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Revista de ciencia política (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-090X

Rev. cienc. polít. (Santiago) vol.31 no.2 Santiago  2011

 

REVISTA DE CIENCIA POLÍTICA / VOLUMEN 31 / N0 2 / 2011 / 187 - 206

EL MAPU Y EL ROL TRANSFORMADOR DE LAS ÉLITES ILUMINISTAS: REVOLUCIÓN, PRAGMATISMO Y DISIDENCIA

The MAPU and the Transformative Role of the Enlightenment Élites: Revolution, Pragmatism and Dissent

 

ESTEBAN VALENZUELA VAN TREEK*

Pontificia Universidad Católica de Chile


RESUMEN

El Movimiento de Acción Popular Unitario, MAPU (1969), rompió con la Democracia Cristiana (DC) para sumarse al socialismo, luego se renovó contribuyendo a la alianza DC con socialistas en la pragmática Concertación. El MAPU demuestra el aporte "transformador/innovador" de élites iluministas, que pasan de la ruptura a jugar un rol fundador de nuevas coaliciones. El debate tradicional en ciencia política de élites funcionales o disruptivas puede ser enriquecido con la idea de élite transformadora que mueve o estabiliza el sistema en diferentes etapas en su afán modernizador. Para algunos expresa un modelo cínico de acomodo, para otros un caso de flexibilidad e innovación. En este artículo se valora la transformación como síntesis.

Palabras clave: MAPU, élites políticas, transformación, iluminismo, socialismo cristiano.

ABSTRACT

The Popular Unitary Action Movement, MAPU (1969-1989), splitfrom the DC to join the socialism and after a renewal helped the union of DC with the Socialists in the pragmatic "Concertación". The MAPU demonstrates the "transformative/innovative" contribution of enlightened élites, who moves from rupture to play a role in founding of new coalitions. The traditional debate in political science of disruptive or functional élites can be enriched with the concept of transformative élite that shakes and then stabilizes the system in the modernization process. To someone's might express a cynical pattern of accommodation, for others a case offlexibility. This article seeks to highlight the transformative role as a synthetic concept.

Key words: MAPU, political élites, transformation, enlightenment, Christian socialism.


 

I. EL ROL TRANSFORMADOR Y DIVERSO DE LAS ÉLITES EN LA MODERNIZACIÓN

La idea de élite política agrupada en un partido o grupo de influencia es sospechosa, como polémico es catalogarlas de funcionales-conservadoras o disfuncionales-disruptivas (Alcántara: 2003), ya que el análisis comparativo nos muestra las disidencias al interior de las propias élites aunque exista una tendencia a una mayor homogeneidad social y programática. Además, la historia permite observar que cuando los grupos dirigentes sólo administran, sin modernizar y abrir los sistemas, se incuban grupos contestatarios alternativos y tensiones sociales. A su vez, cuando sólo cuestionan y no tejen redes de poder, se marginalizan y dejan de ser élites. Por tanto, las élites son transformadoras o dejan de serlo, lo que permite comprender sus fases disruptiva, pragmático-administradora, disidente y renovadora.

Al focalizarnos en el rol transformador de las élites iluministas -aquellas que acceden al poder por méritos intelectuales más que por poder económico o militar-, este trabajo se aparta de la difundida literatura politológica sobre la tendencia a la reproducción del poder entre las élites, desde los clásicos Michels, Mosca y Pareto, pasando por Wright Mills (1957) que acuña el concepto de élite de poder, que se diversifica, pero mantiene vínculos, hasta los cientistas políticos que estudian las negociaciones entre miembros de los sectores dirigentes que permiten los consensos que facilitaron las transiciones a las democracias de la década de los ochenta del siglo XX (O'Donnell, 1986), promoviendo encuentros cara a cara (Cavarozzi, 1992) de antagonistas que pactan para viabilizar regímenes democráticos desde la España posfranquista en 1976 a los acuerdos que promueve entre opositores y pinochetistas la Iglesia Católica en los años 1985-1988 (Higley y Gunther: 1992). En las últimas décadas, ya no sólo se les considera grupos pactistas por su rol dirigente, sino que élites que tienden a converger en intereses homogéneos y a habitar intelectualmente en una mayor convergencia programática (democracia liberal y capitalismo con beneficios sociales), debido a que el mismo grupo dirigente proviene de los mismos estratos sociales y principales universidades. Joignant (2009) cita a Gaxie (1983) quien advierte que esta homogeneidad les permite poner límites a su rivalidad interna.

La homogeneidad sería por origen social, por sus redes de influencia, por su condición escolar o por las preferencias culturales y políticas (Alcántara, 1997; Espinoza, 2010). Óscar Guillermo Garretón, líder del MAPU hasta su fusión en el PS-PPD y economista de la UC como el grupo dominante del régimen militar, graficó el vínculo interélite en la transición chilena: "Era muy valioso tener a alguien conocido que le contestara el teléfono al otro lado (Moyano, 2004: 5)". Espinoza, que valora el rol de producir acuerdos en una democracia consociativa, advierte que tras veinte años de nueva democracia, una mayor homogeneidad en la élite en Chile ha provocado un deterioro de la calidad democrática "porque el peso que adquiere una minoría entra inevitablemente en tensión con los principios democráticos" (Espinoza, 2010: 253). En el caso de las élites chilenas se homologa al rol predominante de la tecnocracia que buscó el ordenamiento económico en América Latina (Williamson, 1994), con casos paradigmáticos como Cardoso en Brasil y Foxley en Chile (Montecinos, 2001), convirtiéndose en un caso severo de dominio tecnocrático que administran la economía liberal sin reformas sustantivas (Silva, 2006) versus clases dirigentes más reformistas.

Desde otra perspectiva, diversos autores cuestionan el concepto de élite, ya sea por la dispersión del poder en la sociedad capitalista democrática con muchos espacios de influencia sostenidos por una clase dirigente diversa (Dahl, 1958), porque los líderes son parte de los cambios económico-culturales estructurales, pero nunca pierden sus preferencias individuales o grupales (Huntington, 1991), porque las élites son diversas y no se mueven sólo por la dicotomía reduccionista modernidad-tradición (Putnam, 1976).

Hay corrientes moderadas en el debate que asumen la tendencia a la homogeneidad, pero reconocen que la socialización política les puede llevar a ser élites pluralistas o dogmáticas (Higley y Pakulsky, 2000). Además, las élites, como el caso de los mapucistas, cambian y mantienen diferencias de enfoques y conducta política, pasando de una fase más redentorista-dogmática (1969-1973) a otra innovadora (1980-88), para luego diverger en la Concertación entre los administradores-pragmáticos y los críticos-disidentes (19902010), como toda la élite concertacionista quebrada entre complacientes y flagelantes. El propio Joignant diversifica la élite chilena en notables, tecnócratas y mandarines (Joignant y Güell, 2011). El término mandarín lo usa un estudioso del poder hegemónico en México de la élite priista (Ai Camp, 2000 y 2003), educados en colegios católicos, arribistas y conectados en redes fácticas. En Chile se acerca a la idea de los "operadores políticos" (brokers del poder) que desplazó a los intelectuales reformistas y provocó la decadencia de la Concertación.

