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Revista de ciencia política (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-090X

Rev. cienc. polít. (Santiago) v.28 n.2 Santiago  2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-090X2008000200006 

REVISTA DE CIENCIA POLÍTICA / VOLUMEN 28 / N° 2 / 2008 / 143 -160

DOSSIER

De lo épico a lo cotidiano: Jóvenes y generaciones políticas en Chile

From the Epic to the Everyday: Youth and Political Generations in Chile

 

SERGIO TORO MAUREIRA*
Corporación de Estudios para Latinoamerica - CIEPLAN


RESUMEN

Aunque la evidencia demuestra que la variable juventud es consistente para caracterizar fenómenos como desafección política, participación o cambio social, este artículo ensaya un nuevo tipo de división generacional que podría ser adoptado por futuras investigaciones: la generación política postplebiscito. A través de los datos de LAPOP, el artículo busca un nuevo acercamiento al análisis de la división joven - adulto, demostrando que, así como existen diferencias sustanciales entre ambos grupos, también las hay entre quienes participaron o no del plebiscito de 1988.

Palabras clave: Jóvenes, generación política, LAPOP, plebiscito.


ABSTRACT

Although the evidence in Chile shows that youth is an important variable for explaining levels of political engagement, electoral participation and social changes, this paper proposes a new generational category that could be adopted in future studies: The post-plebiscite political generation. Working with LAPOP data, this article seeks a new approach to analyzing the divide between youth and adults, showing that, although there are important differences between both groups, there are also significant contrasts between those who participated in the 1988 plebiscite and those who did not.

Keywords: Youth, political generation, LAPOP, plebiscite.


1. INTRODUCCIÓN

El plebiscito de octubre de 1988 fue uno de los momentos más relevantes en la historia política chilena. Luego de poco más de 15 años de autoritarismo militar, el 96,6% de las personas en edad de votar se inscribió en los registros electorales y, de ellas, el 89,1% acudió a las urnas para pronunciarse respecto a la continuidad o no del régimen. La relevancia de este momento -para algunos académicos considerado como momento épico (Sierra, 2007)-se constituyó en el punto de partida de muchas investigaciones relativas a la transición (Hunneus, 1994; Garretón, 1990; Drake y Jaksic, 1999), los sistemas electorales e intención de voto (Guzmán, 1993; Rabkin, 1996; Navia, 2005, Morales, forthcoming; Altman, 2004), la confianza en las instituciones (Segovia, 2006), los partidos y sistema de partidos (Scully y Valenzuela, 1993; Tironi y Agüero, 1999; Montes, Mainwaring y Ortega, 2005; Ortega, 2003; Luna, 2008), las relaciones institucionales entre poderes (Siavelis, 2000; Carey, 2002), entre otros temas de relevancia.

En este marco de gran producción académica e intelectual, es que comienzan emerger fuertemente los estudios relacionados con el diseño institucional y sus consecuencias con la participación política. Motivados por los nuevos fenómenos que se presentaban en la estructura electoral de país -principalmente, el visible envejecimiento del padrón de inscritos en los registros electorales-, las líneas de investigación se enfocaron en discutir dos ejes principales: i) el particular régimen de inscripción voluntaria y voto obligatorio y los desincentivos que este tipo de procedimiento llegaban a generar en la participación (Navia, 2004; Hunneus, 2005; Valenzuela, 2004) y ii) la cada vez más evidente desafección juvenil hacia la política y los procesos formales de incorporación electoral (Toro, 2007; Luna, 2008; Parker, 2003).

Ambas líneas de trabajo se sostuvieron en la idea de un diseño institucional que privilegiaba un fuerte abstencionismo, ante barreras institucionales que tendían a conformar dos clases de adultos: los inscritos y los no inscritos (Navia, 2004; Chuaqui, 2007). Sin embargo, la distribución de estas dos clases no era uniforme, los adultos no inscritos representaban principalmente jóvenes que no alcanzaron a participar en el plebiscito y que, al nuevo siglo, no tenían interés o incentivos para inscribirse. Fue así como se desarrollaron una serie de trabajos que enfocaban su análisis en una relación directa entre joven desafectado y participación decreciente. El desencanto juvenil sobre el sistema democrático (Madrid, 2005), la contradicción entre las expectativas y la imposibilidad de satisfacción inmediata (Salvat, 1992), y el alejamiento de la política de los anhelos juveniles (Parker, 2003), se transformaron en algunas de las causas sugeridas por una literatura que encontraba asidero en la presencia de una brecha de participación joven-adulto, comparativamente más alta que la mayor parte de los países de la región.

