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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.501 Concepción  2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622010000100011 

Atenea N° 501- I Sem. 2010: 165-169

 

NOTAS

 

Nota para Juan Carlos Mestre

 

María Nieves Alonso
Dra. en Filología. Profesora de Literatura Española, Depto. de Español, Facultad de Humanidades y Arte, Universidad de Concepción. Concepción, Chile: E-mail: malonso@udec.cl


 

"En La caza de la palabra justa, dos géneros: El de los pajareros y el de los ojeadores: Rimbaud y Mallarmé. El porcentaje de logros de los segundos es invariablemente mayor, su rendimiento tal vez no admita comparación... pero jamás regresan con piezas vivas".

I . SI FUERA necesario caracterizar el estado de las cosas, diría que se trata del posterior a la orgía... la orgía en todos los campos: liberación política, liberación sexual, liberación de las fuerzas destructivas, liberación de la mujer, del niño, de las pulsiones inconscientes, liberación del arte. Asunción de todos los modelos de representación. Ha habido una orgía total, de lo real, de lo racional, de lo sexual, de la crítica y de la anticrítica, del crecimiento y del anticrecimiento. Hemos recorrido todos los caminos de la producción virtual de objetos, signos, mensajes, ideologías, placeres. Hoy está liberado, las cartas están echadas y nos reencontramos colectivamente ante una pregunta crucial: ¿Qué hacer después de la orgía? ¿Qué arte en un tiempo en que parecemos acelerarnos al vacío? (Paul Virilio).

¿Para qué poesía -como preguntaba antes Hölderlin- cuando no sólo han huido los dioses y el dios, sino que se ha apagado el esplendor de la divinidad, ¿para qué arte, para qué barquitos que uno echa y otra recoge en tiempos de penuria?, ¿semillas?, ¿vergüenza, hastío o la secreta contemplación de la lumbre? No sé la respuesta, entonces, busco y busco.

II. Como si fuera un libro de autoayuda, como si fuera un talismán, he leído toda la noche, he leído todo el día el libro de Mestre. He leído sin parar La casa roja. He leído el libro y no he salido de él. Me gusta su autor, su estructura, su gracia, sus subjetividades, su tiempo, su dificultad, su belleza. Pero debo dejar la emoción y los cuidados y entrar en esta casa que ofrece un recorrido en el que reside gran parte de su valor. El discurso dominante, el primer hallazgo en este libro parece ser el estético, lo musical, el color, sin que se pierda por ello un fragmento de la luz que ilumina una conciencia hospitalaria y al tiempo llena de ironía como la forma más alta de la sinceridad. Está en el texto la figuración, la representación de lo perdido y lo soñado, la potente capacidad de exigir paz; hay apuntes individuales, habitaciones privadas, rumores colectivos y la fina dislocación de lo inmóvil en el extremado juego, distanciamiento con las identidades fijas, pedagogizantes y molares del poeta. Se percibe la lentitud de las horas que el artista dedicó a unas páginas en blanco luego pobladas de voces y de una caligrafía personal siempre insatisfecha. Mestre sabe y puede, pero siempre quiere más. Proyectar, por ejemplo, lo absoluto en una imagen familiar. Sabe el poeta que el pasado no sólo no es fugaz, sino que no cambia de sitio (Proust) y dejar que se abran horizontes de esperanza, aunque lo que haya sea la desesperación y el vacío.

III. Lo primero que debí decir es que, para mí, una (esta) casa roja es hermosa, evidente, libre, escandalosa, festiva, sacrificial, valiente, cruel, rebelde y fiel a una idea de poesía perseguida por años y por distintos territorios de lluvia, casa, domicilio, habitación, nieve y luz. Según ciertas escuelas shintoístas, el rojo designa el ser, la armonía, la exposición.

Por eso, en Japón los soldados, el día de su partida, llevan un cinturón rojo como símbolo de fidelidad a la patria. Fidelidad trasladada aquí a la escritura. Rojo: color del fuego y de la sangre. Hay un rojo centrípeto y uno centrífugo. El uno, nocturno, hembra, que posee un poder de atracción centrípeto, y el otro diurno, macho, centrífugo, remolineante como un sol, que lanza su anillo sobre todas las cosas con una potencia inmensa e irresistible para quien se le acerca.

El rojo nocturno, centrípeto, es el color del fuego central del ser humano y de la Tierra. Es secreto, y el misterio vital escondido en el fondo de las tinieblas y de los océanos primordiales. Es el color del alma, de la líbido y del corazón... Este rojo oscuro color iniciático y centrípeto encierra también una significación funeraria, pero tal es en efecto la ambivalencia de este rojo profundo de la sangre, color recóndito que es la condición de la vida. Esta virtud del color rojo, sacada a la luz, invierte la solaridad del símbolo que, de hembra y nocturno, se convierte en macho y solar. Aparece entonces un nuevo colorado, asociado al blanco y al oro, y éste construye el símbolo esencial de la fuerza vital. Encarna también las virtudes y generosa, el "eros" libre y triunfante. Todo ello aparece en la habitación que nos ocupa y que desarrolla un sujeto que es como un ángel salido de los libros de Rafael Pérez Estrada, pero que ha leído con provecho la antipoesía y los poetas primitivos.