El MAPU se explica desde su fundación en la segunda interpretación que reconoce diversidad en las élites, rescatando su especificidad subgrupal, cambios y adaptaciones, sus propias disidencias: la dicotomía izquierdista-reformista, cristiano-marxista, estatalista (cuadros que aspiran a administrar poder central) o basista (partidarios de los movimientos sociales, sociedad civil, ONG), utopista-pragmático, innovador-oportunista, el MAPU aparece como síntesis de esos componentes en diversos momentos, con idas y venidas, que conceptualizamos como élite transformadora: la capacidad de un segmento intelectual de la clase dirigente de promover cambios profundos, innovaciones parciales y grandes consensos en diferentes coyunturas del cambiante contexto nacional e internacional que orienta la cultura, la economía y la política.

El adjetivo iluminista lo asociamos a quienes en su fase utópica o pragmática creen tener la verdad; el sueño como algo inevitable (1969) y el realismo como el único camino (1988). La socióloga Irene Agurto (1991) califica al MAPU como una generación movida por las utopías de la modernidad, por tanto modernizante, que expresa las transformaciones de su época, que pretende innovaciones tecnológicas en el gobierno de Allende, y luego trata de innovar en la política (promueve la Renovación Socialista, el PS-PPD y la Concertación) y en la cultura, con una red de ONG y centros comunicacionales (Agurto, 1991: 4-10). Fueron utopistas inspirados por el cristianismo social y el marxismo movidos por la "capacidad desiderativa" de construir un paraíso terrenal (Manuel, 1982) o lo que el historiador Ernst Bloch (1977) califica de "sueños diurnos", los que se acabaron con la derrota de la UP, el exilio, la persecución y la crisis del marxismo y los socialismos del Este. Allí la élite se reinventa, se transforma con los tiempos, abandona el ideologismo, pero no el afán de cambios, pero bajo el concepto de innovación, persiste en la búsqueda de lo posible que aún no llega (Agurto, Íd.: 59-60).

Berger y Luckmann (1976) señalan la existencia de procesos de "alternaciones" en una élite para vivir procesos de renovación ideológica y viraje sociocultural. Hay alternación cuando un individuo cambia su percepción de lo social, lo que implica ideas y vivencias (Valenzuela, 1995: 196). A los mapucistas les sucedieron dos procesos: a fines de los años sesenta conocieron la pobreza urbana (poblaciones callampas) y la pobre realidad del campesinado (tanto por vínculos familiares con el latifundio como por sus campamentos universitarios o trabajo en el Gobierno de Frei) en un contexto cultural dominado por la radicalización socialcristiana, la influencia cubana y las revueltas estudiantiles. Allí su subjetividad se tiñó de redentorismo. Luego, tras el fracaso de la Unidad Popular, en la precariedad de la subsistencia en actividades privadas en la dictadura o en el exilio mayoritario en Europa Occidental, viven la realidad del mercado, la crisis del marxismo y el auge socialista democrático (Valenzuela, íd.: 27-70). La derrota y nuevos aires los llevan a una actitud escéptica y pragmática que se traduce en querer innovar en diferentes campos en una política viable.

Los historiadores lo ubican como el grupo rebelde que se escindió de la DC que incluyó a los jóvenes rebeldes marxistizados de la JDC -Rodrigo Ambrosio estudió con Althusser y ya planificaba la revolución socialista aun en la DC (J. Gazmuri, 2000)-, pero también a los parlamentarios Rafal Agustín Gumucio, Julio Silva Solar y Alberto Jerez. La historiadora Cristina Moyano documenta el protagonismo de la generación joven (los parlamentarios se mudan a la Izquierda Cristiana, huyendo de la dogmatización): la generación entusiasmada con las revueltas de los años sesenta, fascinados por el poder y la juventud que quiere reformar las universidades, el agro y luego hacer la revolución (Moyano, 2009). El historiador Cristián Gazmuri (2003) ve al MAPU como un subproducto de la Universidad Católica de Santiago, como lo fue también la UDI en sus vertientes de gremialistas y Chicago boys. Huneeus (1973) demostró el vínculo directo entre el movimiento estudiantil y los grupos políticos en Chile. Irene Agurto comparte que el movimiento estudiantil de la UC fue la gran escuela formadora del estilo y la "génesis cultural de la élite mapucista (1991: 118-119)".

Los mapucistas han sido calificados de intelectuales y ambiciosos, poseedores de la verdad superlativa desde el discurso mesiánico e iluminista de Rodrigo Ambrosio (Llona, 2006). Sin duda, provienen de las capas universitarias que tuvieron acceso al poder jóvenes (Valenzuela, 2011): en el Gobierno de Frei (reforma agraria, promoción popular), en la gestión de la reforma universitaria (no sólo en la UC), en cargos claves del Gobierno de Allende (área de propiedad social, fomento, cultura). Tras el golpe de Estado, en el exilio y en Chile se concentran en redes culturales y medios antiautoritarios y en una amplia red de ONG, lo que les permitió renovarse, crecer en redes de influencia e insertarse de manera masiva en los nuevos gobiernos. El peso de los intelectuales DC, socialistas y mapucistas configuró la Concertación (Brunner, 1985; Puryear, 1994; Mella, 2008).

El MAPU, que fue un fracaso como partido, se fusiona en el PS-PPD y se redimensiona en lo que la prensa llamó el partido mito de la transición o el partido transversal en su alianza con el oficialismo DC. Se convierten en el paradigma de la élite ambiciosa y eficiente que hace reformas moderadas al modelo económico y político del autoritarismo; los cínicos para Jocelyn-Holt (1999) o los héroes cansados en el documental del cineasta Enríquez-Ominami. Cada presidente de la Concertación tuvo un mapucista en su equipo de ministros políticos (Correa, Brunner, Insulza y Viera-Gallo), pero a su vez, otros mapucistas fueron los críticos al modelo como jefes sindicales (Martínez en la CUT y De la Puente en la ANEF), algunos parlamentarios (Montes en educación, Barrueto en regionalismo) e intelectuales críticos, como Tomás Moulian que acusó a la Concertación de "transformismo" en su best seller Anatonomía de un Mito (1997). También Manuel Baquedano (Verdes) y Fernando Flores (Ch1) que inauguraron los desprendimientos de la coalición. Se cumplió la palabra de Lechner de que el orden era una utopía nunca acabada (1984). El péndulo redentorismo-pragmatismo, poder-disidencia acompañó la historia de una élite iluminista imposible de uniformar, educada en el estilo de que cada militante analizaba la coyuntura, daba su tesis y escribía un documento.

II. RADICALIZACIÓN DE LAS ÉLITES CHILENAS DESDE LOS AÑOS 30: EL DESCONTENTO SOCIALCRISTIANO CON LA SOCIEDAD EXCLUYENTE

El MAPU viene de una deriva de disidencia social en el catolicismo chileno, que se expresa en la creación de la Falange o Democracia Cristiana al romper a fines de los años 1930 con el Partido Conservador para optar por las reformas, y luego del propio MAPU que se escinde de la DC para impulsar la revolución. ¿Por qué profesionales y universitarios de capas medio-altas rompen con los privilegios de su clase y recorren otros caminos? Aquí la teoría del gatopardismo de los poderosos, que sólo se camuflan, pero siguen siendo los mismos, se vuelve trivial.

