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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.495 Concepción  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622007000100013 

 

Atenea N° 495– I Sem. 2007: 219-237

 

CREACIÓN

FATIMA O EL PARQUE DE LA FRATERNIDAD

 

Miguel Barnet


 

A los siete años, en la cocina de mi casa, en Madruga, se me apareció la Virgen de Fátima. Por eso a veces la gente ve un halo rosado alre-dedor de mi cabeza. Fue una aparición que marcó mi vida. La vi en la puerta de la cocina pero no estaba de pie, ni en una roca como dicen que está ella, estaba sentada en un taburete y era mulata. No sé si ustedes han visto a la Virgen de Monserrat, una que es negra y está en un butacón dorado, bueno, pues la Fátima que yo vi era parecida, pero no tan negra y estaba sentadita de lo más oronda en su taburete.

Yo he sido una persona con suerte y a lo mejor es por eso. Bueno, también porque nunca le he pisado la cabeza a nadie, ni me he metido en lo que no me importa. He hecho lo que me ha dado la gana, y a lo hecho pecho. Me mantengo porque tengo un espíritu joven y una energía positiva que viene de Saturno según dice mi signo zodiacal. Si me vieran ahora desnudita de la cintura para arriba, pero yo tengo mi recato y no me dejo ver por cualquiera. Para verme hay que soltar el guano bendito y para tocarme más. En el fondo soy una puritana porque no me gusta que me vean desnuda en los camerinos cuando hay función. Ellas no, ellas se sacan los trapitos y los tiran en el piso como si nada. A mí me dicen la monja, la Monjita Fátima. Es que aunque pecadora creo en los biombos y me cubro. También en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo y hasta voy a la iglesia los domingos, ahí, al Carmen porque yo soy de iglesias grandes y lujosas y de curitas graciosos y jóvenes como ese del Carmen, Virgen Santa, que con sotana y todo me lo comería con mantequilla. El me mira y yo lo cacho de arriba abajo pero no, no se da cuenta porque cuando quiero soy una mujer muy seria, de mucho copete.

Claro, se ve en mi ropa, en mis tacones a lo militar que me empinan; si ustedes vieran en la misa cómo sobresalgo entre todo el mundo y son los taconazos esos que no me quito ni para dormir. Dicen en el Parque de la Fraternidad que yo fui quien los implantó. Hay que ver a las de mi cuadrilla con ellos, no pueden, se van de lado, no tienen estilo, parecen zambas. Nadie camina con ellos como yo porque ni me caigo ni pierdo el equilibrio. Y estoy aquí arriba, montada en zancos, como la Reina Madre de Inglaterra que era un tapón y parecía una señorona y es porque la calzaban con corcho y le enguataban los pies para que no le dolieran los juanetes. La Reina Madre no soy pero Fátima en el Parque de la Fraternidad sí, y me respetan porque una cosa es el negocio, la sobrevivencia y otra es la exhibición y el relajo.

Yo soy una reina y cuando me paro en la esquina el que se me acerca es para salir conmigo y comer en mi plato porque ya se decidió, no viene a hacerme entrevistas ni a indagar en mi vida, viene a pasar un buen rato o a sentarse conmigo en el banco hasta que lo caliento con la mirada o con la conversación para que la cosa se les hinche y se le ponga bien durita, porque está el tímido, el que viene por primera vez, tan tiernecito, tan sanaco y yo los pongo a gozar porque yo sí les busco las cosquillas. Pero están también las bichas, las comelonas, las mandadas, las que se creen que porque van al grano se llevan la mejor tajada.

No, no saben de este negocio, hay que hablar, pasarles la mano, decirles que no se sientan culpables, que sus mujeres son sus mujeres, que su casa es su casa, y que una lo que les va a dar es un regalito, un bombón pasajero. Y se ríen porque hay que desinflarlos; llegan con millones de problemas, camuflajeados, con traumas, traumas que yo nunca tuve y algunos a lo que vienen es a desahogarse y cuando me quito el vestido se lanza ahí mismo vestido se lanzan ahí mismo desesperados porque vienen con un atraso ... Dios Santo, líbrame de esa condena, gracias por haberme hecho así, dispuesta siempre a salir a la calle y comerme la tierra. Soy muy suelta, no, no tengo traumas. Ellos sí, ellos se ponen a darle vueltas a la cosa y a hacer preguntas indiscretas y dime chica tú te sientes mujer y cómo es eso si tienes un rabo como yo y a lo mejor de cañón largo y todo. Ahí es donde yo los agarro y los voy destapando como a un paquete de regalo, les quito las cintas, los alfileres, todo, y salen desnuditos, maricones tapiñados pero que pagan más que los hombres porque van a eso. Y yo no me alegro de tener lo que tengo, quiero ser de otra forma, pero soy como soy, como Dios me trajo al mundo.

Podría contar tantas cosas que he visto, que me han pasado a mí misma, no ahora sino cuando era joven... Prefiero callar porque si los médicos y los curas tienen su ética yo tengo la mía también. Para inventar mejor me callo. Sería una crueldad ponerle a la gente el caramelo en la boca y luego no dejárselo chupar. Me he visto en situaciones negras, eso sí, porque soy mandada a hacer, me lanzo en terrenos difíciles y con gente dura. Les sé, les sé mucho, pero callo porque en el fondo ellos me buscan a mí para eso.

No te equivoques, yo soy hombre a todo pero tú me calientas la cabeza. Nada que lo que hago es hablar como una cotorra en celo y eso les gusta. Y la imaginación... el arte mío para volverlos locos: espejos en el techo, en las paredes, en el piso; el salto del canguro, el palo del escaparate, un escaparate bajito y yo arriba haciendo mi strip-tease; les voy tirando las prendas una a una y después les pido que se vayan desnudando y no los toco, ni me les acerco. Se ponen a mil, me quieren enlazar y tirarme de ahí arriba y cuando ya me ven como Dios me trajo al mundo quieren morirse y ahí es donde me lanzo y me los como a mordidas sin besarlos, les hago cosquillas, los vuelvo locos. Todo eso cuesta, claro está, pero me divierte porque la fantasía es la madre de la cama. Salen contentos y me regalan lo que se me antoje. Testigos son las empleadas de los hoteles y de las tiendas nuevas que han abierto aquí. Fátima, llegaste a arrasar, mira, lo último es Humo en la Noche de Lanvin, pero con qué se sienta la cucaracha, si no me lo regalan...

