Puerto Rico, donde viviría otra rama de la familia. De hecho, los bienes de los Capetillo al morir Rafaela, tía soltera de Luisa Capetillo, fueron heredados por don Pablo Ubarri Capetillo, Conde de Santurce.6
Otro paralelo singular puede establecerse con Salvadora. Helvio Botana deconstruye no sin sarcasmo y resentimiento en sus Memorias este aspecto mitológico de la vida de su madre: (Salvadora) “Afirmaba que entre sus antepasados directos se contaba una princesa, Flores de Labernie, y de allí para arriba cualquier cosa” (1977: 27). Más adelante, acerca del viaje a España realizado por los Botana en 1932, Helvio dice con el mismo tono: “Viajamos por Andalucía para visitar a los parientes de mi madre sobre quienes se habían creado mitologías aristocráticas. No eran tales sino ejemplos de una pujante burguesía intelectual y guerrera…” (1977: 51).
Este anecdotario sirve evidentemente y en ambos casos, también, para llenar un vacío. Si las familias tienen un origen español con trazas de alcurnia, la falta del padre es sustituida por un valor simbólico, la familia se inscribe en la ley de la ‘nobleza’ con ambos significados para el término. Esta inscripción simbólica actúa como elipsis ante la falta de información real, desde el momento que tanto la desaparición del padre de Luisa como la muerte del de Salvadora, son hechos apenas registrados. Sólo un dato objetivo que se traduce finalmente en la muestra de una realidad en que no hay padre, aunque ninguna de las autoras se extiende en detallar las circunstancias, consecuencias o emociones sufridas en torno a la pérdida. Este silencio, que ayuda a incrementar la versión legendaria del origen familiar no es gratuito, pues acentúa, además, el imaginario de la extranjera sola en tierras extrañas, lo cual permitirá construir la estructura matriarcal como núcleo de origen, un dato que marca eventualmente el futuro feminismo de esta autoras. La madre sola y extranjera marca la percepción de la hija. Helvio Botana deja testimonio de lo que su otra abuela, Nicolasa Millares de Botana pensaba de su nuera:

 

No entendió a Salvadora, quien por ser hija de una española recién llegada, era considerada “extranjera”, un concepto compartido por todos sus nuevos parientes. El orgullo americano es muy difícil de entender. Es atrabiliario e irracional. (1977:21)

