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Atenea (Concepción)

versão On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.493 Concepción  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622006000100007 

 

Atenea N° 493 - Primer Sem. 2006: 151-166

ARTICULOS

Discurso y nación

José Manuel Rodríguez

* Magíster en Literaturas Hispánicas. Doctor© en Literatura Facultad de Humanidades y Arte, Universidad de Concepción, Concepción, Chile. E-mail: josemrodriguez@udec.cl


RESUMEN

La nación, el estado-nación, es una máquina que surge con fuerza en el siglo XIX. El ensayo que sigue propone una cierta calificación de los discursos que la refieren, entre los que distinguimos el perverso, el cómplice y el del encuentro. El primero corresponde a quienes defienden el carácter excluyente y exclusivo de la nación. El segundo es expresión de aquellos que ocultan, disfrazan ese accionar y el último es fruto de los que discuten la exclusión y proclaman la tolerancia y comunión con la alteridad. Operamos con esta última categoría mostrando la reflexión sobre el fenómeno nacional de Francisco Bilbao, Jorge Luis Borges y Fernando Savater. Junto a todo ello planteamos algunas consideraciones relativas a los efectos que ha producido la imposición de la nación sobre los cuerpos y la sociedad de los seres humanos.

Palabras claves: Filosofía, nación, discurso, alteridad.


ABSTRACT

Nation-state is a machine that emerges vigorously during the 19th century. This paper proposes a classification of the discourses that refer to it, namely, the perverse, the accomplice, and the encounter discourse. The first one refers to those who defend the excluding and exclusive character of the nation. The second one refers to those who conceal and disguise the perverse character. The third one refers to those who argue against exclusion and proclaim tolerance and communion with the other. We operate with the latter category, studying the thought about nation of Francisco Bilbao, Jorge Luis Borges, and Fernando Savater. We also offer some considerations about the effects that the imposition of the nation has on the bodies and societies of human beings.

Keywords: Philosophy, nation, discourse, “the other”.


Para Gilberto Triviños, autor notable

Intentamos un asedio a la nación, al Estado-Nación, invención del hombre sedentario que asigna un territorio y a los seres que lo pueblan, a una ficción. Ficción que posee un doble rostro, por un lado máquina de memoria y por el otro, máquina de olvido. Particularidad que la hace equiparable al concepto del esquizoanálisis double blind usado para indicar una situación de doble vínculo afectivo contradictorio que coloca al sujeto en una situación sin salida, en un encierro. Palabra que nos recuerda a un filósofo contemporáneo, Michel Foucault, quien trabajó fundamentalmente, sobre encierros, la cárcel, el hospital y la escuela, en un intento de acotar la reflexión a un mapa o diagrama y a las relaciones de fuerza dadas en ese diagrama, para así extraer y mostrar el sistema de pensamiento1  que lo sostiene. Creemos que por sus características la nación, producida por cierto sistema, también puede considerarse como un encierro. En la imagen vemos nómadas, gente libre, sojuzgados por aquél:

La caravana de las lágrimas (Robert Lindneux). La mirada del autor muestra la emigración forzada de los indios de Norteamérica, entre 1831 y 1835, desde el este de Estados Unidos al territorio indio, en Oklahoma. Muchos murieron durante esta larga y dura travesía. El nombre de la caravana proviene de las lágrimas que derramaban los obligados migrantes cuando enterraban a sus niños, muertos de inanición o frío, junto a la senda (Fuente: Microsoft® Encarta® Biblioteca de Consulta 2002. © 1993-2001).

A partir del cuadro de Lindneux y de los comentarios que lo preceden y acompañan, postulamos que la máquina nación no es más que otro valor, superestructura o forma molar creada por el hombre, la que, en última instancia, se marca sobre los cuerpos de los nacionales, pues sus súbditos matan por su nación, mueren por su nación, desfilan por su nación, bailan de acuerdo a la forma que indica el folklore de su nación. A nosotros nos interesa reflexionar sobre ella y mostrar los discursos que han producido los que la inauguran y los que la piensan.

Iniciaremos la discusión mirando la nación chilena. Máquina transparente, pues para muchos constituye una de las pocas cosas en las que se cree ciegamente. Dogma que no es susceptible de someter a la crítica o a la reflexión. Se ha llegado a pensar que el Himno Nacional es algo anterior a la historia y que representa a la pampa, a los inviernos y a las araucarias que cantan felices, entre campos bordados, su ser chileno.

¿Y qué significa ser chileno? No lo sabemos muy bien, pero sí podemos aventurar que parte de ese ser se fijó en siglo XIX. Portales aportó el orden y Bello, la gramática y el derecho2. Otros burgueses, por su lado, entablaron una guerra que engendró algunos mitos, entre ellos la valentía bélica de los nacidos en Chile. Esos mitos, hijos del dios Marte, mitos marcianos, están prefigurados por Ercilla en La araucana, texto que ha devenido gesta fundacional del país, contribuyendo a constituir la patria o alma de la nación y una zona importante del ser de los que la habitan amándola.

