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Estudios atacameños

versão On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.54 San Pedro de Atacama  2017  Epub 25-Jan-2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432016005000027 

ESPACIOS FÚNEBRES, PRÁCTICAS MORTUORIAS Y CRONOLOGÍA EN EL CEMENTERIO AZAPA-115: APROXIMACIONES EN TORNO A LA ESTRUCTURA SOCIAL DE LOS AGRICULTORES PREHISPÁNICOS DEL PERÍODO MEDIO

FUNERAL SPACES, MORTUARY PRACTICES AND CHRONOLOGY IN THE AZAPA CEMETERY-115: APPROXIMATIONS AROUND SOCIAL DIMENSION OF THE PREHISPANIC FARMERS OF MIDDLE PERIOD

Iván Muñoz Ovalle1

1 Universidad de Tarapacá, Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Administrativas y Económicas. Arica, CHILE. Email: imunoz@uta.cl


Resumen

El presente artículo es producto de una prospección arqueológica de los espacios fúnebres (cementerios) vinculados al Período Medio2 en el valle de Azapa, Norte de Chile. A partir de ella fue posible, determinar la existencia de diversos sectores de ocupación destinados a entierros; y discutir la distribución, tipo y características de las inhumaciones halladas en el cementerio Az-115. La información obtenida de ambos análisis nos ha permitido conocer cuatro tipos de espacios fúnebres, los que desde el punto de vista de la distribución poseen como común denominador la utilización al máximo de los espacios disponibles; a su vez, la excavación de Az-115 arrojó la preparación de tres tipos de entierros dentro de un rango de tiempo de 600 años aprox. (100 al 600 DC,fechas convencionales). Esta información cronológica es de gran importancia, pues desconocíamos quiénes fueron las poblaciones asentadas en el valle de Azapa durante este período. De la discusión de los espacios fúnebres y prácticas mortuorias, se plantea un poblamiento de origen local, vinculado al proceso agrícola aldeano.

Palabras claves: Prospección arqueológica - espacio fúnebre -prácticas mortuorias.


Abstract

The article presented here is the product of an archeologic research of the funeral spaces (cemetery) linked to the Middle period in the Azapa valley, Arica and Parinacota region, North of Chile. From this research it was possible to, first, determine the existence of various sectors of occupation for burials and, secondly, and as a consequence of an extensive excavation in the cemetery Az-ug, discuss the distribution, type and characteristics of the burials along this cemetery. The information obtained from both analysis has allowed us to know four types of funeral spaces, which from the point of view of distribution have as common denominator the use of the maximum of the spaces available; at the same time, the excavation of Az-115 threw the preparation of three types of burials within a range of time of approximately 600 years (100 to 600 AC) according to dating obtained by C14. This chronological information is of great importance for those who were unaware people settled in the valley of Azapa the first six centuries of the Christian era.
From the discussion of the funeral spaces and mortuary practices, it presents a population of local origin, where mortuary traditions typical of these valleys manifested, which are linked to the start of the agricultural process of the village.

Keywords: Archaeological prospection - funeral space -mortuary practices.


INTRODUCCIÓN

Las fuentes etnohistóricas señalan que las poblaciones originarias de América poseían un sistema de creencias en el que la vida se prolongaba en la muerte, que ésta no era el fin natural de la vida, sino una fase de un ciclo infinito. En las poblaciones mesoamericanas vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico que se repetía constantemente (Cortés et al. 1992). La vida era un momento pasajero, la muerte una especie de despertar del sueño de la vida, para más tarde internarse en el mundo de los muertos, del que se puede retornar al mundo de los vivos o permanecer para siempre en el más allá. Por su parte, las poblaciones andinas, según Rosing (1988), creían que con la muerte no terminaba la vida, sino que se producía la resurrección en una u otra forma de vida. Para esta autora, la muerte es un hecho natural ineludible, pero es un elemento transitorio y necesario para que el ajayu siga su curso normal y se realice en el otro mundo. Para las poblaciones andinas, la muerte los convierte en parte de la tierra que trabajan y la enriquece, penetran en la montaña para realizar el viaje ascendente; el plano visible de los vivos es solo una mitad de la montaña, la otra mitad corresponde a las corrientes subterráneas que pertenecen a los muertos.

Los primeros relatos proporcionados por cronistas como Huamán Poma de Ayala (1987 [1615]) o el Inca Garcilaso de la Vega (1956 [1609]) en torno a los ritos relativos a la muerte, señalan que la mayor parte de la gente visitaba y dialogaba con las momias de sus antepasados en cualquier sitio y en cualquier momento. Exhumaban los cadáveres con el propósito de adornarlos y vestirlos, además les eran ofrecidos presentes, alimentos y bebidas, para que las almas los consumiesen, depositados a manera de ofrendas. Pensaban que el alma del fallecido necesitaba comida, bebida, instrumentos de trabajo, adornos, etcétera, con el fin de presentarse en forma digna en la nueva vida; incluso las armas eran importantes como una manera de hacerse respetar en el más allá.

De acuerdo con registros obtenidos de cementerios correspondientes al Período Medio en el valle de Azapa (ca. 300 DC al 900 DC), las poblaciones se enterraron en terrazas y faldeos de ladera, ocupando espacios abiertos de amplia visibilidad. Generalmente el piso de estas laderas es de consistencia arenosa con una base rocosa, por lo que era necesario, para la inhumación del fallecido, romper el piso inicial para profundizar y ampliar el espacio donde se depositaba el cuerpo.

Las características del patrón de enterramiento en el Período Medio indican que éste tiene raíces que se remontan hasta los inicios de la agricultura (2900 A.P). El tipo de fosa construida, la posición del cuerpo, el empleo de materiales como la fibra vegetal para cubrir los cuerpos y confeccionar ofrendas; la ubicación espacial del ajuar dentro de la tumba, y en algunos casos la utilización de piedras para sellar los entierros, constituyen una forma de enterramiento de larga data en la tradición funeraria en los valles de Arica (Muñoz 2004; Núñez y Santoro 2011; Muñoz et al. 2014). Según el análisis de los cuerpos no perturbados, éstos fueron dispuestos con las piernas flexionadas en posición decúbito lateral y dorsal, abarcando un espacio, incluidas las ofrendas, de 3 a 5 m2. Fueron depositados en fosas que alcanzaron hasta dos metros de profundidad, envueltos en camisas y mantas; las ofrendas por lo general se colocaban a la altura del tórax del individuo. El fardo funerario era delimitado por piedras lajas o bolones tipo canto rodado, para proteger el cuerpo del difunto. Incluso en algunas tumbas se puede observar una piedra laja puesta como sellador de la tumba. Este patrón de entierro representativo del Período Medio no se alteró con la llegada de la influencia Tiwanaku. Planteamos esta hipótesis puesto que las tumbas donde se han encontrado tejidos y cerámicas con algunos diseños similares a la cultura altiplánica presentan un patrón de entierro de origen local (Muñoz 2004).

Desde el punto de vista del patrón funerario, hemos considerado para nuestro estudio la definición dada por Kaulicke (1997), en el sentido de que el contexto funerario estaría conformado por tres elementos básicos: a) la estructura de la tumba, que puede ser natural o artificial, b) el individuo, que se caracteriza por el cadáver, el que puede presentar varios tipos de tratamiento y, c) los objetos asociados, que se constituyen como ofrendas de diversa naturaleza, a las cuales el difunto o los deudos les dieron un valor en vida.

Nuestra investigación está basada en información obtenida de dos fuentes; la primera, una prospección arqueológica desarrollada en el valle de Azapa (Muñoz y Zalaquett 2015), que ha sido fundamental para definir los espacios fúnebres en dicho valle. La segunda, las excavaciones del sitio Az-115, desarrolladas a través de una metodología3 de despeje de los entierros, nos ha permitido conocer la distribución espacial y las formas de enterramiento de los agricultores de esta temprana fase del Período Medio, 100 a 600 DC (Figura 1). Señalemos que los distintos tipos de entierro fueron fechados por 14C, lo cual nos ha permitido datar distintas formas de enterratorio durante este período. Por otra parte, la información obtenida de ambos estudios nos ha permitido analizar y discutir la estructura social4 de los agricultores, objetivo central del presente trabajo.

Figura 1. Tipos de espacios fúnebres y sitios representativos.

 

TIWANAKU EN EL VALLE DE AZAPA

Tal como se ha mencionado anteriormente, la literatura ha vinculado el Período Medio con la presencia de Tiwanaku en nuestra zona, la que al decir de los autores señalados más adelante, se habría manifestado bajo dos interpretaciones. La primera señala que el desarrollo de la agricultura y la tecnología en el valle de Azapa, estarían relacionados a la implantación de colonias, migraciones o al predominio tecnológico o ideológico de la influencia altiplánica. Estas colonias se habrían asentado en aldeas contiguas a tierras con alto índice de producción, alrededor del 400 DC. Los primeros asentamientos Tiwanaku habrían sido más pequeños que los locales ya existentes (Fase Alto Ramírez) y habrían convivido por un espacio de tiempo no determinado con los grupos locales. La aparición en algunos contextos funerarios de cerámica estilo "Loreto Viejo", unido a una tradición textil propia del altiplano alrededor del 380 DC, son el reflejo de las primeras incursiones coloniales de pequeños grupos de élite que, con el tiempo, llegaron a tener un estatus privilegiado frente a la población local (Berenguer et al. 1988; Berenguer y Dauelsberg 1989).