Tengo una colección de perfumes para abrir una boutique. Por eso le pongo candado a la puerta de mi mansión porque al pobre le gusta lo bueno igual que al rico, yo diría que más porque el rico está saturado, empalagado y no le coge el verdadero gusto a las cosas. Esa es mi teoría sin haber leído un libro ni haber abierto nunca un mataburros. A mí me sale la verborrea esta que tengo desde que soy una niña. En mi casa me mandaban a callar porque yo daba sermones en el portal, me creía dueña de la situación cada vez que había bronca o que mi padre llegaba borracho a quererle dar a mi madre. Ahí sí me volvía una fiera, se me salía un hombre que yo me había tragado en una encarnación anterior, pero un hombre de pelo en pecho, porque hasta lo sonaba, le daba con la escoba, con la lámpara de la mesita de noche, con lo que tuviera a mi alcance.

El muy cabrón le hizo horrores a mi pobre madre. Cuando eso me viene a la mente me quiero comer a los hombres, los abochorno, los pongo de vuelta y media si se atreven a lanzarse conmigo en cualquier vuelta. Guardo ese odio y no le perdono los golpes que me dio y las veces que tuve que dormir en el portal o en el patio, junto al corral de los pollos con olor a porquería y oyendo los gritos que le pegaba a mi madre. Si yo debía ser invertida pero es que los hombres me gustan demasiado. Pero los sé llevar cortico.

No les dejo pasar una.

En Madruga me respetan porque me conocen bien y saben que al que me hace daño el daño se le vira en su contra. Mi Angel de la Guardia es muy fuerte. Tengo en mi favor a la Comisión del Hielo. Con eso no me hace falta hacer ninguna brujería, ningún bilongo, eso camina solo y paraliza a cualquiera. Me basta con saber el nombre y apellido de la persona. Cojo un papel, preferiblemente plateado porque es tratado de Obatalá, y dentro le meto otro con el nombre del que me ha querido joder, y lo pongo en el congelador de la nevera siete días seguidos. Al séptimo día lo saco tieso, ese no levanta cabeza más nunca. La Comisión del Hielo es más fuerte que una prenda judía. Por eso me respetan. Y, desde luego, porque me he sabido ganar la vida sola.

Vendí caramelos en el cine Marta, bombones, galleticas, refrescos... me compraban pero luego me ponían a trabajar porque iban ruinos. Pss, pss, pss y era para eso, nunca usé linterna, los conocía del barrio, sabía bien quiénes eran, todavía tengo la lista de los teléfonos en la cabeza porque algunos me daban el teléfono cuando se querían pasar de rosca. Jamás llamé a un solo número. Caían mansitos porque las muchachas eran prohibidas, tenían vigilancia en el pueblo, espías, y ni soñar con salir de noche. Es cuando yo hacía la zafra. Me los llevaba para las afueras, para el campo, yo a´lante, claro está, y ellos caminando detrás por la acera opuesta, hasta que entrábamos en el monte. Le conozco al monte todos sus recovecos, donde hay un bajío, donde la hierba es fina y no hay ni guao ni guisasos, donde nadie te puede ver. Esas aventuras mías... Me pasé al pueblo entero y todo en silencio porque al que hablaba, Ave María, le caía el Armagedón.

Luego me metía en el río, me daba un baño sabroso, y ya despejada me ponía a hacer balance. Los tenía a todos en mi archivo secreto personal, bajo mi control absoluto. Al día siguiente ellos en el parque con sus novias y yo zafia, jefa de campamento, pasando para mis adentros.

Este la tiene grande, éste chiquita, éste es el del lunar, éste es el de la perla, éste es caballero cubierto... No me puedo quejar, he gozado de lo lindo.

A veces quisiera ser Madonna para salir de mi casa en un limousine y por la puerta de atrás. Y desayunar con pasteles y hot-cakes, como los de las películas y tener mucho dinero, mucho, mucho, mucho, para no estar obligada a verle la cara a nadie y pasearme con un mulato claro con piernas de goma, de esas de ciclista, como el marido de ella, un cubanazo riquísimo que dicen que la arrolló en la calle y la recogió para echarle un polvo, un polvito y hacerse millonario. Por desgracia no soy Madonna y aunque me gusta mi barrio, tener que salir a buscar el pan todos los días a plena luz con maquillaje y tufo de la madrugada me revienta, pero tengo que hacerlo porque sin desayunar no veo, voy ciega, camino en el aire medio turulata. En lo único que soy medio americana es en eso. Me gusta desayunar con huevos fritos y jamonada, con pan y café con leche, porque yo desayuno cuando la gente por lo general está ya almorzada y hecha leña de una mañana trajinada.

Me levanto a las doce del día o la una vestida de la noche anterior y como no tengo teléfono, ni timbre en la puerta nadie me molesta, y saben, saben bien que trabajo hasta que sale el sol y que llego muerta y no me dicen ni pío porque me temen. Al más pinto lo pongo de vuelta y media.

Este cuarto era de un bongosero de la orquesta Sensación y cuando él se murió yo lo pedí, hice mis gestiones porque yo vivía en la calle, en el parque, en la terminal de trenes; dormir en la terminal, sentarte en un banco como una estatua bostezando y cayéndote de lado, eso nada más que lo sabe quien lo ha sufrido en su carne. No voy a decir cómo porque no quiero echar pa’lante a nadie, pero me dieron este cuarto y aunque el baño está afuera es mi cuarto, mi reino, y aquí no viene nadie. Aquí gobierno yo y presiden la Virgen de Fátima y la Caridad porque el caracol dice que soy hija de Ochún Panchágara. Por si acaso la tengo en una maceta enterrada. A mí me enseñaron en Madruga que a los santos se les guarda en cazuelas y en soperas. Ochún crece en la mazorca de maíz tierna y sale en unas hojitas verdes paraditas que son una belleza. Mi tratado es de Palo Monte, sin embargo, pero yo a quien venero es a Fátima y a la Caridad del Cobre. Esas son mis guías, las que están en mi cabeza y en mi corazón.

Mis clientes jamás han venido a mi cuarto. Para eso está El Reguero, como le pusimos a una accesoria que hay en Campanario, donde gobernamos nosotras, las abejas de la noche. El Reguero es un truco, ahí guardamos el atrezzo nuestro: plumas de azufre, de rojo aseptil, de azul de metileno, vestidos rehechos, bueno, inventos del período especial. Ahí Versailles se queda chiquito. Si Campanario hablara no quedaba títere con cabeza ni nadie que pudiera decir yo levanto la mano. Todos agachaditos ante nosotras que somos las lechuzas del parque, las linternas, como nos dice la policía, porque siempre estamos alumbrando como los cocuyos. Claro, no siempre vamos ahí. Si es un Pepe con plata nos lleva a un hotel o a la Marina Hemingway pero es un peligro porque si nos descubren se puede formar un rollo. En este país todo se sabe pero se disimula bien. Y nadie va a destapar el gallo. Que cante cuando le parezca, mientras tanto seguimos viviendo de eso que es lo que nos da para comer y vestir.

