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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  no.503 Concepción  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622011000100008 

Atenea N° 503- I Sem. 2011: 147-163

 

ARTICULOS

 

La invención del mito de Diego Portales: La muerte y el rito fúnebre en la tradición republicana chilena

The invention of the myth of Diego Portales: Death and funeral rites in the Chilean republican tradition

 

Juan Carlos Arellano G.
Doctor en Historia ©, académico del Departamento de Sociología y Ciencia Política de la Universidad Católica de Temuco. Temuco, Chile. E-mail: jarellano@uct.cl


RESUMEN

Diego Portales se ha transformado en una verdadera leyenda en la historia política chilena. Figura controversial que ha motivado interpretaciones muy disímiles. El objetivo del presente artículo es analizar el punto de partida de este mito político. Para ello estudiaremos los últimos momentos de la participación política del ministro en 1837, desde la perspectiva del El Príncipe de Maquiavelo. La idea es explicar, utilizando la. teoría política moderna del filósofo florentino, las circunstancias que rodean la muerte de Portales. El funeral también será parte de este estudio, planteando que responden a la necesidad de inventar una tradición de carácter republicano en el marco de los nacientes estados hispanoamericanos.

Palabras clave: Diego Portales, fortuna, funerales, tradición republicana.


ABSTRACT

Diego Portales has become a true legend of Chilean political history, a controversial figure who has prompted very different kinds of interpretation. The aim of this article is to analyze the origin of his political myth. We will study the final phase of the minister’s political activities in 1837 from the perspective of Machiavelli’s The Prince. By means of the Florentine philosopher’s modern political theory, we may explain the circumstances which surrounded the death of Portales. A look at Portales’s funeral reveals that it responded to a need to create a republican tradition at the time of the birth of the Hispano-American nations.

Keywords: Diego Portales, fortune, funerals, republican tradition.


 

SÓLO tres años como ministro "todopoderoso", sumando sus dos períodos, le bastaron a Diego Portales para transformarse en una verdadera leyenda en la historia política chilena. Son abundantes las interpretaciones sobre la imagen de Portales en la historia republicana de Chile. En distintos períodos renace el interés por rescatar o cuestionar su polémica participación en la política nacional. obviamente la historiografía no ha estado al margen de este interés, siendo tal vez en parte la culpable de la construcción de este verdadero mito de la República. Se ha investigado su participación en la vida pública desde múltiples dimensiones y con explicaciones a veces muy disímiles, que atribuyen o desmienten la verdadera relevancia del ministro en la construcción de un régimen definido, por algunos, como "portaliano".

En un breve repaso por la historiografía chilena, considerando sólo las interpretaciones que han tenido una mayor trascendencia, en la enigmática figura del ministro, se argumenta de Portales: para el siglo diecinueve que simboliza una "reacción colonial" (Lastarria, 1973: 39) y también se le han atribuido características de "genio"(Vicuña, 1974: 451)1; en las primera mitad del siglo veinte algunas interpretaciones le atribuyen el carácter de instaurador de "el Estado en forma" (Edwards, 1945: 69) o "régimen portaliano" (Encina, 1964: 198); más tarde, en la década de los ochenta, se le acusa de ser una falsificación histórica definiéndolo como un "déspota ilustrado" (Villalobos, 1989: 32); o también como un dictador que resolvió un problema de "autoridad" (Jocelyn-Holt, 1999: 133)2; para finalmente sentenciarse, luego de sus exhumaciones el 2005, y en una reedición de su epistolario en 2007, en este continuo renacer en la historiografía chilena, que es la "figura clave de acceso a la narrativa maestra de la historia política del país" (Vicuña, 2007: XIX).

La mirada que desarrollamos en este análisis plantea cómo el "mito portaliano" se construyó en parte por las circunstancias políticas que rodearon la muerte y los funerales de Portales. Nuestro enfoque se desarrolla a partir de la tensión presente entre virtud y fortuna expresada en la obra de Maquiavelo El Príncipe3 (2002), y cuyo juego dialéctico animaría el ejercicio del poder. Este marco teórico nos servirá para explicar la muerte y la sacralización política del ministro en junio de 1837.

También recurriremos al filósofo político Pocock (2002), quien interpreta a El Príncipe como un tratado teórico inspirado sobre una particularidad concreta, pero sin ninguna relación con ella. Este autor plantea que la obra del florentino es una tipología de los innovadores y su relación con la fortuna. Argumentando que la virtud es aquello por lo cual se genera la innovación y por cuya intermediación se liberan las consecuencias incontrolables e impredecibles. La fortuna aquí es definida como la incertidumbre generada por la innovación política que quiebra las costumbres o tradiciones legitimantes del orden precedente, escenario en cual sólo puede ser dominado por las virtudes de ‘el príncipe’.