¿Qué es lo que determinó este fenómeno? ¿Es posible hablar sólo de desafección juvenil? La respuesta no es del todo clara. Hoy, es cierto que los niveles de participación de los jóvenes son marcadamente decrecientes, pero también es cierto que este fenómeno está traspasando las barreras etarias y transformándose en un problema de carácter transversal. A razón de ello, este artículo busca incorporar un paso intermedio a la convencional división entre jóvenes y adultos, demostrando que, así como existen diferencias sustanciales entre ambos grupos, también las hay entre quienes participaron o no del plebiscito de 1988. A través de los datos de LAPOP 2008, intentaré demostrar la existencia de tres generaciones analíticas: a) jóvenes entre 18-29b) adultos postplebiscito de 1988 (30-37 años), y c) adultos preplebiscito de 1988 (38 y +). De igual forma señalo que a pesar de lo que se tiende a pensar, esta división no sólo estaría determinada por barreras institucionales como la inscripción electoral, sino que también por variables de legitimidad democrática, actitudes políticas y confianza en las instituciones.

El artículo constará de cuatro partes luego de esta introducción. La primera revisará la literatura sobre participación electoral, paisaje político y desafección ciudadana que permitirá enmarcar los tres momentos propuestos para este artículo. Luego me centraré en analizar -mediante la encuesta LAPOP- la participación electoral de cada una de las generaciones. La tercera, caracterizará a los tres grupos en lo que respecta a su posicionamiento ideológico, participación en agrupaciones y confianza institucional, finalizando con una pequeña discusión respecto de la relevancia de este cambio de perspectiva en el análisis de la opinión pública del país.

II. LA EPOPEYA, LA NORMALIZACIÓN Y LA DESAFECCIÓN

Apenas cinco días después del plebiscito, el Centro de Estudios Públicos (Barros et al., 1989) organizó una mesa redonda para responder -encuesta en mano- por qué ganó el No. Con muestras representativas de junio y septiembre de 1988, los presentes debatieron sobre la configuración del electorado y los motivos que llevaron a la gente a pronunciarse a favor de una u otra opción. Aquella era una época donde no asomaba la idea de desafección. A pesar de los muchos intentos del régimen de despolitizar la sociedad1, los miembros de esa mesa señalaban que el plebiscito había definido una nueva fase, donde la política pasaba a tener un rol preponderante que no había tenido en los años anteriores (Barros et al, 1989:109).

Esta fase se condecía con los datos de las encuestas y del padrón electoral. Para 1988, sólo un 24% no se identificaba con alguna tendencia, la inscripción de los jóvenes entre 18-29 años de edad representaba el 90,7% y su peso electoral bordeaba el 36%. Este alto grado de participación -anormal para la tendencia histórica del país (Joignant y Navia, 2000)-, se debió a lo que algunos autores llamaron periodo épico (Sierra, 2007), principalmente por todo lo que se encontraba en juego durante el plebiscito.

La adhesión casi total de la ciudadanía al proceso político fue la que facilitó una serie de estudios que relacionaban la opinión pública (Beyer, Fontaine y Paúl, 1990) o las transformaciones de la sociedad (Tironi y Agüero, 1999) con la configuración de escenarios electorales de continuidad y cambio. Para el primero, los autores intentaron mapear las corrientes políticas que les permitieran investigar la capacidad de las diversas colectividades en el encauzamiento de la votación. En lo fundamental, sus hallazgos estuvieron centrados en caracterizar el electorado mediante las encuestas señalando, por ejemplo, que los jóvenes tendían a distribuirse con mayor masividad en los sectores de izquierda y centro izquierda (Beyer, Fontaine y Paúl, 1990). Por otro lado, en lo que respecta a las transformaciones sociales, Tironi y Agüero (1999) argumentaron el surgimiento de una nueva fisura generativa de autoritarismo-democracia, sosteniendo que el régimen militar había llegado a provocar una nueva conformación política de referencia, construyéndose marcos comunes y profundas relaciones de afinidad y lealtad, que tomaron cuerpo en el plebiscito de 1988 (Tironi y Agüero, 1999:157). De igual manera, a pesar del resurgimiento en la contienda electoral de prácticamente los mismos partidos políticos que existían antes del golpe militar, la división entre el apoyo y rechazo al General Pinochet, sumado a la estructura binominal en el sistema de elección parlamentaria, provocó que estas instituciones decidieran aglutinarse en dos coaliciones cuyo sentido era, por un lado, mantener el régimen militar y, por el otro, volver a un sistema democrático de representación popular. Tironi y Agüero señalaban que la realineación y reconfiguración del sistema de partidos chileno en el eje "autoritarismo-democracia", debió integrar las antiguas dimensiones y superponerse a los quiebres históricos de carácter religioso y social, que tuvieron su origen a fines del siglo XIX. Todo ello, fue luego comprobado por los sucesivos trabajos de Mainwaring y Torcal (2003) y Luna (2008) al demostrar que la única división consistente en la estructura de preferencias del país era, precisamente, la que se relacionaba con la fisura de régimen.