Me visto bien. No me gustan los trapos de segunda mano, ni las baratijas, un día entro a una tienda de ropa reciclada y si encuentro algo que me acomode lo compro, pero eso es de Pascuas a San Juan porque entrar allí y vomitarse es lo mismo, la peste a ropa de uso sin lavar es lo último. Tengo tres trapos pero buenos y tres pares de zapatos pero buenos, de los que no hacen ruido ni chillan como grillos, de los que dicen por abajo puro cuero y son de seda, seda en el pie. A mí me han enseñado mucho las revistas. Ahora mismo estoy de luto porque la princesa Diana era mi ídolo, y ya ven se mató en París en un Mercedes Benz negro con un millonario egipcio. Hicieron bien en La Habana Vieja en levantarle un parque porque ella fue una santa dadivosa. Yo estuve en la inauguración: el cuerpo diplomático, las señoronas, los señores, la gente grande, alabado sea Dios, aquello fue un success. De lejos, porque yo no tenía invitación, pero vi el show y oí el discurso del historiador y del embajador de Inglaterra. Todo muy chic. Cuando la high se fue en sus carros negros yo entré al parquecito, frente a la bahía, y le dije, Diana, te fuiste sin pedirle permiso a tus admiradores, te adoré porque eras bella y buena y te sabías vestir como nadie y le diste por el culo al príncipe Charles y a toda su parentela. Figúrate, que has puesto a la reina a tomar cerveza en un bar con la caterva de los bajos fondos. Nada más que tú hija, por eso te pongo esa flor, y le tiré ahí mismo un príncipe negro. Lloré a Lady Di y a madre Teresa de Calcuta, para que después digan que las que nos dedicamos a esto somos una bandoleras y unas desalmadas. La gente es muy mala y no reconoce el mérito ajeno. Te encasquetan un sanbenito y ya.

Leo mucho, sobre todo las revistas que me traen de España porque uno de mis clientes es piloto de Iberia y tiene más horas de vuelo que yo de calle. El me adora, pero tiene un defecto y es que le gusta intercambiar su ropa conmigo. A mí eso me molesta, me saca de quicio, porque es un hombrón de seis pies, macho macho, de Valencia pero le gusta ponerse mis vestidos y mis tacones y se pinta la boca y se mira al espejo y dice qué mona estoy, ahora ven que te voy a coger y vas a saber lo que es bueno. Y yo de piloto, con la gorra y todo me tengo que dejar follar como dice él tan gracioso con esas zetas que le quedan tan ricas y ese olor a colonia. Mi gallego es valenciano y el paco de revistas que me trae llenaría la Biblioteca Nacional hasta el tope. Sí, yo las presto, y también si son nuevas las intercambio. Tengo mi revisteca o como se diga, a mí me gusta compartir lo mío. No es igual que tú le estés hablando a una estúpida de estas de la Reina de Inglaterra, de la Preysler o de Isabel Pantoja y que no sepan de la misa la media, a que te puedan al menos contestar y opinar si es que tienen cerebro. Eso de que la más bruta es obispo es mentira, mentira. Las hay alcornoques. Lista yo, espabilada yo. Estoy en lo que estoy porque me gusta la farándula y porque me da para vivir, pero estudié, aproveché mis años juveniles y me preparé para la vida. Soy mecanógrafa bilingüe y trabajé varios años en una empresa de computación hasta que conocí a Andrés. Esa fue mi desgracia. Andrés Hidalgo, Vaselina, como le dicen porque se pone la porquería esa en el pelo para que le brille. Es el Travolta cubano, yo lo reconozco, pero me desgració porque me enamoré de él hasta la pared de enfrente.

Antes de conocer a Andrés yo era Manolo o Manolito para mis íntimos; unos pocos por cierto.

Nunca me gustó mi nombre porque era nombre de torero, de policía, de carnicero, qué se yo, de hombre, y me lo quise cambiar por René que es más suave pero Andrés me dijo que lo que tenía que cambiarme no era el nombre si no los huevitos. Al principio yo me reía pero luego la cosa empezó a coger fuerza y ya él no me decía Manolo sino mi Reina, Mamita... Y en la cama yo era su bombón. Es verdad que soy más lampiño que un perro chino pero era hombre y él me convirtió en mujer. Yo sí no fui al hospital Ameijeiras, ni llené planillas para la operación, nada de eso. Le tengo terror a las cuchillas. El me transformó poco a poco con sus mimos y sus exigencias. Me pedía que me vistiera de azul, y de amarillo pollito con ropas que fui consiguiendo de amigas mías de la empresa que sabían que yo estaba loca por él. Ellas me ayudaron, fueron mis cómplices aunque yo sé que a ellas también les gustaba Andrés pero no me lo confesaban. ¡Cómo no les iba a gustar aquel hombre alto, musculoso, de ojos de tigre y con unas manos que parecían de mármol! La piel de Andrés es única, de vinil y de un tono rojizo precioso. Manolito, qué color es ese hijo, me preguntaban mis amigas y yo les decía que se quedaran ellas con Robert De Niro y con Sylvester Stallone que yo tenía mi Andrés. Le regalé una cadena de oro con una santa que nunca supimos quién era porque la traía un italiano en el cuello y yo se la quité. Ahí fue donde empecé a conocer gente ajena a Andrés, extranjeros, para darle por la vena del gusto. Todavía yo era Manolo, Manolito en La Habana. No me había realizado en lo que soy hoy: Fátima, la reina de la noche.

Andrés y yo nos estuvimos viendo como seis años. Fueron los seis años más felices de mi vida porque en toda La Habana no había uno más castigador que él y yo lo retuve frente a toda la manada de jineteras asquerosas y locas travestis que le hacían la corte. Yo como hombre, con mis huevitos, nada de disfraces, nada de mentiritas. Cuando me decidí a cambiar él se desilusionó un poco porque lo que hacíamos de noche, mis locuras no las quería compartir con nadie pero la panza es la panza y yo tenía el estómago pegado al espinazo. Me lo gastaba todo porque a Andrés le gustaba lo bueno, bebía su poco y empezaba con el rollo de la marihuana. No me quedó más remedio. Lo que ganaba se lo daba completico a él.