A su vez los ritos funerarios realizados a Portales serán interpretados dentro de la necesidad de inventar una tradición republicana cuyo objeto es la de legitimar los nacientes estados hispanoamericanos (Mc Evoy, 2006). La necesidad de las repúblicas de fundar una nueva legitimidad las obliga a inventar tradiciones acordes con los nuevos idearios políticos. Por ello consideramos que el funeral de Portales simboliza la fundación del panteón republicano chileno.

CUANDO LA NATURALEZA NOS TRAICIONA

La virtud entendida como audacia o acción no es suficiente para legitimar el agitado mundo del ‘príncipe’. Todas las formas que impone siempre son azotadas por constantes temblores y terremotos que perviven en el corto plazo, y que constantemente desmoronan lo construido. A diferencia del legislador que obra con pretensiones de inmortalidad, el ‘príncipe’ sólo puede apostar a construir un mundo para el presente. La innovación generada por él mismo lo obliga sólo a pensar en el día a día; no hay tiempo para proyectar al largo plazo. Es una tierra dominada por la acción innovadora y fluctuante, más que por la tradición y la legitimidad.

¿La audacia o la cautela? ¿Cuál de estas dos alternativas es la mejor opción para enfrentar la fortuna? Maquiavelo respondería que cualquier estrategia puede ser utilizada dependiendo de las circunstancias que la fortuna le ha destinado vivir. Los hombres por naturaleza son cautos o audaces, y asimismo una u otra opción puede llevar al éxito y el fracaso. Es por eso que señala: "… y de la misma manera vemos que dos hombres pueden triunfar por igual adoptando conductas distintas, siendo uno prudente y el otro impetuoso. y el motivo no es otro que la circunstancia, que concuerdan o no con su modo de proceder" (Maquiavelo, 2002: 189). El problema está cuando la fortuna hace cambiar nuestra situación, ya que el individuo se acostumbró a actuar de manera cautelosa o audaz. Maquiavelo señala al respecto:

Pero en cuanto los tiempos cambien y las cosas cambien se arruina, porque no modificará su proceder. y no existe ningún hombre tan sabio que sepa acomodarse a estos cambios, en parte porque, al haber prosperado siguiendo un mismo camino, no puede convencerse de desviar de él. Por eso el hombre que supiera cambiar su naturaleza de acuerdo con los tiempos y con las cosas, no cambiaría la fortuna (2002: 190).

En definitiva, ninguna virtud es capaz de dominar completamente la fortuna, como para asegurar que una estrategia siempre tenga buenos resultados. Más aún, ninguna virtud es capaz de cambiar su propia naturaleza para hacernos mutar frente a los imprevistos del tiempo. Por lo tanto, si no es posible cambiar su propia naturaleza será imposible transformar la de sus súbditos. Si el ‘príncipe’ pretende legitimidad debería ser hábil en habituar a los hombres a otro vivire. Sin embargo, al parecer el ‘príncipe’, en un contexto de innovación y fortuna, sólo presenta cualidades para hacer frente a las condiciones de existencia política entendida en el corto plazo (Pocock, 2002: 264). Para Maquiavelo las únicas fuerzas por el momento identificadas para generar estabilidad eran la costumbre y la gracia o, mejor dicho, la virtud sobrehumana del legislador, quien era capaz de establecer una prima forma a la naturaleza.

¿Pero, qué sucedió con Portales, hombre amado por su sector político por su manera de ejercer el poder, y que en su segundo período (1835-1837) actuó de manera más inclemente aún? En esta segunda etapa, en el ejercicio del poder, su proceder se hizo más odiado que su intervención en el año 1829. Su poder omnipotente, la supresión de la oposición, los hechos de sangre y su inclemencia lo hicieron ganarse muchos enemigos. Como dijo Maquiavelo, el problema está en que los hombres se habitúan a actuar de cierta forma cuando les da buenos resultados. Pero las complicaciones emergen cuando las circunstancias cambian y el innovador es incapaz de habituarse, siendo finalmente envuelto por la fortuna.

Portales tenía una forma de proceder, en su primera etapa, que le había significado muy buenos dividendos; sin embargo, cuando decide regresar al poder continúa con su manera autoritaria y, lo que es peor aún, la intensifica. Esto no fue bien visto en aquel entonces, ya que su intransigente política no tuvo buena acogida por la opinión pública chilena. El proceder de Portales fue tolerado en un momento de crisis de la clase política. Sin embargo, las circunstancias habían cambiado tras cinco años de ausencia y la elite chilena exigía mayor libertad y más canales de participación. Diego Portales, quien fue invitado por el sector más conservador de la elite a resolver nuevamente el conflicto, procedió con el autoritarismo que le caracterizaba, lo que generó un temor y un rechazo espontáneo en la ciudadanía, que fue gradualmente sumando detractores y enemigos en todos los sectores de la sociedad, tanto civiles como militares. El poder del Estado estaba en manos de un solo hombre, al igual que un tirano, enemigo de los sentimientos republicanos, lo cual evidentemente debía producir por lo menos algún resquemor.

