SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número499PRESENTACIONFUTATROKIKELU: DON Y AUTORIDAD EN LA RELACIÓN MAPUCHE-WINGKA índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.499 Concepción  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622009000100002 

Atenea N° 499- I Sem. 2009: 11-32

 

ARTICULOS

 

IDENTIDAD Y GLOBALIZACIÓN*

IDENTITY AND GLOBALIZATION

 

Sofía Correa Sutil
Historiadora. Académica Facultad de Derecho, Universidad de Chile. Santiago, Chile.
E-mail: lscorre@derecho.uchile.cl


RESUMEN

¿Acaso ya no es posible hablar de una nación común por sobre una multiplicidad de sociabilidades?, ¿acaso más que una nación somos sólo un producto comercial? Este artículo busca resolver estos problemas analizando las diversas definiciones de la identidad nacional desde la Independencia a la fecha. Se argumenta que es erróneo concebir la identidad nacional a partir de características psicológicas o raciales de los chilenos, o de condicionamientos geográficos; y que vincular la identidad nacional al ejercicio autoritario del poder, como se viene haciendo desde comienzos del siglo XX, ha tenido efectos perniciosos. Se pregunta cómo generar una visión identitaria plural y dinámica que nos permita discernirnos como una comunidad de ciudadanos.

Palabras clave: Identidad nacional, nación, alma nacional, autoritarismo, historia de Chile.


ABSTRACT

Is it not possible to speak of a common nation that would encompass the multiplicity of sociabilities, are we more of a commercial product than a nation? This article seeks to resolve these problems by analyzing the diverse definitions of national identity from Independence to the present time. We argue that it is a mistake to conceive national identity based on Chilean psychological or racial characteristics, or geographic conditioning; and that the linking of national identity to authoritarian exercise of power, that has been done since the 20th century, has had pernicious effects. We must ask how to generate a plural and dynamic identitary vision that will allow us to recognize ourselves as a community of citizens.

Keywords: National identity, nation, national soul, authoritarianism, history of Chile.


 

LA NOCIÓN de identidad nacional, concebida como una caracterización homogénea compartida por la totalidad de la población del país a lo largo de su historia y capaz de hacerse presente como orientación de futuro, ha tendido a ser desechada por intelectuales de diversas tendencias ideológicas y formaciones disciplinarias en los últimos años. Adicionalmente, estudios empíricos realizados en esta década del 2000 muestran una población refractaria a reconocerse en una identidad chilena común. Veamos qué nos dice al respecto el informe del PNUD sobre desarrollo humano en Chile en 2002, titulado "Nosotros los chilenos: un desafío cultural". Los resultados de una gama de investigaciones empíricas se condensaron en este informe en conclusiones tan radicales como las siguientes: "Para la mayoría no es evidente que haya algo así como lo chileno, que define la identidad de cada uno, o de que Chile como país sea la expresión de la identidad colectiva. La relación de cada uno con Chile y lo chileno está puesta en duda". Ahondando en este punto, el informe del PNUD detectó que un 42% del universo estudiado señaló que "lo chileno está en nuestras costumbres, valores", un 28% estimó que "hoy en día es difícil decir qué es lo chileno", y un 30% llegó a decir que "no se puede hablar de lo chileno, todos somos distintos" (PNUD, 2002: 65). (Desafortunadamente, las cifras no concuerdan en el mismo texto, con una variación del 10%, pues en la página 70 el primer grupo correspondería a un 32% y no a un 42%, y el segundo grupo a un 38% en vez de un 28%)1.

Ahora bien, si la mirada se detiene en aquellos que sí reconocen la existencia de una identidad chilena, descubrimos que ésta se define en función de características psicológicas individuales. "La identificación no se produce, entonces, concluye el informe citado del PNUD, con una historia y un orden social, sino con la personalidad del chileno y con su manera de relacionarse con los otros" (PNUD, 2002: 77). Llama la atención que el cuadro que resulta de esa caracterización psicológica no es alentador: el chileno sería belicoso, envidioso, abusivo, hipócrita, desconfiado, temeroso del conflicto, derrochador y flojo; sólo los sectores pobres reconocen algunos rasgos positivos del chileno, opuestos a los anteriores, tales como solidario, hospitalario, trabajador. ¿El chileno, entonces, sería flojo o trabajador, desconfiado o solidario? Es evidente que la caracterización psicológica de la identidad contiene contradicciones y ambigüedades y, sin embargo, hoy en día sería la única forma de reconocerse identitariamente que tendrían los chilenos, de acuerdo al informe del PNUD que hemos analizado.


C . Gazmuri

El error de dotar a la identidad nacional de características psicológicas propias del individuo proviene del concepto mismo de identidad, que suele conducir a confusiones. En efecto, no debemos perder de vista que cuando hablamos de identidad nacional estamos haciendo uso de una analogía respecto a un concepto que originalmente está referido a una persona individual (Cordua, 2003)2. El punto, a mi juicio, es de suma importancia, pues cuando no se toma conciencia de esta transferencia, se comete el error de dotar a la "identidad nacional" de características psicológicas e incluso espirituales, como si estuviésemos tratando con personas individuales dotadas de un carácter único e incluso de un alma propia. Cuántas veces no hemos oído frases como las siguientes que no aportan nada a la comprensión del problema: "el chileno es astuto, ladino, inteligente, picarón, tiene chispa, sabe sacar partido", dichas por el sociólogo Pedro Morandé (2003:62); o bien somos "tímidos y apocados, también sobrios, solíamos ser poco aficionados a aparentar", en palabras del historiador Cristián Gazmuri (2003:594); o "de la actitud apocada y pesimista que, según los historiadores, ha distinguido el ‘carácter chileno’, se pasó a una actitud orgullosa y optimista –y de pronto hasta arrogante", dichas por el sociólogo Eugenio Tironi, citado por Jorge Larraín (2001:172); incluso se ha dicho recientemente que sería inherente a los chilenos "el arribismo, la impuntualidad, la mentira, la descortesía y la amistad por interés […] el egocentrismo que hace creer a la gente que el mundo gira en torno a Chile y que todo lo que aquí se hace es superior […] el doble o triple estándar de vida de una parte importante de la sociedad sorprenden al más liberal", según opinión de un lector de El Mercurio (Olalquiaga, 2005:A1).

El que este tipo de calificativos psicológicos no logre levantarse por sobre el "cliché", el que sean inútiles para la discusión sobre identidad nacional, queda claro cuando comparamos las características contradictorias propuestas por distintos sujetos, como hemos visto en el informe del PNUD. Adicionalmente, podemos percibir su fragilidad cuando constatamos que el concepto de identidad implica la consideración de una unidad –en este caso la nación– que se diferencia de otras unidades semejantes, unos "otros", que usualmente están representados por los países vecinos, de quienes es necesario diferenciarse para instalar la noción de identidad nacional (Gissi, 2000). ¿Podríamos seriamente sostener, por ejemplo, que el chileno es inteligente a diferencia del argentino o del español, o que su timidez lo diferencia de peruanos, bolivianos, ecuatorianos? Ciertamente esta aproximación nos lleva al "cliché" del cual hay que desprenderse para avanzar en la discusión.

