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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.495 Concepción  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622007000100008 

 

Atenea N° 495– I Sem. 2007: 127-156

 

ARTICULOS

 

Historia y mito en el mundo de la Conquista. Maladrón como novela precursora

 

Claudio Maíz*
* Profesor de Literatura Latinoamericana. Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y Universidad Nacional de Cuyo (Rca. Argentina). Argentina.
E-mail: cmaiz @logos.uncu.edu.ar


Resumen

En el presente trabajo pretendemos poner en relación la novela Maladrón de Miguel Angel Asturias con el contexto literario latinoamericano, en virtud de que no ha sido un texto debidamente estudiado todavía. En rigor, ninguno de los rasgos que Seymour Menton atribuye a la Nueva Novela Histórica (NNH) está presente en esta novela, de manera que, desde ese punto de vista, no pertenecería a tal fenómeno literario, pero tampoco puede decirse que sea una novela histórica tradicional. Este texto puede considerarse sin dudas como un precursor del fenómeno literario de la NNH. De acuerdo con la concepción histórica del escritor guatemalteco, la novela toma de los sucesos lejanos una sustancia que podría denominarse como “valores perpetuos” que está incrustada en aquellos. Su interés no es arqueológico ni tampoco pretende reinterpretar sesgadamente un episodio de la historia americana, como es la Conquista española. Busca penetrar los hechos hasta descubrir en ellos lo que contengan de inmemorial, perenne, y que aún puede seguir activo en el presente. Tal aporte por sí mismo lo sitúa entre lo mejor de la narrativa histórica anterior al surgimiento de la novelística de indudable calidad, compuesta por Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, etc. De acuerdo con nuestro análisis, los valores perpetuos de incidencia permanente se perfilan alrededor del mito geográfico y la utopía escatológica.

Palabras claves: Mito, novela histórica, conquista española.


Abstract

In the present work we attempt to relate Maladrón, the novel by Miguel Angel Asturias, to the Latin American literary context, by virtue of which it has not yet been properly studied. Strictly speaking, none of the characteristics that Seymour Menton attributes to the Nueva Novela Histórica (NNH) is present in this novel, so from his point of view, it would not belong to this literary phenomenon, but on the other hand, it cannot be said that it is a traditional historical novel. This text can be considered without a doubt as a precursor of the literary phenomenon of the NNH. In agreement with the historical conception of the Guatemalan writer, the novel takes from distant events a substance that could be denominated “perpetual values” that are inlaid in those events. Its interest is not archaeological nor does it attempt to reinterpret in a slanted manner an episode of American history, such as the Spanish Conquest. It seeks to penetrate the facts in order to discover what they contain of immemorial, perennial, and what still remains active in the present. Such a contribution in itself situates this novel among the best of the historical narrative previous to the appearance of novels of doubtless quality, such as those of Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, etc. According to our analysis, the perpetual values of permanent incidence revolve around geographic myth and eschatological utopia.

Keywords: Myth, historical novel, Spanish Conquest.


 

A Gilberto Triviños

La naturaleza ha colmado a nuestras tierras con cuanto cabe imaginar para la felicidad del hombre; pero ha reservado a la América Central lo más fastuoso y lo más inverosímil. Las tierras que se extienden entre los dos océanos, desde la frontera inferior de México hasta los límites de Colombia, pletóricas de vegetación y de riqueza de todo orden, llenas de perspectivas maravillosas, con montañas que equilibran el rigor del clima y ciudades románticas que prolongan usos de la colonia, constituyen verdaderos paraísos de leyenda, donde todo parece haber sido combinado por Dios para ofrecer a la especie un retiro encantado de serena abundancia y reposo espiritual. Sin embargo, ninguna región en el mundo ha presenciado una orgía mayor de actos de violencia y exterminio, ninguna se ha visto agrietada por más vicisitudes, como si la frondosidad de la comarca se reflejase en las almas, envenenando a los hombres con frutas y flores de sangre, para dar alas a la tragedia en el seno mismo del paraíso.

Manuel Ugarte, El destino de un continente

Estas reflexiones que presentamos se desarrollan en tres apartados. El primero se refiere al campo narrativo, entendiéndose por ello revisión de algunos problemas genéricos, los debates sobre la historia, los sistemas literarios. La misma composición del campo nos advierte sobre su naturaleza conflictiva. El segundo momento apunta a proponer nuestra tesis sobre la capacidad de la novela para representar el fragmentado universo de la Conquista. Aludimos también a un corpus de textos novelísticos, dentro del cual insertar la novela de Asturias e intentar, desde allí, una justificación de su lectura de conjunto. En tercer término, nos atendremos a los temas o tópicos tratados en el corpus, desde luego que no todos, sino los que contribuyan a optimizar la lectura de Maladrón. En tal sentido, hemos seleccionado dos asuntos destacados de la novela de Asturias: las leyendas geográficas (la búsqueda del istmo) y las quimeras escatológicas (el culto de Maladrón).

1. El campo narrativo

En un trabajo anterior (Maíz, 2003:168) hemos reunido un conjunto de novelas históricas sobre la Conquista española que comparte una serie de elementos, tales como la unidad de tiempo, de espacio y tema. Pero, fundamentalmente, es un conjunto homogéneo por cuanto tales novelas recurren a la Historia para reinterpretar determinados episodios y analizar la conducta de sus protagonistas. La acción reinterpretativa se orienta hacia el pasado pero tiene su más intensa motivación en el presente, que es la de averiguar el origen de los inveterados males contemporáneos de América Latina. La lectura de estas novelas revela un haz de relaciones posibles, los recursos narrativos demandados para producir la nueva versión de la historia, las encrucijadas históricas compartidas. En aquel trabajo quisimos responder algunos interrogantes sobre las razones de la elección del tema de la Conquista española. En esta oportunidad, nos preocupa además reflexionar sobre el género elegido. Dicho de otro modo, a qué estimulaciones se rinde un grupo de narradores hispanoamericanos al tomar los temas de la Conquista y qué hace que el género narrativo haya resultado la elección más ajustada al fin perseguido.

En efecto, El mar de las lentejas (Cuba, 1979) de Antonio Benítez Rojo, Lope de Aguirre, príncipe de la libertad (Venezuela, 1979) de Miguel Otero Silva, El largo atardecer del caminante (Argentina, 1992) de Abel Posse y El encomendero de la adarga de plata (Perú, 1999) de Carlos Thorne pertenecen al fenómeno conocido como la Nueva Novela Histórica (NNH), y guardan, a nuestro juicio, analogías y similitudes en los órdenes temporales, espaciales y actanciales, que justifica su reunión en un corpus. Existe entre ellos una unidad de tiempo, al referirse estos relatos al siglo XVI; una unidad de espacio, por transcurrir en la región de la Florida, Perú y el Amazonas y la unidad de acción, por cuanto se ocupan de episodios de la Conquista. Estos narradores proponen reinterpretaciones de la historia por medio de novedosas estrategias discursivas. A las novelas mencionadas merecen incorporarse dos más: Butamalón (Chile, 1994) de Eduardo Labarca y Maladrón. La epopeya de los Andes Verdes (1968) de Miguel Angel Asturias. La primera de ellas se refiere a la Conquista de Chile y la rebelión araucana a fines del siglo XVI y está más cerca de la franja temporal del conjunto, que va de los años 70 al 90; la del guatemalteco se centra en la Conquista centroamericana y por la fecha de escritura –como en otras obras de Asturias la fecha de edición pone fin a un extenso ciclo creativo– bien puede catalogarse como precursora del corpus señalado.


A. Carpentier

Seymour Menton ha indicado una serie de rasgos que caracterizan el fenómeno de la NNH, entre otros, la intertextualidad, la carnavalización paródica, la distorsión de la historia, la ficcionalización del personaje histórico (Menton, 1993: 42-46). El registro inicial de este fenómeno literario data de 1949, con El reino de este mundo de Carpentier, sin embargo no será hasta 1979 cuando recién tenga su auge (Menton, 1993: 42). A la luz de este fenómeno narrativo, nuestra hipótesis plantea que Maladrón no es una NNH por las estrategias narrativas que utiliza, pero sí por el sentido con el que revisa la historia. En consecuencia, la novela de Asturias podría estar motivada en similares causas intrínsecas que han sido registradas a propósito de la aparición de la NNH, aunque otros sean los hechos, como veremos.

En términos generales, existe un cierto consenso sobre los probables motivos de esta predilección del subgénero de la novela histórica. Menton, por caso, afirma que la cercanía del Quinto Centenario movilizó a los escritores hispanoamericanos a llevar a cabo una revisión del pasado americano y proponer en su lugar un cuestionamiento de la historia oficial vigente. Menton llega a comparar esta situación, por los ribetes alcanzados, con la que la generación española vivió en torno al Desastre de 1898, cuando España perdió sus últimas colonias y confirmó lo que ya desde mucho tiempo atrás no era: un Imperio. Fin de la Guerra Fría, democratización ligada con la democratización de Europa Oriental, dictaduras derribadas en los años ochenta, impagables deudas externas, estallidos sociales y un abanico de hechos más completan el cuadro contextual en el que aflora la demanda de nuevos relatos sobre la historia remota y reciente. Pero es probable que, de todas estas concausas, la que más ha incidido sea la del serio cuestionamiento de la radicalización utópica de la política. El fracaso de la vía insurreccional en la exigencia del cambio social de América Latina (las guerrillas del Cono Sur, el sandinismo, la guerra civil salvadoreña, el Sendero Luminoso) ha dejado sin apoyatura intelectual a muchos creadores latinoamericanos. La agenda de preocupaciones globales cambió rotundamente, ya que respondía a programas basados en categorías que, en perspectivas, parecen cuando menos ingenuas. Ello sería lo de menos, pues, además de ingenuas, resultaron desbaratadas por los mismos acontecimientos.

