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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.492 Concepción  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622005000200005 

 

Atenea Nº 492 – Segundo Sem. 2005: 69-120

ARTICULOS

 

El pensamiento de los ensayistas y cientistas sociales en los largos años 60 en Chile (1958-1973). Los herederos de Francisco A. Encina*

 

Javier Pinedo

Doctor en Literatura. Director del Instituto de Estudios Humanísticos Juan Ignacio Molina, de la Universidad de Talca, Chile. jpinedo@utalca.cl


RESUMEN

En el artículo se analiza la obra de un grupo de intelectuales chilenos de los años 60 (Aníbal Pinto, Horacio Serrano, Hernán Díaz Arrieta, Ariel Peralta, Guillermo Feliú Cruz, Raúl Silva Castro, Luis Oyarzún, Hernán Godoy), todos los cuales centran su pensamiento en torno a ciertos temas reiterados: vivir en una sociedad en crisis, la presencia de la pobreza y el subdesarrollo, y la necesidad de superarlos, los acelerados cambios sociales y culturales que experimentaba la sociedad chilena. Estos pensadores para enfrentar esos temas recurren a la matriz de pensamiento de Francisco A. Encina, quien postuló un proyecto de país basado en un nacionalismo inspirado en Diego Portales y los gobiernos conservadores del siglo XIX, en una mayor participación del Estado en la protección de las empresas nacionales, con una imagen de Chile como un país superior y diferente en América Latina. Encina postuló, además, una negativa visión del chileno popular, y la necesidad de realizar reformas educacionales que crearan virtudes empresariales que contribuyeran a suplir los defectos “raciales” (heredados del militarismo hispano y de la indolencia mapuche) y la incapacidad para enfrentar la modernidad. Francisco A. Encina se convirtió en un guía para muchos pensadores, quienes adoptan todo o parte de su proyecto. Otro sector de la intelectualidad de los 60 se opuso al modelo de Encina, el que veremos en una segunda parte de este trabajo.

Palabras claves: Pensamiento chileno, años 60, Francisco Antonio Encina, nacionalismo, identidad nacional.

ABSTRACT

This article analyzes the work of a group of Chilean intellectuals of the 1960’s (Aníbal Pinto, Haracio Serrano, Hernán Díaz Arrieta, Ariel Peralta, Guillermo Feliú Cruz, Raúl Silva Castro, Luis Oyarzún, Hernán Godoy), all of whom center their thought around certain reiterative themes: to live in a society in crisis, the presence of poverty and underdevelopment and the need to overcome them, and the accelerated social and cultural changes that Chilean society was undergoing. To deal with these themes, these thinkers turn to the matrix of thought of Francisco A. Encina, who proposed a project for the country based on a nationalism inspired by Diego Portales and the conservative governments of the nineteenth century, in a greater participation of the State in the protection of national industries, in an image of Chile as a country that is superior and different in Latin America.  Furthermore, Encina proposed a negative vision of Chilean popular culture, and the necessity to realize educational reforms in the creation of entrepreneurial virtues that would contribute to remedy “racial” defects (inherited from Spanish militarism and Mapuche indolence) and the incapacity to face modernity.  Francisco A. Encina became a guide for many thinkers who adopted all or part of his project.  Another sector of intellectuals from the 1960’s, studied in the second part of this paper, opposed Encina’s model.

Keywords: Chilean thought, the sixties, Francisco Antonio Encina, nationalism, national identity.


INTRODUCCION

En la lectura de un grupo de ensayistas y cientistas sociales chilenos de los años 60 sorprende la presencia e inspiración de los miembros de la llamada Generación del Centenario y especialmente de Francisco A. Encina. Me propongo analizar esa presencia que se debe a la idea común de que Chile vivía una crisis social y moral. A partir de este diagnóstico construirán –tanto en 1910 como en 1960– un programa similar para resolver los problemas del país, desde lo que podemos denominar como la adopción de la matriz del centenario. Me parece que las referencias a esa generación, y particularmente a Encina, puede ser un hilo conductor para comprender una parte del pensamiento de los ’60.

F.A. Encina

Nuestra investigación se basa en los ensayos que se publicaron entre 1958 y 1973, período al que denomino como “los largos años 60”. En 1958 se constituyó el Frente Popular, que marcará una parte importante de la política de la década, y un año más tarde, en 1959, triunfa la revolución cubana confirmando el afán de cambio social popular. En 1973, el golpe de Estado del general Pinochet pondrá fin a la Unidad Popular y a la década. Entre ambas fechas existen, en mi opinión, los años ’60 chilenos.

Frente al tema de la crisis, no todos los ensayistas de los años ’60 reaccionaron de igual manera y al menos se pueden distinguir dos salidas: aquellos que asumen el proyecto de país creado por Francisco A. Encina, que se constituye en una propuesta de modernización económica, nacionalista, burguesa, antiliberal y antioligárquica. Y los que hacen suyo el proyecto creado por Luis Emilio Recabarren, de carácter internacionalista, antiburguesa y que busca un cambio popular radical.

Entre los primeros debemos incluir, y más allá de sus tendencias ideológicas, a: Aníbal Pinto, Horacio Serrano, Hernán Díaz Arrieta, Ariel Peralta, Guillermo Feliú Cruz, Raúl Silva Castro, Luis Oyarzún, Hernán Godoy y algunos otros. Es decir, un amplio número de autores que, desde posiciones contrapuestas, hicieron suyo el pensamiento de Francisco Antonio Encina, y particularmente el expresado en su libro Nuestra inferioridad económica. Sus causas, sus consecuencias (1912).

Entre los que se opusieron al programa de Encina debemos mencionar a: Felipe Herrera, Alfonso Calderón, Ricardo Donoso y Hernán Ramírez Necochea; y en una línea distinta, aunque igualmente opositora, Mario Góngora. Y todavía hay pensadores que se mantienen al medio: aplauden y critican: Jaime Eyzaguirre, Benjamín Subercaseaux, Jorge Teillier, Julio César Jobet, Volodia Teitelboim.

A. Calderón

R. Donoso

J. Eyzaguirre

V. Teitelboim

Estos pensadores se constituyen en una paradoja, pues si las ideas de Encina impactaron sobre todo a los conservadores (Alberto Edwards, Jaime Eyzaguirre, la revista Dilemas, Hernán Díaz Arrieta, etc.), terminaron por abarcar a representantes de un amplio espectro político, incluidos algunos sectores de la izquierda. De igual manera, si entre los opositores a Encina se observa sobre todo a representantes de la izquierda, esto no impide que se hayan opuesto a su programa importantes representantes del pensamiento conservador, como Mario Góngora y Jaime Eyzaguirre, al menos en sus últimas obras, quienes expresaron sus sospechas frente al proyecto modernizador, en general, como al proyecto de Encina, en particular, afirmándose en una identidad popular, católica, barroca y tradicional.

Todavía, aquellos otros que postularon una tercera vía entre ambas: un proyecto modernizador, no necesariamente nacionalista, liberal y democrático burgués. Entre éstos se encuentran Eduardo Frei, Jorge Ahumada, Sunkel y en parte Aníbal Pinto, y otros miembros de izquierda y de derecha.

Debido a la gran cantidad de textos en estudio he decidido dividir este trabajo en dos partes. En el presente artículo expondré sólo el pensamiento de aquellos que acogieron el proyecto de Encina. En un segundo trabajo analizaré a los pensadores que presentan críticas a ese proyecto de país. Creo que entre ambos proyectos se puede estudiar con solidez el pensamiento chileno del siglo XX.

LA MATRIZ INTELECTUAL DEL CENTENARIO

La Generación del Centenario la integran un grupo de pensadores de diversas orientaciones ideológicas e incluso de edades diversas1 que, en medio de las celebraciones, realizaron una fuerte crítica al “estado moral” de la nación. Entre estos pensadores se debe mencionar a: Enrique Mac Iver (1845-1922), Nicolás Palacios (1854-1911), Enrique Molina, (1871-1964), Alejandro Venegas (1870-1922), Francisco A. Encina (1874-1965), Luis E. Recabarren (1876-1924), Tancredo Pinochet (1880-1957), y algunos otros, quienes establecieron un negativo balance del país, señalando que Chile fue más importante durante el siglo XIX, que en su propio presente, al cumplirse 100 años de independencia.

E. Mac Iver

E. Molina

A. Venegas

L.E. Recabarren

F.A. Encina

El pensamiento de estos autores se puede sintetizar en dos ideas básicas: la crisis moral y la pobreza económica. Por ejemplo, Enrique Mac Iver escribe:

Voy a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos; pues yo creo que ella existe y en mayor grado y con caracteres más perniciosos para el progreso de Chile que la dura y prolongada crisis económica que todos palpan.

Y luego su famosa frase que tantas interpretaciones ha tenido:

Me parece que no somos felices; se nota en el malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen intranquilidad2.

Tancredo Pinochet coincide en el tema de la decadencia:

Todo se nos va. Para el norte entregamos el salitre de las pampas que hemos regado con nuestra sangre; al sur regalamos los tupidos follajes de nuestras selvas vírgenes; al oriente cedemos las entrañas de nuestra nevada cordillera, y al poniente abandonamos las olas bulliciosas que bañan nuestras playas y que sólo surcan barcos extranjeros.

Esta imagen de decadencia se contrasta con un glorioso pasado, que se constituye en el diagnóstico característico del centenario. Agrega Pinochet:

Hace siglos conquistó esta tierra de Chile el primer país de Europa en aquel entonces: lo conquistó con arcabuces, lanzas y culebrinas. Hoy lo conquistan los países que han sucedido a España en el poderío, pero no ya con arcabuces, lanzas y culebrinas, las armas de entonces, sino con trabajo y capital, las armas de ahora.

Y concluye amargamente que

(…) esta derrota de Chile en las batallas modernas del trabajo y la inteligencia no se debe a la flojedad, cobardía o raquitismo de las tropas, sino a la falta de patriotismo… (Pinochet, 1909: 140).

Alejandro Venegas, para explicar la crisis pone énfasis en la desigualdad social:

El régimen del curso forzoso de papel moneda, juntamente con aumentar la fortuna de los grandes agricultores a expensas del pueblo trabajador, ha dado a la vida de los chilenos una nueva orientación, fijándoles como Norte la acumulación de riquezas. Este mezquino ideal, junto con nuestro erróneo sistema de educación, ha hecho de nuestro país una república oligárquica que tal vez no tiene par en los tiempos que alcanzamos. La impresión más viva que recibe el viajero observador al estudiar nuestra organización social, es la que le produce el contraste entre la gente adinerada y pobres, esto es explotadores y explotados; no existe la clase media… (Venegas, 1910: 204).

Desde otro punto de vista, pero en la misma perspectiva, Luis E. Recabarren lleva su crítica al extremo al no sentirse incorporado al Estado que celebra el aniversario:

¡… miro el pasado a través de mis 34 años y no encuentro en toda mi vida una circunstancia que me convenza que he tenido patria y que he tenido libertad…! (…) ¡Celebrar la emancipación política del pueblo! Yo considero un sarcasmo esta expresión. Es quizás una burla irónica (Recabarren, 1965).

El tema de la pobreza y su presencia en la sociedad chilena es un eje de pensamiento que recorrerá buena parte del siglo XX y aunque Recabarren posee un proyecto opuesto al de Encina, ambos coinciden en la necesidad de su superación.

Por otro lado, presentan una imagen doble de la identidad nacional popular: por una parte una muy negativa, presente, por ejemplo, en Tancredo Pinochet:

Yo he dicho, Excelencia (le escribe a Juan Luis Sanfuentes) –cuando se asegura que el ochenta por ciento de Chile es liberal y que sólo un veinte por ciento es conservador–, que ésta es una impostura; que la verdad es que el noventa por ciento de la población de Chile es nada, ni demócrata, ni liberal, ni conservadora, ni radical. ¿Puede una vaca ser liberal democrática, excelentísimo señor? ¿Puede el inquilino chileno ser conservador o radical? ¿Puede tener ideas políticas? ¿Puede tener orientación social? He dicho que el noventa por ciento de la población de Chile no es nada, Excelencia, o es una recua de animales, a quienes se les tiene deliberadamente en este estado de salvajismo por el torcido criterio de una oligarquía de ideas sociales rancias, que no es capaz de comprender su propia conveniencia (Pinochet, 1916)3.

Sin embargo, esa generación también expresa los mayores elogios hacia esas personas, como en Nicolás Palacios, Luis E. Recabarren, Alejandro Venegas y aún el mismo Tancredo Pinochet, al describir un chileno (incluidos los sectores populares) noble y esforzado, resistente a todo tipo de trabajo, inteligente y capaz, pero castigado por un sistema social injusto.

Raza chilena, de N. Palacios

Estos intelectuales, aunque mantuvieron escasos vínculos entre ellos, se unen en el hecho de denunciar una crisis originada en aspectos diversos: el carácter racial (Palacios), problemas económicos debido a carencias educacionales (Encina), desigualdades sociales (Venegas), la inmigración extranjera (Pinochet), etc.

EL PENSAMIENTO DE FRANCISCO ANTONIO ENCINA

La idea que tenemos del centenario es de una época de protestas y malestar intelectual y social, expresada por un grupo de pensadores que se quejan de la crisis que vive el país. Una época de fuerte desarrollo sindical, de fundación de organizaciones socialistas, de huelgas y masacres populares, junto a las celebraciones y la muerte de un presidente de la república.

Pero, el centenario produjo también a Francisco A. Encina4, quien, junto a Recabarren, además de la denuncia, postularon un proyecto coherente de país de largo alcance. Sin embargo, el proyecto de Encina muchas veces ha pasado inadvertido5, aun cuando sus ideas, como las de ningún otro, cruzan todo el siglo XX, y particularmente los años 60. Incluso podemos afirmar que de los autores del centenario el más citado por los economistas, ensayistas e historiadores de los años 60 es, sin duda, Francisco Antonio Encina (a favor o en contra), porque además de encarnar el espíritu de su época, es el que propuso el programa de acción, que pareció más interesante para salir de la crisis.

En muchos sentidos Encina escapa al centenario: por sus largos años vividos (hasta 1965), por su participación en política activa como diputado y por su orientación más pragmática. Encina es un historiador de orientación nacionalista y antidemocrática6, conocido por su extensa Historia de Chile, y autor de un libro emblemático, tanto por lo provocativa de sus tesis, como por haber sido publicado en los años cercanos a 1910: Nuestra inferioridad económica7. El pensamiento de Encina se puede sintetizar en 5 puntos básicos:

1) Chile logró organizar tempranamente un Estado político y alcanzar el desarrollo económico después de la independencia, por la acción de Diego Portales y más tarde por los gobiernos conservadores. En este proyecto contribuyeron, además, un grupo de empresarios pioneros –José Tomás Urmeneta, José Santos Ossa, Matías Cousiño, Diego de Almeida, José Antonio Moreno–, quienes ampliaron el horizonte económico chileno. Ambas causas permitieron que el país se desarrollara fuertemente en los primeros 60 años de la postindependencia, en minería, comercio, agricultura e industria, orden político y estabilidad social. Esta situación convirtió a Chile en un país distinto y superior en América Latina.