Sobre los procesos revolucionarios o de rupturas existe el debate entre quienes tienen una visión determinista asociada a procesos estructurales que llevan a las crisis, versus los autores que enfatizan el rol de las élites y las ideas para provocar nuevos escenarios. Juan Linz pone el acento en los cambios de los actores que llevan al colapso de las democracias, más que en la fatalidad de las causas estructurales. Linz, a propósito del debate intelectual europeo sobre el fracaso de la República de Weimar en Alemania y la emergencia del nazismo, se resiste a las visiones deterministas que encuentran fallas estructurales (crisis económica, resentimiento posguerra, nacionalismo cultural) para justificar procesos históricos. Desde su perspectiva, la historia la hacen actores que fortalecen o destruyen una democracia (Linz, 1978).

En el caso de Chile, sus intelectuales elaboraron una visión tremendista de la realidad, llamando a la revolución católica, desarrollista o socialista. El país no estaba bien, pero sus líderes lo consideraban aún peor. Los períodos de polarización política, épicas transformadoras, propuestas totalizadoras de izquierdas y derechas, suelen sucederse tras movimientos ideológico-culturales apocalípticos que presentan un estado de "decadencia" de la nación. Así fue en España con el movimiento regeneracionista. En Chile hay similitudes: Las élites, incluyendo las socialcristianas de avanzada, venían radicalizándose desde los años cuarenta con textos como los del sacerdote jesuita Alberto Hurtado (¿Es Chile un país católico? y Humanismo social). A ellos se suman a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta otros dos textos clásicos que animaron visiones transformadoras: Jorge Ahumada habló de decadencia integral de Chile (Ahumada, 1958) y el economista Aníbal Pinto planteó que el modelo de sustitución de importaciones con la industrialización iniciada en 1940 había topado techo (Pinto, 1964). Es el preámbulo del convulsionado período de las "revoluciones" (1964-1989): El reformismo socialcristiano de Frei con la "Revolución en libertad", la "Vía chilena al socialismo" de Allende y la contrarreforma autoritaria y neoliberal de la dictadura de Pinochet. Los tres procesos tienen pretensiones fundacionales (Garretón, 1984): Una DC mesiánica, una izquierda expresamente marxista y una dictadura militar ideológica con un proyecto neoliberal inspirado en los Chicago boys. Aquí estaría la "originalidad" y la tragedia chilena de su división a tres tercios: Una DC mayoritaria y con "camino propio", el país americano con los más fuertes partidos Socialista y Comunista en su momento, y un caso de régimen militar que rompe con las ideas desarrollistas de la sustitución de importaciones para embarcarse en una refundación neoliberal. Los tres tercios padecen de endogamia subcultural (Moulian, 1984), con poco diálogo político y social entre ellos: sus propios ritos, se casan con afinidad política, leen y cultivan las mismas redes sociales.

Las palabras decadencia, crisis y rezago fueron el lugar común de la política, lo que sólo podía ser modificado por sones militares de DC, rojos o militares. Era la crisis del llamado "Estado de compromiso" que daba beneficios a ciertas empresas, sindicatos y funcionarios públicos, pero excluía a la mayoría campesina que migraba a los cordones de miseria de las ciudades. Moulian en su trabajo sobre las "fracturas" políticas en Chile plantea que el país sostuvo, entre 1938 (fin de los gobiernos oligárquicos y la anarquía) y 1970, tres modalidades de "Estado de compromiso", entendido como sistema en que las clases dominantes no tienen el poder político exclusivo y, por tanto, desarrollan capacidades de contención del movimiento popular (Moulian, 2006). Con la llegada al poder del Frente Popular, liderado por Pedro Aguirre Cerda y su pluriclasista Partido Radical en alianza con los partidos de izquierda (Socialista y Comunista), el país experimentó entre 1938 y 1947 una década de "dominación defensiva" en la que se adoptan medidas desarrollistas como la creación de la Corporación de Fomento, leyes de sindicalización y masificación de la educación. Con el auge de la guerra fría, el nuevo Presidente radical, Gabriel González Videla, traiciona al Partido Comunista y lo expulsa del Gobierno para luego proscribirlo. Para Moulian, el Gobierno de González Videla y el segundo Gobierno del general Carlos Ibáñez, que le sucedió, fueron un período de "dominación represiva" (1948-1958) que se expresa tanto en el giro a la derecha en la política económica como en la represión a huelgas. Posteriormente, se vive un período de "dominación integrativa" bajo los gobiernos de Jorge Alessandri y Eduardo Frei en que se dan pasos de apertura social. La crisis de la DC que da origen al MAPU en 1969 es un preámbulo del fin del "Estado de compromiso" o de los modelos de "contención", para ir al proceso de cambios con polarización que implicó la Unidad Popular de Salvador Allende.

El otro enfoque se aparta de cierto determinismo estructural y mira el rol de los sujetos, sobre todo el de las élites. Arturo Valenzuela argumenta que la radicalización vivida en Chile se debió tanto a la polarización de la izquierda (el influjo "cubano") y de la derecha (gremios y el nuevo Partido Nacional con visos autoritarios), como a la erosión del centro político en un régimen presidencialista que, a diferencia del parlamentario, permitía los gobiernos de minorías (Valenzuela, 1989). Chile tuvo, durante la primera parte del siglo XX, un partido de centro flexible -el Radical- que gobernó con la izquierda en los frentes populares (1938-1948) y luego con la derecha (apoyó a Jorge Alessandri entre 1958 y 1964), el cual es desplazado en ese rol en 1964 por la Democracia Cristiana y su "revolución en libertad" del Gobierno de Eduardo Frei Montalva. El investigador coincide con Sartori para explicar que en los sistemas polarizados (PC y DC) se producen fuerzas centrífugas, pero son morigerados cuando hay fuertes corrientes centristas en los partidos de izquierda y derecha (Valenzuela, 1989: 43-45). En el caso chileno, el centro fue predominante, desde los gobiernos radicales -en el segundo gobierno del general Carlos Ibáñez (1952-1958) con el Partido Agrario Laborista- hasta el acceso de la DC al poder en 1964. Se desplaza el centro constructor de "consensos" en un sistema presidencial fuerte, pero con un Parlamento que permitía arreglos clientelares y debate de políticas públicas.

Timothy Scully, de la Universidad de Notre Dame, coincide con estos análisis en su estudio sobre los partidos de centro que fueron claves en Chile, clasificándolos como "posicionales", debido a que privilegiaban la permanencia en el poder por la vía de las alianzas que compartían con otros actores políticos (el Partido Liberal en la segunda mitad del siglo XIX y el Partido Radical hasta 1964). Este centro flexible es desplazado por la emergencia del "centro programático" que pasó a ser la Democracia Cristiana desde fines de la década de los cincuenta: "Los democratacristianos ocuparon un tercer polo en el medio del espectro político chileno, polo que constituía, efectivamente, un compromiso programático con una alternativa política específica de inspiración cristiana -que rechazaba tanto a la derecha como a la izquierda- y contribuía de esta manera a esquemas de competencia centrífuga de partidos (Scully, 1992)". Los propios mapucistas provienen de ese estilo de camino propio y mesiánico del socialcristianismo chileno expresado en la DC.