IV. Es esta una poesía interior, pero asimismo para sacar a las calles, despeinada, ondulando en el viento como fuera gran parte de las páginas del fuego del autor de La poesía ha caído en desgracia. To do me dijera Elisa (Alex) vida mía, que un día los poemas de Mestre estarían en la calle y en los cenáculos de la fama, en blogs y en la boca del cantante.

Es esta una poesía sabia, sin ser de sabio competente y los versos se distancian de lo salmódico, imperativo, sentencioso, que también ocurre. En ella se pregunta -¿cómo no?- por el paso del tiempo, por las penas y las furias. Tejido y crochet, todo se articula y comunica en la obra de Mestre, como si cada verso acunara a otros y ellos envolvieran al lector con el cielo protector de la amistad y la disponibilidad.

Delicadeza, espesura, visibilidad, multiplicidad, opacidad y velocidad, no hay en el nuevo libro de Mestre un ajuste de cuentas o negatividad o sólo pérdida, hay un dilatado, intenso y variado inventario de haberes -afectos, admiración heterogénea, lecturas, sucesos- sin afán taxonómico sino ético para asumir esa soledad tan poblada en la que vive todo gran creador. Así, profundamente habitado por el yo que da cuenta y regala experiencias entrañables, el poemario del autor de Villafranca del Bierzo expande sus asuntos experienciales hasta el despojo y la disolución del yo en un "nosotros". Desde la desgracia a la luz, este es un libro bello, leve, profundo, culto y cotidiano en el que no hay divisiones petrificadas, pero sí tres líneas reconocibles y determinadas pos sus tres epígrafes generales: Whitman, Hölderlin, Gramsci y sus respectivos saberes. "¿Qué oyes, Walt Whitman?", "tomaré todas las formas, todos los lenguajes de la vida, sólo por verte de nuevo"; "Carlos Marx no es para nosotros ni el infante que gime en la cuna ni el barbudo terror de los sacristanes". Voces heterogéneas convocadas en una obra en que la ironía fina o radical, nunca el sarcasmo -tal vez sí, en "Telegrama a la engañifa"- cuyo destinatario ideal creo conocer, convive con la ternura y un lenguaje utilizado en la mayor potencialidad.

V. Pocas veces se hace caso del idioma en una situación de posibilidad total -irracionalista y controlada- como en estos poemas de Mestre. Recuerdo las palabras de Lorca sobre Neruda: "estamos ante un poeta más cerca de la sangre que de la letra", y pienso que en esa zona están las grandes virtudes del texto. Es decir, celebro los poemas construidos en yuxtaposiciones de inteligente competencia, pero adoro los poemas del fuego. Siento los ríos subterráneos que aquí se desarrollan en flujos de experiencias y conciencia, que no reconocen cortes geográficos, poéticos e ideológicos. Ello produce una poesía material y metafísica, de gran coloratura y de una diversidad que todo lo quiere alcanzar. La casa roja incorpora la risa, el distanciamiento irónico asume los distintos desasosiegos europeo y americano, el dolor del ser y del estar, sin renunciar por ello a sus restos de utopía, a su deseo de decir y ser oído. Se sabe que la poesía ha caído en desgracia, se sabe de los estragos del tiempo; pero se sabe también que de los ilusos es el reino de la gracia, que los pájaros cantan hasta antes de morir. Poesía, entonces, desasosegada y quieta que abre las puertas de una casa roja y despliega algo más profundo que el inventario de un proceso, la adquisición de un domicilio, la permanencia en una poética después de haberlas frecuentado y olvidado casi todas.

VI. Polvo serás más polvo enamorado, palpita el corazón del hombre imaginario y con tres heridas en el pecho: la del amor, la del arte, la de la vida, el poeta Juan Carlos Mestre no llega para resolver las ambivalencias, marcar los territorios, definir(se) o apoderarse de un rostro para ser siempre uno, del mismo. Disuelve en diminuto polvo restos de arena, versos, hojas, trinos y también las identidades mayores para abrirse a la multiplicidad que descree desde siempre de la unidad del espejo de Narciso. Sin ninfas ni tritones, escribir un poema, dice Pedro Salinas, dura siempre un punto más allá de la experiencia que recoge y que el ser que la recoge. Caer y reunir. La caída, la desgracia también como constante. Juan Carlos Mestre trabaja y desconstruye entre una y otra sepultura, entre cuna y sepultura. Así su alma poética de lo mortal, de su grandeza, más que de la muerte: "D'ailleurs, c'est toujours las autres que meurent".

VII.

Lo que cambia de lugar es poesía
Lo que no cambia de lugar es prosa

Leo La casa roja en Chile y encuentro un lenguaje que habla de esta nación, de este lindo país con vista al mar: mirador privilegiado para avistar cetáceos, de nuestra (foto)copia feliz del Edén. Mestre escribe y resuena Neruda, Nicanor, Teillier, Rosamel del Valle...

Leo La casa roja en Los Aguilera y recupero mi otro espacio, oigo a mis poetas Gamoneda, Pereira, Ullán, Pérez Estrada... Gil de Biedma (¿por qué no?)

Gozo con sus deslexicalizaciones, su intervención de estereotipos y frases hechas. Aprendo de su espléndida prosa poética, con sus logradas fórmulas y competencia lingüística, me inquieto con su irracionalismo, sus bodas escandalosas; celebro lo insólito, atrevido y fiel de sus encuentros. Celebro.

VIII. "Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado, y matadle, y comamos y alegrémonos..." (Lucas 15,2)... y ¡campanas! (Neruda).