Siguiendo esta propuesta, alrededor del 750 DC dos entidades culturales pueden ser identificadas poblando el valle de Azapa: Cabuza y Maytas-Chiribaya, que se diferenciaban por las características tecnológicas y estilísticas de su materialidad (Berenguer y Dauelsberg 1989; Goldstein 1995-1996, 2006). Sin embargo, estos planteamientos han brindado un panorama sesgado de la organización social de las poblaciones costeras, esto por estar sustentados en los análisis tipológicos de los materiales hallados en contextos funerarios (Rivera 1985; Berenguer et al. 1988; Berenguer y Dauelsberg 1989; Foccaci 1990; Berenguer 2000; Rivera 2002; Goldstein 2006).

La segunda interpretación resalta los antecedentes organizativos de los grupos locales como base para la estructura política y económica de valle durante el Período Medio (Espoueys et al. 1995; Uribe 1999; Uribe y Agüero 2001; Muñoz 2004). Sin embargo, trabajos recientes muestran la existencia de un panorama más complejo, en el cual las poblaciones locales son agentes activos en la configuración de la estructura social de la época. Uribe (1999) señala que, tanto Cabuza como Maytas, son grupos locales que asimilan de manera diferenciada la influencia Tiwanaku. Cabuza, a causa de la fuerte influencia altiplánica, adopta varios patrones estilísticos Tiwanaku. Maytas, por otra parte, se habría resistido a la imposición del poder ideológico Tiwanaku, presentando un patrón distinto, dando inicio a una fuerte cultura local, la que derivaría en el desarrollo de la Cultura Arica. Uribe y Agüero (2001) señalan que Moquegua y Cochabamba habrían tenido mayor impacto en poblaciones marginales, como las de Chile, al convertirse en puentes de comunicación y dispersión cultural del núcleo altiplánico. Proponen además que una iconografía corporativa panregional, con sus respectivas diferencias regionales de estilo y soportes, fue el puntal que dio a Tiwanaku cierta unidad y generó una esfera de interacción entre el núcleo y zonas periféricas y marginales, permitiendo distintos grados de independencia e innovación en las provincias como la integración de otros grupos a través del ritual. Ambos autores apelan a la generación de vínculos entre poblaciones de naturaleza variable, basados en los distintos intereses, tanto de las sociedades altiplánicas como de las locales.

De manera complementaria, los estudios bioarqueológicos ayudaron a sustentar esta posición. Sutter (2000) señala, a través de marcadores genéticos dentales, que la población de Azapa presenta mayormente una continuidad biológica desde el Período Arcaico hasta el Inka (ver además Rothhammer et al. 2002). Esta continuidad indicaría la existencia de una población única, que si bien recibió aportes de otras poblaciones, principalmente altiplánicas, éstos no fueron suficientes para alterar significativamente el patrón genético.

Desde el punto de vista de la secuencia cronológica, el Período Medio en Arica (Azapa) fue establecido por Dauelsberg (1972) a partir del estudio de la cerámica decorada; para tal efecto tomó como base el modelo cronológico planteado por Rowe (1962), el cual sigue siendo la columna vertebral para explicar procesos culturales en los valles de Arica. Dauelsberg (1972) señala que el Horizonte Medio se encontraría representado por el Tiwanaku Clásico Fase 4, junto a los estilos Loreto Viejo, Sobraya y Cabuza. Posteriormente, Dauelsberg (1985) señala que la primera fase de este período estaría constituida por Cabuza, asignándole fechas que irían desde 380 DC, alcanzando una larga vigencia en el tiempo.

De lo anteriormente señalado, y gracias a una serie de investigaciones en donde hemos abordado la historia de las poblaciones agrícolas azapeñas a comienzos de la era cristiana, nos atrevemos a plantear una nueva propuesta cronológica, en el sentido que la Fase Cabuza y su conexión con Tiwanaku -la que según datos cronológicos sería de carácter tardío en la zona- debería ser reemplazada por una fase de carácter local a la que hemos llamado San Lorenzo, problemática que será discutida en los acápites finales del presente artículo.


La arqueología de cementerio en Arica y su aporte al conocimiento del poblamiento humano prehispánico

Los estudios realizados en los valles costeros de Arica, nos hablan de un poblamiento humano diverso y remoto; estas investigaciones se remontan a comienzos del siglo XX desde la época de Max Uhle (1974 [1917]). La reconstrucción de este poblamiento prehispánico ha sido desarrollada a partir de datos obtenidos por excavaciones de cementerios;5 de hecho la secuencia cultural propuesta por Dauelsberg (1995 [1959]) para el valle de Azapa, se estructuró a partir de la información de cementerios prospectados y excavados por el Museo Regional de Arica a fines de la década de 1950. Ahora bien, un análisis general de las investigaciones realizadas en los cementerios de esta región nos muestra que, al margen de la secuencia arqueológica, estos estudios han arrojado información valiosa para el conocimiento de los procesos económicos, relaciones sociales y contactos culturales tanto a nivel local como con otras áreas culturales, especialmente las relacionadas con la costa sur peruana y el altiplano andino.6

El análisis de estas propuestas vinculadas a poblaciones agrícolas en su fase temprana, media y tardía ha sido discutidas a partir de la descripción de contextos fúnebres en lo que se relaciona con la descripción de tumbas, tipos de ofrendas, tecnologías, características físicas de la población, etcétera (Rivera 1976; Santoro 1980; Soto-Heim 1987; Focacci 1990; Muñoz 1995/1996; Standen et al. 2007; entre otros); sin embargo, a pesar del aporte que han generado estas investigaciones, se manifiesta la falta de información sobre los patrones de entierro y su distribución espacial dentro de un cementerio, sin que existan antecedentes que permitan discutir diferencias entre uno y otro entierro, ya sea por categorías etarias y/o rasgos culturales que diferencian a los entierros.

El cementerio Az-115. Una de las primeras descripciones arqueológicas referidas a este cementerio corresponde a Focacci (1983), quien señala que se trataría de inhumaciones con cuerpos en posición decúbito lateral con las piernas flexionadas, depositados en fosas de forma tubular, que presentan maderos y piedras como señalizadores de entierro.7 Los cuerpos están envueltos en tejidos finos en tonos cromáticos café o beige. Algunos cuerpos se hallan depositados en grandes cestos redondos; otros cuerpos más pequeños, que corresponden a niños, recién nacidos y fetos, fueron depositados en cestos con forma de plato. Un aspecto interesante en las ofrendas es el hallazgo de una faja, posiblemente deformatoria, tejida en lana de variados colores: rojo, verde, azul y blanco. Presenta motivos escalerados, estilizaciones de rostro humano, perfiles de camélidos y figuras de batráceos. Además se encontró un collar con cuentas de concha y lapislázuli, que contenía en su interior cuatro pequeñas piezas de cobre cuya figura asemeja a una estrella de cuatro puntas.

Posteriores excavaciones realizadas por Muñoz (1995/1996) muestran que las tumbas no alteradas presentan el uso de cañas como indicador de entierros y círculos de piedras a manera de cistas. Describe el uso de piezas de cestería puestas en posición invertida, cubriendo los cuerpos junto a una cubierta de ramas espinosas de la especieyaro (Arum sp.). Muñoz (1995/1996) señala que la presencia de cerámica es escasa, sin embargo, las que se hallaron tienen forma globular y de taza, son piezas en miniatura sin decoración y pasta gruesa con bastante arena. Otros materiales hallados con frecuencia corresponden a miniaturas confeccionadas en fibra vegetal y lana con forma de plato y puco. También fue hallado un posible adorno manufacturado en cobre, el que consiste en nueve piezas con forma de campana o estrella de cuatro puntas, muy similar a la hallada por Focacci (1983).

Tanto Focacci (1983) como Muñoz (1995/1996), señalan a partir de las ofrendas antes descritas, que estos objetos habrían llegado a estos valles como consecuencia del tráfico interregional en los primeros siglos de la era cristiana. Mencionan que objetos de metal como las estrellas de cuatro puntas han sido hallados en Solor, San Pedro de Atacama, lo mismo que los entierros en canastos encontrados en Tarapacá 40 (Núñez 1970; Uribe et al. 2015), hallazgos que serían indicador de una movilidad generada en los valles desérticos de Atacama.


MARCO TEÓRICO

Los estudios de los contextos funerarios desde sus inicios han demostrado marcado interés por acceder a la dimensión social de las sociedades del pasado (Tainter 1978; Binford 1981; Oshea 1981; Renfrew 1983). Temas como el cambio y la complejidad social emergente han sido objeto de discusión a través del examen de contextos funerarios, mostrando la posibilidad de establecer relaciones entre la variación espacio-temporal de los patrones de entierro y las transformaciones sociales, políticas y económicas más generales (Current y Oliver 1998). En estrecha relación con nuestro problema de la organización social del Período Medio, se señala que los contextos funerarios, su distribución espacial en cementerios y otros aspectos relacionados con la muerte, constituirán la base para inferir aspectos generales de la organización territorial, como reflejo de la organización social de las comunidades locales (Buikstra 1981; Goldstein 1981; Charles y Buikstra 1983; Chapman 1995; Goldstein 1995). Un aspecto que surge de este contexto es el estudio del estatus del individuo y del conjunto de individuos. Este ámbito de estudio no ha estado exento de controversias teóricas, toda vez que la muerte supone la convergencia de un conjunto de roles adscritos y/o adquiridos durante la vida del individuo (Saxe 1970; Thomas 2000). Al respecto Goodenough (1965) señala que la persona social del difunto está compuesta por las identidades sociales adquiridas en vida y reconocidas como propias al momento de su muerte y que es la composición y tamaño de la unidad social la que reconoce las responsabilidades y estatus del difunto.