D. Portales A. Bello


A. de Ercilla

Respecto del uso dado al texto matriz se observa un problema, pues la lectura oficial que de él se hace es a todas luces parcial. Se amplifica la gesta y se olvida el degüello, se ensalza al héroe Lautaro y se olvida y destierra de la tierra a sus descendientes. Observamos claramente el doble cariz de la máquina nación dada la asimilación que hace del texto que la inventa.

Para pensar sobre una nación llamada Chile usaremos como herramienta los escritos de Francisco Bilbao, pensador sobre el cual ha operado la fase del olvido. Luego, amplificaremos la discusión hacia la máquina-nación en general en diálogo con textos de Jorge Luis Borges y Fernando Savater.

BILBAO Y LA NACION

Del solo título de un fascinante texto de Bilbao, El evangelio americano, arranca una crítica. Al plantear el texto como evangelio muestra la intención de substituir una síntesis cultural por otra... “Es a nombre de esos llamamientos espontáneos de los cuales se aferra la razón para formar la nueva síntesis...” (Bilbao, 1988: 4). Luego, su pensamiento respecto de la nación se expondrá, en el texto, dentro de una compleja reflexión teórica, ubicando como referente constante en su análisis nacional la función de la Iglesia en la síntesis que asedia3. Así en su evangelio discute, por ejemplo, los fundamentos del cristianismo. Parte por algunas alusiones irónicas, por ejemplo, el comentario a las prohibiciones sobre la carne instituidas por Moisés, nacidas, de acuerdo al pensador de Santiago, al calor de los desiertos. Por tanto, su aplicación a los fríos católicos cazadores del norte asoma extemporánea. También se explaya en la traición fundamental, la de Pablo a Cristo. Gesto que trajo como consecuencia la imposición de una casta sacerdotal sobre la igualdad... “Jesús fundó una democracia religiosa, Pablo una aristocracia eclesiástica...” (Bilbao, 1988: 9). Interesa anotar que Deleuze tiene una percepción similar sobre el accionar de aquel romano autoungido apóstol: “Cristo... que nos liberaría de la dominación de los sacerdotes y de toda la idea de culpa, de castigo, juicio, muerte y de lo que viene después de la muerte; este hombre de la buena nueva fue sobrepasado por el negro y tenebroso San Pablo” (Deleuze, 1995: 56).

 
F. Bilbao

Volviendo al objeto, antes que se disperse sobre el lenguaje, escribimos que Bilbao inicia su discusión nacional escribiendo sobre la España del medioevo. Sostiene que el poder en la península se apoyaba en un doble aparato de captura: La religión y el feudalismo, formas que, siglos más adelante, serán constitutivas de la nacionalidad. De su unión derivará la concepción dominante sobre la familia, la autoridad y la propiedad. Este tiempo interesa al autor, pues comprende que “nuestro pasado ha salido de la Edad Media de España...” (Bilbao, 1988: 15). Era en la que, anota, el Evangelio..., el feudalismo y el catolicismo reducen al bárbaro. El primero enseñorea la tierra; el segundo gracias a la pompa, al simbolismo, a sus mitos y a su poesía, llena los ojos del populacho. La consecuencia será la esclavitud y el sometimiento de los cuerpos a la concepción dominante: “la pasión de la joven debe acallarse, se la tiene arrodillada, se viste de negro, se debe mortificar la carne” (Bilbao, 1988: 15). Aparece la “síntesis católica.. la monarquía absoluta, la propiedad absoluta, la autorización absoluta del clero... la humillación del plebeyo, su falta de personalidad...” (Bilbao, 1988: 15). Tal síntesis, de acuerdo al pensador, reinará en Chile hasta la independencia. Desgraciadamente, continúa, tras la emancipación los revolucionarios se encontraron con “un peso entre las manos que no supieron dónde apoyarlo. La impotencia humana vuelve la vista al pasado y afirma el peso sagrado en la columna misma que se había derribado” (Bilbao, 1988: 19). En este punto fracasa la emancipación. Frente a ello Bilbao propone “la revolución, la mudanza violenta de la organización y la síntesis pasada para remplazarla con la síntesis vaga, pero verdadera que elabora la filosofía moderna” (Bilbao, 1988: 18) ¿Quién informa esta propuesta? Se funda, por un lado, en la filosofía de la época clásica, nombrando algunos de los pensadores que de ella admira: Rousseau, Voltaire, Descartes y, ocupando un lugar central, Hegel. Filósofos que confían ciegamente en el Estado-Nación como el lugar de la realización del hombre. Como ejemplo leemos un extracto sobre la reflexión nacional del teutón:

Sostiene (Hegel) que el sentimiento que un pueblo tiene de sí y de sus posesiones, instituciones, costumbres, pasado, etcétera, constituye una entidad: Es el Espíritu del pueblo. Se trata, agrega, de un espíritu determinado –y determinado por la historia–. Por eso el espíritu de un pueblo equivale a un individuo en el curso de la historia universal y por eso los espíritus de los diversos pueblos en el curso de la historia son los grados en la historia del universo, en la cual se realiza el Espíritu universal. Este espíritu universal aparece encarnado según las épocas en un pueblo determinado y hasta en un determinado individuo, que representa la conciencia del pueblo y de la época (Ferrater Mora, 1984: 1.044-1.045).