Así, una vez vivido el plebiscito y la primera elección democrática, el escenario épico comenzó a cambiar. El grupo de los que no se identificaban con alguna tendencia aumentó súbitamente al 33,8% en el año subsiguiente (CEP, 1990). Además, aproximadamente el 50% de los que pudieron inscribirse ese año no lo hicieron (Toro, 2007). La literatura (Navia y Joignant, 2001; Valenzuela, 2004) entendió este fenómeno como un proceso de normalización de la participación política. Para ellos, el decaimiento de los inscritos luego del plebiscito no conllevaría a una crisis de representación, sino que simplemente evidenciaría los niveles de participación históricos hasta antes del golpe militar (Navia y Joignant, 2001). Los autores señalaban: Lo normal entonces no sería 1988, sino lo observado antes de 1973 y después de 1989. (Navia y Joignant, 2001). Aunque gran parte de estos académicos adscribía a la inexistencia de una crisis de representación, ellos mismos comenzaron a advertir sobre las trabas institucionales que involucraba la inscripción voluntaria y el voto obligatorio. Fue entonces como Navia (2004) postuló la necesidad de automatizar la inscripción, mientras Valenzuela (2004) y Hunneus (2005) se centraron en la necesidad de discutir la voluntariedad u obligatoriedad del voto.

En forma paralela, y no convencidos con la tesis de la normalización, un grupo de académicos direccionó su análisis hacia el fenómeno juvenil. Seleccionando por variable dependiente, la mayor parte de los trabajos buscó conocer las causas de la desafección juvenil hacia la política. Estos estudios fueron decantando en temas como el desinterés de los jóvenes por la actividad política, la importancia de la socialización política, el descontento con el régimen y, en algunos casos, en el ejercicio de un voto de protesta (Ver Joignant, 1999; Riquelme, 1999; Parker, 2003, Madrid, 2005; Toro, 2007). Lo interesante, es que la mayor parte de estas causas no deslindaba en motivos exclusivamente chilenos, sino que se sujetaban a una fuerte experiencia comparada.

Respecto a la hipótesis de la apatía, se presentaron comparaciones diacrónicas observando el comportamiento juvenil en distintas líneas de tiempo (Madrid, 2005), demostrando la existencia de una suerte de alienación entre sus proyectos personales y los políticos. En gran parte de estos trabajos, los resultados arrojaban una relación de desarraigo juvenil con la falta de identidad y conocimiento de los procesos políticos (Delli, 2000). No obstante, otras interpretaciones rebatieron la hipótesis de la apatía, sugiriendo que los jóvenes tendían a presentar nuevos espacios de participación, por lo que el hecho de no acudir a las urnas no implicaría, necesariamente, una generalización del desencanto (Kimberlee, 2002). En otras palabras, no se trataría de una falta de interés por participar, sino que del encauzamiento de ese interés en otras instancias alejadas de la dinámica electoral.

De igual forma, hubo trabajos que plantearon los problemas de participación desde la perspectiva de la socialización y la influencia familiar, estableciendo que las características educativas, socioeconómicas y de orientación cívica de los padres y la escuela influían en el comportamiento de los jóvenes (Beck y Jennings, 1979 y 1982; Toro, 2007). Por ejemplo, algunos trabajos que evaluaron el impacto de la educación cívica sobre la participación mostraron su efecto positivo (Freie, 1997; Finkel, 2002; Toro, 2007). Un caso es el de Torney-Purta (1995) cuando comprobó la importancia de la construcción política entre pares y familiares para lograr una mayor participación. Esta tesis fue luego comprobada para Chile por Toro (2007), cuando demostró que la frecuencia de las conversaciones sobre política con los padres y amigos aumentaba la probabilidad de los jóvenes a inscribirse.