Junto a la clausura de ciclo indicada puede ubicarse otro, aunque este nuevo como un renacimiento de la pregunta sobre la identidad. Si atendemos la palabra de los narradores, la identidad fundada en una determinada versión de la historia (“la de los vencedores”) está recargada de mitificaciones y sacralizaciones que es preciso deconstruir (Posse, 1992). La historiografía existente está al servicio de una manera de ver nuestro pasado que ya no satisface a los creadores. Para comprender el presente se necesita tener otra comprensión del pasado, tal parece ser la consigna emblemática de las decenas de escritores que se han volcado a la historia.

Por otro lado, ¿cuáles fueron algunas de las confluencias halladas en el corpus novelístico de la Conquista? En primer término, fijamos nuestra atención en el personaje. A pesar de la carga negativa que algunos novelistas le imprimen a los relatos de la Conquista, en ningún caso los personajes que ocupan el centro del relato son indígenas. Las acciones las acometen los españoles; desde luego que ello resulta obvio por el hecho de que la Conquista provino de España. Lo que queremos significar, no obstante, con esta observación es que el grado máximo de negatividad en la valoración de los hechos de la Conquista se produciría si el punto de vista fuera el del indio. Es decir: una versión ficcionalizada de los vencidos, sin embargo, retomar al indio como personaje podría despertar la sospecha de una vuelta a la novela indigenista, dada ya por superada. En segundo lugar, la visión negativa no es en modo alguno absoluta ni tampoco radical en los narradores considerados. Más bien pareciera que estamos frente a una selección vacilante: en todos los casos el Conquistador ocupa el lugar del personaje central. Probablemente la elección del Conquistador como personaje deriva de una imposibilidad insuperable, la de no contar con textos que manifiesten aquella visión de los vencidos, que provenga directamente de ellos, en razón del agrafismo que padecieron. Vale aclarar que, aunque ha habido cronistas indios, éstos se han esmerado por cumplir con los requisitos fijados por los españoles para el género, aun con el magnífico resultado como ha ocurrido con Guamán Poma de Ayala (Cornejo Polar, 1994: 85).

Hace tiempo, Angel Rama asimiló la ciudad letrada a la ciudad escrituraria, en virtud de que el orden de los símbolos reproducía el orden del poder (Rama, 1985: 11-37). La ciudad letrada reposa sobre la organización de los símbolos según leyes, clasificaciones, distribuciones y jerarquías que armonizan con el poder. La escritura se encumbró a tal extremo que consolidó la diglosia. Quedaron separadas dos lenguas, alega Rama, la pública y de aparato (fuertemente impregnada por la norma cortesana procedente de la península), y la popular y cotidiana (utilizada por los hispanohablantes ajenos a aquel círculo cortesano). Ahora bien, lo más relevante, para nuestros propósitos, de la tesis de Rama es que la diglosia no se traduce solamente en un enfrentamiento entre la lengua española, por un lado, y las lenguas pre-hispánicas, por el otro. La ciudad letrada quedó rodeada de “dos anillos lingüística y socialmente enemigos”, nos dice Rama. Primero el anillo urbano a la que pertenecía la plebe, un abigarrado conglomerado compuesto por criollos, ibéricos desclasados, extranjeros, libertos, mulatos, zambos, mestizos y las variadas castas derivadas de cruces étnicos y otro anillo aún más vasto, en el que se utilizaban lenguas indígenas, dando lugar a un mundo extranjero. Frente a estos peligrosos asedios, se explica la situación minoritaria y la posición defensiva adoptada por la norma cortesana peninsular. Quedaba de esta manera, durante la colonia, abiertamente enfrentada la norma escrituraria que tendía a consolidar un orden y la lengua del común propensa a la algarabía, la informalidad y la invención incesante del habla popular. Esta libertad se identificó con la corrupción, la ignorancia y el barbarismo. Ante estos anillos corruptores se tienden los cordones sanitarios de la doctrina del purismo, que encuentran en la diglosia descripta uno de los principales como remotos antecedentes. La idea de una dualidad lingüística, representada en la diglosia, será de suma utilidad al momento de tratar el enfrentamiento religioso en la novela que nos ocupa, una contraposición que se produce entre la ortodoxia y la herejía.


M. A. Asturias

Por ahora agreguemos que hay reescritura de la historia allí donde hubo historia escrita, es decir, donde hubo afirmación del poder. El conjunto de novelas que hemos reunido como el corpus de la Conquista tiene al gran texto historiográfico como hipotexto (cartas, relaciones, memoriales, crónicas e historias). Como es fácil deducir estamos en el reino de la letra o la ciudad letrada en ciernes. Ante ella o gracias a ella se construye a través de miradas alternativas una nueva versión ficcionalizada de la historia, a la manera de una reescritura. El antecedente historiográfico le pone límites, por así decirlo, a los espacios de la ficción y contribuye con su referencia a fijar ciertas coordenadas espacio-temporales más o menos precisas. En un sentido inverso, Cornejo Polar va un poco más allá, cuando piensa que el discurso cronístico se encuentra cerrado al no poder desplazarse más allá del espacio fijado por su autor. Pero habría una razón más de la clausura de estos discursos: “La historia de lo que realmente sucedió es el límite de su discurso, a veces ampliado hasta la frontera de lo que tuvo o pudo suceder de acuerdo a la lección de las Sagradas Escrituras y sus interpretaciones consagradas o del imaginario occidental de la época” (Cornejo Polar, 1994: 85). Desde ese punto de vista las sirenas que vio Colón resultan verosímiles. En mayor o menor medida el funcionamiento de la NNH transita también por estas sendas indicadas, por medio de las licencias ficcionales que el narrador se permite.

Miguel A. Asturias, por el contrario, nos sitúa fuera del campo historiográfico, cuya matriz es la escritura, ya que no hay personaje histórico relevante, ni episodio que pueda ser reconocido como tal, a excepción de alguna alusión cronológica (la acción transcurre en el año 1571), el mito movilizante del istmo que facilita la ubicación espacial o las luchas entre españoles e indios. Si el antecedente referencial de la NNH es el texto historiográfico, en Asturias el esfuerzo expresivo se centra en la recreación de la oralidad a través del mito. Un intento de recuperar una imaginación dialógica que la Ley de la disciplina histórica ha inhibido1.  El escritor guatemalteco ha reconocido que su narrativa es una prolongación de la gran narrativa de los mayas. A diferencia del corpus novelesco de la Conquista que siempre trabaja sobre un personaje histórico notable, en Maladrón los personajes pertenecen a la ficción. Algo más: la primera parte del relato tiene como protagonistas exclusivos a los indios. Este detalle singular en la novela de Asturias se corresponde con el pensamiento estético que anima el resto de su obra. Nos referimos a una concepción dialéctica entre mito e historia, que trata de dar vida a hechos que carecen de registros, a no ser el inmemorial de la oralidad. La guerra contra los españoles (los teules), en una resistencia encarnizada, no tuvo cronistas que la inscribieran, sino los que lo hicieron desde el punto de vista del Conquistador. Asturias recurre entonces a una concepción del tiempo mítico para aludir a un hecho histórico. Unico modo de resolver la aporía del silencio historiográfico. Cuando se trata “de una oposición tan radical como la que enfrenta a la oralidad con la escritura, y a las discordantes racionalidades de la historia que son mutuamente incompatibles”, como ha razonado Cornejo Polar para la literatura andina, lo único que resta es asumir la oposición, como contradicción radical. De otra manera “sólo se percibe un lado del asunto” (Cánovas, 1994: 88). Maladrón, como intentaremos demostrar, transita por el doble filo de una contradicción primordial. Esa concepción del tiempo que anima el relato es la de los brujos, agoreros y zahoríes de la novela, que poseen la facultad de ver “no lo que iba a suceder, sino lo que adelantándose al tiempo estaba sucediendo” (Asturias, 1968: 24). Asturias, como él mismo se ha definido, asume el papel del “Gran Lengua” (Yepes-Boscán, 1968).

El campo del pasado que Asturias aborda es amplio, y ciertamente difuso: la Conquista española, pues lo hace desde coordenadas espacio-temporales deliberadamente imprecisas, como se ha dicho. La percepción temporal de la Conquista denota, desde su registro historiográfico, un encadenamiento episódico lógico y cronológicamente ensamblado en una interpretación unívoca, a pesar de que la dispersión factual sea la condición primera. Pareciera haber, en Asturias, un intento de despojar a la Conquista de la unicidad que le confiere el discurso historiográfico, para resituarla en el elemental acontecer fáctico, a través de una imagen más parecida al mosaico, en el que cada parte aporta una fracción que crea la totalidad. Angel Rostro, Antolín Linares, Blas Zenteno, Duero Agudo nada nos dicen por ellos mismos, como tampoco Caibilbalán o Chinabul Gemá, frente a un Lope de Aguirre, un Menéndez de Avilés o un Alvar Núñez. Por eso, el conjunto de personajes de Maladrón debe ser dotado de especiales sentidos. Con todo, en el juego que produce el armado y el desmontaje, lo único y lo disperso se sitúa el discurso asturiano, dándole voces a lo inaudible o imagen a lo inexistente pero posible. El texto de Asturias persigue eludir o suprimir el tiempo, aunque no de manera tan extrema que el único escenario posible sea el del mito. Sin embargo, se las ingenia para que el flujo del tiempo historiográfico de la Conquista se interrumpa o suspenda y aflore así el orden acrónico del mito, como en las escenas del mundo propio de los indios. Tiempo suspendido sobre un espacio indeterminado conforma la instancia diferida del flujo continuo de la estructuración histórica. Las anacronías tan propias de los otros textos de la NNH no se encuentran en la novela de Asturias. En su lugar encontramos rastros del pensamiento mágico.