Korpisaari (2006) sugiere que en las sociedades andinas estratificadas -e.g. Tiwanaku, Wari, Chimú- la posibilidad de movilidad social fue bastante restringida debido, principalmente, a que la posición social estaba determinada desde el nacimiento. En consecuencia, el contexto material de los rituales mortuorios estaba, probablemente, confinado a las fronteras de las diferencias sociales existentes. Sobre este punto, los estudios arqueológicos (Wason 1994; Korpisaari 2006), sugieren que uno de los mejores caminos para poder acercarse al estatus es utilizar una perspectiva holística, donde el análisis mortuorio combine los resultados de análisis independientes de forma y distribución de artefactos, análisis de asentamientos y reconstrucciones de paleodieta.

El estudio de las prácticas mortuorias más allá de identificar los contextos históricos, permite analizar aspectos de la organización social en un momento de la historia; aspectos como desigualdad social, roles etarios, especia-lización artesanal, identidades, entre otros, han sido parte de estos estudios. En el caso de nuestra investigación, los cementerios que hemos prospectado reproducen la sociedad que constituyeron los agricultores aldeanos. En ellos hemos observado entierros, cuyos objetos y mortaja que los cubren llevan consigo una serie de símbolos, que formaron parte de la identidad del espacio ceremonial donde fueron depositados los cuerpos.

En el caso de los rituales de la muerte como los que a continuación describimos, hemos podido determinar algunos aspectos característicos de las poblaciones andinas prehispánicas, como por ejemplo el reacomodo de los cuerpos o re enterramientos, la posición flexionadas de las piernas, las ofrendas constituidas por restos alimenticios y piezas artesanales depositadas junto al difunto, el acompañamiento de animales sacrificados, depositados en niveles superiores del entierro humano, la confección de mortajas realizadas a los cuerpos, la construcción y reconstrucción de la tumbas. Todos estos restos de cultura material de alguna manera testimonian la activa participación de las comunidades andinas precolombinas en torno a las ceremonias fúnebres que éstas les celebraron a sus muertos, muchas de ellas registradas por los cronistas.

Desde el punto de vista del paisaje, ciertos lugares pueden ser "sentidos" como identidades; es decir, pueden ser reconocidos y mantenidos por la comunidad como puntos que incorporan y evocan una identidad (Shennan 1994). En el caso de los cementerios del Período Medio, como Az-115, éstos estuvieron relacionados con los orígenes, con sus antepasados, y por lo tanto, la memoria debió haber sido un importante transmisor de la cultura entre los vivos y los muertos (Muñoz 2014). Como lo plantean Knapp y Ashmore (1999), el paisaje es la materialización de la memoria, señalando que la memoria humana construye más que recupera, por lo tanto, en la medida que una comunidad se funde a través de las acciones y actividades cotidianas, entre ellas, el recordar permanentemente a sus muertos, el paisaje se convierte en un referente clave para la construcción y expresión de la identidad del grupo.

 

LOS ESPACIOS FÚNEBRES VISTOS A TRAVÉS DE LA PROSPECCIÓN ARQUEOLÓGICA

Los datos presentados a continuación corresponden a contextos funerarios obtenidos mediante una prospección arqueológica realizada en el valle de Azapa, la que fue procesada en una publicación anterior (Muñoz y Za-laquett 2015). En este trabajo la metodología se enfocó con base a una prospección -directa e indirecta-8 y el análisis espacial de los asentamientos. La información recogida fue sistematizada en un registro de datos, que fue la base para la confección de planos e inventario de los sitios prospectados.

Los espacios fúnebres

Una de las diferencias que es posible consignar entre los espacios fúnebres y los cementerios, es que estos últimos se presentan circunscritos a un lugar determinado y a veces cerrado físicamente, en cambio en los espacios fúnebres9 las fronteras o límites son más difusos, donde incluso se puede llegar a traslapar con otros espacios como habitaciones, caminos, arte rupestre u otros. Ahora bien, de acuerdo con la información obtenida en la prospección podemos categorizar para el valle de Azapa cuatro tipos de espacios fúnebres durante el Período Medio.

Tipo 1. Estos asentamientos funerarios se hallan alejados de los asentamientos habitacionales más extensos en el valle, ocupan semiplanos de cotas medias de ladera, que les confiere una especie de abrigo y resguardo. No se observa vinculación con áreas residenciales, solamente se constató arquitectura funeraria y evidencias de osamentas humanas. Un ejemplo de este tipo de cementerio es El Chuval (Az-141), el que se ubica en cotas elevadas, en un terreno de superficie arenosa, con estratos profundos que tienden a ser compactos, lo que favorece la preparación de fosas de forma circular y ovoidal (Figura 2). La presencia de clastos y material lítico desde una quebradilla cercana hizo que este material fuese utilizado para revertir las paredes de estas tumbas. El uso de maderos colocados como indicadores de entierro en posición vertical a la altura del cráneo o como estructura de resguardo del entierro, corresponde a materiales extraídos del lecho del río. El asentamiento en sí tiene una vinculación espacial con un segmento de la ladera sur del valle y vista parcial de la caja del mismo. Su acceso es por senderos arenosos y pendientes agrestes.

Tipo 2. Tanto el cerro, en cuyos faldeos se hallan los entierros, como el entorno se caracterizan por material de origen volcánico formado por rocas ignimbrita y andesita. Los cementerios asentados en este tipo de cerros corresponden a Az-3, Az-4, Az-19 (Atoca) (Figura 3). Estos cementerios presentan fosas de planta circular y ovoidal, revestidas con material lítico a modo de cistas. Hay selectividad de material lítico para construir el revestimiento de las paredes de las bóvedas funerarias. Se puede inferir que la naciente está en el plano y van ganando cotas de altura de la ladera a medida que el cementerio crece.

 

Figura 2 Espacio Fúnebre tipo 1. Sitio Az-141.

Figura 3. Espacio Fúnebre tipo 2. Sitio Az-3.

 

Como un subtipo que guarda relación con el Tipo 2 se encuentra el cementerio Az-145, situado en medio de dos elevaciones intermedias de la ladera sur; se ubica dentro de un espacio que presenta un gran telón semiplano y serranías suaves. Los cuerpos están ubicados en pequeñas cárcavas y cima de uno de los cerros que mira hacia el oeste. A diferencia de otros cementerios donde no hay registros de pisos habitacionales, en este cementerio, en el cerro que se ubica hacia el este, se encontró una pequeña área de residencias simples; esta área se relaciona con un sendero que desciende desde el área funeraria. El material lítico de origen volcánico del cerro fue usado en la edificación de la construcción de tumbas y residencias. En la cima del cerro mayor ubicado hacia el oeste se halla una estructura con función ritual donde se registraron restos de osamentas de camélidos como vértebras cervicales y el cráneo del animal. En un área de abrigo cercano a esta estructura ritual, pero en cotas más bajas, se hallan edificaciones de mampostería simple, estrechas y pequeñas. Una característica muy notoria, desde el punto de vista del color y composición de los cerros donde se hallan ambos cementerios (Az-145 y Az-19) y que contrasta con otros en el valle, es el color oscuro de los cerros producto de la formación volcánica. En ambos casos hallamos la presencia de entierros humanos, entierros de animales sacrificados y ofrendas que fueron depositadas en el cementerio; este tipo de ofrendas se depositan hasta el día de hoy y son realizadas por comunidades aymaras que viven en los alrededores de estos cementerios. Finalmente hay pequeñas viviendas, las que habrían sido ocupadas según Focacci (Com. pers. 1980) por yatires10 u oráculos para uso de recogimiento.

Tipo 3. En esta categoría encontramos cementerios como Az-75, Az-24, Az-7 y Az-80. Éstos se planificaron en espacios de quebradillas que bajan de la ladera norte y llegan al valle, en su curso sinuoso generan espacios de abrigo, donde se "ocultan o resguardan" las inhumaciones desde el punto de vista espacial (Figura 4). Estos cementerios se relacionan con otras áreas de asentamientos: habitacionales, agrícolas, petroglifos, etcétera. Están vinculados a ecosistemas que facilitan el desarrollo humano como vertientes y humedales. Se construyeron en el mismo sector donde fueron edificados los cementerios de túmulos vinculados con los agricultores tempranos, pertenecientes a la Fase Alto Ramírez, incluso podemos observar que las tumbas fueron cavadas en los bordes de estos montículos.