J. Rousseau
F. Hegel

Por aquí va un hilo de El evangelio americano, Bilbao, en el texto, mostraría que se considera a sí mismo como ese individuo que representa la conciencia del pueblo... “nosotros hablamos desde la altura de nuestro criterio revolucionario” (Bilbao, 1988: 21). Pareciera embargar la soberbia al autor, sin embargo su texto está cruzado de contradicciones, como en todo gran escritor, pues más adelante anota: “Nosotros, pobres diablos de buenas intenciones, haremos lo que podamos...” (Bilbao, 1988: 35).

Una contradicción más compleja se articula a partir de la zona en que acepta, comulga, con la ilustración y sus sucesores escribiendo “que se levante el siglo XVIII” (Bilbao, 1988: 57). Tal reverencia a la época clásica, a los que la piensan, provoca su confianza en la civilización y en el derecho de civilizar... “la conciencia del derecho libre, que da derecho a propagarlo para convertir en individuos libres a los que no lo son” (Bilbao, 1988: 34). Este derecho a civilizar que se arroga Occidente4, hoy lo sabemos, ha sido la fuente de la destrucción, el aniquilamiento de la diferencia y de los diferentes. La contradicción aparece, instalando al texto en el más allá, cuando Bilbao se refiere al otro como: “Mi semejante en cuanto otro templo, donde Dios ha colocado también la libertad” (Bilbao, 1988: 34). Esta maravillosa concepción implica el respeto absoluto a la alteridad, por tanto hace imposible la idea de “civilizar”. Idea que, precisamente, es la que ha traído varias desgracias a esa tierra que se ha llamado Chile5. Y la otredad de Chile, según Bilbao, es el mapuche. Así, cuando anuncia que el texto fundacional de Chile, La araucana, debe leerse en todas las escuelas, está proclamando el lugar central que el indio debiese ocupar en la nación:

Lautaro salvó al indómito Arauco, y Arauco aún puede levantarse por entre las razas esclavizadas de América y decir: “España yo te vencí; América, yo te vengué”. Esperemos que aún dirá: Fraternidad, seré tu brazo... y eres tú Chile, patria mía, quien debe llevar la palabra de la caridad, de la ciencia y de la redención a la tierra de Arauco (Bilbao, 1998: 299).

Se plasmará lo que venimos anotando respecto de la “contradicción” en Bilbao. Junto a la clara y hermosa reivindicación del pueblo mapuche se observa su confianza en “la quimera del espejismo ilustrado que lleva a creer en el poder de los libros, de las leyes, del amor al estudio, para producir modos de relación más justos entre chilenos y mapuches” (Triviños, 2001). Pero la civilización que propone es muy diferente a la que realmente llevó Chile a las tierras del sur. Recordemos que su texto anuncia la buena nueva:

¿Habrá otra Marsellesa? Y al hacerme esta pregunta me acordaba de mi querido Arauco. ¡Ah! Chile es mudo y taciturno. Para que dé una voz semejante a aquella, es indispensable despertar a su pueblo de tal manera que sepa dar su vida por esta luz: “Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu semejante como a ti mismo” (Bilbao, 1988: 306).

Chile fue a Arauco, pero no a llevar la buena nueva precisamente. Todo partió con un cáustico decreto, firmado por Manuel Montt, de 1852:

Establécese una nueva provincia con el nombre de Arauco que comprenderá en su demarcación los territorios indígenes situados al sur del río Bío-Bío y al norte de la provincia de Valdivia... las que a juicio del presidente de la república conviene al servicio público agregar (Ibacache, 2001: 13).

M. Montt

Esta sería la primera pinza, la jurídica, del aparato de captura del estado sobre la tierras mapuches. La otra pinza, el conjuro, empieza a operar a partir de la interrogante que plantea El Mercurio sobre “qué hacer con esos indios altivos, indomables, feroces, infiriéndonos ultraje sobre ultraje, sin que hayan comprendido jamás nuestra moderación, los esfuerzos constantes de nuestra caridad, los beneficios de la civilización que hemos tratado de inculcarles siempre”6, empieza a asomar las garras la máquina de guerra que posee esa máquina de exclusiones que es la nación, fantasma “que se construye a partir de las negaciones de las otredades de la propia Nación” (Triviños, 2001). La negación inicial, que más tarde produce el exterminio de la Araucanía, será la negación del pensamiento de Bilbao, como lo muestra el editorial citado. Luego, si la “negación del otro funda a la nación”, Chile se funda, filosóficamente, en la “borradura” del pensamiento del hombre que escribió El evangelio americano.

Y si hablamos de filosofía, viajemos hacia ella.

