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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.501 Concepción  2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622010000100004 

Atenea N° 501- I Sem. 2010: 53-71

 

ARTICULOS

 

 

"Chile es mi segunda patria". Vanguardia heroica y recepción nacionalista

"Chile is my Second Country": The heroic vanguard and nationalist reception

 

Bernardo Subercaseaux S.
Ph.D. Harvard University, Departamento Literatura, Facultad Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, Santiago, Chile. E-mail: besuberc@uchile.cl


RESUMEN

El artículo examina la relación de oposición constitutiva entre el nacionalismo que permeó la cultura chilena entre 1900 y 1930, y la etapa de vanguardia heroica de Huidobro, con sus rasgos de vehemencia contestaría, presentes en su estética, sus manifiestos y proclamas de la época. En el trasfondo de esta oposición subyace un acelerado proceso de modernización y cambio, proceso que implica por una parte, tradición y dinámicas de integración y, por otra, cambios, desafíos y novedades de todo orden, desde el arte hasta el cine y la aviación.

Palabras clave: Vanguardia heroica, recepción literaria, nacionalismo, literatura vernacular, escenificación del tiempo, raza, identidad, integración social, cosmopolita.


ABSTRACT

This article examines the relation of constitutive opposition between the nationalism that permeated Chilean culture from 1900 to 1930, and Huidobro´s heroic avant-garde, with its characteristics of vehement non-conformism, which are present in his aesthetics and manifestos of the period. At the heart of this opposition lies an accelerated process of modernization and change, a process that implies, on one hand, tradition and social integration, and, on the other, everything that is new, from art to film to aviation.

Keywords: Heroic avant-garde, literary reception, nationalism, vernacular literature, staging of time, race, identity, social integration, cosmopolitanism.


 

VANGUARDIA HEROICA Y TRAMA NACIONALISTA

VICENTE Huidobro (1893-1948) es la figura epónima de la vanguardia en Chile. A partir de 1914, con su manifiesto "Non serviam" -que sienta las bases del creacionismo- se puede hablar de una vanguardia orgánica, vale decir de una estética nueva, consciente de sí misma y a la vez enraizada en los nichos contextuales (biográfico, social y político) del país (Subercaseaux, 2004). Con respecto a la trayectoria poética de Huidobro, la crítica ha denominado el período que va desde 1913 (en que se registran sus primeras pulsiones vanguardistas) hasta 1921, como vanguardia heroica, como una etapa en que el poeta propone y lleva a la práctica su teoría creacionista (Varcárcel, 1995). Es el momento de Pasando y pasando (1913), de Adán y del poemario El espejo de agua, ambos de 1916, en que el autor en uno de sus poemas poetiza el novedoso noticiero cinematográfico. Es la etapa de Horizon carre (1917), de Poemas árticos (1918) y de Ecuatorial (1918), poema este último desconcertante y sorprendente, un verdadero hito en la poesía hispánica, con notoria sintonía cubista. Son los años en que empieza a escribir Altazor. Es también la etapa de Saison choisies (1921). Corresponde a un período, a partir de 1916, en que Huidobro vive la mayor parte del tiempo en Europa, participa en varias revistas de vanguardia, francesas y españolas, y establece relaciones personales con algunos de los más destacados exponentes de la vanguardia internacional. Son años de gran actividad; en Chile aparece de vez en cuando o llegan rumores (que él mismo probablemente, con su afán de primogenitura, se encargaba de echar a rodar), también algunas de sus publicaciones y de vez en cuando alguna entrevista realizada en París en la que el poeta explica su teoría creacionista.

En esta etapa Huidobro inaugura, a pesar de no estar siempre presente (en carne y hueso), un nuevo estilo intelectual, un estilo iconoclasta, osado e irreverente, que termina con el provincianismo literario (Góngora,1994) y que se trata de igual a igual -e incluso con cierto desparpajo- con los autores europeos, un estilo bifronte en que la vanguardia estética se concibe a sí misma como vanguardia política y también viceversa. Un ejemplo en este sentido es su texto de 1925 "Balance patriótico". El creacionismo de Huidobro, a diferencia del surrealismo o del dadaísmo europeo, nunca pretendió eliminar o anular de su credo poético la racionalidad, precisamente ello se explica por el carácter dual de la pulsión vanguardista que él encarna: una vanguardia que pretende ser al mismo tiempo estética (punta de lanza de una nueva corriente artística) y política (punta de lanza para la creación de un nuevo país). Es en este contexto que hay que entender algunas de sus declaraciones provocativas de ese período, como aquello de que "Chile es mi segunda patria" y también la referencia enviada en crónica desde París por Alberto Rojas Jiménez en que, refiriéndose a Huidobro, lo llama "un poeta francés nacido en Santiago de Chile" ( El Mercurio de Santiago, 29 febrero de 1924).

La voz "vanguardia" tiene su origen en el campo militar, se dice del que "va adelante del cuerpo principal", del que "lidera el ataque y encabeza la lucha", corriendo por lo tanto los mayores riesgos. El adjetivo "heroica", también tiene que ver con este campo, y apunta a una lucha en condiciones excepcionalmente adversas, que le otorgan el carácter de hazaña y que revela por ende valentía y un temple de ánimo que no se amilana. El uso de estas voces en el campo estético, aunque es metafórico, conserva y proyecta sus sentidos originales. El concepto de vanguardia apunta, entonces, no sólo a lo nuevo, sino "a lo nuevo en batalla". Cabe entonces preguntarse: ¿Con qué y contra qué se enfrenta Huidobro? ¿Cuál es el contexto y el clima de época que llevó a la crítica a calificar de "heroica" esa primera etapa"? ¿Se debe sólo al hecho de que el poeta en ese momento inicial fue el "pontífice" y al mismo tiempo casi el "único sacerdote" del creacionismo que propiciaba? ¿O más bien a las dimensiones, extensión y preponderancia de la adversidad que estaba enfrentando? ¿Cuál era y, en definitiva, qué características tenía el clima y la atmósfera cultural con los que luchaba? Un camino para responder a estas interrogantes es examinar brevemente la recepción que tuvo la obra y las ideas tempranas de Huidobro.