Por otro lado, el factor confianza en las instituciones se tornó fundamental en el análisis del involucramiento juvenil con la política. Algunos artículos han demostrado la tendencia de los jóvenes a desconfiar aún más en las instituciones (Morales, 2008), hecho que influiría directamente en la participación. En efecto, los análisis de desafección juvenil (Toro, 2007), demostraban la existencia de una relación directa entre los vínculos de las instituciones con la ciudadanía y la mayor o menor desafección. Es decir, cuando un joven sentía desconfianza en las organizaciones políticas y de gobierno, la probabilidad de ser parte del proceso electoral disminuía considerablemente.

En resumen, la literatura politológica postautoritaria ha fluctuado en tres momentos relevantes en lo que a participación política se refiere. Estos momentos tienen mucha relación con los acontecimientos que se llevaron a cabo en el país. Por ejemplo, luego del plebiscito, la mayor preocupación era cómo se iban a configurar o reconfigurar los partidos políticos chilenos a la luz de las nuevas tendencias y clivajes. Al bordearse la plena participación de los chilenos, todos estos trabajos asimilaron fácilmente una correspondencia casi perfecta entre lo que ocurría en la sociedad y el reflejo electoral que esto acarreaba. Luego, en los siguientes periodos, se comenzó a observar un declive en la inscripción que gran parte de los autores atribuyó a un proceso de normalización electoral respecto a las tasas previas a 1973. Esta normalización relativizaba ciertas voces catastrofistas del sistema, llegando a conclusiones mucho más prudentes en esta materia. Finalmente, a comienzos del 2000, el declive de la inscripción se hizo cada vez más persistente y la desafección juvenil fue el tema central tanto en el diagnóstico público como el académico.

Hoy en día, estos tres momentos se podrían catalogar de tres formas: de epopeya, en cuanto un hecho tan importante como el plebiscito determinó una participación única en Chile; de normalización, principalmente en los primeros años postplebiscito y, de desafección visto en las tendencias del último tiempo, principalmente en los jóvenes. A 20 años del plebiscito, es posible ver cómo se entrelazan estos momentos, y cómo, a su vez, estos momentos van conformando una división de generaciones políticas que es muy consistente con cualquier análisis de la política chilena, y que va más allá de las divisiones etarias tradicionales. A saber: los jóvenes, los adultos postplebiscito y los adultos preplebiscito.

III. PARTICIPACIÓN Y GENERACIONES POLÍTICAS

Gran parte de los informes sobre participación política en Chile suelen demostrar una tendencia de crecimiento durante los primeros años de la edad cívica, hasta lograr una fuerte estabilización en edades avanzadas. Este fenómeno, que se demuestra nítidamente en el Gráfico 1, ha generado interpretaciones que relacionan una dualidad entre inmadurez política de los jóvenes y normalización en la etapa adulta. Aunque no existen motivos para descartar esta hipótesis, especialmente porque está comprobado que la edad es una variable significativa a la hora de predecir la participación electoral (Toro, 2007), los trabajos se han visto truncados en sus análisis, especialmente por la forma de enfrentar analíticamente las cohortes etarias.

En efecto, hoy el análisis sobre participación electoral en Chile no puede ser observado solamente como problema etario. Ya pasado veinte años desde la masiva inscripción electoral, es más consistente observar los comportamientos de aquellos que no lograron hacerlo y que hoy se encuentran en la treintena. En el gráfico siguiente se observa la evolución de la participación por la división etaria convencional. Aunque los grupos no se encuentran agrupados por las etapas antes mencionadas, se observa que los de 18 a 35 años aún mantienen niveles bajos con respecto al resto de la población.

Sin embargo, son bastante más claras las diferencias cuando dividimos el análisis por las tres generaciones políticas. En efecto, al hacer este ejercicio se puede demostrar que es mucho más útil analizar la participación de las cohortes de jóvenes (18-29, desde ahora generación 1), adultos que no participaron en el plebiscito (30-37, desde ahora generación 2) y adultos que participaron en el plebiscito (mayores de 38, desde ahora generación 3), que cualquier otra manera de observar este fenómeno. Las diferencias estadísticamente significativas entre estos tres niveles corroboran la afirmación. Para el caso de la generación 1, el nivel declarado de participación en la última elección es de un 19,4%, cifra menor comparada con la ya menguada generación 2 (56%) y la generación 3 (89,8%). Este punto es interesante, toda vez que logra demostrar que la disminución en los niveles de involucramiento electoral atraviesa el límite máximo del grupo de los jóvenes y se instala en niveles más adultos.