Oye que Vaselina te va a dejar como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando. Seguía mi camino, no le hacía caso a nadie, pensaba y lo pienso todavía que era la envidia verde que me tenían todas esas cairoas del Parque de la Fraternidad. Digo de la Fraternidad porque yo empecé a frecuentarlas a ellas allí, en los bancos del parque, a partir de las once o doce de la noche. Caí en esto espontáneamente. Y Andrés se benefició porque era el único modo que yo tenía para amarrarlo; ni babalao, ni cartomántica, ni espiritista, ni Juan de los Palotes. Era el guano bendito, el owó, como dicen los santeros, lo que le gustaba a él. Le metí owó hasta por los oídos. Le salían los billetes por cada huequito que tenía en el cuerpo. Era mi santo, mi rey, mi todo. Iba con extranjeros y me repugnaban y los mismos cubanos me eran indiferentes, antiflogitínicos. Mi vida era él. Andrés Hidalgo, y mi perdición. Cuando me dijo, Mami tienes que dejar este mostrador y salir a la calle con tu carita y tu culito para que yo pueda seguirte adorando, no lo pensé dos veces.

Una tarde llegué a la oficina y le dije al jefe, Vega, me voy, pido la baja. Pero Manolito, si tú eres el más cumplidor, el único que se queda aquí hasta las ocho de la noche y no se queja, tú sabes el hueco que me vas a hacer. No te creo, dime qué te pasa. Es verdad que yo eché el buche en esta oficina. Vega era un hombre mayor, calvo como una bola de billar y feo que era un insulto público. Los niños le decían Vega, chipojo, porque tenía la cabeza alargada y la barba medio verdosa. Era la reencarnación del indio Putumayo. Pues me voy a dar la baja porque tengo una situación moral. Te aumento el sueldo con cincuenta pesos. No, Veguita, no es eso. Yo necesito más, mucho más porque tengo que mantener a mi familia. Ese es Vaselina, Manolito, confiésamelo, yo puedo ser tu padre.

En esta ciudad machista, de machos por donde quiera, que un hombre de su respeto me dijera esto, me sacó las lágrimas, pero le conté hasta donde la vergüenza me lo permitió y él entendió o hizo que entendía y me dio la baja. Vega, donde quiera que estés te guardo mi cariño, que la Caridad del Cobre y la Virgen de Fátima te protejan. Tú sí me comprendiste. Tú fuiste el padre que no tuve.

Al día siguiente, ya con mi cuarto asegurado y la ropa que había comprado a mis amigas de los shows de Bejucal y de Cojímar, más lo que tenía de mis bacanales con Andrés, salí a la calle, por la noche, claro está, como Fátima. Me decidí porque siempre he sido una persona temeraria. No conozco el miedo. El barrio me reconoció y cuando empecé a salir vestido de mujer empezaron los murmullos y los insultos pero yo me hice de la vista gorda. Los viejos no me decían nada, eran los jóvenes, los jóvenes los que me gritaban loca, descarrilada, mamalona, ven que tengo para ti; en fin, que tuve que cruzar el Niágara en bicicleta, salté obstáculos de candela y heme aquí, dueña y señora de mi vida, pero en el fondo sola, sin Andrés, sin amigos porque esta vida da para comer y vestir pero se las trae. Aquí nadie quiere a nadie. Esta es la pelea del perro y el gato.

A veces me digo, le echaría ácido muriático a este barrio para que no quedara nada. Y otras veces, en mi cola del pan, me reconcilio con la gente, que en el fondo sabe que mi oficio es el más viejo de la humanidad y que con preservativos chinos no se le hace daño a nadie, al contrario.

Mira que me han dicho, muchacha, con ese cuerpazo vete a Miami, ahí puedes trabajar de modelo. Qué Miami ni qué niño muerto. Cuando vi las balsas en Cojímar, en las mismas rocas, y las mujeres con niños de brazos que se iban a lanzar a los tiburones cogí pánico, terror pánico y le dije a Andrés, Andrés de mi alma por ti lo he hecho todo, me he vuelto una bandolera, me he prostituido pero yo ahí no me monto. El me miró a los ojos. Fue la primera vez que me miró a los ojos fijamente y me dijo: allá tú, corazoncito, porque lo que es a mí aquí no se me ha perdido nada. Caía una lluvia torrencial y yo iba vestido normal, quiero decir de calle, como hombre, pero llevaba de todas maneras mis pelucas que eran, que son, qué diablos, muy requetebuenas porque me las manda Yanairma de Roma, una amiga mía y de Andrés, que se casó con un viejo hotelero y que vive de señorona en una villa.

Entre la lluvia que no me dejaba verle la cara a Andrés y el nerviosismo y la noche que estaba cayendo me turbé y salí corriendo de ahí con tan buena suerte que agarré una guagua hasta La Habana del Este a donde me bajé y me guarecí en un paradero con techo. Me aflojé todo por dentro pero no pude llorar. El no iba a quedarse en Cuba. Debía mucho dinero y ya la policía lo tenía chequeado: cartas de advertencia, peligrosidad, droga, el diablo y la vela. El caso es que yo me quedé sola como Magdalena mártir y dije para mis adentros, ahora a vivir la vida y a conocer la verdad de la calle.

No voy a decir que no me dieron una mano, me la dieron pero a cambio de pasarles clientes y de otras cosas que no le confieso ni a mi madre si se arrodillara frente a mí. Hay cosas que me humillan, que por muy desvergonzada que una sea abochornan, pero hay que echar pa´alante y el que está en eso no lo puede pensar dos veces.

Yo soy una tumba egipcia, por eso vienen a mí, ay Fátima, mi hermana, contigo sí que me desahogo porque tu boca es un cerrojo. Y así es. A mí no me verán en la Rampa, ni el Coppelia, ni en la puerta de los hoteles. Yo aquí, en mi guarida, o en la Fraternidad, que es mi cuartel general, porque en este oficio hay que tener cojones, si no cualquier noche, debajo del árbol que uno menos se lo imagina te destripan y aquí paz y en el cielo gloria. Porque no pasa nada, como eres una jinetera y de contra travesti les da igual que te repartan en trocitos como a la descuartizada de Marianao o cuando menos que te amarren a la ceiba del parque que tiene tierra de todos los países de América. Un parque limpio por el día cuando no estamos las lechuzas que lo cagamos todo. Si esos bancos hablaran...

Es verdad que las piedras son mudas. Así debían de ser las personas. Pero no, la lengua es el peor enemigo del hombre. El chisme es un castigo de Dios a la desvergüenza humana y a la falta de respeto. Cuántas amistades he perdido por un enredo. Mucho más cuando entra la envidia; no se callan, qué va, no se callan, eso es más fuerte que nada, se desbocan y vienen los dime que te diré y hasta he visto navajas sacadas de las medias, tijeras sacadas del ajustador de estas alimañas que tengo que ver todas las noches para poderme rociar un perfume y tirarme un trapo bueno arriba.

