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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.33 n.47 Valparaíso  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342000000100014 

Revista Signos 2000, 33(47), 183-184

RESEÑAS

Gutiérrez, León Guillermo: Evangelios de la tierra. México D.F.: Instituto Veracruzano de Cultura. Colección Los cincuenta, 1999.

Mariela Insúa Cereceda



En Evangelios de la tierra del poeta mexicano León Guillermo Gutiérrez, se plasma un recorrido por las intrincadas rutas de la existencia del hombre que debe lidiar con lo sagrado y lo profano. Esta obra se compone de cuatro partes imbricadas, cada una liderada por un elemento. Aire, fuego, agua y tierra se suceden en esta vía de huida, encuentro, pérdida y remembranza. Asimismo, todas estas partes son evangelios y con ello procuran dar a conocer un estado particular. En este caso, el intento comunicante se vincula a una carencia que es propia del hablante pero que es factible extenderla a la instancia vital de todo ser que busca saciarse en el recuerdo.

La primera de estas partes, «Evangelios del aire», nos sitúa ante un hablante adolescente que huye y divaga. Incluso la religiosidad se ve coloreada por esta actitud rotante: «rezo, blasfemo, enciendo y apago cirios» («Paisaje en rotación»- p.14). El murmullo de otros que sufrieron de este mal de «carne adolorida» se hace eco en las murallas de la habitación donde «dibuja» sus versos. Es este un espacio de tributo a Vallejo, Whitman y San Juan de la Cruz. Destaca, en este trasfondo de incertidumbre, «El nombre del poema» (pp.18-19). Con su «voz en la tormenta» el sujeto nos acerca a la confesión de una pérdida adánica. El nombrar ya no posee la potencia que tenía en los orígenes y de aquí deriva el anhelo de retorno a esa tierra «de donde fui sacado» que será una constante en las siguientes partes. No obstante, no sólo se añora la palabra perfecta sino también a un otro con el que se compartió una noche de diálogo plagado «de signos y presagios/ de luces y de ángelus» «(Nocturno del alba» - p.22).

A continuación, «Evangelios del fuego», precedido por un epígrafe de Luis Cardoza y Aragón, se circunscribe al paso del hablante por el deseo del otro que ya se prefiguraba en el último poema de la sección anterior. El extravío halla su sanación en el sacrificio. La mirada es el vínculo que estrecha al yo y al tú. En los versos proliferan ojos en busca de esa luz que colma, deleita y derrite. Es ante estos ojos que el sujeto consigue recuperar parte del botín pasado: «y en esta eucaristía, recupero mi nombre primigenio» («Piedra de sacrificio» - p. 31). De este modo, se consuma la rendición del yo frente al tú que sana la herida de la pérdida. Este acto de entrega voluntaria al fuego de la carne lo ha purificado y le ha permitido acceder a un estado armónico ya olvidado. El espacio del Puerto de Galveston, presente en los poemas, «Sábado de Gloria» y «Dibujos de Galveston» constituye el ámbito de asidero de esta dicha pasajera.

En «Evangelios del agua», estamos ante el sujeto solo junto al mar, lo que ya está sugerido en el epígrafe de Lezama Lima. Un océano separa y une a los amantes. Tras el consuelo primaveral que se observa en el segundo poema de esta parte («Primavera en Madrid»- p. 50), el hablante retorna al extravío que, tras conocer el estadio de plenitud, se torna aún más agónico que en un principio. Dicho desgarro vuelve a vincularse a la pérdida del «hilo primigenio» («Luz de agua»- p. 53). En «Desde la ventana», uno de los poemas más notables del conjunto, se hace patente que la carencia se proyecta hacia el pasado. Su historia familiar lo observa desde la repisa y nuevamente la mirada ocupa un lugar preponderante. Sus padres enmarcados en los retratos de adolescencia son testigos mudos. Asimismo, otro lo vigila desde el reflejo del vidrio de la ventana. Y la secuencia se cierra con un verso que plantea un camino de lectura del libro: «Detrás de la ventana alguien me ve / que escribiendo me veo» (p.55). Así, el sujeto que escruta su presente y su pasado a través de la confesada actividad escritural, está frente a alguien que tras el vidrio lo observa en su afán. Si ampliamos el alcance de estos versos al poemario, podríamos afirmar que estos evangelios entregan la noticia de un sujeto que se quiere dar a conocer en el más allá de la ventana.

La obra se cierra con «Evangelios de la tierra», meta del transitar por los elementos previos. Tierra, origen, madre, infancia se aúnan en el entramado de los versos como añoranza irrecuperable. La armonía de la edad primera, en que el hablante se tuteaba con el mundo circundante y era dios en sus juegos, ha sido desplazada por el insuficiente rememorar de aquella cosmogonía. El hablante retrata el trágico colapso con la temporalidad, fue entonces cuando el horizonte del paisaje infantil se transmutó en «línea fina» y en «filo de navaja» («Puerto de Amsterdam» - p. 65). Cabe acotar que al romper lazos con el origen, el sujeto pierde el hilo de su destino y siempre «está por llegar» («El camino» - p. 66). El hablante se despide en «Buenas noches», con lo cual se acentúa la idea de comunicación con el polo receptor. Esta despedida consiste en inventariar sus pertenencias en la lejanía de un café de Austin. Ellas son el compendio de esa lucha permanente por recuperar el don una vez poseído. De este modo, confluyen en las palabras finales vestigios de su pasado y del de otros que como él sintieron el flagelo del anhelo de lo inaprehensible. El poemario se cierra con un poema breve titulado «Autobiografía instantánea» que ilustra la vuelta al extravío cadente y solitario del viajero.

León Guillermo Gutiérrez materializa la travesía del sujeto poético en versos libres y de métrica variada. El lenguaje se torna diáfano y las resonancias se integran al sistema sin ostentación. El experimentalismo gratuito cede frente a una intención de comunicación poética con mayúsculas. Las imágenes se pueblan de referencias religiosas y se confabulan elementos católicos con el proceder del sacrificio azteca. El aporte del autor radica en que la exquisitez de la combinación no oscurece la humanidad que late en sus versos.

En Evangelios de la tierra cada poema es parte del compendio vital que procura retratar el periplo del ser. Un sujeto hecho de palabras es centro del evangelio que se funda en la escritura y el lector, frente a esta honestidad existencial, se siente tentado a dejarse evangelizar.