A. Núñez

 

2. Novela y crisis

“Allí ocurrió –nos dice Arciniegas– el descubrimiento, se inició la conquista, se formó la academia de aventureros /.../ Todo parece una epopeya. Todo una novela picaresca” (Arciniegas, 1973: 11). Esta observación referida a la historia del Caribe, epicentro de acontecimientos fabulosos, pareciera haber sido pronunciada como un juicio sobre Maladrón. En efecto, cuando el relato más se acerca a la epopeya, por las acciones fuera de lo común llevadas a cabo, aflora el origen picaresco de los protagonistas. Veamos si no sus biografías. Angel Rostro es un hijodalgo “mal venido con su señor padre que llegó a negarlo, buscó la guerra para ganar nobleza en las hazañas” (Asturias, 1968: 92). Duero Agudo, “hambriento, realmente hambriento, cayó en aquel galeón destinado a las Indias, con tan poco equipaje que más llevan los que van de un pueblo a otro como peregrinos, orfandad que se comunicaba a sus bolsillos” (Asturias, 1968: 97). Blas Zenteno de niño observa cómo su padre, en Torre Vieja, perseguía herejes para quemarlos (Asturias, 1968: 62). Antolinares, que ha participado de las luchas entre castellanos, escapó a las islas “donde vine a quedar ciego y de donde navegué nuevamente a tierra firme en una nao de traficantes que robaban indios para dar con ellos en la Española y venderlos como esclavos” (Asturias, 1968: 141). No menos inquietante es la conducta de Lorenzo Ladrada, asesino, pirata y mentiroso. La comicidad es el rasgo que le resta gravedad y trascendencia a lo epopéyico. Por momentos, llega a ser rabelaisiana como en la muerte de Antolinares, que ocurre entre cólicos por la ingesta de palmitos o un tanto más sutil como en las tribulaciones de Angel Rostro, cuando sospecha la traición de sus compañeros y decide no bajarse más del caballo, con todas las incómodas implicancias fisiológicas que tal decisión conlleva. Por tratarse de un rasgo configurador de la novela de Asturias, nos interesa adentrarnos algo más en esta perspectiva. Ello en virtud de que, de acuerdo con otra de nuestras hipótesis, ningún otro género más que el novelesco es capaz de manifestar cabalmente el universo hendido del periodo de la Conquista.

El problema, sin embargo, estriba en que no hubo novela durante la Conquista ni la Colonia, como tampoco en los periodos de la Independencia la narrativa se interesó por la Conquista española más que para elaborar fórmulas antihispánicas. Durante el siglo XX, la novelística abordará de lleno los grandes problemas que las inconclusas nacionalidades hispanoamericanas dejaron (el indio, la explotación social, la entrega al extranjero de los recursos naturales, las dictaduras, y un largo etcétera). Al margen de que pudo haber atractivo por algún episodio, lo fue aisladamente. De tal manera que la historia del ciclo de la Conquista española tenía una sola versión: la que surgía del discurso del conquistador. Si la NNH ha tenido predilección por ese momento histórico, lo ha sido por la necesidad de dotar de otros sentidos a aquellos acontecimientos. La novela adquiere así el carácter de nueva crónica (Aínsa, 1991: 28-29). O como ha escrito Alejo Carpentier los novelistas latinoamericanos se han convertido forzosamente en “los Cronistas de Indias de la época contemporánea” (Carpentier, 1987b: 158).

A fin de explicitar mejor la idea de un mundo desgarrado durante la Conquista, veamos una perspectiva posible. Para ello proponemos detenernos en la tesis de Arnold Hauser (Hauser, 1971) sobre la relación existente entre tragedia moderna y humor, en el momento de su emergencia durante el manierismo. El motivo de valernos de estos argumentos se funda en que ambos expresan una conciencia escindida. Nos interesa explorar esta traza, puesto que el surgimiento de la tragedia y el humor coincide con el de la novela moderna. A esta confluencia se puede adicionar el hecho de que la historia en América Latina comienza también en el siglo XVI. En suma, la conciencia escindida aflora en el género de Cervantes. Según la tesis de Hauser, se acostumbra distinguir la moderna tragedia de carácter de la antigua tragedia de destino. En la griega, el destino era trascendente, mientras que en la moderna se hace inmanente y, en lugar de proceder de los dioses o de potencias superiores, se encuentra en el carácter mismo del héroe. El motor de la acción no es una potencia externa, sino un conflicto interior. El héroe está en lucha consigo mismo. En Edipo el drama gira en torno a una ceguera trágica, no en torno a una “culpa trágica” y la acción consiste simplemente en el descubrimiento de la ignorancia y de la locura que llevan al héroe a su ruina.

La Edad Media no tuvo tragedia y no podía tenerla. Para la concepción cristiana, la existencia terrena es accidental e insignificante, su término significa el comienzo de una vida mejor y más plena. Recordemos que en la caja de Pandora estaba la esperanza junto con todas las penurias. Los griegos tienen una concepción ambigua de la esperanza, es y no es un mal. Esta indeterminación diferencia radicalmente a la antigüedad del cristianismo. A la muerte le sigue la resurrección. El espíritu de la tragedia moderna, por el contrario, es irreligioso, no en el sentido de descreimiento. La tragedia moderna no podría ser creada por un hombre de sentimientos cristianos y piadosos. Lo más terrible para el cristiano puede ser triste pero nunca trágico, irreparable y desesperado. El concepto de lo trágico (antiguo y moderno) es incompatible con la idea del Dios cristiano, bondadoso y omnipresente.

La tragedia moderna significa una ruptura tan radical con la moral cristiana y sostiene un sistema de virtudes tan distinto del cristianismo, como la ética del realismo maquiavélico. Ser un héroe trágico en la Edad Media hubiera significado ser un antagonista declarado de Dios. Lo que entonces había era sólo distintas distancias de Dios, pero era inimaginable un conflicto con él. Para que la tragedia volviera a ser posible como forma literaria era necesario que lo divino abandonase la realidad empírica, que la vida ordinaria se “desencantara”. Una tragedia en la que el héroe fuera a la vez tan culpable como inocente, sólo surge en el mundo alienado, escéptico, desgarrado por el relativismo filosófico y el dualismo moral del manierismo.

¿Qué une las creaciones espirituales de la época del manierismo? La alienación del mundo a causa de la inaccesibilidad de los fines supremos, de la conciencia de que la idea pura, auténtica, incondicionada no puede realizarse aquí en la tierra, de tal manera que o bien hay que sacrificar la pureza de la idea a la realidad o bien tiene que quedar la realidad no tocada por la idea. Cervantes, Shakespeare, Maquiavelo se encuentran penetrados por este motivo. En Homero no hay dualismo entre el mundo de las ideas y el mundo fenoménico, que sí lo habrá en la antigüedad y la Edad Media. Hay una cisura que escinde al mundo. Pero mientras que en la antigüedad ese factor constituye la tragedia, la oposición tierra-más allá, existencia corporal-espiritual, deficiencia-perfección no alcanzó ribetes trágicos durante la Edad Media.

Por otra parte, antes del manierismo, sostiene Hauser, no hay nada en la literatura de Occidente que pueda designarse como humor. Tragedia moderna y humor nacieron juntos. Ambos hunden sus raíces en la misma mentalidad, expresan la misma alienación, la misma postura dividida y ambivalente ante los problemas decisivos de la vida. El humor implica una actitud dialéctica, un punto de vista flexible, evolutivo, rectificable. Cervantes entiende tanto el idealismo del caballero sin tacha como al loco. El perspectivismo, rasgo esencial del manierismo, manifiesta la estructura heterogénea y antitética de estilo artístico y forma de pensar. En términos de la historia literaria, esto mismo podría apuntarse como el tránsito del ideal épico al novelístico, como por ejemplo en Ariosto y Cervantes, quien, por obra del humor, puede considerarse el Homero de la sociedad moderna (Paz, 1983: 227). La desarmonía entre Don Quijote y su mundo no se resuelve, como en la épica tradicional, por el triunfo de uno de los principios sino por su fusión. Como es factible apreciar, la distancia entre el héroe épico, que es un arquetipo, un modelo, carente de dudas respecto de sus ideas o creencias o visión del mundo y el héroe moderno está en el grado de convicciones que presenta. De ahí que el temple básico que determina la forma de este género sea que “los personajes novelescos son seres que buscan”. Ni las metas ni los caminos están a disposición del héroe como tampoco su conocimiento es inmediato (Lukács, 1985: 327-8).