2) Sin embargo, al momento de celebrar el centenario en 1910, Chile vive una crisis que se manifiesta en la falta de desarrollo económico, la inestabilidad política y una nacionalidad disminuida respecto a sus vecinos. Un país que ha perdido el ímpetu inicial, dirigido ahora por una aristocracia banal y descomprometida. Un país que se cubre de conventillos y miserias, huelgas y masacres, junto a fastuosas mansiones ganadas con el esfuerzo de otros8.

3) La crisis comenzó con la llegada de los liberales al poder y la imposición de las políticas del economista francés Jean Gustave Courcelle-Seneuil –que permaneció en Chile entre 1855 y 1863–, que consistían en rebajar los aranceles y permitir el ingreso de productos y empresas extranjeras, con lo cual se produjo la decadencia del espíritu empresarial nacional y la entrega del país a las grandes empresas extranjeras.

J.T. Urmeneta

M. Cousiño

J.S. Ossa

     
 
D. de Almeida   J. Courcelle-Seneuil

Así, aunque Chile había logrado (junto con Argentina) levantar una burguesía de las más modernas y dinámicas de América Latina, ésta se volvió, hacia 1910, débil en comparación con las burguesías norteamericana y europea, que terminaron por desplazarla en las últimas décadas del siglo XIX, incluso del mercado nacional9. A esta crisis de política económica se agrega las fallas morales del chileno medio que Encina describe en detalles: su falta de objetivos al momento de crear una empresa, su falta de rigor, la rivalidad entre empresarios y obreros, la tendencia a implementar una economía agraria que no contribuye al desarrollo por no poseer el país una geografía apropiada para ella, y su incapacidad para comprender los códigos de la economía moderna industrial.

Encina denuncia, además, un sistema educacional basado en una falsa enseñanza “humanista”, que refuerza las taras anteriores, evitando desarrollar el espíritu empresarial de los jóvenes, los que son derivados hacia las llamadas profesiones liberales (derecho, medicina) que contribuyen menos que las carreras técnicas, el comercio y la industria al desarrollo económico de Chile.

4) Una negativa imagen del pueblo chileno caracterizado por su incapacidad para asumir los desafíos de la modernización. Esta negativa imagen está presente en sus racistas descripciones tanto de la vertiente hispana, indígena como mestiza, y son estas limitaciones raciales las que explican, en su opinión, el estancamiento económico:

El español que suministró el aporte paterno de nuestra raza fue más guerrero, más audaz y más enérgico, en una palabra, un elemento étnico mucho más próximo aun al tipo netamente militar (…) Como consecuencia de esta proximidad a la etapa militar, compartía el desprecio que todas las razas en el mismo estado social han profesado por los oficios manuales, por el comercio y por la actividad económica en general.

Y respecto al indígena agrega:

El araucano, que no había salido de la barbarie, no sólo tenía invencible repugnancia por el trabajo, sino que aún no había desenvuelto las aptitudes que lo hacen posible.

Así, en base a estos dos elementos constitutivos, concluye que:

El mestizo que forma el fondo étnico de la población rural desciende, pues, de progenitores cuya psicología económica era, todavía, rudimentaria (Encina, 1912: 166-167).

A partir de este diagnóstico, Encina construyó toda una antropología nacional, una imagen de Chile injusta y parcial, pero coherente a su proyecto, con la que establece la existencia de un Chile militar, agrícola y aristocrático: no mercantil, no burgués, no moderno; y un pueblo constituido por indígenas atrasados, refractarios a la modernidad y plagados de vicios. Por lo anterior, la antigua aristocracia castellano-vasca, como el sector popular y criollo, están incapacitados de asumir los desafíos de la modernización del país10.

La misma “biologización” de la historia y la cultura se observa cuando reiteradamente caracteriza a los liberales del siglo XIX como “descerebrados”, o bien en el uso reiterado de conceptos como “mental” o “cerebral”, para referirse a fenómenos políticos o ideológicos.

5) La solución que propone Encina para superar la crisis es doble: organizar un sistema educacional que fomente el espíritu emprendedor; y un regreso al estatismo, a una política nacionalista que proteja los intereses de Chile. De esta manera se podrá pasar de la mala economía agraria, a una industrial y moderna. Ambas soluciones son bastante atípicas en una época de fuerte antipositivismo como el que se vivía en el momento en que Encina publica su libro, y que se manifestó en los debates respecto a una educación “humanista” propuesta por Enrique Molina y una “técnica” por Encina, quien asume lo que podemos denominar como un “neopositivismo”, práctico, antiintelectual y antiliberal.

Así, el diagnóstico final de Encina sostiene que Chile, de ser un país exitoso, se convirtió en uno derrotado y mutilado, y recurre a ideas simples pero efectistas para probarlo, como decir que mientras en 1879 el país había ganado extensos territorios en el norte, en 1881 perdió la Patagonia, lo que influía en la débil identidad nacional actual.

Algunos títulos de capítulos de Nuestra inferioridad económica dan el tono de su punto de vista: “Debilidad y lentitud de nuestra expansión material”. “Decadencia del sentimiento de la nacionalidad”. “Nuestra inferioridad económica es un fenómeno distinto e independiente de las crisis comerciales”. “El valor económico de un territorio sólo puede ser estimado con relación a la raza que lo puebla”. “Psicología económica del pueblo chileno”. “Causas de la debilidad y lentitud de nuestro desarrollo después de 1865”. “Causas de la decadencia del sentimiento de la nacionalidad”, entre otros.

 

Edición de 1912

 

Edición de 1959

En opinión de Encina, el mejor momento en la evolución histórica de Chile fue entre 1830 y 1865,

período en que se manifiesta cierto equilibrio entre la producción y el consumo, entre las aspiraciones y los medios de satisfacerlas: el país vive en relativo aislamiento, el contacto con Europa es escaso, el lujo y la ostentación se mantienen adormecidos, la vida es sencilla, la nación se desarrolla con rapidez y llega a ser la primera entre las de Hispanoamérica.

En conclusión, se trata de mantener a Chile aislado del continente, levantar una economía industrial, aranceles que protegieran la industria nacional, mejorar la educación y alcanzar el desarrollo económico. Es decir, realizar una revolución económica y cultural que permitiera salir de la “inferioridad económica”. Un proyecto que se mantuvo en la conciencia intelectual a lo largo del siglo XX.

LA PRESENCIA DE ENCINA ENTRE LOS ENSAYISTAS CHILENOS DE LOS AÑOS 60

Después de publicado su libro Nuestra inferioridad económica, éste fue inmediatamente asumido por intelectuales y políticos que al momento de describir la realidad social y política chilena hacen alusión a Encina. Durante los años 20 y 30, por ejemplo, Eduardo Frei Montalva (1937) en Chile desconocido; Emilio Vaïsse (1940), Estudios críticos de literatura chilena; Alberto Cabero (1948), Chile y los chilenos; Raúl Silva Castro (1954), Ideas y confesiones de Portales, y muchos otros, se hicieron cargo de esas ideas. Pero, a partir de mediados de los años 50 e inicios de los 60, la cantidad de referencias al pensamiento de Encina aumentan en la misma medida en que el tema de la modernización económica se hacía cada vez más presente entre los pensadores, o bien por oposición a los gobiernos reformistas de la época.

 

E. Frei Montalva

 

E. Vaïsse

Entre los que asumen el proyecto de Encina debemos incluir, más allá de sus tendencias ideológicas particulares, a Aníbal Pinto, Horacio Serrano, Hernán Díaz Arrieta, Jorge Teillier, Benjamín Subercaseaux, Ariel Peralta, Guillermo Feliú Cruz, Raúl Silva Castro, Alfonso Calderón, Luis Oyarzún, Hernán Godoy y algunos otros. Es decir, un amplio número de autores que hicieron suya, en uno u otro sentido, la matriz de Encina, coincidiendo en algunas de las cuestiones planteadas por él.

LA CRISIS NACIONAL Y LA NECESIDAD DEL DESARROLLO ECONOMICO

Casi no hay autor de los 60 que no considere, de una manera u otra, que Chile se encuentra sometido a una crisis global, ni que no postule el tema del desarrollo económico, que es la cuestión básica y a partir de la cual se elabora el resto de las propuestas de país.

El primero que estableció este tema, en nuestra etapa de trabajo, fue el economista de la CEPAL11 Jorge Ahumada (1917-1965) en dos de sus libros: En vez de la miseria (Ahumada, 1958) y La crisis integral de Chile (Ahumada, 1966)12. En ambos, Ahumada demuestra con cifras la crisis de crecimiento que afectaba al país, la que de continuar provocaría una detonación social, pues resulta incompatible la sofisticación del sistema político y la cada vez mayor demanda de los grupos sociales postergados, con el magro crecimiento económico que no permitía satisfacer estas demandas.

J. Ahumada

 

Ahumada es un economista casi desconocido en la actualidad, que publicó libros claves para la comprensión y la construcción de la época que analizamos. Con Ahumada se abre un espacio a los programas de reformas económicas y sociales estructurales que servirán de inspiración a los gobiernos de Frei y Allende, que intentaban alcanzar la modernidad económica y social.

Ahumada comparte con Encina la idea que alcanzar el desarrollo es posible, pero los medios son distintos. Ahumada es menos estatista y critica el proteccionismo indiscriminado que se practicaba en Chile, proponiendo la necesidad de exportar, repitiendo permanentemente lo dicho por Churchill para Inglaterra: “¡Exportar o morir!”. Además, Ahumada es un demócrata y un latinoamericanista convencido.

Jorge Ahumada pensaba que el desarrollo económico era posible de alcanzar si se modifican algunas situaciones básicas, pues el atraso de América Latina no se debía a rasgos intrínsecos de su población, ni a deficiencias de su medio natural (sus diferencias con Encina), sino a circunstancias históricas que podían superarse13. Estas situaciones básicas exigían superar las 4 barreras que evitaban el desarrollo: el estancamiento de la agricultura, la inflación endémica, la muy desigual distribución del ingreso y el centralismo. Para superarlos, Ahumada proponía una amplia reforma educacional básica y universitaria, redefinir el rol del Estado, oposición al proteccionismo arancelario excesivo. Además, implementar una reforma agraria que permitiera la incorporación del sector agrario a la economía nacional y promover el aumento de las exportaciones.

En conclusión, para Ahumada, “Los chilenos pueden, si quieren, eliminar la pobreza extrema en un plazo de diez años”. Lo que va en conjunto con una visión optimista de América Latina. Exponer en totalidad el pensamiento de Jorge Ahumada, que supera lo económico abarcando lo sociológico y ensayístico, escapa a la función de este trabajo y deberá ser expuesto en otra ocasión.

LA DESCONFIANZA EN EL MODELO ECONOMICO LIBERAL

En el pensamiento del economista Aníbal Pinto14 (1919-1996), el tema de la crisis económica y la presencia de Encina es manifiesta. Sus trabajos se insertan en el contexto de las reflexiones de la CEPAL y el desarrollismo, y su libro más conocido, Chile, un caso de desarrollo frustrado, es uno de los ensayos fundamentales del período. Pinto realiza una exposición de la (frustrada) economía chilena en una larga extensión (desde 1860 hasta 1950) para probar una tesis que nos resulta conocida: que esta economía ha ido de la prosperidad a la decadencia. Aníbal Pinto obtiene una parte fundamental de su diagnóstico justamente de la lectura de Francisco A. Encina, e incluso podemos decir que Aníbal Pinto conoce la historia de Chile a través de Encina, a quien permanentemente elogia por su clarividencia.

   

A. Pinto  
     
 

Así, al diagnóstico de Ahumada, Aníbal Pinto agregará la desconfianza en el modelo liberal para salir de la crisis, tal como la había expresado Encina. Pinto critica el modelo del “crecimiento hacia fuera” y al liberalismo en general, y en su opinión a pesar de las favorables condiciones que mantuvo el país a lo largo de cien años, “el desarrollo no pudo “tomar cuerpo”, por lo menos en un aumento de la productividad del sistema y de una diversificación apropiada de sus fuentes productivas” (Pinto, 1958: 13).

En segundo lugar, postula que la sociedad chilena ha tenido un mayor desarrollo de la democracia que de la economía: “El sistema de producción no está en situación de avalar o de cumplir las expectativas que va creando el régimen político. El subcrecimiento en lo económico y el relativo sobreprogreso en lo político plantean una contradicción aguda, que es fuente de roces, frustraciones y desequilibrios” (Pinto, 1958: 128)15.

Aníbal Pinto, como Jorge Ahumada, creen que de continuar este sistema la crisis social será inevitable, pues el sistema democrático ha tenido “mucho de fachada con escaso fondo o de edificio con cimientos precarios”. Es su tesis central: o crecimiento económico o ruptura de la democracia. Para Pinto, la tarea primordial de Chile en la postindependencia fue la de “crear un Estado; una institucionalidad apropiada; formas políticas y jurídicas que reflejaran o correspondieran al substrato económico-social existente y que permitieran desenvolverse al país dentro de cauces ajustados a las precondiciones” (Pinto, 1958: 34)16. Pinto, curiosamente para su orientación ideológica, coincide con Encina en destacar la labor de los conservadores del siglo XIX; y observa a Portales con admiración por su contribución a consolidar la independencia económica y política: la “mayoría de las naciones latinoamericanas ha tenido que esperar hasta este siglo para superarlo (el mundo colonial) y son varias las que todavía no lo hacen”(...) “… la solución política portaliana fue ventajosa para el desarrollo económico del país” (Pinto, 1958: 34)17.

Obviamente Pinto nunca llegó a participar del antilatinoamericanismo de Encina, y su propia pertenencia a la CEPAL establece las diferencias, pero la idea de que el gobierno fuerte y nacionalista de Portales produjo desarrollo económico en un país pobre y lejano como Chile está muy presente en Pinto y bastante más extendida de lo que pudiera pensarse, y hasta podríamos decir que frente al tema de la superación de la crisis, las opiniones se dividen en las de tipo portaliano (no exclusivamente en la derecha), y del tipo balmacedista (generalmente en la izquierda).

Para los primeros, se trata de un país aislado del contexto latinoamericano que debe mirar a sus vecinos con desconfianza. Un país que necesita desarrollo económico y una participación política menor, por lo que los problemas de Chile son de exclusiva responsabilidad de la voluntad de los chilenos.

Para los segundos, los problemas del país están relacionados con los grandes centros mundiales. Chile es una realidad económica dependiente que por sí misma nunca podrá vencer la pobreza y el subdesarrollo, pues es sólo un país más en el contexto latinoamericano y se debe unir al resto para enfrentar juntos los problemas a los que los tienen sometidos los capitales foráneos. Epónimo de esta versión es el Presidente Balmaceda y sus intentos de rebelión en contra del imperialismo y cuya imagen se utilizó profusamente durante el gobierno de Salvador Allende. Es interesante señalar que una y otra posición desconfiaron del liberalismo económico y del capital extranjero.