III. EL TIEMPO REVOLUCIONARIO Y LA MARXISTIZACIÓN QUE EXPLICA AL MAPU: MODERNIZACIÓN Y SOCIALISMO

¿Qué cambió en Chile que los sectores rebeldes de la DC en 1969 crean el MAPU, la intelectualidad habla de crisis, se movilizan actores sociales y la izquierda gana las elecciones con una propuesta revolucionaria? Arturo Valenzuela no comparte la idea de una crisis estructural y entrega datos. El Gobierno de Frei tuvo éxito al bajar la inflación a niveles del 30% anual (desde el 80% de la década de los cincuenta), la economía creció superando el estancamiento y la inversión social (salud, vivienda y educación) se expandió en su período por sobre el 100% (Valenzuela, 1989: 84-87). Si las cosas funcionaban, el descontento fue construido y organizado. Es la tesis de Chile y su colapso democrático como un caso de "hipermovilización", en que el sistema económico funcionaba, pero los propios partidos y líderes fueron abandonando la cultura transaccional hacia una opción por la agitación de las masas.

La reforma agraria y la llamada "promoción popular" en la "Revolución en libertad" son claves para el despertar de actores sociales para una política radicalizada. Óscar Garretón testimonió que el grueso de los cuadros políticos del MAPU había trabajado en esos ámbitos bajo el Gobierno de Frei, produciéndose la radicalización al conocer la exclusión y vivenciar el poder de organizar a los pobres del campo y de la ciudad: "Yo hice, como funcionario público en torno a 1968, un estudio de la realidad de las cooperativas campesinas en la zona de Colchagua. Allí conocí latifundios como el de los Aspillaga en Pichilemu, en el que, incluso, como medida de control, la gente sólo podía salir de las tierras en las carretas de bueyes de los patrones. Allí se acumulaba la rabia que explotó (entrevista al autor)". La "promoción popular", que consistía en educar a la comunidad en sus barrios y poblaciones, crear juntas de vecinos y así organizar las demandas por vivienda, alcantarillado, pavimento y equipamiento social, fue una escuela nacional de participación. Carlos Montes, así como Garretón, a fines de los sesenta, relatan que la promoción popular fue incomprendida por la izquierda, acostumbrada al conflicto de clases intraempresa: "Incluso la llamaban una organización semifascista, en los discursos de parlamentarios socialistas y comunistas. Pero significó un cambio de conciencia en miles de chilenos que comenzaron a organizarse para sus propias soluciones, pero también a movilizarse con demandas hacia los municipios y el Estado (entrevista a Carlos Montes)".

Con el despertar de las movilizaciones sociales, con un nuevo centro que compite a la izquierda en sindicatos y barrios marginales, el sistema político se ve sometido a una lucha política despiadada, sin posibilidad de alianzas, en la que la DC aparece como una fuerza hegemónica y la izquierda le niega "la sal y el agua". Fue entonces cuando la DC obtuvo una mayoría sustantiva de votos en las parlamentarias de 1965 que le permitía ser mayoría por sí misma en la Cámara de Diputados, incubándose un sectarismo antiderechista y antimarxista que la caracterizó. El resultado es la imposibilidad de aliar a los sectores que proponían revolución. La DC llevará a su propio candidato a las elecciones de 1970, Radomiro Tomic, quien, aunque partidario de la "unidad social y política del pueblo", lidera un partido reformista, pero mayoritariamente antimarxista.

En las parlamentarias de 1969, la DC muestra una caída electoral del 40% al 32%, lo que derrumbó la profecía de "gobernar treinta años". Pero no hubo lógica de tender puentes: la tradición ratificaba en el Congreso al candidato presidencial que obtenía más votos. La izquierda y la DC compitieron con rabia. Los jóvenes y parlamentarios de orientación socialcristiana que querían la "unidad del pueblo", terminaron construyendo el MAPU para unirse a la izquierda, pero aislando toda posibilidad de construir una mayoría sólida por los cambios. Eran los tiempos de la polarización en los que, el rostro ahora organizado de los excluidos y las ideas revolucionarias de la época (de vaticanas a cubanas), fueron el campo fecundo para los discursos redentoristas que se apoderaron de sindicatos, fundos, universidades y parroquias. La sensación política es de límites desbordados y la revolución se implanta como una utopía al alcance del pueblo organizado.

Todas las interpretaciones se relacionan y se pueden explicar a sí mismas en un ejercicio de lo posible: si la economía hubiese crecido más y se hubiesen controlado las movilizaciones sociales, quizás la DC no se hubiera quebrado. Si el clima internacional no hubiese provocado un giro a la izquierda, quizás la generación joven no hubiese sido tan rupturista. Si, como dicen los politólogos, Chile hubiese sido una democracia parlamentaria, la izquierda no hubiese ganado con el 36% y hubiera tenido que buscar el "compromiso histórico" con la DC.

Pero todo ello es parte de la historia que pudo ser. Los hechos apuntan a que hubo influjo de la revolución cubana, a que Allende empujó a los partidos Socialista y Comunista a buscar una alianza mayor, a que los aires progresistas del mundo católico se ahondaron en la Iglesia chilena, a que el sistema electoral permitió, por "tradición", respetar la primera mayoría en las elecciones presidenciales aunque no fuera absoluta, a que las élites se radicalizaron y polarizaron en un contexto cultural de crítica y llamado a la épica de proyectos excluyentes sin "mayoría" social ni cultural.

El MAPU fue llevado por los vientos que abrazaron a casi toda la izquierda revolucionaria en la década de los setenta, abandonando buena parte de la tradición republicano-reformista de la cual provenían como facción de la Democracia Cristiana. Del Alcázar concluye que la izquierda reformista y la revolucionaria fracasan en medio de la marginalidad de la republicana y del dogmatismo ciego de la revolucionaria. Considera, incluso, que los teóricos de la "Teoría de la Dependencia" -Gunder Frank y Teotonio dos Santos, entre otros- "asumieron como dogma la inevitabilidad de la revolución, tanto más cuando concluyeron, anatemizando así cualquier propuesta gradualista (Del Alcázar, 1998: 22)".

Sin embargo, fueron una mezcla de revolución y modernización. Mientras pedían universidad para el pueblo en Santiago, Valparaíso o Concepción (donde Ambrosio enseñó), Brunner y Manuel Antonio Garretón citaban las mallas curriculares norteamericanas para pedir modernización y puesta al día de la Universidad Católica. Promovían las estatizaciones y Flores ensayaba el modelo cybersin de coordinación por fax y un computador IBM de las necesidades de insumos de las mismas, para algunos el ensayo de internet. La reforma agraria los llevó a apoyar el experimento de comunidad rural comunitaria de los asentamientos. Todo era por el socialismo... y la modernización de Chile contra el atraso.

IV. EL PÉNDULO DEL MAPU: DEL MESIANISMO/IDEOLOGIZADO AL ESCEPTICISMO/PRAGMÁTICO

El MAPU fue una élite cosmopolita, con permeabilidad a las ideas, modas, corrientes políticas de su tiempo, lo que podemos llamar estados de ánimo históricos (más allá de una coyuntura corta o episódica), que los entendemos como la disposición para ver el mundo y actuar del sujeto colectivo de nuestro análisis; son los metarrelatos que llaman a la acción a los protagonistas de nuestra historia. Con dicha idea, distinguimos los períodos mesiánico, ideologizado, escéptico y pragmático en el historial del partido. Como toda caracterización, cada etapa se refiere al rasgo predominante observado, más allá de la lírica de los textos oficiales.