Como forma discursiva epocal, la épica sólo es posible en una sociedad armónica, es decir, aquélla en la que se percibe una concordia entre una subjetividad de escasos relieves y el mundo objetivo. De igual modo, la filosofía sería impropia de los tiempos felices (Lukács, 1985: 297), tal como ocurre también con la novela, que representaría discursivamente la crisis. Por eso, de acuerdo con Lukács, a quien seguimos en este razonamiento: “La epopeya configura una totalidad vital por sí misma conclusa: la novela intenta descubrir y construir configuradoramente la oculta totalidad de la vida” (Lukács, 1985: 327). Los nexos entre la tesis de Hauser sobre la tragedia moderna y el humor con Lukács y las distinciones entre épica y novela son evidentes. Ambos destacan que universos escindidos, desfondamiento de ideales, desenmascaramiento, distancia irónica, dualismo integran el elenco de nuevas contrariedades con el surgimiento de la Modernidad. Por lo hasta aquí expuesto, podemos decir que el que no haya habido épica ni mucho menos novela en la expresión discursiva de la Conquista explica el enorme atractivo que el periodo ha tenido para los novelistas contemporáneos. De ser cierto lo anterior, la novela sería el género en condiciones de dar cuenta de la hostil discordancia que se produjo en el encuentro entre españoles e indios. El mundo escindido de la Conquista ofrece extraordinarias posibilidades a la novela para captar la magnitud del abismo que separa a los protagonistas. Un abismo formado de incomprensión y de ignorancia.

Hasta ahora hemos podido constatar la capacidad del género novelesco para describir el mundo antagónico de la Conquista, pero aún no tenemos una respuesta plausible al hecho de que hubo que esperar casi cinco siglos para que eso ocurriera. En un ensayo sobre la literatura ecuatoriana, Agustín Cueva aduce que la primera edad de la poesía ecuatoriana coincide con el periodo colonial. La poesía junto con la oratoria sagrada constituyen el arquetipo literario de entonces. Ambos géneros, asimismo, se ubican en el punto de equilibrio entre la curva de requerimientos de la Colonia y la curva de “virtualidades” de la literatura española del mismo periodo. “Resulta extraño, a primera vista, que el teatro y la novela peninsulares, en pleno apogeo en la metrópoli, no produjeran retoños coloniales, habiendo prosperado en ‘tierras indias’ tan sólo la poesía” (Cueva, 1981: 11). Aquí podemos plantearnos más de una respuesta en cuanto a la conocida ausencia del género narrativo. Una de ellas, de orden político: la metrópoli pretendía ejercer el máximo control sobre los bienes materiales y simbólicos de las colonias, por ello recayó una interdicción sobre las obras de imaginación narrativa. Otra, concebida con mucha posterioridad, la que sostiene la tendencia del “hacer” antes que el “re-crear” que afectó a los hombres de entonces (Sánchez, 1953; Torres Rioseco, 1939). Con todo, habría una tercera respuesta posible a este enigma. Ocurre, explica Cuevas, que la realidad americana fue para el colonizador un inenarrable, un verdadero innombrable artístico. Un inframundo poblado de subhombres, según el mismo colonizador, sin valor para revivirlo con la palabra literaria. Sin embargo, ellos constituyen su inevitable horizonte real, su cotidianidad. Ante la imposibilidad de eludirlos “sólo la fe lo salva, y la poesía” (Cueva, 1981: 13). La oratoria sagrada y la poseía en su búsqueda de temas trascendentales podían prescindir de la dimensión cotidiana de la realidad, que no sólo carecía de aspectos depurados sino que ofrecía a la mirada aguzada una insondable rajadura, imposible de suturarse, entre españoles e indios. La poesía eleva pero, merced a ello, distorsiona, ciega o trasmuta lo contrario a lo excelso. La sublimación poética, luego, sobreviene por la deshumanización con la que el conquistador concibe al indio, es decir, obligado a convivir en una realidad depreciada pretende al menos una compensación simbólica a tanto sacrificio. La fe y la poesía cubren delicadamente, con sus temas trascendentes, las enormes fealdades de la realidad cotidiana. Se crea de tal manera un espacio poético del exilio, libre de las contaminaciones nativas. “La novela, en cambio –escribe Cueva–, exige un mínimo siquiera de arraigo en su lugar de origen, y más todavía la española, popular y realista. Se concibe que la poesía puede alimentarse de mitos e ideologías; pero no la novela que echa raíces en lo vivido” (Cueva, 1981: 13).

Huida, refugio, compensación son las vías de purificación, justamente por eludirla, de la realidad, tapando la insalvable grieta social y cultural existente entre el colonizador y el colonizado2.  La conclusión provisoria no sería otra que la de aseverar la inexistencia de novela mientras no aparezca una voluntad de develar y desocultar todos los pliegues de lo real, especialmente aquellos que quedan fuera del ideal armónico. Esta ocultación antropológica será sorteada recién con los escritores sociales románticos en épocas de la República. A ellos se debe, en gran parte, no sólo el revelamiento de la vida cotidiana de nuestros pueblos, sino también un nuevo modo de captación de la realidad social3.  La realidad cotidiana habrá de ser, entonces, el gran hallazgo antropológico después del fin del régimen colonial. Como en una cadena discursiva, este descubrimiento se despliega en el costumbrismo, el realismo y el naturalismo. En general, la novela realista puso en el centro del conflicto humano las graves segmentaciones de la estructura social en Hispanoamérica: indio-gamonales, mestizos en rebeldía, oligarquías explotadoras, criollos-extranjeros, etc. A pesar del detallado inventario de inequidades, quedaba en suspenso un fondo común intangible hasta entonces, cuya procedencia había que remontarlo a los tiempos de la Conquista. Desde allí seguía emanando un sentimiento de frustración, recelo, revancha, que no aparece sino con la novela contemporánea. No desconocemos las etapas más álgidas de un sentimiento antihispánico durante el siglo XIX ni tampoco que la ensayística fue el género que preferentemente fue convocado para la indagación y examen de la problemática identitaria, que involucra inevitablemente el elemento hispánico y por tanto el momento de la Conquista. Desde el positivismo al esencialismo, de Alcides Arguedas a Vasconcelos, la problemática ha merecido mayor atención desde el discurso expositivo-argumentativo. Habrán de ser las novelas de tema histórico, pertenecientes a un nuevo sistema narrativo, las que logren absorber aquel fondo común de mundos en pugna. La importancia de este aspecto que apuntamos reside en que no se trata de una singularidad de tal o cual novela sino que constituye una propiedad del corpus, a la manera de una marca genérica.


M.A. Asturias

A. Arguedas

Así las cosas, llama poderosamente la atención el subtítulo de la novela de Asturias que alude a la epopeya. Para el novelista hay –como dice Carpentier– materia dotada de dimensión épica donde hay bloques humanos, distintos y caracterizados de peculiaridades anímicas, psicológicas y acción colectiva, diferenciadas de otros bloques humanos, coterráneos (Carpentier, 1987a: 26). Siendo así, puede decirse que el subtítulo manifiesta cabalmente la estructura semántica de la novela, ya que están registrados con claridad dos bloques en pugna: indios y españoles. Se torna un subtítulo indeterminado, en cambio, si consideramos que ciertas acciones han sido deliberadamente presentadas como degradantes de la dimensión heroica de toda épica. La contradicción entre el contenido de la novela y el sintagma “Epopeya de los Andes Verdes” se hace palpable. Lo que nos lleva a pensar en una intención irónica. En este procedimiento comienza a mostrarse la conciencia crítica del novelista, en virtud de que le resta heroicidad a la versión de las Crónicas al restituir la dimensión humana (demasiado humana) a los protagonistas. En rigor, la mayor parte de la novela se refiere al culto de Maladrón, aquel que descree, ante la muerte, de una posible vida futura. Maladrón se constituye en el símbolo de la desesperanza, por tanto en el mejor símbolo espiritual de la Conquista. Los dominios épicos, desde luego, no pueden percibirse en una secuencia de acciones como ésa.


J. Vasconcelos

3. Los tópicos
El mito geográfico

En el anterior apartado hemos intentado mostrar la marca genérica del corpus –la visión escindida–, que bien nos permite hablar ya de una verdadera novelística de temática histórica. Dentro de ella es donde mejor se puede ponderar Maladrón y el carácter precursor que posee. Asimismo, la visión escindida que nos ofrece la narrativa histórica de la Conquista resulta extremadamente idónea para el sondeo de la problemática identitaria latinoamericana. Nos desviaría excesivamente explicar que el cambio en la concepción de la historia y la temporalidad en general está ligado a los cambios paradigmáticos registrados en las últimas décadas, circunstancia conocida como posmoderna. Con todo, la cuestión de la identidad no es patrimonio de los narradores de la NNH. Se trata de una temática que acompaña el desarrollo de nuestras nacionalidades como una invariante histórica. Asturias se inscribe en esa tradición indagatoria, ya sea desde el discurso crítico o desde la expresión cifrada o simbólica de sus novelas (Verdevoye, 1988). Desarrollar el modo como la antedicha marca genérica se comporta en los textos que integran la novelística histórica sería una pretensión demasiado ambiciosa para el espacio que nos resta. No obstante, como una simple enunciación que apoye nuestra hipótesis, pongamos el ejemplo de la novela del escritor chileno Eduardo Labarca: Butamalón. La novela está construida en dos planos que aluden a dos tiempos diferentes: uno el del presente del relato y el otro el de la rebelión araucana. La estructura de la novela se torna más compleja aún por el hecho de que la materia narrada debería surgir de un texto histórico en inglés que refiere aquellos hechos. La voz narrativa la asume un escritor frustrado a quien se le encomienda la traducción de dicho texto. La imposibilidad de hacerlo revela la irreductibilidad de esos mundos que deben pasarse de una lengua a otra lengua, de un universo simbólico a otro, de una incomprensión a otra incomprensión. Confiesa el traductor que es incapaz de empezar siquiera la traducción, puesto que no encuentra “la fisura, el punto donde hundir mi buril para perfilar el nuevo texto” (Labarca, 1997: 268).Por tanto, el relato debe ser reinventado por el traductor-escritor, puesto que la fisura está en los hechos y no en el texto histórico que debe traducir. Como en una cadena de oxímoron, la dualidad se despliega en el corpus. A modo de ejemplos, el Alvar Núñez de la novela de Posse es un conquistador que no conquista, ganado por el mundo indígena, Lope de Aguirre de Otero Silva es un súbdito rebelde, el Padre Barba, en Butamalón, se vuelve un tránsfuga y pelea contra los españoles.