El estudio de época más completo de las sensibilidades y corrientes poéticas de las dos primeras décadas es Selva lírica, antología subtitulada "Estudios sobre los poetas chilenos" y publicada por primera vez en 1917. Los autores, Julio Muñoz Núñez y Juan Agustín Araya, distinguen varias sensibilidades y grupos: a los neorrománticos o postrománticos, poetas a los que califican de "agónicos" y que corresponden -según los antologadores- a los que se agrupan en torno a la publicación La Lira Chilena (1898-1911). Distinguen también a los que llaman "partidarios del arte nuevo o modernistas" propiamente tales, seguidores de Rubén Darío y de Pedro Antonio González, que vinculan a la revista Pluma y Lápiz, dirigida en la primera década por Marcial Cabrera Guerra, corriente a la que fustigan por que "imitan -dicen- hasta la exageración a los parnasianos y simbolistas franceses". Distinguen también algunos epígonos del simbolismo y del modernismo como Pedro Prado y Alberto Moreno. Advierten y mencionan también una tendencia de vanguardia, que ejemplifican en primer lugar con Huidobro y luego con Pablo de Rokha, tendencia cuyas "bizarrías líricas" rechazan. Mencionan también a una corriente de poesía popular, a los que llaman "poetas ácratas" y califican, en algunos casos, de "poetas vulgares o seudopoetas".

¿Cuál es la sensibilidad o tendencia que valoran y destacan? La que conforman entre otros Samuel Lillo, Diego Dublé Urrutia, Víctor Domingo Silva, Carlos Pezoa Véliz y Antonio Orrego Barros, tendencia que llaman regionalista o criollista, y en la que se destacan autores provenientes de provincia y que poetizan lo vernáculo y el mundo rural. De los libros fundamentales de estos autores, Del mar a la montaña (1903) de Diego Dublé Urrutia, Alma criolla (1904) de Antonio Orrego Barros, Hacia allá (1905) de Víctor Domingo Silva, Canciones de Arauco (1908) de Samuel Lillo y Alma chilena (1911), dicen que son "los principales libros con que cada uno de estos bardos representa la tendencia nacionalista y criolla de nuestra poesía", tendencia a la que alaban porque sus autores "se desentienden de las teorías francesas y sienten bullir en las venas su sangre de chilenos", impulsados por un "virtuoso amor a la patria, evocan las tradiciones heroicas de nuestra raza, psicologan los gestos nobles y altivos de nuestro pueblo y encauzan en poemas macizos y armoniosos la alegría y la pena de los sufridos moradores de las pampas, de las minas" y de los campos (Muñoz y Araya, 1995). En comparación a estas preferencias, de Adán, que puede considerarse el primer poema propiamente creacionista de Huidobro, los antologadores dicen que es un "libro pretencioso, ingenuo y mediocre, que apenas se salva por algunas chispas de ingenio poético", señalan incluso que representa un claro retroceso artístico con respecto a sus poemarios anteriores de filiación modernista.

Ahora bien, estas opiniones de los antologadores no son aisladas, la crítica y los comentarios aparecidos en periódicos y revistas de la época reconocen y valoran las obras regionalistas mencionadas: se las califica de "obras nacionales", que rescatan "los tipos y el alma del pueblo", que "tienen un sonido auténtico a patria y chilenidad", que "cantan al paisaje local y a la provincia", que "están imbuidas de amor a la patria", que "llevan el sello de la tierra y de la raza", "son chilenas hasta la médula" -dice uno, en esas "obras encontramos una intuición del alma nacional", son "poetas auténticamente chilenos para quienes Chile existe realmente". Domingo Melfi (1945) habla incluso de "chilenistas", denominación que en realidad conviene a ambos: a autores y a comentaristas. Se trata de opiniones que revelan que las expectativas de recepción y las ideas y criterios dominantes en el momento de la "vanguardia heroica" corresponden a un regionalismo vernacular, a una sensibilidad que participa de un proceso de recomposición del imaginario chileno, en la medida que se inserta en el mundo literario del país a sectores y escenarios en gran medida ausentes en la literatura decimonónica. Se trata de una literatura que está cruzada por la nostalgia y el rescate culturalista de lo propio, y que tiene, desde esta perspectiva, un fuerte hálito nacionalista. Una literatura que busca ampliar el imaginario de la nación, recreando nuevos espacios y personajes: el mundo de las minas, del campo, de la urbe marginal, del sur, del norte, del indio, el mundo de los sectores medios y populares. Una tendencia que está también entroncada con el naturalismo, que otorga a la literatura una función de conocimiento de la realidad.

La crítica más especializada se hace eco e incluso ejerce un magisterio con respecto a estas preferencias. Ejemplo de esa perspectiva es Emilio Vaisse (1866-1935), primer crítico oficial de periódico, colaboró en El Mercurio de Santiago, entre 1906 y 1930, y fue el primero en disponer de un espacio regular con la investidura de crítico, ejerciendo un rol que más tarde sería continuado por Alone e Ignacio Valente. Fue un sacerdote francés avecindado en Chile, que ejerció un magisterio crítico y pedagógico en pro del regionalismo y del nacionalismo literario, utilizando el seudónimo bíblico de Omer Emeth ("yo soy el que dice la verdad"), fustigando duramente a los autores que se inclinaban por "tendencias extranjerizantes". Espíritu enciclopédico (creo y dirigió desde 1922 la sección "Averiguador Universal" en El Mercurio ), fue admirador de Charles Maurras y enemigo declarado de los "ismos" estéticos y de las vanguardias: "El romanticismo -escribía en 1927- ha ido a parar en simbolismo, el simbolismo en decadentismo, el decadentismo en futurismo, el futurismo en dadaísmo, el dadaísmo en superrealismo y éste en la nada pura y simple, en el cero literario, en la necedad" (Vaisse, El Mercurio , 1927). Patrocinó y consagró a los escritores criollistas, regionalistas o mundonovistas, entre otros a los prosistas Federico Gana, Mariano Latorre, Fernando Santiván, Rafael Maluenda, Joaquín Díaz Garcés, y a los poetas Samuel Lillo, Diego Dublé Urrutia, Carlos Pezoa Véliz y Víctor Domingo Silva. De éste último, refiriéndose al libro Las mejores poesías de Víctor Domingo Silva, lo contrapone al decadentismo que "escribe en jerga esotérica", es el poeta -dice- "de la Raza, de la Bandera, del Pueblo, de la Juventud y del Niño. ¡Con qué lirismo canta a su raza!", exclama (Vaisse, 1918).