Los soplos mesiánicos y revolucionarios de su fundación los sintetiza Óscar Guillermo Garretón, secretario general de 1972 a 1985, para quien el elemento renovador estuvo marcado por factores como la desestalinización del PC soviético, los influjos de Cuba y mayo del 68, el desplome colonialista, el Concilio Vaticano II y la lucha de Vietnam. Luego, damos cuenta de la rápida marxistización del MAPU, junto a la radicalización y a la división de la izquierda que terminan quebrando al naciente partido. Moulian, quien abogó por un marxismo secularizado, culpa a dicha dogmatización por el fracaso estratégico de la izquierda chilena en los setenta (Moulian, 1984).

La radicalización e ideologización del MAPU durante la Unidad Popular se da en el contexto de la guerra fría y la activa intervención norteamericana para producir su derrocamiento. La izquierda se desangra entre quienes adherían a la "Vía chilena al socialismo" diseñada por Allende, que implicaba el respeto a la vía legal democrática, y el polo revolucionario que propiciaba la defensa armada del proceso. Esta división fue sólo "táctica" a juicio de la historiografía conservadora, ya que ambos sectores buscaban la dictadura del proletariado (Farías, 2000). Para otros, fue la expresión de la violencia social de los de abajo contra un sistema que nos los incluía y que ha sido un continuo en la historia de Chile (Salazar, 2006).

La derrota de la izquierda con el golpe de Estado de 1973 obliga al MAPU a la sobrevivencia y a un escepticismo creativo; nunca más querrán sueños que terminen en pesadilla. Explicaremos el carácter y los momentos de la represión sobre el MAPU, junto a la capacidad de ambas fracciones de sobrevivir y aportar a la creación de tejidos sociales y culturales de resistencia a la dictadura. Se hacen pioneros de la renovación socialista, al propiciar en 1974 un proceso personal y celular llamado "Balance y Autocrítica Nacional" (BAN). En forma explícita, no se verbaliza el meollo de la posterior "renovación socialista" -opción por la democracia, mercado y estado, reformismo-, pero se reconoce que con el golpe de Estado hubo un fracaso estratégico de la propia izquierda, que no obedece en forma exclusiva a la intervención de la CIA, y que faltó ser mayoría social y cultural por el socialismo (la "derrota" que, según Carlos Montes, les llevó a leer a Gramsci y propiciar un nuevo "compromiso histórico" con la DC). Carlos Montes, Víctor Barrueto y otros fueron formados por los jesuitas en las metodologías del discernimiento: autorreflexión de uno mismo y del contexto social y cultural. Según Montes, fue la síntesis jesuítico-gramsciana que se apoderó del MAPU tras la debacle: "Para sobrevivir, era importante mirarse y analizar sus propios valores; qué cosas le habían influido, qué lecturas, qué personas, un diálogo con las historias personales en un grupo de cinco a seis personas, con bastante influencia católica. El BAN fue paralelo con eso, era un proceso de objetivar que había pasado con la UP (entrevista al autor)".

El MAPU-OC se mantuvo cercano al Partido Comunista y a la ex URSS hasta 1979, donde desde su juventud, la Unión de Jóvenes Democráticos, UJD, y sectores del exilio, como Viera-Gallo e Insulza en Roma, se suman a los líderes clandestinos (Enrique Correa, Jaime Gazmuri, Rafael Guillisasti, Francisco Estévez) en la percepción de que el proyecto refundacional del autoritarismo neoliberal es profundo, la derrota estratégica para la izquierda, debiendo reinventarse en el trabajo cultural, la ampliación del arco democrático y un nuevo proyecto socialista (Torrejón, 2001).

La renovación socialista fue el segundo gran fenómeno histórico del MAPU, tras su nacimiento como agente enriquecedor de la izquierda. El exilio mayoritariamente en Europa occidental provoca que las direcciones externas de ambos MAPU vivieran la influencia del eurocomunismo, se desilusionaron de la falta de libertad en los "socialismos reales" y comenzaron a revalorizar la democracia que perdieron. En 1979 se produjo en Berlín la histórica división del PS en dos sectores: el de Almeyda (marxista-leninista) y el de Carlos Altamirano, quien en la autocrítica, adopta posturas favorables a la renovación (Ortiz, 2007: 231-255). Ya hacia 1980, la mayoría de ambos MAPU ha optado por la Convergencia Socialista, abandonando al PC.

La renovación se traduce paulatinamente en una transformación hacia el reformismo y el pragmatismo. El MAPU-OC, con Gazmuri a la cabeza, decide ingresar en 1985 al Partido Socialista renovado, que se ha acercado a la Democracia Cristiana en la Alianza Democrática, predecesora de la Concertación que se crea en 1988. Un sector del MOC, encabezado por Enrique Correa, decide ese mismo año concurrir al Congreso de Unidad del MAPU, al cual también se incorporan sectores de la Convergencia Socialista Universitaria.

Es un discurso doble: El MAPU se alegra de reunificarse y elige a Víctor Barrueto, uno de los jóvenes que lo reorganizaron en dictadura, como su secretario general. Pero, a su vez, ratifica su transitoriedad al señalar que la gran meta del MAPU es aportar para construir una nueva fuerza socialista. Se impone una cultura de lo "posible", se reconoce el fracaso del "camino propio" y se opta a confluir a fuerzas socialistas democráticas mayores. El mayor pragmatismo lo imponen los sectores de ambos MAPU que favorecen una "transición pactada", aceptando el plebiscito de Pinochet y abandonando las pretensiones del derrocamiento. De esas opciones surge la disolución del MAPU y la opción electoral en los partidos PS y PPD. Se materializa lo que fracasa en Italia: un "pacto histórico" con la Democracia Cristiana y la construcción de una amplia coalición de centroizquierda.

La élite mapucista se concentró desde 1980 en generar oposición democrática con una amplia red de ONG y encabezar la renovación socialista con el peso de sus intelectuales. Lo recalca el investigador Jeffrey Puryear: "Los intelectuales tuvieron una importancia crucial en el proceso de renovación socialista. Ellos lideraron la crítica a las posiciones ortodoxas, ayudaron a establecer la Convergencia Socialista, produciendo la mayoría de los análisis que animaron los debates (Puryear, 1994: 62)". Desarrollaron una eficiente labor cultural creando medios de comunicación alternativos (La Bicicleta, APSI) y una amplia red de ONG, desde la FLACSO (M.A. Garretón, Moulian, Brunner, Lechner) a SUR (E. Tironi, A. Rodríguez, J. Bengoa), CESOC (Viera-Gallo, Julio Silva, Ricardo Brosdky), ILET (Insulza), ECO (P. Milos, G. Ossandón, G. de la Maza), Cordillera (M. Ossandón, C. Montes), PRED (G. del Valle), NORTE (V. Basauri, J. Cortínez), numerosas agrarias (Nazif, Echenique, Berdagué), educacionales (García-Huidobro, Martinic, C. Sotomayor), feministas (M.A. Saá, Soledad Larraín), proparticipación (F. Estévez), ambientalistas (Baquedano, G. Geisse, Fco. Vio), sindicalistas (R. González, O. Mac Clure, M. Alburquerque), DDHH (J. Zapaquet, A. Domínguez, C. Grossman) entre más de un centenar de centros con influencia decisiva mapucista.