E. Labarca

Pues bien, nos atendremos exclusivamente a la novela de Asturias, centrándonos en dos grandes temas: el mito geográfico, que implica significados diferentes sobre el istmo para españoles e indios y la herejía y las adoraciones paganas: la disidencia en este caso se da en la religión. Veamos en primer lugar las dimensiones espaciales y sus verdaderos sentidos. La búsqueda del istmo, para los españoles, se ensambla a la máquina extractiva de riquezas que anima el Imperio. ¿De qué manera? Ese accidente geográfico conectaría ambos océanos, la ventaja económica de hacerlo consistía en que desde el Pacífico venía el oro y la plata, riqueza acrecentaba con el oro proveniente de México y el Atlántico constituía la ruta obligada al puerto de Sevilla. La Habana era el punto de reunión del flujo proveniente del puerto de Veracruz y el de Cartagena. El Caribe se convierte en el centro neurálgico de acontecimientos asombrosos, jamás vividos en ningún otro lugar del planeta.


A. Posse

A. Benítez Rojo

Antonio Benítez Rojo en un ensayo titulado “La isla que se repite: para una reinterpretación de la cultura caribeña” desarrolla su tesis sobre la cultura del Caribe, centrada en la noción del meta-archipiélago que produce una recodificación espacio-cultural por medio de la repetición de tropismos. Entre las interesantes hipótesis que plantea para el desarrollo de este tema, Benítez Rojo asegura que “sin las entregas de la matriz caribeña la acumulación de capital en Occidente no hubiera bastado para, en poco más de un par de siglos, pasar de la llamada Revolución Mercantil a la Revolución Industrial” (Benítez Rojo, 1986: 117). Introduce la idea de un funcionamiento mecánico de ese proceso de acumulación de capital, sugiriendo la absoluta independencia de las voluntades y deliberaciones individuales. Señala dos máquinas de extraordinario poder y gravitación: la construida por Colón que, a la postre, fue un ensayo para la aparición de otra, la “Máquina Más Grande Del Mundo” que funcionó hacia 1566 y produjo más de la tercera parte del oro producido en todo el mundo (Benítez Rojo, 1986: 118). La maquinaria extractiva, sin embargo, soportaba “averías”, consistentes en las pérdidas ocasionadas por los naufragios y ataques de piratas y corsarios. Uno de los personajes del grupo de españoles de la secta de Maladrón, Blas Zenteno, en la novela de Asturias, sospecha que el recién llegado, Lorenzo Ladrada, no dice la verdad sobre su identidad, sino que oculta su pasado de piratería, nada menos que al servicio del temible Drake: “Vos erais su ayudante, el pequeño astrólogo sonámbulo, como os llamaba el cosmógrafo Don Francisco Drake, quien hubo mejor suerte” (Asturias, 1969: 146). Nada peor que eso, a tal extremo que Zenteno prepara la amputación de sus manos, como castigo, después de que termine de esculpir la imagen de Maladrón. A propósito de ello, cuando Lorenzo Ladrada busca una figura para Maladrón, se le ocurre que el rostro puede ser el de un pirata, porque “el corsario es el supremo hereje de estos tiempos” así como el Mal Ladrón lo fue de aquellos tiempos (Asturias, 1969: 130). Para aventar los riesgos y peligros de aquellas pérdidas, Menéndez de Avilés ideó una segunda máquina más compleja que integraba la maquinaria naval, militar y territorial, cuyo centro de instalación se hallaba en el mar Caribe y acoplado al Pacífico y el Atlántico (Benítez Rojo, 1986: 119). Dicho empalme fue realizable gracias al descubrimiento del istmo, sin el cual no había camino viable a las riquezas del Perú y de ahí al resto de la Tierra Firme.

Ahora bien, fueron causas económicas, razona Benítez Rojo, las que llevaron la plantación esclavista a Cuba y otras Antillas. “Sin comprender bien –afirma– el mecanismo de la expansión mercantilista y la plantación de azúcar, no es posible interpretar cabalmente la literatura y la cultura del Caribe” (Roffé, 2002: 128). Aún más, según la tesis de Benítez Rojo, existiría un patrón, una matriz de naturaleza estructural que da sentidos finales a las expresiones culturales del Caribe. En el cruce de los vectores raciales provistos por Europa y Africa que se incrustan en las Antillas comienza a definirse una identidad, conformada asimismo con el elemento autóctono. El cultivo de la caña como empresa económica determinante explica la esclavitud, las relaciones patrimoniales, la inmigración asiática. De esa textura socioeco-nómica emerge un perfil caribeño en las artes, la música, las comidas, etc. (Benítez Rojo, 1986). El cultivo de la caña, entonces, está en el centro de la irradiación de la dinámica cultura, que a la manera de máquinas que se ensamblan proveen los sentidos.

A partir de esta perspectiva, podríamos proyectarnos hacia una visión similar para la novela de Asturias, y en general para la literatura de Centroamérica. En efecto, existen curvas de intereses y demandas que conectadas en determinados puntos nos revelan la singularidad de ciertos contextos. Como lo es, en nuestro caso, la importancia geopolítica del istmo para Centroamérica. En su Biografía del Caribe, Germán Arciniegas enfatiza que el Darien “es el camino para las grandes conquistas de América”. Se constituye en el punto crucial del mundo que nace: “Lo mismo ahora que cuatro siglos más tarde, quien apriete en el puño ese nudito de tierra, tendrá señorío en el mundo” (Arciniegas, 1973: 65). Por su parte, Nicasio Urbina se ha referido al asunto en un estudio sobre el mito del canal interoceánico en la literatura nicaragüense4.  La gravitación de este accidente geográfico, en síntesis, en la configuración histórica de Centroamérica podría indicarse en cuatro fases:

–    La fase inicial y milenaria permanece inalterable, ya que el istmo es tan sólo un accidente geográfico sin interés estratégico alguno.

–    La irrupción europea y la racionalidad mercantilista le asignan un valor hasta entonces desconocido (Vasco Núñez de Balboa, en 1513, descubre el Mar del Sur). Interés del imperio de turno.

–    Ya a fines del siglo XIX y principios del XX, la construcción del canal de Panamá le incorpora un valor y función definitivos. El interés de otro imperio: Estados Unidos (se inicia la lucha por la autonomía del canal).

De acuerdo con nuestra proposición, entonces, el istmo posee un significado igualmente determinante en la concesión de sentidos en la expresión cultural centroamericana. Maladrón no es una novela de tesis, por cierto, pero su comprensión estaría muy lejos de acabarse si la desprendemos de las máquinas de sentidos, que se han sucedido de siglo a siglo y que comprometen el factor espacial. Esta aseveración podría llevarnos demasiado lejos de nuestros propósitos, digamos solamente que dicho factor constituye un geo-logos, esto es, una base existencial del texto (Orzhitskiy, 2002). Ante todo, como consecuencia principal de la irrupción europea, ya que para los pueblos precolombinos la unión de los océanos carecía de peso económico o de cualquier otra proyección, habida cuenta de su nula atracción marítima. Las precolombinas son culturas terrestres; las europeas, además, marítimas5.  De tal manera, el sentido económico de la unión de los mares y el alcance estratégico para Europa resulta una valoración relativamente reciente, si se quiere, producto de la Conquista. Dicho de otro modo, el istmo se integra al engranaje imperial y su valor como tal no es geomorfológico sino histórico, derivado de la máquina de sentidos que impone el imperio europeo. Durante milenios Centroamérica fue un puente de conexión entre masas continentales, por tanto se carecía de interés económico. Con la conquista europea y el desarrollo de un mercado a escala mundial, el puente se convirtió en istmo. Cuando López de Gómara refiere el episodio del descubrimiento del Mar del Sur (el 25 de setiembre de 1513) describe la alegría de Vasco Núñez de Balboa y sus hombres motivada principalmente “por abrir camino para traer a España tanto oro y riquezas cuantas de entonces acá se han traído del Perú” (López de Gómara, 1954: 106). La conciencia espacial y sus ventajas económicas irrumpe en América con los viajes exploratorios, hasta entonces, lo que existe es una conciencia mítica del espacio. El pensamiento racional económico de los europeos, con su visión estratégica, choca con el desinterés del influjo mítico. Este espacio es dinámico como consecuencia de estas fuerzas contrarias que se enfrentan.

Los personajes indígenas de Maladrón viven en la idea de un espacio que compone un puente intercontinental, entre masas espaciales que se comunican a través de una letárgica temporalidad. La idea ístmica la aporta Angel Rostro, aunque no esté movido por fines de codicia sino de fama. Son dos maneras de concebir el espacio esencialmente diferentes y antagónicas. De esta dialéctica aflora el rasgo principal de la historia y la geografía centroamericanas (Pérez Brignoli, 1999: 67).