El otro día la Fornés, sí, una que se cree que es la Fornés llegó muy creída y le dio un homenaje a la que ganó un festival de teatro, que se ha puesto un nombre nuevo porque algunas no respetan ni el calendario y se cambian de nombre como de marido. Pues llegó con una rabieta y la otra que es flaca y fea como un sijú le sacó una navaja, sí señor, una navaja y se formó un salpafuera en el parque que fue el acabose. Hubo sangre, policía y todo. Fátima, ve echando, dale, zampa. Cogí la guagua y me guardé en mi mansión. Puse música de Cheo Feliciano, me tomé mi traguito de ron bueno, añejo comprado por mí, para mí sola y me puse a pensar por primera vez cómo sería mi vida si yo saliera de este nido de víboras. Aunque ya estoy acostumbrada a esto, ya la rueda me cogió y estoy señalada como quiera que sea. Tendría que encontrar a alguien que me mantuviera, me sacara de este cuartucho y me diera lo que necesito para estar en forma. A estas alturas no me voy a dejar caer, primero muerta.

Como show-woman me las arreglo. Estoy considerada entre las de primera línea porque no doblo, canto con mi voz y no imito a nadie. Tengo un repertorio muy variado; boleros, rancheras, baladas italianas, “Maravilloso corazón maravilloso”, no sé si la han oído, ése es mi número de cierre de cortina. No soy Rosita Fornés ni Donna Summer ni Isabel Pantoja, soy Fátima en La Habana.

Si vuelvo atrás sería un desgraciado porque yo odio mi cuerpo, yo odio mi cara de hombre, la poca barba que tengo y hasta mi propia voz. Lo que menos me gusta es mi voz, si pudiera pedirla prestada o comprarla me compraba la de Daisy Valmas, la locutora del canal de por la tarde. Qué voz tan linda tiene esta muchacha, se la envidio. Así que atrás ni para coger impulso. Lo único que me gusta de mi es mi piel. Yo tengo piel de melocotón.

De mujer sí me gusto, es otra cosa, me veo diferente, hablo con más naturalidad, me siento en mi piel como el pez en el agua. Eso no todo el mundo lo comprende. Hay que meterse dentro de uno que es como se sabe de verdad, ese es mi problema, el mío. Y quién soy yo para pedirle a nadie que pase una escuela.

Hay quien vive una doble vida, como yo antes. Quien se viste sólo para trabajar o para divertirse. Yo no, ya lo mío es una naturaleza, lo he asimilado así. No me siento bien de hombre, no me concibo. Me gusta que me hagan las cosas, que me chiqueen, perfumarme, maquillarme ¿qué es esto madre mía? ¿Por qué habré nacido así? El mundo está al revés, nadie tiene la felicidad completa. Gracias a Dios tengo mi fe, mi voluntad y mucha energía positiva. Me concentro profundamente y nadie me puede convencer de que soy un hombre. Soy un caso, está bien, pero no me arrepiento. Me gusto así, como mujer, aunque a veces se me sale el Manolo que llevo dentro.

Cuando estoy ante la bóveda espiritual mucho rato pido por mis antepasados difuntos, elevación y paz, energía y misericordia. Lleno el cuarto de flores blancas que despejan mucho y hasta he caído en trance varias veces pero no me acuerdo de nada. Me dicen que vengo como una monja, con mucha serenidad, yo que soy un volcán. No me conozco. Otras veces se me monta el espíritu de un congo llamado Ramón y me sale una voz ronca. Lo mío no es teatro, lo mío es un tratado muy viejo. Teatro el de un descarada que ha venido aquí a decir que a ella se le monta el espíritu de Rita Montaner y que baja cantando “El Manicero”. Esa aquí no tiene entrada.

En bóveda me transformo como cuando estoy en la pista. Sólo que pierdo la memoria pero hasta de espíritu me gusta venir al plano tierra como mujer, es mi letra. Por eso digo que el mundo está mal hecho y que Dios me perdone.

El peor mal rato que he pasado en mi vida fue cuando en casa de Olena Valle, la muertera, caí en trance por primera vez. Me bajó un indio apache que está conmigo también y viene a caballo. Cuando él va a bajar me entra una corriente extraña en la cabeza y se me ponen las manos y las muñecas moradas; el cuello se me inflama y las venas también. Viene con mucha candela y puedo destruir, llevarme lo que se me ponga por delante. Olena es una tumba egipcia como yo y no suelta nada. Lo de ella es ver y callar y sobre todo tratar de quitarme ese muerto antes de que acabe con la quinta y con los mangos.

Pero esa vez no pudo, parece que porque él se inauguraba en esa casa y quería lucirse. Yo iba con una peluca negra nuevecita, francesa ella, más suave y sedosa que las que me mandaban de Italia. Y la peluca se quedó en la casa, quién sabe dónde porque yo salí de ahí tarde en la noche toda desmelenada; era un despojo humano.

¡Qué vergüenza, madre santa¡ aquellas mujeres cogidas de la mano en oración y yo con ellas que ni sospechaban mi verdadero sexo y de pronto el indio maldito, jodedor, venirme a encuerar allí montado a mi caballo y dando alaridos.

Más nunca volví a casa de Olena Valle. Esas son las cosas que me ponen mal, que no me debían pasar. El espiritismo lo saca todo, es más fuerte que un siquiatra. El muerto no se deja pasar una y no cree ni en su madre, no respeta. Cuando hay rueda espiritual voy de hombre o no llevo peluca, me dejo el pelo que Dios me dio que total no es corto y es mi pelo aunque nadie está conforme con lo que tiene. Por eso digo que el mundo está mal hecho. Mi único deseo es volver a nacer como lo que soy como espíritu, no como lo que soy como cuerpo. Mal hecho es poco. El mundo está al revés.

Lo veo venir todo. Ver y sentir son cosas diferentes. Hay quien siente corrientes eléctricas, quien se eriza de pies a cabeza, quien se paraliza, o a quien incluso la halan los pies en la cama. Lo mío no es eso. Yo veo. Veo sobre todo muchas monjas reunidas en un convento rezando o envueltas en gasas bajando de las nubes o a la intemperie hasta que caen y se vuelven humo en el espacio. Dicen que es por complejo de culpa que yo veo tantas monjas. Es posible porque al final es verdad que estoy en algo prohibido pero tengo que comer. He tratado de venir al plano tierra como monja: me pongo a rezar, me concentro, tomo valeriana, hoja de tilo, llantén, cañasanta, pero nada; siempre vienen a caballo el congo Ramón o el indio de las películas americanas. En ese sentido soy una desgraciada. Pero al que no quiere caldo tres tazas, o ¿no es así?

Que se haga la voluntad de ellos que son mi cuadro espiritual y hasta ahora no me han hecho daño, al contrario, me han dado fuerza y seguridad. Están conmigo a todas horas.