La autoconciencia de su pequeño peso electoral (en las parlamentarias de marzo de 1973 -sólo un 2,6% y mala nota en las encuestas de fines de los ochenta-), sus divisiones y el realismo que implicaba asumir sus nulas posibilidades de sobrevivencia bajo el sistema electoral binominal marcadamente mayoritario "impuesto por Pinochet", hace natural que los mapucistas optaran por incorporarse al Partido Socialista y al nuevo Partido por la Democracia (PPD), liderado por Ricardo Lagos.

Las ansias de protagonismo les hace cancelar sus afanes alternativistas (educación popular, medio ambiente, descentralización, indigenismo, feminismo) y convertirse en pilares del llamado eje PS-PPD en la nueva democracia: la única forma de influir. El pragmatismo pudo más que el sueño diurno verde y rojo. La élite que tuvo poder como rebelde DC desde 1965 y lo protagonizó con Allende, quería volver a materializar "reformas realistas" y se había preparado incansablemente, terminando doctorados y escribiendo toneladas de documentos y libros. Matan al MAPU, para que vivieran los mapucistas en el centro de la Concertación.

V. EN LAS DÉCADAS DE LA CONCERTACIÓN: PRAGMÁTICOS DE LO POSIBLE, CÍNICOS Y DISIDENTES

Si se observan los debates y disensos en la nueva democracia chilena, se puede colegir que la conflictividad se ha mantenido y que el modelo electoral binominal y la Constitución de 1980, inhibidor de reformas por las altas mayorías parlamentarias que requieren, ha producido un statu quo, contestado por actores sociales y segmentos disidentes de las élites, incluyendo a muchos mapucistas. Algunos ejemplos: Carlos Montes y Juan Eduardo García-Huidobro encabezaron la crítica a los acuerdos educacionales, Manuel Baquedano, del Partido Ecologista, que es la primera escisión de la Concertación; Víctor Barrueto apoya a los grupos regionalistas que chocaron con La Moneda en la mantención del sistema de designación central de autoridades; la ANEF y la CUT han sido lideradas por mapucistas en su crítica al modelo socioeconómico; el senador Fernando Flores lideró el cuestionamiento a la tolerancia con la corrupción y el asistencialismo. Al frente, en el Palacio de Gobierno, Enrique Correa, José Joaquín Brunner, José Miguel Insulza y José Antonio Viera-Gallo fueron los ministros mapucistas en el equipo político de las cuatro presidencias concertacionistas, en el rol de articular acuerdos, ordenar su coalición, buscar lo posible y aplacar la crítica. La misma élite mapucista se dividió y expresó sensibilidades distintas en la Concertación: autocomplacientes y autoflagelantes, en la división que atravesó a toda la centroizquierda hasta su derrota a fines del año 2009.

La conversión al orden y el mercado tras la derrota de la Unidad Popular -donde la historia les culpa de desorden, izquierdismo y fraccionalismo- hace a los líderes del MAPU convertirse en fervientes partidarios de la estabilidad, de las coaliciones mayoritarias y de la administración eficiente, aminorándose su tendencia a la reforma y a la innovación por otra marcadamente administradora del poder. Eugenio Tironi lo reconoció en el prólogo del libro de Cristina Moyano, ad portas de la derrota electoral de la Concertación el año 2009: "Tenemos una obsesión por el orden que es excesiva para los tiempos actuales (Moyano, 2009: 17). En la administración del poder perdieron capacidad crítica y de innovación, la que es asumida por nuevos actores díscolos y críticos que promueven la reinvención de la centroizquierda, inaugurando un nuevo ciclo histórico que 'jubila', entre otros, a la generación del MAPU fundacional".

El núcleo más exitoso de mapucistas fue el ligado al ala moderada en la Unidad Popular, vinculado al poder "estatal", expresado en el MAPU-Obrero Campesino (MOC), lo que explica que los cuatro ministros clave que han sido miembros de los equipos políticos esenciales de los cuatro gobiernos de la Concertación provengan de dicha fracción mapucista: los ya nombrados Correa, Brunner, Insulza y Viera-Gallo. Es la red que promovió a Insulza como secretario general de la OEA y que intentó persuadirlo de que compitiera como candidato presidencial en las elecciones del año 2009, pero el Pánzer se disolvió en sus dudas y en la vana espera de que toda la Concertación lo apoyara. Resignó a favor de Frei y perdió. Ése es el verdadero final del MAPU como red fáctica poderosa: los "iluminados" no supieron leer los cambios en la sociedad chilena, optaron por el paradigma del continuismo que era una segunda presidencia de Eduardo Frei, hijo, y perdieron el poder en manos del empresario de centroderecha y de padres DC, Sebastián Piñera.

Fue un grupo pequeño pero muy eficiente, élite coherente con el afán de poder: cumplió su rol histórico de élite que convirtió rupturas en una nueva reconfiguración política. El iluminismo, que encierra el riesgo de dogmatismo y estancamiento, suele convertirse en flexibilidad e innovación para quienes fueron disidentes de las mismas élites del poder que vuelven a su rol de dar dirección a la sociedad. Volviendo a Lasswell y a Aldo Solari, el matrimonio entre las élites políticas y el poder fáctico de la sociedad nunca se acaba del todo; hay rupturas, se transforma y se recompone (Solari, 1967). El MAPU volvió a unirse a la DC para ser eje del poder.

El historiador Alfredo Jocelyn-Holt (1999) encabeza la crítica a los mapucistas en su inserción en la Concertación como grupos fácticos, cínicos, ya sin ideas, sólo movidos por el poder, convirtiendo en un partido transversal el eje MAPU-sector oficial de la DC (Aylwin, Gutenberg Martínez), autores de la transición pactada, entreguista, coludida con los grupos económicos y los militares. El epítome sería el ministro Enrique Correa, a quien le tocó protagonizar las negociaciones con los militares y luego, tras dejar el gobierno, creó una empresa de lobby. La visión de Jocelyn-Holt se asemeja a la de autores más críticos de las élites políticas, como Ai Camp (2000), estudioso del PRI mexicano, quien describe la camarilla de poder en diversos estratos como rasgo esencial de grupos que buscan los privilegios y la supervivencia más que la transformación y la innovación. Aquí se puede usar el Ordenamiento de Brandenburg (1964), investigador que describe la pirámide de poder de un grupo hegemónico. Los mapucistas no llegaron a esos extremos, pero fueron irrefutablemente una red de influencia clave en los veinte años de la Concertación:

a) Presidencia: siempre se ubicaron en el equipo clave y en comunicaciones (Tironi) y José Miguel Insulza fue precandidato presidencial oficial del PS el 2009, desistiendo de competir con Eduardo Frei.