Imaginarias líneas transversales y longitudinales franquean, de tal modo, el espacio centroamericano y fundan, de acuerdo con su trayectoria, concepciones diferentes. La primera ha sido prioritaria para cuanto Imperio estableció allí su radio de acción. De carácter imprescindible, la línea transversal resulta una metonimia del interés que postula, esto es, como istmo es un espacio que permite el recorrido de la distancia más corta entre los dos puntos marítimos. Justamente, el acortamiento de la distancia acrecienta el aprecio económico. Centrada exclusivamente en la posibilidad de sortear en el menor tiempo y distancia posibles el territorio, la línea transversal ignora todo lo demás: historia, otros accidentes geográficos, culturas, habitantes, etc. Los fracasos históricos de la unión centroamericana no pueden dejar de remitirse a este tipo de relación con el espacio. “Diversidad cultural y fragmentación política constituyen así dos rasgos sobresalientes en la vida y la historia de las sociedades del istmo” (Pérez Brignoli, 1999: 83).

En cambio, la línea longitudinal es la línea milenaria, mítica, que recorre una distancia de 2.000 km, jalonados de innumerables dificultades. La médula de esa línea está señalada por “la Cordillera de los Andes Verdes”, lo que convierte al casi 80% del territorio centroamericano en un conjunto de laderas, montañas y valles. En el interior del istmo se elevan cordilleras que superan los 2.000 m, a lo que suman unos 50 volcanes, algunos de ellos en actividad, alineados desde Guatemala hasta Panamá. Este paisaje quebrado en tantas partes contrasta con las fajas costeras que son planas. Las tierras altas centrales y las costas del Pacífico han sido las zonas más aptas para la agricultura, y por lo tanto para la vida humana. Es así entonces como se puede explicar que los altiplanos predominen sobre los litorales, y la escasa preferencia marítima de los pueblos precolombinos. La cordillera es nervadura, nexo, hábitat y también refugio.

La cordillera –se describe en Maladrón– de los Andes Verdes, hay que envejecer sin recorrerla toda, confina con regiones cavadas por ríos subterráneos en cuevas retumbantes, volcanes de respiración de azufre, colinas tibias /.../ La Cordillera de los Andes Verdes, cerros azules perdidos en las nubes, va desde el silencio de aquel campo de quetzales muertos en la batalla, hasta las cumbres de la tierra más antigua de la tierra, los Cuchumatanes /.../” (Asturias, 1969: 9-10).

¿Qué busca concretamente el pequeño grupo de españoles encabezados por Angel Rostro?: “Voy a morir –dice este personaje– donde se juntan el mar que navegamos y el mar que va a la China. Mi teoría es que se juntan subterráneamente. No es un istmo este que separa los dos mares, sino un puente. Y en alguna parte, Pedro Paredes, bajo este puente pasa el agua” (Asturias, 1969: 29). Pero al parecer no es la ambición el motivo que empuja a Angel Rostro a la búsqueda, sino: “La ambición de rivalizar con el Almirante de la Mar Océana, si descubrieran la conjunción de esa mar con la mar que va a la China, lo que tenía nada de imposible, pues, vistas ambas mares desde lo alto de las montañas, fundíanse, apenas separadas por una franja de tierra verde, con un solo infinitivo azul” (Asturias, 1969: 49). El diálogo que mantiene con Pedro Paredes revela la disparidad de aspiraciones y también del talante de cada uno de ellos, que recuerda el dualismo cervantino. Paredes le reprocha “andar a caza de rutas subterráneas cuando lo que importa es comer, llenarse la tripa con algo sólido”. Lo increpa diciendo que en lugar de cavilar “por donde pasa ese famoso túnel de agua salada”, “¡Indagad dónde hay comida, voto al cielo!” Angel Rostro se comporta como un verdadero cruzado en la búsqueda que lo impele: la respuesta es digna de tal: “¿Comida?, todos los días en todos los sitios se puede comer y se come, en cambio sólo una vez, Pedro Paredes, se llega a los Andes Verdes, donde en alguna parte se comunican los océanos...”. De pronto el diálogo toma una dirección todavía más interesante. Paredes le replica que eso es una fábula, lo que Angel Rostro no niega sino que lo llama “fábula verdad”, puesto que “hay fábulas verdaderas y otras que son mentiras. ¡Fábula verdad son estas Indias, islas y tierra firme en que estamos!” (Asturias, 1969: 30).

El año en que transcurre la acción en la novela de Asturias –1571– el istmo ya estaba integrado a un complejo sistema de extracción de riquezas desde América hacia Europa. La búsqueda de Angel Rostro sobrelleva así un anacronismo. Efectivamente, Menéndez de Avilés ideó un plan para el perfeccionamiento de la máquina extractiva de riquezas seriamente atacada por los naufragios y lo que era peor la acción de los corsarios. En 1562 Menéndez de Avilés partió al mando de 49 velas, incluyendo seis galeones de guerra, con el propósito de poner a prueba su plan que consistía en realizar la navegación entre las Indias y Sevilla, a través de convoyes compuestos por transportes, barcos de guerra y embarcaciones ligeras de reconocimiento y aviso. Los cargamentos de oro y plata se harían en fechas fijas y se utilizaría para ello un número reducido de puertos6.  El sistema de flotas convirtió a la ruta transístmica en un paso fundamental del tesoro de las minas de Perú hasta 1739 en que se pone fin a aquel sistema (Pérez Brignoli, 1999: 66).

La herejía y lugar

El corpus novelístico de la Conquista tiene al viaje como un común dispositivo. Como se sabe, el siglo XVI es el de los grandes desplazamientos. Los personajes y el sistema que integran (caballos, pertrechos, escribanos, sacerdotes, etc.) están afectados, en estas novelas, por el mismo frenesí cinético. Los motivos de este peregrinar se subordinan a variadas motivaciones, de dispar consistencia: va de la más baja ambición aurífera a las pretensiones de fama y trascendencia. Como en los buscadores del istmo en Maladrón: “lo que iban buscando, por lo que se apartaron de sus compañeros de conquistas” tiene que ver con que “no querían conquistar, sino descubrir” (p. 82). Están movidos por la “ambición de rivalizar con el Almirante de la Mar Océana” (p. 49) El viaje adquiere distintos significados en cada uno de los personajes, como lo ha demostrado, en general, Fernando Aínsa (1986), no obstante es siempre frustrante y nunca su recorrido conduce al lugar deseado o planificado. Por eso puede hablarse de un viaje de la irrealización, pues cambia los motivos por los cuales se lo emprende y siempre deja al viajero en el sitio menos esperado, cuando a algún sitio llega. En el final de la novela, en vísperas de su muerte, Antolinares, el único español del grupo inicial que ha quedado en la búsqueda del istmo, advierte haberse convertido en lo que fueron:

No conquistadores, caballeros andantes que bajaron de los Andes Verdes, leales con ellos mismos, bajo la cruz del Maladrón, hasta dejar de ser ellos, porque al final de sus vidas y su desesperada búsqueda de locos, ya eran otros, no los mismos que llegaron de España, otros unos seres que formaban parte de la geografía misteriosa de un país construido de los mares al cielo, por manos de cataclismos y terremotos, igual que una de esas pirámides blancas, altísimas, que en su andar contemplaron perdidas en las selvas (193, cursivas nuestras).

El viaje transformador es un motivo universal de la literatura. En la novela de Asturias la conversión de los personajes se da en más de un sentido, ya que por un lado les altera la identidad de conquistadores y por otro los integra a un nuevo espacio. Padecen una metamorfosis parecida a la que afectó a Alvar Núñez, convertido en un “conquistador inútil” (Posse, 1992: 177), enfrascado como estuvo en su viaje transreal por América que duró varios años. La pérdida de la comunidad de origen, por efecto del viaje, comienza a producir cambios rotundos en los personajes de Maladrón, tal es el caso de Blas Zenteno “materialista, escéptico y casi siempre deprimido, al principiar la conquista era idealista, crédulo y animoso. Los hechos lo cambiaron. Una piel traes y otra piel te llevas” (Asturias, 1969: 80). Todo sobreviene como una mutación que se desarrolla en un nuevo espacio. Angel Rostro, que no se convierte a la secta de Maladrón, percibe la relación entre nuevo espacio y degradación religiosa: “Desque estamos extraviados por estas sierras, no guardáis la lengua de blasfemia y de ello que siempre andemos perdidos” (Asturias, 1969: 59). Porque se hallan “ellos en el humo de un mundo nuevo, sin tiempo, sin espacio” (Asturias, 1969: 62).

El motivo de estos cambios individuales está encastrado en uno de mayores dimensiones. El fraile Damián Canisares ha captado asimismo que el espacio del Nuevo Mundo en modo alguno se ajusta al orden racional del medioevo europeo, “ya que allí donde los sentidos andan sueltos, todo parece natural y no industria del demonio” (p. 68, cursivas nuestras). El desplazamiento del lugar de origen ha desatado los nudos que sujetaban los sentidos y ha liberado las conciencias. Hay un episodio de la novela que interrumpe transitoriamente esta circunstancia emancipadora. Se trata del momento en que el grupo de Angel Rostro es encontrado por otros españoles capitaneados por Juan de Umbría. El extravío se suspende en razón de que estos españoles representan la restitución simbólica del asentamiento perdido. El fraile Damián Canisares, que va con ellos, repone la ortodoxia, y por tanto el orden, a fuerza de pretender ajusticiar a los perdidos. Pero poca esperanza hay ya de recuperarlos. “No he mayores letras –dice Antolinares–, pero por letanía se lo malo de andar negado. Para mí estas no son tales Indias, sino el Limbo, el Limbo, ni tales conquistadores somos, sino niños muertos sin cristiandad” (Asturias, 1969: 126, cursivas nuestras).