Omer Emeth ejerció una influencia significativa en el gusto literario de las primeras décadas, y en algunas obras que causaron escándalo y polémica, su espaldarazo fue fundamental; fue el caso, por ejemplo, de Casa grande (1908) de Luis Orrego Luco, obra que con sus 20.000 ejemplares vendidos en el año de su publicación puede considerarse como uno de los primeros bestsellers de la literatura chilena. En 1921 el crítico promovió y organizó un concurso de novela en El Mercurio, del que fue jurado con Julio Vicuña Cifuentes. La convocatoria decía expresamente: "Los temas y su desarrollo deberán ser tales que puedan encarnar el espíritu nacional, de suerte que se pueda decir que se incorporan por su esencia y no solamente por la nacionalidad de los autores, a la literatura chilena" (El Mercurio , 1921). Fue un crítico que ejerció un rol magisterial: su columna crítica contribuyó a crear una literatura canónica de la nación.

Otro crítico importante, que tránsito en un terreno próximo a Vaisse, fue Armando Donoso (1886-1946). A pesar de sus ideas liberales fue colaborador de El Diario Ilustrado, donde tuvo a su cargo la sección de los Jueves Literarios, en la que llevo a cabo una encuesta acerca de si la literatura chilena debía perseguir un fin de chilenidad, también sobre la corriente modernista y los escritores nacionales más leídos. Se trata de una encuesta cuyas preguntas inducen determinadas respuestas, que buscan reafirmar las expectativas y preferencias dominantes. Donoso fue colaborador en La Mañana (1913-1914) de Santiago, en El Mercurio (1913-1946), del que llegó a ser subdirector, en El Sur (1929-1931) de Concepción, y en las revistas Selecta (1911-1912), Pluma y Lápiz (1912), Zig-Zag (1910-1918) de la que fue director literario (1914), y en Pacífico Magazine (1916-1917). Fue uno de los críticos y comentaristas literarios más prolíficos e influyentes de su época (Feliú Cruz, 1969), a diferencia de Emilio Vaisse, su postura frente al modernismo fue más templada. Sin embargo a través de múltiples reseñas y críticas propició un prolongado magisterio nacionalista y americanista en pro de una literatura auténtica y original. Percibió el momento del Centenario como un instante de renovación espiritual "nuestra cultura -escribió- es ya lo suficientemente respetable para que prosigamos perdiéndonos en inútiles tanteos de snobs ni menos en olímpicos arrestos de pontífices didactizantes… nuestra literatura debe forzosamente desenvolverse dentro del horizonte del terruño, si aspira a cierta grandeza original… la razón de nuestro arte es una razón de independencia y de vigor de raza… un sentido de orientación autóctono se impone en nuestra literatura" (Donoso, 1913).

Además de los críticos literarios, varios escritores y comentaristas ocasionales que escribieron sobre poesía, promovieron una estética vernacular y abogaron por "una literatura auténticamente chilena". Se trata, que duda cabe, de comentarios imbuidos de tópicos y clichés propios del nacionalismo de la época. Dos encuestas literarias ratifican la vigencia en el lector común de estas preferencias: una llevada a cabo por El Diario Ilustrado en 1913 y otra por la revista Zig-Zag en 1918, dedicada específicamente a la poesía. En esta última, que se llevó a cabo durante varios meses, Daniel de la Vega, vate que aborda desde una estética tardorromántica la nostalgia por el terruño y la tradición, alcanza el primer lugar, seguido de Víctor Domingo Silva, ambos más que doblan en votos a Gabriela Mistral. En cuanto a Huidobro y De Rokha, que ya habían publicado, ni siquiera alcanzaron votos para figurar en la lista de preferencias.

Todo indica, entonces, que en las primeras décadas las expectativas de recepción y de valoración literaria se inclinaban por un registro tradicional y por el nacionalismo literario. Moros y cristianos propiciaban una literatura que realzara el componente de tradición vernácula, con el objeto de reinsertarla en la cultura nacional. Se trata de una estética que forma parte del gran proceso de recomposición de la nación que se dio en esas décadas, proceso que fue ampliando el estrecho imaginario decimonónico y liberal del país, para insertar en él a los nuevos sectores sociales que se venían haciendo visibles desde fines del siglo XIX. No es casual, entonces, que desde ese clima literario y cultural se percibiera la obra y las ideas de Huidobro como "bizarrías líricas" (Molina y Araya, 1917).

Pero el carácter de adelantado de Huidobro y las fuerzas que debía enfrentar no sólo se restringen al campo literario. En el Chile de las primeras décadas el nacionalismo fue una trama que abarcó los más diversos sectores: son los años del nacionalismo educacional, del nacionalismo económico, del nacionalismo político, del nacionalismo en el plano de las ideas, del ensayo y de la historiografía. El nacionalismo fue la fuerza cultural dominante del período, desde ese campo semántico de articulación de sentidos se generó una nueva invención intelectual y simbólica de Chile como comunidad imaginada, en que el país ya no se correspondía sólo con el "vecindario decente". Hablamos de fuerza cultural dominante porque ella se manifiesta en las distintas prácticas artísticas y discursivas como espíritu o conciencia objetivada, y también en el imaginario de diferentes sectores sociales. La vanguardia poética que encarna Huidobro es claramente un contradiscurso frente a esa fuerza cultural (también ante el biologismo organicista y positivista que subyace a ella).