Así es que, citando a Jorge Larraín, podemos concluir que la identidad nacional "nunca debe ontologizarse como si perteneciera a un sujeto individual. Por eso –dice Larraín– rechazo confundir identidad nacional con carácter nacional. No se puede decir que una nación tiene una estructura psíquica como si fuera una persona individual, y menos aún que ese carácter sea compartido por todos sus miembros" (2003:67-68; 2001:37-38). En otras palabras, siguiendo al mismo autor: "Las identidades colectivas no deben ser hipostasiadas como si tuvieran una existencia totalmente independiente y pertenecieran a un individuo colectivo totalmente integrado" (2000:73).

Una argumentación complementaria a la de la caracterización psicológica es la que plantean quienes han propuesto deducir los contenidos de la identidad nacional a partir de la raza: seríamos un país homogéneamente mestizo, y ello tendría como consecuencia ciertas características peculiares3, las que suelen consistir en rasgos psicológicos. Así, para Gonzalo Vial (2000:167), el mestizo se identifica

con la libertad sexual; con el resentimiento y su inevitable asociado, el desequilibrio de las emociones; con el desprecio masculino por la mujer, y la explotación que de ella hace el hombre; con la trascendencia de la madre, no obstante, como ancla del núcleo familiar; con la aversión al trabajo manual; con el vagabundaje o el nomadismo, y el deseo de aventura; con la inconstancia en propósitos y labores; con la crueldad, la deslealtad y el alcoholismo. También con el valor corporal y moral; la resistencia física; la entereza ante los sufrimientos; la rapidez del intelecto; la habilidad de las manos y dotes artísticas (música, literatura).

Ciertamente, no hemos avanzado nada; se ha cerrado el círculo iniciado por la arbitraria caracterización psicológica de la identidad.

Tampoco resulta convincente definir la identidad nacional a partir de la actual estructura social del país, como cuando Gonzalo Vial dice que la identidad chilena consiste en que éste es un país de clase media (2000:169)4. O bien deducirla de las características de la economía del país, como cuando Vial (2003:56-57) dice: "La pobreza es la que nos ha hecho, por lo menos hasta hace poco, sobrios y austeros. Los chilenos éramos pobres, así es que no podíamos despilfarrar ni farsantear con nuestra riqueza". No convence tampoco Gonzalo Vial (2003:60-61) cuando define la identidad nacional a partir de ideas y actitudes que compartiría el conjunto de la población, tales como ser legalistas o estatistas.


G. Vial

Por otra parte, se ha intentado reconocer una identidad chilena desde el punto de vista de los condicionamientos geográficos, marcados éstos por la distancia, el aislamiento, la insularidad, y las catástrofes naturales (Gazmuri, 2003; Vial, 2003). Sin embargo, como lo ha destacado Pedro Gandolfo (2003:323-326), las características del paisaje –tanto natural como cultural– cambian a través del tiempo y lo han hecho vertiginosamente en las últimas
décadas. En la misma línea de argumentación, el historiador José Luis Martínez (2003) ha hecho notar que la noción de la insularidad de Chile fue construida después de la Independencia como parte del discurso elaborado para crear la nación, puesto que, obviamente, durante el período español no
podríamos haber sido concebidos como unidad aislada. Agreguemos a lo anterior el hecho de que el actual territorio chileno se constituye tan sólo en
la década de 1880 y, siguiendo la argumentación de Pedro Gandolfo, reconozcamos que esa cordillera con la que nos solíamos identificar en nuestra infancia, hoy, los habitantes de Santiago, un tercio de la población nacional, no la vemos casi nunca, ya sea porque tenemos un edificio delante o porque una capa de smog la oculta.

¿Cómo caracterizar entonces los elementos de la identidad nacional, aquellos que nos permitirían hablar de una nación o patria común, si no podemos hacerlo ni desde la psicología colectiva, ni desde la raza, ni desde la geografía, ni desde la estructura social, ni desde un núcleo de ideas y comportamientos comunes? Intentemos entonces movernos hacia la reflexión histórica, donde se confrontan posturas opuestas. Una de ellas afirma que la identidad nacional tiene características esenciales y por lo tanto inmutables; otra, que la identidad nacional es una construcción histórica dinámica, cambiante; por otra parte, hay quienes conciben una pluralidad de identidades sociales más que una identidad nacional común; incluso se niega la existencia misma de una identidad nacional que sea compartida transversalmente por el conjunto de la sociedad.

La concepción esencialista de la identidad nacional está en retirada en el mundo intelectual, no obstante ha sido muy potente en el pasado e incluso hoy día todavía hay quienes sostienen, por ejemplo, que "es posible reconocer una identidad chilena, la que puede ser caracterizada por un conjunto de rasgos esenciales", en palabras del historiador Álvaro Góngora (2003:562), discípulo de Gonzalo Vial. Bajo esta perspectiva, habría un momento en el tiempo, un acontecimiento específico, desde donde nace la nación, concebida como un sujeto, una personalidad, con una "identidad" definida de una vez para siempre, la que suele ser entendida como "el alma nacional". Desde allí se define el desideratum de la historia: se es fiel o infiel a la identidad, al alma nacional, según la cercanía que se tenga con la definición identitaria5.

Así, por ejemplo, en el texto de difusión escolar de historia de Chile de Gonzalo Vial se fija ese momento fundacional de la identidad nacional con Pedro de Valdivia. Dice Vial (s/f: 68): "Valdivia fue el primero en ver al país como un todo, como una unidad, como un Reino aparte. De allí que se le haya llamado el fundador de Chile, el fundador de nuestra nacionalidad". Por eso mismo, las características de la nacionalidad están fijadas por el modo de ser de Valdivia, el fundador, de manera que, en el texto referido, "Chile se fundió en la mente de Valdivia con sus propias ambiciones de poder, gloria y supervivencia, por el espíritu, a la desaparición física". Esta ambición de supervivencia que se identifica con el amor a Chile, justifica y avala, en este texto, actos ilícitos cometidos desde el poder, tales como adueñarse de los bienes de su hueste: "Fue para que la Nueva Extremadura, su gobernación, Chile, no murieran, que Valdivia cometió los actos más justamente censurados en él, por ejemplo, la apropiación del oro de sus amigos, en 1547".

En el ejemplo anterior podemos constatar cómo en esta perspectiva esencialista, la definición de identidad nacional ha quedado vinculada a la centralización autoritaria del poder, la cual llega a su perfección con el "orden portaliano" definido en el mismo texto recién citado como "ese gobierno que endereza a los ciudadanos" (Vial, s/f:157)6. Así, pues, desde esta definición identitaria se legitima el autoritarismo, societal y estatal, a la vez que se deslegitima como ajena, como no auténtica, a toda tendencia o acción contraria a éste, incluyendo por de pronto a la tradición liberal del país. De modo que, en esta perspectiva, se es chileno en la medida en que se es autoritario, de lo contrario ¿no se es chileno?, ¿no se comparte una común "identidad nacional"?

