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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.494 Concepción  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622006000200013 

 

Atenea N° 494– II Sem. 2006: 203-207

RESEÑAS

 

Alejandra Brito Peña, De mujer independiente a madre. De peón a padre proveedor. La construcción de identidades de género en la sociedad popular chilena. 1880-1930.
Ediciones Escaparate, Colección Historia Vital, Concepción, 2005, 168 pp.

 

Carlos Vivallos Espinoza*

* Programa de Magíster en Antropología y Desarrollo de la Universidad de Chile. Becario Conicyt. Correo electrónico: E-mail: carlosvivallos@yahoo.com


Durante las últimas décadas del siglo XIX la oligarquía nacional consolidó el proceso de modernización capitalista, que vino a sus- tituir por completo el modo de producción colonial. Este proceso, que no estuvo exento de dificultades, produjo una mayor inversión en la producción industrial, a la vez que una ampliación territorial hacia el norte salitrero y hacia las tierras agrícolas del sur. Esta situación que cimentó la urbanización, el desarrollo agrícola, los transportes y la infraestructura en general, necesitó de una mano de obra nueva, ya no con las características que el modo de producción colonial había instaurado, sino con características propias de la proletarización capitalista. En esta situación, comprender "cómo fueron surgiendo formas concretas que determinaron los comportamientos esperados para los sujetos populares" (p. 13), es el objetivo del texto que comentamos.

Bajo un análisis con perspectiva de género, el texto nos habla de la construcción de estereotipos acerca de los roles que debían cumplir hombres y mujeres populares, basados en una división sexual del trabajo, en donde espacios público y privado encontraron una estricta separación, asignando "naturalmente" el primero a los varones y el mundo doméstico a las mujeres como construcciones ahistóricas.

La autora, que forma parte de las nuevas generaciones de historiadores nacionales, ha desarrollado su labor historiográfica centrada en las identidades de género de los sujetos populares, en un primer momento analizando la historicidad de las mujeres populares. Aunque con este texto busca integrar su labor intelectual dando una mirada al desarrollo de la sociedad popular chilena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, desde la construcción identitaria/genérica tanto de mujeres como de hombres.

El texto se encuentra dividido en cuatro capítulos, entregándonos el primero una breve síntesis de los conceptos teóricos que fundamentan su reflexión historiográfica. Parte con el concepto de "identidad", ya que la historiografía social lo ha utilizado "tratando de explicar a través de él, la constitución de los sujetos sociales y su accionar concreto en el devenir histórico" (p. 21). Para su definición recoge los aportes de distintas disciplinas sociales, con el objetivo de lograr un concepto útil a la comprensión de los fenómenos socio-históricos que estudia. Parte con la constatación, desde los planteamientos de Berger y Luckmann (entre otros autores) que la identidad no es un proceso individual, sino que más bien es una construcción compleja que surge desde la experiencia colectiva. En un doble sentido (según Pedro Morandé) en la identidad está la idea de "otredad", o sea, en el definirse identitariamente a partir de los otros, aunque también debe entenderse en un sentido de pertenencia o de participación que permite la perspectiva histórica, posición desde donde Morandé se sitúa. Para Jorge Larraín tres son los elementos que constituyen la identidad, el primero es la identificación que de sí mismos hacen los sujetos de acuerdo al contexto social en que se desenvuelven, además de elementos materiales que le entregan al sujeto mecanismos vitales de autorreconocimiento y finalmente, la existencia de otros, de sus opiniones, expectativas o actitudes acerca de los sujetos, terminan por definir su identidad.

La historiadora parte de la idea de concebir la identidad de los sujetos sociales como una construcción social en un contexto y con una experiencia histórica determinada, "ello implica que al modificar los entornos socioculturales, se impulsa también un proceso de transformación de las identidades" (p. 25), de ahí la importancia de relacionar las propias experiencias de los sujetos populares con los procesos y estímulos externos, que en nuestro caso la oligarquía nacional propició.

La segunda parte de este capítulo nos habla del aporte conceptual del "género" como herramienta de análisis en la labor historiográfica, permitiendo reconocer la forma (temporal y espacial) como se construyen las relaciones entre los sexos y como se constituyen desde allí los sujetos. En un primer momento enfrentar la historia de las mujeres era ir en contra de una visión tradicional que privilegiaba en las mujeres su condición biológica (pre-social), situándolas en el ámbito de lo doméstico, la familia y la reproducción. Hoy el desafío se plasma en investigar cómo se relacionan y construyen las identidades de género, sus modificaciones y continuidades en el tiempo. Incorporar al género en el análisis y en especial a las mujeres como sujetos con una historicidad propia, ha significado reescribir la historia, cuestionando "verdades" inmutables, reconstruyendo el pasado y modificando el ejercicio historiográfico al dar nuevas lecturas a las fuentes con que se trabaja. Para esta investigación, releer las relaciones entre hombres y mujeres populares implica reconocer también su devenir histórico y las prácticas de resistencia a los modelos sociales y culturales que "permiten la institucionalización de ciertas formas de dominación social que involucra a las personas desde su condición genérica" (p. 33).

En el caso de América Latina las identidades de género se relacionan partiendo de la base de considerar el choque cultural que produjo la conquista y colonización, como origen de donde nace el mestizaje como proceso sociocultural fundante del nuevo orden social. Las indígenas convertidas en objetos, dan paso a la mujer-madre-sola y al desarrollo del huacho, víctima del padre ausente. El mito mariano redime la violación inicial caracterizando a las mujeres en la abnegación y la sumisión. Los hombres latinoamericanos, en tanto, se construyen en la ausencia de patrones masculinos, víctimas de un padre ausente y de la imagen de una madre fuerte y siempre presente.