Las facultades extraordinarias otorgadas por el Congreso, en enero de 1837, a raíz de la declaración de guerra a Santa Cruz, hicieron de Portales no sólo un hombre temido sino también odiado por el carácter autoritario e inclemente del Gobierno. El terror ante la indefensión producto de un poder omnipotente sin contrapeso, entregado al capricho de un solo hombre, fue generando un profundo rechazo. El ideario republicano que se encontraba anidado en la elite chilena, el cual declaraba su pasión por las instituciones políticas que resguardan la libertad del ciudadano, sufría ante el manejo de un incontrolable tirano.

En la oposición a la administración de Portales fue, gradualmente, forjándose la imagen de tiránica como los antípodas del republicanismo. La suspensión de los derechos constitucionales, el receso de la opinión pública, la indefensión ante los Consejos Permanentes fueron sembrando una sensación de ilegitimidad en la oposición. El ideario republicano, a nuestro juicio, era la ideología política de consenso al interior de la elite; sus ideales se exaltaban como las directrices sobre las cuales debía conducirse los destinos del Estado. En este período todos se declaraban patriotas, y los debates se esgrimían en un lenguaje republicano. La oficialidad y la oposición debatían en torno a la cercanía o el distanciamiento de estos ideales que habrían sido el discurso legitimador bajo el cual se justificaba el nacimiento de los estados en la América española.

Todo este ambiente denso, de incredulidad ante la guerra y los atropellos a los derechos ciudadanos, logró resquebrajar en parte el entorno de Portales. El ‘príncipe’ comenzaba a ser odiado. Durante los preparativos para la Expedición Restauradora al Perú se fue tejiendo de manera subterránea lo que más tarde y de forma sorpresiva se conoce como el "motín de Quillota", el levantamiento de una parte de las fuerzas armadas, del batallón Maipo, liderado por el coronel José Antonio Vidaurre. El coronel era uno de los hombres de confianza del ministro. Ante la primera advertencia de un motín, Portales se niega a creerla: "… usted sabe que es un hombre [Vidaurre] de pundonor, que conoce el estado del país, y con juicio bastante para no perderse tan tontamente" (Fariña, 2007, 2: 668). De hecho, Portales decide llamarlo para preguntarle directamente sobre aquello: "Dicen que usted me va a hacer la revolución"; a lo cual un sereno Vidaurre respondió: "Señor ministro: cuando yo le haga la revolución, su señoría será el primero en saberlo!" (Vicuña, 1974: 372), a pesar de la suspicacia de Portales, quedó satisfecho con la respuesta, seguramente basado en la confianza y estima que le tenía, por lo cual decide finalmente nombrar al coronel Vidaurre como jefe de Estado Mayor del Ejército.

Con sus nuevas funciones el coronel se acuartela en Quillota con el objetivo de arreglar los preparativos para que el Ejército zarpara hacia el Perú. Portales, por ese entonces en Valparaíso, intempestivamente decidió visitar al Ejército acantonado en Quillota para cerciorarse personalmente de que todo estuviera listo para el embarque de la expedición. Los rumores de un posible motín eran fuertes en el puerto, en la capital y en todos lados. Las advertencias venidas del sur y de sus amigos en el puerto le señalaban que no realizara la visita. Sin embargo, obstinadamente no prestó mayor atención a estos consejos, aseverando que sólo eran cosa de pipiolos. Según Vicuña Mackenna: "¿Cómo, por último, podía cerrar sus oídos a esas mil voces que se llaman la voz del pueblo y que parecían vibrar en cada átomo de aire, cuando hasta los muchachos de las calles decían que no había expedición? ¡Extraño fatalismo!" (1974: 394). Fatalismo es la explicación que atribuye Vicuña Mackenna a la obstinación por este viaje.

La naturaleza de Portales le jugó una mala pasada, fue incapaz de escuchar algo que todo el mundo veía como evidente. Tal vez su excesiva confianza en su particular forma de proceder lo hicieron sordo ante la situación que todos le advertían. él sabía muy bien enfrentar a sus enemigos los pipiolos. En ese escenario siempre actuó con inteligencia y salió airoso, pero producto de su naturaleza fue incapaz de reaccionar ante el ataque que venía desde su espalda, es decir, de un hombre de su confianza y estimación. El omnipotente ministro se habría habituado a ejercer el poder a su manera y eso le había dado excelentes resultados. De hecho es en este momento cuando estaba en la cima de su poder. Sus proyectos de guerra se estaban llevando a cabo, y las facultades extraordinarias le dieron las herramientas necesarias para controlar todo el aparato del Estado. No obstante, estando en la cúspide, dueño de los destinos del país, cometió el error de confiarse perdiendo la capacidad de estar atento a los cambios. Esa es la fatalidad o la paradoja del ‘príncipe’ nuevo, como muy bien esgrime Maquiavelo: su incapacidad de cambiar su naturaleza de acuerdo a las circunstancias.