b) Gabinete y embajadores en EE.UU.: Los mapucistas siempre estuvieron en el triunvirato de los tres influyentes ministros políticos: Correa (Aylwin), Brunner (Frei), Insulza (Lagos), Viera-Gallo (Bachelet) y veinte otros ministros, incluyendo mujeres (Adriana del Piano, Claudia Serrano). Insulza batió el récord de más de diez años, antes de ganar la secretaría general de la OEA.

c) Viceministros o subsecretarios. Casi todos los ministerios tuvieron subsecretarios mapucistas en algún período.

d) Directores de servicios. Se suman más de treinta como directores nacionales.

e) Directiva nacional de partido de gobierno. Carlos Montes y Óscar Garretón fueron vicepresidentes del PS; Víctor Barrueto fue presidente del PPD y muchos mapucistas en la secretaría general y directiva (Ricardo Brodsky, María Antonieta Saá, René Jofré, entre otros).

f) Gobernadores e intendentes designados, varios, sobre todo en el centro sur y la propia Región Metropolitana (V. Barrueto) y Valparaíso (G. Aldoney). Más de treinta alcaldes, entre ellos, en Viña del Mar, Talcahuano, Rancagua, Conchalí.

g) Senadores: Jaime Gazmuri, Nelson Ávila, Fernando Flores.

h) Diputados: una docena de parlamentarios, incluyendo la presidencia de la Cámara en la transición: José Antonio Viera-Gallo, Vicente Sota, Carlos Montes, Jaime Estévez, Jorge Molina, Víctor Barrueto.

i) Embajadores: entre otros, Juan Gabriel Valdés, que lideró la misión ONU en Haití.

Las viejas palabras de Harold Lasswell sobre las élites en su plenitud: "La redirección cultural de la sociedad requiere capacidad de propaganda, de coerción y de organización. El análisis no es suficiente" (1948: 134). Los mapucistas que escribieron toneladas de papers bajo el pinochetismo, pero querían poder y lo tuvieron como toda élite con afanes de protagonismo y transformación. Cuando dejaron de transformar con la Concertación, perdieron el poder. Pero, por cierto, los mapucistas disidentes, desde su iluminismo, están ciertos de que "ellos lo advirtieron".

VI. CONCLUSIÓN: EL MAPU ELITISTA, ILUMINISTA, COSMOPOLITA Y TRANSFORMADOR

El fenómeno del MAPU de pequeños partidos intelectuales de los años sesenta que luego obtienen poder significativo, no fue único de Chile; se repitió en otras latitudes, donde los grupos inconformistas se convierten con los años en dirigentes de partidos formales, como el caso Daniel Cohn Bendit, líder de mayo de 1968, quien devino en eurodiputado ecologista o el revolucionario Goska Fischer, quien fue ministro de relaciones exteriores de Alemania gobernada por la coalición Verde-Socialdemócrata previo a la de Merkel. Estos cambios fueron comunes en Europa como lo investigó Samuel Eldersveld al observar en el caso holandés la fuerte crítica a los partidos tradicionales y el nacimiento de nuevas demandas y formaciones políticas entre 1970 y mediados de los ochenta (Yesilada, 1999). En el Cono Sur de América el fenómeno es extendido en el peronismo de izquierda que absorbe a antiguos cuadros universitarios, el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil que integra a sindicalistas y cristianoliberacionistas, y el Frente Amplio de Uruguay, en su mezcla de antiguos socialistas, ex tupamaros y líderes universitarios. Las élites que criticaron duramente el sistema hacia 1970 se convierten en los años ochenta en grupos realistas que participan en la reconfiguración de la centroizquierda sudamericana. Así podemos concluir que las élites iluministas crearon partidos, se dispersaron o fueron derrotadas, pero mostraron capacidad adaptativa para reconfigurarse e inventar nuevos referentes que les permitieron tener poder e influir.

El MAPU, en perspectiva, tuvo pasión social vanguardista en la UP y pragmatismo de lo "viable" en su disolución en 1989 en los electorales partidos PPD-PS. De un partido vanguardista que buscó la revolución proletaria a megapartidos socialdemócratas en fase posmaterialista y de baja definición programática. No es fácil encasillar al MAPU por su evolución del mesianismo al pragmatismo. Lo que demostramos es que las élites iluministas no son homogéneas y muestran disenso e innovaciones sucesivas. Así como en el período dogmático de la UP hubo sectores críticos, en los momentos de mayor ceguera de autocomplacencia de la Concertación, segmentos mapucistas advirtieron los déficits democráticos, descentralizadores, en solidaridad estructural, educación pública, transformación económica y probidad.

El trabajo de Manuel Alcántara sobre las funciones tradicionales de los partidos políticos es útil para hacer un análisis de lo que fue el MAPU desde el punto de vista de la funcionalidad democrática. El asunto es espinudo porque la perspectiva se construye desde cierto funcionalismo que sobrevalora la estabilidad, reforma y evolución de los sistemas democráticos. A partir de dicha perspectiva, sugiere que existen partidos disfuncionales que no logran relacionar los problemas cotidianos con la capacidad de los decisores, por lo cual, en vez de integrar, generan mayor conflictividad, "ajenos a la realidad e incluso perjudiciales a la hora de dar respuestas en situaciones críticas (Alcántara, 2003: 39-40)".

La historiadora Teresa Carnero, quien investigó los frustrados intentos de reforma social y democracia en España, pone las cosas en otra ecuación: la democracia no es sólo la formalidad de elegir un Parlamento; se requieren logros básicos que materialicen las demandas colectivas de los sujetos subalternos. Para lograr la deseada estabilidad, se necesita conjugar "las demandas crecientes que propician la consecución de un umbral de cambio socioeconómico, sin las cuales es difícil la democracia (Carnero, 2002: 168)". Siguiendo la lógica de Carnero, en concordancia con el análisis de Tomás Moulian respecto al desborde del Estado de Compromiso en el período 1965-1973 por su incapacidad para integrar a las clases excluidas (campesinos pobres, proletario urbano de bajos salarios, pobladores sin casa, especialmente), el MAPU merecería un juicio matizado: el partido vanguardista y elitista que, para alcanzar logros básicos, propició la aceleración de la reforma agraria, el acrecentamiento del área estatal de propiedad de empresas y la masificación de las universidades, entre otras obsesiones mapucistas. En la terminología de Carnero, el MAPU fue un partido orientado por una élite que buscó la integración social con claros contenidos de clase (buscando la integración vertical, común a las vanguardias de izquierda que favorecieron las demandas de sujetos subalternos), a diferencia de los partidos tradicionales socialdemócratas u otros de centro o centroizquierda que abogan por una integración interclasista (horizontal), por la vía de reformas progresivas, pactadas, sin transformación radical del sistema.

Existe un mínimo común denominador para rastrear un partido, que sintetiza y construye de manera fecunda Alcántara en las siguientes funciones (Alcántara, 2003: 40-45) que se esperan de una organización política. Las contrastamos con el MAPU:

Los partidos hacen socialización política, generando un núcleo duro de identidad común, donde se refuerzan mecanismos tradicionales con elementos de innovación y modernización. La socialización lleva a subculturas cerradas o más abiertas. Como veremos en el capítulo sobre subcultura, el MAPU es una mezcla extraña entre mucha apertura cosmopolita a innovaciones y nuevos discursos en su historia, pero con períodos de dogmatización y una acentuada endogamia cultural, medida en que la casi totalidad de sus dirigentes y militantes se casan entre sí o con independientes de izquierda. Tomás Moulian criticó la endogamia cultural de la izquierda chilena en los sesenta y setenta del siglo XX.