Si se sostiene que la nación “borra” al otro, se hace visible un efecto, de enunciado, inquietante, constitutivo del alma nacional que no envía a indagar en las secuelas y huellas que provoca “la supresión de la estructura del otro” (Deleuze, 1991: 305). Si aceptamos que “el otro es la estructura de condicionamiento de campo” (Deleuze, 1991: 317) significaría que él es quien hace posible la existencia de ese campo. Desarrollamos:

El otro es para nosotros un potente factor de distracción, no solamente porque nos molesta sin cesar y nos arrebata nuestro pensamiento intelectual, sino también porque la sola posibilidad de su advenimiento arroja un vago destello sobre un universo de objetos situados al margen de nuestra atención, pero capaz en todo instante de convertirse en su centro (Deleuze, 1991: 305).

Ahora, el otro en tanto referencia en acto o en potencia será con quien me7 encuentre cuando alcance la parte del objeto que no veo, pues para él es visible, en tanto habitante del campo que está al frente, lo que se ubica a mis espaldas o más bien todo aquello que queda fuera de mi radio. Por tanto, su presencia provoca la profundidad de campo, de la mirada. Luego, mi mirada significa lo mismo para el otro. Cruce que tiene por efecto, ya no la profundidad, sino que la posibilidad. Yo soy su extensión posible, él es la mía. Extensión en la cual ambos “se alinean y pacifican... el otro regula las transformaciones de la forma y el fondo... puebla el mundo con un rumor benévolo. Hace que las cosas se inclinen unas hacia las otras y encuentren complementos naturales” (Deleuze, 1991, 305).

Ahora entendemos la obsesión de El evangelio americano por los mapuches, los antiguos dueños del sur de Chile. Pues si el mapuche es el otro del chileno, representa entonces la posibilidad de la nación. Asunto que Bilbao comprende hace casi dos siglos: “El araucano es una raza que tiene porvenir. Arauco recibirá la Buena Nueva de la fraternidad apoyada en el respeto de la autonomía de las razas” (Bilbao, 1988: 151). Esta era la buena nueva, encontrarnos en “la fraternidad, inaugurando así el devenir de nuestros ‘complementos naturales’”8. Sin embargo, “Puro Chile” ha borrado constantemente a sus otros. Luego, ¿qué pasa cuando falta el otro en la estructura del mundo? Deleuze contesta. “Sólo reina la brutal oposición”. Pues el otro constituye “la realidad para discutir, invalidar o rectificar lo que creo” (Deleuze, 1991: 310). Ante su ausencia no hay discusión, se hace imposible la validación, porque todo ya está a priori validado y, por tanto, no hay nada que rectificar. Surge entonces “la estructura perversa, la que puede ser considerada como aquella que se opone a la estructura del otro y que la substituye” (Deleuze, 1991: 317). Pues, si pensamos en términos estructurales, el otro es una estructura y su negación significaría borrarla. Ausencia que provoca el desequilibrio general en el sistema. Por ello es necesario instalar otra estructura, una substituta, donde

los otros reales ya no pueden desempeñar el papel de la estructura desaparecida y sí, solamente en la segunda, el papel de cuerpos víctimas (en el sentido que el perverso atribuye a los cuerpos)... el mundo sin otro es un mundo perverso... toda perversión es un otricidio (Deleuze, 1991: 318).

El otricidio de Arauco, el perverso Exterminio de la Araucanía (Pacificación de la Araucanía, se llama esa campaña de tortura y muerte en los libros oficiales) es un momento inaugural de la nación. De ahí que se pueda afirmar que Chile se funda en la perversión9. Perversión donde los otros desempeñan el papel de “cuerpos víctimas” susceptibles de ser masacrados en un perfecto holocausto. Masacre civilizada que se hace letra en el editorial de El Mercurio citado y continúa con los debates parlamentarios de 1868 donde “todos están de acuerdo en la ocupación del territorio mapuche” (Triviños, 2001). Ese acuerdo se funda en la condición, la convicción, de raza inferior, salvaje, del pueblo araucano. Inferior, por supuesto, a la nación chilena, la que, de acuerdo a Vicente Pérez Rosales, es una verdadera fracción europea a 4.000 leguas de distancia en el otro hemisferio. En este punto se debe señalar el papel central que juega la historiografía de Barros Arana y Crescente Errázuriz, por ejemplo, quienes “contribuyeron, en no poca medida, a ratificar la imagen tan negativa que se forma la intelectualidad, la clase política y la elite chilena del mapuche en el siglo XIX” (Pinto, 2000: 147). El discurso de estos prohombres de Chile no sería otra cosa que el discurso de la perversión que posibilita la eliminación del otro, crimen autorizado por su mera existencia. El lugar del otro para Occidente, como algunos han observado, es el epicentro de un doble terror: El que provoca el otro por el mero hecho de existir; el que ejerce el uno para eliminarlo.