Veo a mi abuela asturiana planchando ropa blanca de casa de ricos. Es lindísimo porque la veo planchar con una serenidad y luego tender la ropa en unas tendederas largas que se pierden en el horizonte. Me encanta ver a mi abuela Pilar. Veo también muchos ángeles, como una danza de ángeles; y cuando cuento esto se me ríen en la cara aunque ellas dicen que son artistas, para mí que son unas orilleras de apéame uno que lo único que saben es comprar pelucas usadas, pestañas baratas y medias caladas.

Pero cuando yo digo que veo algo en el ambiente se espantan porque me tienen un respeto... Y es que donde yo pongo el ojo pongo la bala.

Olena Valle es una de mis mejores amigas. Esa sí que no tiene pelos en la lengua. La tengo como a una segunda madre. Le digo, Olena, tú eres mi cura confesor. Ella se ríe pero sabe que no le miento. Cuando estoy triste, pocas veces porque yo no me dejo caer, acudo a ella.

Pañito de lágrimas, vengo porque estoy con el moco caído. Muchacha, deja eso, vamos a hacer oración y tú verás cómo sales de ese hueco.

¡San Judas Tadeo, hacedor de lo imposible, Fátima de mi alma!, y me alivio, es como si cogiera aliento.

Olena me conoce bien porque cuando aquí la caña estaba a tres trozos hizo la calle y hasta cayó en el barrio de Colón con las hermanas Aspirina, que según ellas eran las que le aliviaban la cabeza a los muchachos de buena familia. Me ha hecho unos cuentos divinos, ni en el circo se ven tantos fenómenos. El mejor de ellos es el de un chofer de taxi cienfueguero que iba siempre a verse con una guajirita del bayú amiga de ella. El chofer iba con frecuencia hasta un día en que la matrona le llamó la atención porque se demoraba horas en el jaleo de la guajirita. Con clientes así el negocio no daba resultado. La matrona da un golpe en la puerta y se lo encuentra vestido de mujer. ¡Qué fue aquello, la comidilla del barrio! La guajirita, claro está, encantada porque el hombre pagaba la hora extra y el showcito por debajo de la mesa. El mismo caso de mi piloto gallego. Vivir para ver.

Olena me dio siempre buenos consejos sobre Andrés. Ella no lo tragaba porque sabía de la pata que cojeaba. Pero poco fue el caso que le hice, la verdad. Esa ha sido mi cruz.

Me entretengo en los shows. Yo misma me monto mis números y me maquillo. Maquillarme no me cuesta trabajo. El labio de arriba es el más problemático porque si el lápiz se desliza un poco el labio queda disparejo. Una pintura corrida es lo más feo que hay. Da abandono y suciedad. La boca tiene que ser perfecta. Odio las boquitas de corazón pero más las de pescado. Naomi Campbell tiene boca de pescado por eso la encuentro fea. Yo me hago un dibujo parejo, acorde a mi labio natural aunque lo acentúo un poco porque el labio fino no gusta, dicen que es de gente mala y chismosa; labio de buzón. El labio carnoso tiene su inconveniente, no sé, hay a quien no le hace gracia tanto pellejo. Tengo la suerte de tener labios muy bonitos y rosados natural. Un labio desteñido; ese labio que se confunde con el color de la cara, que no se ve, es feísimo, da la impresión de que uno tuviera una media puesta en el rostro. El labio y las cejas son fundamentales. Las cejas porque pronuncian la mirada y dan el quid de la conversación, y el labio porque habla solo. Una boca bien pintada y con una buena administración puede conquistar el mundo. Nunca he imitado a nadie pero si alguien habla con los labios, los mueve a su antojo es la Fornés, ésa es la campeona de las boquitas, a ella sí me rindo porque es un magisterio. ¡Quién hubiera sido ella!

Si tengo que ensayar algo lo hago en casa de Olena, total, para qué le voy a dar ideas a nadie; son imitadoras, no tienen originalidad. Lo de ellas es doblar y parecerse a fulanas o menganas. Lo mío no, yo me he fabricado mi propia personalidad como artista. Olena misma, por ejemplo, me enseñó el belly dance que es el baile del ombligo. En eso no hay quien me gane. Es medio hawaiano pero con el sabor tropical, no como lo hacía la Josephine Baker que según sé era muy sofisticada, la época, claro, ahora se puede hacer más, se lanza una hasta que la gente se canse o te chifle para que hagas cualquier otra cosa. A mí me han chiflado, me han dicho botija verde, me han tirado semillas, tomates, de todo, pero yo como si conmigo no fuera. Si me regalan algo lo cojo, qué carajo, si vienen a divertirse que suelten, que el trabajo cuesta dinero. Todavía la moda de la propina aquí no ha llegado, estamos detrás del palo... Ya entenderán... Aunque algunos te ponen ya un chavito entre los senos. En este giro hay de todo como en botica. Está la engreída, la anciana que no se deja caer, la francesita, ligera ella y de cuerpo muy delgado, la criolla, que no abunda porque ellas quieren ser extranjeras todas; la española a lo Sara Montiel o Isabel Pantoja, cualquier cosa menos lo que son. Ahí es donde yo me distingo. Yo soy yo.

Ninguna te confiesa lo que hace con su cuerpo. Te dicen tengo un amante, un novio, un enamorado, o mi marido tal o más cual cosa y muchas trabajan la calle como yo porque del espectáculo no se puede vivir.

La soviética, bueno digo la soviética porque así lo conocen, esa sí que es un libro abierto. Ella a veces sale conmigo y me presenta sus clientes, todos hombres bastante mayores, tembas y viejos viejos de verdad. Ella dice que son los que mejor pagan y los menos exigentes. Katiuska, cómo tú te puedes tomar ese purgante. Y es que la rusa tiene el estómago de acero.

Son hombres desahuciados que no pueden ir con mujeres y que la chola se les enfermó. Van con ella porque es gorda y bajita y de todas nosotras es la que más da el tipo de mujer. Si ella no se maquillara tanto y no se pusiera peluca, con su cara de torta y su pelo rubio natural daba una mujer medio tiempo igual. Pero ella se unta de todo para cubrirse los cañones y cuando suda aquello es un espanto; se le cae la base y se le ve la barba que a la pobre le crece con una fuerza...

Olena y Katiuska son íntimas, excepto en el espiritismo. Katiuska es atea, según ella pero va a las sesiones y se entrena. Ella dice que quisiera creer pero que no ha visto ni oído nada. Ni en el arte ni en el espiritismo se destaca la muy bruta, no se deja llevar, se tranca pero es legal y yo prefiero a una amiga así que a una bandolera o una farsante que son las que abundan. Si le hablo de Andrés me insulta. Ella lo detesta porque dice que yo me dejo explotar. Me lo dice en mi propia cara. No anda con rodeos, pero a mí, la verdad, me entra por un oído y me sale por el otro.