En realidad, Botana está refiriéndose, aquí, a la diferencia y discriminación que existe entre la vieja aristocracia criolla que se liga a los héroes de la Independencia y los nuevos contingentes de inmigrantes, aun españoles, que van a formar la nueva clase media en los países sudamericanos. Es natural, por lo tanto, que ambas mujeres apelaran a una cierta posesión de linaje como defensa y compensación de la discriminación de que fueron objeto.
Queda claro, además, que el aporte hispano inscribe a las hijas en una tradición, en una especial concepción de la familia, de la autoridad y de la clase social, un espectro al que tanto Luisa Capetillo como Salvadora Medina Onrubia vuelven de manera ambigua en su vida adulta. Por una parte, desafían al patriarcado y al autoritarismo desde la militancia anarquista, por otra parte retornan, de alguna manera, a ese modelo en la elección de pareja. Es notable la relación de amor-odio de ambas mujeres hacia la estructura monogámica, la crítica del matrimonio y la familia tradicional aunque, también, se advierte la fascinación que ha ejercido sobre ellas el poder del patriarcado: ambas madres solteras, por convicción ideológica, escogen hombres –Manuel Ledesma y Natalio Botana–pertenecientes a familias locales tradicionales, que provienen de una clase social más alta que ellas, con quienes mantienen una relación sentimental que se desenvuelve como una práctica utópica para la cual se sienten destinadas.
Existe, sin embargo, una sutil diferencia entre ambas autoras que conviene no pasar por alto. Mientras Capetillo nunca se casó y convivió con más de una pareja, Salvadora accedió finalmente a la presión de Botana de legalizar el matrimonio como algo necesario. Anecdóticamente, el hecho es explicado en las Memorias de su hijo Helvio quien revela que, después de nacer el tercer y último vástago de la pareja –la hija Georgina–Botana, ya un riquísimo director del popular diario Crítica de Buenos Aires, exigió concretar el enlace civil pues “los varones podían romper con las convenciones y proclamarse hijos naturales, pero las mujeres no” (Botana 1977:30). Pero la legalización matrimonial no fue un hecho más en la vida de Salvadora, sino que con ella se negociaron subjetividades que habrían de pesar como ventajas y desventajas críticas en su tortuosa y excitante vida privada. Además, se hace evidente que la práctica anarco-feminista de Salvadora tanto como la de Luisa Capetillo, fue censurada por sus parejas y hubo allí una batalla que librar. La crítica del matrimonio burgués y la defensa del amor libre sustentados por ellas no fueron realmente compartidos ni interpretados por sus parejas y, en esta crisis, ellas se sintieron sometidas autoritariamente de un modo u otro por sus compañeros quienes habrían ejercido, además, cierto tipo de chantaje a través de los hijos. Botana obliga a Salvadora a legalizar la unión y en el caso de Capetillo su ex pareja, Manuel Ledesma, marqués de Arecibo, y padre de sus hijos Manuela y Gregorio, buscó separar a éstos del contacto con la madre, pues, la consideraba un mal ejemplo para ellos e internó a la hija en una escuela católica (Valle Ferrer 1990:32). Para Salvadora, la relación con los hijos tampoco fue fácil y es evidente que el padre hizo causa común con los hijos contra algunas ideas o actitudes de Salvadora que ellos consideraron, por lo menos, extravagantes.
Pero, ni Luisa Capetillo ni Salvadora Medina escribieron demasiado sobre sus vidas privadas lo cual nos priva, en cierto modo, de una fuente primera de información para comprender las contradicciones que atravesaron. Las notas autobiográficas de ambas corresponden a un discurso secundario, hibridizado por elementos doctrinarios –un ejemplo claro es la carta de Capetillo a su hija Manuela Ledesma (Ramos 1992:96), donde los consejos maternos son, en realidad, un manifiesto anarco-feminista. Conocemos, entonces, con claridad el pensamiento de Capetillo, pero esta misma carta nos impide, a la vez, conocer gran parte de las razones que, desde la intimidad, la llevaran a tomar algunas decisiones importantes de su vida, como lo fue aceptar la virtual separación de la hija. Lo mismo puede decirse de Medina Onrubia de Botana. Conocemos más acerca de las circunstancias de la vida matrimonial de Salvadora por las Memorias de su hijo Helvio que por su propia prosa. En ambos casos, pues, necesitamos recurrir a los biógrafos para descubrir los enigmas de la vida privada de estas mujeres.
Curiosamente, además, ambas tiñen con frecuencia sus escritos con elementos místicos, espiritualistas, derivados de la filosofía oriental y ello obliga a leer esos escritos en el contexto del modernismo hispanoamericano. La incorporación del espiritismo en esas obras –que Capetillo se empeña en demostrar como no contradictorio con la ortodoxia anarquista (EL, VI, 19-20) Ramos 1992:104) – ponen esa escritura en riesgo de dañar la ortodoxia teórica libertaria de la época. De hecho, la filosofía anarco-comunista, siendo atea y racionalista, no concuerda con las creencias ocultistas, aunque es verdad que no sólo Capetillo y Medina incurren en esa contradicción al ser atraídas por las ciencias ocultas. Por el contrario, están de moda entre cierta élite intelectual del turn of century como parte del interés modernista por lo oriental, lo exótico y, sobre todo, por lo prohibido. Y encontramos no escasos estudios que muestran la relación entre modernismo y anarquismo: limitándonos a ciertos autores de peso, sobresale la fascinación que profesara Leopoldo Lugones por las ciencias ocultas, registrada en sus excepcionales Cuentos fantásticos Leopoldo Lugones (1874-1938), escritor argentino.1987. Cuentos fantásticos7. Escribió Luisa Capetillo:

 

…soy creyente de la diversidad de existencias y, por lo tanto, de la inmortalidad del alma. Pero dicen muchos que los espiritualistas y anarquistas son distintos. Y muchos no quieren aceptar que la anarquía y el espiritismo sean idénticos en el fin que persiguen. (Ramos 99)

Y en su carta a su hija, Capetillo utiliza como acápite una frase de Bouchet (Ramos 1990:95) sobre la pluralidad de los mundos habitados, una teoría que como la de su contemporáneo Camille Flammarion (1842-1925), juega con el espiritualismo en boga, sobre todo, en Francia.
Por su parte, Salvadora Medina bajo la influencia de la teoría de la reencarnación, se expresa del siguiente modo al referirse a Simón Radowitzky8:

 

En un libro dedicado exclusivamente a él, explicaré el por qué de mi
divino anarquismo. (…) Mi veneración por Radowitzky enraíza en el tiempo de las Pirámides de Egipto. En mi novela lo llamaré Aglanoé. (Barrandeguy 1997: 123)

La pasión por el ocultismo que ambas profesan dan cuenta, además, en esa mezcla de lo emotivo y lo mágico con la política, de algunas de las características peculiares que hicieron populares a estas mujeres transformadas en íconos ante un público menos intelectual, más motivado, en general, por lo nuevo y enigmático. Esas especiales características, podemos afirmar, finalmente, perfilan el tipo de anarquista latina: emocional, religiosa, supersticiosa, muy diferente, por lo tanto, a la anarco- feminista sajona.
Por ejemplo, con respecto a la maternidad la militante latinoamericana tiene una actitud muy diferente a la americana sajona; mientras ésta rechaza conscientemente la maternidad compulsiva como lo enfatizan Emma Goldman y la estadounidense Voltairine de Cleyre (1866-1912)9, la anarco-feminista hispanoamericana cumple y no reniega de la función materna, aunque en su ejercicio recorra una serie de situaciones conflictivas y hasta trágicas como se desprende de las biografías de las mismas autoras que tratamos10 (Ramos 1992:96; Abós 2001:18; Helvio Botana 1977:22). Sin embargo, Salvadora, no sabemos si a causa de los conflictos reales que surgieron en la familia –primero con relación a la muerte de Pitón, después con la muerte de Natalio y el destino de Crítica–o, si había en ella conocimiento y sentimientos contra la maternidad compulsiva (una bandera del anarco-feminismo norteamericano) ya que ella se expresó de sí misma respecto a su rol de madre del siguiente modo: “¿Fui una mala madre? No lo dudo ahora, pero tampoco intento ninguna disculpa, ninguna justificación” (Barrandeguy 1997:183).
En cuanto a la creación de nuevos espacios de discusión para la concientización y consecuente dignificación de la mujer, el anarco-feminismo hispanoamericano siguió el patrón general originado en modelos internacionales como se ha dicho, inspirándose en Luisa Michel (1860-1905), Emma Goldman y la feminista franco-peruana Flora Tristán (1803-1884). Es decir, un modelo revolucionario, radical. Uno de los canales de acción optimizados en la época fue la prensa contestataria. Como los periódicos anarquistas ofrecían un espacio dedicado a la publicación de artículos escritos por compañeras, esto permite a algunas militantes iniciarse con cierto profesionalismo en la actividad periodística, una práctica en la que Capetillo y Medina son pioneras en sus respectivos países. Salvadora es la primera mujer empleada como colaboradora permanente en la legendaria revista anarco-comunista La Protesta11 en 1914, en la que ya colaboraba desde antes; en tanto que Capetillo funda, en 1910, La Mujer, la primera revista femenina anarquista en el Caribe. La prensa escrita era la vía inicial de publicación y de propaganda política, pero, muy pronto, ellas siguieron, también, el ejemplo de numerosos autores de obras de teatro anarquistas que fueron muy populares como instrumento de lucha ideológica. Ellas pasan, así, a la producción dramática, constituyéndose en las únicas escritoras de teatro anarquista y unas de las primeras dramaturgas latinoamericanas.