El 2 de junio de 1837 el ministro, junto con una pequeña comitiva, llegó en su birlocho a Quillota. Pasaba revista a las tropas del Ejército, que en número llegaban a unos mil quinientos hombres. La fortuna sorpresivamente le vierte uno de sus peores designios. En medio de la plaza es rodeado por la tropa y hecho prisionero, siendo el líder de este levantamiento el coronel José Antonio Vidaurre, quien declara oponerse a un gobierno tiránico y una guerra absurda. De aquí en adelante la fortuna es la absoluta dueña del destino del ministro Portales. Los planes de Vidaurre eran dirigirse a Valparaíso, donde contaba con contactos para levantar el batallón Valdivia. El desgraciado ministro fue trasladado en su birlocho con los grilletes en las manos.

Mientras tanto, en Valparaíso, con la noticia del amotinamiento del Maipo, las fuerzas de resistencia se habían reagrupado bajo al mando del general Blanco Encalada, el gobernador Ramón Cavadera y el coronel Victorino Garrido, quienes lograron reunir un número levemente superior de soldados que los sublevados. El objetivo era sencillamente resistir hasta las últimas consecuencias. Esto sin duda se presentó como un mal augurio para el coronel Vidaurre, quien, en su desesperación, solicitó a Portales que escribiera una carta a Manuel Blanco Encalada y Ramón Cavadera para que se rindieran y así evitar el derramamiento de sangre. Portales, sin otra alternativa, y con la muerte rondándole, escribió su última carta el 5 de junio en marcha a Valparaíso, solicitando una capitulación honrosa por el bien de la Patria4.

La repuesta del coronel Garrido fue tajante y altanera, cerrando cualquier espacio a la negociación. La desesperación y el nerviosismo se apoderaron de los rebeldes; sólo cabía el enfrentamiento, el cual se desarrollaría en el descenso de las alturas del cerro Barón. ordenados en una columna, el ministro se encontraba al final de ésta, custodiado por la cuarta compañía a las órdenes del capitán Florín. Durante la batalla las fuerzas de Vidaurre fueron obligadas constantemente a replegarse por las continuas descargas de fusiles. En medio de este complejo escenario, el coronel Vidaurre escuchó en su retaguardia algunos disparos de fusil. En un principio los atribuyó a un ataque sorpresivo del enemigo, sin embargo el capitán Ramos de manera casi descontrolada le informó que Florín había asesinado al ministro. "Vidaurre se llevó las manos a la frente, y después de algunos segundos de una mudez convulsiva, que, a la luz habría sido horrible de ver, dijo estas solas palabras a los circunstantes: ‘¡señores, somos perdidos!’" (Vicuña, 1974: 437).

Y así fue que luego de la noticia, el descontrol y la confusión se apoderaron del Maipo, y el batallón enemigo finalmente logró romper las líneas. En un último intento, que habla de la valentía de Vidaurre, emprendió una carga frontal descendiendo por la estrecha quebrada, siendo repelidos por la fuerzas del general Blanco. En un desastre de esta envergadura el caos se apoderó definitivamente de los sublevados, y se dieron a la fuga de manera dispersa, lo cual dio fin al infortunado motín, que tuvo como uno de sus más infelices resultados el asesinato de uno de los hombres más poderosos del Chile de aquel entonces. El periódico oficial, El Araucano, en su editorial comienza a sembrar un aura mística en torno a la figura del fallecido ministro: "La revolución de Quillota y el asesinato del SEÑOR P0RTALES son ciertamente de aquellos grandes hechos que muy de cuando en cuando espantan al universo, para probar hasta qué punto puede llegar la perversidad del hombre. Pero el regulador de las fortunas humanas, que distingue a Chile con una particular predilección, ha querido que el testimonio de la feroz maldad de los monstruos de Quillota sirva de experimento consolador y satisfactorio de la moral y de las virtudes patrióticas de todo un pueblo"5.

La fortuna finalmente venció al ‘príncipe’ Portales, transformándolo en su víctima. El ministro, en la plenitud de su autoridad, cayó en los designios inciertos y azarosos de la esquiva fortuna. Entrar a actuar en el juego de la política es exponerse a las inseguridades del sistema de poder del hombre; esto quiere decir que se entra en un mundo de perpetua mutabilidad, cuya historia es la de la inseguridad política. Maquiavelo consideraba que, si bien la fortuna era incierta y peligrosa, era posible seducirla. Si bien Portales logró cautivar a la diosa de la fortuna, fue traicionado por su confianza en su manera de actuar, es decir, por su naturaleza. Maquiavelo nos enfrenta a la política moderna en que la praxis humana es reivindicada en su poder de cambio en el tiempo y las circunstancias (Vatter, 2000: 12). En este caso la vida política del ministro puede ser interpretada como el intento del hombre por darle forma a las circunstancias. Para Portales, la forma política no era lo más importante, en un periodo de ingobernabilidad la tarea del político debe ser la de controlar el acontecimiento, articular los cambios de la forma o el orden legal en virtud del evento, siendo la acción su principal arma. Por ello discrepamos de esta mirada de "estadista" o constructor de un "régimen", ya que Portales sólo se preocupó de cambiar las circunstancias a su favor, de seducir a la fortuna ante el diagnóstico de un escenario de ingobernabilidad o ilegitimidad. Su muerte es el símbolo de lo agitado y convulsionado de los tiempos que le tocó enfrentar. Si bien Maquiavelo aboga por la virtud del ‘príncipe’ como el arma para contrarrestar y hacer un cambio favorable a los tiempos, jamás negó lo peligroso que significa enfrentar este duelo.