Un cementerio tipo lo constituyen Az-75 y Az-140, ambos ubicados en los alrededores del complejo habitacional de San Lorenzo (Az-11). Az-140 corresponde a un asentamiento de ensenada con enterratorios unipersonales, distribuidos en sentidos de Este a Oeste. Su distanciamiento de Az-11 supera un centenar de metros, lo que sugiere alguna vinculación de uso con el momento final de la ocupación de Az-11. En cambio, Az-75 por las características topográficas y morfológicas de la ladera ofrecería mayor espacio, materia prima y posicionamien-to particular para definir un espacio de enterramiento. Posee una visibilidad directa con algunos hitos geográficos del valle como cerro Chuño, El Morro de Arica, la serranía de pampa Alto Ramírez y la confluencia de la quebrada del Diablo. El espacio donde se concentra San Lorenzo corresponde a un ecosistema húmedo en el que se aprovecharon diversas materias primas que ofrecían estos espacios para la manufactura funeraria, entre ellos, troncos y maderos utilizados como sostén (vigas) y cubiertas en las sepulturas (tumbas).

Un aspecto interesante de destacar es que, aparentemente, no se intentó preparar o nivelar la superficie del terreno para el establecimiento de estructuras funerarias, tanto sobre superficie como bajo ella, como sucede con los registros habitacionales. En el caso de los recintos funerarios de Az-75, se mantienen las características topográficas de las áreas seleccionadas constituyéndose en un tipo de mausoleo que se mimetiza por lo abrupto del terreno.

Tipo 4. Los asentamientos funerarios en terrazas constituyen un trabajo mucho menos complejo, ya que la constitución física de las terrazas de origen pluvial (lluvia) y fluvial (cauce de ríos) permite la construcción de fosas de bóvedas compactas de planta circular y ovoidal, en algu-nos casos cistadas, y mantienen un patrón de concentración y de reutilización, que van en aumento en la medida en que se utiliza la misma área funeraria (Figura 5). Cada asentamiento que ocupa estas terrazas deja de manifiesto un estilo en la estructura y composición funeraria. Ejemplo: aparecen cestos-urnas, tumbas semicistadas, tumbas abovedadas y cistadas, además de constantes desplazamientos de inhumaciones y ofrendas para reocupar espacios. El caso de Az-115, Az-6, Az-71, Az-147 corresponden a entierros cuya mayor concentración se halla en la ladera norte, ocupando planos horizontales. La estratigrafía de estas terrazas está constituida por estratos de arena, ripio y limo.

Figura 4. Espacio Fúnebre tipo 3. Sitio Az- 75.

Figura 5. Espacio Fúnebre tipo 4. Sitio Az-80.

 

En estas terrazas han sido hallados cementerios que presentan estratigrafía funeraria; corresponden a espacios delimitados en su entorno y con numerosos tipos de asentamientos. Esto probablemente hizo que los espacios de entierros fueran reducidos, generando por lo tanto una ocupación funeraria estratigráfica de corte vertical. Podríamos decir que este tipo de cementerio responde a un patrón de asentamiento donde se presentan integrados los espacios residenciales, económicos y funerarios, lo que generó la máxima reutilización del territorio. Un ejemplo de este cementerio es Az-14, descrito por Santoro (1980) en el sector de pampa de Alto Ramírez.

En el caso del cementerio Az-115, éste se ubica sobre una terraza de origen fluvial, que manifiesta variaciones temporales en cuanto a la construcción de los patrones arquitectónicos funerarios. Por sus características espaciales correspondería al Tipo 4; presenta una vinculación directa con los ecosistemas húmedos, reflejado en una serie de manufacturas donde se usó el recurso vegetal.

A manera de síntesis podemos señalar que de los 11 espacios fúnebres prospectados a lo largo del valle de Azapa, a los cuales se pudo determinar su extensión a través de la distribución de las fosas, éstos corresponden a: dos al Tipo 1, dos al Tipo 2, tres al Tipo 3 y cuatro al Tipo 4 (Tabla 1).

 

Tabla 1. Espacios fúnebres y características de las tumbas prospectadas.

 

Prácticas mortuorias en el cementerio Az-115

La información que a continuación presentamos es resultado de las excavaciones practicadas en dicho cementerio durante los años 1994, 2004 y 2005 (Figura 6). La tipología de entierros se estructura a partir de los antecedentes arquitectónicos y evidencias culturales que arrojaron las excavaciones. Para la descripción de los tipos de entierros se consideró el hallazgo "in situ'' y las ofrendas externas que lo acompañaban. El diagnóstico del material encontrado indica la existencia de 254 tumbas entre disturbadas y no disturbadas, lo cual permite inferir tres tipos de entierros y sus respectivos subtipos (Tabla 2).

Figura 6. Distribución de contextos funerarios, sección noroeste del cementerio Az-115.

Tabla 2. Tipos de entierro en el cementerio Az-115.

 

1. Entierros en cistas

Tumba n° 124. Inhumación de un adulto disturbado, posición del cuerpo sentado con las piernas flexionadas (Figura 7). Profundidad 1.97 cm. Diámetro 80 cm. La tumba estaba conformada por una estructura de piedras de distintas dimensiones, en especial cantos rodados de río, los que fueron dispuestos en planta circular, en dos niveles, generando un espacio de albergue para el cuerpo. Se depositó una caña en posición vertical, posiblemente como indicador de la tumba. Sobre el segundo nivel de cantos, existe una cubierta vegetal formada por hojas, ramitas y semillas de molle (Schinus molle) y sauce (Salix sp.). Las ofrendas corresponden a restos de lana, fragmento de calabaza y maderos.

Figura 7. Tumba 124.

 

 

Tumba n° 127. Inhumación de un adulto disturbado. Posición del cuerpo, sentado con las piernas flexionadas (Figura 8). Profundidad 1.71 cm. Diámetro 90 cm. La tumba estaba conformada por una estructura de piedras de forma circular, construida en base a cantos rodados de río y composición caliza. Presenta restos de cañas y ramas de yaro en los niveles superiores que cubren la tumba. El cuerpo está envuelto en una pieza textil de color café oscuro. En cuanto a las ofrendas, se hallaron una pieza de cestería de escala en miniatura, con forma de puco, lascados de calcedonia y fragmentos de enlaces-espirales de una pieza de cestería en confección, posiblemente un cesto-urna.

Figura 8. Tumba 127.

 

Tumba n° 30. Inhumación de un adulto no disturbado, posición del cuerpo sentado con las piernas flexionadas (Figura 9). Profundidad 2.00 m. Diámetro 70 cm. La tumba corresponde a un modelo arquitectónico de forma abovedada; en su construcción se emplearon cantos rodados sobrepuestos. Entre estos cantos rodados que componen la cámara funeraria, se depositó un relleno de vegetales compuesto por hojas y pequeñas ramas finas. A través de un corte estratigráfico observamos en la parte superior de la bóveda ramas gruesas dispuestas en posición vertical a modo de señuelos; en este sector se depositaron ramas de yaro y un cesto con forma de plato. Debajo de estas evidencias se halló un manto de tierra estéril. Finalmente, sella el sepulcro una capa de fibra vegetal (hojas, ramas finas y semillas) depositada sobre una estructura de maderos que protegen el cuerpo. En el interior de la cámara, fue depositado el fardo funerario que denota la posición fetal del difunto. En cuanto a las ofrendas, fueron hallados pequeños envoltorios elaborados con cintas de totora, conservando en su interior, granos de maíz.

Figura 9. Tumba 130.

 

 

2. Entierros en urnas de fibra vegetal (cestería)

Tumba n° 141. Inhumación de un cuerpo párvulo disturbado depositado en un cesto-urna que corresponde a un niño de 3 a 4 años (Figura 10). Profundidad 2.79 m. Diámetro 1.20 cm.

El cesto donde fue depositado el cuerpo corresponde a un canasto de forma semi globular manufacturado en fibra vegetal; presenta una cubierta vegetal a manera de sello compuesta por semillas, hojas y ramitas de molle y sauce. Un madero y una rama gruesa extraída de yaro fueron depositados en posición vertical a 40 cm de la urna vegetal a modo de señalizador. En cuanto a las ofrendas, se hallaron una serie de piezas en miniaturas, las que presentan forma esferoide confeccionadas en arcilla, lana y fibra vegetal. También se hallaron mazorcas de maíz.

Figura 10. Tumba 141.

3. Entierros en fardos funerarios

Tumba n° 3. Inhumación no disturbada de un párvulo, con las piernas flexionadas (Figura 11). Profundidad 1.00 m. Diámetro 50 cm. La tumba se caracteriza por una estructura simple en la que se utilizaron cantos rodados; en la parte inferior donde se asienta la tumba hay registro de fibra vegetal. En el flanco este del cuerpo se depositaron restos de caña en posición vertical a manera de indicador de entierro. En los alrededores del entierro se depositaron restos de ramas y hojas de yaro y molle. El fardo mortuorio lo conforma una fina manta de lana tejida a telar de color café que envuelve la totalidad del cuerpo; presenta elementos decorativos determinados por franjas cromáticas de color rojo y verde oscuro.

Figura 11. Tumba 3.

 

Tumba n° 40. Inhumación de un adulto no disturbado, se halla en posición sentado con las piernas flexionadas (Figura 12). Profundidad 1.70 cm. Diámetro 38 cm. El cuerpo está cubierto por una manta de lana de color café muy deteriorada. Presenta una cobertura simple compuesta de hojas, ramitas y semillas que se asocia desde la sección craneana a los hombros de la inhumación. Un tronco de algarrobo fue dispuesto verticalmente en el flanco este del cuerpo a manera de indicador de entierro. La ofrenda la constituye un capacho manufacturado en fibra vegetal, el que contenía en su interior ramas y cintas de totora.