En este contexto, Aníbal Pinto considera a Portales como el padre fundador de una república estructurada, que con esfuerzo se impone en el panorama internacional, sin dejar de reconocer la negativa presencia de las empresas extranjeras y especialmente de las norteamericanas en Chile. Este punto de vista, un nacionalismo proteccionista (de izquierda, como conservador) influyó más allá de Pinto, en un grupo importante de intelectuales que coincidió en aumentar la presencia del Estado, dudando del liberalismo como sistema de desarrollo. La política económica que propone Pinto, un “desarrollo hacia adentro” que salvaguardara la empresa nacional, permitirá, dice inspirándose en Encina, “crear un sistema de protección y estímulo que transformó al país en la primera potencia del Pacífico y que llevó la bandera nacional a todos los mares”, esto a partir de las leyes aduaneras del ministro conservador Manuel Rengifo, de 1835.

Del mismo modo, Pinto aplaude las medidas tomadas durante el gobierno (conservador) de Montt de “gravar las ganancias extraordinarias y pasajeras de la bonanza minera a fin de ‘aplicar el impuesto a la transformación de la atrasada economía nacional’”, según la opinión de Encina en su Historia de Chile, a quien menciona una vez más. Es decir, un modelo basado en la acción estatal y la protección económica, por parte de gobiernos contrarios a las grandes fortunas y al despilfarro, en oposición a los liberales, presentados como soñadores, exageradamente librecambistas, que no protegieron a la industria nacional, permitiendo que las ganancias se fuesen al extranjero. En este sentido discrepa de los “historiadores liberales e izquierdistas”, quienes han escrito que las “décadas llamadas convencionalmente conservadoras se presentan como un lapso de oscurantismo y regresión, simbolizado por lo común en la figura de Diego Portales”. Pinto menciona como ejemplo a los historiadores Julio César Jobet y Hernán Ramírez Necochea, quienes, a pesar de reconocer los logros económicos durante la primera parte del siglo XIX, se negaban a darle ese mérito a Portales y a los conservadores. Así, Julio C. Jobet, escribe Pinto, define a Portales como “el restaurador de la oligarquía colonial en el poder con el auxilio de los mayorazgos y la Iglesia”, y luego agrega que la “dictadura portaliana significó la instauración de las formas coloniales bajo la aparente estructura republicana. La estática colonial trata de imperar ahogando el único bien efectivo que nos diera la emancipación: la conciencia política y cultural, el noble anhelo de superar la inercia y el atraso de los días coloniales” (Jobet, 1955)18.

 

J.C. Jobet

 

H. Ramírez Necochea

Pinto rechaza esta interpretación, pues el mismo Jobet, luego de las críticas, refiriéndose a la economía de los decenios de Bulnes y de Montt, continuadores de Portales, elogiosamente escribe:

… se producen diversos sucesos que vigorizan la economía. Desde 1845, más o menos, comienza a explotarse formalmente el carbón, debido a la labor de dos hombres de empresa: Juan Mackay y Guillermo Wheelwright (…) posteriormente la economía recibe un nuevo impulso a raíz del descubrimiento de los terrenos auríferos en California (…) Toda esa riqueza se vuelca en la realización de grandes obras públicas: se abren caminos, se construyen ferrocarriles (…) barcos a vapor recorren las extensas costas del Pacífico (…) El progreso económico y técnico transforma las condiciones de vida. El auge de la minería (…) el desarrollo de las vías férreas y el aumento del comercio produjeron el enriquecimiento de numerosas familias que pasaron a constituir una nueva clase social, vigorosa y pujante, distinta de la aristocracia terrateniente.

Pinto señala que no hay relación entre la “estática colonial” y este panorama de cambio y progreso. Y al preguntarse cuál era el problema de Chile después de la Independencia, señala que:

a la inversa de lo que pensaban los idealistas liberales, no era la implantación de una democracia ‘a la europea’. Y no podía serlo por la razón muy sencilla de que esa finalidad, con todas sus implicancias, es hija y expresión de una comunidad evolucionada y relativamente madura, en la cual el desarrollo económico capitalista ha suscitado transformaciones más o menos profundas en la estructura productiva y en los tejidos sociales correspondientes. (…) la cuestión de la democracia sigue y es consecuencia o por lo menos requiere cierto grado y tipo de madurez y diferenciación económica. No puede antecederlo, por lo menos en su traducción moderna, porque en un sistema productivo colonial, no han emergido ni “madurado” suficientemente los sectores sociales que la protagonizan (Pinto, 1958: 33).

Es decir, menosprecia, como tantos otros en los años 60, a los liberales por su afán imitativo europeo y por su incapacidad de percibir en profundidad la propia realidad nacional. Pero, además, porque el orden político conservador permitió el desarrollo capitalista que es condición básica para la evolución social posterior. Podemos deducir que la presencia en un pensador tan importante como Pinto de temas como el rechazo al liberalismo (económico más que político), la búsqueda de modelos propios, la participación del Estado para superar la pobreza, iba ocupando un espacio cada vez más importante en los pensadores de la época.

En cualquier caso, tanto en Ahumada como en Aníbal Pinto la crisis tiene una salida democrática, de manera opuesta a aquellos conservadores para quienes la crisis se presenta, por el contrario, debido justamente a las reformas sociales impuestas por los gobiernos de Frei Montalva y de Allende.

¿ES CHILE UN PAIS POBRE?

El tema de la situación económica y sus variantes: cómo salir de la pobreza, la función del Estado y el rol de la identidad nacional en este objetivo, abarcó no sólo a los economistas, sino que fue ampliamente recogido por los ensayistas que buscaban resolverlo desde su propia perspectiva. Obviamente, los ensayistas aportan impresiones e intuiciones muy distintas a los técnicos, e incluso algunos de ellos (Serrano, Díaz Arrieta) desconfiaron del uso de estadísticas y conceptualizaciones teóricas, que se iban imponiendo en la sociedad chilena.

Horacio Serrano, en su libro ¿Por qué somos pobres? (1958), afirma que siendo Chile un país muy rico, la gente es pobre, por lo que se sorprende que Chile haya sido incorporado al grupo de los “países subdesarrollados”.

H. Serrano

En este contexto, el proyecto de Encina resultaba muy útil, con el uso de conceptos como el de “desconformación”, y otros en los que plantea una negativa imagen de las posibilidades económicas del país si se continuaban las pautas convencionales de desarrollo:

Verdaderas o falsas, las interpretaciones del desarrollo económico nacional producen algo que es muy real y que a falta de una mejor expresión, bien podría llamarse desconformación económica. A medida que el país crece, los habitantes pierden fe en el fruto que corresponde a su trabajo. Deberían tener mucho y tienen poco” (Serrano, 1958: 9)19.

Serrano propone cuatro aspectos fundamentales para establecer si hay pobreza en Chile: la naturaleza, el transporte, el hombre y la actitud del hombre ante la naturaleza. Señala que “cuando todos estos términos son satisfactorios el país es rico”, y concluye con Encina que Chile, país aislado y lejano, con una naturaleza escasa no puede pretender ser un país agrícola.

De cada 100 hectáreas de superficie total, 30 no tienen valor agrícola de ninguna clase –desiertos, roquerías, tierras invadidas por la arena, glaciales–, 30 son terrenos llamados boscosos, sin bosques de gran valor, son matorrales de escaso crecimiento, cerros y quebradas con alto grado de erosión. De 100, van 60 prácticamente perdidas. De las 40 restantes, 30 sirven para el pastoreo extensivo, de temporada en su mayor parte. Y sólo 10, restantes de las 100 primitivas, son arables y pueden llamarse de primera utilidad (Serrano, 1958: 38).

Si la nota que Serrano pone a la naturaleza chilena es “regular”, la nota al transporte “... que involucra en sí situación y accesibilidad, es en el caso de Chile, evidentemente, mala”. En relación con el hombre del país, describe al indígena como “violento, áspero, duro. Valiente, dado al gozo y no al trabajo, sin complicaciones espirituales, vigoroso (…) Estos eran los araucanos”. “Y aquí llegó de Europa otro pueblo también aguerrido y valeroso. Los españoles”. Es decir, como en Encina, un Chile guerrero, no industrioso. De paso Horacio Serrano asume otro aspecto del proyecto de Encina, y alaba a Portales que contribuyó a pasar de ese Chile guerrero al cívico:

Portales. Fue un hombre extraordinario. Fue él quien tomó al chileno y lo levantó por sobre los motines y revueltas del soldado cortando sus raíces auténticas formadas por la guerra eterna, y lo colocó, mutilado, sobre un plano de orden, de autoridad y decencia ajeno a los cuarteles (Serrano, 1958: 64).

Serrano coincide con Encina (al que cita en tres ocasiones seguidas) al considerar los mismos peores desaciertos en la historia del país: la pérdida de la Marina mercante, de la Patagonia y la entrega del salitre a los empresarios extranjeros. Incluso, también Serrano destaca la presencia de Portales en el presente y en el futuro de Chile. “¿O es que se necesita de otro Portales para terminar la obra del primero?”. Esta opinión en un libro publicado en 1958 resulta muy adelantada de la progresiva presencia que irá adquiriendo el ministro en la sociedad chilena, todo lo cual nos permite concluir que también para Serrano la historia de Chile es la que ha escrito Encina.

Respecto a la identidad nacional, Serrano define al chileno como una identidad sólo parcialmente lograda: un hombre bueno, pero sin imaginación ni capaz de enfrentar los desafíos que requiere el país para alcanzar el desarrollo.

Por último, en relación a la actitud del hombre ante la naturaleza, lo que denomina “el desafío”, la calificación, otra vez es mala, por la baja densidad, la juventud de la población, su dedicación a la agricultura, la falta de ahorro. En conclusión, tres de los cuatro elementos para medir la pobreza son considerados como afirmativos de ésta. Un país pobre.

UN DIALOGO ENTRE CIENTISTAS SOCIALES Y ENSAYISTAS

En esos años el economista de la CEPAL Julio Melnick20 publicó en la revista Ercilla una serie de artículos periodísticos denominados “La incógnita de Chile” (1959b), que, aunque introductorios, resultan interesantes para comprender los temas económicos que predominaban en el ambiente nacional de la época, y sobre todo como un intento de diálogo entre ensayistas y cientistas sociales.

Sintetizando las ideas de los pensadores del momento, los artículos de Melnick ponen en relieve el que he señalado como tema central de la época: la pobreza y el desarrollo. Pero además, al ser publicados en una revista de gran divulgación, como Ercilla, este tema adquiría una connotación nacional, abarcando a un público extenso. Los artículos vienen ilustrados con los rostros de Jorge Ahumada, Aníbal Pinto, Hernán Ramírez Necochea, Horacio Serrano, lo que es una prueba de la divulgación de estos autores. Por último, en estos artículos se destaca un tema que afecta a la identidad nacional en su sentido más práctico: ¿tiene el chileno la capacidad para alcanzar el desarrollo económico?

Así, por ejemplo, en el primero, segundo y tercero de estos artículos, expone el entonces recién publicado libro de Aníbal Pinto, Chile, un caso de desarrollo frustrado, que en opinión de Melnick se inserta en un tema más amplio, el de conocer las razones estructurales de la pobreza, y frente a la pregunta por qué no hay desarrollo en Chile, Melnick indica que la pregunta tiene su origen en Francisco A. Encina, quien “la formuló con singular intuición en su libro titulado Nuestra inferioridad económica”. Y luego, refiriéndose al libro de Jorge Ahumada En vez de la miseria, señala que “... el examen y diagnóstico de Ahumada son más rigurosos, pero hay que reconocer en Encina singularísima penetración, visión y agudeza”.

Julio Melnick celebra la fusión de ensayistas con economistas, pues no hay “soluciones técnicas ‘puras’, asépticas y pulcras, limpias de contenido político”. Melnick es partidario de formar equipos de economistas, sociólogos y políticos para enfrentar el subdesarrollo, y en relación al libro de Aníbal Pinto, celebra el uso de las categorías crecimiento “hacia adentro” y “hacia afuera”, así como haber mostrado la existencia de “una democracia formal y con insuficiente substrato económico, vis a vis, la exigencia y conveniencia de una democracia de estructura estable, descansando en pilares industriales sólidos y en una adecuada integración social”.

También comparte la tesis de Pinto (y Encina) del fracaso de la economía liberal:

En primer término, dice Melnick, está la verificación de que el desenvolvimiento chileno se llevó a efecto durante cerca de un siglo en las condiciones más favorables para que se hubieran cumplido las expectativas del credo clásico y liberal. El comercio exterior fue un resorte inestable pero dinámico; no hubo interferencias de importancia en el mecanismo de las fuerzas naturales del mercado, la paz y el orden primaron casi invariablemente; el ingreso se distribuyó en la suficiente desigualdad como para crear amplias posibilidades de ahorro en los grupos pudientes; hubo una corriente importante y sostenida de capitales y créditos extranjeros.

Es decir, aunque, “... durante un siglo se dieron todas las condiciones para demostrar todas las ventajas del libre juego de mercado y de la división internacional del trabajo; sin embargo, todo ese desarrollo ‘hacia fuera’, basado fundamentalmente en las exportaciones de minerales, terminó siendo un ‘caso de desarrollo frustrado’”.

Señala que Pinto y Encina se igualan en culpar de los males a la oligarquía y al sistema liberal:

Pinto acusa a la clase dirigente de derrochadora y de no haber tenido la capacidad de empresario que las coyunturas requerían. En el plano teórico y doctrinario, la acusa de haberse acogido con insensata fidelidad a los planteamientos del ultraliberalismo, impidiendo que se desarrollaran los gérmenes de la diversificación industrial (Melnick, 1959a: 6).

Y luego insiste en la relación entre Pinto y Francisco A. Encina:

Pinto cita a Encina para sintetizar que las teorías liberales de Courcelle-Seneuil destruyeron la marina mercante (...) La inconsciencia de un mandatario y de una aristocracia gobernante, cuerda y honrada, pero miope, destruyó quizás por siglos la única posibilidad de que Chile conservase el lugar que el orden y la sensatez le habrían liberado en el concierto de los pueblos hispanoamericanos.

Posteriormente reitera que el sistema de desarrollo “hacia afuera” no ha sido capaz, durante un siglo de aplicación, de lograr el desarrollo económico, y para Julio Melnick, cercano al estatismo de la CEPAL, la “mano invisible” del mercado, planteada por Adam Smith, es una “leyenda”; y el proteccionismo ha jugado un papel importante en el desarrollo económico de Chile, y mientras no se dieran las circunstancias favorables, no se podría implementar en forma total una economía basada en la economía liberal; probando que en el Chile de comienzos de los años 60 la corriente proteccionista tenía una gran cantidad de adeptos que reconocían el importante papel jugado por el Estado en el desarrollo económico; que veían reflejado incluso en la política norteamericana. Escribe Melnick:

El primer control de cambios se estableció sencillamente porque se estaban yendo del país las últimas reservas de oro que quedaban. El precio del cobre y del salitre bajaba, pero la “mano invisible” no funcionaba para entonar las exportaciones. USA, también cansado de esperar la reacción espontánea, aplicó la estrategia de “cebar la bomba” y puso en marcha el New Deal (Melnick, 1959c: 7)

Melnick expone las ideas de Encina a través de Aníbal Pinto:

Por lo demás, creo que no tenemos por qué avergonzarnos de proteger la industria nacional, ni los esfuerzos por diversificar la economía y dar empleo a todos nuestros factores productivos; estamos siguiendo aquí nada menos que el ejemplo de USA. Aníbal Pinto recuerda las conocidas anécdotas de Benjamín Franklin y su tosca indumentaria de manufactura nacional, en medio de la elegante corte francesa.