La siguiente tabla muestra los estadísticos descriptivos de la participación por generaciones. Estos datos son recogidos de la pregunta LAPOP que se refiere a la participación de las últimas elecciones presidenciales. Los motivos para elegir esta pregunta son dos: i) porque tiene la ventaja de ser comparable con los otros países y ii) porque se asume que una mayor participación se lograría en una elección presidencial, al ser ésta de mayor importancia relativa.

Ahora bien, si miramos esta división desde el punto de vista comparado, las dos primeras generaciones se encuentran a niveles muy bajos con respecto a los otros países de las Américas. La brecha más marcada la anotan los jóvenes, quienes apenas logran la mitad de participación con respecto al penúltimo país, que es Honduras. De igual forma, la segunda generación tampoco llega a alcanzar a sus pares etarios de otros países, manteniendo el último lugar en la comparación, aunque dentro de los márgenes de error con Jamaica. Un salto interesante se logra con la generación preplebiscito, donde Chile se encuentra en un cuarto lugar en el promedio de participación. Los gráficos que a continuación presentamos demuestran aquella tendencia.

Estos datos logran relativizar dos de las hipótesis rivales ya vistas anteriormente. La de inmadurez y apatía política de los jóvenes y la del proceso de normalización histórica de la participación electoral. En efecto, los gráficos demuestran, por un lado, que el problema de desafección a los procesos electorales ya cruzó fuertemente hacia los sectores adultos que no alcanzaron a participar en el plebiscito y, por el otro, que los niveles de participación de ese sector ya superaron negativamente la barrera de la normalidad histórica señalada por algunos académicos. Es más, a nivel comparado, los chilenos de entre 30 y 37 años de edad se encuentran incluso por debajo de países con sistema de votación voluntaria como Colombia, Venezuela o Nicaragua.

¿Qué podría responder a estos fenómenos? La mayor parte de las explicaciones sobre participación política en Chile redundan en la inusual estructura de inscripción voluntaria y voto obligatorio (Navia, 2004; Valenzuela, 2004; Hunneus; 2004; Sierra, 2007; Chuaqui 2007). Algunos atienden que con el registro por una vez y votación para siempre, la persona llevaría a valor presente los costos de todas las elecciones en que debiera participar obligatoriamente durante su vida, situación que desincentivaría fuertemente la inscripción (Toro, 2007). Complementariamente, la mayor votación del grupo de 30 a 37 años podría ser explicada con la teoría de la inscripción tardía, es decir, a mayor edad más probabilidades de inscribirse. Sin embargo, por la cercanía del plebiscito de la generación 2, aún es prematuro establecer qué dirección toma este efecto. Es decir, si es una variable atribuida a la "madurez" de la persona (más años mayor propensión a inscribirse) o a la mayor o menor "cercanía" de la coyuntura crítica del plebiscito (más alejado del plebiscito menor propensión a inscribirse).

No obstante, las diferencias entre estos grupos no sólo se relacionan con la participación. También existen elementos de actitudes políticas que ayudarían a reforzar aún más la hipótesis de generaciones políticas. A continuación se presentan algunas de ellas.

IV. CARACTERIZANDO LAS GENERACIONES POLÍTICAS

¿Existen diferencias en términos de actitudes políticas entre las generaciones propuestas? En esta sección analizaremos desde cada grupo, variables de posicionamiento ideológico, legitimidad democrática y confianza en las instituciones. Se buscará caracterizar a los encuestados de una manera diferente a las cotas etarias típicamente encontradas en la literatura, sosteniéndose tres categorías en términos de las variables o factores de actitudes políticas, que luego serán comprobadas mediante test de medias: a) categoría de peldaños; b) categoría 1988, c) categoría transversal.

La primera es la categoría de peldaños, es decir, aumentos progresivos de una variable o factor a medida que avanzan las generaciones. Dentro de la categoría, lo más consistente -junto con la participación- es el eje liberal-conservador. Sobre este análisis existe una considerable acumulación de estudios comparados (Inglehart y Weizel, 2003, 2005; Inglehart y Abramson, 1999; Lañe, 2007) que surgen luego del seminal trabajo de Inglehart (1977), The Silent Revolution: Changing Vahes ana Political Styles among Western Publics. En lo fundamental, estos estudios demuestran la evolución de los cambios culturales de la sociedad postindustrial, cuya estructura societal explicarían la emergencia de un nuevo clivaje postmoderno.