Veamos algunas afirmaciones sobre la identidad nacional que evidencian esta forma de pensar autoritaria y excluyente: "Chile es un país con un marcado apego a la tradición. ¿Por qué? Por una acentuada adhesión a la autoridad. […] existe una mentalidad autoritaria que ha subsistido en la sociedad chilena. […] Y esta consideración es válida respecto del dominio unipersonal en todos los niveles, desde la empresa, el sindicato, y más primariamente, la familia. […] Por eso […] el presidencialismo es parte esencial de la identidad. Pero no un presidencialismo a secas, sino autoritario", en palabras de Álvaro Góngora (2003:563-564)7.

Es decir, desde esta arbitraria definición de la identidad nacional como autoritaria, se lee el conjunto de la historia política de Chile, en la cual sólo el presidencialismo autoritario, sea el del siglo XIX o el de fines del siglo XX, sería legítimo, identitario. Con ello, las reformas liberales quedan deslegitimadas como ajenas a la identidad nacional y el período parlamentario aparece como un paréntesis en el cual perdimos el rumbo como nación, entroncándose de este modo con la interpretación historiográfica de Alberto Edwards y de Francisco Antonio Encina. A modo simplemente de ejemplo, continuemos con el texto de Álvaro Góngora (2003:565) recién citado: "Desconfiamos de la libertad para imponer un orden que, por lo general, es impuesto [sic]. Esta situación se aprecia a todo nivel, en el familiar o local, incluso hasta en el sistema político. Es obvio que se trata de una manifestación estrechamente vinculada a la concepción autoritaria predominante".

Queda entonces clarísimo cómo la caracterización de una definición esencialista de la identidad ha traído consigo una apología del autoritarismo (Correa, 2000). A lo anterior hay que agregarle un discurso que insiste en la superioridad de Chile respecto al resto de las naciones de América Latina, a las cuales se les adjudica, por contraste identitario, una vida política caótica que debilita a las respectivas nacionalidades8.

También se ha buscado caracterizar la identidad nacional, en una perspectiva esencialista, y por tanto permanente e inmutable, a partir del carácter católico de la sociedad chilena. Por ejemplo, el sociólogo Pedro Morandé, vinculando la dimensión étnica con la cultural, ha argumentado que es el mestizo quien porta tanto la cultura originaria como el catolicismo barroco constitutivos de la identidad latinoamericana, de tal modo, la Independencia y el liberalismo decimonónico, obra de las elites del continente, constituirían una desviación identitaria9. Desde la reflexión histórica, Gonzalo Vial (2003:53) ha sostenido que la religión católica es un rasgo de la identidad nacional por "sus ideas matrices en materia moral. Eso es lo que está metido en nuestro carácter –afirma Vial–: la igualdad esencial de los hombres y de las razas, el matrimonio y la familia, la conducta ética basada en el amor al prójimo y el ‘no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti’. Eso está en nuestro carácter, nos caracteriza como un rasgo nuestro, aun de los que no son católicos". Difícil sostener hoy en día una afirmación como la precedente, tanto en lo que respecta a la valoración del matrimonio como a la convicción igualitaria, no discriminatoria, así como respecto a la conducta social basada en el amor al prójimo.

Debido a las debilidades intrínsecas de la concepción esencialista, así como a las consecuencias autoritarias que se derivan de ella, la mayoría de los intelectuales preocupados del tema identitario rechazan esta perspectiva para tratar la identidad nacional10. Más aún, algunos rechazan incluso la idea de nación en cuanto estaría amarrada a la práctica del autoritarismo político, sin distanciarse de quienes precisamente han impuesto esta vinculación como la única posible. En palabras del historiador Julio Pinto (2003:568-569),

en nuestro país, o al menos en sus círculos de poder, ha existido y existe una obsesión por la "nación" y por la "identidad nacional", lo que no es sino otra forma de expresar una obsesión por la homogeneidad. […] Me parece que esta obsesión tiene que ver con el deseo de unir lo que siempre ha estado desunido, y que es otra forma de expresar algo que se conoce como gobernabilidad. Es más fácil gobernar a quienes están en un registro homogéneo que a quienes poseen distintas creencias, intereses y maneras de ver la vida, a menudo contradictorias. En Chile ha habido discursos unificadores en abundancia. En esa medida, no podría hablarse de una identidad en sí, sino más bien de un deseo de identidad. Tales discursos provienen generalmente de instituciones que tratan de imprimirle gobernabilidad a una sociedad que, a menudo, aparece como ingobernable.

El rechazo a la visión esencialista de la identidad nacional ha dado curso a una reflexión en la cual conviven tensamente, incluso se podría decir contradictoriamente, una concepción de la identidad nacional como creación discursiva junto a una concepción de la identidad nacional, y a veces de las
identidades nacionales en plural, que reconoce la existencia de una realidad identitaria más allá del discurso, que sería el producto de una historia común.

La identidad nacional como creación discursiva ha sido planteada por Jorge Larraín (2003:67) cuando sostiene que "una identidad colectiva no es más que un artefacto cultural que existe como una comunidad imaginada en la mente de sus miembros"11. En la misma línea, Pedro Gandolfo (2003:326) ha afirmado, con ocasión de la reflexión sobre identidades regionales en el contexto de la identidad nacional, lo siguiente: "La Región del Maule, una subregión o localidad de ella, como mi Colín, no tiene identidad en sí misma. Corresponde a un género de elaboración en otra palabra, un discurso, un relato. […] La identidad es un relato que debemos ir tejiendo permanentemente, lo importante es tejer y zurcir (me quedo con la imagen del mantón ese formado por fragmentos con retazos). Lo importante es tejer, zurcir, recoger los elementos, incorporar, impedir que el tapiz simplemente se deshilache". ¿Quiénes serían, entonces, los responsables de la elaboración de este relato identitario? Para Pedro Gandolfo, son "los artistas. Ellos, los artistas plásticos, los poetas, los narradores, los músicos, son los que tienen el ojo, el oído, la sensibilidad, la capacidad de observación para recoger los elementos y hacer una nueva combinación que reconozcamos como nuestra". También el historiador José Luis Martínez (2003:577) ha visualizado la identidad nacional en un registro discursivo al señalar que ésta se construye en el presente recogiendo del pasado elementos a los que se les otorgan rasgos identitarios, lo que "no significa que esos elementos en el pasado hayan sido pensados como identitarios en ese momento, sino que hoy son significados como tales". En la misma perspectiva se sitúa Eugenio Tironi (2005:288), para quien: "La identidad de una nación es el resultado de un acto de imaginación, de un proceso de producción cultural", lo que le permite hacer un llamado urgente a los intelectuales del país para que reinventen la identidad nacional con un propósito pragmático, a saber, para que aseguren de ese modo la inserción de Chile en la globalización en calidad de "actor global". Muy distinto, por tanto, a la propuesta de Pedro Gandolfo de que sean los artistas quienes vean, escuchen, observen, perciban y recojan los elementos que permitan crear una nueva combinación en la que todos podamos reconocernos.