ESCENIFICACIÓN DEL TIEMPO HISTÓRICO

Para entender la extensión y densidad de este clima y dimensionar el carácter "heroico" de una estética que se enfrentó a él, vale la pena examinar la escenificación histórica del tiempo nacional que permeo las primeras décadas del siglo XX. La acción y efecto de escenificar el tiempo implica establecer relaciones de anterioridad (un "ayer", que por lo general se perfila como un lastre que inmoviliza, como un pasado que hay que dejar atrás y superar); relaciones de simultaneidad (un "hoy" o presente desde cuyo ángulo se adopta un punto de vista) y relaciones de posterioridad (un "mañana" que tiene con frecuencia connotaciones teleológicas, constructivistas o utópicas). La vivencia colectiva del tiempo se vincula a la narración, a la autoconciencia e imaginación histórica del país: relatando historias los hombres y las sociedades articulan su experiencia del tiempo. Como señala Paul Ricoeur (1979): la vivencia del tiempo no es una vivencia inmediata y muda, sino que se halla siempre articulada por sistemas simbólicos variables. Ricoeur habla de un "enrejado interpretativo" en las distintas culturas, confiriéndole así una dimensión social y colectiva a la experiencia del tiempo.

En la modernidad occidental la escenificación del tiempo histórico de cada país, en su dimensión discursiva, tiene como dispositivos al gobierno, a los aparatos del Estado, a la prensa, al sistema educativo, a las Fuerzas Armadas, a los ritos y conmemoraciones cívicas, a la historiografía y a la ensayística, incluso a las obras literarias. En todas estas instancias, ya sea de modo implícito o explícito, hay concepciones de la temporalidad, representaciones de la memoria colectiva y de narraciones de la nación. El discurso de lo nacional circula por distintos soportes.

En el marco de una semántica de los tiempos históricos y de una historia de las ideas, pueden distinguirse en Chile y en América Latina distintas escenificaciones del tiempo histórico. Cabría, en primer lugar, hacer una referencia a la vivencia colectiva del tiempo en el mundo precolombino, particularmente en algunas de las civilizaciones mesoamericanas, como la maya o azteca. Luego del tiempo colonial -un tiempo, según la elite decimonónica, enclaustrado, sin porvenir en términos modernos (Kanz,1979)- pueden advertirse al menos cuatro modalidades de experiencia e invención colectiva del tiempo en el ámbito de la nación: el tiempo fundacional a comienzos del siglo XIX, en el período de la Independencia; el tiempo de integración hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX; el tiempo de transformación desde la década del treinta al setenta, y el tiempo globalizado, entre 1980 y la década actual. En el tiempo de fundación el discurso de la elite escenifica la construcción de una nación de ciudadanos: se trata de educar y civilizar en el marco de un ideario republicano e ilustrado. Es el tiempo del nacimiento de la nación, del corte con el "antes", un tiempo que perfila un "ayer" hispánico y un ancien régime que se rechaza y que se considera como residuo de un pasado al que cabe "regenerar". Frente al "ayer" se alza un "hoy" que exige emanciparse de ese mundo tronchado, en función de un "mañana" que gracias a la educación, la libertad y el progreso está llamado a ser -como se decía entonces- "luminoso y feliz". El pensamiento de Simón Bolívar, San Martín, O'Higgins, Camilo Henríquez, Manuel de Salas, Juan Egaña, en fin, de todos los que participaron en la Independencia o en la construcción de las nuevas naciones, está permeado -con matices de diferencia- por la escenificación del tiempo fundacional. También lo está el pensamiento de la generación siguiente: Lastarria, Echeverría, Sarmiento, Vicuña Mackenna, Alberdi. No es casual que las primeras publicaciones periódicas del Chile independiente utilicen títulos como "La Aurora" o "El crepúsculo", o que la mayoría de los escritos recurran a la retórica de dos sistemas metafóricos o analógicos de hálito fundacional: el lumínico y el vegetal. Se busca, en todos los órdenes, reinventar una identidad nacional alejada del pasado español.

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, sin abandonar este encuadre de cuño ilustrado, pero ampliándolo, el tiempo de integración incorpora discursivamente a los nuevos sectores sociales y étnicos que se han hecho visibles, reformulando la idea de nación hacia un mestizaje de connotaciones biológicas o culturales y confiriéndole al Estado un rol preponderante como agente de integración. Se trata de una reelaboración identitaria en la que subyace -en un contexto de crisis y cambios- la preocupación por mantener la cohesión social. La mayoría de los discursos recurren a un lenguaje cientificista, a un campo metafórico de corte organicista o evolucionista, en que se concibe a la nación como una entidad corpórea que debe crecer pero sin fragmentarse, ni menos aceptar intromisiones de cuerpos extraños.

Desde la década de 1930, en el tiempo de transformación , ante lo que se concibe como fracaso del proyecto integrador, se pretende un cambio en la estructura socioeconómica en beneficio de los trabajadores y de los sectores más desposeídos, y se vincula el concepto de nación al de clase y revolución. Se trata de una escenificación traspasada por la utopía socialista y por la convicción de que la tormentosa historia del continente estaba entrando, por fin, en una etapa resolutiva. En las décadas actuales, el tiempo globalizado , las nuevas tecnologías y la sociedad de la información le han doblado la mano al tiempo y a la geografía. Un tiempo global que se presume compartido por todo el mundo, en que se ha fetichizado a la tecnología, y en que las naciones han perdido soberanía, particularmente en el plano económico.

Cada una de estas escenificaciones constituye una matriz discursiva, un enrejado interpretativo que permea las condiciones del discurso y de la producción artística. Pero también inciden factores extradiscursivos o socio-históricos. Operan, además, constelaciones de pensamiento que contribuyen a crear un horizonte de expectativas desde donde se interpreta (y tensiona) un "ayer", un "hoy" y un "mañana". La ilustración, el liberalismo, el republicanismo clásico y el romanticismo, con respecto al tiempo fundacional ; el positivismo, el pensamiento biológico y organicista (el darwinismo social, las ideas eugenésicas) con respecto al tiempo de integración ; el marxismo en todas sus variantes y el vanguardismo político con respecto al tiempo de transformación ; y el neoliberalismo, el economicismo y la cultura posmoderna con respecto al tiempo globalizado.