Melnick asume completamente el proyecto proteccionista de Encina y Pinto.

... el libro (de Pinto) trae también una muy oportuna cita respecto a la política económica del tío Sam después de la guerra civil: al final de la guerra, el porcentaje medio de las tarifas aduaneras ascendía al 47% en comparación al 18,8% que fue el promedio anterior. Esta política continuó durante todo el período de reconstrucción después de la guerra de Secesión. Entretanto, ¿qué se hizo en Chile? Pues jugar al librecambismo, no obstante algunas previsoras voces en contrario. Ya hemos visto cómo la gestión Courcelle-Seneuil, liquidó a la marina mercante nacional.

El artículo cuarto (Melnick, 1959d: 10) está dedicado a Horacio Serrano, y es interesante en la medida que muestra, como hemos mencionado, el diálogo entre cientistas sociales y ensayistas: “Un nuevo enfoque al debate sobre nuestro desarrollo económico aporta Horacio Serrano Palma en su libro ¿Por qué somos pobres?, cuando plantea el ‘desafío’ o actitud del chileno frente al medio”. Melnick celebra y critica el trabajo de Serrano. Por una parte le parece que Serrano incorpora un elemento que “hacía falta”, el antropológico; para tratar desde la subjetividad del ensayo el tema de la pobreza. Aunque no deja de manifestar sus diferencias: “Planteamiento atrayente, sencillo, provocativo y elegante, tal vez peligrosamente sencillo”. Sus reparos son: “En cuanto a las tesis surgen dudas. Desde luego, no se ve bien claro, por ejemplo, cómo un hombre calificado de ‘buena calidad’, desde el punto de vista económico, tiene mala nota en ‘desafío’”. La queja de Melnick reproduce la queja de todos aquellos que intentaban profesionalizar el tema de la pobreza para transformarla en algo técnicamente superable, con criterios comprobables, más allá de argumentos vagamente identitarios o de sicología colectiva. Es decir, si en un comienzo Melnick acepta que los aportes de los ensayistas son valiosos, finalmente no lo satisfacen: “Cuando se dice que el chileno es así o asá, ¿se tiene realmente a la vista a un tipo que pudiera llamarse representativo? El autor parece aceptar sin mayor discusión tal factor común, en virtud de razones étnicas. Para otros la cosa no está tan clara”. Concluye descartando la tesis de Serrano.

Con esta misma mirada, Julio Melnick analiza el segundo tema tratado por Horacio Serrano, de si hay o no hambre en Chile, y discrepa de la rotunda negación con que Serrano afirmaba:

Desde el punto de vista social, el país desconoce la miseria en su esencia. La propia población callampa (…) es una “maquette” para niños, si se la compara con sus congéneres en muchos países del mundo. ¿El hambre? La verdadera es rara.

Melnick de nuevo establece criterios técnicos para definir el asunto, y se pregunta, con razón, qué se entiende por miseria, con qué países debemos compararnos para establecer si somos o no pobres: “… para saber si hay o no hambre en el sentido de desnutrición y subalimentación, que es el que verdaderamente cuenta, hay que preguntarles a los técnicos. Horacio Serrano desconfía de ellos en exceso. Hay en Chile funcionarios, médicos especializados, que afirman lo contrario. En Chile hay hambre”. El economista Melnick discrepa tanto de la manera como el ensayista Serrano enfoca el tema de la pobreza, del lenguaje que utiliza, como de sus resultados. Conclusión final: “Triste y duro es reconocerlo, pero en Chile hay hambre y hay malas condiciones habitacionales”.

En el último capítulo de la serie (Melnick, 1959e: 10) analiza la publicación del historiador comunista Hernán Ramírez Necochea Antecedentes económicos de la independencia de Chile (Ramírez Necochea, 1959), libro que celebra porque representa: “La significativa y creciente preocupación por los problemas económicos chilenos, (que) afortunadamente, se han orientado también en el sentido de investigar el pasado, aportando útiles enfoques en profundidad”. Efectivamente, el libro de Ramírez Necochea, aunque analizaba un tema lejano a los años 60 (la independencia), sin embargo, planteaba tres cuestiones pertinentes a esos años: el de la pobreza y el subdesarrollo, la crisis social, y la invalidez del liberalismo para resolverlos.

H. Ramírez Necochea

En conclusión, resulta evidente que el proyecto de Encina pasa a los economistas y ensayistas estudiados por Melnick, y luego éste lo difunde como un “continuum” ideológico en el que se establece un consenso en torno al proyecto conservador y que más tarde se podría ajustar al programa de reformas sociales que se iniciaba, sobre todo en la defensa de un estatismo nacionalizador, el antiliberalismo y en gravar las ganancias. El sistema que había traído bienestar y desarrollo en el siglo XIX, ¿por qué no aplicarlo a mediados del siglo XX, pero dirigido por los nuevos economistas, o más tarde, por los líderes de la clase obrera?

UN PAIS (SIEMPRE) EN CRISIS Y PORTALES COMO LA SOLUCION

Otro autor que analiza a Chile desde Encina, el nacionalismo y la figura de Diego Portales, es Ariel Peralta, en dos de sus libros: El cesarismo en América Latina y El mito de Chile. En el primero, al considerar a América Latina como una identidad histórica, sociológica y cultural, radicalmente diferente a la modernidad (por su mestizaje, su juventud, su anarquismo y su vitalidad extrema), propone aplicar una política igualmente diferente que responda a esta realidad. Una política dirigida por un césar –mezcla de tirano y caudillo– como lo han sido Cortés, Pizarro, Lope de Aguirre, Bolívar, Rosas o Fidel Castro.

De estos césares, el principal es Diego Portales, presentado según los argumentos de Encina que ya conocemos:

(…) después del consabido proceso anárquico encontró en la figura de Diego Portales al atinado conductor, quien con mano férrea impondrá una orientación unipersonalista al gobierno chileno (…) Chile tuvo la suerte de contar con un individuo de temple, vigor y clara visión futurista, en los albores de su formación republicana; “el Ministro” a quien Encina ha calificado como uno de los políticos intuitivos más geniales que han aparecido en la historia universal, dejó una impronta que aún en los instantes que vivimos parece alumbrar con destellos que no se han consolidado (Peralta, 1966: 17).

Postula un nacionalismo antiliberal y antidemocrático21, inspirándose en autores tan diversos como Gustav Le Bon, Pavlov, Mariátegui, y en el libro de W. Drabovitch que recorría las librerías santiaguinas en los años 40, y al que cita: “... los dictadores geniales no aparecen con mucha frecuencia (…) En la actualidad, para ser un buen dictador hay que ser un superhombre” (Drabovitch, 1938). En ese contexto, Portales es presentado como el hombre que logró superar la anarquía y “... estructurar un Estado orgánico, el ya tan conocido ‘Estado en forma’ de Osvaldo Spengler y difundido en Chile por Alberto Edwards. En Diego Portales, como en todos los caudillos cesarísticos que dieron carácter de naciones a nuestros pueblos, vemos superado el concepto abstracto y occidental del Estado”.

   

 

D. Portales  
 

La mirada de Peralta, como la de su maestro Encina, se basa en razas, y para él América posee una falla básica que es la falta de unión entre el elemento indígena y el español22. Sin embargo, para Peralta, también Chile se presenta diferente al resto de América Latina por razones igualmente racistas. “Suele verse que la relativa poca extensión de nuestra anarquía sea explicada por factores raciales positivos, en que la mengua del mestizaje, en sus elementos indígenas o negroides, determinó una “formalidad” menos violenta y apasionada”. Peralta señala algo que ha sido repetido reiteradamente hasta grabarse en el imaginario colectivo nacional: que Chile es un país opuesto a una América Latina presentada como un continente convulso y sin estructura política.

Venezuela por ejemplo, tuvo en la guerra de independencia y en la caracterización de su anarquía, exteriorizaciones de verdaderas luchas de clases y rivalidades de tipo racial, situación que vemos repetida en Perú, en Ecuador y México, donde el indio se levantó contra una explotación secular del hombre blanco. Y en Colombia misma, tenemos que las dimensiones religiosas y doctrinarias condujeron a situaciones de extrema violencia y sadismo. Todas estas luchas de los países sudamericanos contribuyeron poco menos que a la disolución de algunos estratos sociales, como la aristocracia criolla en Venezuela, sobrepujada por el mestizaje.

Es una cita cargada de connotaciones ideológicas y racistas. De ella se desprende que Chile tuvo muy poca anarquía (en comparación con los países de América), que el indio nunca se levantó (pero no por falta de motivos, sino porque permaneció aplastado), que en Chile no hubo violencia ni sadismo, que en Chile la aristocracia permaneció intacta, que en Chile hubo muy poco mestizaje. Es decir, Chile como un (mítico) país aislado en América Latina. Y Portales como el principal constructor de ese Chile.

Así se fue creando la imagen de un país guerrero, estructurado, superior, que es una de las variantes del mito portaliano, que recoge Ariel Peralta, desde una postura antiintelectual para burlarse del pensamiento, del parlamentarismo, del bolivarismo y de cualquier modelo político de origen extranjero. Su adhesión es al hombre fuerte –“el gendarme necesario” (Peralta, 1966: 145)– y al nacionalismo, y desde Encina, expone su radical oposición a todo latinoamericanismo:

El sentimiento de la nacionalidad, en el sentido definitivo, áspero y agresivo que se advierte en Portales, no existió jamás en O’Higgins. Para él una guerra entre Chile y Perú o la Argentina, es una guerra fratricida, una discordia civil (Encina, 1934: 454)23.

Ariel Peralta (1971) publicó más tarde El mito de Chile, una reflexión sobre la historia, la política y la identidad del país de manera muy cercana a los ensayistas del centenario (cita a Alejandro Venegas, Tancredo Pinochet, Nicolás Palacios y, por supuesto, Francisco A. Encina), de quienes celebra sus aportes a la construcción de una identidad nacional, a la vez que denunciaron con firmeza a los liberales y la oligarquía como culpables de la decadencia moral. La crisis que vive Chile es tan amplia que ya se perdió la oportunidad, en el sistema democrático liberal, de ser una auténtica nación y de ocupar un lugar importante en el continente, por lo que la nación chilena no ha logrado convertirse en una nación moderna, sino en una “nacionalidad aletargada” por el derrotismo del chileno medio y el escapismo de las elites pensantes. La causa la encuentra, citando a Encina, en “la crisis moral” que afecta a la República, la penetración de civilizaciones más fuertes, la falta de nacionalismo de la oligarquía, la pérdida del “vigor pionero”, y en el liberalismo que estableció la dependencia con Europa y EE.UU., frente a la cual Ariel Peralta declara admirar el sentido proteccionista de Portales y Balmaceda. Por lo que propone la creación de un Estado como el de Portales, organizado y audaz, que fue el que le permitió a Chile diferenciarse en América Latina evitando la anarquía, por lo que se presenta como un antitradicionalista frente a la derecha y como un antiprogresista ante la izquierda. Se suma a la larga lista de ensayistas que en los años 60 desconfiaron del liberalismo y de la democracia, como un sistema en el que Chile no podría solucionar sus problemas políticos y económicos. Para Peralta, Chile ha llegado a un definitivo camino sin salida, transformándose en un “mito”, por lo que era necesario reinventarlo como país.

Hernán Díaz Arrieta (1891-1984), conocido por el pseudónimo “Alone”, en una serie de ensayos utiliza el diagnóstico de Encina para analizar la “crisis” que observa en la sociedad chilena, y propone a un Diego Portales como la solución para superarla. El diagnóstico de Alone aunque mantiene elementos comunes con los autores precedentes, posee rasgos propios.

H. Díaz Arrieta

Díaz Arrieta publica su libro un año después del golpe militar, en 1974, pero sus artículos fueron dados a conocer durante los 60 (Alone, 1974)24. Por la posición política de Alone no es de extrañar su cercanía con intelectuales conservadores, como Jaime Eyzaguirre, del que escribe una reseña a su libro Fisonomía histórica de Chile (Alone, 1973b: 19), en la que comparte la idea que Chile tiene un carácter que lo distingue de los países hispanoamericanos al haber sido marcado por el orden político creado por Portales. Tal orden, a juicio de Alone, aún permanece pero en “restos destrozados”. Así, la crisis para Alone no es, como para Ahumada y Pinto, por los errores que se arrastran desde el pasado, sino por la presencia, en el presente, del gobierno de la Unidad Popular.

El razonamiento de Alone avanza entre las ideas de Encina y las de Eyzaguirre, y postula que Portales logró que, mientras el resto de América era presa de la anarquía, Chile tuviera una ordenada vida institucional, sólo comparable, dice citando a Eyzaguirre, a la de “Inglaterra y al período de los Antoninos en Roma”. En este caso, la admiración por Portales, o más bien el temor a la Unidad Popular, lo lleva a una exagerada (aunque permanente) idealización del pasado. Y es, justamente, por la ausencia de una figura como la de Portales que Chile vive su crisis actual: “La queja, la unánime queja del momento es, ¿quién no la ha oído?, la falta de hombres, de un hombre” (Alone, 1973b: 23).

Chile vivía en los años 60 y comienzos de los 70 una situación que Alone define como “inversa” a la del conservador Portales: mientras con él había orden social y progreso económico, su ausencia (o la presencia de un gobierno como el de Salvador Allende) se traduce en desorden y estancamiento político y económico25. Es decir, pensadores conservadores como Alone veían que frente a las reformas introducidas por la Democracia Cristiana y agudizadas por la Unidad Popular, y que consideraban como una crisis social, solamente la figura de un líder podría salvar al país. Este líder debía tener la estatura política de Portales. Y es en torno a esa figura que, en reiterados ensayos, se vuelve a cifrar el presente y el futuro del país.

Alone mantiene una diferencia con Encina y es que opina desde la oligarquía y no contra de ella. Para él, parte de la crisis del “Chile actual” se debe a la ausencia de esa oligarquía. Y, a pesar de que se escuchan, dice Alone, críticas a la oligarquíaenrostrándole “su imprevisión, su rutina, su apego a los privilegios, su falta de amplitud y obstinado egoísmo”, sin embargo, esta oligarquía construyó un Estado que pudo recibir a Andrés Bello, y por eso (…) “en ningún otro país de Hispanoamérica habría conseguido desarrollar el insigne Bello su poderosa y benéfica personalidad como en nuestro país” (Alone, 1965b: 30). Alone considera que Bello fue “el complemento y culminación de la empresa portaliana” y que con su obra el pueblo chileno se “civilizó”26.