Si hemos de considerar que cualquier afirmación de la identidad nacional está, al menos, situada como parte de un discurso, es ilustrativo seguir el planteamiento de Bernardo Subercaseaux, quien ha distinguido dos tipos de discursos identitarios: uno vinculado a la tradición ilustrada, el otro a la tradición romántica. En el paradigma ilustrado, sostiene Subercaseaux, el discurso identitario surge desde el Estado que crea a la nación, es por tanto, una construcción política. En cambio, en el pensamiento romántico, especialmente en el romanticismo alemán, la nación es identificada con una comunidad espiritual, y en consecuencia se le dota de una existencia individual propia, de un alma, de unos atributos culturales dados en un momento fundacional, y que persisten idénticos en el tiempo. En Chile, a diferencia de otras naciones de América Latina, afirma este autor, el discurso identitario ha nacido de la tradición ilustrada, desde la necesidad de construir una nación; es por ello un discurso sobre el poder, sobre el Estado, un discurso que insiste en la homogeneidad y que por tanto busca eliminar las diferencias: "El ideal asimilacionista del Estado-nación tendió a negar la diferencia cultural y de hecho este ideal convirtió la diferencia y los particularismos culturales en una desventaja", ha argumentado Subercaseaux (2003:544)12.

En efecto, la caída del Imperio español en América trajo consigo la adopción incuestionada del republicanismo liberal en el continente, y como única forma de generar unidades políticas fuera del orden imperial, la creación de Estados nacionales allí donde sólo había divisiones administrativas del Imperio. Es decir, hubo que crear cada nación, delimitándole un espacio territorial propio e inventándole una identidad peculiar y distintiva que la definiera y diferenciara de las otras naciones contiguas así como de España. Además esto de imaginarse históricamente como nación-estado debía socializarse de modo que todos quienes habitaban el espacio nacional pudiesen ser cohesionados y movilizados, bélicamente por de pronto. "Elegimos ser nación, nos propusimos ser nación, no es que hayamos sido un pueblo destinado a serlo", ha dicho el historiador Alfredo Jocelyn-Holt (Correa y Jocelyn-Holt, 2008). Sin embargo, muy pronto la ficción del Estado-nación se convirtió en una realidad potente de carácter confrontacional en la medida en que la invención identitaria requería la definición de un "otro", diferente al nosotros, al cual oponerse. En el caso chileno, ese "otro" no fue España, sino Perú, que será el "otro" por antonomasia. Alfredo Jocelyn-Holt en el tomo 1 de su Historia general de Chile (2000, 2004), al tratar la conquista, ha definido a Chile como "el otro Perú que no fue". Es decir, para efectos de la construcción identitaria, esa "otredad" del Perú hunde sus raíces en la conquista misma: con Almagro que se devuelve; con Valdivia enfrentando a Pizarro; con el oro no encontrado; con la derrota española ante los mapuches. Incluso antes, bajo el Imperio incaico, cuya extensión es detenida en el río Maule por los mismos mapuches. Las guerras contra la Confederación Perú-Boliviana y la posterior guerra del salitre van confirmando una y otra vez la definición de la identidad chilena en oposición al Perú. Se trata de una identidad cuyo contenido específico está definido en el orden político y estratégico.

En efecto, la retórica anti-española adquirió rápidamente un contenido doctrinario: había que dejar atrás esa España retardataria, autoritaria, clerical y corporativista, que aún permanecía enquistada en la sociedad chilena, es decir, en el "nosotros", y adoptar el progreso anglosajón, que podía identificarse también con el liberalismo español. Es justamente desde el paradigma europeo y en oposición al continente hispanoamericano que las elites decimonónicas chilenas van definiendo una identidad nacional anclada en lo político: en el éxito de la temprana organización, en la ausencia de caudillos militares, en la creación de instituciones republicanas, en la ampliación de las libertades, en la legitimidad jurídica de lo político, así como también en la constitución de una comunidad de ciudadanos, real en su misma ficción jurídica en la medida en que se la percibe como una comunidad de sentimientos: sentimientos de nacionalidad que compartirán los sujetos de las distintas clases sociales, el caballero al igual que el roto, sentimientos capaces de neutralizar las diferencias y conflictos de clase. Se trata, en suma, de una invención identitaria vinculada al ideario republicano-liberal, que define a Chile como un caso excepcional en la América Española, sólo comparable a los países europeos, especialmente Francia e Inglaterra, por su desarrollo político acompañado de progreso cultural y económico.

No obstante, con el cambio de siglo, los logros de unidad nacional tan aplaudidos hasta entonces serán cuestionados desde los sectores medios espantados por la cuestión social y desde las organizaciones populares imbuidas de un ideario socialista o anarquista. Es el primer gran desafío hecho a la invención identitaria decimonónica. Pronto la multifacética crisis de los años 20 y 30 termina por desbancar sus contenidos, cuando una nueva generación pone en discusión una definición identitaria diferente. Si bien la nueva "invención identitaria" permanecerá en las coordenadas de lo político, la gran diferencia con el período anterior es que se plantea una concepción esencialista, ahistórica, autorreferente de la nación. Por eso es que se comienza a hablar del "alma nacional", que puede ser identificada con el carácter católico de la nación o bien con un determinado modelo político, de características autoritarias. La visión esencialista puede hacer referencia también a un grupo en particular, el proletariado. Adicionalmente, se construye el mito de la "raza chilena", que sería el mestizo; y el mito rural, que postula con mucho éxito al campo del valle central como fuente identitaria: pensemos en la difusión identitaria de la cueca, la tonada, el huaso, los sauces y álamos, etc. apelando siempre a un mundo de armonía con la naturaleza y de armonía social que deja fuera al norte árido y al gélido extremo austral, al hombre de mar y de montaña y, por cierto, a los habitantes de la ciudad.


A. Edwards

En ese escenario, historiadores como Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina y posteriormente Mario Góngora postularon que la nación ha sido creada por el Estado, a la vez que recurrieron también a la idea de alma nacional. Con Alberto Edwards (1928:58), el Estado adquiere una existencia orgánica como la de "un ser viviente … provisto de alma colectiva"; esta alma, a su vez, estaría constituida por el sentimiento de obediencia, tanto al poder "impersonal" ejercido desde el Estado como a las jerarquías sociales; de modo que cuando esa obediencia se debilita también se afecta al alma de la nación, y termina por colapsar lo que Edwards llama el "Estado en forma"13. Encina (1964, vol. 2:190) afirmaba, por su parte, que luego de la Independencia fue Portales quien le traspasó su propia alma a la nación, "en reemplazo del alma colonial que murió", y así surgieron "sentimientos, aspiraciones y deberes cívicos" que se convirtieron en "norma de conducta cívica", es decir, en el contenido específico del alma nacional14. Para Encina (1964, vol. 1:183) la "intuición política de Portales… encarna el pasado, el presente y el porvenir de Chile, tal cual estaba dado por la totalidad de los factores físicos, étnicos e históricos, sin desnaturalizarlos con prejuicios ideológicos o afectivos"; es decir una determinada concepción política –la de Portales– es lo que constituye el alma o identidad de la nación.

Así pues, el mito portaliano implica que siempre es imperativo ser fieles con el "alma nacional" identificada con la obediencia política y la disciplina social, garantizada o bien impuesta por un ejecutivo autoritario. En esta lógica sólo bajo el autoritarismo presidencial el país puede prosperar, diferenciarse de los otros países latinoamericanos, y convertirse en potencia o referente en América Latina. No por casualidad Pinochet utilizó toda una retórica y una simbología en torno a Portales; pero también hay que decir que Lagos tenía el retrato de Portales en su escritorio en La Moneda, en calidad de figura tutelar del poder autoritario. Desde un punto de vista de construcción identitaria, el mito portaliano constituye una manera de negar el disentimiento político apostando al autoritarismo, pues se teme que aquél sea tan profundo que pueda poner en peligro la unidad de la nación.