Fusilamiento de Portales, 1837. Las dos primeras imágenes
son de autor desconocido. La última corresponde a una
acuarela de Pedro Subercaseaux. Fuente: memoriachilena.

UN FUNERAL REPUBLICANO: EL ORIGEN DEL MITO

La fortuna terminó con la vida del recordado ministro, tragedia que, irónicamente, lo inmortalizó convirtiéndose en un verdadero mito de la historia republicana chilena. La historiografía ha contribuido a resaltar, y a veces a sobredimensionar, el papel jugado por el ministro. Sin embargo, hay que sumar otros elementos que contribuyeron a perpetuar su actuar en el sistema político. Portales era un hombre bastante polarizado en los sentimientos que generaba en su entorno; era querido o era odiado. Su primera intervención surgió en medio de un conflicto que inexplicablemente logra liderar, sin tener ninguna filiación ni pasado político que justifique su vertiginosa escalada a la cúspide del poder. Después, en el año 1835, el sector conservador clama su vuelta al Gobierno entregándole plenas facultades para que las ejerza sin ningún límite.

¿Cómo se explica esto? Según Pocock, el ‘príncipe’ de Maquiavelo debe expresar dentro de sus virtudes un cierto grado de carisma. La virtud del ‘príncipe’ nuevo puede concitar más lealtad que la del ‘príncipe’ hereditario -gobierno sostenido en la autoridad racional o tradicional- gracias a la existencia de un carisma (Pocock, 2002: 263). Sin embargo, la pregunta que no responde Maquiavelo es si ese carisma logra concretarse en una estructura institucionalizada. Difícil respuesta, más aún si la trasladamos a Portales, ya que existe un amplio debate sobre el verdadero legado del ministro. Pero sí es posible considerar la existencia de algún grado de carisma en Portales, lo cual lo condujo, de una u otra forma, a manejar los principales resortes de la máquina del Estado. Para dilucidar la imagen seductora que emanaba del ministro, el juez instructor que siguió la causa de su asesinato realiza una interesante reflexión al ver el cuerpo de Portales, y dice: "Como hombre se me partió el alma al ver el cadáver de Portales; derramé sobre él lágrimas muy sinceras, hubiera dado mi vida por resucitar a este hombre tan grande que nos prestó servicios eminentes, digno de mejor suerte; pero, como chileno, bendigo la mano de la Providencia que nos libró en un solo día de traidores infames y de un ministro que amenazaba nuestras libertades" (Villalobos, 1984: 210).

Los sentimientos encontrados en el comentario del juez son, sin duda, una de las primeras piezas que comienzan a sellar el carácter mítico y contradictorio de la figura de Portales. Sin embargo, es a partir del gobierno desde donde se comienza a bendecir la figura del ministro como la de un "gran hombre". Para desarrollar de manera breve este punto sería interesante revisar los funerales de Estado que le realizaron al asesinado ministro, y que lo han catapultado a la categoría de héroe. Según afirma Carmen Mc Evoy, la muerte se transforma en el primer paso a la inmortalidad y el rito del funeral se convierte en el acto que lo sella (2006). En los nacientes estados americanos la invención de una tradición republicana y la construcción de un poder estatal fue uno de los objetivos principales de las naciones hispanoamericanas. Las particularidades que resalta la historiadora sobre el funeral estatal no son sólo el quiebre de la temporalidad espacial y cotidiana, sino además cuentan con tres componentes esenciales: un gran hombre, la República y la posteridad. Esta última entendida como atribución exclusiva de la República, que es la única entidad facultada para perpetuar el recuerdo del gran hombre. y un hecho no menor para el análisis de la incorporación a la memoria eterna de nuestro personaje, es la imagen circunstancial del régimen que define y convierte al cuerpo en símbolo. Es así como la muerte se transforma en una fuente de poder, pues el gran hombre pasa a la categoría de ancestro. En definitiva, el funeral de Estado se convierte en un instrumento político6.