Para el caso chileno, este nuevo clivaje es utilizado como Proxy para el análisis del tradicional conflicto entre clericales y seculares (Luna, 2008) que surge a propósito del papel de la Iglesia Católica dentro del Estado en el siglo XIX (Valenzuela, 1995). La principal conclusión radica en que tanto ésta como la fisura de clase ceden su lugar a un nuevo eje restrospectivo de régimen estructurado en función de los que apoyaron o no al general Pinochet (Tironi y Agüero, 1999; Luna, 2008; Tironi, Agüero y Valenzuela, 2001; Ortega, 2003).

No obstante, Luna (2008) sostiene que el eje liberal-conservador mantendría su vigencia a la hora de distinguir el nivel de educación y divisiones etarias. Para el primero se señala que esta fisura correría transversalmente por los partidos marcando diferencias entre los menos educados (más conservadores) y los más educados (marginalmente más liberales). Respecto a las divisiones etarias, el autor intenta demostrar que los jóvenes chilenos son significativamente más liberales que las generaciones mayores, hecho que podría representar un nuevo escenario político que, sin embargo, se encontraría obturado por la configuración competencia partidaria y la fortaleza del clivaje restrospectivo de régimen que no permitiría una nueva configuración en base a este eje alternativo (Luna, 2008).

¿Cómo se comportan estos ejes en la comparación de las tres generaciones? Para responder sobre el eje conservador-liberal concentraré las preguntas LAPOP relacionadas con el tema, en un factor. Luego generaré un score que dará puntaje de cada caso. Puntajes altos significan que tienen valores altos en muchas de las variables que correlacionan positivamente con el factor en la matriz de estructura y puntajes bajos, lo contrario. Los datos que arroja este ejercicio se pueden distinguir en el gráfico siguiente.

La nítida diferencia que entrega el gráfico anterior es luego testeada por el análisis de media, comprobando divisiones bastante significativas entre los grupos. En efecto, las diferencias entre las generaciones 1,2 y 3 son progresivas, demostrando que los estratos jóvenes son más liberales que la generación adulta postplebiscito y que ésta, a su vez, es más liberal que aquella que participó en 1988. Por cierto, tanto la generación 1 como la 2 son individuos que en su mayoría no están incorporados al proceso electoral. Este hecho podría determinar una fuerte distorsión del vínculo representativo, al tener élite con discursos y acciones que se alejan de la realidad del cambio social, y que profundizan aún más las tendencias de desafección política a las que se está enfrentando el país.

En seguida, una segunda categoría es la que separa aguas entre los grupos pre y postplebiscito. A ésta la llamaremos categoría 1988. Dos exponentes de esta división son los factores de confianza y el apoyo o legitimidad democrática. Muy correlacionadas entre ellas, estas dos variables han sido discutidas indistintamente debido a su incidencia sobre la calidad de la democracia (Hagopian, 2005; Payne et al., 2003; Mainwaring y Hagopian, 2005; Altman y Luna, 2007) y las estructuras de representación (Mainwaring et al., 2006). De igual forma, ambas son utilizadas como medida determinante de la desafección ciudadana y la distancia entre representantes y representados (Torcal, 2000).

En el caso chileno, los estudios de opinión pública han coincidido en demostrar la baja aceptación de las instituciones políticas y su incidencia sobre la democracia y la participación. Carlin (2006), por ejemplo, examina a nivel comparado cómo el contexto socioeconómico afecta el apoyo a la democracia. La relación que dispone es que los sectores más educados y de mayor riqueza tienen más propensión de apoyar a la autoridad, mientras que los sectores más pobres y desiguales tienen efectos negativos respecto a este factor (Carlin, 2006).

Ahora bien, si observamos desde el punto de vista comparado los niveles de aceptación a la democracia, Chile no se encuentra en un lugar muy privilegiado dentro del continente. El gráfico siguiente demuestra que el nivel de aprobación de la democracia es comparativamente más bajo que otros países.