Esta forma de pensar la historia, en la cual una concepción autoritaria del Estado queda estrechamente vinculada a la idea de esencia nacional, fue reforzada en la década de 1980 con la publicación del libro de Mario Góngora, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX15, donde expone la tesis de que el Estado dio origen a la nación chilena. Allí Góngora (1986:25, 26) asegura que "la nación no existiría sin el Estado, que la ha configurado a lo largo de los siglos XIX y XX". Más aún, en Góngora, el Estado no es identificado con el aparato burocrático, o con el orden jurídico; para definir al Estado, Góngora cita a Spengler: "el verdadero Estado es la fisonomía de una unidad de existencia histórica". En otras palabras, se ha reforzado la idea de Edwards y Encina, proveniente también de Spengler, de que el Estado es un organismo vivo, provisto de alma colectiva, la que lo acompaña generación tras generación desde el pasado al futuro. Citando a Burke, Góngora dirá que el Estado "no es solamente una sociedad entre los que viven, sino entre los que están vivos, los que han muerto y los que nacerán".


F. Encina


Girando el énfasis desde el Estado a la nación, el historiador Alfredo Jocelyn-Holt argumenta que lo que ha cambiado en las últimas décadas ha sido la concepción misma de la nación. Si en el siglo XIX la elite ilustrada creó una idea de nación desde el espacio público y desde el Estado, a partir la segunda mitad del siglo XX el paradigma de Estado-Nación liberal se debilita hasta colapsar. En consecuencia, ha surgido "una pluralidad de proyectos y modelos de nación, ninguno de los cuales logra tener plena y completa legitimidad […] nos hemos movido durante el siglo veinte hacia una especie de proliferación de proyectos nacionales, todos ellos excluyentes unos de otros", asegura Jocelyn-Holt (1994:360). A finales del siglo XX, la idea de nación deja de estar vinculada a la política, y se la piensa, argumenta, vinculada al mundo de los negocios, de la economía. Aparecen nuevos símbolos nacionales, como el "hielo antártico enviado a Sevilla", que son fundamentalmente imágenes sin contenido racional "pensadas como material desechable, de corta vigencia, fácil de descartar y reemplazar por otras imágenes. […] A diferencia del énfasis en la permanencia que tenían los viejos símbolos nacionales, los nuevos tienden a proyectar una imagen pulverizada y proteica de esta nación. […] El efecto disociativo que esto puede tener es insospechable y fascinante" porque, dicho hace 15 años, podía abrir espacios de mayor libertad y creatividad (Jocelyn-Holt, 1994:361, 362).

En efecto, este diagnóstico que percibe una dispersión de discursos y de historias nacionales, se confirma al revisar la reflexión identitaria de los intelectuales chilenos, como veremos a continuación.

Por una parte, quienes han buscado distanciarse de la interpretación esencialista y a la vez superar el mero nivel discursivo que ésta pueda tener, proponen la búsqueda de elementos que anclados en la realidad permitan hablar de la existencia de una identidad nacional más allá del relato. Como lo ha dicho el sociólogo Pedro Guell (2003:75), la identidad existe "en el vínculo que las personas y los colectivos establecen con esas imágenes" identitarias, es decir, en el vínculo entre la experiencia cotidiana real y el relato identitario. Por su parte, el sociólogo Jorge Larraín (2001), que había conceptualizado la identidad colectiva sólo como un artefacto cultural, ha aclarado que de lo que se trata en realidad es de una interacción entre los discursos de identidad (así en plural) y las prácticas cotidianas. La forma como se genera esta dinámica de interacción ha sido explicada por Larraín (2003:68) partiendo por la elaboración del discurso identitario, para lo cual dice:

los intelectuales seleccionan rasgos de los modos de vida de la gente que les parecen importantes y representativos. Por otro lado, continúa, esas mismas narrativas influyen en las personas a través de los medios de comunicación, del sistema educativo, de los libros, de la televisión, y buscan reafirmar un sentido particular de identidad. Es como si los intelectuales estuvieran diciéndole a la gente "reconózcase en esto que digo; he seleccionado de la vida misma de los chilenos algunos rasgos identitarios que son importantes y que usted mismo practica. Créame, esto es lo que es usted, eso es lo que es nuestra nación". Y esto se enseña y aprende, de partida en los colegios.

Ahora bien, en la afirmación recién citada, Larraín pareciera suponer que "los intelectuales" serían un grupo homogéneo, que discierne con total acuerdo cuáles son "los rasgos de los modos de vida de la gente" que merecen ser seleccionados como elementos que conforman la identidad nacional, y presume que todos los intelectuales por igual tienen la misma capacidad de acceso a los medios de difusión con su discurso. En suma, pareciera que esta línea argumentativa nos llevara nuevamente ante el discurso unívoco y homogéneo de la identidad que tanto rechazo ha suscitado. Me parece que el autor intenta sortear esta dificultad insistiendo en el carácter histórico de la identidad nacional, en su permanente cambio, lo que, a su juicio, evitaría "esencializar estos elementos, inmovilizar lo que es un proceso histórico cambiante y ocultar los desacuerdos y visiones distintas que sobre esa identidad tienen sectores sociales diversos" (Larraín, 2003:71). El argumento podría ser válido siempre que se reconozca que no hay un único relato histórico posible, sino una diversidad de interpretaciones históricas y que por lo tanto es innevitable contar con una multiplicidad de relatos identitarios igualmente legítimos entre sí; no podríamos hablar entonces de la identidad nacional como un relato único creado por "los intelectuales" para consumo de la ciudadanía.

De allí que el historiador José Luis Martínez (2003:575) plantee que si reconocemos que tenemos una pluralidad de historias (ya no sólo de relatos históricos) ello nos lleva a visualizar una multiplicidad de identidades al interior de la nación que coexisten simultáneamente, las "que incluso pueden a veces ser vividas o expresadas como antagónicas entre sí". Por eso, sostiene el autor: "Reconozco en Chile varios Chiles, como en América Latina varias Américas Latinas, con diversas miradas, discursos y prácticas que provocan adhesión e identidad" (Martínez, 2003:577). A su juicio, nos estaríamos moviendo hacia un tipo de Estado que puede suponer una pluralidad de historias y una pluralidad de identidades, lo que él llama el Estado post-nacional o Estado de ciudadanos.

El plantear que sólo es posible una pluralidad de historias y de identidades, nos lleva a la negación de la posibilidad de un relato común de nación.

Así, por ejemplo, la reflexión histórica de Julio Pinto (2003:570) desconfía de los relatos unívocos de identidad tanto como del intento de descifrar elementos identitarios a partir de una historia compartida.

