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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.501 Concepción  2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622010000100014 

Atenea N° 501- I Sem. 2010: 187-189

 

RESEÑA

 

Simon Schama. Citizens. A Chronicle of the French Revolution.
New York, Estados Unidos: Vintage Books, 2008. ISBN 0-679-72610-1

 

Nicolás Ocaranza
Licenciado en Historia Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster (c) en Estudios Latinoamericanos Universidad de Chile. Santiago. Chile. E-mail: nfocaran@uc.cl


 

POR buenas y malas razones, los historiadores de la Revolución Francesa, salvo contadas excepciones como Georges Rudé y François Furet, la han cortado en fragmentos discontinuos. Durante la primera mitad del siglo XX, los eruditos la han subdividido en secciones cada vez más estrechas -interpretada desde una óptica política marxista a visiones que enfatizan el factor demográfico-, mientras que en la imaginación popular se ha reducido a algunas frases y sólidas imágenes que de tan manipuladas se han vuelto huecas en su sentido y complejidad. Así, frases como "Libertad, Igualdad y Fraternidad" o la poderosa imagen histórica de "la toma de la Bastilla" parecen explicar por sí solas una década de cambios sociales y políticos feroces. Como si el tránsito del antiguo régimen a la revolución estuviera demarcado tan sólo por dos hitos fundacionales.

Frente a esa imagen vulgarizada de la revolución, en Ciudadanos. Crónica de la Revolución Francesa , Simon Schama entreteje una crónica excepcional del periplo de la Francia revolucionaria, restableciendo parte de la enorme complejidad del fenómeno y estableciendo como punto de partida una narración que se hace cargo de las distintas sensibilidades que entraron en juego. En un solo soplo narrativo Simon Schama logra evocar de manera convincente el camino recorrido por dos de los principales intérpretes y escritores de la historia de la revolución, a saber, Jules Michelet y Alexis de To cqueville. Siguiendo la huella de estos dos historiadores del siglo XIX, quienes sabían muy bien que la historia era una narración antes que una disciplina académica, Simon Schama devuelve la vida a personajes que en los estudios políticos y en el revisionismo histórico aparecen dotados de una monumentalidad inconcebible.

Con una claridad asombrosa, Schama analiza la deuda que lesionó la economía nacional y anunció premonitoriamente la caída de la monarquía, mientras paralelamente, demuestra el carácter y grado de subversión de los revolucionarios franceses a través de la descripción de un juego de tazas de porcelana que fueron adornadas con la efigie de Luis XVI y su cabeza cortada. Schama incorpora en su relato a dos de las figuras políticas más relevantes de los albores de la revolución. Por una parte muestra a un Talleyrand astuto, racional y representado como fiel admirador de Voltaire y, por otra parte, Schama describe a un idealista y rousseauniano Lafayette, inspirado en la sugerente pintura que lo representa en el valle de Forge junto a George Washington.

Más que ofrecer certezas y conclusiones académicas, Schama abre la discusión con una serie de interpretaciones polémicas. A lo largo de su narración el autor va revistando ideas, hechos y artefactos culturales, tratando de condensar la revolución a su problemática esencial: la de reconciliar la libertad con el poder. Si en 1789, como demuestra Schama, la revolución estallaba espontáneamente y los ciudadanos adherían libremente a ella, hacia 1794 el terror había tomado la libertad de los ciudadanos en nombre de la nueva república jacobina. Antes de que sus protagonistas se percataran, la revolución hizo de la violencia la fuerza de su propia vida, cumpliéndose así la máxima enunciada por Marx de que los hombres no necesariamente son conscientes de la historia que construyen.

Según Schama, fue el propio antiguo régimen el que puso la base para la erupción de la ideología y la violencia revolucionaria. Tomando parte de los argumentos de Alexis de Tocqueville, Schama acentúa la idea de continuidad de la revolución con su pasado no revolucionario, presentándola ya no como una ruptura total sino como un resultado lógico del transcurso del pasado. En el siglo XVIII, el privilegio fue determinado tanto por el capital como por el nacimiento. Para Schama, la imagen de una burguesía descontenta es uno de los mitos más potentes de la historiografía de la revolución. La Francia del siglo XVIII se caracterizaba por presentar una clase noble suicida y moderada cuyo poder era cada vez más débil, desde el momento en que permanecía recluida en la corte. Dotados de una sensibilidad ilustrada e inspirados en los ideales del patriotismo y de la libertad, los estratos más altos de la sociedad francesa eran las verdaderas fuerzas de modernización.