En cada una de las escenificaciones, el tiempo colectivo no será sólo el tiempo vivido o "experimentado", sino también el tiempo valorado, simbolizado e interpretado (que se proyecta, por lo tanto, en la expresividad artística). Los "ayer", los "ahora" y los "mañana" se llenan en cada ocasión de contenidos y expectativas distintas, alimentan así voluntades político-intelectuales que a su vez inciden en el imaginario de la nación. Se generan, por ende, energías colectivas que buscan encarar los desafíos abiertos por cada nueva escenificación del tiempo colectivo (en el caso que nos ocupa: la construcción de un nuevo imaginario de la nación que contribuyera vía el nacionalismo a la cohesión social de sectores que no se sentían identificados en el imaginario oligárquico y liberal). También se generan, por parte de grupos o sectores que no se sienten interpretados por estos diseños, energías que se resisten al nuevo escenario, como fue el caso de Huidobro y de la vanguardia en Chile.

Las escenificaciones del tiempo nacional son, por ende, direcciones culturales hegemónicas complejas, que coexisten con otras. Son dinámicas que se expresan con fuerza en el ámbito cultural, ámbito que será siempre un campo en disputa. Las escenificaciones del tiempo nacional no se explicitan formalmente como tales; más bien conforman una gran matriz de sentido cuyas huellas pueden rastrearse en obras literarias y artísticas, documentos, textos, periódicos, imágenes y discursos de distinta índole. Son, de alguna manera, un subtexto de otros textos.

INTEGRACIÓN, TRAMA NACIONALISTA E IDENTIDAD

Entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, en Chile, se da un activo proceso de construcción de la identidad nacional, proceso que viene a reajustar el imaginario republicano que regía desde la lucha por la Independencia. A fines del XIX, el país ha entrado en un acelerado proceso de modernización con todos los cambios que ello implica, proceso que hemos analizado en otra oportunidad (Subercaseaux, 1997). La vinculación en términos de producción y consumo a una formación económica internacional desencadena una serie de tensiones y desafíos. La plutocracia del salitre y la belle epoque criolla, las huelgas, las luchas obreras y la presencia -en 1906- de una combativa federación de estudiantes, forman parte de este nuevo escenario. Después de casi un siglo de republicanismo liberal y conservador, laten las tensiones entre lo rural, que pierde paulatinamente significación, y las ciudades (sobre todo Valparaíso, Santiago, Iquique y Concepción) convertidas en polos de dinamismo; entre una elite oligárquica que tiene el dominio del país y los sectores medios y populares que van a reclamar cada vez con más énfasis un espacio político e identitario; entre la dimensión material y espiritual del progreso; entre el reclamo por una cultura propia y la inserción en un sistema internacional que estimula la participación en la cultura cosmopolita de Occidente. Por otra parte, desde el punto de vista de la elite y del imaginario nacional, Chile es un país que debido a triunfos militares aumentó el territorio, y que necesita por ende -cuando todavía hay problemas de límites pendientes- consolidar un sentido de cohesión y de poderío nacional. Corresponde, sin embargo, a un período en que la modernización acelerada y sus desbordes inciden en la sensación de crisis, crisis que se convierte en las tres primeras décadas en un tópico persistente. El cambio de siglo en 1900, el Centenario en 1910, promueven la revisión y el balance, la proyección y el diseño, el calce y descalce entre el país real o íntimo y la utopía republicana. En periódicos, en el parlamento, en tertulias, ensayos, discursos y charlas, por doquier, se habla de crisis y decadencia. Intelectuales y políticos vinculados a las elites de provincias o a las emergentes capas medias perciben signos de crisis en el afrancesamiento exagerado de las costumbres, en el deterioro del modo de ser aristocrático y en el afán desmedido por la apariencia y el dinero. Crisis que para autores como Nicolás Palacios, Benjamín Vicuña Subercaseaux, Francisco Antonio Encina, Tancredo Pinochet, Emilio Rodríguez Mendoza, Carlos Pinto Durán, Alberto Cabero y Carlos Keller, se manifestó también en lo que ellos consignan como un deterioro del ser nacional: un estado de ánimo pusilánime, que estaba -decían- corroyendo el espíritu, rebajando la voluntad de ser y adormeciendo el alma del país. Con este diagnóstico y parapetados en un nacionalismo cultural de nuevo cuño -un nacionalismo mesocrático y étnico que amplía el concepto tradicional de nación- elaboraron un pensamiento sensible a la "cuestión social", proteccionista en lo económico, favorable al espíritu práctico, a una moral del esfuerzo y del trabajo y a una educación más ligada a la industria que a las letras. Un pensamiento afín al darwinismo social, al organicismo y a las teorías de Gustave Le Bon. En esta atmósfera se escribieron Un país nuevo. Cartas sobre Chile (1903) de Benjamín Vicuña Subercaseaux; Chile contemporáneo (1904) de Luis Orrego Luco; Raza chilena (1904); Decadencia del espíritu de nacionalidad (1908) de Nicolás Palacios; Más allá del Atlántico (1909) de Luis Ross Mujica; La conquista de Chile en el siglo XX (1909) de Tancredo Pinochet Le Brun; Nuestra inferioridad económica (1911) de Francisco Antonio Encina; Rumbos y orientaciones (1914) de Emilio Rodríguez Mendoza; Como se hunde el país (1917) de Carlos Pinto Duran; Chile y los chilenos (1926) de Alberto Cabero y La eterna crisis chilena (1931) de Carlos Keller.