En un encadenamiento continuo, nada permanece idéntico. La fe cristiana se corrompe a tal extremo que brota la herejía, la identidad hispánica se altera por un nuevo sentimiento de pertenencia a un espacio diferente, y a pesar de lo paradójico: germen de una naciente nacionalidad. Pero de todos estos cambios el culto a Mal Ladrón adquiere dimensiones extraordinarias, en razón de que en la significación global de la novela simboliza la Conquista. “–No creéis en el Señor Jesucristo? –No lo negamos tanto como lo hacen con sus hechos los que se llaman conquistadores en su solo nombre. Nuestro credo amparado por la cruz de Gestas, el ladrón, cubre mejor las ganancias y riesgos de la conquista” (p. 123). De qué vale la fe en un dios piadoso, si Gestas se ciñe mejor a la acción de españoles en el Nuevo Mundo.

El descubrimiento de las Indias fue experimentado por sus contemporáneos como un momento importante en el desenvolvimiento providencial de la historia humana, como la última etapa antes del advenimiento del Reino que sería instaurado precisamente en las Indias, por lo pronto en la forma de la nueva Iglesia Católica (Lafaye, 1964: 27). ¿De qué manera se pervierte esta idea? La herejía que es, por elección, ruptura con el asentamiento implica, sociológicamente, una ruptura con la comunidad, que es la sede la ortodoxia (Chenu, 1987: 3). En Maladrón, la consecuencia es la misma, es decir la herejía, pero la elección difiere en la prioridad acordada a la nueva sede. Angel Rostro, que no se convierte a la secta de Maladrón, atribuye a mentiras las razones por las cuales los sectarios han elegido un nuevo lugar de asentamiento para construir el “humilladero” en el llamado “Valle de Maladrón”. Razona Rostro:

Otra vez les pregunté: ¿por qué permanecemos aquí?, fingiendo ignorar sus intenciones, ¿hay algo oculto en esa laguneta de lodo? Y como es dicho que la ambición quebranta el hilo de la amistad, lo supe por experiencia. ¡Por mi santa fe católica, mientras ellos codiciaban lo del nexo entre los mares, para malos fines, yo me prometía ofrecer el secreto a España. El vociferante hirsuto de Zenteno me hizo sabidor de mil mentiras, multiplicando palabras falsas para callar lo cierto. Nos fue revelado, dijo, que en este lugar se hizo el hombre de una sustancia más cercana la vida que el vil barro/../ pero nada creí de sus dichos, sobre ser el hombre hecho de maíz, en asamblea de dioses y animales (Asturias, 1969: 93, cursivas nuestras).

En otros términos, la ruptura con el asentamiento original hispánico (alejamiento físico, desplazamiento espacial) propicia la elección herética, la de otro culto con otro asentamiento. En síntesis, el cambio de sede está en la base de la herejía. Sin embargo, “la ruptura con la comunidad no basta para constituir la herejía, sino que hace falta también que el individuo o el grupo permanezcan separados, tomen conciencia de esa separación y la admitan /.../ el punto fundamental de la herejía será precisamente la conciencia de esa elección” (Chenu, 1987: 7).

El culto a Maladrónes la corrupción de la doctrina cristiana, trastrocada en símbolo de la desesperanza. Se va perfilando, de esta manera, la nueva religión más acorde a la violenta sustancia de la Conquista. Ahora comienza a entenderse la “Nueva Iglesia”.

Duero, el tuerto, lo mareaba (a Angel Rostro) siguiéndolo por todas partes so pretexto de razonarle que la religión de Jesucristo no era concertada para hombres como ellos dados al trato de lo material, en la guerra con la sangre y en la paz con el oro. Paz y guerra. Oro y sangre. El mundo, el demonio y la carne placentera de añadidura (Asturias, 1969: 78-79).

¿De dónde proviene este culto? El partido de los saduceos, cuyo nombre parece derivarse del de Zadok, un alto sacerdote de los tiempos bíblicos, estaba formado por sacerdotes y aristócratas. Rechazaban las creencias de los fariseos en fuerzas naturales. Negaban la doctrina de la resurrección del cuerpo y la inmortalidad del alma. Estaban convencidos de que las almas se desvanecen al mismo tiempo que los cuerpos. Creían que la retribución divina no era futura y ultraterrena, sino inmediata y material.

La secuencia del cambio de la fe en los españoles se ordena del siguiente modo. Antón Duero, el tuerto, conoce a Zaduc en el barco que lo trae a las Indias. Le habla del culto a Mal Ladrón y le muestra el rito. Blas Zenteno de niño ha visto cómo perseguían a estos herejes para quemarlos. Antolinares, por último, dice haber sido curado de su ceguera por invocación a Mal Ladrón. Por la otra parte, Angel Rostro y Quino Armijo no participan de esta pasión herética. Ambos desaparecen de escena. Lorenzo Ladrada, de turbio pasado, tampoco se suma al culto, pero habrá de ser el que le dé forma corpórea a Mal Ladrón.

En Maladrón la deslealtad con la fe no es menor que la de los españoles que en nombre de ella acometen todo tipo de atropellos y violencias. Pero resulta asimismo el desmoronamiento de una cosmovisión de la potencia que la introduce. Maladrón o Cristo, los ritos de las oraciones o de las gesticulaciones, la esperanza redentora o la negación pesimista de otra vida son distinciones que no modifican en nada la situación de los vencidos. Ante la sospecha de que se pueda estar gestando otra escalada de violencia sobre los habitantes de los Andes Verdes, los nuevos adoradores de Maladrón son sacrificados ritualmente. Si aquellas distinciones resultan inocuas para la situación del indio, no es menos cierto que la posibilidad de volver a pasar por el proceso de imposición violenta de la fe los impulsa a tomar tan contundente decisión. El indio Güinaquil proclama:

–¡No otra cruz! ¡No otro Dios! ¡La primera cruz costó lágrimas y sangre! ¿Cuántas más vidas por esta segunda cruz? ¿Más sangre? ¿Más sufrimientos? ¿Y más tributos?... Ahora lo tenemos, el Maladrón es nuestro prisionero /.../ ¡Oro y martirio fueron pagados, sin tasa ni medida, por el Dios de la primera cruz! ¿Por el barbudo de esta segunda cruz, más carne de trabajo y matanzas?...

–¡No habrá segundo herraje ni habrá segunda cruz! Si con la primera, con el Dios que nada tenía que ver con los bienes materiales y las riquezas de este mundo, costó ríos de llanto, mares de sangre, montañas de oro y piedras preciosas, a qué costo contentar a este segundo crucificado, salteador de caminos, para quien todo lo del hombre debe ser aprovechado aquí en la Tierra?... Si el de la primera cruz, el soñador, el iluso, nos costó desolación, orfandad, esclavitud y ruina, ¿qué nos esperaba con este segundo crucificado, práctico, cínico y bandolero?... Si con la primera cruz, la del justo, todo fue robo, violación hoguera y soga de ahorcar, ¿qué nos esperaba con la cruz de un forajido, de un ladrón?... (Asturias, 1969: 173).

El tiempo del sincretismo no ha llegado aún. O es un culto u otro, pero no la síntesis de ambos. La dualidad de creencias no tendrá destino histórico, ni la secta prosperó porque fueron extirpados de raíz sus primeros retoños ni el culto al dios de los terremotos habrá de tener mejor suerte. En el juego de equívocos se infiltra la condena de una fe que no era consecuente con sus postulados y siempre tentada por las deformaciones heréticas. De no mediar la trágica imposición violenta de una fe, podría hablarse de que el equívoco religioso resulta más propio de una comedia de enredos. Los “saduceos gesticulantes” y los “indios tiburones” que también gesticulan generan el principio de la confusión. En un caso lo hacen en adoración a Maladrón y en otro, a Cabracán (el que Hace los Terremotos). En este punto se produce el más trágico desencuentro, ya que no existe el modo de esclarecer la confusión. La india Trini se queja de no poder “¡explicar lo que una no entiende y en lengua de bárbaros!” (Asturias, 1969: 103). En Butamalón de Labarca, el padre Barba, que se ha cruzado al bando de los araucanos, convirtiéndose en uno de ellos, le dice a su india concubina: “Has aprendido las oraciones que te enseño, pero no he logrado que nuestro Señor haga nido en tu alma. Temes la cruz /.../ La cruz es tu rival y la combates: la ocultas bajo las mantas /.../ con la esperanza de que yo la olvide” (Labarca, 1997: 232). La tendencia a la libre interpretación del culto o la inversión de la fe permanecen, a la manera de una nota invariante, en la narrativa hispanoamericana en general. Recordemos el pasaje de Hijo de hombre de Roa Bastos no sólo por lo que acabamos de anotar, sino que además el relato gira en torno a un Cristo tallado por las manos de Gaspar Mora, un leproso abandonado, circunstancia que se asemeja al Maladrón de Lorenzo Ladrada tallado asimismo en madera. El Cristo de Gaspar Mora habrá de ser venerado por el pueblo de Itapé:

Esto nos ha valido a los itapeños el mote de fanáticos y de herejes. Pero la gente de aquel tiempo seguía yendo año tras año al cerro a desclavar el Cristo y pasearlo por el pueblo como a una víctima a quien debían vengar y no como a un Dios que había querido morir por los hombres. Acaso este misterio no cabía en sus simples entendimientos. O era Dios y entonces no podía morir. O era hombre, pero entonces su sangre había caído inútilmente sobre sus cabezas sin redimirlos, puesto que las cosas sólo habían cambiado para empeorar. Quizá no era más que el origen del Cristo del cerrito, lo que había despertado en sus almas esa extraña creencia en un redentor harapiento como ellos, y que como ellos era continuamente burlado, escarnecido y muerto, desde que el mundo era mundo. Una creencia que en sí misma significaba una inversión de la fe, un permanente conato de insurrección (Roa Bastos, 1984: 12).