En la primera parte de Ciudadanos. Crónica de la Revolución Francesa , Schama acentúa la relevancia de las desastrosas políticas fiscales implantadas por los ministros de Luis XVI, las que acrecentadas por la necesidad de apoyar al ejército continental y al deseo de ampliar el imperio en el Caribe dejaron las arcas fiscales francesas muy cerca de la bancarrota. Al problema fiscal se sumó el alza del precio del pan, que aumentó casi el doble, situación que afectó principalmente a los sectores populares que sufrieron en carne propia las inclemencias del hambre. El populacho, ya enfurecido con la desidia de los ministros de la monarquía ante la mortal combinación de inflación y hambruna, recurrió -por iniciativa propia- a la violencia, aun cuando el clima hostil al gobierno fue estimulado y encendido por una prensa inflamante que gozaba en pleno antiguo régimen de una libertad impensada.

En el mes de julio de 1789, la multitud, que se dirigía a tomar la antigua cárcel de la Bastilla con el firme propósito de saquear su almacén de pólvora, una vez en el lugar procedió a liberar a los internos, "dos lunáticos, cuatro falsificadores y un delincuente aristocrático". A pesar de las implicaciones de su título, Ciudadanos ilumina las motivaciones y contradicciones de ese pueblo enardecido, que parece haber sido despertado repentinamente de un inquietante letargo y que tan fácilmente se dejó seducir por el asesinato y el monstruoso desfile de cabezas cortadas a través de las calles parisinas.

Aunque Simon Schama parece rechazar la historia de los grandes hombres, su narración revela no pocas aproximaciones a sus personalidades y pliegues internos. Las maniobras y el encanto político de la corte son contrastados con una revisión de la vida y arrogancia de Robespierre, mientras que Luis XVI es retratado en sus fatales indecisiones. A tal extremo, que toda la vida del rey no fue más que el lento deambular de un hombre que en el trono se mostró débil y sumiso, mientras que con la revolución ad portas se comportó como un perdido reaccionario.

El personaje que más atención toma en la pluma de Schama es Mirabeau: enterrado como héroe revolucionario en el panteón y desenterrado más adelante por haber aconsejado secretamente al rey. La muerte de Mirabeau en 1791 dejó a la revolución sin una figura cuya inteligencia y persuasivas ideas podrían haber hecho posible una genuina monarquía constitucional. Para Mirabeau, la revolución no necesitaba derrocar a la corona, para él, las instituciones y la economía no eran malas, sino que habían sido malamente dirigidas. De familia aristocrática, Mirabeau no dudó en adherir a la revolución, pero su fervor era moderado, pues, inspirado en el modelo británico y en los escritos políticos republicanos de Montesquieu, pensaba en una monarquía limitada por una asamblea legislativa. Sin embargo, Mirabeau trató de llevar acabo un doble juego, intentando mantenerse como líder de la Asamblea Nacional, de la que fue presidente, mientras en secreto operaba como consejero de Luis XVI, rey que lo premió con onerosos pagos. De esta manera, Schama percibe en Mirabeau a uno de los personajes que mejor ilustran los matices que caracterizaron a los hombres de la revolución.

Tal como ocurre con la muerte de Marat y su alegórica representación en la pintura de Jacques-Louis David, desde muy temprano, la sangre y la venganza se transformaron en imágenes heroicas de la revolución y en el inevitable costo de la libertad conseguida. Aunque Schama nunca explica adecuadamente la fuente de violencia revolucionaria, discute convincentemente que ese terror fuera parte de los primeros meses de la revolución. Schama muestra que la revolución fue un movimiento que no sólo confió en nuevos símbolos, en los sombreros rojos y en el nuevo calendario revolucionario, sino que recurrió al "espectáculo de la muerte" como una evidencia palpable de su poder: quien controlara la violencia controlaría a la nación. Así, cuando el gobierno jacobino se apropió de la violencia y la convirtió en su propia arma de legitimidad, logró sumir a Francia a los dictámenes de su revolucionaria policía de Estado. De esta manera, Simon Schama logra construir un relato coral de la revolución, en el que ninguno de los Tres Estados sobresale, pero en el que todos los actores se integran narrativamente, justo en aquellos puntos claves donde intervienen en el curso de los acontecimientos.