En distintas prácticas discursivas y también en los ensayistas mencionados (a los que habría que agregar, por su repercusión, a Alejandro Venegas, autor de Sinceridad. Chile íntimo en 1910 (1911), y Alberto Edwards con La fronda aristocrática (1927) subyace una misma escenificación del tiempo histórico nacional, escenificación que hemos caracterizado como de integración. La crisis, con sus diversos síntomas (miseria,) inequidad, mortalidad infantil, especulación, cohecho, alcoholismo, rotativa ministerial, etc.) y con sus distintos énfasis (político, social, económico, moral e identitario) constituye el espacio del presente, el "hoy" desde el cual se mira el pasado y se proyecta el futuro. Con respecto al "ayer", conformado por el siglo XIX, lo que se rechaza es la elite afrancesada, el espíritu de fronda de la aristocracia, la plutocracia del salitre, el parlamentarismo y el desgobierno, considerados todos factores que han incidido en la crisis. Pero también se rechaza la educación libresca y abstracta de corte liberal, el jacobinismo de la generación de 1842, y el carácter marcadamente estamentario de la sociedad decimonónica. Paralelamente se da, con respecto al "ayer", un proceso de creación o rescate de ancestros: Lautaro, Portales, la Virgen del Carmen, Manuel Montt, el "roto" y Balmaceda en desmedro de algunos de los principales ancestros ilustrados y jacobinos: Francisco Antonio Pinto, Lastarria o Bilbao. La nación, entonces, como una combinación de memoria y olvido que reelabora sus mitos de origen.

Respecto al léxico y las metáforas se observa en la mayoría de estos discursos un aire de familia, una imaginación biologista y filogenética. Abundan formas de pensar evolucionistas y metáforas que tienen que ver con el cuerpo aplicadas al transcurso histórico o a colectividades sociales. También las representaciones que trasladan términos propios del reino animal, físico, médico o fisiológico al ámbito de lo síquico, espiritual, cultural o histórico (enfermedad, afección, mal, dolencia, remedio, herencia, vigor, salud, síntoma, fuertes, débiles, raquitismo, degeneración, raza, estirpes, selección, selección regresiva, patología, etc.); o desde lo individual a lo colectivo (términos como "carácter", "fisonomía" y "personalidad" aplicados no a una persona, sino a un pueblo, a una nación o a un continente). Todos los autores mencionados, de una u otra manera, manejan la tesis (nacionalista) de la excepcionalidad de Chile en el continente americano.

¡Krack! (1903), obra menor de tono autobiográfico de Ventura Fraga, novela que tematiza la crisis, muestra una sociedad quebrada, entregada con desenfreno al lujo, una juventud que en vez de aspirar al saber y al trabajo se dedica al juego, a las carreras y al "sport". Aparecen fraudes y robos por doquier, funcionarios inescrupulosos, congresales que negocian con su representación popular, ministerios que se reanudan mes a mes, demostrando solamente el afán por la concupiscencia del mando y sus regalías. El título, "Krack", es onomatopeya de quiebre de una exterioridad, de una cáscara, del cuerpo de un país. Alude así a una de las figuras que se reiteran en la escenificación nacional: la del país enfermo (alegoría cara al biologismo y organicismo imperante). Dentro de este relato se trata de producir un cambio: si el "cuerpo" de Chile está enfermo y putrefacto, al menos queda la posibilidad de salvar el "alma" (para luego, desde allí, sanar el "cuerpo"). En esa dirección apuntan tres de las principales ideas-fuerzas de la escenificación del tiempo nacional en su mirada de futuro: nacionalizar la educación; transformar la orientación económica del país hacia la industria y mejorar la raza. Se trata de tres ejes semánticos que se reiteran en casi todos los discursos de época y que forman parte de la vivencia colectiva del tiempo de integración y del ideario nacionalista.

Estamos, por cierto, ante una vivencia del tiempo histórico que no es compartida por todos los sectores y que traduce, por ende, una situación de hegemonía social y política. En una conferencia que dio Luis Emilio Recabarren a propósito del Centenario -"Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicano"- toda su argumentación se basa en la idea de que el tiempo histórico de los sectores altos y medios no es el mismo que el de los sectores populares, para quienes ni siquiera "ha sonado -dice Recabarren- la fecha gloriosa de la emancipación" (Recabarren, 1971a). Más allá de una elaboración ideológica que tematiza la contradicción entre capital y trabajo, lo que señala Recabarren traduce una vivencia colectiva de sectores que se sienten ajenos a la escenificación hegemónica del tiempo histórico. Sin embargo, esta escenificación pesa y está presente, incluso, para quienes se distancian de ella. En "Patria y patriotismo", conferencia pronunciada en Iquique en 1914, el propio Luis Emilio Recabarren señala que el Partido Socialista a que pertenece, aunque espera que algún día flamee la bandera de la humanidad, nunca se ha propuesto menoscabar a la patria, ni a la bandera, ni al ejército, ni a otros símbolos de la nación (Recabarren, 1971b).

Otros espacios contrahegemónicos son los que se dan en la década de 1910, en el movimiento estudiantil y en la vanguardia literaria, permeados, en el primer caso, por el pensamiento anarquista, y en el segundo, por una apropiación de las vanguardias europeas (Subercaseaux, 2004). Se trata de una dirección cultural que aspira -tal como se plantea una y otra vez en Claridad (1920-26), la revista de la Federación de Estudiantes- a romper las estructuras de la sociedad capitalista e inaugurar una nueva época. Una fuerza cultural alternativa y minoritaria que coexiste con la hegemónica, y que reaparecerá -esta vez disputando la hegemonía- a mediados del siglo XX, en el tiempo de transformación.

Como dirección cultural compleja la escenificación de integración nacionalista se hace presente en los más diversos órdenes. La propuesta de nacionalizar la educación parte de una crítica a la educación decimonónica tradicional, la que se consideraba excesivamente intelectual, elitista, abstracta y dependiente de modelos foráneos. Se trata, en cambio, de enfatizar una educación cuyos sistemas y métodos deben ser orgánicos a las condiciones y tradiciones del país y congruentes con sus necesidades. Un sistema educacional que amplíe su cobertura a sectores medios, obreros y populares y que incorpore también a la mujer y a los estudiantes de provincia. Una educación que propenda al espíritu práctico, a la técnica, al comercio, y sobre todo al desarrollo de las actividades productivas y de la industria. Una educación que además de integrar a nuevos sectores, inculque en ellos el espíritu y el sentimiento de nacionalidad.