Al abordar el contexto histórico por donde transitaron los sujetos populares, vemos que hasta mediados del siglo XIX habían gestado un proceso de campesinización (según lo planteado por Gabriel Salazar), por lo cual "muchos campesinos con sus familias lograron convertirse en propietarios de tierra de mediana y pequeña extensión, fueron labradores y como tales desarrollaron empresas productivas" (p. 39), ocuparon tierras, las arrendaron al Fisco o a los hacendados. Quienes no se desarrollaron como labradores o inquilinos se constituyeron en una masa peonal flotante trabajando de forma temporal. Pero el proceso de modernización capitalista necesitaba de una nueva mano de obra, más afín con la sujeción a la faena, el cumplimiento de jornadas laborales y el abandono de proyectos de autonomía empresarial. La elite capitalista persiguió desde entonces la proletarización de las masas populares.

La característica principal de la proletarización consistió básicamente en el disciplinamiento de la mano de obra, confrontándose la experiencia histórica de los sujetos populares con las nuevas formas serviles de relacionarse con el capital. Se recurrió entonces a limitar el libre tránsito, a la utilización de papeletas de enganche, a los azotes y "a la obligatoriedad de dormir con vigilancia constante en las mismas faenas" (p. 47). Frente a la evidente represión el peón se hizo rebelde y el alcohol, la prostitución, el robo y el crimen fueron parte de sus características.

En un análisis particular, mujeres y hombres populares vivieron este proceso diferenciadamente. Las mujeres populares, luego del proceso de campesinización, se instalan en ranchos en los bordes de las ciudades, realizando labores de subsistencia, cultivando huertos y desarrollando trabajos artesanales. Cuando, apelando a su calidad de madres solas con varios hijos, lograron que las autoridades le entregaran un sitio dentro de la ciudad, se dedican a una gran diversidad de oficios: son cigarreras, sombrereras, costureras, lavanderas, comerciantes callejeras, etc. Siendo la calle un lugar frecuentado con naturalidad por las mujeres populares. Los varones, en tanto, desarrollaron como constante un proceso de trashumancia, que representaba espacios de autonomía e independencia fundamentales en la constitución de su identidad. El llamado "vagabundo mal entretenido" que se identificó histórica y simbólicamente con el "huacho", fue el centro de la identidad masculina, dispuestos a realizar cualquier oficio eran calificados sencillamente como "peones-gañanes". En la vida cotidiana no establecían relaciones familiares permanentes, ni se sujetaban a espacios sociolaborales determinados. ¿Cómo se relacionaron entonces mujeres y hombres populares? Teniendo por una parte que la estructura socioeconómica no facilitaba las uniones permanentes e identitariamente ambos sujetos están marcados por su autonomía, lógicamente no desarrollan pautas de comportamiento de una familia tradicional, sino más bien, poseen relaciones de pareja en donde la flexibilidad y la libertad son una condición fundante.

Sobre las consecuencias de esta dicotomía (modernización capitalista vs. historicidad de los sujetos populares) surge a fines del siglo XIX y comienzos del XX lo que se denominó la "cuestión social", al hacerse evidente el hacinamiento, la insalubridad, la mortalidad infantil o la delincuencia en que vivía el pueblo. La principal característica de esta situación eran los "conventillos", que eran pésimas construcciones destinadas a la habitación popular, con problemas constantes para la provisión de agua y la extracción de basuras, en donde se vivía en condiciones de hacinamiento. Ante esta situación la elite (recordando la huelga de trabajadores de 1890) se preocupó en buscar soluciones a los problemas más concretos, para mantener "el sistema social que había logrado estabilizar durante el siglo XIX" (p. 87). Esta crisis generalizada se explicaba debido a la conducta de las clases populares, por su ignorancia, corrupción y vicios. Volviéndose esta situación propicia para la introducción "de ideologías extranjeras, las cuales pretendían socavar los pilares de la sociedad chilena" (p. 93). La respuesta de la elite se focalizó desde la caridad cristiana y la filantropía, preocupados de contener la conciencia obrera que ya se gestaba desde el socialismo y el anarquismo.

La principal explicación de la "cuestión social" se concentró particularmente en la "ausencia de modelos familiares que sustentaran prácticas cotidianas moralizadoras y reproductoras de un cierto orden social" (p. 109) y en ella la familia tradicional tenía un papel fundamental. Caracterizada por ser patriarcal, a cargo del padre como jefe de familia, siendo subordinados a él la esposa-madre (vista como mujer virtuosa) y los hijos e hijas. A pesar que en la práctica haya sido de difícil imposición, discursivamente se mantuvo como modelo para la "regeneración del pueblo". La familia popular, incapaz de mantenerse con las condiciones materiales que la relación con el capital les entregaba, no había desarrollado vínculos familiares estables, siendo la regla general la existencia de familias compuestas de mujeres y niños/as, esposos alcohólicos o ausentes, amantes inestables y la llegada de hijos e hijas indiscriminadamente.

La forma de disciplinar estas relaciones fue construyendo el discurso sobre la familia obrera, en donde las mujeres populares asumirían el rol de madres/dueñas de casa, opacando su independencia y exaltando la domesticidad, encerrándolas en lo privado. Bajo este discurso en los inicios del siglo XX se desarrollaron diversas políticas educativas y en los centros productivos se coercionó su imposición. A los hombres populares se les impuso, en cambio, la sedentarización como condición básica del control social y el acatamiento del modelo de padre-proveedor al mando de una familia.

En síntesis, obligando a hombres y mujeres populares al cumplimiento de roles de género ajenos a su experiencia histórica, se tensionaron al máximo las relaciones sociales y comenzó el desgarramiento paulatino de la historicidad de los sujetos populares.