Basado en Tilly, se considera la función de movilización como la activación de grupos pasivos en activos, en pos de lograr mejoras, implementar sus agendas programáticas y establecer estructuras de poder (Tilly, 1978). En esta dimensión, el MAPU fue muy eficaz durante la UP como bajo la dictadura: activó segmentos católicos de clase media, universitarios reformistas, tuvo una presencia significativa en el mundo campesino de la reforma agraria y, tras el golpe militar, activó agrupaciones de derechos humanos, redes contraculturales, medios de comunicación alternativos y una trama enorme de ONG que le dieron sustento a la militancia y poder de influencia. En la propia UP fueron capaces de mantener una radio, sostener una red de interventores de empresas, profundizar su influencia en los cuerpos decisorios de la Universidad Católica, comprar sedes partidarias, lograr el 10% en las elecciones de la CUT. Su capacidad de movilización electoral fue más acotada al obtener sólo un tres por ciento en las parlamentarias de marzo de 1973, eligiendo a dos diputados.

En cuanto a participación, sin duda el MAPU contribuyó con su hiperactivismo a lo que llevó a Lipset a calificar la experiencia chilena como un caso de hiperparticipación o movilización: vivieron en debates, ampliados, asambleas, marchas, al igual que en dictadura, y realizaban reuniones partidarias y actos de propaganda, incluso sábados y domingos. Pero fue una participación dogmática, como confesó Jaime Gazmuri: "Si hubiésemos practicado la democracia interna, no se habría divido el MAPU (testimonio al autor)". Otra dimensión problemática fue la creciente legitimidad de la violencia en la historia del MAPU bajo la fuerte polarización en la UP, por la vía de la creación de las Secretarías de Asuntos Especiales (SAE), que tuvo peleas entre ellos mismos en el quiebre del MAPU.

Uno de los elementos de la participación democrática es cumplir el rol de agregar demanda, como cuestión esencial de los partidos democráticos (Almond y Powell, 1966), cuestión que el MAPU agitó en extremo según los testimonios del propio Joan Garcés, principal asesor del Presidente Allende. Es decir, en vez de moderar las demandas de sindicatos y campesinos, el MAPU activaba nuevas tomas de terrenos, fundos y empresas.

El MAPU tuvo un déficit en la función de legitimación del sistema político, que es el rol de profundizar la capacidad de integración y confianza en el sistema. La teoría de las dos espadas de Rodrigo Ambrosio (apoyo al Gobierno de Allende, pero creación de poder popular para vencer en la lucha por la construcción del socialismo) se hizo insostenible para afrontar la crisis. El trauma con su aporte a la pérdida de la democracia volvió a la generación mapucista en adláteres de coaliciones amplias, vía pacifista y construcción de consensos, expresado en el rol articulador de sus líderes en los acuerdos con la Democracia Cristiana y en la moderación de la izquierda. Por cierto, esto tuvo deserciones en el MAPU y, en la creación de la Concertación con su lógica moderada, tuvo que ver con la transición pactada bajo la institucionalidad del régimen militar por el activo rol centrista de la facción socialista renovada y por la masiva conversión a la democracia, al mercado y al reformismo de la mayoría de la izquierda socialista. El MAPU se disolvió en el PPD y en el PS apostando a la transición, siendo algunos de sus miembros pioneros en llamar a inscribirse en los registros electorales (columnas de José Joaquín Brunner en La Segunda durante 1986 y creación del Comité de Izquierda por las Elecciones Libres, CIEL, por parte de Guillermo del Valle en 1987).

El MAPU fue un fracaso relativo en su función de representación porque obtuvo sólo dos diputados en marzo de 1973, con un discurso contra la democracia burguesa, con llamados al poder popular y a otras formas de representación. Decimos relativo, ya que, en comparación con su tamaño, sí logró una relevante inserción sindical tanto en la UP como en la democratización de los años ochenta, presencia universitaria y campesina. Además, su pragmatismo final, en un contexto de sistema electoral hipermayoritario establecido en la Constitución de 1980, los llevó a disolverse e insertarse en los partidos del eje PS-PPD logrando elegir una veintena de diputados y senadores, alcaldes e intendentes, con alta representación a su tamaño.

La función de operatividad del sistema político implica capacidad de reclutamiento de profesionales y decisores adecuados, así como la proposición de agendas y soluciones viables, no sólo debates políticos, sino capacidad de producir "políticas públicas" específicas. En esto, el MAPU fue un ejemplo de reclutamiento de élites, prefiriendo capacidades en su estilo iluminista, lo que se corroboró en las decenas de directivos públicos y de empresas estatizadas durante la Unidad Popular y, luego, en las decenas de ministros y subsecretarios mapucistas en los gobiernos de la Concertación. Sin embargo, su función de promover políticas específicas es cuestionable a la luz de los errores de conducción económica durante la UP, en la cual dirigentes mapucistas ocuparon papeles clave: Óscar Guillermo Garretón (economía), Jacques Chonchol (agricultura) y Fernando Flores (Hacienda), entre otros. La historiografía coincide en que la hiperinflación y los problemas de suministros de alimentos provocados en los años 1972 y 1973 fueron producto tanto de la intervención de la CIA y del boicot interno, como de los errores graves de la izquierda al emitir moneda sin prudencia, descontrolar las demandas salariales y provocar la falta de estabilización de los agentes económicos en la continua movilización de los actores sociales en nuevas tomas de fundos y de empresas.

¿Fue el MAPU un partido dogmático, transformador o una red fáctica de ambiciosos transformistas y cínicos? ¿Qué aprendemos de su historia como partido y su período de red de influencia en la Concertación? La respuesta es una síntesis: las élites iluministas tienen grupos diversos (ideólogos, comunitaristas, tecnócratas, administradores, reformistas, educadores, activistas, investigadores) y a su vez viven fases contradictorias en lo aparente: períodos de aguda crítica social que los lleva a levantar discursos catastrofistas que promueven cambios radicales porque ellos portan verdades redentoristas, tiempos de pragmatismo en que el péndulo los hace portadores de las únicas alternativas "viables", y un permanente estado de ánimo de desasosiego, búsquedas y apertura a nuevas innovaciones para reiniciar el ciclo entre crítica y administración, disrupción y estabilización, sociedad y gobierno. Son facciones transformadoras profesionales de los grupos de poder de un país, en este caso, en el plano de las ideas y la articulación de movimientos culturales y redes políticas.

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Agradecimientos al profesor Joan del Alcázar, del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, director de nuestra tesis doctoral MAPU: Cristianismo, revolución y renovación en Chile (19691989). Al equipo de RCP por sugerir profundizar en el debate general sobre las élites.

* Esteban Valenzuela Van Treek. Magíster en Ciencia Política de la PUC, MA en Desarrollo de la Universidad de Wisconsin-Madison, Doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia. Coordina Políticas Públicas y Gestión del Conocimiento en PROMUDEL-Guatemala. E-mail: evalenzuelavt@gmail.com