Los chilenos –afirma– siendo muy distintos y teniendo en muchas ocasiones puntos de vista, intereses y necesidades contradictorios entre sí, antagónicos incluso, estamos unidos a través de una serie de experiencias históricas también contradictorias. Para nuestra generación, por ejemplo –argumenta–, una de esas experiencias unificadoras ha sido la secuencia histórica conformada por la Unidad Popular, el golpe de Estado y la dictadura. Si bien no estamos, ni creo que lleguemos a estar, de acuerdo sobre quiénes tenían o no tenían la razón, la experiencia en sí, en tanto experiencia compartida, tuvo un efecto unificador.

Pero esta constatación le lleva a concluir:

no sé si podría hablarse de unidades o identidades divididas, pero me atrevería a decir que si tenemos alguna identidad, se trata de una de tipo esquizofrénico, construida sobre la negación de la diversidad y sobre un conflicto permanentemente no resuelto. Las sociedades humanas difícilmente pueden alcanzar ese grado de integración y soberanía plenamente reconocida como para poder compartir una identidad nacional. En la práctica, las sociedades, y desde luego nuestra propia sociedad, están condenadas a la división y a la lucha.

En la misma línea, el historiador Gabriel Salazar (2003:581) señala que no podría hablarse propiamente de la existencia de una nación chilena, pues la nación ha sido fruto de la fuerza y de la violencia, lo que ha hecho que en Chile no haya habido una sociedad civil integrada, "con ejercicio de soberanía y con diversos mecanismos de participación". Por su parte, la historiadora María Angélica Illanes (2003:588) ha planteado que no es posible hablar de identidad nacional desde la historiografía, pues implica hablar del "alma chilena", de una esencia; ella prefiere tratar este tema desde la noción de diferencia, "que es otra de las maneras de ver la identidad, constituyéndose más bien desde otro, de un modo relacional, lo que se aviene mejor, señala, con una aproximación histórica y social"16. Es decir, a su juicio, en vez de identidad nacional convendría hablar de identidades colectivas diversas, cuyo reconocimiento pasaría por visualizar cómo se ha constituido discursivamente el "otro" desde el cual se construye la diferencia17.

De modo pues que si hemos llegado al punto en el que no es posible apelar a un relato histórico unívoco, tendríamos que concluir que desde la historia no podemos crear el relato identitario de la nación, así como tampoco podríamos reconocer en las prácticas sociales del pasado los elementos de esa identidad.

La posibilidad de construir o reconocer una identidad nacional toma un giro algo diferente en la reflexión del historiador y antropólogo José Bengoa (2003:601, 602), quien parte del supuesto que "la identidad siempre es una reelaboración nostálgica de lo que creímos que fuimos alguna vez". Es decir, la construcción del relato identitario parte de la subjetividad misma del sujeto que se reconoce en éste, el cual releva un tiempo mítico de felicidad. Por eso, no sería desde la historiografía desde donde se debería recrear el relato identitario, sino que habría que indagar "en el inconsciente colectivo de los distintos grupos sociales". Sin embargo, volvemos a encontrarnos frente a la ineludible existencia de una multiplicidad de relatos identitarios, pues Bengoa sostiene que cada grupo social "ha ido elaborando, con nostalgia o mediante ésta, su época dorada: el tiempo en que las cosas estaban en su lugar, en que el orden natural se imponía, en que el grupo, sector, región, etnia, era ‘lo que debía ser’, esto es, que mirado desde el presente, sus intereses estaban cumplidos y podían ejercitarse de manera plena". En otras palabras, esta "época dorada" se refiere a "aquellos tiempos en que mitológicamente cada grupo cree que tuvo la felicidad en sus manos. Ese tiempo mitificado se transforma en un referente fundamental para la vida social y para el desarrollo de los proyectos futuros". En la proposición de Bengoa, no es que haya tantos relatos míticos como grupos sociales en el país, sino que un mismo relato puede ser compartido por diferentes sectores sociales. De hecho este autor visualiza dos tiempos míticos de "felicidad", el Chile "de las haciendas", y el "de la República" que es cuando "se cree con creciente nostalgia, existía una democracia perfecta"18. En ambos casos, a juicio de Bengoa, la nostalgia se transforma en proyecto político, cumpliendo así, al mirar al futuro, con la condición de discurso identitario.

Cuando Bengoa nos propone analizar la identidad nacional desde el tiempo mítico anclado en el inconsciente colectivo, nos devuelve la posibilidad de construir el discurso identitario. Sin embargo, no resulta posible sortear con él la ineludible pluralidad de relatos, de tal modo que no podría existir un discurso único y común sobre la identidad nacional. El mismo autor lo reconoce cuando afirma: "En una sociedad compleja como la chilena no hay una sola identidad, y menos en un momento histórico como el que vivimos, en el que los sistemas de integración estatal comienzan a cuestionarse" (Bengoa, 2003:603). No obstante, la inevitable pluralidad de discursos identitarios no complica a Bengoa, por el contrario, al igual que a José Luis Martínez, le parece que la pluralidad refleja la diversidad del país y es consustancial a una cultura moderna y democrática. Bengoa aboga por preservar la pluralidad de relatos identitarios, que destierre la versión esencialista de la identidad centrada en el poder estatal:

El discurso de la identidad debiese, por tanto, dar lugar al discurso de las identidades, de una diversidad de discursos sobre el nosotros mismos en que exista la capacidad de cada cual, cada grupo, cada región de reconocerse. Por cierto que los discursos sobre la identidad, son también y sobre todo discursos sobre el poder. Pero de eso se trataría, a lo menos utópicamente, que el Centenario diera origen a la posibilidad de narrativas democráticas, discursos compartidos, identidades respetadas, diversidad celebrada como característica de un país pequeño y amable (2003:607).

Hemos llegado, pues, a un punto donde pareciera que no es posible articular un discurso identitario unívoco sino más bien una pluralidad de discursos identitarios, los cuales no tendrían que estar necesariamente vinculados a y diferenciados según clases sociales, si seguimos en ello a Bengoa. El desafío que surge entonces es frente a la posibilidad de sumar los diversos discursos identitarios en un todo que los contenga, de modo de poder desde allí plantear la existencia de una identidad nacional común y compartida. El desafío vuelve entonces a interpelar a la disciplina histórica, pero esta vez liberada del discurso identitario esencialista y de una construcción interpretativa cuyo eje es el ejercicio centralista y autoritario del poder. De lo que se trata es de buscar la posibilidad de elaborar unos relatos que den cuenta de una historia común que recoja en su sentido al conjunto de la diversidad nacional. Una historia pluralista y no unívoca, a la vez que compartida por todos. Para ello se hace necesario, a mi juicio, indagar cómo los procesos de más larga duración nos han impreso un modo de ser distintivo. Recrear una historia que nos revele, por ejemplo, cómo nos ha marcado el haber vivido tres siglos de guerra en la frontera mapuche (aunque con intercambios comerciales, guerra al fin y al cabo) (Jocelyn-Holt, 2004); que descifre cómo nos condicionó la experiencia de la hacienda con sus relaciones jerárquicas, paternalistas, disciplinadoras (Bengoa, 1988, 1990); que libere al fenómeno del mestizaje de su connotación racial para hacerlo girar en torno a la temática del huacho (Salazar, 1990; Montecino, 1991); una historia "que nos explique qué proyecciones tiene el pirquinero que busca desde tiempos inmemoriales la veta de la fortuna, el golpe de suerte; que nos diga cómo nos han moldeado los múltiples ciclos de bonanza y crisis que nos depara permanentemente nuestro desenvolvimiento económico" (Correa, 2000); que nos revele cómo las tareas que ha asumido la mujer en la sociedad chilena a lo largo de su historia han ido configurando un modo de ser distintivo del conjunto de la nación. Etcétera.