¿Por qué será que a nadie le he hecho caso?
¡Qué fuertes son los sentimientos! Andrés me llamó a casa de la China Ilán, el peluquero de la calle San Lázaro que dicen que es el decano de los travestis de Cuba porque por los años cuarenta ya era famoso en París y Hamburgo. Fue el catorce de febrero de este año, una fecha muy señalada. En mi covacha no tengo teléfono, tengo cucarachas, goteras y también perfumes franceses, y mi ropa de pista, pero no tengo teléfono, así que fui a carenar a casa de la China para esperar su llamada. Me corto las venas que algunos de sus amigos se lo aconsejó. El se fue con unos cuantos de ellos. Todos aquí eran tiburones pero allá ninguno ha levantado cabeza. Me entero de lo que pasa en Miami porque tengo la desgracia de que me lo vienen a soplar.

Manolo, Manolito, tú me oyes; esta vez yo no podía contestar, sólo quería oír su voz que se me derretía por dentro y al tercer Manolo le dije, soy yo mi vida qué tú quieres. Te llamo para felicitarte por el día de hoy y para decirte que estoy jodido, que te extraño y que necesito que me mandes algo con la madre de el Gato, que va a ver a su hija, la que trabaja en la casa comisionista de Zanja y Galiano, tú me oyes, Manolo, no te quedes mudo que me estoy comiendo un cable. Colgué porque tenía las lágrimas en los labios y no podía hablar, ni tragar, ni nada. Unas lágrimas ácidas y tibias que no pude llorar cuando se fue con los balseros. Le mandé unos dólares y en el fondo maldije la hora en que lo conocí porque a mí el que logra correrme el maibelline me la paga caro. Pero yo no me quiero porque daría cualquier cosa por volverlo a ver.

A mí me dicen la extraterrestre por mi labia y porque me gusta mi país. Nuestro vino es agrio pero es nuestro vino. Aquí la cosa no es suave, cuando dicen a cogerla con una... me piden el carné de identidad, me llevan a cada rato a la estación, me buscan la boca, pero cuando están solos se ponen a hablar conmigo de lo más campantes y hasta me han dado la razón muchas veces. Yo podría ser abogada o senadora porque convenzo. Cuando ellos van a hacer recogidas soy la primera en enterarme y si me cogen les digo, mira hijo, qué daño le hago yo a la sociedad, si es que le presto un servicio. Daño hacen los delincuentes, los rateros que persiguen a los turistas para arrancarles un bolso o una cámara de video; ésos son el cáncer de la sociedad, no quieren trabajar y se pasan horas y horas sentados en las esquinas, inventando, con las camisas abiertas, hablando basura, arreglando el mundo con mucha filosofía barata y con la lengua sucia. Esos si le venden su alma al diablo, roban gasolina, carne de res, lo que puedan. Yo me tengo que buscar la vida y no tengo tiempo para aburrirme ni para estar en una esquina mariposeando. A mí no se me enfría el cuerpo ni se me mosquea.

Cuando engancho a un viejo de esos que llegan desahuciados de sus países, viejos babosos, pero paganos, les doy cariño, les digo qué inteligente tú eres, chico, qué piel más suave y blanquita, a ti no te salen arrugas, tú debes haber sido un castigador de joven, y se ponen loquitos porque nadie les habla así, ni sus mujeres, ni sus hijos que ya no quieren saber de ellos. Uno me confesó que hacía veinte años que no tocaba a su mujer y que sus hijos vivían en no se dónde y que casi nunca los veía. ¿Qué vida es ésa? Entonces que no me digan que hago daño a la sociedad, lo que hago es humanismo, yo debía ser trabajadora de bienestar social porque hay que ver lo que es zumbarse a un viejo de esos y todavía reírles la gracia. No la paso tan mal, me pongo al día en muchas cosas y hasta practico los idiomas. Tengo cuatro que son puntos fijos; un italiano, Giovanni, un sueco, Lasse, y dos Pepes, bueno, dos españoles. Vienen todos los años a verme. A oírme y a contemplarme. Se les cae la baba conmigo, entonces, ¿tengo o no la razón?

Ese no es el público de los shows, qué va, allí no caen porque tienen terror de que los vean. Son babosos y cobardes porque el show es de calidad y nosotras no andamos en nada sucio. Pero ellos vienen de turistas y no quieren buscarse problemas, quieren pasar de incógnitos.

Les gusta la película, bromean, joden como carajo pero pagan tragos y se divierten. A veces el tiro les sale por la culata como le pasó a un empresario español que fue al estreno de una revista en homenaje a Rocío Durcal y se enganchó con un guajirito que estaba aprendiendo a desenvolverse, monísimo él, creo que de Pinar del Río, y el español se cogió fuerte al punto que lo sacó de allí y lo quiso reformar pero el guajirito tiraba pa’l monte de todas maneras y la fiesta se acabó mal. La mujer del español se enteró de los acontecimientos y fue a darle un homenaje al guajirito en vez de arreglar el asunto con el marido. El guajirito ya despuntaba como travesti, se había depilado, se inyectó hormonas, se empezó a poner silicona, en fin, ya era uno más de la cuadrilla y tenía marido. La pobre mujer salió desplumada de allí porque se atrevió a ir al antro, que es como le dicen al teatrico ese de Bejucal y entre el guajirito y el marido la pusieron de vuelta y media. Digo la pobre porque ella no fue en son de guerra. Lo que ella quería era verificar si era cierto que su marido estaba coqueteando con la Salmón que es como le dicen al guajirito porque es medio pelirrojo y pecoso a más no poder. A veces el antro se pone al rojo vivo pero nosotras mismas somos las apaga-fuego. Por lo demás, es un lugar bastante tranquilo. Yo estoy por creer que además de artistas nosotras somos bomberas.

Cuando llegó el Papa me vestí con lo mejor que tenía y me paré en la esquina de Paseo y 23 con dos de mis amigas íntimas. Hubo quien me preguntó si yo era de las camareras de no se qué congregación porque como señora doy una señora muy respetable y llevaba un vestido beige brocado y un crucifijo grandísimo, que era de mi abuela. El Papa me encantó. ¡Qué numerito! Ese Papamóvil todo forrado en terciopelo rojo con visillos dorados y aquel cardenal sentado atrás tan regio. A mí que me quiten lo bailao porque del tiro, en la apretujadera aquella ligué a un alemán y todavía me está regando alpiste. Me lo llevé en la golilla porque hay que salir a la calle, echarse fresco con un abanico, como en la obra Aire Frío, y salir a buscar. Nadie te va a venir a coronar a tu casa. Si me quedo encerrada me deprimo y me pongo a pensar en las musarañas, aunque cada día pienso menos. Me he vuelto un poco materialista.