D. Barros Arana
C. Errázuriz

Ahora, esto no termina aquí, pues el holocausto mapuche ha sido cuidadosamente obscurecido, silenciado, sigilosamente guardado, substituido, en última instancia, por el que llamaremos discurso cómplice. Verbalización donde “se disfraza la violencia de los pacificadores con sobreabundancia de bellos ejemplos” (Triviños, 2001). Este discurso encuentra su epígono en Villalobos. Historiador que escribe que los militares del ejército de ocupación se reunían a conversar amistosamente con los naturales. Un ejemplo de estos amigables diálogos es el siguiente: El Jefe de Plaza de Arauco, llegado allí por la conveniencia decretada por Montt, invitó a cien caciques y sus conas (guerreros) a parlamentar. Terminado el diálogo se sirvió la cena acompañada de abundantes licores. Sacando ventaja de los efectos provocados por éstos, los mapuches fueron “asesinados a cuchillo para evitar el desperdicio de municiones”10  (Ibacache, 2003: 29).

Más allá de las dos formas de discurso anotadas, el perverso y el cómplice, se encuentran Bilbao y sus herederos, quienes muestran que “la hermosa historia de la conquista de Arauco es sólo la historia negra de un exterminio” (Triviños, 2001). La afirmación representa un intento esencial por develar el trato dado a los mapuches. Acción a la que asignamos, en este contexto, un afán trinitario: mostrar la perversión, denunciar la complicidad e inaugurar el devenir censurado. Devenir que anuncia la poesía en el momento en que Leonel Lienlaf exclama “se ha levantado el ave de mi corazón” y Raúl Zurita le responde “se ha levantado el ave de tu corazón”. El cruce de estas palabras puebla a Chile de un rumor benévolo.

L. Lienlaf

Arauco es una raza que tiene porvenir, sostiene Bilbao. Chile es una nación que no tendrá porvenir mientras no reconozca ese hecho esencial que nos anuncia la buena nueva, el discurso del encuentro.

Veremos ahora a otros autores que asimilamos a esta modalidad discursiva en sus escritos sobre un espectro llamado Nación.

BORGES Y LA NACION

El patriotismo es la menos
perspicaz de las pasiones
Borges

 

 

Jorge Luis Borges no se identifica con el Estado-Nación. Aforismos como el de Hegel “El estado es la realización de la idea moral” (Borges, 1987: 36) le parecen “bromas siniestras”11. Con humor, cita a Plutarco, quien se burlaba de aquellos que declaran que la “la luna de Atenas es mejor que la luna de Corintio” (Borges, 1987: 36). Sostiene que el estado (la nación) es “una inconcebible abstracción” (Borges, 1987: 36). Dicha abstracción, en el caso argentino, se funda, en muchos sentidos, en el Martín Fierro. Texto sobre el que opera la máquina de memoria y de olvidos, constituyendo a Fierro en la imagen de la nación. Borges, de acuerdo a Sarlo, anuncia los olvidos:

El lo señaló muchas veces: Martín Fierro no era precisamente un hombre lleno de virtudes, sino un desertor... provocador de duelos sin motivo y habitante de las tolderías indias cuando debió huir de la justicia... (Sarlo, 1995: 86).

Estamos en presencia del asedio a una abstracción, a la nación, pues los mitos fundacionales forman su alma a través de un discurso ficcional. Esta idea de la construcción discursiva de la máquina nación ha sido tratada in extenso por la teoría. La narración histórica12, sostiene Hayden White, transcodifica los acontecimientos reales del puro anal o de la mera crónica al terreno de las ficciones literarias.

J.L. Borges
 

Volviendo a la propuesta borgeana pensemos en Tlön13, planeta en el cual “juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica” (Borges, 1987: 240). Recordamos, ahora, a la nación como esa “inconcebible abstracción”, es decir, lugar metafísico y comprobamos lo anunciado respecto de la percepción de Borges sobre el sustento del artilugio nacional en una ficción que considera, además, impúdica. Así lo afirma en el momento en que comentando la pasión nacional por las jornadas históricas sostiene que “una de las tareas de los gobiernos ha sido fabricarlas o simularlas con acopio de previa propaganda y persistente publicidad. Tales jornadas, en que se advierte el influjo de Cecil B. de Mille, tienen menos relación con la historia que con el periodismo” (Borges, 1987: 133). Interesantísima la propuesta del, ilustre, vecino de Buenos Aires. La ficción histórica es construida como esas impúdicas películas de Hollywood. Impúdicas porque están basadas en el mero sensacionalismo, en la seducción de las masas por lo espectacular, lo sensiblero y el lugar común. Valga una digresión: en un estudio preliminar de la Poética del inefable Aristóteles, Antonio García Yabrá recuerda que en Roma no tenía mucho éxito el teatro griego, pues la clase alta extrañaba cortinajes fastuosos y el pueblo pedía a gritos pugilatos de osos amaestrados. No se le quita lo romano a Occidente, dadle a un pueblo un gran guerrero, un triunfo imposible, una derrota heroica y os faltará muy poco para conjurar una nación. Ese poco es el otro, el enemigo a destruir.