Alone abarca temas de la contingencia política con aspectos de la historia del país, de modo de ir comparando el glorioso pasado con la decadencia de los años 60. Alone señala que los extranjeros no entienden la revolución socialista que se está viviendo en Chile, porque aunque el poder ejecutivo, “no ha roto las vallas invisibles de los preceptos constitucionales y legales”, sino que por el contrario “proclama su fidelidad a ellas”, esto se debe a la imposibilidad de desarmar el aparato jurídico, un “edificio inmaterial sólido y consistente” construido por Andrés Bello, quien tuvo un escenario de acción creado a partir de los antecedentes históricos profundos que arrancan de la Colonia y que configuran un “orden castrense” (Alone, 1972: 34).

Por lo tanto Chile se construyó sobre dos pilares: el orden portaliano y la campaña civilizadora de Bello, “uno de nuestros fundadores”. La herencia de estos dos pilares ha permitido un orden sólido en el que no han cabido revoluciones sociales. Esta situación jurídico-política ha permitido que Chile haya sido admirado por figuras como Rodó quien, en 1910, consideró a Chile como “maestra de naciones”27. Esa es la esperanza de Alone frente a los nuevos cambios políticos: “que el ayer no podrá ser destruido”28.

Alone, como Encina, insiste permanentemente en la diferencia de Chile respecto a los países del continente, y frente al desborde de aquéllos los chilenos aparecen como “escasos, medidos, escuetos de actitud, con un íntimo complejo de inferioridad que sólo compensaba la conciencia del valor guerrero” (Alone, 1965a: 37). Como se ve, la referencia a una salida militar (a través de la presencia del líder) para oponerse a la crisis también está presente en Alone, sobre todo porque aquellas virtudes habían terminado por resquebrajarse en el Chile de los 60 y resultaba urgente recuperarlas.

Los argumentos de Alone se acercan notoriamente a los de Encina, al que cita directamente al señalar que Gabriela Mistral apreciaba al “gran historiador Francisco Encina” por la calidad “fundamental” de su prosa (Alone, 1965c: 43). Pero, sobre todo, al utilizar expresiones como “desconformados cerebrales”, que tiene su origen en Encina y que Alone trae al presente para descalificar a sus adversarios políticos. El “desconformado cerebral”, dice, evidencia un desajuste con el mundo que lo rodea, no entiende bien lo que lee e intenta aplicarlo “sin coherencia a una realidad que tampoco percibe del todo”. Las teorías del desconformado parecen admirables, vistas desde lejos, pero de cerca, es un “fanático resuelto a todo y que no despierta jamás de su sueño”, yla “desconformación cerebral del ideólogo adquiere un perfil celeste, apostólico, y lo presenta a los ojos de sus fieles bajo la figura de un Mesías”.

Bajo esta categoría, Alone (como Encina) incluye a todo aquel que se oponga a su propia concepción de la vida pública, ya sea en los inicios de la República como en los años 60, ambos períodos sometidos a la acción de “desconformados cerebrales”. Por esta razón, las opiniones de Encina, señala Alone, aparecen más actuales que nunca, para denunciar a los “ideólogos”, que confunden las lecturas sin lograr comprender la realidad chilena, provocando la anarquía social. Alone, como Encina, intentaba establecer una filosofía de la historia, en la cual Chile está permanentemente sometido a dos fuerzas políticas contrapuestas: el orden social y la anarquía. En el primero están los conservadores, la oligarquía, las personas cultas y de buen juicio. Entre los segundos, los liberales (antes), los socialistas y democratacristianos (hoy), los intelectuales y todos aquellos que propugnan la subversión del orden social. En este clima, las opiniones de Alone pasan de juicios literarios a análisis de la política contingente. En este sentido, la crisis de los 60 aparece como distinta a la de 1910, que era percibida como el resultado de la indiferencia de las clases dirigentes frente a la “cuestión social”. Ahora, por el aumento de la presencia popular en la política. Es decir, se pasa del antiliberalismo al antiprogresismo.

DEL NACIONALISMO A LA ANTIIDENTIDAD

Uno de los aspectos políticos que más fuertemente criticaron los conservadores como Alone a los gobiernos reformistas de los 60 fue la implementación de la Reforma Agraria, que permitía destruir el enclave de la sociedad tradicional: el latifundio. Alone particularmente se opuso a esa política en la creencia que en ese latifundio había surgido un modo de vida que asociaba con el país completo, coincidiendo sólo parcialmente con Encina, quien se oponía tanto a la oligarquía como a una economía basada en el trabajo agrícola. Y, sin embargo, sí hay una presencia de Encina en las argumentaciones de Alone, que, olvidando la diferencia anterior, recurre al racismo del talquino para oponerse a la entrega de la tierra a campesinos cuya pobre educación los vuelve, para Alone, incapaces de hacerse cargo de esa labor.

Encina había señalado que era sólo a través de una educación técnica que se podía conseguir propietarios capaces y no repartiendo la tierra. Pero, no a la educación del liceo, ni a la cultura “humanística” basada en el cultivo de cualidades del espíritu “que no existen”, sino mediante la formación de costumbres morales. Alone coincide con el racismo de Encina cuando expresa su negativa opinión del chileno (pobre) como un hombre indolente, trashumante y no trabajador. Y agrega que “la CORA (Corporación para la Reforma Agraria) carece de todo poder de persuasión, pues no tiene en cuenta que, salvo una minoría (1%), al campesino le gusta fundamentalmente no trabajar” (Alone, 1963: 91). Y en otra parte del artículo escribe de manera casi textual a Encina:

… el impulso de cavar la tierra y sembrarla, de regarla y desmalezarla (no le viene al hombre de campo) del indio. Entre los aborígenes trabajaba la india. El hombre peleaba, procreaba y dormía. Era su papel. Tampoco del español. Al gentilhombre, y todo español lo es, le estaba prohibido trabajar (…) Hacer trabajar al indio ha sido la empresa histórica de nuestra colonización. Todavía no se logra formarle el hábito. Hay que obligarlo, empujarlo, vigilarlo, estimulándole de mil maneras, buscándole los resortes ocultos para crearle costumbres activas, sin contrariar demasiado las que, inmemorialmente, le llevan a la inercia (Alone, 1963: 92).

Hernán Díaz Arrieta reseñó el libro de Horacio Serrano ¿Por qué somos pobres?, en su “Crónica literaria” de El Mercurio, el domingo 11 de noviembre de 1973. Es decir, quince años después de su publicación, y a dos meses justos del golpe militar. Alone coincide con Serrano en dos aspectos: Chile no es un país agrícola, lo que corresponde a la antigua tesis de Encina: “Ya lo dijo Encina: ningún país de Hispanoamérica ha consumido tanto esfuerzo humano como Chile”. Y en segundo lugar, Alone descalifica la raza chilena negando que se trate de “una raza laboriosa, sobria, ordenada, tenaz y obediente. Nada de eso”. Y vuelve a citar a Encina:

El pueblo proviene de soldados españoles y guerreros araucanos, soldados admirables, guerreros heroicos, pero inhábiles para la agricultura, las industrias o el comercio y que los despreciaban como ocupación indigna. También lo dijo Encina.

Alone agrega su propia opinión del chileno a quien acusa de embustero, lo que contribuye a la pobreza:

¿Y, ha oído alguien alguna vez que un maestro gásfiter, carpintero, zapatero, herrero, albañil, o lo que sea, haya dicho alguna vez, siquiera por equivocación o coincidencia, la verdad?

El de Alone, como el de Encina, es un nacionalismo sin habitantes ni geografía.

En 1976 Alone publicó sus memorias (Pretérito imperfecto. Memorias de un crítico literario), en las que recoge recuerdos de principios de siglo, artículos literarios escritos en los años 30 y 40, apuntes de viaje de los 50, y algunos pocos textos de los 60 y 70, por lo que su utilidad es escasa para dar luces sobre nuestra época de estudio, aunque merece algunos comentarios breves.

El tono de estas memorias es completamente diferente al libro comentado. Estamos frente a un Alone sin preocupaciones políticas contingentes, aunque rechaza el presente y siempre parece preferir el ayer, y no pierde oportunidad de rechazar la democracia (“Pretender que todos los hombres somos iguales, me parece ante todo, una injusticia personal”, dice refiriéndose a alguien que podría ser él mismo), está más preocupado de reflexionar sobre cuestiones metafísicas, asuntos personales, sus amistades de la clase alta, los grandes temas de la cultura occidental, el papel de la religión, y muchas lecturas francesas.

En el texto encontramos una referencia a Francisco A. Encina29 que confirma las ideas que hemos desglosado anteriormente. Es un texto, sin fecha pero inserto entre otros anotados en torno a 1965, en el que Alone cuenta una visita a Encina en su casa de Santiago, hacia 1930, para entregarle un ejemplar de su libro Portales íntimo. En la conversación, Alone intenta persuadir a Encina que escriba sobre Portales, lo que finalmente logra, y algunos años más tarde publica su texto Portales (Encina, 1934).

En su recuerdo, Alone no se priva de elogios a Encina: “Era la sencillez misma, era la llaneza campesina, era el antiguo hacendado chileno quitado de bulla, gran señor hospitalario y generoso, sin fausto, con algo de patriarcal y primitivo”. Y define a Encina como pensador, filósofo, historiador trascendental.

Guillermo Feliú Cruz (1900-1973), en Patria y chilenidad (Feliú Cruz, 1966) con un tono muy de Encina, también recupera el nacionalismo, proponiendo la imagen de un Chile aislado en América Latina, criticando el americanismo como una tendencia opuesta a la chilenidad, pues si ésta, basada en la homogeneidad racial y en el mayor desarrollo del Estado, dio mayor seguridad al chileno, el americanismo lo paralizó convirtiéndolo “en un país de tercer orden”. Feliú Cruz postula que Diego Portales salvó a Chile de la anarquía trasformándolo en un país superior en América (Portales, 1937). En cambio, cuando el país se olvida de Portales y del nacionalismo, y acepta el americanismo, entonces dice, “Argentina pidió la Patagonia, Chile en nombre de este mismo americanismo la entregó”.

G. Feliú Cruz

LO POPULAR Y LO ANTIPOPULAR

Encina estaba convencido que el nivel de atraso (racial) del pueblo chileno era un factor que dificultaba la incorporación del país a la modernidad y al desarrollo. Sin embargo, desde el nacionalismo, él y otros miembros del centenario se opusieron a la traída de inmigrantes, pero sí fue favorable a un cambio educacional, en el que dudamos de si estuvo dispuesto a incluir a los sectores populares o sólo a los medios y altos. Su menosprecio por lo popular es evidente, y este mismo menosprecio surge en los años 60 y se expresa de diversas maneras que van desde la desconfianza en el campesino (Alone), la presencia del roto (Benjamín Subercaseuax, Horacio Serrano, Silva Castro), hasta el feísmo social (Oyazún).

Estamos frente a una paradoja, pues este nacionalismo (burgués) y su buena opinión del país tienen su contrapartida en una negativa imagen en la que coinciden muchos ensayistas de los 60, aunque con expresiones diversas. Una de ellas tiene su origen en el retrato de un país sometido a una confrontación ideológica excesiva, un país dividido por intereses contrapuestos, en una negativa caracterología social, o aun en limitantes cuestiones raciales; aunque tal vez no todas ellas tengan su origen en Encina.

Benjamín Subercaseaux era ampliamente conocido por sus novelas y ensayos publicados con anterioridad a los años 60, especialmente Chile, una loca geografía (1940) y una serie de ensayos y artículos de prensa, en muchos de los cuales se opone al modelo práctico, modernizador y laico de Encina, y en los que no defiende a Portales y el autoritarismo conservador, aunque critica a la oligarquía agraria, y tiene una imagen negativa del mundo popular, y en general, estancada de Chile, por ejemplo, en dos artículos suyos: “Un Chile no conmemorativo” y “La historia del hombre inconcluso” (Subercaseaux, 1960, 1962), cuyos títulos revelan una mirada crítica hacia el chileno, como un ser “impermeable a la experiencia”, un hombre de extremos, constituido por fuerzas opuestas, que lo vuelven inestable e irresponsable: “Se le cree incapaz, y lo prueba, cuando no le da la gana de hacer lo que no quiere hacer. De súbito se torna el hombre más listo, preciso y eficiente, si la cosa urge, si ésta le place, o si le va el honor o la diversión en ello”. Junto a éstos, anota otros rasgos “preocupantes” del chileno: vive de la sorpresa, es tímido, agresivo y se apoya en los prejuicios. Es “un ser a disgusto” y posee un apetito por la muerte: “El hombre del pueblo es un suicida refinado, un hombre que hace que su muerte esté ocurriendo toda su vida”. Concluye estableciendo que “jamás vi raza más inútil, testaruda y poco deseosa de aprender los menesteres esenciales para la existencia”. Y agrega: “Nuestro país es el único, que yo conozca, donde se siembra eternamente y no se cosecha jamás. Y donde es también posible la inversa: de cosechar sin haber sembrado nunca”.

B. Subercaseaux

Subercaseaux se presenta como un seguidor de Keyserling y su imagen de Chile como un país que practica un “culto a la fealdad”, oponiéndose a los elogios nacionalistas de algunos miembros del centenario. En “La historia del hombre inconcluso” mantiene su crítica y presenta al chileno como un ser aún no terminado de formar, moral (“Chile es tierra del más o menos”) y sicológicamente, por lo que tienen una conducta vaga y prefieren el menor esfuerzo, con el agravante de la petulancia, que les hace creer que las cosas resultarán bien a pesar de todo. Y de manera muy cercana a Encina, señala que “el alcohol es lacra fundamental, y en Chile no habrá raza, ni moral, ni país mientras haya alcohol”. En relación al hombre del pueblo, el roto, lo define como un ser desorientado, sin creencias estables ni ideales colectivos: “Es un hombre que no obedece a nadie, como no sea al carabinero, en el que sólo ve un obstáculo, pero no una autoridad constituida”. Anota como característico, la pereza, la inconstancia, la falta de capacidad de ahorro, y que “nuestro país carece de una verdadera finalidad”. Termina Subercaseaux con una conclusión que ya habíamos encontrado anteriormente: la causa de estos negativos rasgos los encuentra, “… en el conflicto psicológico entre dos grupos humanos separados por un período no inferior a doce mil años, y puestos en contacto ayer, en la tardía conquista española”. Es decir, una caracterología muy cercana a la de Encina.

Una perspectiva similar encontramos en el artículo de Horacio Serrano “El chileno, un desconocido” (1965), en el que, a la antiidentidad anterior se suma ahora el desconocimiento profundo que el chileno tiene de sí mismo. Serrano inicia su obra con la inscripción del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, pues en su opinión los males de Chile derivan del “desconocimiento que el hombre del país tiene de sus actitudes genuinas, de sus vicios y virtudes”. Como en Encina, su intención no consiste sólo en reflexionar sobre ciertos rasgos del carácter nacional sino en detectar los problemas que esta identidad causa en el desarrollo del país. Por ejemplo, en el desequilibrio producido entre el chileno, su medio y su historia. Un ser ahistórico, dice, que nace cada día. Esta idea se comprende mejor cuando se le compara con el europeo: “Pascal (...) se formuló su trascendental interrogación: ¿Quién soy yo? El ciudadano chileno puede formularse a sí mismo, en cualquier momento, la misma pregunta. Y en ningún momento encontrar respuesta”. O bien en el terreno político. Por no conocerse, el chileno tampoco sabe cuáles son sus aspiraciones políticas, por lo cual vive permanentemente descontento de sus gobernantes; aunque hayan sido elegidos por él mismo. Donde otros ensayistas se quejan del conformismo, Serrano denuncia el excesivo descontento30.