No tengo bandera. Igual voy con un Pepe que con uno del patio. Con el que mejor me trate, por supuesto y no me enamoro, no puedo darme este lujo. Ahorro eso sí, para poderle mandar algo a ese desgraciado que no acaba de levantar cabeza porque no sabe freír un huevo. Voy tirando hasta ver si puedo entrar en algún teatro, o en turismo cultural, de animador para poner a descansar un poco a mi pobre culito. Me he acostumbrado a un tren de vida alto. Y no sé si ya sea demasiado tarde para dar marcha atrás.

Hijo, en qué tu andas, porque yo le llevo de todo a mi madre cuando voy a verla a Madruga, y le contesto, artista, mami, yo soy artista. No te metas en nada malo hijito, dime de dónde tú sacas este dinero, tú no estarás en cosas raras, ¿verdad?, dime que no. Mami, yo soy artista y me defiendo. Trabajo en casas particulares y me pagan bien, no me jorobes más y coge eso que ya tengo bastante con mi vida para oír tus descargas. Mi madre es todo para mí, una madre es lo más grande que hay y a veces no tengo cara...

La droga es mi miedo. El que entra ahí no sale más. Dios me libre. Aunque estoy premiada porque en aquel parque hay quien ha cogido su hierbita y hasta su coca. Pero a mí no me nace. La marihuana me da por reírme y la coca nunca la he probado. Soy de perfumes caros, zapatos de tacón militar; ése es mi vicio porque ni joyas. Me gustaría tener una esmeralda colombiana con muchos jardines porque esa es la piedra de mi signo zodiacal. La he pedido muchas veces pero nadie me ha complacido.

Ay, Cuba, qué será lo que me espera cuando llegue a vieja. No quiero ni pensar. Caridad del Cobre apiádate de mí. Soy hija de la noche por eso me gusta La Habana. Que no te modernicen nunca porque me pongo a llorar. Eso lo escribió Bola de Nieve en un cartel que hay en la Bodeguita del Medio, a donde voy mucho y donde me conocen como Madonna. Nadie sabe allí que mi nombre de guerra es Fátima y mucho menos que me llamo Manuel García, como el Rey de los campos de Cuba. Nadie sospecha tampoco que ya tengo cuarenta y seis años cumplidos y que soy la veterana del primer escuadrón de travestis habaneras. Tengo la piel suave y aparento unos veintiocho o treinta años. Nunca me han echado uno de más. De eso vivo orgullosa porque con lo que yo he traqueteado es para que estuviera hecha un guiñapo. Me he sabido cuidar. Mi sueño es debutar en un teatro importante de este país y no perder más tiempo en tarimas de mala muerte.

Después de todo el halo rosado que la gente me ve por la mañana cuando salgo a la calle, no está ahí por gusto. Mi oportunidad llegará. Tengo paciencia y sé esperar. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a ver al Papa de cerca? Y lo vi con estos ojos que se va a comer la Tierra. Ya nadie me lo puede contar, lo vi, porque todo está escrito en el libro de la vida, hasta el día en que uno se va a morir. El metro de La Habana lo inauguro yo. Si no, ver para creer. Lo que hay que ser es optimista aunque te pasen carretas y carretones. Y yo lo soy. Cuando caigo en baja me voy al muro del malecón a la caída de la tarde y me pongo a contemplar la puesta de sol. Hay días en que el sol se hunde en el mar y se pone rojo como fuego, otros días en que se pone blanco y deja unas vetas color violeta que son una belleza. Me extasío con eso y digo ¡qué ancho es el horizonte!, para qué me voy poner triste. Si alguien me llama y me conviene voy si no los dejo pasar para que no crean que estoy pidiendo el agua por señas. El malecón es mi psiquiatra y no me cuesta nada. Me siento ahí sola y me pongo a pensar en las musarañas, que si tuviera un piano de cola, que si me encontrara con alguien que me llevara a una premiere de gala en Hollywood para estrenarme un vestido de lamé verde, bueno tantas cosas que para qué. Soñar tampoco cuesta nada. Me pongo hecha una idiota pero despierto enseguida, tampoco crean que me hago demasiadas ilusiones. Optimista sí, porque las conozco con el moco caído que terminan muy mal, o se cortan las venas o se prenden candela. Yo tengo mis alicientes y a mano. Me gusta coleccionar muñecos de peluche, ositos, perritos, conejitos, gatos persa; muñecas de biscuit tengo dos, una cubana y otra española; la española es la más linda pero tiene la nariz estropeada, pero yo la quiero así, es mi amuleto; ¡ah! y tengo mi colección de pomos de perfume franceses de marca, todos vacíos pero son tan bellos que yo con leer las etiquetas tengo: Coty, Lanvin, Lancome, Nina Ricci, ¡me basta! Así me doy yo misma cuerda para seguir en la lucha. Porque esto sí que es luchar. Aquí no se puede perder ni un minuto porque la barriga no perdona. Miren si yo soy optimista o loca quien sabe, que ayer me levanté con una mano alante y la otra atrás y cogí la calle con una alegría que yo misma me decía, mira que tú estás loca mujer, de qué te alegras si no tienes ni un kilo prieto y es que hay días así y ayer yo estaba contenta sin saber por qué. Otros días estoy en el piso y con dinero en la cartera y teléfonos a donde llamar y todo. Pero es que la cabeza no hay quien la arregle. La cabeza es como el mundo que un día está boca abajo y otro día boca arriba. ¿Quién entiende eso? Nadie.

Cuando amanezco con el Manolo subido soy una bestia. No se me puede tocar. Eso me pasa a veces, aunque cada vez menos; ya me he hecho la idea de que soy quien soy y me quiero así. He aprendido a controlar mis arranques. Yo creo que ya me estoy acostumbrando a coger las cosas como vienen pero sin dejar de soñar. Estoy ahora mismo en una racha mala que no se lo confieso a nadie. El otro día una que lee la mano me dijo que veía peligro, que había una sombra que me perseguía y que yo tenía letra de Ochosi, vamos que iba a caer presa si no me recogía un poco, a lo mejor vio algo que yo no presiento, quien sabe. Por si acaso yo me baño con flores blancas y hago mis oraciones. Ya vendrán tiempos mejores, ¿verdad?

En mi pueblo dicen que siempre que llueve escampa. Si de niña se me apareció la Virgen de Fátima, por algo será. La noche sí no me falla, ella está ahí y es mi reino.

¡Ay Habana, paraíso encantado! Fátima no se rinde, Fátima es inmortal.