Al igual que Maquiavelo, Portales sin duda hubiera estado de acuerdo en que sus funerales fueran utilizados como un instrumento político, si ayudaban a perpetuar la estabilidad de la República. El dios de Maquiavelo, nos relata Viroli, es un dios político amigo de los príncipes que realizan cosas grandes, y que tiene muy poco de Dios cristiano. Maquiavelo sabía perfectamente que el temor a Dios y los rituales religiosos tienen efectos beneficiosos sobre las costumbres de los hombres y es un instrumento para dar fuerza a las leyes y la autoridad de la República (2002: 246).Por ello, como vimos, el ministro siempre tuvo una relación cordial con la Iglesia. Sabía el poder que ella tenía en el mundo temporal, reflejándose en afirmaciones tales como: "… la religión es el único freno para las masas" (Fariña, 2007); dicha frase muestra una relación con la Iglesia y la religión más bien de tipo temporal y de conveniencia al poder terrenal que espiritual.

Dicho lo anterior, es mucho más fácil observar cómo se desenvolvieron los funerales de Diego Portales. Con su asesinato la guerra consigue su primer mártir. Las portadas de los diarios oficialistas de la época subrayaron la noticia e iniciaron una propaganda para resaltar todas las virtudes del fallecido, publicando todos los discursos oficiales que honraban la memoria del caído ministro. Era de vital importancia, en un contexto de una guerra declarada, presentar una imagen de unión y solidez no sólo para el exterior, sino también para el interior de la nación. Portales fue el principal promotor de la guerra, por ello era lógico que su muerte se transformara en un símbolo que, desde el panteón republicano, diera más fuerza y legitimidad a los alicaídos ánimos en torno a la guerra.

Su trágica muerte causó conmoción en la nación. Ver desplomarse al todopoderoso ministro, a lo menos, debía causar algún grado de incertidumbre al interior de la República. Nadie quedó indiferente a su asesinato. José Victorino Lastarria describe el momento justo cuando se dio la noticia de su muerte a las afueras del palacio de Gobierno: "‘El Ministro ha sido asesinado’, dijo, y volvió a cerrar con estruendo las puertas. Un rumor sordo, prolongado, parecido al eco lejano de un huracán, llenó los ámbitos; era un viva a media voz, un viva inhumano, terrible, pero espontáneo y demasiado expresivo de la oposición que rechazaba la dictadura. Tenemos grabada aquella escena espantosa y no la olvidaremos jamás" (1973: 82). Pero, al contrario, de lo que se podía suponer, su muerte fue más bien un símbolo que reforzó al régimen conservador (Collier, 2005: 94). Los funerales y los discursos dirigidos a la opinión pública fueron encaminados en función de fortalecer la imagen de la institucionalidad política y del Gobierno, y como una razón más para emprender la expedición restauradora, especulándose que la sublevación habría sido instigada por Santa Cruz.

La procesión fúnebre de Portales fue larga. Luego de haberlo encontrado muerto en el cerro Barón, casi desnudo y mutilado a raíz de las descargas de fusiles y de sablazos en su estómago, se inició el traslado del cuerpo embalsamado a Santiago. El corazón, como hecho simbólico, fue reclamado en Valparaíso. Se realizó una procesión en el puerto donde participaron, según los periódicos de la época, todas las autoridades políticas y militares, y todo el vecindario. Nueve días duró el viaje a Santiago que fue acompañado por el victorioso batallón Valdivia y dos cuerpos cívicos, un párroco y una que otra autoridad provincial.

El 13 de junio arribaron a las cercanías de la capital. El mal tiempo impidió que se cumpliera al pie de la letra el decreto del 7 de junio, que disponía saliesen a recibir el acompañamiento algunas compañías militares y las principales autoridades públicas. En la mañana del 14 se dispuso la entrada a la ciudad. La pompa fúnebre, junto con el birlocho y los grillos que los acompañaron en sus últimas horas, hizo su entrada por la calle de las delicias, la cual, según las crónicas de la época, se encontraba repleta7.

Al mediodía llegó el ministro del Interior, Joaquín Tocornal, acompañado por las autoridades de la Municipalidad y de un número importante de ciudadanos que rodearon el carro y permanecieron en refexivo silencio. El ministro Tocornal lo interrumpió para pronunciar un discurso donde se destacó las cualidades que hacen inmortal la figura de este gran hombre:

Los chilenos han sentido brotar a la vez en su corazón todos estos sentimientos, que no son por cierto fores que ve derramar sobre su tumba el vulgo de los hombres inmortales, porque rara vez, las semillas que los producen son el patrimonio de un solo individuo. Un talento perspicaz para conocer los verdaderos intereses de la Patria, un celo ardiente en promoverlos y defenderlos, un extraordinario vigor de espíritu para abatir los obstáculos que encuentre el bien de la nación, una consagración heroica a conquistarle, un absoluto desprendimiento de los propios intereses: tal es el conjunto de cualidades necesario para producir esta gloria en un hombre público. Examinadlas, Señores; y decidid si se encuentran por lo general reunidas en las excepciones del genero humano que la posteridad custodia con admiración… ¿Quién es capaz de haberse manifestado más celoso por los intereses nacionales, que el que los ha guardado, como ángel del Paraíso, con una espada de fuego, contra las aspiraciones privadas, contra las preocupaciones y contra los vicios, y el que los ha fomentado a pesar de la guerra destructora en que están con estos poderosos enemigos? ¿Quién ha tenido la gloria de poseer una alma más vigorosa, que el que, cercado por las horribles maquinaciones de los malvados, no ha privado un instante de su esforzada y eficaz cooperación al Gobierno de su Patria? ¿Quién se ha consagrado con más ardor al servicio público, que el que ha sacrificado a él las ocupaciones del día y hasta el reposo de la noche? ¿Quién puede blasonar de más noble desprendimiento que el rico propietario que troncó la tranquilidad de su retiro por el tumulto de los negocios públicos; que no sólo se entregó a ellos por años enteros, sin estipendio alguno, sino que hasta consumió en beneficio de su país sus propios caudales; y lo que es más extraordinario todavía, que no aspiró ni a los premios honrosos con que una ambición laudable se complace en ser galardonada, ni fue siquiera sensible a los encantos que encierra hasta para las almas más grandes el aura popular? ¿Quién ha hecho el bien de un modo más gratuito, más completamente desinteresado?8

Después de estas sentidas palabras, el director de la Academia Militar, el coronel Luis Pereira, tomó la tribuna pronunciando un discurso de similares características. Más tarde el féretro fue trasladado por un grupo de militares y ciudadanos, al son de una música conmovedora, hacia la iglesia de la Compañía. En este lugar fue recibido por el cabildo eclesiástico, y quedó custodiado día y noche por la compañía número 4 de guardias cívicas. En la noche del mismo día las comunidades religiosas y el clero concurrieron a la iglesia de la Compañía a entonar por turnos el oficio de difuntos, y al día siguiente desde las cinco de la mañana se celebraron misas solemnes por las mismas corporaciones.

A la ceremonia del entierro se presentaron el Presidente de la República y sus ministros, los presidentes de ambas cámaras legislativas y otras importantes autoridades públicas. El féretro fue conducido por un ministro, un senador, un diputado, el presidente de la Corte Suprema, el presidente de la de Apelaciones, el intendente de la provincia y el gobernador político de Valparaíso. El Estado encarnado en estos políticos se hacía presente para dar el último adiós. El obispo celebró los oficios religiosos dedicados al alma del difunto ministro, y después de ellos subió el presbítero Rafael Valentín Valdivieso9, quien pronunció un elocuente discurso subrayando las virtudes de la víctima como un verdadero símbolo para la joven patria: "En tus heroicos ejemplos hallará siempre el magistrado la firmeza, la intrepidez el soldado y la tierna juventud un noble desinterés"10; para el canónico su muerte nos debería transformar en un ejemplo que no nos hiciera olvidar lo que significa la discordia y el caos: "… aprended en las heridas de este ilustre cadáver y en la calidad misma de sus asesinos, hasta dónde puede conducirnos el espíritu de discordia"11; sellando su discurso afirmando que: "Tu nombre augusto será escrito con caracteres de oro en los fastos más honrosos de la Patria, y el corazón de sus hijos eternamente lo conservará marcado con un sello indeleble de sincero amor"12.

Todas las autoridades, tanto civiles, militares y eclesiásticas, le rindieron un sentido homenaje construyendo un imaginario virtuoso en torno a la vida y obra del finado ministro. Como se dijo, los funerales de Diego Portales simbolizan la fundación del panteón republicano. Es la primera figura a la que se le rinden oficialmente honores para ocupar un espacio en la memoria fundacional de la historia republicana. Siguiendo a Maquiavelo, en la política son las circunstancias y no las reglas morales y éticas las que deben guiar la conducta del político, por lo tanto la conmoción causada por la muerte de Portales debía transformarse en el canal por el cual transitara un desenfadado patriotismo para enfrentar la guerra, ya que éste aún no encendía el alma de los chilenos. Lo ameritaban las circunstancias.

Así lo entendió en aquella época el gabinete político y no tardó en culpar de la muerte del ministro al declarado enemigo público de la República de aquel entonces, el Protector Andrés Santa Cruz. Según cuenta El Araucano: "Lo que debe notarse en el texto de los periódicos del Protector no es la falta de claridad, sino la suma desvergüenza con que se atreven a confesar a la faz del mundo un delito que espantaría aun aquellos monstruos de iniquidad de quienes todo se puede temer… Santa Cruz habrá tenido parte en la insurrección, la habrá deseado y promovido desde Lima"13. Si bien es cierto, se manifiesta la salvedad de que el Protector no habría exigido su asesinato, es en este momento cuando Portales se transforma, ante la opinión pública, en el primer soldado víctima de la guerra, el mártir de la República y, por ende, en su primer héroe.