En fin, el desafío está en la posibilidad de articular una multiplicidad de relatos históricos que nos puedan dar sentido como comunidad en el tiempo. Que podamos crear una identidad nacional que sea dinámica, histórica –nunca esencialista–; que apele a la incorporación de la diversidad –de todo tipo– en una sociedad crecientemente plural; que se mantenga en el plano de lo político: nada de raza, alma, geografía; que ponga en el centro de la propuesta la idea de república democrática representativa, crecientemente inclusiva; y que sea una propuesta abierta al mundo en todas las esferas de la vida en sociedad. Para que así podamos constituir la patria que se comparte, la nación que se construye políticamente con la participación de todos, en fin, un país de ciudadanos, y no un revoloteo de consumidores que giran cegados pensando a Chile como producto comercial internacionalizado, globalizado, convertido en sitio web.

NOTAS

1 La caracterización de cada uno de estos tres grupos nos permite percibir diferencias sociales significativas entre ellos. El 42% (¿o 32%?) que está orgulloso de ser chileno, es caracterizado de la siguiente forma: "Tiende a tener más de 55 años, y a ser hombre. Tiene mayor presencia entre los niveles superiores de educación y suele pertenecer al estrato alto. Tiene alguna mayor presencia entre los católicos más activos. Es de preferencia profesional o independiente. Tiene alta estima de sus capacidades personales […] considera que, en general, los cambios ocurridos en Chile en los últimos años han sido positivos y que tienen una dirección clara. […] cree que la mayoría de las personas atesora valores similares a los suyos". El segundo grupo, el 28% (¿o 38%?) que no sabe qué es ser chileno, "es mayoritariamente femenino, con educación técnico-profesional y universitaria. Tiende a pertenecer al estrato socioeconómico medio y vive en Santiago. Cree que frente al sistema económico es más bien perdedor. [...] Es católico sólo de nombre, pues no participa en las actividades eclesiales. […] Cree que los actuales cambios del país no tienen destino; que son transformaciones sin brújula. […] Sus opciones políticas se reparten por todo el espectro, pero tiene una cierta tendencia a identificarse con la centroderecha". Por último, el grupo del 30% que no reconoce una unidad en lo chileno "pertenece al estrato socioeconómico bajo. Se trata de dueñas de casa y obreros de los más bajos ingresos de la escala. Tiene una importante presencia en medios rurales. Se ubica entre los evangélicos y los no creyentes. Tiene un bajo capital educacional y un escaso manejo de las herramientas modernas. […] Se siente marginado de los acontecimientos y cree que la gente con poder se aprovecha de él. En política es un desafecto, no está inscrito y no concurre a votar".

2 Sobre la noción de identidad desde un punto de vista psicológico y sobre las dinámicas entre identidad individual e identidades sociales, véase Mansi (2000).

3 La idea racial fue elaborada a comienzos del siglo XX por Nicolás Palacios, y difundida por Encina. Después de la segunda guerra mundial cayó en desuso, pero hoy en día ha vuelto a ser argumentada bajo la idea de homogeneidad mestiza. En esta línea argumentativa que hace uso de la variable racial, véanse, por ejemplo, los artículos de Álvaro Góngora (2003), Cristián Gazmuri (2003), y Gonzalo Vial (2000, 2003).

4 También Vial (2003:62) y Góngora (2003:563).

5 La idea de fidelidad a la propia esencia o alma fue desarrollada por Jaime Eyzaguirre. Para él la esencia de Hispanoamérica radicaba en el catolicismo hispánico del siglo de oro.

6 Para una interpretación revisionista sobre la acción histórica de Portales, véase Jocelyn-Holt (1997a).

7 El subrayado es del autor. Véase también Vial (2003:63).

8 El intento de diferenciar una identidad chilena del resto de América Latina estuvo presente en la idea de representar a Chile con un iceberg en la exposición de Sevilla de 1992. Véase al respecto Larraín (2001), Subercaseaux (1996) y Jocelyn-Holt (1994).

9 Al respecto véase el análisis que Larraín (2001) hace del pensamiento de Morandé.

10 Véase, por ejemplo, Larraín (2003), Gandolfo (2003), Sánchez (2003) Subercaseaux (2003), Serrano (2003), Pinto (2003), Martínez (2003), Illanes (20003), Bengoa (2003).

11 La noción de comunidad imaginada proviene de Benedict Anderson en Imagined Communities (1986).

12 Véase también Subercaseaux (2000). Sobre la construcción de nación por la elite decimonónica desde el espacio público, véase Jocelyn-Holt (1997; 1992, 1999).

13 Sobre el pensamiento historiográfico de Alberto Edwards, véase el prólogo de Mario Góngora a la edición de Editorial Universitaria en 1982 de La fronda aristocrática en Chile. Véase también Cristi (1992); y Correa (2004).

14 Sobre el pensamiento historiográfico de Encina, véase Ruiz (1992), Jocelyn-Holt, (1997b), y Correa (2004).

15 Publicado en 1981 por Ediciones La Ciudad, fue reeditado por Editorial Universitaria en 1986.

16 La historiadora Sol Serrano (2003), desde una perspectiva ideológica opuesta, también niega la posibilidad de hablar de una identidad nacional desde la disciplina histórica.

17 Para una reflexión sobre las categorías de identidad y diferencia, véase Richard (2002).

18 Sobre la hacienda como paradigma paradisíaco en la elite chilena del siglo XX, véase Correa (2007).

REFERENCIAS

Anderson, Benedict. 1986. Imagined Communities, Londres: Verso.        [ Links ]

Bengoa, José [1988] 1990. Historia social de la agricultura chilena, dos volúmenes. Santiago de Chile: Ediciones Sur.        [ Links ]

Bengoa, José. 2003. "Encontrando la identidad en la celebración de la diversidad", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 600-607.        [ Links ]

Cordua, Carla. 2003. "Sobre una identidad nacional", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 29-35.         [ Links ]

Correa Sutil, Sofía. 2000. "La identidad nacional, una construcción en crisis", en ¿Hay patria que defender? La identidad nacional frente a la globalización. Santiago de Chile: Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), pp. 150-155.        [ Links ]

Correa Sutil, Sofía. 2004. "El pensamiento en Chile en el siglo XX, bajo la sombra de Portales", en Oscar Terán (editor), Ideas en el siglo. Intelectuales y cultura en el siglo XX latinoamericano. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, pp. 211-305.        [ Links ]

Correa Sutil, Sofía. 2007. "Las memorias de una vieja elite", en María Rosaria Stabili (coordinadora), Entre historias y memorias. Los desafíos metodológicos del legado reciente de América Latina. Madrid: Asociación de Historiadores Latinoamericanos Europeos (AHILA) Iberoamericana, pp. 37-62.        [ Links ]