La pregunta es que si dentro de este lugar poco privilegiado, existen diferencias entre las personas que pudieron participar en el plebiscito y aquellos que no. Para ello, al igual que el caso del eje liberal-conservador, he colapsado en factores las preguntas sobre confianza institucional. De ellas han salido dos grupos relevantes: el de instituciones políticas y el FFAA y de orden. Luego se generó el score que fue analizado mediante test de medias. Para el caso de la aprobación de la democracia, sólo me limité a construir una variable dicotómica y realizar los diagnósticos correspondientes. Los resultados señalan que, para el caso de confianza en las instituciones políticas, no existen diferencias significativas entre la generación 1 y 2 y sí las hay entre 1+2 y 3. En el caso del factor de FFAA y Orden, no se encuentran diferencias significativas entre las generaciones 1 y 2, resultado que sí se encuentra entre la generación (1+2) y 3. Lo mismo ocurre con la variable aprobación o legitimidad democrática. La siguiente tabla resume estos hallazgos.

Estos resultados demuestran que la diferencia más consistente en los factores de confianza tiene que ver con la división del plebiscito. Esto podría interpretarse como una fisura generacional menos escalonada que la anterior y que encuentra su punto de inflexión en los individuos de 38 años y más. Nótese también que los resultados de las diferencias dieron positivo, es decir, la generación que participó en el plebiscito tendría, en promedio, mayor confianza en las instituciones y mayor legitimidad de la democracia que aquellos que no participaron.

Finalmente, dos ejes que corresponderían a una categoría transversal por no lograr observar una diferencia significativa entre generaciones, son las de posicionamiento izquierda-derecha y el eje Estado-mercado. El primero ha sido analizado profusamente para observar tendencias y posicionamiento de los partidos y los electores (Morales, 2008 y forthcoming; Colomer y Escatel, 2005; Ortega, 2003; Navia, 2007; Seligson, 2007). Un punto central en esta literatura ha sido observar la correspondencia entre el electorado y los resultados electorales. Por ejemplo, a nivel latinoamericano, Seligson (2007) logró demostrar una mayor tolerancia en los votantes de izquierda a formas de gobierno alternativas a la democracia. El eje Estado-mercado también ha sido testeado como fisura generativa en los estudios de opinión pública. La intensión de este tipo de trabajos ha sido evaluar la existencia de resabios relacionados con la discusión entre tendencias desarrollistas y aquellas más orientadas al libre intercambio, así como la actual discusión sobre el rol regulador del Estado.

Los siguientes gráficos muestran una perspectiva comparada de estos ejes a nivel de las Américas. Como suele ocurrir con las preguntas de autoposicionamiento en los ejes izquierda-derecha, todos los países se ubican en el centro de espectro ideológico, siendo República Dominicana la que se ubica comparativamente más a la derecha. Sobre el eje Estado-mercado, se tomó como comparación la pregunta que dice relación con la responsabilidad del bienestar de la gente2- Resulta interesante cómo ahora, República Dominicana, se encuentra más cercana a la idea de responsabilidad del Estado sobre el bienestar, hecho que podría romper con la idea convencional de una correlación entre las tendencias de derecha y actitudes políticas más centradas en el trabajo individual y sin participación del Estado.3 En ambas comparaciones Chile ocupa posiciones intermedias bastante estables.

La trasversalidad de estas dos variables para el caso chileno se comprueba nuevamente con el test de medias del factor Estado-mercado y el eje izquierda-derecha. Para el primero, sólo podríamos apreciar un contraste si unimos la generación 1 con la generación 2 (jóvenes + postplebiscito) y la comparamos con la generación 3 (preplebiscito). Sin embargo, esta diferencia sólo podría ser robusta si relajamos la significancia al 10%. Respecto al segundo eje, los análisis demuestran que no es posible establecer alguna desigualdad entre las generaciones. Es más, si filtramos la posición intermedia (5) y sólo nos abocamos a analizar las personas que se posicionan a la izquierda (de 1 a 4) o la derecha (de 6 a 10), tampoco podemos sacar algún tipo de conclusión respecto a divergencias generacionales.

Con todo, la siguiente tabla resume por categorías, los hallazgos observados anteriormente.

IV. IMPLICANCIAS Y DISCUSIÓN

Ya pasados veinte años del triunfo del No, el escenario político y social del país está comenzando a revelar pistas nuevas y muy interesantes sobre las actitudes políticas de los chilenos. Una de estas pistas -que probablemente tendrá fuertes implicancias para futuras investigaciones- es la relativización de la responsabilidad que le cabía a la juventud, sobre la mayor parte de los males relacionados con la participación, desafección política y legitimidad democrática. En efecto, durante gran parte de este artículo, se buscó demostrar que en la otrora muy importante división convencional joven-adulto, se engarzó un grupo de 30 a 37 años de edad que también comenzó a presentar gran parte de las actitudes que anteriormente eran atribuidas única y exclusivamente al sector más joven de la población.