La industria y el proceso de industrialización del país fue la otra gran apuesta de futuro de la escenificación integradora del tiempo histórico nacional. Se pensaba que su desarrollo, impulsado por el Estado, permitiría a Chile pasar de la infancia a la edad adulta , complementar la independencia política con la independencia económica. Pero la industria no sólo tenía una connotación económica, encarnaba además un programa intelectual, social e identitario. Desde el punto de vista del ideario positivista en boga, la industria era el motor del avance histórico y del conocimiento científico; desde el punto de vista social, y en sintonía con el ideario positivista, representaba la posibilidad de armonizar el capital y el trabajo, de integrar a los distintos sectores sociales bajo una meta común, al amparo de un Estado de bienestar, que buscaba el orden y el progreso . Quien examine los boletines de la Sociedad de Fomento Fabril de las primeras décadas del siglo XX se sorprenderá de la importancia que esa asociación de empresarios le daba a la educación industrial de obreros y artesanos, y también al desarrollo de fábricas nacionales que permitieran -con el amparo y apoyo del Estado- desarrollar en el país industrias de productos que en esos años se importaban, como por ejemplo la industria del papel o la industria textil ( Boletín , 1908). La industrialización implicaba un espíritu de reforma y ese espíritu fue el que alimentó el programa político de Arturo Alessandri Palma: propiciar la reforma para evitar la revolución.

Pero la meta del desarrollo industrial tenía también connotaciones identitarias y apuntaba hacia un nuevo imaginario nacional. La industria era la carta de lucha del nacionalismo económico, la posibilidad de realzar un nuevo espíritu de nacionalidad. Un artículo publicado en el Diario Ilustrado (17 de junio de 1910) por uno de los dirigentes de la Sociedad de Fomento Fabril, se preguntaba:

¿Qué les falta a los tejidos de la Gran Fábrica de Puente Alto, a las mueblerías que embalan sus productos rotulándolos "Santiago, Chili, Amerique du Sud, Fragile..., a las perfumerías de la gran fábrica que tiene en Valparaíso el señor Cappetini; a los géneros que se fabrican en las fábricas de Viña del Mar, de Santiago y de Tomé; y los variadísimos productos de la naciente industria nacional, para ser admitidos en el consumo bajo la etiqueta de su verdadera procedencia? Les falta -respondía el articulista- la dignidad y el patriotismo industrial de la raza; cosa que no adquiriremos hasta tanto que el falso orgullo de las jerarquías sociales nos deje en la más amplia libertad para conquistar con las nobles armas del trabajo industrial, el vastísimo campo que las tendencias aristocráticas de todas nuestras clases sociales les han concedido a las iniciativas y marcas extranjeras.

La industria representaba, entonces, la posibilidad de ensanchar el estrecho imaginario de nación que predominó en el orden aristocrático.

El concepto de raza y su uso en la época conlleva una propuesta de renovación del imaginario nacional que busca mantener la cohesión social integrando, aunque sea imaginariamente, a los sectores medios y populares, y que necesita, por lo tanto, inventar una nación y una identidad colectiva capaces de contenerlos. A comienzos del siglo XX, en una revista de Santiago (Lectura Selecta , 4-2-1927) aparece un aviso publicitario de un remedio para combatir las enfermedades venéreas, bajo el lema "Profiláctico ProRaza Chilena". En el Boedecker de la República de Chile, de 1910, se señala lo siguiente: "caracterizando la virilidad de la raza chilena, en todas las principales poblaciones del país se encuentran centros deportivos, en los cuales todas las clases sociales practican el desarrollo físico con digno entusiasmo y perseverancia". La idea de una "raza chilena" vincula los conceptos de "raza" y "nación". La mejora de esta supuesta "raza chilena", biológica y síquicamente considerada, fue un programa que permeó no sólo los discursos sino también las políticas públicas de educación, salud y deporte de las primeras décadas. Cabe empero interrogarse, ¿qué se quería decir exactamente cuando se hablaba a comienzos del siglo XX de "raza chilena"? ¿Se pensaba, acaso, en un conglomerado humano de características biológicas comunes? Tal vez la respuesta de mayor repercusión, y probablemente también la más atrabiliaria respecto a sus fundamentos, fue la que elaboró Nicolás Palacios en Raza chilena (1904).

El libro de Palacios es un rescate del roto como base étnica de la nación, y como fenotipo de la raza chilena. Por pertenecer a los sectores populares el roto es también quien mejor conserva el alma nacional sin perversiones foráneas, incontaminada. Basándose en las teorías de Herbert Spencer, en el darwinismo social, en las ideas de Gustave Le Bon y de Vacher de Lapouge, Palacios perfila al roto como una especie mestiza privilegiada, cuya excepcionalidad se explicaría por el cruce de dos razas biológicamente puras de sicología patriarcal o guerrera: los godos, provenientes de España que llegaron durante la Colonia y, por otra, los araucanos o nativos. La unión entre dos razas con rasgos estables y fijos -como serían según la biología-ficción que manejaba Palacios- resulta la condición necesaria e imprescindible para la estabilidad caracterológica y emocional de una raza. Esta homogeneidad constituye el principal acervo del roto y de la raza chilena. De esta postura emana un discurso contrario a la emigración latina y mediterránea, pues ella implicaba la presencia en Chile de un fenotipo distinto, capaz de disociar la moral y el carácter de la raza local (es lo que había sucedido, según Palacios, con la aristocracia, que al afrancesarse se alejó del fenotipo nacional). La única inmigración que resultaba aceptable era, para el autor y sus seguidores, la germana, puesto que era la única que reafirmaba la antigua herencia goda y sus virtudes guerreras.