El fallecimiento de Portales había cumplido una doble función: primero, para la contingencia, es decir, el corto plazo, contribuyó a dar un argumento emocional y afectivo a las causas de la guerra, que hasta el momento había sido incomprendida por gran parte de la ciudadanía. El discurso republicano que esgrimía la autoridad arengando la amenaza de la libertad y de las instituciones políticas no encendía aún en la opinión pública, que en su mayoría se sentía marginada del gobierno y permanentemente reprimida por sus medidas. Segundo, a partir de sus funerales se comienza a construir una retórica, desde las esferas del poder, que tiende a inmortalizar su figura colocándolo en el panteón republicano con el objetivo de legitimar el orden imperante.

Irónicamente, Portales había logrado vencer a la fortuna al perpetuarse en la memoria de la historia republicana, volviendo así, una y otra vez, a la memoria de historiadores y políticos. De hecho la exhumación de sus restos en la catedral de Santiago el año 2005, y la polémica revivida en torno a su figura, hablan de su subsistencia en nuestra memoria. Pero ello no se debe a su legado político, el cual es muy cuestionable según la opinión reciente de los historiadores, sino que a nuestro juicio su virtud fundamental se desplegó en el manejo de la contingencia política. Su inmortalización responde al uso político de su figura, o a la sobredimensión historiográfica que se ha construido en torno a él. El ministro finalmente se terminó convirtiendo, para bien o para mal, en un verdadero mito que difícilmente pasará al olvido.

NOTAS

1 José Victorino Lastarria publicó su ensayo por primera vez en 1861 y Benjamín Vicuña Mackenna 1863.

2 Estos dos últimos autores han contribuido a desmitificar el carácter de estadista que se le ha atribuido a Portales. El primero argumentando que Portales sólo ejecutó el poder de manera despótica, y el segundo, que sólo fue un dictador que resolvió un problema de autoridad en una determinada coyuntura. Si bien compartimos el carácter coyuntural de la participación política de Portales, consideramos que se debe profundizar más sobre la forma en que el legendario ministro practicó el poder.

3 En adelante al referirnos a las cualidades que debe tener el príncipe, como un "tipus" ideal, será destacado entre comillas. Al citar o hacer referencia de un dato específico de la obra de Maquiavelo lo haremos en cursivas.

4 La última carta escrita por Portales el 5 de junio de 1837, dice lo siguiente:

Señores Almirante, don Manuel Blanco Encalada, y Gobernador de Valparaíso, don Ramón Cavareda. Señores y amigos apreciados: La parte del Ejército restaurador situado

En Quillota, se ha pronunciado unánimemente contra el presente orden de cosas, y ha levantado una acta frmada por todos los jefes y oficiales, protestando morir antes que desistir de la empresa, y comprometiéndose a obrar en favor de la Constitución y contra las facultades extraordinarias; creo que ustedes no tienen fuerza con qué resistir a la que les ataca, y si ha de suceder el mal sin remedio, mejor será, y la prudencia aconseja, evitar la efusión de sangre. Pueden ustedes y aun deben entrar en una capitulación honrosa, y que sobre todo sea provechosa al país: una larga y desastrosa guerra prolongaría los males hasta lo infinito, sin que por eso pudiera asegurarse el éxito. Un año de guerra atrasará 20 años la República: con una transacción pueden evitarse desgracias y conservar el país, que debe ser nuestra primera mira. Una acción de guerra debe, por otra parte, causar grandes estragos en el pueblo que tratan ustedes de defender. Me han asegurado todos que este movimiento tiene ya ramificaciones en las provincias para donde han mandado agentes. El conductor de esta comunicación es el capitán Piña: encargo a ustedes muy encarecidamente le den el mejor trato y lo devuelvan a la división con la contestación.

Reitero a ustedes eficazmente mis súplicas: no haya guerra intestina, capitúlese sacando ventajas para la patria, a la que está unida nuestra suerte.

Soy de ustedes muy afecto amigo y S.S.

D. Portales. (Fariña 2007, 2: 698).

5 El Araucano, 30 de junio de 1837, p. 4.

6 Sólo el vicepresidente José Tomás ovalle había recibido exequias oficiales al morir ejerciendo el cargo, siendo proclamado "benemérito de la patria en grado eminente". Además, la Asamblea provincial de Coquimbo, en abril de 1831, en memoria de él resolvió bautizar con el nombre de "Villa de ovalle" al naciente poblado de la región (Barros Arana 1902, XVI: 36).

7 El Araucano, 21 de julio de 1837, 1.

8 Idem.

9 Futuro arzobispo de Santiago.

10 "Oración fúnebre pronunciada por el presbítero Rafael V. Valdivieso en las exequias que se celebraron en la santa Iglesia de la Catedral por el alma del finado señor ministro de la guerra don Diego Portales…", Santiago de Chile, Imprenta La independencia, 1837.

11 Idem.

12 Idem.

13El Araucano, 4 de agosto de 1837, p. 4.

 

REFERENCIAS

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Recibido: 30.05.10. Aceptado: 16.02.11.