Luisa y Salvadora se acercan a la actividad teatral por vocación artística y por interés en la actividad política y feminista. El teatro libertario tuvo una inmensa producción y popularidad bajo la influencia del teatro social europeo de fines del siglo XIX que era representado como un medio de propaganda permanente durante las reuniones del movimiento, especialmente a partir del éxito social del teatro de Henrik Ibsen. En la antología sobre teatro anarquista rioplatense publicada por Eva Colluccio (1995), entre las muchas piezas rescatadas del material editado en revistas obreras de principios del 900, no aparece ninguna obra teatral escrita por una mujer. Habría que esperar a l913 para que se diera a conocer en la región, Alma fuerte de Salvadora Medina. En Puerto Rico, Luisa Capetillo se adelanta y en 1907 produce Influencias de las ideas modernas. Lara Walker sintetiza muy bien la función de Capetillo como autora teatral: “Capetillo uses traditional conventios of drama to introduce her themes and ideologies, only then to break with tradition and convention. It is this rupture which creates an impact on her public and demostrates how to make necessary changes in society to attain equality and freedom” (96).
Salvadora desarrolla con posterioridad, en Buenos Aires, una verdadera carrera como autora teatral y es en este género, justamente, donde más se destacará12. Las descentradas (1928), estrenada en el Odeón, prestigioso teatro porteño, es una obra clave del anarco- feminismo y fue un verdadero éxito para la crítica. Si comparamos Las descentradas con Influencias de las ideas modernas de Luisa Capetillo, se nos revela un idéntico repertorio ideológico anarco-feminista centrado en la resistencia de las protagonistas a ser consideradas como objeto. Pero, también, observamos en estas obras el paso del tiempo dentro del movimiento anarquista: en Capetillo es notorio el marco de la lucha obrera de 1907, período cuando las huelgas anarquistas se hacen sentir internacionalmente durante el auge de efectividad libertario. En 1928, la obra de Medina muestra, en cambio, otro contexto que coincide con la decadencia del accionar anarquista, aunque la tesis anarco-feminista es planteada aquí con mayor profundidad que en los períodos previos.
Influencias de las ideas modernas incorpora una huelga en una fábrica de cigarros que puede vincularse con las luchas anarquistas internacionales del período 1904-1907 relacionadas con la lucha por las condiciones de trabajo, el bajo salario y con la represión de los anarquistas y socialistas, en general, que no disminuía, sumado a que en los países latinoamericanos no se cumplía aun con la disminución de horas de trabajo, una conquista ya casi lograda en Europa y en los Estados Unidos. Las descentradas, ubicada a fines de la década del veinte, refleja la etapa cuando el movimiento ya ha decaído, pero la ideología libertaria se mantiene no sólo entre los militantes históricos sino, también, entre intelectuales y ha ganado un cierto espacio entre miembros más progresistas de la pequeña burguesía. Es éste, un factor de cambio que típicamente va a definir la “vida moderna”, un tiempo llamado también “los años locos”, el de los 20 y 30 cuando Buenos Aires, cosmopolita y próspera, se transforma en “la Reina del Plata”.
Pero, ambas obras discuten la problemática de la relación de la mujer consigo misma y con su cuerpo, donde ella está expuesta a un contexto social mediatizado por el dinero. En las dos obras, la solución se propone desde la ideología anarco-comunista que es la base de la vanguardia anarco-feminista.
Capetillo y Medina deconstruyen la alienación existente entre clase y género como resultado de las presiones en que se desenvuelve el poder. Así, Angelina, la heroína de Influencias de las ideas modernas, renuncia a su rol de niña rica y solidariza con la práctica política proletaria, como una forma, además, de mejorarse a sí misma y liberar su identidad. Como puntualiza L. Walker, “Capetillo’s feminism proposes places of contact, alliances between women of heterogeneous background, which in turn are corollary to her attentive watch to the flux of social difference” (2002:99).
Elvira, la protagonista de Las descentradas, también corporiza una alianza entre mujeres de diferente origen, pero ya no necesita involucrarse en los conflictos obreros para cuestionar su propia identidad, que surge ahora como necesidad personal, como movimiento subjetivo que la lleva a replantearse el valor de su matrimonio (que rompe), del amor (que experimenta con un amante) y de su relación con las demás mujeres. Este planteo establece definitivamente una vanguardia.