Correa Sutil, Sofía y Jocelyn-Holt, Alfredo. 2008. "Las vías chilenas al nacionalismo: dos miradas", conferencia dada en Casa de América, Madrid, el 31 de enero, inédita.        [ Links ]

Cristi, Renato. 1992. "El pensamiento conservador de Alberto Edwards. Del conservantismo liberal al conservantismo revolucionario", en Renato Cristi y Carlos Ruiz, El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, pp. 17-47.        [ Links ]

Edwards, Alberto. [1928] 1982. La fronda aristocrática en Chile. Santiago de Chile: Editorial Universitaria [1° edición 1928].        [ Links ]

Encina, Francisco Antonio. 1964. Portales. 2° edición. Santiago de Chile: Editorial Nascimento.        [ Links ]

Gandolfo, Pedro. 2003. "Lo importante es tejer, zurcir", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 323-326.        [ Links ]

Gazmuri, Cristián. 2003. "Algunos rasgos de la identidad chilena, en perspectiva pretérita", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 593-599.        [ Links ]

Gissi B., Jorge. 2000. "Identidad nacional chilena: Nuestro perfil psicosocial", en ¿Hay patria que defender? La identidad nacional frente a la globalización. Santiago de Chile: Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), pp. 172-185.        [ Links ]

Góngora, Álvaro. 2003. "Una reflexión sobre la identidad chilena y la verdad histórica", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 562-567.        [ Links ]

Góngora, Mario [1981] 1986. Ensayo sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. 2a edición [1era ed., Ediciones La Ciudad].        [ Links ]

Güell, Pedro E.. 2003. "¿Identidad chilena? El desconcierto de nuestros retratos hablados", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 74-77.        [ Links ]

Illanes, María Angélica. 2003. "Los mitos de la diferencia y la narrativa historiográfica chilena", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 588-592.        [ Links ]

Jocelyn-Holt Letelier, Alfredo [1992] 1999. La Independencia de Chile. Tradición, modernización y mito. Santiago de Chile: Planeta, 2° edición. [1era. edición, Madrid, Mapfre].        [ Links ]

Jocelyn-Holt Letelier, Alfredo. 1994. "‘Chile, fértil provincia y señalada en … Su refundación posmodernista". Proposiciones N°24, pp. 358-366.        [ Links ]

Jocelyn-Holt Letelier, Alfredo. 1997a. El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica. Buenos Aires: Ariel/Planeta.        [ Links ]

Jocelyn-Holt Letelier, Alfredo. 1997b. "Encina, ¿Cíclope o Titán?", prólogo a la reedición del texto de Encina, La literatura histórica chilena y el concepto actual de la historia. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.        [ Links ]

Jocelyn-Holt Letelier, Alfredo. 2000, 2004. Historia general de Chile, tomos 1 y 2. Santiago de Chile, 1° edición tomo 1: Editorial Planeta; 2° edición tomo 1 y tomo 2: Editorial Sudamericana.        [ Links ]

Larraín, Jorge. 2000. "Identidad nacional", en ¿Hay patria que defender? La identidad nacional frente a la globalización. Santiago de Chile: Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), pp. 73-96.        [ Links ]

Larraín, Jorge. 2001. Identidad chilena. Santiago de Chile: Editorial Lom.        [ Links ]

Larraín, Jorge. 2003. "Etapas y discursos de la identidad chilena", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 67-73.        [ Links ]

Mansi, Jorge. 2000. "La identidad nacional en el contexto de la globalización", en ¿Hay patria que defender? La identidad nacional frente a la globalización. Santiago de Chile: Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), pp. 62-71.        [ Links ]

Martínez, José Luis. 2003. "Abrir las historias: A propósito de la historia nacional y de nuestras identidades", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 575-580.        [ Links ]

Montecino, Sonia. 1991. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Santiago de Chile: CEDEM.        [ Links ]

Morandé, Pedro. 2003. "Los distintos niveles de la identidad cultural", en Sonia Montecino, compiladora, Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias, Santiago de Chile, Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 59-66.        [ Links ]

Olalquiaga, Manolo. 2005. "Chilenadas", en El Mercurio, "Cartas al Director",16 de junio, p. A1.        [ Links ]

Pinto, Julio. 2003. "El dilema de la identidad nacional: Entre los discursos unificadores y los vectores de la acción histórica", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 568-574.        [ Links ]

PNUD, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. 2002. Desarrollo humano en Chile. Nosotros los chilenos: un desafío cultural. 2002. Santiago de Chile: Ediciones PNUD.        [ Links ]

Richard, Nelly. 2002. "Feminismo y deconstrucción: otros desafíos críticos", en Roberto Aceituno (editor), Identidades, Coloquio chileno-francés de psicoanálisis y disciplinas afines. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales.        [ Links ]

Ruiz, Carlos. 1992. "Conservantismo y nacionalismo en el pensamiento de Francisco Antonio Encina", en Renato Cristi y Carlos Ruiz, El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, pp. 48-66.        [ Links ]

Salazar, Gabriel. 1990, 2007. "Ser niño huacho en la historia de Chile (siglo XIX)", Proposiciones N°19, 2° edición. pp. 55-83; Santiago de Chile: Editorial Lom.        [ Links ]

Salazar, Gabriel. 2003. "Debajo de la atalaya de la historia", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 581-587.        [ Links ]

Sánchez, Cecilia, 2003, "Chile en el cruce de identidades defensivas y excéntricas, en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 332-338.        [ Links ]

Serrano, Sol. 2003. "¿Hay bicentenario sin nación?", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 531-535.        [ Links ]

Subercaseaux, Bernardo. 1996. Chile, ¿un país moderno? Santiago de Chile: Grupo Editorial Zeta.        [ Links ]

Subercaseaux, Bernardo. 2000. "Espesor cultural, identidad y globalización", en ¿Hay patria que defender? La identidad nacional frente a la globalización. Santiago de Chile: Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), pp. 156-166.        [ Links ]

Subercaseaux, Bernardo. 2003. "El bicentenario bajo un prisma de sano escepticismo", en Sonia Montecino (compiladora), Revisitando Chile. Identidades, mitos e historias. Santiago de Chile: Comisión Bicentenario. Presidencia de la República, pp. 543-548.        [ Links ]

Tironi, Eugenio. 2005. El sueño chileno. Comunidad, familia y nación en el Bicentenario Santiago de Chile: Taurus.        [ Links ]

Vial, Gonzalo. s/f. Historia de Chile. Educación Media. Santiago de Chile: Editorial Santillana.        [ Links ]

Vial, Gonzalo. 2000. "Rasgos e interrogantes sobre la identidad nacional", en ¿Hay patria que defender? La identidad nacional frente a la globalización. Santiago de Chile: Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), pp. 167-171.        [ Links ]

Vial, Gonzalo. 2003. "Los elementos de la identidad nacional", en Ángel Soto (editor), Chile en el siglo XXI. Camino al Bicentenario. Santiago de Chile: Ediciones de la Universidad de los Andes, pp. 47-67.        [ Links ]

 


Recibido: 06.09.2007. Aprobado: 12.09.2008.

* Una anterior versión de este trabajo fue leída en la Escuela de Verano de la Universidad de Concepción, enero de 2008.