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Revista de derecho (Valdivia)

versión On-line ISSN 0718-0950

Rev. derecho (Valdivia) v.16  Valdivia jul. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09502004000100016 

Revista de Derecho, Vol. XVI, julio 2004, p. 284-288

RECENSIONES

 

Robert P. George: Para hacer mejores a los hombres. Libertades civiles y moralidad pública. Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2002 (trad. cast. de Making men moral. Civil liberties and public morality, Oxford U. Press, Oxford, 1993) (226 pp.).


 

La que fuera la primera obra exclusiva del ahora muy divulgado –al menos en los círculos académicos angloparlantes– professor de Princeton Robert P. George puede ser ahora leída en español gracias a la estupenda traducción hecha por Carmen Ruiz para EIUNSA (mención aparte merecen los excelentes títulos que completan la colección a la que la obra en comento pertenece).

En este libro el Autor aborda un tema de suyo interesante como es el referido al perfeccionismo, o paternalismo como también se ha conocido la doctrina que afirma que el poder político tiene la facultad y el deber de exigir por medio de la ley –lo que implica un eventual uso de la coacción– el cumplimiento de determinadas obligaciones morales y así también de prohibir las conductas que sean viciosas.

Tal doctrina (que supone la existencia de verdades morales objetivas y la cognoscibilidad de las mismas) sin embargo, ha sido rechazada como cuestión de principio por el liberalismo –en todas sus manifestaciones– pues comportaría una injusticia querer imponer una moral, cualquiera que sea, por considerar que toca un punto propio de la esfera individual y en consecuencia de naturaleza controvertida. De esta manera los principales exponentes del liberalismo político han defendido, por sendas argumentaciones, la imposibilidad e injusticia del perfeccionismo.

Ante tal estado de la cuestión, George opta por un método certero, ir, autor por autor –y para ello ha elegido a los más significativos representantes del liberalismo–, exponiendo sus argumentos en contra del perfeccionismo para luego refutarlos mediante un impecable ejercicio de dialéctica –método propio del jurista–, salvando obstáculos y estableciendo preconclusiones en un camino que conduce finalmente a la total validación del perfeccionismo. Previo a lo anterior, realiza un esbozo de la comprensión que la Tradición Central Preliberal –originada en Aristóteles y Tomás de Aquino– ha tenido sobre el perfeccionismo y la legislación sobre moral.

De esta guisa, la tesis principal del libro afirma que el Gobernante puede y debe –sin que ello signifique lastimar ningún derecho o libertad particular– imponer o prohibir, según sea el caso, determinadas conductas para tutelar un medio ambiente moral –ecología moral– libre de todo vicio, medio ambiente que es un bien común, parte integrante del bien común, cuya prosecución (así el art. 1º de la Constitución Política de la República) es un deber del Estado.

La base filosófica y antropológica en que George se apoya es la desarrollada por la Nueva Escuela del Derecho Natural (New Natural Law Theory), de manera tal que subyace en sus argumentos el concepto de bienes humanos básicos, cuya búsqueda por los individuos determina la razonabilidad de las acciones y elecciones personales, siendo entonces la ley natural la ley de lo razonable.

A lo largo de los siete capítulos que componen este texto el profesor de Princeton va venciendo las variadas críticas que se han presentado en contra del perfeccionismo, comienza, sin embargo, luego de exponer el perfeccionismo clásico, por describir y corregir un perfeccionismo, que podríamos llamar constitucional, como el planteado por Devlin en su, ya histórico, debate con Hart. Devlin propone, como valor ancla del ordenamiento jurídico la cohesión social, siendo la desintegración el más funesto mal que puede afectar a una comunidad, George reformula esta concepción, primero salvando las críticas de Hart y después mostrar que la cohesión social debe estar supeditada al bien de la razonabilidad práctica, es decir, por mucho que una determinada norma represente los valores constitutivos de una comunidad, si ésta no se apoya en una moral verdadera, no puede tener fuerza obligatoria, v.gr. si la esclavitud fuese el principio constitutivo de una determinada sociedad cuya aplicación una mayoría sustancial considera beneficiosa, tal circunstancia no brindaría una razón para mantenerla.