Vemos, por lo tanto, que en la historia del feminismo anarquista el avance de Capetillo consiste en que relacionó género y clase como un conflicto que debía ser resuelto por la mujer militante dentro de la utopía libertaria, pero cuando Salvadora profundiza este modelo, dos décadas más tarde, lo desarticula analizando a la mujer en su doble faz, como sujeto social e individual. Ambas insisten, así, en lo paradigmático del anarco-feminismo que consiste en sustentar el desarrollo de la mujer dentro de la sociedad como un agente de transformación, de mejora social. El paso del tiempo que se va mostrando respecto del movimiento anarquista en sus sucesivas tendencias, también se hace evidente en las obras mencionadas. Si bien, Elvira, en Las descentradas y Angelina, en Influencias de las ideas modernas, critican del mismo modo la hipocresía de las costumbres y la institución matrimonial, pero hacia 1900, para Angelina la única salida posible se halla a través de la revolución y el amor libre, mientras que para Elvira, hacia los años 30, el futuro se vislumbra con una mayor complejidad e, incluso, pesimismo. Elvira se ha dado cuenta de que su identidad (de género, sexual, rol) depende finalmente de sí misma, de lo que construya por sí misma, ya que hay “infinitas gradaciones” de tipos de mujer entre los dos tipos convencionalmente reconocidos (“las del hogar y los marimachos”), sin que nadie se dé cuenta de la existencia de las innumerables categorías que existen entre ellas (Las descentradas. Acto III s/p). Al deconstruir los estereotipos convencionales y abrirse a “infinitas” posibilidades de identidad genérica, Salvadora se constituye en un testimonio del arribo del anarco feminismo a la posmodernidad. Mientras en Capetillo la ortodoxia de la doctrina ocupa gran parte de los diálogos y sustenta la teoría del amor libre, en Salvadora ya no se discute la doctrina sino que ésta se transforma en práctica liberadora e individual. En la evidente continuidad entre una y otra obra se descubre no sólo la continuidad estructural ácrata sino, también, la existencia de un discurso anarco-feminista latinoamericano coincidentemente relacionado, que es síntoma del modo como opera una intertextualidad en el campo de las luchas de género producida por la escritura femenina en Latino América.
Por lo tanto, Luisa Capetillo y Salvadora Medina son un ícono porque en el seguimiento del desarrollo histórico del movimiento anarquista en sus respectivos países, son las iniciadoras de la deconstrucción de género en relación a la clase, tanto desde la escena, al fundar una tradición para el teatro femenino, como desde sus numerosos escritos. La contemporaneidad no las comprendió cabalmente, lo cual muestra el grado de vanguardia en que ellas desarrollaron sus vidas y su prédica. Fueron objetalizadas por el entorno burgués, justamente aquello contra lo que lucharon, para evitar que fuera ésa la función de la mujer. Luisa Capetillo sufrió una acción reduccionista por parte de la burguesía de su país, sindicada especialmente por el hecho de que usara pantalones, prenda que utilizaba para marcar una diferencia, desde un gesto iconoclasta; del mismo modo, Salvadora llamaba la atención porque manejaba un automóvil. Estos gestos, no sólo anecdóticos sino evidentemente funcionales en ellas, no eran muy diferentes, sin embargo, a los gestos que se vieran en no pocas mujeres de la clase alta de entonces. Pero, lo que las hacía únicas, y no se les perdonó –como luego sucedería con Evita– era que ellas no provenían de la clase dirigente sino de la emergente clase media de Hispanoamérica. En esa emergencia, la mujer comenzaba a profesionalizarse, lentamente, pero acarreaba todavía un sinnúmero de tabúes más represivos cuanto más bajo el nivel de clase. La diferencia en la ruptura provocada por Luisa Capetillo y Salvadora Medina fue el grado de conciencia y de coherencia ideológica en que sustentaban sus actos. Pero ni las “damas de sociedad” ni el consenso contemporáneo vieron el contexto y se las negó y borró de la historia desde la cultura oficial. Muchas décadas después, sin embargo, son redescubiertas y sus textos resultan asombrosamente vigentes e iluminan la crítica femenina actual.