Frente a la historia impúdica, Borges inserta “El pudor de la historia”, lugar que recuerda hechos cruciales, pero que sus fechas esenciales “pueden permanecer largo tiempo secretas” (Borges, 1987: 132). De estos hechos cita uno fundamental, un instante de máximo reconocimiento del otro, cual es aquel donde un vencido islandés perpetúa las palabras del sajón que lo derrotó...

No el día que el sajón dijo sus palabras, sino aquel en que un enemigo las perpetuó marca una fecha histórica de algo que aún está en el futuro. Una fecha profética: El olvido de sangres y naciones, la solidaridad del género humano (Borges, 1987: 137).

El escritor anuncia una profecía, la buena nueva de la solidaridad del género humano. Encontramos la conexión entre Borges y Bilbao, el profeta de El evangelio americano que reconoce en el otro un templo, un hermano.

Desgraciadamente, sus profecías no han cristalizado, hasta hoy no se han cumplido. Bilbao no llegó a ver el exterminio de aquellos que proclamó como sus hermanos los indios. Borges alcanzó a vivir para ver el camino del hombre moderno. La primera edición del texto que hemos citado es de 1951. Veinte años más tarde, ya desengañado, escribió sobre el futuro posible de Occidente en El informe de Brodie, misionero que en un viaje arribó al país de los yahoos, las mismas bestias inmundas y muy semejantes a los animales humanos que fueron soñadas por Swift en Los viajes de Gulliver. Brodie, en su discusión sobre la lengua de aquellos seres, sostiene:

La virtud intelectual, la capacidad de abstraer que semejante idioma postula, me sugiere que los yahoos, pese a su barbarie, no son una nación primitiva sino que degenerada (Borges, 1987: 1.078).

J. Swift

Nótese “la capacidad de abstracción” que tiene la lengua de los yahoos. Capacidad que provoca que posean instituciones14 y que su sociedad se organice de acuerdo a una serie que se enuncia así:

Gozan de un rey, manejan un lenguaje basado en conceptos genéricos, creen como los hebreos y los griegos en la raíz divina de la poesía y adivinan que el alma sobrevive a la muerte del cuerpo. Afirman la verdad de los castigos y las recompensas (Borges, 1987: 1.078).

Vemos que están dotados de una lengua que hace posible toda ficcionalización sobre la realidad y que configuran una nación que adolece de las mismas fallas que las nuestras. Además tienen un gobierno, crearon un Dios y confían en la ley sacerdotal que los vigila para castigar o premiar. Encontramos una nueva conexión entre Borges y Bilbao: El reconocimiento del factor dios15 como padre de lo injusto.

Ahora, una apuesta: los yahoos han llegado a la condición descrita porque excluyeron a su otro, cualquiera que fuese. Por tanto el discurso dominante en su patria fue el de la perversión. Negados a la posibilidad, al “devenir”, autocondenados a la repetición de lo uno y de lo mismo se fueron degradando poco a poco, tal como nuestra sociedad se pervierte16  día a día un poco más. De ahí que los yahoos “representan en suma la cultura, tal como la representa Europa, pese a sus múltiples pecados” (Borges, 1987: 1.036). Múltiples pecados, de los que Borges muestra uno en particular en un relato perfecto: Deutsches Réquiem. Allí el protagonista “descubre que, en un más allá de los sueños sociales, la verdad del orden social se encuentra en la reiteración infinita de la violencia” (Sarlo, 1995: 193): “El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo que es la fe de Jesús: Nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada...” (Borges, 1987: 755). Este será el legado de la Alemania nazi... “Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque?” (Borges, 1987: 757). Por tanto, de aquí en adelante, siempre el uno será martillo y el otro será yunque. Luego, está abierto el camino a la negación estructural del otro, el camino de la perversión. Cambió la buena nueva. El fracaso de la modernidad, que Borges, y también la posmodernidad, ubica en los campos de exterminio, nos muestra un futuro incierto, donde la negación estructural del otro será siempre posible. En este punto, una discusión, pues se ha observado, con rigor, que la modernidad fracasó mucho antes de Belzec: “fracasó en el holocausto olvidado del siglo XIX: en Arauco, en Guyana, en el Oeste, en la Patagonia” (Triviños, 2001). Agregamos que la modernidad no fracasó, simplemente se desenmascaró en su transcurso el accionar de Occidente, colectivo imperial que desde sus inciertos orígenes hasta la actualidad se esfuerza en eliminar toda expresión de alteridad. Una reflexión seria, relacionada con tal esmero, es la planteada por Triviños cuando enseña que el otro es irreductible, que a pesar de todos lo intentos por eliminarlo, sigue presente. De ahí, agregamos, que la perversión acompaña el decurso de las naciones, pues la emergencia tenaz de la alteridad hace de la voluntad de su exterminio una constante.Y en aquel viaje mortal, una de sus víctimas han sido los indios. Desdichado blanco de las jóvenes naciones del siglo XIX.