Figura 12. Tumba 40.

 

También se halló una pequeña pieza en miniatura tejida en lana.

Tumba n° 145. Inhumación no disturbada de un adulto. El cuerpo se halla en posición sentado con las piernas flexionadas (Figura 13). Profundidad 2.24 cm. Dimensión 1.30 cm de norte a sur y 65 cm de este a oeste. El cuerpo está envuelto en una manta de lana de color café, y cubierto por una capa vegetal compuesta por ramas del yaro y cañas, las que fueron puestas en posición vertical conformando un perímetro de protección para el cuerpo. También se hallaron restos de hojas y ramitas de chilca, esparcidas a la altura de la sección craneal del entierro. Las ofrendas halladas corresponden a piezas textiles en miniatura, fragmentación de alfarería sin decoración, con restos de hollín en la superficie, además de pequeñas mazorcas de maíz.

Figura 13. Tumba 145.

Tumba n° 233. Inhumación disturbada de un infante, depositado en un cesto-urna, presenta un moldeador craneal, confeccionado en hilados de lana de color verde oscuro. El cesto-urna se halla sobre una base de piedras delineadas y un manto de restos vegetales. En su interior, hay registros de restos vegetales. Entre sus ofrendas destaca la presencia de un perro cuyo pelaje es de color café amarillento, depositado en posición dorsal sobre cistas en el flanco sureste de la tumba (Figura 14). Profundidad 1.96 cm. Diámetro 82 cm. En cuanto a las ofrendas halladas, éstas corresponden a restos de lana y algodón, además de envoltorios hechos en fibra vegetal para almacenar harinas.

Figura 14. Tumba 233.

 

Discusión a partir de los registros de Az-115

El sitio Az-115 se presenta como un ejemplo de la readecuación de un cementerio prehispánico en el cual las poblaciones fueron ocupando el espacio de la terraza, reubicando o desplazando cuerpos en la medida que el espacio se iba limitando. Esto en un período de 600 años aproximadamente según las fechas calibradas. En él observamos posiblemente la pérdida de filiación12 y cambios producidos en el contexto de la cosmovisión funeraria por parte de los agricultores en los primeros seis siglos de nuestra era.

Analizando la distribución de los entierros en los cementerios, se ha podido observar una dispersión primaria de las inhumaciones. En los sectores centrales se ha detectado una mayor densidad de estructuras funerarias adosadas unas con otras y relativamente superpuestas. De ello es posible inferir que la parte central del cementerio fue la génesis desde donde comenzaron a establecerse los enterratorios, ya que presenta el núcleo mayor de tumbas, mientras los entierros periféricos constituirían la ocupación final del cementerio.13 En los entierros-urnas, en algunos casos, el cuerpo no ocupa la parte central del enterratorio sino que está posicionado exteriormente junto a una camada de cañas y maderos que podrían corresponder a un indicador del entierro.

En todos los tipos de enterratorios descritos se observa una concentración de inhumaciones con características constructivas tanto simples como complejas. Por otro lado, algunos enterratorios semiperiféricos podrían corresponder a etapas más tardías del asentamiento funerario. La concentración de enterratorios se manifiesta a través de una estratigrafía funeraria14 en niveles que logran alcanzar hasta 3.00 m de profundidad, cuya situación al parecer fue consecuencia de la conformación de estratos arenosos menos complejos de excavar, lo cual habría permitido un máximo de aprovechamiento del espacio vertical.

Figura 15. Plano sitio Az-115. Distribución de contextos funerarios.


De acuerdo a las formas de los entierros y fechados obtenidos se han podido definir tres tipos de entierros en un contexto de 600 años aproximadamente (Tabla 3). El primer tipo corresponde a cuerpos enfardados, con las piernas flexionadas, posicionados dentro de un linea-miento simple de piedras, con técnica de cista, sellados con componentes orgánicos vegetales. El segundo tipo consiste en tumbas cistadas, con mayor trabajo de sellados de muros para obtener una bóveda. Las cubiertas vegetales fueron dispuestas desde la superficie a la base de la bóveda. Se emplearon maderos, cañas y ramas gruesas, los que fueron utilizados como demarcadores de tumba. El tercer tipo corresponde a inhumaciones depositadas dentro de grandes cestos de forma globular, manufacturados con un tejido compacto, sin decoración y en algunos casos con un sello que corresponde a una pieza confeccionada en fibra vegetal con forma de plato, puesta de manera invertida sobre la boca del cesto-urna. Estas urnas funerarias están cubiertas por esteras de fibra vegetal. Otro tipo de urna, aunque con escasos registros -dos en total-, lo constituyen tiestos de cerámica en cuyo interior se hallaron restos de placentas, fluidos y osamentas de recién nacidos. En todos los entierros, hay postes o caña como posible indicador de entierro, su porcentaje es alto y se caracterizan por maderos, ramas y cañas.

 

Tabla 3. Dataciones Radiocarbónicas del cementerio Az-115.

 

En cuanto a la posición del cuerpo, no hay registros claros que definan una intencionalidad de orientar las inhumaciones y ofrendas durante el Período Medio Temprano; se establece sí que puede haber una inferencia estadística para clarificar cantidad de individuos con una orientación específica dentro de los parámetros de niveles de conservación intactos, semiintactos y alterados. La preparación mortuoria indica cuerpos enfardados en prendas de telar confeccionadas en fibra de animal (lana) y algodón. Mayoritariamente poseen bienes de ofrendas que comprenden piezas de cestería, maderas y telar. Hay también ofrendas de productos agrícolas como mazorcas de maíz y algodón.

Las ofrendas, por su parte, indican que la mayoría de estas piezas están manufacturadas en fibra de animal (lana de camélidos) y vegetal. En lana se confeccionaron una serie de miniaturas con formas de inkuñas, bolsas, talegas o costales. Piezas en miniatura también fueron confeccionadas en fibra vegetal, destacando pequeños pucos o vasijas selladas con aparente contenido de materiales en su interior. También fue usado el pelo humano en la confección de hilados decorativos u ornamentales. Algunas especies vegetales como tallos, pajonales, se emplearon posiblemente para simbolizar dardos o lanzas en escala de miniatura e incorporando espinas de yaro como puntas.

Los vegetales frecuentemente se incorporan a la arquitectura funeraria, presente a través de hojas, semillas, tallos, vainas, incluso algunos productos agrícolas como maíces, calabazas, algodón, formaron parte de los ajuares de los entierros. Las cañas fueron usadas como cubiertas y como señalizador de entierro. Con las ramas de yaro cubrieron y protegieron los entierros, lo cual constituye un rasgo particular desconocido en la arqueología del período. La tierra arcillosa fue usada para la manufactura de piezas en miniatura con formas de ollas y vasos. Entre los rasgos que componen las ofrendas, las miniaturas son las más representativas, su buena conservación implicó dedicación, protección y cuidado de estas prendas en las ceremonias fúnebres.

 

CONCLUSIONES

De la información obtenida en la prospección arqueológica del valle de Azapa, sumada a la investigación del cementerio Az-115 se desprenden varias hipótesis relativas al espacio fúnebre y las prácticas mortuorias de las poblaciones que habitaron dicho valle en los primeros seis siglos de la era cristiana, información valiosa dadas las escasas evidencias culturales y cronológicas de estas poblaciones de agricultores.

Desde el punto de vista de los espacios fúnebres, el cementerio Az-115 constituiría el Tipo 4, que corresponde a un sitio funerario ubicado en terrazas, donde los cuerpos fueron depositados en fosas. Se observa una reutilización al máximo del espacio fúnebre, puesto que el terreno es idóneo desde el punto de vista de la composición física de los estratos para cavar fosas fúnebres. Ahora bien, las dataciones obtenidas para los distintas formas de entierro en Az-115 arrojaron fechas que van desde los 100 a 600 DC (fecha convencional); no observamos un tipo de entierro más temprano que otro. Por ejemplo, los entierros en cistas de los cuales se obtuvieron cuatro fechados arrojan dataciones que van desde los 150 DC a 540 DC. Por otro lado, las dataciones provenientes de entierros en urnas arrojaron fechas del 210 y 440 DC, a diferencia de los cuerpos enfardados que van desde el 120 DC a los 590 DC. De esta información, podemos concluir que las poblaciones enterradas en Az-115 tuvieron tres tipos de enterratorios. Lo novedoso en relación con los períodos anteriores, Formativo y Arcaico Tardío, son los entierros en urnas confeccionadas en fibra vegetal y las edificaciones con forma abovedada, utilizando maderos para proteger el cuerpo.