 

NOTAS

1 Alezander Berkman (1870-1936). Militante anarquista ruso que emigró a los Estados Unidos en 1880. Vivió con Emma Goldman. Participó en el proyecto de Mother Earth y en el grupo de Greenwich. Estuvo preso en los Estados Unidos y fue deportado a Rusia junto a Goldman. Autor de Prison Memoirs of an Anarchist (1912). Murió en Francia.

2 La Voz de la Mujer (1896-1897). Periódico anarco-comunista que aparece en Buenos Aires, de edición clandestina.

3 Helvio Botana en Memorias. Tras los dientes del perro, afirma: (la abuela) “Era directora de una escuelita rural sistema Láinez, en Enrique Carbó, Entre Ríos, donde creó una huerta modelo, manejada por los chicos, quienes a fin de cada día volvían a sus casas con verduras y huevos” (32).

4 Salvadora O. de Botana, en Salvadora, una mujer de ‘Crítica’. Ema Barrandeguy. 1997: 123.

5 Citado por Valle Ferrer como testimonio de José Rosa, yerno de Luisa Capetillo, en una grabación de 1974.

6 Testimonio de Julia Capetillo de Fair, sobrina de Luisa, en grabación realizada por Norma Valle Ferrer en 1976.

7 Leopoldo Lugones (1874-1938), escritor argentino.1987. Cuentos fantásticos. Madrid: Castalia.

8 Simón Radowitzky, joven emigrado polaco. Mató a Ramón Falcón, jefe de policía de Buenos Aires, en un atentado en 1907 para vengar la represión policial que había tenido lugar para el 1° de mayo. Encarcelado en la prisión de la Austral Usuahia, por veinte años, llegó a ser una figura mítica para el anarquismo.

9 Emma Goldman. Living my Life. 1934. New York: Alfred A. Knopf. Voltairine de Cleyre. 1914. "Mother Herat", The Selected Works of Voltairine de Cleyre. New York

10 El padre del primer hijo de Salvadora Medina, apodado Pitón, había sido un abogado de la provincia de Entre Ríos. Reconocido por Botana, el joven desconocía este hecho hasta que le fue revelado por Salvadora a los 21 años. Inmediatamente después, Pitón muere en un confuso episodio en compañía de sus hermanos, lo que fue caratulado como suicidio. Familiares y críticos coinciden en que Salvadora Medina nunca se recuperó del hecho En Helvio Botana. Memorias; E. Barrandeguy. Salvadora, una mujer de Critica.

11 La Protesta. Órgano de prensa del movimiento anarquista en Buenos Aires dirigida por el poeta Alberto Ghilardo. Se funda en 1904, como continuación de la Protesta Humana (1897-1904).

12 Las obras de teatro escritas por Salvadora Medina Onrubia son Almafuerte (1913), La solución (1921), Las descentradas (1929), Lo que estaba escrito y Un hombre y su vida (1934). Publicó, además, la novela Akasha (1924), los libros de poesía El misal de mi yoga y La rueca milagrosa; los libros de cuentos El libro humilde y doliente y El vaso intacto. Su último libro fue Crítica y su verdad (1958), un ensayo y relato de la lucha por el famoso diario.

 

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