Dice que el chileno vale más como persona aislada que como grupo social: individualmente son ponderados, de buen juicio; lo cual ha moldeado a Chile como un país donde prima la democracia, con una justicia lenta pero eficiente, y con universidades de prestigio continental. El país, sin embargo, no logra el despegue definitivo; pues frente a los grandes objetivos comunes el chileno se “resta” donde otros pueblos se “suman”, mencionando una serie de ejemplos históricos para comprobar su tesis. De modo similar a Encina y los demás ensayistas analizados, termina señalando que la raíz profunda del mal se encuentra en la formación racial del chileno; que no es europeo, ni indio puro, ni tampoco mestizo en el sentido que se le da a esta palabra en América. Esta diferenciación, dice, prueba la necesidad de incrementar el conocimiento y el estudio del alma nacional.

Una perspectiva similar encontramos en la obra de Raúl Silva Castro (1903-1970), Estampas y ensayos (1968), constituida por un conjunto de artículos literarios en los que se vuelve a esta doble imagen de Chile: por un lado, un país poblado de “rotos” considerados como anárquicos y sin ideología, pero al mismo tiempo, libres. Y por otro, de “rotos” solitarios, tristes e incapaces. En “No más roto chileno” (1964) reflexiona sobre el significado de la palabra “roto” a partir de la expresión de José Joaquín de Mora, quien describió a los chilenos como “dandies por fuera y por dentro rotos”. En opinión de Silva Castro, De Mora quería decir que el chileno era elegante en el vestir, sonriente y educado al caminar. Actitud externa, pues en el interior lo que prima es el odio y celebrar el mal ajeno. De aquí derivan las palabras “rotadas”, “roterías”, “roteque”. Las cuales ofenden, ajustándose a la “autodenigración” que recorre el país y que se manifiesta en la necesidad de ocultarse.

R. Silva Castro

Silva Castro se pregunta en “Verdejo y anti-Verdejo”, si el personaje de la revista Verdejo representa al verdadero pueblo chileno. Personaje al que define como un ser pringoso, mal oliente, infrahumano y como un símbolo al que debe ponerse fin, pues el chileno no puede reconocerse en este “sub-hombre”. A la imagen de “Verdejo” opone la que emitió Carlos de Borbón a su paso por Chile: “Esparta cristiana”, al observar el desprecio a la muerte junto a la caridad. Una imagen distinta a la de “Verdejo”, quien no cree en el futuro ni ama la existencia. Por estas razones propone eliminar a “Verdejo” y reemplazarlo por otro símbolo que asegure la prosperidad. Silva Castro anhelaba, como Encina, un Chile burgués y moderno y la presencia de la pobreza y la marginalidad social le mostraban lo lejano que estaba su país de su ideal.

Ideas semejantes presenta Luis Oyarzún (1920-1972), quien a fines de nuestro período de estudio, en 1973, publicó Defensa de la tierra31, en que vuelve a mostrar algunos vicios del chileno y particularmente su falta de respeto por la naturaleza y el daño ecológico que provoca. Oyarzún en 1967 había publicado Temas de la cultura chilena, donde analiza cuestiones claves de la cultura nacional: la poesía de G. Mistral, la relación poesía-sociedad y una documentada crónica de su generación literaria. En el primero de ellos: “Resumen de Chile”, de nuevo se vuelve a insistir en una perspectiva muy cercana a Francisco Antonio Encina, como el aislamiento superior de Chile en América Latina, junto a la pobreza (económica y cultural) y el frustrado desarrollo del país.

   
 

L. Oyarzún

 
 

Oyarzún insiste en la imagen de un país permanentemente dividido por una fuerte confrontación ideológica, entre liberales y conservadores en el siglo XIX, como a las fuertes diferencias políticas en su propio presente. Para comprender este conflicto nos habla de dos tipos de chilenos: el marginal, pobre y andariego (“roto pata de perro”), asociado a la fantasía y al cambio; y el “huaso”, sedentario y conservador. Desde esa perspectiva, como los ensayistas anteriores, nos presenta la existencia de dos países: uno en el que prima la tolerancia, la democracia, la cultura, el orden y la libertad. Un país que progresa en paz y orden social, de manera diferente a América Latina, por lo que puede incluso convertirse en su modelo, debido a la temprana creación de un Estado político (organizado por Portales), y de una hegemonía racial que le asegura fuerza y originalidad. Es el Chile blanco, europeo, burgués, ilustrado. Y el otro, un país poblado por individuos inseguros, más imitadores que creativos; un país que no logra romper el círculo de la pobreza. El Chile mestizo, popular, rural. De nuevo, la doble identidad nacional.

En ambas características están presentes los diagnósticos y los argumentos de Encina, al describir un mundo popular sin educación ni dirección de la elite, que se iba haciendo cada vez más presente en la realidad y la política. Evidentemente, hay diferencias entre Luis Oyarzún y Hernán Díaz Arrieta quien recurrió a la antiidentidad popular como una manera de oponerse a los cambios sociales, aunque ambos comparten la mirada común de un pueblo degradado y sin cultura, y el temor de que este mismo pueblo se hiciera cargo de los destinos del país. Un país poblado por un habitante que cultiva el feísmo, la marginalidad y el aislamiento no civilizado. Es una pobreza económica y cultural de la que no se puede salir. Es la población callampa urbana. Es la ruca del sur.

Esclarecedor de esta negativa imagen nacional resulta la lectura del Diario íntimo de Luis Oyarzún (1995)32. En la entrada del 26 de septiembre de 1959 hace una aseveración que no explica, pero que resulta muy próxima al ideario de Encina: “Chile, país sin élite” (Oyarzún, 1995: 320). Y algunos años más tarde reitera la imagen de un país en crisis, detenido y pobre:

24 de enero de 1961: En todas partes, la miseria de Chile, miseria con desidia, con mala voluntad, con impulsos agresivos. El problema no es sólo económico sino también moral y sería iluso quien creyera que la solución de éste depende sólo de la de aquél. El chileno proyecta su feísmo de población callampa a la naturaleza y por eso no le cuesta arruinar su hermosura. El no mira el paisaje ni tiene la capacidad de verlo en perspectiva, que exige una condición mental superior, la facultad de desprendimiento estético y moral. Los montes, las selvas, las cascadas impresionan al chileno por su magnitud, como expresión espectacular de fuerza, y no por su belleza, tal como podrían deslumbrarlo un portaviones o un terremoto.

Entre otras limitaciones, Oyarzún destaca lo que podemos denominar como la indiferencia ecológica del chileno, que más que una situación política o económica, se refiere a un atraso cultural:

(…) El habitante de estos pueblos (se refiere a Carahue, Nueva Imperial, Collipulli, Gorbea) es indigno de su paisaje natural, es un fantasma ciego. (…) Son muy pocos los que conocen los nombres de los árboles o las flores y sólo la afición por la caza les permite dominar a los animales más comunes. La ruca araucana tiene una holgura, una espaciosidad, superior al rancho campesino. Es menos sórdida y hasta, se diría, más funcional, con todo a la mano y a la vista en su ruedo sin recovecos. Ruca y rancho están llenos de humo y los niños inmundos con conjuntivitis. Tal vez por eso les importa tan poco el humo de los incendios de bosque (Oyarzún, 1995: 329).

Una imagen de Chile que reitera la visión de otros ensayistas de la época:

29 de junio de 1961: En mi país, como bien lo ha dicho Benjamín Subercaseaux, todo es provisional, precario, todos están cambiándose de un momento a otro y una suerte de mediagua del alma es la ley33.

Desde estas creencias, Oyarzún levantará su propia posición expresada en el nihilismo, y la oposición al nacionalismo popular de la Unidad Popular y sus reformas sociales. Allí donde Jorge Ahumada, Aníbal Pinto, y otros ensayistas que analizaremos posteriormente, confiaban en que sí era posible alcanzar la modernidad y el desarrollo, Oyarzún observa con desesperanza el lado más negativo de la realidad nacional. Incluso sus referencias a Portales, a partir de la llegada de la Unidad Popular al gobierno, son similares a las de Alone y los conservadores, aunque más con temor que con deseo. Talvez, previendo la crisis social que se anunciaba, a tres años del golpe militar y dos días después de la elección de Salvador Allende, escribe:

6 de septiembre de 1970: Las condiciones y expectativas de Chile han cambiado tanto en estos últimos dos días, como si se hubiera producido un cambio de astro. Ya nunca más será el país de antes, ese bello, malo y desgraciado país. Ahora es otro. Y muchos chilenos han de sentir que en éste están de más. (…) ¿Hasta dónde llegará la elasticidad de Chile en el experimento social? No lo sabemos todavía. Tal vez no es mucha. En Chile nunca se han realizado experimentos políticos audaces. Es el país del sentido común, la República de Perogrullo. Tal vez eso es lo que llamaba Diego Portales “el peso de la noche” y, un siglo más tarde, su epígono Alberto Edwards “la República en forma”. A los que sobresalen de la adobera donde se fabrica el queso nacional, les cuesta caro asomarse, abandonar la “forma”. Balmaceda lo prueba. Y Alessandri (Arturo) prueba lo contrario (Oyarzún, 1995: 573).

Oyarzún expresa las contradicciones y dificultades de una época que ponía a los intelectuales en la prueba más profunda de decidir a qué modelo político y cultural recurrir para enfrentar las circunstancias. Y también un esfuerzo supremo por revisar la historia, la identidad y la cultura, para intentar comprender lo que sucedía a su alrededor.

EL TEMA DE LA IDENTIDAD NACIONAL, COMO HISTORIA DE LAS IDEAS

Para concluir veremos dos trabajos de Hernán Godoy en los que recurre a los diagnósticos del centenario y particularmente a Encina, para analizar el modo como los chilenos se enfrentan a la identidad nacional.

En Estructura social de Chile, Godoy (1971: 632) reúne una antología de textos en los que se dan luces sobre las características socioculturales del país. De éstos nos interesan dos momentos: el IV. “Ciclo de modernización urbana (1850-1950)”, y el V. “Ciclo de difusión urbana (1950-1970)”. El primero cae dentro de la Generación del Centenario, y el segundo en los años 60.

El primero se divide a su vez en dos partes, a) “1850-1891. Expansión demográfica territorial y predominio de la burguesía liberal”, y b) “1891-1920. La polarización de la riqueza y la cuestión social”. Incluye artículos de Enrique Mac-Iver (“Discurso sobre la crisis moral de la República”), Alejandro Venegas (“Alejamiento de las clases sociales”), Luis Emilio Recabarren (“El balance del siglo. Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana”), Juan Enrique Concha (“Características sociales de Chile”) y Francisco A. Encina (“Cambios en las condiciones sociológicas”). Godoy analiza el centenario en un contexto de polarización de la riqueza, el surgimiento de la “cuestión social”, y la inmigración extranjera. Una época conflictiva en cuestiones económicas, sociales y culturales. Un país que no logra acomodarse al sistema de industrialización progresivamente vigente en el mundo. Godoy sintetiza la diversidad del pensamiento de los autores del centenario en dos cuestiones fundamentales: primero, que denuncian la situación de crisis que vive el país, oponiéndose a la celebración del centenario34, y en segundo lugar, que se trata de un pensamiento marcado por el nacionalismo con un interés fuerte en lo chileno35. Hernán Godoy califica positivamente el libro de Encina Nuestra inferioridad económica, y nos dice que es “todavía actual” (Godoy, 1971: 245).

Respecto al segundo momento, los años 60, Godoy desglosa el pensamiento de Aníbal Pinto, Eduardo Hamuy, Jorge Ahumada, Osvaldo Sunkel, Mario Góngora, Pablo Huneeus, Eduardo Frei, y el discurso del Presidente Allende en el Estadio Nacional leído el 5 de septiembre de 1970.

S. Allende

Sin embargo, por tratarse de un análisis global sobre la época, los elementos que considera Godoy son más amplios que los ensayistas analizados anteriormente, mencionando la constitución de una sociedad de masas, el predominio de lo urbano por sobre lo rural, la creciente intervención del Estado en la economía, el incremento del cuerpo electoral con la incorporación de pobladores, campesinos, mujeres y analfabetos en política, la institucionalización de las ciencias sociales, el incremento de la clase media, y otros cambios sociales y culturales.

De esta multiplicidad de situaciones, Godoy desprende una cuestión fundamental y es que la sociedad chilena se ha desequilibrado y vive una crisis debido “a la creciente discrepancia entre el lento desarrollo económico y el considerable desarrollo político y de las aspiraciones de consumo” (Godoy, 1971: 416). Es decir, una tesis que venía desde Encina y que había sido retomada por economistas como Ahumada y Pinto, a los que analiza detalladamente.

El proyecto de Encina no está presente entero en todos los autores de los 60 elegidos por Hernán Godoy, pero sí hay algo de él en la utilización de la idea de crisis, la necesidad de desarrollo económico, el antinorteamericanismo, el nacionalismo, y la desconfianza en el modelo liberal. Godoy se presenta como un autor muy cercano a una solución nacionalista pero también democrática. Un hombre insatisfecho del estado social del país y que busca, desde la propia identidad, refundar Chile. Un país que necesita más democracia pero también más economía, y que no parece opuesto al proyecto de Salvador Allende de iniciar “el camino al socialismo en democracia, pluralismo y libertad”, según declara (Godoy, 1971: 425). Es decir, lo que podríamos denominar como un nacionalismo democrático. Al menos en este texto.

ENCINA DESPUES DEL GOLPE MILITAR DE 1973

El pensamiento de Encina y su imagen de país tuvieron una fuerte adhesión por parte de los militares, que lo transformaron, junto a Diego Portales, en sus pilares ideológicos e inspiradores de su accionar, basado en el nacionalismo (Encina) y el orden social (Portales). Por lo anterior, se realizaron diversas publicaciones para rescatar al historiador y al tribuno, y aun se bautizaron o rebautizaron con sus nombres edificios públicos, y el rostro adusto de Portales se obligó a colgar en cada oficina pública del país.

Entre las publicaciones debemos mencionar: Pensamiento de Encina (Anónimo, 1974b), publicado en la antigua Editorial Nacional Quimantú (recién rebautizada como Editorial Gabriela Mistral), constituido por una selección de citas sueltas de Encina sin análisis, que en un tono elogioso y admirativo, destaca sus ideas más cercanas al mundo militar: su escepticismo en la política, su nacionalismo, la imagen de un país en crisis (esta vez causada no por los liberales sino por los socialistas), la educación humanista como causa del atraso económico, la admiración por Portales y el (positivo) aislamiento de Chile del continente americano36.

En la misma colección y el mismo año, se publicó Pensamiento de Portales (Anónimo, 1974c), que consiste, como el anterior, en una antología de citas aisladas sacadas de las cartas de Portales, y ordenadas por temas como “Problemas políticos de Chile”, “Política americana”, etc. En el prólogo se establecen las semejanzas entre el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y la llegada de Portales al gobierno, 140 años antes. Un Portales a la medida de las circunstancias: “Portales, sin ser un político profesional, tuvo la percepción certera del mal que aquejaba a Chile y la intuición preclara del enérgico remedio requerido”. Pinochet tampoco era un político profesional y también tuvo una participación certera para aplicar el remedio requerido.