Adicionalmente podemos señalar que la información de los espacios fúnebres indica que se usaron todos los espacios que les permitieran cavar una fosa, que los más utilizados fueron las terrazas y faldeos de cerro, algunos de ellos ocupados previamente por las poblaciones formativas, es decir, cercanos a aguadas y a las áreas residenciales. Para este período, asentarse próximo a los espacios húmedos fue fundamental, ya que allí se localizaban los recursos con los que levantaron sus moradas (cañas, totora y junquillos) y confeccionaron esteras de fibra vegetal con las cuales cubrieron a sus muertos. En el caso de las poblaciones Az-75, por ejemplo, éstas se enterraron a una distancia de 300 m desde donde se hallaban sus viviendas y a 700 m de las vertientes El Gallito, La Media Luna y Las Ribieras. Para enterrarse aprovecharon los faldeos del cerro San Lorenzo, abriendo cavidades de hasta 2 m. Sin embargo, este espacio presenta una superficie pedregosa lo cual hizo que la gente removiera una superficie de 6 m2 para depositar el cuerpo. La superficie excavada de este cementerio alcanzó unos 400 m2.

Respecto a las cavidades donde depositaron a sus muertos, éstas corresponden a estructuras subterráneas de diversa profundidad, alcanzando como máximo 2 m. Una característica de los cementerios de este período es la existencia de algunas cavidades revestidas con esteras de fibra vegetal, restos que han quedado in situ en la superficie. Algunos ejemplos los tenemos en Az-24, Az-75 y Az-145; en ellos se observan en superficie restos de fibra vegetal, piedras, cantos rodados y osamentas humanas, claros indicadores de una ocupación funeraria que además fue removida desde períodos prehispánicos.

Los entierros en este período, según antecedentes obtenidos en los cementerios de Az-75, Az-145, AZ-141, Az-6 entre otros, ocupan un espacio que va desde los 2 a 4 m2. Ahora bien, según fuera el tamaño del cuerpo del individuo fallecido, el espacio incluye el tamaño de la cavidad de la tumba, las piedras con que delimitaron dicha cavidad, el cuerpo y las ofrendas que lo acompañan. En algunos casos la remoción del cuerpo y su posterior re enterramiento, permitió que se ampliara la cavidad de la tumba. Así, por ejemplo, los restos disturbados fueron puestos al lado de entierros que no fueron disturbados, permitiendo la variación y ampliación de las tumbas en relación a su posición original. En otros casos, cuando el cuerpo o parte de éste fue extraído, y luego reemplazado por otro cuerpo, algunas piezas remanentes fueron reacomodadas en el nuevo entierro, lo que sumado al nuevo ajuar conllevó la ampliación de la cavidad original, permitiendo con esto que el espacio ocupado adquiriera mayores dimensiones.

En relación con los entierros de infantes, la información que arrojan los cementerios de Az-75 y Az-115, para algunos entierros, indica que se les construyó una tumba tipo cista, estructurada en base de piedras lajas y cantos rodados; el cuerpo desde la cabeza a los pies está cubierto por una camisa o manta; un rasgo distintivo de estos infantes es que llevan ornamentos tipo trenzas en las muñecas y en los tobillos, confeccionados en fibra vegetal; además, en algunos fueron depositados ornamentos de metal (cobre) y collares, piezas trabajadas fundamentalmente en concha marina. Sobre los entierros humanos no hemos hallado algún tipo de diferenciación entre las inhumaciones de adultos e infantes en lo referente a la estructuración de la tumba, posición y orientación del cuerpo. La diferenciación se observa más bien en el tipo de ofrenda que presentan algunos entierros. En el caso de los adultos, las ofrendas mayoritarias corresponden a instrumentos de trabajo, cerámicas y cestería, a diferencia de los infantes que presentan más piezas de adornos y en algunos casos entierros de animales, posiblemente mascotas, como perros y cuyes (Cavia porcellus).

De la información de las prácticas mortuorias referidas al cementerio Az-115, varios son los comentarios que se desprenden de este asentamiento, desde el punto de vista del patrón de entierro sumado a las dataciones por 14c obtenidas de ocho tumbas. A manera de hipótesis, hemos podido determinar una secuencia arquitectónica funeraria que se expresa en un perfil esquemático que abarcaría aproximadamente 600 años (Figura 16). Ésta tendría en sus inicios un estilo constructivo conformado por cámaras fúnebres cistadas delimitadas por un perímetro construido con cañas y ramas; además comienza la preparación de grandes cestos-urnas en cuyo interior se depositó el cuerpo de una persona fallecida. A partir del 400 DC el sistema constructivo de las tumbas llega a un nivel complejo en el cual observamos ciertos rasgos monumentales, entre ellos el uso de la técnica de cista en altura (pircado). En el caso de los cuerpos enterrados en cistas en altura, este rasgo puede responder a una posible vinculación jerárquica del individuo ya que no son muchos los casos; sin embargo, por el mayor número de entierro en esta época, pensamos que el sistema de entierro más usado fue el de los grandes cestos-urnas. En la etapa final de la tradición funeraria del cementerio de Az-115, vemos que los indicadores constructivos se simplifican construyendo cámaras mortuorias en cistas a una sola hilada de piedras, junto a capas de relleno con componentes vegetales.

Figura 16. Línea de tiempo, rasgos arquitectónicos representativos de la tradición funeraria del sitio Az-115.

 

Más allá de la complejidad que significó cada entierro, vemos una tradición en las prácticas funerarias que se remonta a los inicios de la agricultura. No hay información que se pudiese relacionar a prácticas funerarias estatales vinculadas con sociedades complejas, como pudo haber sido Tiwanaku, por lo tanto, el estudio de los patrones de entierros de Az-115 presenta cierta similitud a lo planteado por Stovel (2001) para el oasis de San Pedro de Atacama en el sentido de que Tiwanaku no habría influido en la conformación de las prácticas mortuorias de los grupos locales.

La fibra vegetal se constituye como un bien natural importante en las poblaciones de Az-115, utilizada en diversos aspectos culturales, es así como en el caso de la cosmovisión funeraria depositaron semillas en distintos espacios de la tumba, lo que demostraría una intencionalidad al expresar una posible relación del fallecido con el medio. Si analizamos los procedimientos de enterratorios donde se utilizaron los recursos naturales, en este caso las plantas, por su alto grado de conservación, sugieren que éstas fueron extraídas directamente de arbustos, totorales, pajonales, árboles, entre otros. Por lo tanto nos lleva a la hipótesis en el sentido de que antes de que se secaran estas plantas que eran parte de la estructura de los entierros, éstos debieron ofrecer un perfil cromático de varios colores, lo que pudo haber producido una escena "viva" o de contraste entre los colores de las plantas versus el color propio de la tierra. Otros elementos que reflejan la importancia de la fibra vegetal en las tumbas son los maderos o cañas empotradas verticalmente como señuelos de entierros. También el uso de ramas y espinas de yaro usadas posiblemente como protección para evitar actividades de depredadores naturales o la presencia de malos espíritus.

Al igual que la fibra vegetal, otro recurso importante fue la lana y las piezas que se tejieron con este material. De la función que posiblemente tuvo el tejido en el contexto social de las poblaciones de Az-115 se desprenden dos hipótesis. En primer lugar, el hallazgo de un alto número de piezas tejidas en miniatura llevan a pensar que es en este período en el que se comenzó a utilizar con mayor propiedad la lana; esto se ve corroborado por la presencia de textiles más grandes, en los que se plasmaron expresiones ideológicas y artísticas de las sociedades locales. Algunos motivos plasmados en fajas y camisas presentan formas geométricas, zoomorfas y antropomorfas. Aunque no está claro si estas piezas fueron confeccionadas en estos valles o traídas desde otros lugares, el hallazgo de instrumentos para tejer demostraría que la amplia variedad de piezas encontradas en el cementerio pudieron haber sido tejidas en el valle. En segundo lugar, el desarrollo que las poblaciones azapeñas alcanzaron con el trabajo de la lana habría implicado una relación entre poblaciones costeras y serranas, dada a través del intercambio de lana y tejidos por productos costeros, intercambio que se mantuvo en el tiempo a través de tráfico caravanero de llamas.

Un rasgo que marca importancia entre las piezas depositadas a los entierros en Az-115, son las miniaturas puestas como ofrendas en los entierros y, en algunos casos, al cementerio, ya que espacialmente aparecen sin asociación a tumbas (Figuras 17, 18, 19 y 20). Estas piezas no presentan vestigios de usos como decoloración ni rasgaduras de la cubierta del tejido, por lo tanto, su confección debió haber estado vinculada a un uso ceremonial de carácter funerario. Su presencia nos lleva al análisis hipotético de lo que pudo haber sido un universo comprimido, reflejado en estos objetos. La complejidad del trabajo textil que significó confeccionar estas piezas, en lana y fibra vegetal, sugiere la presencia de artesanos especializados en este tipo de pieza textil; por otro lado, implica haber tenido una vinculación con el mundo sideral en el contexto espiritual, lo cual los habría llevado a reflejar esta forma de sentir en la elaboración conceptual de estos objetos en miniatura.

Figura 17. Sitio Az-115, tumba 42. Ofrendas en escala en miniatura, tecnología textil.

Figura 18. Sitio Az-115, tumba 77. Ofrendas en escala en miniatura: arcos , dardos, textiles, cestería y objeto ceramico sin coser.

Figura 19. Sitio Az-115, tumba 153. Ofrenda en escala en miniatura: Capacho y envoltorios vegetales.

Figura 20. Sitio Az-115, tumba 30. Ofrendas de envoltorios vegetales para harina de maíz.