Surge Bilbao, pues para él Arauco representa la posibilidad de la nación. Las naciones de Occidente, al eliminar sistemáticamente a sus otros, van quedando poco a poco sin posibilidad, con la excepción exquisita del yahoo.

Masacre de Wounded Knee. La fotografía muestra los estragos causados en diciembre de 1890 en Wounded Knee, cuando el Ejército estadounidense disparó y asesinó a decenas de indios siux, entre los que se encontraban niños, mujeres y hombres desarmados (Fuente: Microsoft® Encarta® Biblioteca de Consulta 2002. ©1993-2001).

SAVATER Y LA NACION

El texto que leemos se titula Contra las patrias (Savater, 1996). Creemos que de la lectura del título ya se sabe para dónde va Savater. Observa, por ejemplo, que a los nacionalistas “no les basta con llegar a ser: Para ser del todo hay que ser mejor que los otros, contra los otros, por encima de los otros”. (Savater, 1996: 102). Aquí destaca un sema central, constitutivo, de la nación: su concepción del otro como enemigo a vencer, como competidor a superar. Constatamos que Savater se ubica en el mismo lugar que Bilbao y Borges. Luego, sostiene que la constitución contra otros engendra el concepto de “Nación en armas”, el que tiene como consecuencia directa la militarización. De ahí que el ejército “llega a ser una personificación de la idea de nación” (Savater, 1996: 46). Surge la nación como máquina generadora de lealtades hasta la muerte... “Sin batallas, sin caídos, sin banderas ensangrentadas, sin modestos y obtusos y generosos prójimos que dieran la vida por sus jefes, el patriotismo se convertiría en algo aburridamente razonable” (Savater, 1996: 47). El militarismo será la consecuencia directa de la trinidad: “Nación, Patria y Pueblo: Ejército” (Savater, 1996: 51). Luego, el nacionalismo durará cuanto dure el estado “militarmente vertebrado al que sirve de ideología y coartada” (Savater, 1996: 51). Frente a esta militarización de la sociedad, el filósofo ubica a Nietzsche, especialmente el lugar en que éste escribe: “Llegará un día grandioso en que un pueblo levantará su voz libremente: Rompamos nuestra espada, destruyendo así su organización militar hasta sus fundamentos” (Savater, 1996: 48). Bilbao, antes de Nietzsche, escribe:

La muerte es un campo de batalla donde la ciencia y el amor acuden sin cesar para sentir las palpitaciones de la agonía... ¿Quién detendrá el sol sobre ella para fijar la última y definitiva victoria? Unicamente el heroísmo” (Bilbao, 1988: 301).

Este es el verdadero heroísmo, escriben tres filósofos del encuentro: detener la batalla, romper las armas de los ejércitos, fundar el lugar de la fraternidad.

F. Savater
 

Ese lugar para ser construido, al menos en parte, requiere de la reflexión sobre la nación. Mas su criado, el pueblo, sistemáticamente adiestrado en el amor a la patria, los poderes perversos17  y el discurso cómplice, impiden toda discusión. Savater al respecto sostiene:

La patria hay que sentirla, quien la discute no es bien nacido, su unidad es sagrada, etc. Son todas declaraciones rotundas destinadas a cerrar el paso a cualquier reflexión sobre la realidad... (Savater, 1996: 48).

Realidad a la que se enfrentó, hace ciento cincuenta años, Francisco Bilbao en un intento valiente de asumir la sentencia:

Yo prefiero ser ciudadano de un país democrático, con leyes discutidas y popularmente aceptadas... que afiliarme a cualquier patria, a cualquier independencia que me someta a la dictadura de los más cercanos, a la prehistoria de mis conciudadanos (Savater, 1996: 162).

Este último párrafo muestra, en forma ejemplar, de qué se quería liberar Bilbao, de qué se quiere liberar Savater, y también de lo que nos quieren liberar. Sacudirnos del mito del origen, del vivir a amarrados a un principio molar, excluyente y exclusivo, cristalizado en una máquina llamada nación. La que simplemente es una invención discursiva, una ficción construida sobre el lenguaje que nos marca sobre el cuerpo el nombre de sólo una nación y nos insta a excluir, muchas veces a odiar, otras similares ficciones, las otras naciones.

La literatura, como se habrá notado, usa procedimientos más económicos que los nuestros para tratar los anteriores asuntos:

¿Eres chileno Pedro el Chuico? No sé patrón. Nací por aquí, pero ahora estoy tan borracho (Rojas, 1972).

NOTAS

1 Sistema que acontece gracias a una formulación enunciativa. El concepto filosófico de enunciado es muy complejo, creemos que una aproximación sería considerarlo como una formulación original sobre el lenguaje que se plasma en una frase, no necesariamente inteligible, que determina un diagrama o un estrato (generalmente histórico). La determinación puede darse sobre un área o sobre el total del estrato. Véase: Deleuze, 1987: 32 y ss.