Posteriormente se publica en esa editorial, siguiendo el mismo formato de los libros de difusión de la Unidad Popular, un pequeño texto,Los pioneros (Anónimo, 1974a), en el que se presenta a los empresarios (José Tomás Urmeneta, José Menéndez, José Santos Ossa, Patricio Larraín Gandarillas, Ramón Subercaseaux, José Besa, Matías Cousiño), que tanto admiró Encina y a quienes mostraba como creadores de la grandeza económica chilena en el siglo XIX. El tema del arriesgado empresario que hace una fortuna y engrandece el país sin ayuda y en base a su propio esfuerzo, es una imagen muy presente en Encina, y el gobierno militar pensó que éste era el sujeto social que necesitaba para llevar a cabo sus reformas sociales y económicas.

En el prólogo se repiten de manera casi textual las ideas de Encina, para denunciar un Chile burocrático, con una ineficiente educación y una ausencia de impulsos empresariales (o sólo entre los extranjeros llegados al país), lo que produce una decaída nacionalidad propia de empleados. “En Chile, hoy, falta empuje realizador (…) Una maraña reglamentarista y burocrática envuelve a cada chileno desde sus primeras letras…” Así, de las ideas de Encina se acogen aquéllas adecuadas a las circunstancias del momento y su estatismo lentamente es reemplazado por un modelo económico basado en el empresario, y ahora debido al estatismo del gobierno de Allende se enaltece la “libertad económica del siglo XIX (que) permitió que muchos particulares, chilenos y extranjeros, desarrollaran un empuje extraordinario” (Anónimo, 1974a: 5). A partir de ahora un “chileno emprendedor”, un “self-made man”, se transformaba en el sujeto social del momento.

A ese texto le siguió Chile y sus recursos naturales, del Dr. Fernando Monckeberg (1975), que constituye una síntesis de su libro Jaque al subdesarrollo (1974), en el que plantea, de un modo muy cercano a Encina (aunque no lo menciona), cómo alcanzar el desarrollo económico. El punto de vista de Monckeberg es el de la modernización del país y para alcanzarla señala que la educación y la alimentación de la población son cuestiones fundamentales. Un desarrollo y una modernidad que al autor le parecen conseguibles si se siguen ciertos lineamientos, como el acceso al conocimiento y el adelanto científico del país.

F. Monckeberg

Pero, además, plantea la necesidad de industrializar con la elaboración de nuevas materias primas, que aumenten las exportaciones, el registro de patentes y otros aspectos que permiten poner fin al subdesarrollo. Un aire innovador envuelve las páginas de Monckeberg, a través del cual nos presenta una mirada opuesta al gobierno y la cultura de la Unidad Popular, por medio de la revitalización y el encantamiento del proyecto liberal. Habla de futuro, cambios tecnológicos, utilización de los recursos naturales, y desde una fuerte economización.

Es un neo positivismo que acepta incluso el darwinismo social como un pensamiento necesario para alcanzar el desarrollo: “Ya antes que existiera la vida inteligente, primero los vegetales y luego los animales fueron haciendo uso de estos recursos, lo que permitió su crecimiento, desarrollo y la selección de aquellas especies más adaptables a ese medio” (Monckeberg, 1975: 5). Fernando Monckeberg da muestra de una gran voluntad de desarrollo, de valentía para enfrentar el futuro y las crisis. Lo que distingue este texto es que utiliza los mismos conceptos de los años ’60 (desarrollo, subdesarrollo), pero desde una perspectiva práctica para enfrentarlos. Por ejemplo, para lograr nuevas exportaciones que generen riqueza (debe ser de los primeros en usar el concepto “valor agregado”) se requiere investigar la propia naturaleza nacional. Monckeberg utiliza todavía ciertos conceptos en uso en la época anterior, como “imperialismo tecnológico” para definir la actitud de las grandes potencias para frenar los intentos de desarrollo de los países periféricos, o bien recurre a las ideas planteadas por Jorge Ahumada sobre la necesidad de exportar para salir de la pobreza, pues no se debe esperar la ayuda externa.

Monckeberg, aunque es un ensayista reflexionando sobre el tema de la pobreza y el desarrollo, piensa como un economista y utiliza un nuevo lenguaje que se extenderá a lo largo de la década: estrategia, racionalidad, valor agregado, atracción de capitales, diversificación de exportaciones, investigación, tecnología. También es evidente su recomendación en bajar los aranceles y disminuir la participación del Estado en la economía37, así como establecer una política para atraer capitales y no expulsarlos, y los modelos que propone son inversos a los anteriores de Cuba y la Unión Soviética, apuntando al Japón de la revolución tecnológica, o la revolución agrícola llevada adelante por Israel, Africa del sur o Nueva Zelanda. Con Monckeberg un nuevo lenguaje comienza a imponerse en la difusión de las ciencias sociales, lo que nos permite pensar que se inspira en Encina, pero que al mismo tiempo intenta superarlo para avanzar más lejos. Por ejemplo, Monckeberg, como Encina, Serrano y otros, participa de la idea que Chile no posee un suelo válido para actividades agrarias, que él reduce a sólo un 16% del total. Sin embargo, postula algo que Encina no vio y es que esas mismas tierras, sí podían ser útiles para labores ganaderas y sobre todo forestales, o incluso para un nuevo tipo de agricultura que permitiera alimentar a “120 millones de habitantes”, mientras que en la actualidad se importaban “casi 800 millones de dólares en alimentos para mal alimentar a nuestra población” (Monckeberg, 1975: 31).

En este sentido, el texto se transforma en un recetario de productos exportables (uva, miel, hongos, hortalizas, fruta seca, etc.) o cualquier otro aspecto que produzca ganancias como el turismo, la industria forestal, la pesca. Insiste en fijar plazos para vencer el subdesarrollo y en otras medidas prácticas como la silvicultura señalando que “las posibilidades de fabricar productos de exportación son favorables, pudiendo significar una riqueza extraordinaria para Chile” (Monckeberg, 1975: 51). Para probar sus afirmaciones, Monckeberg recurre a estudios realizados durante la Unidad Popular por organismos estatales como la CORFO, con lo cual podemos colegir que a pesar de la radical diferencia en la concepción de política económica, hay cierta continuidad en muchas de sus iniciativas que venían planteadas desde, al menos, Jorge Ahumada, pero también en algunos estudios realizados durante los gobiernos de Frei y Allende, como la necesidad del consumo de pescado entre la población y el fomento de las exportaciones, pero que nunca pudieron ponerse en práctica. Por ejemplo, cita un estudio realizado por CONICYT en 1971, en el que se concluye que “la escasez de personal calificado es la mayor dificultad que Chile debe enfrentar al crear la capacidad necesaria de investigación y desarrollo de la tecnología del cobre”, la que obviamente era extensible a muchos otros ámbitos nacionales. Fernando Monckeberg es uno de los primeros, o el primero, que a partir de estas iniciativas sugiere establecer una nueva identidad geopolítica para Chile, dejando de lado sus tradicionales afanes europeístas para conectarlo con el mundo asiático y la Cuenca del Pacífico.

Podemos concluir que en las dudas iniciales del gobierno militar, la inspiración de Portales y de Encina resultan evidentes: de aquél el orden social y de éste el nacionalismo. Pero, lentamente, comienza a surgir la imagen de un chileno emprendedor y pionero, produciéndose una cierta inversión del proyecto económico, con lo cual se abandona el estatismo de Encina y su desconfianza en el modelo liberal, aceptando a éste (por influencia de los economistas de Chicago) como el plan para salvar la economía. Se produce así una síntesis de proyectos. O si se prefiere, es desde el mismo Estado (tan proclamado por Encina) que se realiza la revolución liberal para intentar un reencantamiento del liberalismo (sólo económico). Reencantamiento en el cual, por supuesto, Encina ni Portales nunca creyeron demasiado.

Así, esta vertiente liberal y modernizadora no anuló sino que se sumó a la nacionalista y estatal, con una identidad nacional férrea, militarista y aislada del continente.

En este contexto, el libro más importante para comprender las ideas del Gobierno militar en sus inicios es el compilado por Enrique Campos Menéndez, Pensamiento nacionalista (Campos Menéndez, 1974),que contiene diez trabajos38, muchos de los cuales giran en torno a Francisco A. Encina como mentor de la nueva época que iniciaba el país. A los que se han agregado dos trabajos de representantes de la Generación del Centenario: Nicolás Palacios (“Decadencia del espíritu de nacionalidad”39) y justamente Francisco Antonio Encina (“Causas de la decadencia del espíritu de nacionalidad”40). Obviamente, el compilador ha escogido aquellas páginas que mejor pudieran apoyar sus propias ideas nacionalistas, muy cercanas a la Junta Militar, al menos en su primera fase de gobierno, y que contravienen el liberalismo modernizador de Fernando Monckeberg.

E. Campos M.

Campos Menéndez habla desde un nacionalismo (retórico) que se extiende a toda la historia del país. “Nacionalista fue, sin duda, el araucano que defendió con su sangre la ruca en que vivía, como el español que bautizaba con la suya el camino de su aventura”. Un nacionalismo asociado a una situación ahistórica y sobrenatural: “Podemos afirmar que en estas páginas están las razones, profundas y auténticas, que explican el fenómeno mágico del 11 de septiembre”41, y para cuyo sustento, las opiniones de Nicolás Palacios resultaban muy apropiadas: “Olvidan las doctrinas sociales económicas que una Nación es antes que todo una entidad moral y jurídica, no una asociación mercantil. El apotegma “no sólo de pan vive el hombre”, es aún más exacto aplicado a las naciones que a los individuos”.

El nacionalismo de Palacios podía movilizar al país en las primeras décadas del siglo XX, pero resultaba completamente añejo en 1973, postulado desde una Junta Militar, que buscaba diferenciarse de un fuerte movimiento socializador, nacionalista y popular del gobierno de Allende. ¿A quién se podía convencer en 1974, con las opiniones de Palacios que se oponía a la llegada de extranjeros y rechazaba una economía basada en la competencia liberal: “El hermoso código político de Chile acuerda a los extranjeros mayores garantías que cualquiera de las constituciones modernas (…). El más importante de los factores que contribuyen a la decadencia de esa virtud social (el instinto de conservación nacional) es el representado por el comerciante extranjero (…). Al avance de las ideas del mercader inmigrante en las esferas de gobierno debe culparse el que se hayan verificado en estos últimos tiempos hechos que no tienen otra explicación plausible ni se han visto en ninguna otra Nación bien organizada”42.

Suponemos que con la reedición de Palacios se intentaba apelar a los instintos primarios de la ciudadanía, para revitalizarla en un nacionalismo que sí compartían los militares, y que intentaron sobreponerlo a un neoliberalismo que lo negaba en la práctica. Podemos deducir que en un comienzo el gobierno militar no tiene un proyecto claro, y una alternativa que se le ofrecía era la que marca Palacios.

De igual manera, en el caso de Encina, el compilador selecciona el capítulo donde el autor explicita sus ideas en contra de la penetración extranjera, en contra del sistema de enseñanza por su ausencia del fomento del sentimiento de nacionalidad, y en su oposición al proyecto liberal y socialista, y en general en contra de las “utopías humanistas”. Pero, también en contra de las enseñanzas de Courcelle Seneuil y el librecambismo, lo que prueba la confusión inicial de los militares y sus seguidores en cuestiones económicas.

Justamente, debido al nacionalismo ambiente, se incluye el artículo de Hernán Godoy “El pensamiento nacionalista en Chile a comienzos del siglo XX” (Godoy, 1973)43, que había sido publicado el año anterior, y en el que Godoy reitera muchos de los conceptos anteriores, pero focalizado en la idea que aunque el nacionalismo no ha estado presente en los partidos políticos, sí lo ha hecho en los ensayistas de comienzos de siglo XX, los cuales tienen la particularidad de referirse a temas concretos de la sociedad, mientras que en los ensayistas del siglo XIX (Lastarria, Bilbao) predominó “la exposición doctrinaria de ideas políticas y filosóficas con escasa referencia a la realidad inmediata”. Godoy cita a Luis Oyarzún, quien había escrito que Lastarria muestra una “acentuada insensibilidad para captar lo singular y concreto, pues los planes que bosquejan sus obras constituyen una política abstracta intemporal y desvitalizada”. O en los escritos de Bilbao, en los que, según Godoy, “este carácter es aún más acentuado; (pues) la aplicación al plano nacional de las ideas liberales y de los ideales positivistas adquieren una forma verbalista y declamatoria sin fundamento en la realidad chilena” (Devés et al., 1999: 254).

Godoy señala que “ambos grupos muestran una clara preocupación política, pero mientras los del siglo pasado cifraban sus esperanzas en nuevas constituciones y en vagas reformas de la sociedad y del hombre, los autores de comienzos del siglo XX apuntan a cambios políticos, económicos y culturales específicos, en consonancia con los diagnósticos concretos y particulares que formulan en sus obras”44. Es decir, aunque Godoy no aplaude a los conservadores, sí participa del antiliberalismo ya mencionado; y coincidiendo plenamente con Encina y los otros pensadores del centenario, Godoy, habla de una “intensa crisis social y moral” a comienzos del siglo XX, y agrega que uno de los factores particularmente relevante, el de la inmigración, fue el que despertó los sentimientos nacionalistas respecto a la desvalida situación en que quedaban los chilenos. Pero, además, Hernán Godoy coincide con Encina, al establecer que el motivo central de la queja es la decadencia del país respecto a la época anterior. Dice, Godoy:

Chile había mantenido una clara supremacía económica, cultural y política entre los países hispanoamericanos hasta pasada la mitad del siglo (XIX). Esa hegemonía se veía amenazada por el veloz crecimiento demográfico y las tendencias expansionistas de Argentina, que hasta 1865 tenía una población equivalente a la de Chile y la había duplicado en el curso de unas pocas décadas por la inmigración masiva, mientras nuestro país se limitaba al crecimiento vegetativo (Devés et al., 1999: 255).

Cuando Hernán Godoy analiza a Francisco Antonio Encina, también recurre a su libro símbolo, Nuestra inferioridad económica, señalando que (por oposición al texto de Nicolás Palacios) se trata de un “libro bien estructurado, cuyas tesis se desenvuelven ordenadamente sobre la base de estadísticas y de datos históricos, interpretados sociológicamente” (Devés et al., 1999: 261). Godoy establece las causas por las cuales, según Encina, la economía chilena es débil: la falta de un territorio en que sustentar una agricultura, a la que el chileno se dedica mientras que debiera fomentar la industrialización; y la negativa psicología económica del chileno, marcada por “la falta de perseverancia, la obsesión por la fortuna rápida, la incapacidad para el trabajo metódico, la debilidad del espíritu de asociación y cooperación, el derroche del tiempo, etc.”. Godoy, igual que Encina, expone que fue entre 1830 y 1865, es decir durante el gobierno de Portales y los conservadores, en que el país logró elevar sus índices económicos y alcanzar el reconocimiento internacional, e igualmente culpar las políticas liberales de ser las causantes de la decadencia, al haber desprotegido la industria nacional y fomentado la inmigración extranjera.