 

Un rasgo casi ausente en las tumbas de Az-115 es la cerámica, su presencia es bajísima. En el trabajo de miniaturas hay un alto registro del uso de greda, arcilla no cocida, con moldeamientos de pequeños pucos, esferas y platos. No se han registrado objetos de mayor volumen para actividades domésticas y rituales. De acuerdo con las evidencias registradas y analizadas, pensamos que el desarrollo de la tecnología alfarera fue más lento en contraposición con la tecnología textil. Esta última se aprecia muy especializada en la confección de, por ejemplo, mortajas que cubren los cuerpos, el trabajo de inkuñas, talegas, taris a escala en miniatura. En el caso de estas dos tecnologías, cerámica-textil, no se aprecia una sincronía de desarrollo paralelo. La cerámica que hemos registrado la podemos definir a través de fragmentos de superficie gris naranja con ausencia de decoración. El bajo nivel que se observa en cuanto a la manufactura de tiestos de cerámica sugiere que las poblaciones de Az-115 no habrían priorizado esta manufactura, a pesar de que conocían las técnicas, como sí lo hicieron con los textiles.

La población de Az-115 -a diferencia de otros grupos del valle de Azapa, vinculados tal vez a la influencia altiplánica pretiwanaku-, habría desarrollado una tecnología propia que les permitió configurar una identidad local. Algunos de los rasgos que pudieron haber sido parte de esta identidad fueron los entierros en cestos-urnas, el trabajo textil en miniaturas donde se destaca su fineza y combinación de colores en superficies restringidas, ejemplificando tal vez prendas de mayor tamaño. Este trabajo textil al parecer fue desarrollado por artesanos representando junto a los canastos en miniatura los objetos rituales con mayor complejidad e identidad de las poblaciones de este valle.

Desde el punto de vista de la composición social que entrega la descripción de las tumbas, observamos que a través de los peinados y vestimenta ha sido posible determinar un nivel jerárquico. La calidad de la vestimenta versus el individuo con estos atavíos, reflejaría una condición social determinada. En el caso del tratamiento de los peinados compuestos por moños gruesos, embarrilados con hilados de lana de color azul verdoso, refleja una diferenciación entre los entierros; también se observa en los niños diferencias en el ajuar que incluye en algunos casos mascotas como perros o piezas excepcionales como adornos en metalurgia.

En una perspectiva más amplia desde el punto de vista de la estructura social, las poblaciones enterradas en Az-115 fueron agricultores, que cultivaron tubérculos, calabazas, maíz y algodón, asentados en un complejo ecosistema desértico, sustentado éste por vertientes y humedales. Esta situación, al parecer, conllevó a que la actividad tecnológica agrícola se desarrollase de manera más compleja, ya que demandó una mayor planificación y diagnóstico, en cuanto a las áreas de superficie cultivadas. El conocimiento de los recursos hídricos habría permitido canalizar las aguas de vertientes y ser conducidas por acequias a planos seleccionados para la agricultura. Esta actividad debió demandar un conocimiento profundo de la topografía, que les permitiera conducir las aguas por desniveles artificiales. La adquisición de este tipo de conocimiento implicaría que esta población local utilizó al máximo los recursos que le proporcionó el medio, no solo a través del uso de vertientes, sino también durante la estación estival (enero y febrero) con las aguas traídas por el cauce del río San José, con las que estos ecosistemas húmedos habrían crecido en un hábitat adecuado para camarones, lisas y aves andinas, potenciando de esta manera la actividad de caza y recolección en el valle. El conocimiento de esta red hidráulica implicaría la existencia de especialistas en el valle, encargados de manejar los recursos hídricos, aunque este control habría tenido una connotación ritual, como se desprende del hecho que hayan ofrendado a wakas en cuyo entorno se ubican las vertientes. Finalmente la presencia de arcos y dardos con puntas hallados en algunos entierros en AZ-115, sugiere que se trataría de un grupo humano que jerarquiza su potencial hacia el empleo de una tecnología de defensa vinculada tal vez a la protección territorial y manejo de recursos naturales.

Ahora bien, de las dataciones 14C obtenidas del cementerio Az-115, sumadas a las de Az-7515 (Muñoz 1995/1996) y Az-83 (Rivera 1987), se desprenden tres comentarios. En primer lugar, si consideramos las fechas más tardías de estos cementerios (400-600 DC), nos cabe la pregunta: ¿fueron estas poblaciones las que iniciaron la organización agraria del valle culminando con la planificación y edificación del poblado de San Lorenzo? Para lograr este objetivo ambas poblaciones se habrían posesionado de una economía consolidada agrícolamente y complementada con recursos de caza, pesca y recolección marina y terrestre. Se asentaron en una franja territorial estratégica, ubicada en el sector medio del valle de Azapa, donde se hallaban los mayores recursos hídricos. Estas poblaciones a partir del 700 DC al parecer lograron cohesionar una unidad social, administrativa, política y económica como plantea Muñoz (2004), lo cual permitió la planificación del centro administrativo de San Lorenzo (Az-11), el asentamiento más emblemático del desarrollo agrícola costero en los valles de Arica. En ese sentido, la información cronológica y cultural que arroja el cementerio Az-115 es relevante ya que nos muestra cómo se cimentaron las líneas de producción agrícola en el valle de Azapa, explicando el modelo de asentamientos planificado a partir de la consolidación del proceso agrícola y ganadero. De tal manera que, al haberse encontrado una línea productiva, en el cultivo del maíz, calabazas, camote y mandioca, entre otros productos, hizo que las tierras del valle se convirtieran en un espacio atractivo para los intereses tanto de los agricultores como de los pescadores de la zona. Estos últimos se habrían integrado a este proceso trasladando sus viviendas desde la costa al valle, no obstante la explotación del mar siguió efectuándose permanentemente.

En segundo lugar, llama la atención la ausencia de cerámica pintada en el cementerio de Az-115, especialmente del estilo Cabuza. Esta situación nos llevaría al plano de las hipótesis en el sentido que por un lado Cabuza sería un estilo tardío, confirmando lo que han arrojado las dataciones radiométricas (Focacci 1982; Schiappacasse et al. 1991; Espoueys et al. 1995; entre otros). Sin embargo, si aún se sostiene la hipótesis acerca de que habría un estilo de cerámica pintada tipo Cabuza temprana, ésta debió haber coexistido con poblaciones que no decoraron su cerámica, posiblemente debido a que la alfarería no alcanzó a tener un rol importante, como pudo haber sido el caso de Az-115.

En tercer lugar, al igual que el estilo Cabuza, no observamos motivos relacionados con la influencia Tiwanaku (fase 4 y 5), lo cual sugiere que esta presencia fue tardía, después del 1000 DC, como lo plantearon tempranamente Focacci (1982) y Cassman (1997), y recientemente Korpisaari et al. (2014). Sin embargo, como lo señalan Rivera (1976), Focacci (1983), Muñoz (2004), Uribe (1995), Espoueys et al. (1995), entre otros, contactos entre la costa del Pacífico y el Altiplano Circumtiticaca se dieron desde antes de la era cristiana con la presencia de piezas y bienes exóticos; entre ellos, collares, textiles, llevando entre sus motivos algunos incluso la representación de la figura del sacrificador. Es probable que todas estas piezas fueran parte del intercambio que pudo haberse dado durante los primeros seis siglos de nuestra era. Así y todo no observamos un dominio ideológico por parte de grupos externos vinculados con alguna cultura altiplánica en el valle de Azapa.

Figura 21. Secuencia arqueológica del valle de Azapa y borde costero de Arica, se incluyen las fases San Lorenzo y Cabuza-Maitas.

Si bien es cierto que Az-115 presenta rasgos que recuerdan algunas expresiones del Período Formativo, como el uso de postes indicativos de entierro, sin embargo, dudamos de que estas poblaciones hayan sido parte del Período Formativo en su fase tardía, puesto que no se evidencian cementerios en túmulos, ni se observa la dependencia de los recursos de la costa, como sí ocurre en las poblaciones Fase Alto Ramírez, que caracterizan el Período Formativo Tardío en el valle de Azapa (Muñoz 1989).

De lo anterior se propone para el Período Medio la existencia de una primera fase, la que presentaría una impronta propia de una población local, donde los motivos y rasgos Tiwanaku son casi nulos. Los fundamentos para establecer esta primera fase, a la cual hemos llamado San Lorenzo, serían: 1) planificación y organización de los asentamientos en el valle, 2) consolidación del trabajo de la tierra a través de líneas productivas de cultivo, 3) establecimientos permanentes en el valle de Azapa, a través de aldeas, vinculadas a recursos hídricos, 4) desarrollo de tecnología hidráulica, a partir de la explotación de vertientes, 5) presencia de actividad ganadera de la especie camélido en el valle, 6) distribución a lo largo del valle de distintos tipos de cementerios, en los cuales además se observa tres tipos de tumbas en fosas: a) cuerpo protegido con una base cistada de piedra, b) cuerpo protegido por una estructura elevada, conformada por maderos y piedras, y c) cuerpos depositados en canastos; 7) desarrollo de artesanías especializadas en textilería, trabajo en fibra vegetal y madera, confección de objetos en barro (no cocido) y en menor presencia el trabajo en piedra. Un aspecto destacable, por su alto nivel de especialización, es el trabajo en miniatura, expresado en la confección de cestos, formas de textiles y pequeñas piezas elaboradas en barro con formas de ollas.