Ante esta evidencia, uno de los ejes centrales del trabajo fue intentar caracterizar de mejor manera las divisiones generacionales en lo que a materia política se refiere, inclinándose por la existencia de tres peldaños relevantes en el análisis: a) los jóvenes (18-29); b) adultos postplebiscito (30-37) y c) adultos preplebiscito (38 y más). Fueron estos tres peldaños los que se utilizaron como cohortes de comparación en distintas temáticas relacionadas con la opinión pública y cultura política. En ellos se logró comparar semejanzas muy significativas entre los dos primeros grupos y diferencias robustas entre estos y los mayores de 38 años de edad.

En materia de participación, por ejemplo, resultó interesante observar cómo comparativamente Chile se encuentra en el último lugar de las Américas dentro de las dos primeras cohortes. Esto es aún más dramático cuando vemos que es superado incluso por aquellos países que tienen un sistema de voto voluntario como Venezuela o Colombia. Sobre este punto, la teoría tiende a entregar respuestas relacionadas con las barreras de entrada del régimen electoral, debido al inusual sistema de inscripción voluntaria y voto obligatorio. Sin embargo, aunque lo anterior es cierto, no es condición suficiente para explicar la baja participación, en especial si recordamos que este mismo sistema fue el que logró una inscripción única en la historia del país en una circunstancia especial como el plebiscito.

En consecuencia, si las barreras de diseño institucional no logran explicar del todo lo que está sucediendo en Chile, ¿Qué otras variables debieran integrarse en esta causalidad? De las divisiones generacionales propuestas, es más fácil aventurar propuestas de investigación que involucren los elementos de socialización política en la coyuntura del plebiscito y las secuelas que este hecho provocó en las generaciones previas a 1988. Por ejemplo, si observamos en materia de confianza en las instituciones y legitimidad democrática, se puede corroborar una diferencia bastante consistente entre los grupos que participaron en el plebiscito (más confianza) y aquellos que no (menor confianza). Lo mismo sucede, aunque más escalonadamente, cuando observamos tendencias mucho más liberales en la generación postplebiscito y significativamente más conservadoras en los mayores de 38 años.

Con todo, este artículo busca ser una campanada de alerta en los análisis generacionales de las actitudes políticas. No es posible hacer comparaciones sólo tomando prestadas las divisiones convencionales, sin tener en cuenta la gran capacidad movilizadora de los grupos políticos durante los años del plebiscito y que tendió a marcar fuertemente a buena parte de una generación que hoy, con mayor o menor motivación, participa del proceso electoral. No cabe duda que este punto de inflexión se muestra mucho más robusto que el solo hecho de mirar cortes etarios convencionales para observar las causantes de la deslegitimación del sistema político. Si somos algo más incisivos en el análisis, podremos ver que el padrón envejece no sólo por la desafección juvenil, no sólo por las barreras institucionales, sino también porque la cota histórica de 1988 cada vez se hace más profusa.

NOTAS

* Agradezco enormemente la ayuda y comentarios de Rafael Piñeiro, Pilar Giannini, Juan Pablo Luna, Taylor Boas, Fernando Rosenblatt y Mauricio Morales. Por supuesto, todos los errores y omisiones son de mi exclusiva responsabilidad.

1 En muchas ocasiones el General Pinochet hablaba despectivamente hacia la política y los políticos. Una de las frases más elocuentes era la de señores políticos. El año 1978, luego de la consulta del 5 enero, señala señores políticos, esto se les acabó a ustedes. En: Pinochet quiere crear su "movimiento". El País. 6/1/1978.

2 La pregunta señala lo siguiente: Ahora le voy a hacer algunas preguntas sobre el rol del Estado. Seguimos usando la misma escala de la7. "El Estado chileno, más que los individuos, es el principal responsable de asegurar el bienestar de la gente".

3 Es más, la correlación entre ambas variables apenas alcanza 0.0173

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Sergio Toro Maureira es investigador en el área de gobernabilidad en la Corporación de Estudios para Latinoamérica, CIEPLAN. Además forma parte del equipo Chile-LAPOP 2008 del Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. (E-mail: sergio.toro@cieplan.org)