Godoy cita lo más nacionalista de Encina:

El comerciante extranjero, para realizar sus fines de lucro, estimuló los consumos de productos exóticos y moldeó nuestros gustos en armonía con su interés, despertando nuestra admiración por las producciones de las economías extrañas. El libro europeo despertó a su turno, la admiración por las ciencias, las artes, las instituciones y, en general, por la civilización, de la cual era él mismo un producto. Y, por último, el viajero chileno difundió por el ejemplo la admiración por el traje, por el menaje, por la etiqueta y por mil detalles que el sociólogo engloba bajo el rubro de oropel social (Devés et al., 1999: 262).

Y coincide, finalmente, en el argumento central de Encina sobre los males del país: la necesidad de fomentar una educación que permita desarrollar “la eficiencia económica de la población, por medio de la enseñanza que puede suplir los vacíos y contribuir directamente a rehabilitar el sentimiento de nacionalidad”. Según Godoy, los principales aportes de Encina son justamente el haber influido en la política, a través del nacionalismo, y en la cultura con un programa que intentaba educar para alcanzar el desarrollo económico.

 

NOTAS

* Este trabajo forma parte del proyecto de investigación: “Ensayo literario, ciencias sociales, pensamiento político, sensibilidades, y su relación con las redes intelectuales, en los (largos) años ’60 en Chile: 1958-1973”, financiado por Fondecyt, Chile, con el número 1.030.097.

1 El mayor es Mac Iver que en 1910 tiene 65 años. Palacios 56, Molina Venegas, Encina y Recabarren entre 34 y 40, y el más joven es Tancredo Pinochet con 30 años. Desde este punto de vista, es problemático hablar de generación.

2 Enrique Mac Iver, “Discurso sobre la crisis moral de la República”, Pronunciado en el Ateneo de Santiago el 1 de agosto de 1900. Cito por Hernán Godoy, Estructura social de Chile (1971), pp. 283 y ss.

3 Cito por, AA.VV., Antología chilena de la tierra, Santiago, Icira, 1973, p. 83.

4 El centenario y Encina en particular han sido estudiados a lo largo del siglo XX por Cristián Gazmuri, Bernardo Subercaseaux, Sofía Correa, Alfredo Jocelyn-Holt, Hernán Godoy, Renato Cristi y Carlos Ruiz, entre otros. En todos ellos se presentan interesantes interpretaciones sobre esa generación. En esta ocasión sólo me referiré a los trabajos que fueron publicados durante los años 60.

5 Por ejemplo, Sofía Correa et al., Documentos del siglo XX chileno, Santiago, Sudamericana, 2001, al realizar la antología del centenario no consideran ningún capítulo de la obra clásica de Encina, Nuestra inferioridad económica. Cristián Gazmuri, en cambio, sí percibió la importancia de Encina, del que escribe: “La más conocida de las figuras que denuncian la crisis nacional latente en el período que nos preocupa es Francisco Antonio Encina”, y agrega, “pero las concepciones de Encina no sólo están expresadas en su visión de la historia de Chile; también fue un agudo y crítico observador de la realidad que le tocó vivir”. Cristián Gazmuri, Testimonios de una crisis. Chile: 1900 -1925, Santiago, Universitaria, 1979. 

6 Encina no puede ser leído sólo como un conservador, sí en tanto se opuso al liberalismo. De hecho, en Nuestra inferioridad económica no actúa como tal, sino que intenta cambiar al país y la sociedad, y desde una posición laica se opone a la aristocracia y al mundo agrícola. En Encina está presente el pensamiento de Edmund Burke (1729-1797), Joseph de Maistre (1753-1821), Louis de Bonald (1754-1840), es decir, los conservadores desilusionados de la revolución francesa, además del monarquismo de Juan Donoso Cortés (1809-París, 1853) y aun el positivismo de Darwin (1809-1882) y su biologización de la vida social y de la lucha por la vida. Su posición más exacta sería la de un modernizador, nacionalista, antioligárquico y antiliberal.

7 Francisco Antonio Encina, Nuestra inferioridad económica, Santiago, Universitaria, 1912. El libro tuvo muchas reediciones, una en 1955 y otra justamente en 1972, lo que prueba su impacto durante nuestra época de estudio.

8 Existe un debate de si la sociedad chilena estaba o no en crisis, y las dos posiciones entregan buenos argumentos. Probablemente los del centenario exageraron sus puntos de vista para fortalecer la visión que ofrecían, y Encina en particular trató de convencer al país de la necesidad de un nuevo proyecto modernizador. Pero, aquellos que señalan que no había motivos para la crisis, yerran al desconocer que Chile arrastraba problemas económicos y sociales, educacionales y culturales. El gran número de huelgas y masacres populares, entre otros argumentos, dan señales de esta crisis real.

9 El pensamiento de Encina contiene evidentes contradicciones, por ejemplo, en relación a la participación o no que debe tener el Estado en la economía, sobre el tipo de español que llegó a Chile, o a la figura de Courcelle-Seneuil, al que reprocha por su liberalismo y su rechazo al Estado, aunque no perdió la oportunidad de alabarlo, pues según Encina el economista francés habría visto con claridad la incapacidad de los pueblos latinoamericanos para sostener el estándar europeo de vida que intentaban adoptar: “La ineptitud económica, la falta de laboriosidad regular e inteligente, de imaginación económica, de espíritu de empresa, de tenacidad y de sentido práctico, estaban momentáneamente suplidos por la superabundancia de riquezas naturales”, F. A. Encina, Historia de Chile, tomo XIV, pp. 97-100. Es decir, Encina alaba a Courcelle-Seneuil sólo cuando coincide con sus propios argumentos, en este caso con lo que Encina denominó “efecto de demostración”.

10 Diagnóstico muy similar al de Alcides Arguedas que en  Pueblo enfermo, 1909, también presenta al boliviano como un ser agotado e incapaz de asumir la modernidad. Creo que nunca se ha realizado un trabajo comparativo entre ambos autores, señalando el contexto histórico, las semejanzas y las diferencias.

11 El texto está dedicado a Raúl Prebisch, director de la CEPAL.

12 Ver Pinedo (2003), “Lo que estaba en el ambiente. Una lectura de La crisis integral de Chile de Jorge Ahumada, y su relación con el pensamiento de los años 60 en Chile”, op. cit.

13 Un análisis completo de las ideas de Ahumada se puede encontrar en Pazos (1992: 7-12).

14 Aníbal Pinto, cercano al Partido Radical y a la Democracia Cristiana, estudió en la Universidad de Chile y en la London School of Economics. Su principal libro, Chile, un caso de desarrollo frustrado, Santiago, Universitaria, 1958, lo publicó a los 39 años. Otros libros suyos: Hacia nuestra independencia económica, Santiago, Editorial del Pacífico, 1953. Chile, una economía difícil, México, FCE, 1964. Tres ensayos sobre Chile y América Latina, Bs. Aires, Solar, 1971, así como múltiples artículos técnicos publicados en revistas especializadas.

15 Destacado en el original.

16 En el prólogo a la tercera edición de 1973, recordando el momento histórico de la primera (1958) y respondiendo al comentario de Sempart Assadourian que le critica mirar la historia desde las clases dominantes, Pinto señala que el intento de su libro fue “... recoger en el pasado (…) puntos de apoyo para la formulación e impulso de ‘proyectos nacionales’” (Encina, sin nombrarlo). Y agrega: “Naturalmente, no se trataba de falsificar la historia sino de buscar hechos reales y significativos, como fueron los de la égida y representación ‘portaliana’ de los primeros decenios de la república” (Pinto, 1958: 16).

17 Y en otro lado dice: “Sobra razón para repetir con Encina que el período que media entre 1830, cuando se consolida el armazón político, y el fin del decenio de Manuel Montt, constituye un lapso ‘que no tiene precedentes ni ha tenido continuación en nuestra historia’” (Pinto, 1958: 26).

18 Citado por A. Pinto, 1958: 32.

19 La influencia de Encina es evidente, cuando éste se refería a los liberales como “desconformados cerebrales”. Más tarde, Hernán Díaz Arrieta utilizará el mismo concepto para definir a los partidarios de la Unidad Popular. Ver Alone, 1965c: 43.

20 Melnick había publicado Manual de proyectos de desarrollo económico, Santiago, CEPAL, 1958.

21 Postula que Chile sólo ha tenido paréntesis de democracia y de liberalismo: “Una farándula democrática, ni más ni menos; la división clásica de los poderes, la alternabilidad ejecutiva, los constantes procesos eleccionarios, resumen un esquematismo funambulesco, más desmerecido aún en el pensamiento de los que pregonan sus virtudes…” (Peralta, 1966: 146).

22 “Unidos los gérmenes españoles e indígenas, encontramos la raíz primaria del mal endémico de América Latina: la falta de unidad, el espíritu de campanario, que ni la propia mancomunión de la lucha independentista podría desvirtuar” (Peralta, 1966: 60).

23 Citado por Peralta, 1966: 138.

24 Son textos escritos entre 1962 y 1973 (con la excepción de “La chilenidad de Don Crescente”, escrito en 1931). Cito por la fecha original de cada artículo, las páginas corresponden a la edición mencionada.

25 A la época de Portales la define como “Aurora” y a la de la Unidad Popular, como “Ocaso”.

26 Aunque en tono más moderado, también Jaime Eyzaguirre proclamó la figura de Bello como la central en la constitución del orden jurídico chileno, pero sobre todo para evitar las imitaciones, cuando dice: “Jóvenes chilenos, aprended a juzgar por vosotros mismos; aspirad a la independencia del pensamiento. Esa es la primera filosofía que debemos aprender de Europa” (ver Jaime Eyzaguirre, 1969: 66).

27 La referencia a Rodó es importante, pues Alone y otros conservadores propondrán para salir de la crisis lo que podemos denominar como un “neoarielismo”, espiritualista con el se oponen al materialismo de la época, tanto al socialista como al científico utilizado por el método de las ciencias sociales que Alone despreciaba.

28 Después del golpe militar del 73, Alone escribió el artículo “El homenaje a don Andrés Bello en Caracas” (El Mercurio, 25 de noviembre de 1973), en el que señala: “Ignoran seguramente en Caracas algo que, aún aquí, no todos han advertido: el principal vencedor del 11 de septiembre, el que al otro día recogió los frutos de su victoria y pudo comprobarla con sus ojos, fue la estatua de mármol que inclina la cabeza pensativa frente a su casa, ‘la Casa de Bello’, donde él forjó la cultura de Chile. Una peste se había extendido por el país, una especie de epidemia cubría de lepra los muros de la ciudad (…) El país sufría estupefacto e impotente esa invasión primitiva en el seno de la civilización (…) Ya está limpio el pedestal de su estatua. El resto vendrá de añadidura” (Alone, op. cit., p. 393).

29 “Recuerdos de Don Francisco A. Encina”, Alone, 1976: 210-216.

30 Este autodesconocimiento lo llevará a postular lo que he denominado como una “solución culturalista” a la crisis nacional, que para Serrano se soluciona con más cultura y más filosofía, para modificar una identidad que Joaquín Edwards Bello caracterizaba como producto de una ciudad a la que definía como Mitópolis

31 Luis Oyarzún, Defensa de la tierra, Santiago, Universitaria, 1973, y Temas de la cultura chilena, Santiago, Universitaria, 1967. Ambos textos los he analizado en “La ensayística y el problema de la identidad. Chile 1960-1988”, en José Luis Gómez-Martínez; Francisco Javier Pinedo, Chile: 1968-1988, op. cit., pp. 231-264.

32 Utilizo solamente los fragmentos correspondientes a nuestra época de estudio, es decir los escritos entre 1959 y 1972.

33 En ocasiones, citando a Nicolás Palacios, nos habla de “el ingenio de la rusticidad“, pero en general desde una posición negativa.

34 Para Godoy, la crisis fue real “... la guerra civil de 1891 contribuyó a acentuar la declinación del papel predominante que Chile jugaba en América, quedando rezagado frente a Brasil y Argentina”. Hernán Godoy Urzúa (1971: 243).

35 Hernán Godoy (1971: 245). “No obstante sus diferentes orientaciones políticas –dice Godoy– poseen una común preocupación por el destino patrio y un fervoroso nacionalismo”.

36 El golpe militar de 1973 fue para muchos justamente la prueba de que Chile no era tan diferente y que su democracia estaba menos preparada de lo que se creía, para experimentaciones sociales extremas.

37 “La política de substitución de importaciones ha evidenciado limitaciones bien concretas…” (Monckeberg, 1975: 18).

38 Enrique Campos Menéndez, “Las perspectivas del nacionalismo”; Osvaldo Lira “Nación y nacionalismo”; Sergio Miranda Carrington “Raíces ideológicas del nacionalismo europeo”; Hernán Godoy, “El pensamiento nacionalista en Chile a comienzos del siglo XX”; Jorge Prat, “Pensamiento nacionalista”; Arturo Fontaine Aldunate, “Ideas nacionalistas chilenas”; Miguel Serrano, “Nacionalismo telúrico”; Ricardo Cox, “Marxismo, nacionalismo y régimen militar”; Alberto Arce Eberhard, “Arte y nacionalidad” Sergio Onofre Jarpa, “Nacionalismo y política externa”.

39 Corresponde a Extractos de una conferencia pronunciada en la Universidad de Chile, el 2 de agosto de 1908, y en la que insiste en la idea de un país próspero y superior al resto de América Latina, por efecto de las políticas conservadoras durante el siglo XIX; sentimiento, sin embargo, en plena decadencia por la indiferencia de los chilenos actuales respecto a sí mismos y a la vergonzosa política de acoger y proteger a los extranjeros, considerados como superiores. De paso se presentan temas como el desprecio por el liberalismo y el socialismo, y la necesidad de un líder fuerte que organice el Estado.

40 Corresponde a un capítulo de Nuestra inferioridad económica.

41 Enrique Campos Menéndez, “Las perspectivas del nacionalismo” (Campos Menéndez, 1974: 9).

42 Nicolás Palacios, “Decadencia del espíritu de nacionalidad”, en Enrique Campos Menéndez, op. cit., pp. 164 y 168.

43 El texto se reeditó en, Enrique Campos Menéndez (compilador), Pensamiento nacionalista, Santiago, Editorial Gabriela Mistral, 1974; y en E. Devés, J. Pinedo, R. Sagredo, El pensamiento chileno del siglo XX, México, FCE, 1999. Cito por esta última edición.

44 Hernán Godoy (Devés et al., 1999: 254). Si aplicamos esta lógica al resto del siglo XX, podemos decir que los ensayistas de los años 60 serán progresivamente reemplazados por un análisis cada vez más cercano al mundo científico, y particularmente a la economía y la sociología. Pero, además, esta extrapolación marcará, en la lectura conservadora, a la Unidad Popular como “doctrinaria” y al gobierno militar como “práctico”.

 

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Recibido: 21.03.2005.  Aprobado: 18.05.2005.