 

COMENTARIOS FINALES

Az-115 habría sido parte de una población que se asentó en el valle de Azapa con el propósito de explotar agrícolamente el valle, y para lo cual canalizó los recursos hídricos a partir de las vertientes de agua disponibles. Tuvo un desarrollo avanzado en la textilería, demostrado en el trabajo en miniaturas. Desplegó un tipo de arquitectura propia, sustentada en la construcción de muros de caña y cimientos de piedra. Además, se observa el surgimiento de aldeas vinculados a especialistas, siendo por lo tanto una sociedad tecnológicamente sólida y planificada. Tuvo un patrón de entierro diferenciado, donde destacan las tumbas abovedadas o los entierros en canastos, lo que señalaría el fortalecimiento en el uso y percepción del espacio. En virtud de estas evidencias, nos atrevemos a plantear que la primera fase del Período Medio en el valle de Azapa estaría dada por lo que llamaremos Fase San Lorenzo (Figura 21). Esta fase, a nuestro juicio, muestra un desarrollo propio como consecuencia de una experiencia local, más que una influencia externa de carácter altiplánico.

La segunda fase de este período, se relacionaría con la influencia Maitas-Chiribaya, alrededor del 900 DC, la cual tendría sus fundamentos a partir de la definición dada por Dauelsberg (1972), pero para lo cual habría que considerar la presencia mayoritaria de cerámica decorada representada por una variedad de estilos, incluidos entre ellos los de Tiwanaku.

 

AGRADECIMIENTOS

Este artículo es producto de la investigación desarrollada en el proyecto FONDECYT 1130249. Se reconoce el apoyo del Convenio de Desempeño Universidad de Tarapacá-Mineduc. Se agradece la colaboración del Sr. José Raúl Rocha, encargado de la Oficina de Catalogación del Departamento de Antropología de las Universidad de Tarapacá con quien prospectamos y discutimos la problemática del valle de Azapa, y además fue quien confeccionó las figuras y tablas que ilustran el presente texto. Agradecimientos especiales a Octavio Lagos Flores por la edición del manuscrito y sus comentarios en la formulación del texto final de este artículo.

 

Notas

2 Para los valles de Arica, la información bibliográfica señala que el Período Medio se definiría por la presencia de la influencia Tiwanaku, representando a través de la cerámica y los tejidos sus formas y diseños. Hoy reconocemos cronológicamente que estas evidencias son tardías para nuestra región, las que irían en un gran porcentaje sobre el 1000 DC. Por otro lado, los estudios en cementerios, como Az-75 y recientemente Az-115 —tema del presente estudio- indican que entre los 100 y 800 DC (según fechados calibrados) existieron patrones de entierro con una clara ausencia de rasgos tiawanacotas, llevando una impronta cultural de carácter local de tradición valluna, a la que denominaremos Fase San Lorenzo. Ahora bien, entendemos esta primera fase como una población agrícola que se ha consolidado en su actividad, con tecnologías agrarias y de canalización de agua. Los productos de la costa se presentan como complementarios a la dieta, pero no son gravitantes como en el Período Formativo. Aparte de la producción agrícola, adquiere relevancia la recolección de plantas silvestres y el aporte ganadero. Bajo este concepto, su desarrollo habría superado en esencia el del Período Formativo.

3 El estudio de los cementerios, tanto a nivel de distribución espacial, como la descripción de los contextos funerarios de Az-115, nos permitió desarrollar dos niveles de análisis. El primero considera la relación espacial cementerio versus las características de su entorno, el segundo versa sobre el análisis de las tumbas que conforman el cementerio de Az-115, a través de la arquitectura funeraria, formas de entierro, ofrendas y relación entre entierros. Toda esta información, nos permitió ahondar en el modo en que estas poblaciones se organizaron en dos dimensiones, en el plano paisajístico y en la ritualidad funeraria vinculada con el culto a los ancestros.

4 Desde el punto de vista antropológico, se entiende por estructura social los lazos que vinculan a los individuos en grupos sociales. En las sociedades simples estas conexiones incluyen descendencia, sexo, edad, religión, intercambio económico y alianza matrimonial; en las estratificadas comprenden, también, patrones de ocupación espacial, grupo étnico y clase (Barfield 2000). Por lo complejo del tema en relación a la investigación arqueológica propuesta, la estructura social será entendida como la relación de un grupo social con su entorno, las posibles relaciones espaciales entre un grupo y otro, y la diferencia de roles al interior de un mismo grupo. Los indicadores que hacen plausible llevar a cabo la tarea propuesta son los estudios de los patrones y sistemas de asentamiento y los estudios de los contextos funerarios.
En las poblaciones del Período Medio en el valle de Azapa, a través de los estudios de cementerios, es posible visualizar registros que nos permiten discutir aspectos ligados a la estructura social de los agricultores; en el caso de Az-115, por la presencia de distintos tipos de entierros y ofrendas halladas en ellos.

5 Reconociendo lo complejo que es interpretar los restos mortuorios de sociedades del pasado, con un nivel de ritualidad que implicó la remoción total o reacomodo de cuerpos, renovación de ofrendas y vestimentas, etcétera, consideramos que dicha información, al momento de estudiarla, es relevante, pues nos permite, a través del análisis mortuorio, conocer aspectos propios de la vida ceremonial, relacionada con vestimentas, alimentación, tecnologías, entre otros usos. En nuestro caso, pretendemos lograr un acercamiento al estatus del individuo, incorporando un análisis de los diferentes componentes de un cementerio, incluyendo en ello la disposición del cuerpo, el ajuar funerario, la arquitectura de la tumba y su distribución espacial.

6 Los trabajos vinculados al Período Medio que describen la distribución de entierros en el contexto de un cementerio para los valles de Arica, son muy escasos. Uno de los antecedentes bibliográficos corresponde a la publicación del sitio Az-6 (Focacci 1990).

7 Az-115 corresponde a un amplio cementerio excavado Entre los objetivos de esas excavaciones estuvo obtener información que nos permitiera conocer la distribución espacial de los cuerpos enterrados; la excavación arqueológica tuvo tres temporadas de trabajo en la década del 2000 (2004, 2005 y 2006) más dos temporadas de salvataje en la década de los ochenta y noventa. Esta extensa actividad de campo fue realizada por el Departamento de Antropología de la Universidad de Tarapacá.

8 La Prospección Indirecta dice relación con el uso de tecnologías como fotografías aéreas, cartografía e información geográfica sa-telital (Google Earth). La Prospección Directa se realizó con el propósito de completar y contrastar la información de gabinete. Para tal efecto se trazaron transectos de recorrido paralelos a la caja del río, con una distancia entre ellos de 20 m. En relación a los cementerios prospectados, mencionados en el artículo, éstos se ubican desde el kilómetro 5 al 16 del valle de Azapa. La altura máxima alcanza los 430 msnm.

9 Un espacio fúnebre constituye una red de atributos específicos que pueden concernir, más allá del cementerio propiamente tal, recintos habitacionales de carácter ritual, redes viales, áreas rituales de petroglifos, canteras naturales que proporcionan el material litológico para la arquitectura de cámaras funerarias.
En cuanto al tipo de espacios fúnebres, éstos se caracterizan por su ubicación, relación con otros asentamientos habitacionales y sus características arquitectónicas.
En el caso de los sitios nos referimos a una delimitación espacial que contiene características funerarias homogéneas, tanto desde el punto de vista cultural como arquitectónico.

10 Según Focacci (Com. pers. 1980) al referirse a los Yatire, señala que estas personas tenían conocimientos de plantas medicinales. A través del uso de alucinógenos, lograban tener conocimientos del mundo sobrenatural, constituyéndose por lo tanto en intermediarios entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

11 Utilizamos el término disturbado (alterado) para referirnos a cuerpos que han sido alterados o removidos, con el propósito de reutilizar el espacio con un nuevo entierro. Estas prácticas pueden haber sido desarrolladas por la misma población o por nuevos grupos humanos que ocuparon el cementerio.

12 Esta hipótesis sobre la pérdida de filiación estaría fundamentada por la presencia de restos óseos dispersos, no atribuibles a acciones de saqueo, sino más bien a cuerpos que fueron abandonados y que dejaron de ritualizarse.

13 La hipótesis de un desarrollo y crecimiento gradual, se fundamenta a partir de una metodología de distribución de fechados en el cementerio Az-115, considerando, en primer lugar, la distribución de cuerpos en dirección este oeste y norte sur, y ubicación de entierros de menor a mayor profundidad en cuanto al perfil expuesto (Ver plano, Figura 15).

14 En el cementerio Az-115, la superposición de cuerpos fue realizada por la población que construyó el cementerio en el tiempo, con el propósito de maximizar el espacio disponible que presentaba la terraza donde se ubica el asentamiento funerario.

15 El cementerio AZ-75, corresponde a poblaciones agricultoras del valle (300-600 DC) sepultadas en fosas, cubiertas de arena y piedra y marcadas algunas de ellas con un palo delgado o caña. Una característica de este cementerio son tumbas que contienen cuerpos descabezados o solamente el cráneo. Los cuerpos aparecen sentados con las piernas flexionadas envueltos en camisas de tejido fino de color beige con decoración en listas o bandas multicolor.

 

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Recibido: abril 2015. Aceptado: marzo 2016.

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