2 Seguimos aquí a Jaime Concha, en “Bello y su gestión superestructural en Chile”. Mapocho 47. Santiago. 1997.

3 Síntesis en términos hegelianos. Hoy diríamos sistema de pensamiento.

4 Deberíamos escribir en lugar de Occidente: sociedades sedentarias. Pues naciones de otras regiones trabajan en un sentido muy similar a las occidentales. Una diferencia real no es, por ejemplo, Occidente-Oriente sino sedentarios y nómadas. Estos no desean pertenecer a un Estado-Nación. Es más, como observan Deleuze y Guattari (1996), conjuran su aparición.

5 Entre sus efectos: La pacificación de la Araucanía y el pinochetazo. “Pronunciamiento” que, según la derecha fascista, salvó a la nación de las hordas marxistas, es decir, de los incivilizados.

6 El Mercurio, “Editorial del 7 de junio de 1859”. En: Triviños (2001).

7 Cambiamos nuestro discurso a primera persona a fin de facilitar(nos) la exposición sobre el asunto.

8 A propósito de “naturales”. Otra arista del pensamiento del Bilbao es su profundo amor y respeto por la belleza de la naturaleza americana, desgraciadamente como él mismo observa, “nada de eso ve el europeo”.

9 No exageramos en atribuir un carácter perverso a la nación, no somos los únicos en pensar así. Al ejemplo citamos: “El monstruoso error de lo que somos como individuos y como pueblos” (Julio Cortázar). “En lo que llamamos Estados Modernos nuestras sociedades se nos muestran verdaderamente demoníacas” (Michel Foucault).

10 Comentamos que esta “batalla” se inscribe en el uso perverso del recurso del diálogo que hicieron durante toda la campaña los invasores. Sabemos que para los mapuches el parlamento con el otro es una ancestral costumbre que permite resolver diferencias. De ahí que durante toda la guerra de exterminio y a pesar de ella, los indios aceptasen a reunirse en parlamento con los chilenos.

11 En cambio, Bilbao, lector de Hegel, considera que “la América constituyéndose en repúblicas es el más grande fenómeno moral que conocemos...” (Bilbao, 1988, 192). Esto se debe leer en el contexto histórico, Francisco Bilbao, para pensar, debe informarse en la época, Hegel era un pensador de avanzada y aquél no contaba con los elementos teóricos para subvertir el pensamiento de éste. Insistimos, también en otro hecho radical: Bilbao reflexiona antes de Nietzsche, padrino de la transgresión filosófica. Pese a lo anterior, como hemos mostrado, el autor de El evangelio... casi siempre es capaz de ir más allá, de alcanzar la transgresión.

12 Narración que en su rama “oficial”, como la llama Abel Posse, informa a la nación.

13 Hablamos del planeta configurado sobre el lenguaje por un cuento titulado “Tlön Üqbar Orbis Tertius”.

14 La institución es por esencia una abstracción. La teoría sobre ella enuncia que se trata de una persona distinta de las personas que la componen.

15 Factor dios, como lo llama María Nieves Alonso, significa el uso de la idea de un Dios como pretexto para controlar férreamente una sociedad dada.

16 Usamos el término en el sentido dado en este trabajo.

17 El poder en sí no es perverso, simplemente es. Al hablar de poderes perversos nos referimos a la forma en que lo ejercen aquellos que lo han capturado y en atención a sus “altas” funciones defienden la nación por sobre todas las palabras, por sobre todas las cosas y contra todas las palabras, contra todas las cosas.

REFERENCIAS

Bilbao, Francisco. 1988. El evangelio americano. Caracas: Biblioteca Ayacucho.         [ Links ]

Borges, Jorge Luis. 1987. Obras completas, Tomo II. Buenos Aires: Losada.         [ Links ]

Concha, Jaime. 1997. “Bello y su gestión superestructural en Chile”. Mapocho 47. Santiago.         [ Links ]

Deleuze, Gilles. 1987. Foucault. Barcelona: Paidós.         [ Links ]

_____. 1991. Lógica del sentido. Barcelona: Paidós.         [ Links ]

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Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. 1996. Mil mesetas. Barcelona: Pretextos.         [ Links ]

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Ibacache, Juan Carlos. 2003. Laraquete... portal a la historia de Arauco. Concepción, Chile: Icaro.        [ Links ]

Pinto, Jorge. 2000. Modernización, inmigración y mundo indígena. Chile y la Araucanía en el siglo XIX. Temuco, Chile: Ediciones Universidad de la Frontera.        [ Links ]

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Sarlo, Beatriz. 1995. Borges, un escritor en las orillas. Buenos Aires: Ariel.         [ Links ]

Savater, Fernando. 1996. Contra las patrias. Barcelona: Tusquets.         [ Links ]

Triviños, Gilberto. 2001. “Hordas salvajes y felices conquistas en la literatura chilena republicana”. Inédito.        [ Links ]

Villalobos, Sergio y Finsterbuch, Marta. 1991. Introducción de la historia de mi país. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.        [ Links ]

Recibido: 05.04.2006.   Aceptado: 12.06.2006.

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