Las ideas de Palacios, aunque estrafalarias desde el punto de vista de la etnohistoria, resultaban funcionales a un proceso de mitificación del roto chileno, que databa desde la Guerra del Pacífico. Coincidían además con un proceso que se daba en otros países del continente: la incorporación del otro, del bárbaro, de la alteridad al imaginario republicano de la nación, a un nuevo "nosotros", ya fuera a través de la ideología del mestizaje y de la "raza cósmica", como ocurrió en México, o a través de un "otro" que se reconocía como parte de la nación: como ocurrió con el gaucho en el Río de la Plata y con el cholo en los países andinos. La diferencia es que Palacios homogeneíza y europeíza al "otro", lo transforma en una suerte de "proto-germano". Refiriéndose a su fisonomía física, dice: "va del roto rubio de ojos azules y dolicocéfalo, con 80% de sangre gótica, hasta el moreno rojizo de bigotes escasos, negros y cerdosos, de cabello tieso como quisca, y braquicéfalo con 80% de sangre araucana".

Cierta visión sobre los mapuches que circuló en la época también se inscribe en esta perspectiva: apunta a convertirlos en proto-europeos. Un largo artículo sobre la raza araucana, publicado en El Mercurio (4-5-1910), afirma que Chile es el único país de América Latina en que la raza autóctona no ha degenerado:

Nuestro legítimo orgullo respecto a la unidad de nuestra raza y a la excelencia de los elementos que la componen, hallará una nueva justificación en este hecho: a pesar de los siglos de persecución y de abandono moral, a pesar de las guerras y de los éxodos, a pesar del alcohol y de los corruptores sistemáticos, el araucano es un hombre que tiene en sí elementos aprovechables para la civilización.

Son expresiones muy diferentes a las prácticas discursivas que durante el siglo XIX calificaban a los mapuches de salvajes, de rémora del progreso y la civilización.

Si se compara el estado de los araucanos a la época en que fueron conocidos por los españoles con (su estado) actual, se verá que han ascendido inmensamente en el camino de la civilización, y cualquier observador se podrá convencer que en muy poco tiempo más se consumará en el territorio en que viven la misma fusión de razas operada en el resto del país, así el araucano habrá terminado su misión en nuestra historia nacional (Robles, 1910).

El ensanchamiento del imaginario nacional y la constitución de un nuevo "nosotros" en la figura de la "raza chilena" vino a afianzar el mito de la homogeneidad de la nación, mito reiterado una y otra vez en los relatos decimonónicos de la identidad nacional. En un libro escrito a propósito del primer Centenario de la Independencia, en que se compara a Chile con otras naciones del continente, Germán Márquez, afirma que "los chilenos forman una raza perfectamente homogénea y tanto en la alta sociedad como en el bajo pueblo predomina, físicamente hablando, un tipo definido... El carácter nacional -dice- también es uno solo", de modo que puede afirmarse "que las fronteras que separan las desigualdades de raza no existen entre nosotros" (Márquez, 1915).

El nacionalismo es -como ha señalado Benedict Anderson- un artefacto cultural, fundamentalmente porque es una creación generada por una conciencia colectiva. De ahí que defina la nación como una comunidad imaginada, "imaginada" en el sentido de que todos sus miembros, aunque no se conozcan personalmente o sepan de sus existencias individuales, comparten mentalmente, cada uno de ellos, la imagen de una comunidad solidaria, en suma, se conciben unos a otros vinculados por un sentimiento de camaradería que opera horizontalmente (Anderson, 1993). La escenificación del tiempo histórico en clave nacionalista de integración es, sin duda, en el Chile de las primeras décadas del siglo XX, parte fundamental de esta trama.

EL ADELANTADO

Huidobro tuvo plena conciencia de la trama nacionalista y del enrejado interpretativo que permeaba en su época a la sociedad chilena. La densidad y profundidad de esa trama y el modo en que ésta impregnaba la atmósfera cultural del país, fue en cierta medida un factor que incidió en la genealogía de la vanguardia, en sus estrategias, en su radicalidad, en sus bocanadas de aire en el exterior, en sus gestos y provocaciones. No es casual que a Samuel Lillo, poeta emblemático y oficial de la tradición y del nacionalismo literario, además de figura clave en los reconocimientos literarios, Huidobro lo llama no Samuel Lillo sino "samuelillo". En una carta personal (1924) desde París, Huidobro, le dice a Salvador Reyes: "La raza chilena es tonta por naturaleza y aunque ello es muy triste no tiene remedio a menos que llevemos 500.000 europeos por año". El poeta tenía muy claro los alcances y la dimensión de la batalla que estaba librando: en 1925 escribió "(en Chile) la raza degeneró por el alcohol y por la mala alimentación: da pena mirarlos. ¡El pueblo de hoy no sería capaz de tomarse el Morro de Arica! El peligro para Chile no es el extranjero sino el chileno" (Huidobro, 1976). Años más tarde dice: "La causa de todos los conflictos y desequilibrios que amenazan al mundo… está en el nacionalismo" (Huidobro, 1976). Si Chile y América quieren "jugar un gran rol histórico en el siglo veinte, éste es su rol, sembrar en el mundo el sentimiento internacional, la idea de la colaboración humana sin distinciones de razas y fronteras… no se puede crear cultura empezando con un gesto tan anticultural como es el rechazar otras culturas". "Vendrá un día no tan lejano en que el nacionalismo nos parecerá tan ingenuo como el japonés que se hace el harakiri cuando muere el emperador… El mundo será internacional o perecerá… América está llamada a crear un hombre distinto, un hombre que comprenda que la aventura nacional ha roto sus límites estrechos y va a convertirse en la aventura terrestre" (Huidobro, 1938). Para Huidobro -que escribió muchos de sus poemas en francés- la belleza y lo creativo son valores universales y, por lo tanto, si bien hay familias de escritores, esas familias son estéticas y no nacionales. "Chile es -dijo en una oportunidad- mi segunda patria".

 

REFERENCIAS

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Recibido: 06.09.2007. Aprobado: 12.09.2008.