Palabras finales

En primer término, es necesario poner en perspectiva la novela de Asturias, esto es, qué otras valoraciones se pueden hacer de ella dentro del contexto literario latinoamericano, en virtud de que no ha sido un texto debidamente estudiado todavía. En rigor, como sucede con casi toda la obra de Asturias, el brillo del “boom” opacó injustamente sus novelas. En el caso de Maladrón no se ha escapado a la regla, ya que se produjo en un momento previo al auge de la Nueva Novela Histórica, que según S. Menton comienza a partir de 1979, aproximadamente. Que esté fuera del grupo de novelas más identificado con esta nueva concepción de la narrativa puede interpretarse de otra manera que no sea la del lamento. Efectivamente, aunque fuera del pelotón, como en otras posiciones, Asturias se ubica a la vanguardia de él, por haber introducido mucho antes un pensamiento crítico en la reescritura de la historia. En rigor, ninguno de los rasgos que Menton atribuye a la NNH están presentes en Maladrón, de manera que, desde ese punto de vista, no pertenecería a tal fenómeno literario, pero tampoco a la novela histórica tradicional. Sin embargo, por los sentidos atribuidos a la indagación del pasado que realiza en su novela, Asturias integra la NNH, digámoslo así, en calidad de precursor.

De acuerdo con la concepción histórica del escritor guatemalteco, la novela toma de los sucesos lejanos una sustancia que podría denominarse como “valores perpetuos” que está incrustada en aquéllos. No tiene un interés arqueológico ni tampoco pretende reinterpretar sesgadamente un episodio de la historia americana, como es la Conquista española. Busca penetrar, más bien, los hechos hasta descubrir en ellos lo que contengan de inmemorial, perenne, y que aún puede seguir activo en el presente. Tal aporte por sí mismo lo sitúa entre lo mejor de la narrativa histórica anterior al surgimiento de la novelística de indudable calidad, compuesta por Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, etc. De acuerdo con nuestro análisis, los valores perpetuos de incidencia permanente se perfilan alrededor del mito geográfico y la utopía escatológica. Hemos querido representar la significación del istmo a través de dos líneas, una transversal y la otra longitudinal, que a su vez definen orientaciones antropológicas completamente diferentes. La primera de ellas –la transversal– es la que la lógica mercantilista europea introduce en el espacio ancestral centroamericano, dando lugar al interés económico y la idea misma de istmo. La longitudinal, por el contrario, se inscribe como el trazado más natural del espacio, privilegiando la noción de puente que une masas continentales. Para nosotros, estas significaciones profundas están magníficamente asumidas en la novela asturiana, que como fuerzas subterráneas descansan en la base de los episodios narrados, asignándoles su sentido. El conflicto entre las dos líneas representativas es también el drama de la desintegración política centroamericana, situación que excede los años de vida de Asturias.

La mención de los Andes Verdes en el subtítulo de la novela va más allá de una referencia geográfica. La nervadura que constituye esta cadena montañosa corre en la misma dirección longitudinal arcaica y adquiere en la novela una presencia dominante. Tal presencia del espacio alcanza alturas simbólicas del tipo de El zorro de arriba y el zorro de abajo de Arguedas o La casa verde de Vargas Llosa. La Conquista española violenta la ruta cultural preexistente, provocando una brusca reorientación espacial, en detrimento, por cierto, de la historia futura centroamericana. En el siglo XVI como en el XX el istmo ha sido la llave económica entre los dos océanos. Su dominio torna subalterno o insignificante cualquier otra preocupación.

Por otro lado, la inversión del mito cristiano como fondo de las novelas de Asturias significa, como en el Cristo tallado por el leproso Gaspar Mora del relato de Roa Bastos, “un permanente conato de insurrección”. La fuerza crítica de Maladrón se deposita en la utopía escatológica de un grupo de españoles extraviados, ya no en el espacio americano solamente sino en la cristiandad. La aporía religiosa de dos universos diferentes estriba en la imposibilidad de comprenderse mutuamente. El primer efecto del trastrocamiento del mito cristiano es la alteración de los valores. La nueva religión herética que se ha gestado parece representar mejor los propósitos de los conquistadores. Con Maladrón no hay futuro porque ha desaparecido la esperanza en un mundo trascendental. Como en el mito, las fuerzas del bien y del mal se enfrentan, como en la historia los hombres deben tomar partido. “¡Todo está lleno de comienzos!”, dice Güinakil (p. 135), expresando la desgracia por la aparición de un nuevo credo, al que extirpan con el corazón de Zenteno y Duero, los fanáticos de Maladrón, pero asimismo la exclamación desliza una tenue luz esperanzadora. El tiempo cíclico perdido “con los seres de injuria” que de otro planeta llegaron por mar, del epígrafe con que la novela se abre, puede algún día concluir y recuperarse “aquel mundo de golosina” habitado por ellos, los habitantes primitivos, junto a los venados y los pavos.

Notas

1 “La disciplina histórica opera como una Ley que evita el caos, pero que inhibe la imaginación dialógica (pues ha tendido tradicionalmente a omitir actores y perspectivas de relevancia para el orden colonial). El saber antropológico surge entonces como un discurso contestatario, que propone una lógica del pensamiento que integra la diversidad de la experiencia cultural humana (en el caso colonial, la experiencia indígena)” (Cánovas, 1994: 11).

2 “Como la religión –escribe Cueva– ésta deviene en América una especie de velo protector contra la realidad (mundo, demonio y carne coloniales); prestándose la poesía de entonces mejor que cualquier otro género literario a tal fin porque en el límite permite soslayar lo cotidiano, gracias a la exigencia de seleccionar temas sublimes como único motivo. En esa latitud se ubica la poseía ‘virreinal’, al cantar a dios, a los santos, los reyes y a las vírgenes. Con ellos construyen un espacio poético de exilio, libre dizque de contaminación por lo nativo: espacio lírico ‘puro’ que se convierte en refugio, en campo de mistificación, en antídoto contra lo vivido. Y no solamente por la selección inicial obligada de temas, dicho género literario favorece la huida, explotada como fue, aquí, al máximo en sus aspectos negativos. También, da pábulo a ello su manera de tratar los contenidos, que según el modelo cultural de esos siglos debían revestirse de un manto no menos ‘sublime’. Doble depuración entonces, que permite ‘idealizar’ lo ya ‘idealizado’, vale decir: mistificar más aún lo ya mistificado” (Cueva, 1981: 13).

3 “Por algún motivo el costumbrismo fue, entre otras coincidencias que podríamos señalar, contemporáneo en Cuba al surgimiento de la novela antiesclavista –recordemos el caso de Anselmo Suárez y Romero– y anunciador del indigenismo en la América nuclear andina, tal como puede verse en la obra literaria de la escritora peruana Clorinda Matto de Turner” (Roig: 1986, 128).

4 Nicasio Urbina, “El mito del canal interoceánico en la literatura nicaragüense”. Conferencia en línea. http://www.tulane.edu/­­~urbina/NicasioHome.CritArt.calini.html

5 “Durante largos siglos, Centroamérica ha sido un mundo de campesinos, de hombres y mujeres de montañas y de selva. En los extensos litorales marinos, la vida parece haber sido reticente, incierta y difícil. Las sociedades han tendido a desarrollarse en las montañas interiores, y desde el XVI vienen utilizando las costas como salida ultramarina; o como lugar de paso en una ruta interoceánica. Habrá que esperar el siglo XX para que se produzca una valorización distinta de los litorales; es innegable, sin embargo, que los pueblos centroamericanos siguen teniendo escasa vocación de navegantes” (Pérez Brignoli, 1999: 72).

6 “Generalmente se da el nombre de flotas a los convoyes que dos veces al año entraban en el Caribe para transportar a Sevilla las grandes riquezas de las Américas. Pero esto no es del todo correcto. El sistema de flota era, además una máquina de puertos, fondeaderos, muelles, atalayas, fortalezas, guarniciones, milicias, astilleros, almacenes, depósitos, oficinas, talleres, hospitales, hospedajes, fondas, plazas, iglesias, palacios, calles y caminos, que se conectaba a los puertos mineros del Pacífico mediante un enchufe de trenes de mulas tendido a través del istmo de Panamá. Era un sistema articulado sabiamente a la geografía del Caribe, y sus máquinas estaban dispuestas de modo tal que pudieran utilizar a su favor la energía de la gran Corriente del Golfo y del régimen de vientos alisios propios de la región. El sistema de flotas generó todas las ciudades del Caribe hispánico y las hizo ser, para bien o para mal, lo que son hoy, en particular la Habana” (Benítez Rojo, 1986: 119).

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Recibido: 09.06.2006.  Aprobado: 04.05.2007.