En el capítulo tercero se revisa el argumento de Dworkin de que el perfeccionismo importaría privar a las personas que no comparten la moralidad impuesta por las leyes morales de su derecho a ser tratadas con igual consideración y respeto, derecho que deriva a partir del principio de igualdad, lo que se traduce en un derecho a la independencia moral en materias privadas, de esta manera lo contrario demuestra un desprecio por quienes no comparten las leyes sobre moral, George refuta esta tesis diciendo que a) el perfeccionismo precisamente implica un aprecio por la persona, a la cual no se quiere ver envuelta en conductas que produzcan un verdadero daño a su dignidad y b) el respeto a las personas es un respeto a las mismas en cuanto personas, lo que no quiere decir respetar todas sus acciones o elecciones, por otra parte toda persona será siempre libre en su fuero interno de disentir de una determinada norma, por tanto su autorrespeto no se verá afectado. No está de más decir que la legislación de la moral no es la única que impone normas que podrían no ser del gusto de todos, todas las leyes funcionan de tal manera, de modo que el argumento no es una ataque propio al perfeccionismo.

George se pregunta en el capítulo siguiente si el deber de no-intervención gubernamental, que en ciertos casos garantiza la ley, tiene por correlato un derecho a hacer el mal. Así analiza la tesis de Jeremy Waldron de que se puede hablar de un derecho moral a realizar un acto que está moralmente mal en circunstancias en que sea moralmente malo que alguien interfiera en que otro realice ese acto, a lo que George responde que no hay una derivación lógica entre ambas afirmaciones, siendo la causa de ese deber de no-intervención las razones prudenciales que en determinados casos pueden existir para no prohibir una conducta inmoral y no la existencia de un derecho a hacer el mal.

En los siguientes dos capítulos (5 y 6) el autor se hace cargo del valor de la autonomía, analizando primero la concepción que de ésta tiene un antiperfeccionista como Rawls, cuyo método de determinación de normas excluye toda solución perfeccionista para una comunidad política. George demuestra cómo es que esto se produce por el especial diseño de la posición original que crea Rawls en su Teoría de La justicia, y que en su base tiene sustantivos enclaves liberales, en especial la concepción de persona que maneja Rawls. Luego aborda los argumentos de un rawlsiano, el profesor Richards, quien extrema las premisas de la teoría de Rawls hasta formular un constructivismo ético en donde, partiendo de una concepción fuerte de la autonomía, se valida toda acción y elección que realice un individuo con el único límite del daño a terceros. El perfeccionismo no admite esta tesis pues el constructivismo ético eleva el querer a la categoría de razones, confundiendo lo propio de la razón práctica con lo propio de la voluntad, cuando el sólo querer es un motivo subracional para la acción, por lo tanto indigno de ser tutelado jurídicamente.

Posteriormente, se da cuenta de la concepción de Raz, un perfeccionista liberal, quien disiente del perfeccionismo de George por su defensa de la coacción como medio para hacer cumplir la moral, pues –dice Raz– tal proceder no se condice con un respeto por el valor de la autonomía, pese a que reconoce que ésta sólo tiene valor cuando se ejerce en pos de la moral verdadera; George refuta su planteamiento señalando por una parte, que la autonomía personal no es un bien básico, es sólo una condición para el ejercicio de las elecciones libres, siendo el verdadero bien básico la razonabilidad práctica. Y agrega después que la coacción no es patrimonio exclusivo de las leyes morales sino de todas las leyes, en especial de las penales.

Finaliza el autor haciendo una exposición de la situación en que quedarían los principales derechos y libertades civiles y políticas al apoyarse en la versión del perfeccionismo que propone. Ello redundaría en una protección mayor que la brindada por las premisas del liberalismo, cuyas soluciones aparecen –al ser revisadas en profundidad, como en esta obra se hace– como arbitrarias, pues al no derivar los derechos de los bienes, éstos terminan surgiendo del querer subjetivo, variable e indeterminado. De este modo George pretende derribar el mito de que el perfeccionismo sea antidemocrático o antipluralista.

Las virtudes de esta obra, cuya lectura creo sería de gran provecho para iusfilósofos, constitucionalistas y teóricos políticos, son varias. En primer lugar la acribia de su autor, cuyo método dialéctico permite al lector ir desarrollando en su propio entendimiento los argumentos y contraargumentos presentados, y cuya honestidad intelectual, manifestada en constantes referencias bibliográficas, dejará al lector con una visión panorámica bastante contundente del debate en torno al perfeccionismo, al menos en el mundo anglosajón. De este modo será posible que el mundo académico nacional acceda a una vertiente menos conocida en los círculos criollos de la filosofía política anglosajona contemporánea.

Finalmente la lectura de esta obra brindará a todos aquellos que, por una serie de motivos, tienen una intuición en el sentido del perfeccionismo, buenas razones para defenderlo.

En consecuencia, para hacer mejores a los hombres, está llamado a ser un libro clásico de la filosofía política contemporánea, cuya lectura deberá ser completada, en el futuro, con las excelentes obras de Robert P. George, ya publicadas y que se encuentran disponibles sólo en lengua inglesa.

Juan A. Vío Vargas